Creó Dios los cielos y la tierra, creatio ex nihilo.
Entonces, el Espíritu Santo no solo está proporcionando información sobre el origen de los cielos y de la tierra, sino revelando que estos tienen un solo Creador trascendente. Adicionalmente y muy importante considerando la cosmovisión egipcia y de otras culturas paralelas, es señalar que Moisés recoge la revelación del Espíritu Santo respecto a que los cielos y la tierra no son eternos, sino que tuvieron un principio y origen.
La cosmovisión de los egipcios y de muchos otros pueblos era que la materia primordial, desde donde provenían todas las cosas, era eterna. Entre estos pueblos, la idea de un origen a partir de la nada no existía. Normalmente afirmaban que existía el Nun (océano primordial), y que este era eterno. Del Nun surgió un dios creador (Atum, Ra, Ptah según distintas teologías). Ese dios organizó, hizo emerger y dió forma, pero no creó la materia desde la nada. Para los egipcios la materia, el agua primordial, existía eternamente; por tanto, Egipto sostenía una forma de eternidad del cosmos primigenio.
Aparte de la egipcia, había otras cosmovisiones que creían en lo mismo, como la cultura de Mesopotamia (sumerios, acadios, babilonios). Estos creían en la eternidad del universo, pero no en un universo creado. Para ellos las aguas primordiales (Apsu y Tiamat) existían eternamente. Los dioses emergieron de estas aguas eternas. El cosmos se forma a partir del cuerpo de Tiamat en la Enuma Elish, pero no existe un principio absoluto, solo un reordenamiento.
Estas creencias sobrevivieron, incluso un milenio después de Moisés tenemos en la Grecia antigua (filosofía clásica), personas como Aristóteles (384-322 a.C.) que defendían explícitamente que el cosmos es eterno hacia atrás y hacia adelante. Incluso cuando hablaban de un “Primer Motor” no pensaban en un creador del mundo, sino en algo que lo mueve eternamente. Personajes como Platón plantearon un mundo hecho por un Demiurgo, que trabajó con materia preexistente, pues la materia se concebía como eterna. El Estoicismo, por su parte, creía en ciclos eternos: Universo nace à es destruido por fuego à renace igual à eterno retorno.
Adicionalmente, debemos saber que la idea de un universo eterno fue algo mayoritariamente aceptado entre los intelectuales escépticos y ateos hasta el siglo XX. Antes de este siglo el materialismo asumía un universo eterno. Durante casi toda la historia del pensamiento materialista, naturalista o ateo filosófico, predominó la idea de un universo eterno, sin comienzo y sin creación:
- Los filósofos griegos materialistas (Demócrito, Epicuro).
- El aristotelismo (el universo es eterno y siempre estuvo en movimiento).
- El naturalismo de la Ilustración (Diderot, Holbach).
- El materialismo clásico del siglo XIX (Marx, Engels).
- El positivismo del siglo XIX (Comte).
- El cientificismo del siglo XIX en general, que veía el universo como un sistema mecánico sin inicio.
El motivo era que admitir un comienzo del universo parecía demasiado cercano a la idea de creación, lo cual chocaba con el ateísmo y el naturalismo. De hecho, muchos científicos del siglo XIX afirmaban explícitamente que el universo era eterno e infinito, para evitar cualquier argumento teísta. Hasta que ocurrió un cambio radical y apareció la teoría del Big Bang (1920-1965).
Cuando la expansión del universo fue descubierta por Hubble (1929), y más tarde cuando se confirmó con la radiación cósmica de fondo (1965), se volvió científicamente innegable que el universo tuvo un comienzo físico. Esto descolocó profundamente al naturalismo de la época. Albert Einstein originalmente incluyó la “constante cosmológica” para evitar un universo en expansión, porque prefería un universo eterno. Arthur Eddington dijo que la idea de un comienzo le resultaba “filosóficamente repugnante”. Fred Hoyle, ateo, se burló del “Big Bang” (él fue quien acuñó el nombre como burla) porque quería sostener el modelo estacionario, sin comienzo. La resistencia fue explícitamente filosófica, pues un universo con origen sonaba demasiado a Génesis 1:1.
Cabe señalar que incluso hoy en día, algunos naturalistas siguen intentando sostener la eternidad (o algo similar) mediante modelos especulativos, porque un comienzo absoluto del universo tiene fuertes implicaciones teístas.
Con todo esto nos damos cuenta la relevancia del versículo 1 de Génesis 1, en la revelación registrada por Moisés:
“En el principio creó Dios los cielos y la tierra.”
La idea de este versículo implica la creación de un universo a partir de la nada, de donde viene la famosa frase en latín creatio ex nihilo. Esto quiere decir que antes que Dios creara no existía el espacio, ni el tiempo, ni la materia, ni la energía. Sin embargo, aunque ninguna de estas cosas existía, había un Ser no sujeto a ninguna de estas propiedades de la contingencia. Ser que es inmaterial, eterno, increado, todopoderoso, omnisciente, causante de todo lo que existe en el cosmos, excluyéndose Él mismo pues, el Señor es antes que el cosmos existiese (Gn 1:1; Jn. 1:1-3). El tiempo, la materia y el espacio, comenzaron a existir cuando este Ser le dio origen a partir de la nada. Todo lo creado, lo que tiene un principio, comenzó a existir cuando este Ser increado y absolutamente necesario lo ordenó.
Como verán, el relato de Génesis 1:1 viene a ser un registro extraordinario respecto al origen del universo contingente, en manos de Elohim, el Ser absolutamente necesario, revelando que el universo no es eterno, ni divino, ni venerable, sino creado por el Dios eterno que se reveló poderosamente a los israelitas que fueron libertados de la esclavitud en Egipto sin ejércitos ni mano humana.
