(Texto) 14. Estudio a la epístola de Jacobo – La vida en la Palabra de Dios y la disciplina del Señor (2:1-13).

Hasta el momento, hemos podido ir abordando distintos temas que han ido apareciendo al leer esta carta[1].  El capítulo anterior lo finalizamos hablando de dos tipos de religiones: la religión vacía y la religión viva. Estos temas venían conectados a lo que Jacobo viene tratando respecto a la Palabra, y hemos dicho que la Palabra, dependiendo de la tierra en la que cae, dará fruto.  El fruto de la Palabra es la vida de esta germinando en nuestro corazón. Porque la Palabra no es sólo para oírla y memorizarla, sino que debemos saber que en esta hay vida en potencia, la que proviene de la conexión que tiene con Cristo como la Palabra revelada y personal de Dios (Jn. 1:1, 4).

LA PALABRA COMO SEMILLA TIENE VIDA EN SÍ MISMA.

Piense usted en lo siguiente: cuando Dios dijo: “Sea la luz” (Gn. 1:3), ¿qué ocurrió? La Biblia nos dice que “fue la luz” (Ibíd). La Palabra de Dios no es de adorno, sino que produce frutos, pues contiene la posibilidad de la vida. Lo curioso de todo esto –y me maravilla darme cuenta– es que cuando se trata de la Palabra para los hombres, Dios, teniendo todo el poder, incluso de causar que de la nada aparezca toda materia, espacio, tiempo y energía, en una decisión soberana, ha querido limitarse para obrar en el creyente, a la disposición del corazón. La perfecta Palabra de Dios, la potente Palabra de Dios, espera que el corazón del hombre sea el adecuado para dar Su fruto, pues le ha dado al hombre dignidad y responsabilidad. Como dicen las Escrituras:

“¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina a sus polluelos debajo de sus alas, y no quisiste!” (Lc. 13:34,  negritas añadidas por el autor).

Dios quiso, muchas veces quiso, no sólo una vez, sino que muchas veces, por eso dice “¡Cuántas veces quise!”, no dice “¡Aquella vez que quise!”, sino “¡Cuántas veces quise!”, porque fueron muchas las veces que el Señor quiso reunirlos. De la misma manera, siempre son muchas las veces que el Señor quiere hacer Su voluntad en nosotros, que avancemos en la vida cristiana, pero no como quien controla un robot, sino como quienes voluntariamente quieren Su voluntad, porque le aman. Esto es la dignidad del Dios soberano y la dignidad del ser humano. Él tiene toda la autoridad y poder como para realizar lo que quiere, pero Él no sólo es todopoderoso y soberano, sino también digno. Es por eso que, dependiendo de la tierra, la semilla dará su fruto. La semilla, que es la Palabra (Lc. 8:11), tiene el potencial en sí misma para dar fruto; sin embargo, Dios quiere que la tierra, es decir, la persona que la oye, la reciba voluntaria y humildemente (Stg. 1:21). Dios quiere que la persona la crea de todo corazón y ponga en ella su confianza sin pasar a llevar su propia e inherente dignidad.

LA TIERRA NECESITA VOLUNTAD, NO POTENCIAL.

Aparte de esto, Dios sabe que la tierra es impotente en sí misma, así que no le pide potencial, sino voluntad, buena voluntad de un corazón humillado ante el Soberano de los reyes de la tierra, digno de Sus adoradores. Una de las cosas que más nos cuesta reconocer es nuestra incapacidad, nuestra impotencia humana ante la altura la Palabra de Dios. Es humillante reconocer que no podemos y más humillante es apelar a la ayuda de otro que sí puede. ¡Cuánto tiempo tardamos en reconocer nuestra impotencia! Pero mientras no nos humillamos aceptando que no somos capaces y que necesitamos de aquel que es capaz, permanecemos siendo mala tierra y el fruto de vida en la Palabra no puede brotar en nosotros.

