LECTURA SEXTA: HECHOS 17:30-31.

«30 Pero Dios, habiendo pasado por alto los tiempos de esta ignorancia, ahora manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan; 31 por cuanto ha establecido un día en el cual juzgará al mundo con justicia, por aquel varón a quien designó, dando fe a todos con haberle levantado de los muertos.»

Las lecciones anteriores nos han servido para estudiar algunas cosas relevantes respecto al cristianismo, como el asunto fundamental que señala como piedra angular de la fe de los cristianos al Señor Jesús, quien es el Mesías que esperaban los judíos y que, además, es el Hijo de Dios manifestado en carne. Esto último es crucial y tiene evidencias históricas que demandan un veredicto personal. Esto posiciona al cristianismo en hechos históricos fundamentales respecto a su Fundador; por lo tanto, el cristianismo se basa principalmente en la Persona de Cristo. El Dr. Francisco Lacueva[1], señaló lo siguiente:

«El profesor Griffith Thomas comienza su precioso libro Christianity is Christ de la siguiente manera: ‘El Cristianismo es la única religión del mundo que se basa en la Persona de su Fundador. Uno puede ser un fiel mahometano sin que tenga nada que ver con la persona de Mahoma. Igualmente puede ser un verdadero y fiel budista aunque no sepa de Buda absolutamente nada. Con el Cristianismo pasa algo totalmente diferente. El Cristianismo está ligado a Cristo de un modo tan indisoluble, que nuestra visión de la Persona de Cristo comporta y determina nuestra visión del Cristianismo.’» (p. 13).

Entendemos con esto que lo enseñado por los apóstoles respecto a Jesús de Nazaret, es fundamental para el cristiano que quiere crecer (espiritualmente hablando). Ahora, en la lección pasada enfatizamos el asunto de Su resurrección como el testimonio público de Dios respecto a que Jesús de Nazaret es Su Hijo unigénito que se manifestó al mundo en carne. Cuando hablamos de la resurrección, es un tema que está relacionado a dos conceptos conocidos por el ser humano: La muerte y la vida. Es aquí donde debemos realizarnos algunas preguntas importantes para comprender algo esencial. ¿Por qué murió el Señor Jesús? Esta es una de las cosas que más rápido aprende el cristiano, pero también, una en la que menos reflexiona. Entonces, estoy consciente que rápidamente responderán que el Señor Jesús murió por nuestros pecados. Y esto es cierto, amén. ¿Pero acaso Dios no podía declararnos el perdón público de todos nuestros pecados y salvarnos de esta manera sin que el Señor Jesús tuviera que morir? Este tipo de preguntas encierran respuestas sobre doctrinas fundamentales del cristianismo.

Bueno, para comenzar a responder, debemos decir que nuestro Dios se revela en las Escrituras y a través de la creación como Dios justo y santo en grados infinitos (Sal. 7:11; 119:137; Pr. 9:10; Is. 6:3; Ap. 4:8; 16:5).  En cuanto a Su santidad, debemos saber que este es un atributo muy serio. Este atributo de Dios causa respeto y temor, e incluso sobrecogimiento; tanto así, que hasta los serafines vistos por Isaías tenían sus rostros y pies cubiertos con sus alas delante del Dios santo (Is. 6:2-3).  Debido a Su santidad, Dios no tiene relación con la inmundicia, siendo absolutamente perfecto, puro y bueno. En cuanto a Su justicia, debemos señalar que Dios condena la rebelión, las iniquidades y las transgresiones contra la ley santa de Dios (Heb. 10:28). La Biblia nos enseña que todos Sus juicios son justos y verdaderos (Ap. 16:7); por lo que todo esfuerzo, toda obra, tiene y/o tendrá su justo pago, positiva o negativamente hablando (Mt. 19:26-28; Ap. 2:23; 22:12). Dios todo lo trata íntegramente, con rectitud y con absoluta imparcialidad, no hace excepciones en Sus juicios, ni pone trampas a nadie.

