Bendiciones para el hombre.
Otras cosas importantes que se desprenden del relato de la creación son las principales bendiciones para el ser humano en general. Por cierto, estas cosas han sido notadas a lo largo de la historia del pensamiento cristiano, influenciando sobre todo la cultura occidental post-Reforma. Esto ha dado origen al sentido común de las sociedades de Occidente, las que deberían ser profundamente valoradas y cuidadas por los hijos de Dios que, aparte de ser ciudadanos de la patria celestial, son ciudadanos de naciones terrenales, donde co-habitamos con personas creyentes y no creyentes en Cristo.
En primer lugar, la vida humana es sagrada debido a que Dios creó al hombre a Su imagen y semejanza. El valor del ser humano proviene de que Dios lo creó para portar Su imagen. Este hecho le da un valor intrínseco a la vida humana, lo que debería provocar en nosotros el rechazo absoluto de cualquier cosa que atente contra esta. Este asunto debería influenciar nuestras opiniones que abarcan asuntos de interés público y relacionados a la vida, los que deberían fundamentarse en las convicciones y revelación que nos proporciona la Palabra de Dios. La que creemos, confiamos y en la que esperamos (la fe).
En segundo lugar, Dios es claro en definir, hacer distinciones y separar, por ejemplo, entre lo que llamó Día y lo que llamó Noche. Dios no tuvo problemas en separar las aguas de arriba de las aguas de abajo, ni en separar la luz de las tinieblas. La creación no es ambigua, y Dios no deja las categorías abiertas a redefinición cultural. Hoy en día se ha extendido el pensamiento de que separar o discriminar es algo malo por definición, por lo que se afirma que ciertas realidades deberían redefinirse al considerarse meras construcciones sociales, como el género y el sexo. Sin embargo, el relato de la creación es claro al mostrarnos que Dios definió, separó y no mezcló las cosas, pues la verdad es objetiva para Dios y no depende de lo que sientan los hombres ni de lo que les incomode. De esto aprendemos a llamar a las cosas por su nombre, reconociendo que hay realidades definidas y establecidas desde la creación que son inalterables, precisamente porque se corresponden con la verdad objetiva. No debemos confundir la luz con la oscuridad, ni considerar malo separar lo de arriba de lo de abajo. Lo que es de la luz es de la luz, y lo que es de la oscuridad es de la oscuridad. Lo que es de arriba es de arriba, y lo que es de abajo es de abajo. La verdad es la verdad, y la mentira es la mentira. Por tanto, siempre debemos ser honestos al discernir y juzgar las cosas como son, llamándolas por su nombre, y no intentar redefinir lo que Dios ya estableció y ha dejado evidentemente manifestado en realidades objetivamente comprobables, como la verdad biológica. Si Dios llama a la oscuridad Noche, no podemos hacer concesiones a quienes desean llamarla Día. Pensemos en lo siguiente: la entidad corporativa a la que llamamos «hombre» o «ser humano» está constituida por “varón y mujer”. Dios estableció esto no solo en la revelación escrita, sino también en la propia biología humana, la cual se orienta naturalmente a la procreación. Por tanto, no debemos temer llamar las cosas como Dios las llama, entendiendo que esto no implica discriminación arbitraria, sino fidelidad a la verdad de Dios revelada en Su Palabra y confirmada en la realidad creada. Para Dios, la verdad está inseparablemente ligada a la realidad, algo que hoy es fuertemente atacado por quienes han abrazado la subjetividad y el idealismo.
En tercer lugar, las principales bendiciones que Dios otorgó al hombre y que se registran en Génesis 1 son: la relación personal con el Creador, la familia y la delegación de autoridad. El hombre fue creado para buscar a Dios y, de este modo, orientar su pensamiento hacia lo trascendente por sobre lo meramente contingente. Buscar a Dios, conocerle, adorarle y servirle constituyen algunas de las mayores bendiciones que el Señor ha dado al ser humano; por tanto, puede afirmarse que, en cierto sentido, el hombre fue creado para la “religión”, entendida no como una institución meramente humana, sino como la búsqueda de estar ligado al Creador y rendirle culto.
