(Texto) 13. Estudio a la epístola de Jacobo – La religión viva y la religión vacía (1:26-27).
Vamos a las Escrituras con honestidad y humildad, rogando al Señor que hable a nuestro corazón[1]. En esta oportunidad, esperamos estar terminando con el capítulo 1 de la epístola de Jacobo. Y para no demorarnos, vamos a ir de lleno a la lectura del capítulo 1. Específicamente los versículos 26 y 27 que dicen así:
“26 Si alguno se cree religioso entre vosotros, y no refrena su lengua, sino que engaña su corazón, la religión del tal es vana. 27 La religión pura y sin mácula delante de Dios el Padre es esta: Visitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones, y guardarse sin mancha del mundo.”
En el capítulo anterior leímos desde el versículo 21 al 25. Entre los temas tratados, vimos: el corazón apropiado para la Palabra, la Palabra de Dios como espejo, la importancia de la Palabra de Dios y nosotros como oidores de esta. Una de las cosas que observamos fue que al recibir la Palabra en nuestro corazón, con humildad y mansedumbre, se producirá fruto. El fruto –les recuerdo– es de la Palabra recibida, no es algo que nosotros fabricamos, sino que según la fe y el corazón con el que oímos, la Palabra dará su fruto según la tierra en la que cae. En la parábola del sembrador registrada en Lucas 8, Marcos 4 y Mateo 13, vemos que la Palabra es la semilla que, dependiendo del lugar donde cae, dará su fruto. Específicamente en Lucas 8:11 se nos dice que “la semilla es la palabra de Dios”. Por lo tanto, el fruto es de la Palabra en nosotros que, dependiendo de la tierra, del corazón con el que la recibimos, dará su fruto.
Si el corazón es incrédulo y perverso, vendrá el diablo y quitará la Palabra del corazón evitando así que la persona crea y se salve (Lc. 8:12), quedando la Palabra sin fruto en esa tierra. Si somos superficiales y humanistas, la Palabra estará presente en nosotros hasta que venga la prueba, entonces nos rebelaremos y apartaremos del Señor (Lc. 8:13), quedando sin fruto la Palabra. Si tenemos el corazón en el mundo, los afanes de este, las riquezas y lo que nos tienta, será un estorbo para que la Palabra produzca su fruto en nosotros (Lc. 8:14). Pero si recibimos la Palabra con un corazón correcto, humillados, meditando profundamente en lo que se nos muestra, entonces dará su fruto en abundancia (Lc. 8:15).
Con todo esto, entendemos que el fruto es evidencia exterior de una fe genuina interior respecto a la Palabra de Dios. El fruto no es algo que te esfuerces por dar, es un producto natural de la vida que provoca la Palabra en nosotros. No es algo que debemos fabricar, sino que es el resultado de la Palabra recibida abiertamente en el corazón. Siempre la Palabra podrá dar su fruto al ser recibida con humildad y honestidad. Cuando aceptamos lo que oímos, lo creemos y rogamos al Señor ayuda, siempre, en tales circunstancias, la Palabra dará fruto a su tiempo. Y cuando la Palabra da su fruto, vemos la vida de la Palabra en nosotros. Todo lo que no proviene de la vida de la Palabra, es una simple religiosidad vacía.
RELIGIOSIDAD VACÍA O VANA.
Respecto a esto último, en el tiempo de Jacobo no todos los judíos eran religiosos, sino que existían dos grandes grupos de personas entre ellos: los religiosos-políticos y los comunes. Así es que, cuando Jacobo usa estas palabras, lo hace dirigiéndose especialmente a los que hacían alarde de ser religiosos. Hoy en día esta palabra –en algunos círculos– tiene una connotación despectiva. Se refieren al «religioso» como alguien anticuado e incluso algunos lo usan para referirse a alguien fanático y no intelectual. Algunos lo tratan como sinónimo de conservadurismo político. Pero para el contexto histórico de Jacobo, el religioso era alguien con cierta posición social, es decir que tenía un estatus privilegiado.
Las sectas religiosas entre los hebreos tenían poder, es cosa de observar los relatos evangélicos y la influencia política de estos en la muerte de Cristo. El religioso, además, era alguien de letras, intelectual, que sabía leer y escribir; por lo tanto, era influyente culturalmente. Sus ideas y opiniones eran escuchadas, debatidas y divulgadas. Y debo señalar que esto no era algo que solo se viera entre los que eran religiosos según el judaísmo, sino también entre los gentiles.
Los judíos fueron llamados a ser un pueblo conocedor de las Escrituras reveladas por Dios y a tomárselas en serio; en esto se debía basar su religiosidad. Fue precisamente el no hacerlo, lo que les significó el juicio de Dios y un sinnúmero de situaciones terribles pregonadas por los santos profetas. Vivir por la fe no se trataba de vivir confiando en que Dios los protegía y los prosperaría, o simplemente creer en que «Dios existe»; sino que se trataba de tomarse en serio la Palabra de Dios y no menospreciarla en el más amplio sentido de su consejo. Era el llamado a confiar en ella y dirigirse por ella. Pero el pueblo se preocupó más en que los hombres les enseñaran su interpretación acomodada de la revelación (Mt. 15:9), interpretaciones que buscaban acomodar a sus estándares humanos todas las cosas, más que obedecer a Dios en lo que señalaba.