Por otro lado, se nos dice que Adán dejó entrar el pecado al mundo, pasando el pecado a ser inherente a la humanidad de todos los seres humanos (Ro. 5:12). Producto del pecado apareció la muerte, por lo que el juicio de Dios sentenció que el hombre muriera y luego fuera juzgado (Heb. 9 :27). El Juez justo de toda la tierra, por tanto, estableció un día en el cual juzgará a todos los seres humanos (Hch. 17:30-31; Ap. 20:12). Y los estándares del Juez justo, no son los estándares corruptos de la humanidad; sino los procedentes de un carácter infinitamente santo, y de un conocimiento y sabiduría inimaginables. Él conoce tanto los hechos, como los pensamientos e intenciones con las que se hicieron las cosas. Y no sólo las conoce, Él ha sido Testigo de todas las cosas que el hombre ha hecho; es decir que Él estuvo personalmente presente y no sólo conoce los hechos, sino además, los pensamientos e intenciones detrás de cada hecho. Los seres humanos darán cuenta, entonces, delante del Juez justo que conoce todas las cosas y las presenció.

Los judíos y los gentiles que conocieron la palabra de Dios, serán medidos por la revelación especial y textual de la ley de Dios y acusados por Satanás; mientras que los gentiles ignorantes de la ley, serán juzgados por la ley escrita en sus corazones, cuya advertencia fue mediante la conciencia y los razonamientos de una revelación general, y por supuesto, serán acusados por Satanás (Zac. 3:1; Jn. 5:45; 8:9; Ro. 2:1-29; 3:9). Los estándares de Dios, por tanto, abarcan tanto los hechos consumados como los pensamientos e intenciones con los que se hicieron. Respecto a esto, Pablo enseña:

« 28 Y como ellos no aprobaron tener en cuenta a Dios, Dios los entregó a una mente reprobada, para hacer cosas que no convienen; 29 estando atestados de toda injusticia, fornicación, perversidad, avaricia, maldad; llenos de envidia, homicidios, contiendas, engaños y malignidades; 30 murmuradores, detractores, aborrecedores de Dios, injuriosos, soberbios, altivos, inventores de males, desobedientes a los padres, 31 necios, desleales, sin afecto natural, implacables, sin misericordia; 32 quienes habiendo entendido el juicio de Dios, que los que practican tales cosas son dignos de muerte, no solo las hacen, sino que también se complacen con los que las practican.» (Ro. 1:28-32).

También, en otro lugar nos dice:

«9 ¿No sabéis que los injustos no heredarán el reino de Dios? No erréis; ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los que se echan con varones, 10 ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los estafadores, heredarán el reino de Dios.» (1Cor. 6:9-)

Los estándares divinos son superiores a los estándares de los hombres. Tanto así que juzga como adulterio no sólo el acto sexual, sino también el mirar a una mujer con codicia (Mt. 5:28); y, además, juzga como homicidio el que aborrezcamos a un hermano (1Jn. 3:15). El libro de Proverbios 6:16-19, nos dice también que:

«16 Seis cosas aborrece Jehová, Y aun siete abomina su alma: 17 Los ojos altivos, la lengua mentirosa, Las manos derramadoras de sangre inocente, 18 El corazón que maquina pensamientos inicuos, Los pies presurosos para correr al mal, 19 El testigo falso que habla mentiras, Y el que siembra discordia entre hermanos.»

Y por si fuera poco, si el hombre pensara en excusarse minimizando sus pecados, señalando que sólo ha mentido, y que no ha sido como el vecino que ha robado o asesinado a alguien, la Biblia señala que el sólo hecho de transgredir alguna de las cosas más pequeñas que se señalan en la ley de Dios, lo hace culpable de toda Su legislación (Stgo. 2:10). Todas estas cosas y más, nos señalan los altísimos estándares de la justicia de Dios, los cuales declaran al ser humano delante del Juez justo como un vil y malvado pecador. La sentencia es seria y con repercusiones eternas, el libro de Romanos 6:23 nos dice que la paga del pecado es la muerte. Y no se refiere sólo a la muerte biológica –el hecho de ser sepultados en alguna tumba– sino a la segunda muerte, la que corresponde a lo que se nos señala semejante a un lago de fuego y azufre (Ap. 20:14; 21:8). La manifestación de la justa y santa ira de Dios aplicada en un lugar y contra el pecador, en un eterno presente que dura para siempre.