Aquellos que buscan paz con Dios mediante obras, no conocen su propia incapacidad, entonces el Señor los confronta muchas veces queriendo mostrarles lo que son. Y aunque sus esfuerzos de alcanzar una justicia propia son vanos, las intenciones que tienen, muchas veces, son honestas: quieren estar en paz con Dios. Entonces se acercan al Señor preguntándole qué deben hacer para obtener paz y ser salvos. Tal como el joven rico que se registra en Marcos. Este llegó preguntando qué bien debía realizar para obtener la vida eterna. El Señor conocía la impotencia de este joven, pero el joven no. El joven pensaba que él podía hacer algo bueno que le resultaría en la obtención de vida eterna, entonces el Señor amándole, le mostró lo que le faltaba, le mostró su incapacidad. Le dijo:

“Una cosa te falta: anda, vende todo lo que tienes, y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven, sígueme, tomando tu cruz.” (Mc. 10:21).

La capacidad se encuentra en la vida que se haya en la Palabra,  por lo tanto, nunca debemos oírla mirando en nosotros si es que existe la capacidad; pues la Palabra es un fruto en potencia. Si nosotros discernimos la Palabra como del Señor, entonces con mansedumbre recibámosla en nuestro corazón. Confiando en la vida que esta trae por la fe y el Espíritu. Al hacer esto no sólo seremos edificados, sino que habrá fruto, el cual, es la religión viva. Pero si miramos nuestra capacidad y pensamos poder hacer algo, entonces andaremos en una religión vacía,  engañándonos a nosotros mismos, y sin un fruto verdadero.

NO SOLO SABER, SINO VIVIR.

Nos damos cuenta con esto que no se trata sólo de saber, sino también de vivir; no se trata de sólo decir que creemos, sino vivir de acuerdo a lo que creemos de todo corazón. Tampoco se trata de fabricar la vida, de imitarla, sino de recibir con un corazón correcto la Palabra de Dios y dejar que su vivo fruto se dé en nosotros. Pues una religión vacía o una religión viva, se juzga de acuerdo al fruto de la semilla que está brotando. Si es actuado, fingido, es vana y vacía; pero si es espontáneo y real, es la vida de la Palabra recibida. Jacobo es muy práctico, pero ojo, esto no quiere decir que no sea espiritual. Jacobo nos está hablando de la practicidad de una vida realmente espiritual y equilibrada en Cristo. No es hacer por hacer, sino que el hacer sea originado de la vida que contenemos, que es el fruto de la Palabra en nosotros, la religión viva.

SOBRE LA PALABRA DE DIOS Y LA VIDA.

Ahora bien, dentro de todas las cosas que vamos viendo llegamos a otro asunto que Jacobo quiere tratar, para esto vamos a leer el capítulo 2. Leeremos desde el versículo 1 al 13:

1 Hermanos míos, que vuestra fe en nuestro glorioso Señor Jesucristo sea sin acepción de personas. 2 Porque si en vuestra congregación entra un hombre con anillo de oro y con ropa espléndida, y también entra un pobre con vestido andrajoso, 3 y miráis con agrado al que trae la ropa espléndida y le decís: Siéntate tú aquí en buen lugar; y decís al pobre: Estate tú allí en pie, o siéntate aquí bajo mi estrado; 4 ¿no hacéis distinciones entre vosotros mismos, y venís a ser jueces con malos pensamientos? 5 Hermanos míos amados, oíd: ¿No ha elegido Dios a los pobres de este mundo, para que sean ricos en fe y herederos del reino que ha prometido a los que le aman? 6 Pero vosotros habéis afrentado al pobre. ¿No os oprimen los ricos, y no son ellos los mismos que os arrastran a los tribunales? 7 ¿No blasfeman ellos el buen nombre que fue invocado sobre vosotros? 8 Si en verdad cumplís la ley real, conforme a la Escritura: Amarás a tu prójimo como a ti mismo, bien hacéis; 9 pero si hacéis acepción de personas, cometéis pecado, y quedáis convictos por la ley como transgresores. 10 Porque cualquiera que guardare toda la ley, pero ofendiere en un punto, se hace culpable de todos. 11 Porque el que dijo: No cometerás adulterio, también ha dicho: No matarás. Ahora bien, si no cometes adulterio, pero matas, ya te has hecho transgresor de la ley. 12 Así hablad, y así haced, como los que habéis de ser juzgados por la ley de la libertad. 13 Porque juicio sin misericordia se hará con aquel que no hiciere misericordia; y la misericordia triunfa sobre el juicio.”