La Palabra –entre otras razones– les fue dada para revelarles la cosmovisión de Dios respecto a todas las cosas: desde el origen del universo, la creación del hombre, su caída, su propósito, la vida venidera y, sobre todo, el conocimiento de Dios. De esta manera la cultura, la política, la sociedad, la economía, la vida en comunidad, la familia y toda institución que naciera de la interacción y relaciones humanas, tendría por base el conocimiento de la revelación de Dios. De esta manera –por poner un ejemplo– la antropología que influiría en las políticas públicas tendría presente que la dignidad del hombre proviene de que es un ser creado a imagen y semejanza de Dios, con capacidad volitiva, libre pensador, con raciocinio, con espiritualidad y responsable delante del Creador. Además, se tendría presente que es un ser caído, cuya humanidad se encuentra habitada por el pecado, desde donde se originan los malos pensamientos del corazón, la maldad, la rebeldía y la desobediencia, por lo que requiere límites establecidos por la ley, como el respetar la propiedad de otro, juzgando en el corazón la codicia y teniendo temor a la justicia que proviene de infringir la ley.
Con todo esto y la revelación de la Palabra, los judíos entenderían que el ser humano porta una enfermedad crónica. Que el pecado mora en ellos y los gentiles, como una realidad de la que necesitamos todos ser salvados. Pero como todo ser humano, en vez de tratar a la Palabra como un espejo donde debían mirarse con atención, se dedicaron a buscar «vacíos legales» y excusas, lo que explica por qué, en la práctica del judaísmo rabínico, la autoridad interpretativa del Talmud terminó teniendo mayor peso que la lectura directa del Antiguo Testamento. Los judíos se preocuparon más en los límites de los mandamientos, que en el diagnóstico que revelaba la Palabra. Y no solo esto, sino que se preocuparon más en las discusiones de rabinos –como Shammai y Hillel– que en leer las Escrituras con un corazón adecuado.
Ahora bien, los hebreos tenían una particularidad y es que su religiosidad se basaba en las letras, no en la adoración de imágenes o en supersticiones sin sentido, sino en lo que estaba instituido en las Escrituras. Por tanto, debían ocuparse de su lectura. Eran pueblo de relatos santos que ocurrieron en la historia y que mostraban cómo Dios se reveló a ellos y les entregó Su Ley. Así que ser religioso no se trataba de vivir una religión mística que dependía de revelaciones en sueños y profecías, sino en la reflexión de las Escrituras. Aunque –como ya señalé– les importaban más los comentarios de los rabinos respecto a las Escrituras, que leerlas y reflexionar personalmente en ellas. El partidismo y las escuelas de interpretación tenían una influencia social considerable y, por tanto, una serie de discusiones sobre cuestiones sin sentido que giraban alrededor de los hombres y no de Dios.
Pero cuando aparece el cristianismo todo esto comienza a cambiar. Las cosas que separaban a judíos y gentiles, y las cosas que separaban a los mismos judíos entre sí, eran llevadas a mirar a un solo lugar: al Crucificado. Él venía a ser el aclarador de los temas controversiales y la realidad interpretativa de la tipología. Él era de quien escribió Moisés y los profetas, aquel a quien miraba con esperanza Abraham. En Él tiene explicación la existencia humana y la historia en curso, así como el fin de los tiempos. La fe de los cristianos se centraba en aquel varón al que Dios resucitó de los muertos y con lo que ha dado testimonio público acerca de Él (Hch. 17:31; 1Cor. 15:13-14). Dios abrazaba y recibía a todos en Cristo, por la fe y esperanza que es en Su nombre (Ef. 1:9-10), dando garantía de la veracidad de la fe de cada uno, sellando con el Espíritu Santo a los suyos (Ef. 1:13-14). Con esto nacía un nuevo pueblo, una nueva comunidad conformada por judíos y gentiles regenerados por el Espíritu, la iglesia del Señor Jesucristo.
Sin embargo, digerir esto era algo difícil, vemos en el libro de los Hechos que la transición entre el judaísmo y el cristianismo bíblico fue paulatina. Al principio no se veían tan distantes, incluso se trabaja a los cristianos judíos como una nueva secta emergente del judaísmo de la época. Por tanto, la vida y la fe cristiana, al momento en que Jacobo escribe su epístola, se encontraba muy mezclada con la vida religiosa judía. Los judíos que creían en el Señor Jesús eran salvados y regenerados, sin embargo, debían desintoxicarse de muchas cosas que de la religiosidad del judaísmo, que parecían piadosas, más elevadas y/o santas. Por ejemplo, entre los judíos, así como entre los gentiles, había ocupaciones y trabajos que eran considerados «santos» en contraste de aquellos que eran «mundanos». Es decir que los sacerdotes tenían oficios santos y esto los distanciaba del trabajo mundano de un herrero. Lo que entre los judíos permitía separar –como mencioné anteriormente– entre los religiosos-políticos y los comunes.