Entonces, los estándares de Dios impiden que simplemente diga que perdona al pecador, pues en primer lugar, Él aborrece el pecado y detesta la iniquidad; y en segundo lugar, Su justicia demanda el castigo correspondiente. Si Dios perdonara al pecador sin condenar su pecado, sería injusto; y la verdad es que Dios ama la justicia. ¿Qué hacer para resolver todo esto de manera justa? Si Dios castiga con la muerte eterna al que hace lo malo, es justo. Y habiendo dado una ley santa y una conciencia o ley moral escrita en los corazones, deja en evidencia que todos los seres humanos hemos pecado y que somos culpables. Ninguno está libre, hemos ofendido y transgredido la justicia y santidad de Dios. Todos somos culpables, ninguno queda fuera, y si Dios nos indultara sería absolutamente injusto ante Sus propios estándares, negándose a Sí mismo (2Tim. 2:13). Por lo tanto, el ser humano es llamado a tener temor de la justicia y santidad de Dios, y tomarse con absoluta solemnidad Su juicio.

Los jueces humanos exigen el respeto de las personas que se presentan a comparecer delante de ellos. En una oportunidad mi esposa experimentó algo muy interesante respecto a la justicia humana. Se presentó al juzgado de policial local por una multa de tránsito, cuando le tocó ver al magistrado, ingenuamente se apoyó en el estrado, por lo que el juez inmediatamente la reprendió y le dijo que ese era un lugar solemne, que ella debía mostrar respeto. Ella quedó muy asustada. Mi suegro también en una oportunidad tuvo que presentarse por las mismas razones en el juzgado de policía local de su comuna. Me contó que fue con pantalones cortos y sandalias. Cuando llegó, uno de los carabineros que se encontraba presente, le dijo que fuera a cambiarse ropa y que se presentará decentemente delante del juez. ¡Y tuvo que hacerlo! Si este tipo de cosas suceden delante de seres humanos corruptos que trabajan en un sistema judicial corrupto… ¡Imagínense lo que será presentarse delante de un Juez santo y justo en grados infinitos!

En cuanto a esto, la Biblia nos habla de dos juicios: El juicio del gran trono blanco (Ap. 20:11-12) y el tribunal de Cristo (Ro. 14:10; 2Cor. 5:10). Esto es algo que deben conocer todos los nuevos creyentes. Se nos muestran dos juicios distintos establecidos por Dios para juzgar a dos tipos de personas: Los no hijos y los hijos de Dios. El Señor Jesucristo vino a establecer un Nuevo Pacto con Dios. El Antiguo Pacto que Dios tenía con los hebreos, mostraba que Dios en Su justicia permitía la sustitución de la vida del ser humano a través del derramamiento de sangre de animales. Pablo, Pedro y Jacobo, nos enseñan que el pecado pasó a todos los hombres y que mora en nuestros cuerpos (Ro. 5:12; 7:17, 20), se manifiesta a través de los deseos carnales que batallan en nosotros (1P. 2:11), y son las concupiscencias por las cuales somos tentados (Stgo. 1:14). Debido al pecado, el ser humano se volvió carnal (Gn. 6:3), con deseos opuestos a los de Dios (Ga. 5:16-24), y se hizo esclavo del pecado (Gn. 4:7; Jn. 8:34). Entonces, dado que el pecado está en la carne, Dios ha sentenciado a la misma a la muerte, ¿y dónde está la vida de la carne? Leamos lo que Levítico 17:11a nos dice:

«Porque la vida de la carne en la sangre está…»

¿Dónde está la vida de la carne? En la sangre. Aquí vemos la sabiduría e inteligencia de Dios. El ser humano fue hecho un ser viviente que, al dejar entrar al pecado, se volvió carnal, vendido al pecado; por lo que fue condenado al derramamiento de sangre, porque en la sangre está la vida de la carne. Sin embargo, Dios creó animales con sangre para que pudieran servir de sustitutos del hombre y de esta manera se hiciera expiación por el ser humano. Si leemos completo Levítico 17:11 veremos que dice:

«Porque la vida de la carne en la sangre está, y yo os la he dado para hacer expiación sobre el altar por vuestras almas; y la misma sangre hará expiación de la persona.»

