LECTURA QUINTA: ROMANOS 1:1-4.

«1 Pablo, siervo de Jesucristo, llamado a ser apóstol, apartado para el evangelio de Dios, 2 que él había prometido antes por sus profetas en las santas Escrituras, 3 acerca de su Hijo, nuestro Señor Jesucristo, que era del linaje de David según la carne, 4 que fue declarado Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por la resurrección de entre los muertos»

En la lectura anterior aprendimos que el Hijo es el Amado y digno del amor de Dios, al que debemos honrar y besar Sus pies (Sal. 2:12). Dentro de las cosas que hemos visto, señalamos que el Hijo de Dios es el Señor Jesús. Él se ha revelado a Sí mismo como el Hijo de Dios, declaración por la cual procuraron matarle los judíos (Jn. 5:18, 19:6-8). Todas estas cosas están registradas en las páginas de la Biblia, cuyo Nuevo Testamento contiene la doctrina de los apóstoles de Cristo, que lo vieron, oyeron y palparon con sus propias manos (1Jn. 1:1-3). En estas enseñanzas y predicaciones perseveró la iglesia del primer siglo, por lo que el Espíritu Santo condujo e impulsó la carga en los primeros discípulos de que estas cosas quedaran registradas para nosotros y, de esta manera, perseveraríamos con ellos en las mismas enseñanzas e instrucciones que les fueron delegadas y entregadas por el Señor Jesús (Mt. 28:19). Y, entre las enseñanzas fundamentales de los apóstoles, tenemos que el Mesías esperado por los judíos, era Jesús de Nazaret. Y este Jesús, no sólo era el Cristo esperado, sino también el Hijo del Dios viviente (Mt. 16:16). Respecto a esto último, aún tenemos tela para cortar dentro de las cosas esenciales que todo cristiano debe saber. Por tanto, la lección de hoy la centraremos en un asunto fundamental vinculado al Señor Jesucristo como el Hijo de Dios.

Iniciaremos preguntándonos si acaso estas cosas se deben aceptar a ciegas, como si la fe cristiana fuera una ceguera intelectual que cree las cosas como si fueran supersticiones. Ante esto, debemos responder con un rotundo no. Acusar al cristianismo de superstición, mitología o leyenda es una falacia. La fe cristiana se basa en hechos históricos registrados en las Santas Escrituras, los que han sido examinados por historiadores, filólogos, abogados, arqueólogos, entre otros, usando el método histórico-legal o de crítica textual. Estos análisis consisten en examinar la documentación histórica existente, revisar si están libres de anacronismos, determinar si es confiable el testimonio que se entrega, si hay evidencia arqueológica de respaldo, si cuenta con manuscritos confiables a la época, qué datación tienen los escritos respecto a los originales y qué cantidad de copias existen. Dicho de otro modo, se examina si existe evidencia que respalde la confiabilidad de los relatos descritos. En todo esto, el testimonio de la Biblia es autoridad.

Ahora bien, con relación a estas cosas debemos señalar que el evento histórico que presenta al cristianismo como única religión verdadera, es el asunto de la resurrección de Cristo. Las implicancias que hay detrás de este evento son determinantes ante una acusación frecuente que se le hace al cristianismo; y es que se le acusa de ser intolerante respecto a otras religiones. De partida, se presenta como el único camino a Dios, la única verdad, y la única revelación divina verdadera. Significa que si el Señor Jesucristo verdaderamente resucitó de los muertos, es quién dijo ser: El unigénito Hijo de Dios. Y, por lo tanto, todo cuanto dijo es verdad absoluta, por cuanto es Dios verdadero y no miente.

En el pasaje que encabeza la lección de hoy, vemos que Pablo señala dos cosas fundamentales. La primera es que el Señor Jesús es el Evangelio de Dios prometido y anunciado por los santos profetas del Antiguo Testamento; lo segundo, es que Dios lo declaró públicamente el único Hijo de Dios, a través de la resurrección de entre los muertos. Este evento es crucial y fundamental para la fe cristiana, el propio Pablo nos dice en 1ª Corintios 15:14 y 15:17 lo siguiente:

«14 Y si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra predicación, vana es también vuestra fe… 17 y si Cristo no resucitó, vuestra fe es vana; aún estáis en vuestros pecados.»