Ahora, en el judaísmo la religiosidad se vivía en lo relacionado al culto, a Jerusalén, al oficio sacerdotal y en todo lo vinculado al templo; pero la enseñanza del Señor Jesús respecto a la vida piadosa cambiaba esto absolutamente. De partida, quitaba la centralidad del templo, de Jerusalén, del sacerdocio levítico y mostraba el culto como insuficiente, corrupto y destinado a desaparecer. Es más, a la mujer samaritana le señaló que ya Jerusalén, el templo o el monte Gerizim serían cosa del pasado; pues Dios buscaba adoradores con realidad espiritual, en verdad y realidad. Lo que significaba una relación verdadera y cotidiana con el Dios vivo. Esto era una novedad y, obviamente, algo difícil de digerir.
De alguna manera, la palabra «religión» en Cristo comenzaría a tener una connotación distinta y estaría vinculada al diario vivir de los creyentes, no a los cultos, a Jerusalén, al sacerdocio levítico o al templo. No sería relevante el como vives, practicas o te comportas en relación a estas cosas del Antiguo Pacto, sino a como vives en la cotidianidad de la vida tu vínculo con Dios a través de Cristo. Por tanto, Jacobo separaría guiado por el Espíritu Santo entre una religión viva que, por supuesto, es la que ha traído Cristo; y una religión vana, que es la ya conocida y profanada por la carne.
Así que, lo primero que Jacobo dice lo hace relacionado a la religión vana que era practicada y aún considerada como relevante por los nuevos cristianos de índole judío, la que señala como algo sin contenido, es decir, como algo vacío:
“Si alguno se cree religioso entre vosotros, y no refrena su lengua, sino que engaña su corazón, la religión del tal es vana” (Stg. 1:26).
Como verán, teniendo presente lo que se entendía por «religión» entre los judíos, es que nos damos cuenta que cuando se habla de “religioso” se refiere a una persona relacionada al culto a Dios entre los hebreos, que serían consideradas personas más elevadas, importantes e incluso santas.
En griego la palabra es θρησκὸς (threskos) y, de la traducción de esta palabra al latín (religiosum) es que tenemos en español la palabra “religión”. La palabra “religión” (lat. religio) significa y consiste en la “acción y efecto de ligar fuertemente”, en este caso, a Dios. Entonces podemos ver que se trata de alguien que dice estar fuertemente ligado y relacionado con Dios o con el culto a Él. Probablemente sacerdotes que se convertían a la fe en Cristo (Hch. 6:7).
SI ALGUNO SE CREE RELIGIOSO.
Ahora, pongamos atención a lo siguiente: Jacobo dice “si alguno se cree religioso entre vosotros”, no dice “si ustedes creen que una persona es religiosa”. Esto quiere decir que hay personas que de sí mismos tienen un parecer, o sea, tienen una opinión de sí mismas. Personas que se creen religiosas en comparación con otras, que creen estar más cerca de Dios por causa de sus servicios en el culto, o por las ceremonias en las que tienen participación. Personas que opinan de sí mismos de esa manera y no lo que otros piensan de ellos. Estas personas se creían muy religiosas delante de los demás, digamos que más consagradas o que, como vimos, tenían una posición más elevada debido al oficio que desempeñaban.
Recuerden, dice “si alguno se cree”, o sea que no es lo que otros creían de él, es lo que él pensaba de sí mismo, es la opinión personal acerca de sí mismo, se veía a sí mismo como religioso. Podríamos decir incluso, que era alguien que practicaba su religión delante de los demás o alguien que demostraba a los demás estar muy ligado a Dios. Entonces, era una persona que tenía un parecer acerca de sí mismo, se creía religioso entre los demás, quizás hasta se creía mejor y juzgaba como mundanos o inferiores a otros en su vínculo con Dios.
Trayendo esto a nuestra realidad, podríamos pensar en los que, institucionalizando la vida religiosa, tienen cargos sacerdotales, eclesiásticos, catedráticos, ministeriales u otros oficios (remunerados o no) y relacionados a la vida religiosa. Personas que piensan que por tener dichas ocupaciones están más cerca de Dios o tienen un vínculo más estrecho con el Señor en comparación con los que se dedican a labores seculares. Lo que podríamos categorizar entre clérigos y laicos. Estas distinciones siempre han existido y era algo existente entre los judíos y, también, entre los gentiles de la época de Jacobo. Dicha categorización subsiste hasta el día de hoy, algo muy patente entre el catolicismo romano, el cristianismo ortodoxo griego, el cristianismo protestante y evangélico en general. Me refiero a que se asume que algunos tienen trabajos más santos que otros, debido a que su fuente de ingreso proviene del trabajo al que dedican la mayor cantidad de horas de su día. Esto tiene sus diferencias dependiendo del grupo cristiano o corriente cristiana, pero es un hecho. Podríamos incluso señalar que entre los nuevos creyentes que aman al Señor y quieren servirle, miran al conferencista o expositor de la Biblia, que se dedica tiempo completo a esto y recibe remuneración desde esto, como alguien con un trabajo más digno o de mejor reputación delante de Dios. Permítanme realizar una cita aquí:
«La iglesia católica era tributaria de una visión del trabajo desvinculada de la Biblia y que Eusebio, gran defensor del constantinianismo, en el siglo IV, había descrito ya de la siguiente manera: «Dos formas de vida fueron dadas por la ley de Cristo a su iglesia. Una es sobrenatural y sobrepasa la forma de vida común… Completa y permanentemente se separa de la vida común y ordinaria de la humanidad, y se dedica al servicio de Dios solo… Esa es la forma perfecta de vida cristiana. Y la otra, más humilde, más humana, permite a los hombres… dedicarse a la agricultura, al comercio, y a otros intereses más seculares al igual que a la religión… Y una especie de piedad de segunda clase se les atribuye». Esa diferenciación entre trabajos más o menos santos no era originalmente cristiana, pero, gracias a la inyección de paganismo que recibió el cristianismo del siglo IV, se fue fortaleciendo, como otras cuestiones, a lo largo de la Edad Media.» (Vidal C., 2016, pp. 258-259).
