LECTURA SÉPTIMA: APOCALIPSIS 1:5-6.

«5 y de Jesucristo el testigo fiel, el primogénito de los muertos, y el soberano de los reyes de la tierra. Al que nos amó, y nos lavó de nuestros pecados con su sangre, 6 y nos hizo reyes y sacerdotes para Dios, su Padre; a él sea gloria e imperio por los siglos de los siglos. Amén.»

Todas las lecciones que hasta este momento hemos revisado, están basadas en Hechos 2:42 como texto epígrafe. Ahí se nos habla de la doctrina cristiana entregada por los apóstoles, la comunión de los santos, el partimiento del pan y las oraciones de los cristianos. Desde la segunda sección y hasta ahora, hemos estado desmenuzando lo relacionado a la doctrina de los apóstoles, viendo las cosas esenciales para los cristianos y en las que debemos perseverar. Considerando todo esto, es que finalizamos la semana pasada señalando que Dios nos juzgará por el tipo de sacerdocio que ejercimos.

Respecto al juicio que los hijos de Dios enfrentaremos en el tribunal de Cristo (Ro. 14:10), debemos señalar que este no tendrá relación con el pecado (Heb. 9:28), sino con nuestra responsabilidad y obras sacerdotales que hemos ejercido en la nueva vida que nos ha dado el Salvador (2Cor. 5:10). Se cree que no será un típico juicio donde un juez juzga a una persona cualquiera por las faltas a la legislación, sino el de un Padre de familia juzgando a Sus hijos para recompensar o castigar por la honra familiar y el cumplimiento de las responsabilidades delegadas. Es aquí donde alguno podría preguntar si estas responsabilidades y honra familiar, sólo las tienen algún grupo de cristianos en particular, como los ministerios de la palabra de Dios, y/o los ancianos de una congregación local, y/o los que tienen ciertos dones y servicios asignados. Con todo esto, surge la pregunta honesta y obvia: ¿Quiénes son los responsables a los que Cristo pedirá cuentas? Esta respuesta es fundamental para el nuevo creyente.

La lección pasada vimos enfáticamente que el ser humano es un pecador culpable, y que Dios estableció en Su legislación el principio de la víctima inocente que muere en sustitución del humano carnal. Mediante el derramamiento de la sangre del animal sustituto, se hacía expiación por las almas culpables. Se demandaba la vida del carnal y por esa causa se derramaba la sangre de la carne sustituta. Cuando el Verbo se hizo carne (Jn. 1:14) y se presentó como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo (Jn. 1:29), abrió el camino de la completa expiación por las almas pecadoras. La única condición es creer de todo corazón en Él y recibirle como el Hijo de Dios, Salvador nuestro. Esto trajo consigo cosas tremendas, como el derecho otorgado por Dios de hacernos Sus hijos, lo que en Juan 1:12 nos dice:

«Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios»

La muerte del Señor Jesús, el Hijo de Dios, vale tanto que no sólo abarca la expiación, sirviendo para la purificación perpetua de nuestras almas; sino que, además, trae consigo el beneficio de que Dios nos da el derecho de ser hechos hijos de Dios. Este es un logro de Cristo, nuestro Señor, que se nos otorga por la fe en Él. Se nos constituye legalmente en hijos de Dios. Nuestro Dios, que es el Juez justo, nos ha otorgado legalmente la constitución de hijos Suyos en Cristo. No sólo nos ha otorgado legal y justamente expiación perpetua en Cristo, sino que también nos ha constituido legal y espiritualmente en hijos, lo que se conoce como filiación (Ro. 8:15). ¡Qué logros los del Señor Jesús! Pero esto no es todo, el pasaje epígrafe nos revela algo más. Analicémoslo y aprendamos juntos esta gran lección:

«5 y de Jesucristo el testigo fiel, el primogénito de los muertos, y el soberano de los reyes de la tierra. Al que nos amó, y nos lavó de nuestros pecados con su sangre, 6 y nos hizo reyes y sacerdotes para Dios, su Padre; a él sea gloria e imperio por los siglos de los siglos. Amén.»

Podrán notar que se nos habla del Señor Jesucristo, y se nos dice que Él es Testigo, Primogénito y Soberano. Que también nos amó (y nos ama, v. BTX III), y que nos limpió, libertó y lavó de nuestros pecados con Su sangre preciosa, o sea, la expiación por nuestras almas. Pero eso no es todo, dice algo más, algo que está unido a las provisiones de la sangre de Cristo como sacrificio vicario y eternamente perfecto, nos dice que “nos hizo reyes y sacerdotes para Dios, su Padre”. La BTX III, traduce esta oración así: “y nos hizo un reino sacerdotal para su Dios y Padre”. Notemos bien lo que se nos ha dado en Cristo:

A) Él con Su propia sangre pagó el precio de la expiación, limpiándonos para siempre delante de Dios de nuestros pecados, presentándonos como lavados por Su sangre.