Que esto lo señale Pablo es muy relevante, pues este varón, de la tribu de Benjamín, criado a los pies de un erudito de su época llamado Gamaliel, fue un fariseo celoso de la ley mosaica y de las tradiciones rabínicas (Hch. 22:3; Ga. 1:13-15; Fil. 3:4-5). Él estuvo de acuerdo con la muerte del primer mártir de la historia cristiana, Esteban (Hch. 7:57-59; 22:19-21); y perseguía a la iglesia del Señor, intentando destruir a los cristianos (Hch. 9:1-2; Ga. 1:13). Para Saulo de Tarso –como fue conocido en el judaísmo– los seguidores de Jesús de Nazaret eran unos mentirosos, puesto que las autoridades judías habían dicho que los discípulos habían robado el cuerpo del que fue crucificado por la blasfemia de decir que era igual a Dios (Mt. 28:11-15). Nótese, ellos habían señalado que los discípulos habían robado el cuerpo del Señor Jesús, burlando una guardia romana altamente entrenada y que sabía que al no cumplir con su misión, podían morir. El joven Saulo obviamente creyó en esto y en su celo por el judaísmo, estuvo dispuesto a asumir la persecución de todo discípulo de aquel “charlatán” que se había levantado desde Nazaret. Hasta que:

«3 Mas yendo por el camino, aconteció que al llegar cerca de Damasco, repentinamente le rodeó un resplandor de luz del cielo; 4 y cayendo en tierra, oyó una voz que le decía: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? 5 Él dijo: ¿Quién eres, Señor? Y le dijo: Yo soy Jesús, a quien tú persigues; dura cosa te es dar coces contra el aguijón.» (Hch. 9:3-5).

¿Quién se le apareció a Saulo? El propio Señor Jesús resucitado. ¿Pero acaso las autoridades del judaísmo que el veneraba habían mentido? Seguramente se estaba volviendo loco; pero había un problema, las personas que iban con él también escucharon la voz y no vieron a nadie (Hch. 9:7; 22:8-10). Y por si fuera poco, quedó ciego y recuperó la vista cuando un tal Ananías le dijo que el Señor Jesús lo había enviado para que recobrase la vista, lo que se le había mostrado en una visión también (Hch. 9:11-19). El giro era realmente inesperado, todo lo que dijeron las autoridades judías respecto al robo del cuerpo era falso. Jesucristo verdaderamente había resucitado de entre los muertos, era el que había de venir. Saulo se convertía en cristiano, y sería llamado Pablo, el apóstol de Jesucristo y de Dios el Padre que lo resucitó de los muertos (Ga. 1:1). Pablo señala lo fundamental de la resurrección de Cristo para la fe de los creyentes, y esto no es sólo fundamental para los discípulos del primer siglo, sino también para los que hemos creído en el Señor Jesús después de la partida de apóstoles del Cordero. Es más, resumiendo la temática evangelística, Pablo escribe:

«8 Mas ¿qué dice? Cerca de ti está la palabra, en tu boca y en tu corazón. Esta es la palabra de fe que predicamos: 9 que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo.» (Ro. 10:8-9).

No se trata de creer sólo que Jesús existió, sino creer que Él es el Mesías esperado, el Hijo de Dios; y, aparte de esto, creer que fue resucitado de entre los muertos. Si no hubo resurrección la fe es vana, no tiene importancia absoluta, ni es distinta a cualquier otra religión llena de mitología, leyendas y supersticiones. Pero si verdaderamente resucitó de los muertos, entonces se justifica la intolerancia ante otras creencias. Jesucristo es verdaderamente el único camino, la verdad absoluta y la vida eterna (Jn. 14:6; 1Jn. 5:20). Dicho todo esto, ¿existen hoy evidencias que respalden la fe cristiana bíblica en relación a todas estas cosas? Después de tantos años que han pasado, ¿se cuenta con evidencia suficiente para creer que Jesucristo existió, murió y resucitó de entre los muertos sin hacer un sacrificio intelectual? La respuesta es absolutamente sí; y hay una gran lista de material bibliográfico que todo cristiano debería considerar, por mencionar algunos libros:

  • El Caso de Cristo, de Lee Strobel.
  • Más que un rabino, de César Vidal.
  • ¿Es la Biblia veraz?, de Josh McDowell.
  • ¿Es Jesús veraz?, de Josh McDowell.
  • ¿Es la resurrección veraz?, de Josh McDowell.
  • Cristianismo caso resuelto, de J. Warner Wallace.
  • Historia del cristianismo, de Justo L. González.
  • Nueva evidencia que demanda un veredicto, de Josh McDowell.