Anteriormente Jacobo nos habló de la verdadera religión y señaló en esto el cuidado hacia la viuda, el huérfano y guardarse del mundo. Como quien dice: la verdadera religión y vinculo con Dios va más allá de las reuniones de asamblea y el servicio que ejercemos entre cuatro paredes. La religión ha de estar viva y esto se refleja cuando el vivo Dios manifiesta a través de nosotros Sus misericordias y favor para con aquellos que se encuentran humillados, necesitados y desprotegidos más allá de los muros que nos congregan. Estar realmente ligados a Dios va más allá del culto, es vivir una vida de culto a Dios, mostrando a otros Su misericordia y gracia. Esto es relevante sobre todo cuando consideramos que la iglesia del Señor fue llamada a ser más que un culto de rituales y reuniones en un templo. Algo a lo que el judaísmo se restringió y lo que el Señor Jesús denunció, diciendo:

«¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque diezmáis la menta y el eneldo y el comino, y dejáis lo más importante de la ley: la justicia, la misericordia y la fe. Esto era necesario hacer, sin dejar de hacer aquello.» (Mt. 23:23)

El problema no era que se ocuparan de «la doctrina de los diezmos», sino que se olvidaron de las cosas relevantes como la justicia, la misericordia y la fe. La frase que remata es importante: «Esto era necesario hacer, sin dejar de hacer aquello«. Lamentablemente, la vida cristiana de las iglesias locales de hoy, se restringe en su mayoría a las reuniones y conferencias, olvidándose de la justicia, la misericordia y las obras de la fe. Muchas iglesias han delegado sus responsabilidades al Estado: las viudas, los huérfanos y los pobres. Cosas de las que ni siquiera se habla. Pero noten ustedes que Jacobo presenta esto como evidencia y testimonio de una vida verdaderamente ligada a Dios.

En esta misma línea Jacobo comenzará a tratar cosas importantes respecto a la fe verdadera y su fruto. Al igual que hoy, en aquel entonces había personas que decían tener fe, señalaban ser cristianas, no obstante, muchas veces estas personas no vivían vidas de acuerdo a la fe que decían profesar. Una de las cosas que se veía y con frecuencia, era cierto desprecio por los hermanos de escasos recursos y el aprecio ambicioso por aquellos que sí los tenían. Si ustedes se dan cuenta, Jacobo está exponiendo la falsedad y la ambición de una vida que dice tener fe, pero que no anda conforme a la fe cristiana. Ya vimos que el Señor quiere que nos conozcamos a la luz de Su Palabra y esto, en la práctica, se vive en el desierto de la prueba. No quiere que nuestra manera de vivir la fe que hemos recibido sea un mero culto ritualista, sino que sea una vida conforme a la fe, que se vive más allá de las reuniones. Es que se trata de estar fuertemente ligado a Dios, que el Señor ahora nos habita y vive en nosotros (Ga. 2:20). Y si Cristo vive en nosotros, entonces Su vida ha de alumbrar. La vida que yo tengo en Adán, sólo muestra tinieblas y maldad; pero ahora he recibido a Cristo como vida, y la vida de Cristo tiene una particularidad, que es “la luz de los hombres”. Eso nos dice Juan 1:4, en las siguientes palabras:

“En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres”

Entonces, si realmente hemos creído en el Señor Jesucristo, esta fe no será algo emocional, sino inteligente y diligente. Y en esa fe genuina se manifestará el fruto de la vida de Dios, lo que entre muchas cosas, se verá la justicia. Es por esto que Jacobo nos dice:

“Hermanos míos, que vuestra fe en nuestro glorioso Señor Jesucristo sea sin acepción de personas” (Stg. 2:1).