Esta necesidad de sentido trascendental es inherente a todo ser humano. Incluso quienes se definen como ateos, escépticos o agnósticos terminan vinculándose a realidades que consideran superiores y dignas de devoción. Sin embargo, como consecuencia de la caída y de la corrupción producida por el pecado, tanto devotos religiosos como devotos ideológicos pueden abrazar formas de fanatismo irracional y sesgado. En definitiva, el ser humano fue creado con una necesidad ontológica de trascendencia que inevitablemente buscará satisfacer, ya sea mediante la Palabra revelada de Dios o mediante la mentira del Mentiroso. Así, el hombre posee una necesidad inherente de Dios y del significado trascendental de la existencia.
En cuanto a la familia, el ser humano fue creado para formar su propia familia. Aquí se establecen los principios naturales de la procreación y la reproducción humana como una de las principales bendiciones de Dios para el varón y la mujer. El relato bíblico muestra la contingencia del ser humano creado, contingencia que se extiende a su procreación y preservación, pues todo hombre depende de otros: padre y madre. Dios bendijo al ser humano con la posibilidad de generar familia, la cual constituye la primera entidad corporativa bendecida por Dios y el fundamento de los pueblos y las naciones. Cuando una nación deja de promover la familia conforme al orden establecido por Dios, se encamina inevitablemente hacia su debilitamiento demográfico y cultural, pudiendo incluso desaparecer o ser reemplazada por otros pueblos. Esto puede observarse en diversas naciones que históricamente se identificaron como cristianas y que, al adoptar modelos seculares hostiles a la familia tradicional y a los roles paternales, han experimentado un marcado descenso poblacional, mientras otros pueblos con estructuras familiares sólidas continúan creciendo.
Adicionalmente, Dios nos creó no solo para procrear, sino también para amar, fraternizar y formar vínculos duraderos. Esta dimensión relacional refleja los atributos comunicables de Dios en el hombre. Cuando el ser humano no concreta esta vocación natural, suele intentar sustituirla mediante asociaciones voluntarias, colectivos ideológicos, grupos de afinidad o incluso sectas, como un intento de satisfacer su necesidad ontológica de pertenencia y de familia.
Respecto a la delegación de autoridad, Génesis nos muestra que Dios bendijo al hombre con la administración de todo lo creado. Dios le confirió dominio y responsabilidad, llamándolo a gobernar en representación suya y en sujeción a su voluntad. Esta administración debe ejercerse de manera responsable, considerando tanto el vínculo familiar como el correcto uso de los recursos naturales que Dios puso bajo el cuidado del ser humano. De este modo, queda claro que Dios no estableció el anarquismo, sino un orden en el cual el dominio y la administración se ejercen responsablemente, comenzando por la entidad que el hombre está llamado a amar y proteger de manera prioritaria: su familia.
Finalmente, un aspecto importante de esta delegación de autoridad, implícito y claramente desarrollado en Génesis 2, es el trabajo. Dios creó al hombre para trabajar, siendo Él mismo el principal ejemplo, al culminar su obra y reposar. El trabajo, por tanto, es una bendición de Dios y no una consecuencia del pecado. Todo creyente debería ejercerlo teniendo presente el escrutinio del Creador omnipresente y omnisciente.
En conclusión, las principales bendiciones que Dios ha dado al ser humano, creado a Su imagen y semejanza, son la relación personal con el Creador, la procreación, la vida familiar, la administración y dominio responsable de la creación, y el trabajo. Estas verdades deben ser entendidas como principios generales para toda la humanidad. Por tanto, el matrimonio y la familia tradicional no son invenciones de las instituciones judeocristianas, sino un regalo y una bendición de Dios para el ser humano. Una cuestión de sentido común. Asimismo, el conocimiento y la relación personal con Dios no dependen de instituciones humanas, sino del Dios que se ha revelado a Sí mismo y que ha provisto un único camino para ello: Su Hijo. Puedes tener una religión, pero si no tienes al Hijo, ni crees en el nombre del Hijo de Dios, entonces no tienes una relación personal con Dios. Finalmente, el hombre es llamado a ejercer responsablemente la autoridad que le ha sido delegada, administrando la creación sin adorarla, sino trabajándola para el sustento humano. El trabajo, por tanto, es una bendición divina y no una maldición.