Esto que ocurrió con los cristianos y la llamada Iglesia Católica-Romana, era algo que traían consigo los judíos que se convertían a la fe de Cristo y que en su pasado oficiarían servicios religiosos. Esto era algo que la justificación y la regeneración no les quitaría de encima, sino que requería de la renovación del entendimiento (Ro. 12:2; Tit. 3:5), lo que es progresivo y requiere de la enseñanza.
Pues bien, uno de los males que trajo, en general, entre los hombres la diferenciación entre la vida religiosa y la secular, respecto a lo que se entiende por «trabajo», es que puso a los religiosos en una posición elevada, de reverencia y respeto público, que podríamos clasificar de político-religiosa y considerada superior a los otros trabajos. Esto, sumado a la corrupción humana de cada individuo producto del pecado habitante, hizo a estas personas arrogantes y soberbias, además de hipócritas (v. Mt. 23). La arrogancia y la soberbia hacían a estas personas que se consideraran por su religiosidad o vida religiosa superior al común de las personas. Esto sin duda que es transversal a las épocas y religiones existentes, y sería un engaño pensar que entre nosotros estas cosas no pasan por la mente. Más de alguna vez hemos visto a un cristiano pensando de sí mismo como si fuese superior al resto por la vida religiosa, ocupación eclesiástica o teológica que tiene. Y más de alguna vez hemos visto cristianos queriendo ser llamados a dedicarse a la obra tiempo completo para dejar sus trabajos «seculares», pensando que de esta manera se ocuparían de algo superior y más espiritual delante de Dios. Eso era lo que, de alguna manera, los religiosos a los que se dirige Jacobo pensaban de sí mismos.
Pero esto no debía ser así, la vida de los cristianos era llamada a ser distinta, donde no se necesitaba de un templo o de vestimentas especiales para ser sacerdotes, más bien, requerían la fe en Cristo, el ser rociados con Su sangre y la regeneración por el Espíritu Santo. La vida en Espíritu y verdad del cristianismo, sería diferente. Los cristianos serían sacerdotes por constitución espiritual, independiente de si eran agricultores, herreros, pescadores, dueñas de casa, esclavos, libres, hombres o mujeres, jóvenes o adultos, o cualquier otra clasificación. El cristiano era llamado a una vida ligada a Dios en Espíritu y verdad, y no por un oficio público considerado religioso. Entonces Jacobo, conociendo esta realidad, sabiendo que existen personas que pensaban y vivían de esa manera, dice:
“Si alguno se cree religioso entre vosotros, y no refrena su lengua, sino que engaña su corazón, la religión del tal es vana” (Stg. 1:26).
Hermanos, con esto podemos profundizar aún más; pues tal vez no tengamos una ocupación eclesiástica remunerada y de tiempo completo, pero el solo hecho de tener algún ministerio en la iglesia, en especial, la participación en el ministerio de la Palabra, o ser estudiantes de teología, muchas veces hace que nos pensemos como alguien más espiritual o más ligado a Dios que el resto. Es más, si una persona juzga lo que otros hacen en el culto cristiano, mirando cómo sirven, criticándolo todo, comparando y creyendo que él lo haría mejor, entonces tiene la misma actitud que denuncia Jacobo. En esto no refrena su lengua y se engaña a sí mismo. Todo esto desacredita su supuesto vínculo con Dios.
Muchas veces hay cristianos que saben comportarse cuando están con los hermanos, quienes los miran y pueden ver como ejemplos en las formas que realizan sus servicios eclesiásticos; pero son personas que no tienen cuidado de lo que hablan con los demás y de los demás. Piensan que, debido al servicio «espiritual» que tienen, son más piadosos, pero la verdad es que se engañan a sí mismos y su vida delante de Dios, es vacía.