SIN ACEPCIÓN DE PERSONAS.

El menosprecio, la acepción de personas, no proviene de Dios ni de una relación viva con Él por medio de Cristo. Esta no es la fe que se nos ha dado. No es la fe que se nos ha enseñado. Porque lo que hemos aprendido de la Palabra de Dios, acerca de Dios mismo, es lo que Romanos 2:11 nos dice:

“… porque no hay acepción de personas para con Dios.”

¿Qué es la acepción de personas? Es la acción de favorecer o inclinarse a unas personas más que a otras por algún motivo o afecto particular (RAE). Entre cristianos regenerados, esto ocurre cuando las motivaciones del favoritismo o menosprecio son subjetivas y no obedecen a la justicia de Dios. Dicho de otra manera, es una discriminación negativa que no contempla la igualdad ante la ley y los estándares de Dios. Se menosprecia, favorece, rechaza o margina por razones de simpatía, conveniencia, cohecho, nepotismo, amistad, color de piel, sexo, edad, clase social y no conforme a la Palabra de Dios.

Las Escrituras nos enseñan que Dios no hace acepción de personas y la razón es que Dios es justo, omnisciente, omnipresente y verdadero. Su juicio y parecer siempre es conforme a justicia y conociendo todas las cosas. En otras palabras, Dios no tiene simpatía por algunos y antipatía por otros en base a que alguien le cae bien o mal de presencia (como decimos en Chile). Por ende, si decimos estar fuertemente ligados a Dios, pero estamos menospreciando o favoreciendo a cierto tipo de hermanos por razones subjetivas y no conforme a la Palabra de Dios, entonces no andamos según la vida de Dios en nosotros; porque Dios no hace acepción de personas.

Debemos entender que por estar ligados a Dios, debido a la regeneración, se nos van comunicando aspectos de Su naturaleza (2P. 1:4), como Su generosidad y justicia, las que van siendo formadas en nosotros paulatinamente. Entonces, dado que Dios no es el que hace acepción de personas, ¿de dónde proviene nuestra inclinación hacia la acepción?

Es importante que no perdamos el hilo de lo que hemos visto en capítulos anteriores, si hemos sido llevados al desierto, sabemos que siendo hijo de Dios, habiendo recibido a Cristo y estando unidos a Él en el Espíritu, aún tenemos un problema que enfrentar: el pecado que mora en mí (Ro. 7:17). Debo tener presente que aun cargo con este lastre que llamamos carne (Ga. 5:16-17), con esta naturaleza adámica de la que necesito ser desintoxicado (Ef. 4:22) y de la que me libraré solo cuando venga el Señor (Ro. 8:23). Es por eso que no debemos descuidarnos y pensar que por ser hermanos en Cristo, regenerados, no vamos a caer en esto de la acepción de personas.

Jacobo dice “hermanos míos”, por lo que entendemos que no se dirige a incrédulos, a no-cristianos; sino que se dirige a hijos de Dios. Con esto en mente debemos tener presente que, siendo hijos, es nuestra responsabilidad conocer cómo es nuestro Dios y Padre, para poder comprender bien este asunto y la procedencia de esta inclinación. La acepción de personas no proviene de Dios, sino de esta naturaleza caída. Y esta consiste en el menosprecio de los hermanos por causa de la clase social, el color de piel, el sexo o cualquier otra cosa que no sea rechazada directamente por la Palabra de Dios.  Esta acepción, es algo que no proviene del Evangelio, ni de la vida de Dios en nosotros, sino de la carne corrupta (Ga. 3:28), a la que no debemos dar en el gusto. Por lo que nunca debemos bajar la guardia y confiarnos de nosotros mismos, sin antes tener la claridad que proveen las Escrituras.