Este era el principio de sustitución. La vida humana era reemplazada por la vida de un animal. Esto servía para perdonar al pecador sus transgresiones, rebeliones e iniquidades. Sin embargo, el ser humano volvía a pecar, a ser rebelde e inicuo, por lo que continuamente se debían estar presentando estos sacrificios, lo que el hombre terminó corrompiendo y utilizando como excusa para pecar. No obstante, Dios había jurado que condenaría al pecado de forma definitiva, vindicando Su santidad, cumpliendo Su justicia y aplastando la cabeza de Satanás (Gn. 3:15). Es por esto que un día el Hijo se hizo en carne (Jn. 1:14). El Hijo asumió un cuerpo humano, de carne, hueso y sangre, con el cual fue revestido y vino a cumplir toda justicia (Mt. 3:14-15; Heb. 10:1-10). Y habiendo asumido ese cuerpo, el Padre condenó al pecado.  Romanos 8:3 nos dice:

«Porque lo que era imposible para la ley, por cuanto era débil por la carne, Dios, enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado y a causa del pecado, condenó al pecado en la carne»

La sangre de los animales servía, pero no era suficiente. Por cuanto el valor de esa sangre no era equivalente con el infinito valor que tienen la santidad y justicia de Dios que eran ofendidas. Si cuantificáramos las ofensas en el valor de una multa, sería de un valor infinito. Impagable. Los sacrificios levíticos ni siquiera eran cuotas del pago de una multa, sino que se asemejaban a lo que hoy se conoce como el pago mínimo de la tarjeta de crédito. La cantidad más pequeña requerida por el banco para mantener el crédito vigente, sin reportar mora. Sin embargo, esto incrementa los intereses de la cuota no pagada y el monto de la deuda total.

Entonces, Dios, estableció que “un díajuzgará al mundo con justicia”, según Sus estándares divinos y vindicación de Su santidad. Y este juicio será “por aquel varón a quien designó, dando fe a todos con haberle levantado de los muertos” (Hch. 17:30-31). Este juicio es el juicio del mundo, de los no hijos. Y este juicio temible tendrá como principal razón, al varón resucitado de los muertos; es decir, que Dios juzgará a los hombres por su incredulidad en el Hijo, a quién señaló públicamente a través de la resurrección de entre los muertos. Nadie podrá excusarse por terceros. Nadie podrá decirle a Dios que no quiso ser cristiano porque fue testigo de algún movimiento cristiano que dejó mucho que desear. Ni podrá excusarse señalando al hombre que, diciéndose pastor, estafaba con los dineros a los feligreses.  Ni podrá ser excusado señalando que fue un hombre que hizo obras de caridad. Dios pedirá cuenta por aquella fe que Él dio resucitando al Señor Jesucristo de entre los muertos. ¿Creíste en Él? ¿Le entregaste tu vida y lo recibiste? ¿O lo rechazaste? ¿O lo postergaste? Dios ha dado testimonio publico resucitando a Cristo Jesús, para que creyéramos en Él y fuéramos Sus discípulos. Para que recibiésemos el perdón de nuestros pecados y fuésemos consagrados sacerdotes de Dios en este Nuevo Pacto. Juan 3:36 nos dice:

«El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él.»

Dios juzgará al mundo por si creyó o no en Su Hijo; pero también, juzgará a los creyentes por lo que hicieron con la vida que el Hijo nos ha comunicado por el Espíritu Santo. Dios nos juzgará por el tipo de sacerdocio que ejercimos. Este será el tema de la próxima lección.


[1] Lacueva, F. (2013). La Persona y la Obra de Jesucristo. Barcelona: Editorial CLIE.