En esto, es interesante lo que significa «no refrena su lengua«. Esto quiere decir que su lengua es como un caballo chúcaro[2], y no se sabe con qué cosa saldrá. Podría llegar del culto a su casa y comenzar a comentar todo lo que se hizo, criticando cómo cantó fulano, qué dijo mengano, que zutano lo hizo mal, etcétera. No lo hace con un corazón puro, sino con malicia. Murmura con otros hermanos, es chismoso. Esta persona no refrena su lengua. Habla de otros, se cree mejor que otros y haciendo esto “engaña su corazón” y su religión es vana, es decir, es sin sentido, es una cosa vacía. Esta es una vida de apariencia, sin profundidad, sólo de participación en las reuniones, una religiosidad vana. Es una persona que no se mira a través de la Palabra, sino que tiene un parecer personal de sí y una religión que sólo es pública.
Mis hermanos, la religiosidad vacía, es decir, de ir a las reuniones, de mostrarse ante otros como piadosos, como devotos de la fe, pero sin realidad espiritual, es algo vano. Jacobo está mostrándonos esto, pues alguien que sólo está teniendo una vida de apariencia religiosa, está viviendo una mala religiosidad. En el culto es una persona, pero fuera del culto es otra. En las reuniones es un sacerdote de Cristo, pero en el trabajo un funcionario de la carne. Se engaña a sí mismo respecto a su vínculo con Dios. Es alguien que al oír la Palabra mira hacia fuera, quiere que otros escuchen, pero él no quiere escuchar. Recuerden, cada uno de nosotros cuando nos enfrentamos a la Palabra, nos enfrentamos a un espejo, somos aquellos que con atención miran el reflejo, o lo ignoramos mirando a otros a ver si les “queda el sombrero”.
LA DUREZA DEL SEÑOR CON LA RELIGIOSIDAD VACÍA.
Dios quiere darnos realidad espiritual, no una simple religiosidad vacía que consiste solo en responsabilidades en las reuniones. Ese tipo de vida cristiana, de actuación piadosa y limitada a los cultos públicos, para el Señor es algo molesto. Piensen en esto: si hubo personas con las que el Señor Jesús fue duro al hablar, fue con los religiosos vacíos. Les voy a citar algunos versículos para que reflexionemos en esto. Vamos a Mateo 23, desde el versículo 1 al 28, que nos dice:
“1 Entonces habló Jesús a la gente y a sus discípulos, diciendo:”
Noten que no es un discurso privado, es público, es algo que dijo delante de la gente en general y en presencia de Sus propios discípulos.
“2 En la cátedra de Moisés se sientan los escribas y los fariseos. 3 Así que, todo lo que os digan que guardéis, guardadlo y hacedlo; mas no hagáis conforme a sus obras, porque dicen, y no hacen. 4 Porque atan cargas pesadas y difíciles de llevar, y las ponen sobre los hombros de los hombres; pero ellos ni con un dedo quieren moverlas. 5 Antes, hacen todas sus obras para ser vistos por los hombres. Pues ensanchan sus filacterias, y extienden los flecos de sus mantos; 6 y aman los primeros asientos en las cenas, y las primeras sillas en las sinagogas, 7 y las salutaciones en las plazas, y que los hombres los llamen: Rabí, Rabí. 8 Pero vosotros no queráis que os llamen Rabí; porque uno es vuestro Maestro, el Cristo, y todos vosotros sois hermanos. 9 Y no llaméis padre vuestro a nadie en la tierra; porque uno es vuestro Padre, el que está en los cielos. 10 Ni seáis llamados maestros; porque uno es vuestro Maestro, el Cristo.”
Tengamos presente que esto fue una denuncia y reprensión realizada en público. Delante de todos los presentes el Señor comenzó a reprender a estos hombres. Hombres de vida religiosa, que delante de los otros se presentaban como ejemplo y que al prójimo trataban con pesadas cargas religiosas, que ni ellos podían llevar. Hombres de apariencia, pues todo lo que hacían era para ser vistos por el resto. Hombres que amaban el reconocimiento público, pero en lo privado eran reprobados por Dios. Aquí tuvieron un azote público del Señor.
De esto aprendemos lecciones, como el cuidarnos de ser gravosos[4] para con nuestros hermanos; es decir, cuidarse de ponerles cargas que no podrán llevar y solo para que sean como nosotros creemos que deben ser. El Señor nos libre de imponernos así a nuestros hermanos, pidiéndoles cosas que nosotros pensamos son de cristianos, condicionando su salvación a esas cosas. Conozco casos de “pastores” que condenan a las hermanas porque se tiñen el pelo. He oído de casos donde se les ha dicho que se irán al infierno porque usan un pantalón. ¡Estas cosas son gravosas y vanas!
También debemos cuidarnos de querer llamar la atención de los otros y de servir para que nos vean. De buscar reconocimientos humanos, como el que te llamen “pastor”, «maestro» o que te atiendan y traten diferente al resto. Hace algún tiempo tuve una conversación con una hermana joven de una congregación evangélica a donde me invitaron a enseñar la Palabra. Ella me preguntaba qué era yo. Quería saber si era pastor, evangelista, maestro o algo. La miré seriamente y le dije que en cuanto a los hermanos con los me reúno localmente, soy el hermano Juan Carlos. Luego hice una pausa y le dije que en cuanto al Señor pretendo ser Su discípulo y siervo. Quiero que tengan claro que no desconozco el llamado al ministerio de la Palabra del que daré cuentas al Señor. Tengo claro lo que he recibido respecto a la enseñanza de la Palabra. Esto significa que reconozco que el Señor ha dotado a hermanos para trabajar como pastores, evangelistas, profetas y maestros en las iglesias locales. Aclaro esto para que no se malinterprete mi respuesta a la hermana.