El hermano del Señor conoce la dureza del corazón humano, entiende lo testarudos que pueden llegar a ser las personas a las que se está dirigiendo y sabe que algunos de ellos podrían buscar excusas engañándose a sí mismos, diciendo: “No, yo nunca hago acepción de personas”, sin entender qué es precisamente hacerlo. Debido a esto, Jacobo les muestra claramente a lo que se estaba refiriendo y cómo es que ellos caían en esto.

2 Porque si en vuestra congregación entra un hombre con anillo de oro y con ropa espléndida, y también entra un pobre con vestido andrajoso, 3 y miráis con agrado al que trae la ropa espléndida y le decís: Siéntate tú aquí en buen lugar; y decís al pobre: Estate tú allí en pie, o siéntate aquí bajo mi estrado; 4 ¿no hacéis distinciones entre vosotros mismos, y venís a ser jueces con malos pensamientos?” (Stg. 2:2-4).

Claramente Jacobo estaba mostrando una situación real a la que decide ponerle el espejo de la Palabra. Lo primero que hace es mostrarles que la forma en la que han caído en la acepción de personas es menospreciando al pobre y tratando de forma preferencial al rico. Y no solo esto, sino que el menosprecio muestra no sólo la acepción de personas, sino los malos pensamientos e intenciones que se han alojado en el corazón. Aquellos pensamientos de ambición, de beneficio propio, golpeaban la puerta del corazón de ellos. Mis hermanos, una de las cosas que más corrompe hombres es el dinero y la ambición (1Ti. 6:10). Y a través de esto no sólo se incurre en el pecado de la codicia, sino en el pecado de herir a los hermanos menospreciándolos, olvidando que esto se lo hacemos al Señor y no solo a ellos (Mt. 25:40).

El llamado de Jacobo es para que se tenga presente que cuando nosotros hacemos acepción de personas por causa de las riquezas que se tengan, estamos mostrando una mala imagen de Dios, que nos habita. Esto es lo grave. ¿Es que acaso el Señor anda en busca de las billeteras? ¡Para nada! Los cristianos al reunirse deberían tratar a todos por igual, mostrando que el Señor anda en busca de corazones humillados y dispuestos.

SALVOS DE LA IRA Y SIENDO SALVADOS DE LO QUE SOMOS.

Permítanme una reflexión importante aquí. Hay cristianos que limitan el Evangelio solo a la gracia, por lo que no les gusta oír acerca del pecado, de juicios, de santidad, de las obras de la fe, entre otras cosas. Debo señalar que es debido a esto que algunos, como Lutero, han llegado a mirar en menos esta carta de Jacobo en relación al Evangelio de Dios. Pero debemos tener presente que el Evangelio no se trata de la gracia, se trata de Dios que en Cristo nos ha mostrado gracia. El Evangelio no se trata de libertad, se trata de Dios que en Cristo nos liberta. El Evangelio no se trata de perdón, sino de Dios que en Cristo nos perdona. Y el Evangelio no generará solo fe, sino obras que la acompañen. Por esto debemos tener presente que los evangelios escritos, así como las cartas paulinas, necesitan estas reflexiones jacobinas, no como corrección del Evangelio, sino como su expresión vivida en la vida del creyente.