Permítanme reafirmar esto contándoles sobre el profesor Simon Greenleaf (1783-1853). Josh McDowell informa lo siguiente:

«Este personaje era un famoso profesor de leyes en la Universidad de Harvard. Sucedió al juez Joseph Story como el profesor de leyes en la misma universidad cuando murió Story en 1846. Knort dice acerca de esta gran autoridad en la jurisprudencia: “Se atribuye a los esfuerzos de Story y Greenleaf el crecimiento de la Escuela de Leyes de Harvard hasta su posición eminente entre las escuelas de leyes en los Estados Unidos de América” (Knort, citado en 1123/423). Greenleaf produjo una obra famosa titulada A Treatise on the Law of Evidence (Tratado sobre la ley de la evidencia), que es considerado aún la autoridad más grande sobre evidencia en toda la literatura de procedimiento legal (1123/423). En 1846, mientras aún era profesor de leyes en Harvard, Greenleaf escribió un libro titulado An Examination of the Testimony of the Four Evangelists by the Rules of Evidence Administered in the Courts of justice (Un examen del testimonio de los cuatro autores de los Evangelios, por medio de las reglas para la evidencia administrada en las cortes de justicia). En esta obra clásica el autor examina el valor del testimonio de los apóstoles en cuanto a la resurrección de Cristo.» (Nueva evidencia que demanda un veredicto, pp. 254-255).

Es importante mencionar que las investigaciones y conclusiones del profesor Greenleaf provienen del desafío que recibió no siendo cristiano. Si la resurrección de Cristo no era un hecho histórico verdadero, entonces el cristianismo era una falacia histórica que no merecía existir. Las conclusiones de Greenleaf dieron un vuelco a su vida, convirtiéndose al cristianismo. Para Greenleaf, Jesucristo verdaderamente existió, murió y resucitó de los muertos. Lo que contaba con suficiente evidencia para sacudir a cualquier persona honesta que busca la verdad. Josh McDowell rescata el siguiente testimonio de Greenleaf para nosotros:

«Todo lo que el cristianismo pide de los hombres… es que sean consecuentes con ellos mismos; que traten sus evidencias como tratan la evidencia de las otras cosas; y que ellos traten y juzguen a los actores y testigos del cristianismo como tratan con sus prójimos, cuando testifican de temas y acciones humanos, en los tribunales humanos. Que se compare a los testigos consigo mismos, con los otros, y con los hechos y circunstancias que los rodean; que cada testimonio sea examinado, como si fuera dado en un tribunal, por parte del adversario, sujetando a los testigos a un riguroso interrogatorio. El resultado, creemos confiadamente, será una convicción indisputable de su integridad, habilidad y verdad (486/46).» (Nueva evidencia que demanda un veredicto, p. 330).

Si el Señor Jesucristo verdaderamente resucitó de entre los muertos, entonces Él es el Hijo del Dios viviente, es igual a Dios. Si hay evidencia al respecto, entonces el cristianismo no es un sacrificio intelectual y la fe no es creer a ciegas, ni es semejante a la superstición. Más bien, se trata de los testimonios de las personas que estuvieron dispuestas a sufrir el desprecio de sus familias, de sus compatriotas, que fueron despojados de sus bienes, que fueron encarcelados, que fueron torturados, que fueron humillados y, por si fuera poco, asesinados. Todo esto porque vieron que Jesús de Nazaret había muerto en las manos de la crueldad romana y que tres días después se levantó vivo de entre los muertos, con las heridas en Sus manos, en Sus pies, en Su costado, y que:

«4… fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras; 5 y que apareció a Cefas, y después a los doce. 6 Después apareció a más de quinientos hermanos a la vez, de los cuales muchos viven aún, y otros ya duermen. 7 Después apareció a Jacobo; después a todos los apóstoles; 8 y al último de todos, como a un abortivo, me apareció a mí. 9 Porque yo soy el más pequeño de los apóstoles, que no soy digno de ser llamado apóstol, porque perseguí a la iglesia de Dios.»

Sí, afirmativo, el cristianismo es intolerante y exclusivista en cuanto a la verdad que se ha revelado en la historia humana respecto a Dios. Jesucristo es el Hijo de Dios verdaderamente, por lo que debemos vivir honrándolo y besando Sus pies. No hay otro mediador entre Dios y los hombres (1Tim. 2:5). El cristianismo no es un sacrificio intelectual, ni una creencia ciega, requiere de honestidad y confianza en aquel que Dios ha señalado públicamente como el Hijo, es decir, Jesús de Nazaret. Sin el Hijo no tenemos cristianismo; sin el Hijo, no tenemos salvación; sin el Hijo, no tenemos vida eterna; sin el Hijo, no tenemos comunión con Dios ni con los creyentes. El Hijo es fundamental.