No sé qué le parecerá a usted esa respuesta que ofrecí, pero saben, quiero confesarles que esa respuesta me la estaba dando a mí mismo, porque la tentación me golpeaba la puerta del corazón, me incitaba a presentarme como si ser maestro me posicionara en un lugar más santo que el resto. Gracias al Señor pude darme cuenta de lo que pasaba en mi corazón en ese momento, cómo el orgullo vano estaba esperando entrar. Debemos tener cuidado con enaltecernos delante de los hermanos, somos simples hermanos unos de otros. No hay entre nosotros uno al cual debamos rendir culto fuera del Señor. Los ministerios y servicios que realizamos, no nos han quitado la categoría de hijos de Dios y hermanos en Cristo. Esto no quiere decir que no representamos cierta autoridad, pues la tenemos en Cristo, según nos delega Él y la fidelidad nuestra a Su Palabra y servicio. Pero una cosa es respeto y sujeción, otra cosa es adoración. Y con esto me refiero, por ejemplo, a que debemos cuidarnos de atenciones especiales, tratos especiales. Permítame ilustrar esto con la experiencia de un hermano. Llamaré a los protagonistas de la historia, “Pepe” y “Tito”, para guardar las identidades.
El hermano Pepe me contaba que en cierta oportunidad acompañó al hermano Tito –ministro de la Palabra– a compartir unas conferencias fuera de su localidad. En aquel lugar tendrían que quedarse a dormir, por lo retirado que se encontraba. Al llegar, le pasaron a cada uno de ellos una habitación para dormir y dejar sus cosas. Cuando Pepe llegó a su habitación, sólo había una cama con colchón, sin sábanas, ni frazadas, ni cobertor, sólo colchón. El hermano como no tenía sueño, fue a conversar un rato con el hermano Tito, así que fue a la habitación que le asignaron. Tocó la puerta y Tito le dijo que pasara. Cuando Pepe entró, vio a Tito preparándose para dormir, en una cama con colchón, sábanas limpias, frazadas y cobertor. ¡Qué tristeza para el hermano Pepe! ¡Este tipo de cosas es muy triste! ¡Por qué esa diferencia! Que el Señor nos libre y ayude.
Luego Mateo continúa diciendo:
“11 El que es el mayor de vosotros, sea vuestro siervo. 12 Porque el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.”
Eran hombres soberbios y engreídos a los que se refiere el Señor. Se enaltecían ante el resto, se creían más que otros. Pero nótese, en público estaban siendo humillados. Porque recuerden: Dios al que se enaltece lo humillará, y al que se humilla, enaltecerá.
Después sigue diciendo:
“13 Mas ¡ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque cerráis el reino de los cielos delante de los hombres; pues ni entráis vosotros, ni dejáis entrar a los que están entrando.”
Esto hace la religiosidad vana e hipócrita, la cual te priva de reinar con el Señor. Y si esto aprenden de ti las personas, entonces los privas a ellos también de reinar con Cristo. La palabra “hipócritas” que aparece aquí, en el texto griego es ὑποκριταί (hypokritaí) y se refiere a un actor bajo un personaje, es decir que es alguien simulando, interpretando un personaje que no es (Strong, 2003, G5273), lo que nos permite entender que el Señor Jesús les estaba diciendo “falsos” a esos hombres; pues delante de las gentes no mostraban su verdadero rostro y personalidad, sólo actuaban. Que el Señor alumbre nuestros ojos en la forma que debemos caminar y en la honestidad de nuestra vida cristiana para con Su Persona y, luego, delante de los hermanos. Para que no andemos religiosamente vacíos, sino con realidad de vida.
Pero esto todavía sigue:
“14 ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque devoráis las casas de las viudas, y como pretexto hacéis largas oraciones; por esto recibiréis mayor condenación.”
Un religioso vacío se preocupa sólo por sí mismo. Las necesidades de otros no le interesan. En las Escrituras se nos habla mucho acerca de la viuda y de sus necesidades. El Señor tiene cuidado de aquellas viudas humildes. Pero los religiosos a los cuales expone el Señor, sólo pensaban en sí mismos y lo poco que tenían las viudas se lo quedaban, haciendo largas oraciones como excusa de lo que hacían, supuestamente espirituales. Esto es egoísmo, es egocentrismo. Pensar en mí antes que en mis hermanos, eso es ambición. El Espíritu Santo ha enseñado que mejor es dar que recibir (Hch. 20:35), pero la religiosidad vana, la religiosidad vacía, sólo busca el beneficio propio. Que el Señor nos libre de caer en este tipo de religiosidad. Que el Señor nos permita ver si estamos en esto o nos estamos deslizando hacia allá. Que nos permita discernir cualquier tipo de ganancia deshonesta que queramos obtener de nuestros hermanos o de quien sea.