Por otro lado, debemos saber que la gracia de Dios no solo se ha manifestado para nuestra salvación en la cruz de Cristo; sino que la gracia de Dios es también para ayudarnos a caminar según los estándares de Dios que, paulatinamente, vamos conociendo y entendiendo. Miramos al Crucificado para nuestro perdón, expiación, redención y justificación; pero también confiamos en que el Crucificado es también el Resucitado, que por el Espíritu viene para enseñarnos una nueva forma de vivir, no esclavos de la carne, sino bajo el régimen del Espíritu. En este nuevo régimen, la gracia de Dios actúa en nuestra debilidad humana, para fortalecernos y ayudarnos a vivir, lo que requiere nuestra liberación de lo que somos y que venimos intoxicados en Adán: pecadores.

Entonces, necesitamos ser salvados de la ira de Dios, pero también salvados de lo que somos en Adán. Lo que somos en Adán está plasmado en nuestra alma, es la imagen que reproducimos y de la que necesitamos ser liberados. Así comprendemos que necesitamos que Dios nos liberte, porque no solo fuimos esclavos del pecado, sino que el pecado puso su imagen en nosotros. Y la razón por la que necesitábamos Su perdón, es porque Dios es tan infinitamente santo y justo, que nuestros pecados nos tenían condenados y separados de Él. Si Dios no hacía algo justo y santo para perdonarnos, jamás seríamos perdonados. ¿Por qué digo todo esto? Porque Dios sigue siendo santo. No nos engañemos pensando que por decir que tenemos fe, estamos libres de Su justicia y de Su santidad. No nos engañemos pensando que por ser hijos, estamos libres de que Dios nos muestre Su justicia por nuestra mala manera de vivir. Una cosa es que hemos sido salvos de la ira de Dios en Cristo, como en 1ª Tesalonicenses 1:10 se nos dice:

“… y esperar de los cielos a su Hijo, al cual resucitó de los muertos, a Jesús, quien nos libra de la ira venidera” .

Este es el aspecto jurídico de la salvación. Pero resulta que no sólo necesitamos ser salvos de la ira, sino también de lo que somos, de la imagen que traemos; pues si nosotros nos entregamos a la imagen adámica que traemos desde la cuna, como Dios es nuestro Padre y no ha dejado de ser santo y justo, ocurrirá lo que en Hebreos 12:10 se nos dice:

“Y aquéllos, ciertamente por pocos días nos disciplinaban como a ellos les parecía, pero éste para lo que nos es provechoso, para que participemos de su santidad.”

¿Pero acaso no somos salvos? Claro que sí, pero aparte de ser salvos hemos sido hechos por Dios en Cristo, hijos. Y Dios quiere enseñarles a Sus hijos a andar a la altura de lo que Él es. Y para esto es la disciplina de nuestro Padre santo y justo.

LA SERIEDAD DE LA ACEPCIÓN DE PERSONAS Y LA DISCIPLINA DE DIOS.

Jacobo sabía todo esto, es por eso que pone atención en la acepción de personas, pues una de las cosas que trae disciplina para la familia de Dios es esto. En 1ª Corintios 11, desde el versículo 17, Pablo comienza a reprender una actitud de los hermanos. Entre ellos había divisiones y en estas se caía en el menosprecio de los que no tenían nada. Esto significa que amaban a unos y menospreciaban a otros, dividiendo el Cuerpo de Cristo. En el capítulo 10, Pablo había enseñado que en el pan que se parte se encuentra el testimonio de comunión del Cuerpo de Cristo, mientras que en la copa que se bendice, se encuentra el testimonio de la comunión que tiene el Cuerpo de Cristo en la sangre del Señor. Entonces, después de mostrar la importancia de este sacrificio debido a la Persona sacrificada (pues aquella Persona no era un simple hombre, sino que era Dios encarnado), Pablo les dice que el menosprecio, que la división del Cuerpo, venía a ser motivo de juicios para los hijos, como disciplina. Pablo dice así:

29 Porque el que come y bebe indignamente, sin discernir el cuerpo del Señor, juicio come y bebe para sí. 30 Por lo cual hay muchos enfermos y debilitados entre vosotros, y muchos duermen.” (1Cor. 11:29-30).