B) Nos ha constituido hijos de Dios, legal y espiritualmente; no somos extraños para Dios, ni nos encontramos perdidos, sino que ahora somos hijos de Dios en Cristo Jesús (Ef. 2:19-20).

C) Hemos sido consagrados como sacerdotes de Dios en Cristo Jesús, mediante la sangre de Su sacrificio.

Por lo tanto, somos familia del Rey de reyes, justificados y lavados en la sangre del Salvador, constituidos hijos de Dios y, además, consagrados sacerdotes de nuestro Dios. No solo perdonados y justificados, sino también hijos de Dios; no solo hijos, sino también sacerdotes de Dios. Una familia real de sacerdotes en Cristo. Lo que se vuelve un honor, privilegio y responsabilidad. Respecto a esto último –la responsabilidad– todo nuevo creyente debe comprender que ha sido llamado a la responsabilidad de los primogénitos del reino sacerdotal. Quisiera referirme a esto, pues es algo que Dios señalaba en el Antiguo Testamento, antes de la ley mosaica, y que revela en el Nuevo Testamento.

Hay una historia muy conocida en el libro de Génesis 25:27-34, donde se nos relata que Esaú vendió la primogenitura a Jacob, a cambio de pan y un guiso de lentejas. No le fue importante la primogenitura, sino que la menospreció, señalando que no le serviría para nada. La primogenitura le otorgaba los derechos sobre la herencia, lo investía de autoridad para ser juez en la familia y, lo más importante, le daba la responsabilidad sacerdotal en relación con Dios. Como verán, lo más grave del desprecio de Esaú en cuanto a la primogenitura, es que con esto desprecio y vio como cosa de poca importancia, la relación, conocimiento y servicio a Dios. Debido a ese desprecio, Dios prefirió a Jacob. Ahora, el punto que quiero enfatizar, es que tener la primogenitura le otorgaba la responsabilidad y privilegio sacerdotal respecto a Dios. Apreciarla, era apreciar a Dios; despreciarla, era despreciar a Dios. ¡Cosa seria! Debido a esto, es que las Escrituras dicen:

«2 Yo os he amado, dice Jehová; y dijisteis: ¿En qué nos amaste? ¿No era Esaú hermano de Jacob? dice Jehová. Y amé a Jacob, 3 y a Esaú aborrecí, y convertí sus montes en desolación, y abandoné su heredad para los chacales del desierto.» (Mal. 1:2-3).

El menosprecio de Esaú, le significó que Dios lo despreciara o desatendiera a él, poniendo Su atención en Jacob, que lo prefirió a Él, al desear la primogenitura. Ahora bien, todo creyente en el Señor Jesucristo, regenerado por el Espíritu Santo, debe saber que la responsabilidad sacerdotal de la primogenitura le ha sido delegada. Sí, así es. Es cosa de leer Hebreos 12:22-24 y lo verá. Leamos juntos:

«22 sino que os habéis acercado al monte de Sion, a la ciudad del Dios vivo, Jerusalén la celestial, a la compañía de muchos millares de ángeles, 23 a la congregación de los primogénitos que están inscritos en los cielos, a Dios el Juez de todos, a los espíritus de los justos hechos perfectos, 24 a Jesús el Mediador del nuevo pacto, y a la sangre rociada que habla mejor que la de Abel.»

Miren lo que nos dice el Espíritu Santo en el libro de Hebreos, que al acercarnos al Dios vivo en Cristo Jesús, hemos sido acercados “a la congregación de los primogénitos que están inscritos en los cielos”. ¿Quiénes son estos primogénitos? Los que hemos sido regenerados por el Espíritu Santo y que hemos sido unidos al “primogénito de los muertos” (Ap. 1:5), es decir, Cristo Jesús. Despreciar o desatender esta responsabilidad, es incurrir en el pecado y desgracia de Esaú. Despreciar el sacerdocio y evadir la responsabilidad del mismo, es despreciar al Señor y desatender la relación personal que tenemos con Él. Por lo tanto, ahora no sólo hemos recibido el regalo de la muerte sustituta del Señor para el perdón de nuestros pecados y culpas, sino que también hemos sido hechos hijos y sacerdotes de un Nuevo Pacto en Cristo. La congregación de los primogénitos en Cristo, los que tienen los privilegios y responsabilidad de la primogenitura. Entonces, mis queridos hermanos, tendremos que dar cuentas por nuestros privilegios y responsabilidades de hijos y sacerdotes para Dios en Cristo. De esto daremos cuentas en el tribunal de Cristo. Por lo tanto, ¿qué tipo de sacerdotes somos y seremos? ¿Honramos o deshonramos a la familia de Dios? ¿Cumplimos nuestros deberes sacerdotales? Y no menos importante, ¿conocemos nuestros deberes sacerdotales? Importantísima pregunta.