Continúa el texto diciendo:
“15 ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque recorréis mar y tierra para hacer un prosélito, y una vez hecho, le hacéis dos veces más hijo del infierno que vosotros.”
Amados, debemos también cuidarnos del proselitismo religioso. Proselitismo, es el celo por ganar adeptos para una causa. El proselitismo religioso del que debemos cuidarnos, es ese que sólo quiere llenar el lugar de reunión pensando en un número y no preocuparse que las personas nazcan de nuevo. Algunos lo pueden hacer por ambición monetaria, otros por ver más gente, otros porque buscan ser los «pastores»; pero no se preocupan de lo fundamental, de la fe salvífica, de que crezcan, de que progresen. Les interesa tener reuniones llenas, pero no relaciones interpersonales entre los hermanos, comunión en Cristo. Quieren mega-iglesias y contar de conservar el número de feligreses, sacrificarán el evangelio por mensajes que mantengan contentas a las personas. Por eso es que puede haber personas en la reunión de la iglesia que nunca han sido salvas, que nunca han nacido de nuevo. Mis hermanos, si se cae en este tipo de religiosidad todo se hará por un número que se debe mantener, no se predicará con el fin de que las almas sean reconciliadas con Dios, recibiendo salvación y vida eterna; sino que será buscando miembros de un “club social” y de mantener un número de asistentes. Se busca llevar a las personas a lugares donde se sientan cómodos, pero no a la presencia del Señor. Se busca el número, se buscan cifras, pero no realidad espiritual.
Después dice:
“16 ¡Ay de vosotros, guías ciegos! que decís: Si alguno jura por el templo, no es nada; pero si alguno jura por el oro del templo, es deudor. 17 ¡Insensatos y ciegos! porque ¿cuál es mayor, el oro, o el templo que santifica al oro? 18 También decís: Si alguno jura por el altar, no es nada; pero si alguno jura por la ofrenda que está sobre él, es deudor. 19 ¡Necios y ciegos! porque ¿cuál es mayor, la ofrenda, o el altar que santifica la ofrenda? 20 Pues el que jura por el altar, jura por él, y por todo lo que está sobre él; 21 y el que jura por el templo, jura por él, y por el que lo habita; 22 y el que jura por el cielo, jura por el trono de Dios, y por aquel que está sentado en él.”
Mis hermanos, que el Señor nos libre de caer en la religiosidad que pone su atención en el oro del templo, en las ofrendas, en el culto, pero se olvida de la presencia de Dios en medio nuestro. Que se olvida de la habitación de Dios en nuestros espíritus. El que santifica el oro, el que santifica el templo, el valor del cielo, proviene de Dios, proviene de la presencia de Dios. Dios es el valor del templo y la santificación del oro. Es Dios el Señor. Si Dios está en medio nuestro y todos lo sabemos, espontáneamente habrá reverencia en nuestras reuniones y todo lo que hagamos será santo. Debemos procurar pedirle al Señor que grabe en nuestro corazón el hecho de que Él nos habita. Esto quiere decir que la razón por la que nos comportamos con reverencia y con respeto ante la gente y los hermanos, es debido a que el Señor nos habita y estamos confiados en que Él está presente. Pero si usted se comporta “piadosamente” ante los hermanos, cuidando sus hechos y palabras, y fuera de las reuniones vive como quien no le importa nada, haciendo y diciendo lo que quiere, entonces anda en esa mala religiosidad. Esto deja en evidencia que la razón por la que con los hermanos se comporta de una manera es por mera religiosidad. Vacía y vana religiosidad, la religión de los hipócritas, de los que actúan como algo que no son. Si andamos así, deberíamos preguntarnos si es que hemos nacido de nuevo y, si estamos seguros que nacimos de nuevo, pidamos a Dios que permita comprender que Él nos habita.
¡Lo que hacemos y decimos es en Su Presencia! Dios está allí y no dejará de estarlo. Podemos decir y ofender a muchos, y no nos importa; pero Dios está allí, la importancia viene de que Dios está allí. Entonces podemos comprender que todo el respeto que debemos tener en las reuniones con los hermanos, es el mismo respeto que debemos tener fuera de las reuniones, en nuestros trabajos, en nuestras casas, en todo lugar, ¿por qué? Porque Dios está allí y, no solo está, sino que nos habita. La ofrenda es santa, porque Dios está allí santificándola; el lugar de reunión es santo, porque Dios está allí santificándolo; nuestros hermanos son santos, porque Dios habita en ellos. Este punto es crucial, la diferencia entre la religión vacía y la viva es la conciencia de que Dios nos habita y que está en todo lugar y momento. Tristemente, muchas veces, se ven hermanos que piensan que el Señor sólo está en la reunión y olvidan que Dios les habita. Esto es una religión vacía, pues una religión viva es la que te ha ligado fuertemente a Dios y esto es lo que en Cristo tenemos. No es sólo un culto, no es apariencia, es una relación en el Espíritu y en verdad.