¿Se dan cuenta la seriedad del asunto? Con esto entendemos la razón por la cual Jacobo llama la atención de los hermanos a cuidarse de la acepción de personas. No obstante, esto no sólo se ve en el menosprecio que se puede hacer de pobres y ricos, sino también en otras cosas. Como las atenciones especiales a ciertos hermanos por tener un servicio público, mientras que a los que no lo tienen, tratarlos con menosprecio. O mirar en menos a las hermanas, considerándolas inferiores que los varones y solos por ser mujeres. Cosas como estas pueden hacerse con desprecio y de esto tenemos que cuidarnos, porque Dios sigue siendo santo y justo, y por ser hijos, no estamos libres de Su disciplina paternal. No nos engañemos. Lo que hace Jacobo no es enjuiciar, sino mostrarnos lo que somos y advertirnos sobre la paternidad de Dios y la seriedad de la acepción de personas. No estamos libres de caer en esto y tampoco de recibir disciplina por esta causa. No somos mejores que otros. Por tanto, cuando Jacobo nos llama la atención del cuidado de los pobres, es debido a que para el tiempo en que escribe, había una crisis social y económica que se estaba viviendo entre los judíos, entre los cuales se encontraban cristianos y no cristianos. Si realmente eran cristianos regenerados, entonces debían saber que, ante lo que se estaba viviendo, la vida de fe, es decir, el verdadero vínculo con Dios, no  sería indiferente y sabría cómo conducirse.

SOBRE LA CONDUCTA DE POBRES Y RICOS.

Otra cosa importante y para  finalizar este capítulo, es recordar que ya anteriormente, en el capítulo 1, se nos habló de pobres y ricos. Al unir ambas ideas comprendemos que los hermanos pobres no deben caer en auto-defenderse, en reclamar derechos ante el desprecio, sino que en humildad deben esperar en el Señor la exaltación y orar. Algo que proviene de la directa enseñanza del Señor Jesús:

«Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen» (Mt. 5:44)

El llamado del Señor es a orar y presentar las situaciones que se están viviendo, con honestidad y compasión, rogando que se ilumine al agresor, perseguidor o quien sea. El Señor no llama a Sus hijos a realizar protestas y reclamar derechos en la iglesia, sino que a orar, pues en medio de los santos está el Espíritu de Dios, quien hablará, reprenderá y advertirá. Es importante aquí que todos tengamos presente que estamos bajo la autoridad del Señor, antes que de la de los hombres. ¿Por qué digo esto? Porque debido al sistema piramidal que se heredó del constinianismo católico, hay personas, muchas veces regeneradas, que piensan que las reglas de la Casa de Dios son para los que están bajo «su autoridad» y no para ellos. Esto es condenable y debe denunciarse.

De igual forma el rico, debe identificar cuando se le quiere tratar bien por lo que tiene y darse cuenta que el Señor no quiere que tenga un reconocimiento en medio de la casa, sino que aprenda a humillarse en Su presencia. Que los hermanos que más tienen, se cuiden de aceptar lisonjas de otros hombres, sea quien sea, pues la lisonja es una red en el camino para hacer caer y extraviar (Pr. 16:29; 28:23; 29:5). Temamos a Dios. Jacobo nos habla de la ley y juicios no porque tengamos que alcanzar salvación por medio del cumplimiento de esta, sino para recordarnos que Dios sigue siendo justo y santo, por lo que es digno de temer ante las injusticias y maldades de los hombres.

Jacobo ha expuesto detalladamente la forma en la que se hacía acepción de personas, en la que se avergonzó a los hermanos pobres y se le dio una atención especial a los que sí tenían recursos. Las atenciones deben ser para todos en justicia y amor, cuidándonos de la ambición de aquellas cosas que provienen de la carne corrupta, de una naturaleza caída. Mis hermanos, no bajemos la guardia. Reflexionemos en estas cosas. Amén.


[1] Por favor, recuerda orar al Señor.