Luego dijo el Señor:
“23 ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque diezmáis la menta y el eneldo y el comino, y dejáis lo más importante de la ley: la justicia, la misericordia y la fe. Esto era necesario hacer, sin dejar de hacer aquello. 24 ¡Guías ciegos, que coláis el mosquito, y tragáis el camello!”
Los hipócritas a los que se refiere el Señor, eran superficiales, no profundos. Les preocupaba lo exterior, lo que el hombre veía, no lo que Dios veía. Porque era una religión vacía, Dios no era el centro. Se preocupaban de pequeñeces, pero no de lo profundo y permanente. En esto es fácil caer. Es fácil volverse una religión vacía que enseña cómo se deben vestir, que fiestas celebrar, qué comidas comer, pero no tiene idea de cómo relacionarse con el Dios santo, justo, misericordioso y amoroso que está en medio nuestro. Antes de preocuparse del exterior, primero intentemos ver el interior, si el interior va bien, progresivamente habrá una muestra exterior. Pidamos ayuda al Señor para ser profundos, para preocuparnos del interior antes que juzgar por lo externo.
Después leemos:
“25 ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque limpiáis lo de fuera del vaso y del plato, pero por dentro estáis llenos de robo y de injusticia. 26 ¡Fariseo ciego! Limpia primero lo de dentro del vaso y del plato, para que también lo de fuera sea limpio. 27 ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque sois semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera, a la verdad, se muestran hermosos, mas por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia. 28 Así también vosotros por fuera, a la verdad, os mostráis justos a los hombres, pero por dentro estáis llenos de hipocresía e iniquidad.”
¡Qué fuertes declaraciones! La religiosidad vacía se preocupa de lo que ve el resto, pero no del corazón. Se preocupa de fabricar cosas, no de la vida que emerge producto de la Palabra. El Señor conocía a estos hombres, les reprendió por ser falsos. Nosotros no estamos libres de ser reprendidos de esta manera. O de volvernos sepulcros blanqueados, o vasos y platos sucios, preocupados del exterior antes que de lo interior, donde el único testigo es Dios. Este pasaje es realmente duro. El Señor en reiteradas oportunidades los llama “hipócritas”, es decir, personas que actuaban ante los demás, fingían ser piadosos pero no lo eran. O sea, alguien que no es lo que dice ser. Vive una vida de apariencia ante los hombres y no una vida real ante Dios. Quizás nosotros no seamos falsos en lo que creemos y pensemos que esto es para otros, pero quisiera advertirle que no baje la guardia, porque es fácil caer en esta religiosidad de apariencias ante los hombres y de poca realidad ante Dios. Nos podemos volver actores y deshonestos. Preocupados de lo superficial, de lo que los hombres pueden ver, pero no de Dios que nos habita. Ejemplo de caer en esto lo tenemos en Gálatas, capítulo 2, donde se registra lo ocurrido con Pedro y Pablo en relación a la hipocresía de Pedro al ver a los judíos que Jacobo había enviado. Si Pedro al que el Señor usó tremendamente cayó en esto… ¡Cuánto más nosotros!
Hermanos, la religiosidad vacía se vive delante de los hombres y de uno mismo; pero la verdadera religiosidad, la viva, se vive delante de Dios, con frutos visibles de una realidad invisible y de una conciencia tranquila. Jacobo nos dice que:
“La religión pura y sin mácula delante de Dios el Padre es esta: Visitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones, y guardarse sin mancha del mundo.” (Stg. 1:27).
Ya vimos que la religiosidad vana se vive para sí mismo y delante de los hombres; no obstante y por el contrario, la religión pura y sin mancha ha de tenerse delante de Dios el Padre. Si esto lo entendemos bien nos daremos cuenta que somos cristianos no sólo en las reuniones, sino las 24 horas del día y los siete días de la semana. Que el Señor nos permita considerar esto en profundidad y tener los ojos abiertos. Poder mirarnos en el espejo de la Palabra y poder discernir cómo hemos de andar en Su Presencia y con los hermanos.
Noten que Jacobo muestra el fruto de la Palabra en el que realmente la ha recibido: una vida fuertemente ligada al Señor, donde su principal objetivo es caminar con Dios y relacionarse con Él íntimamente. Esto, si es verdadero, llevará a vidas profundas, carentes de egoísmo y santas. Nos llevará a vidas que se ocupan de las tribulaciones y necesidades de los hermanos. Nos llevará a vidas que tienen misericordia de los huérfanos y las viudas, que no esperan en el Estado el suministro de sus hermanos, sino que ellos mismos participan de la generosidad de Dios. Personas que no quieren manchar su caminar delante de Dios por este mundo. Esto no es algo que fabricamos, es el resultado de una relación verdadera con Dios, de alguien que está fuertemente ligado a Él, por amor y fe en Su Palabra. Amén.
[1] Ten un tiempo de oración.
[2] Que es salvaje, arisco o bravío.
[3] Crear o propagar un chisme o situación confusa (cahuín).
[4] Que ocasiona un gran gasto o resulta molesto o pesado.
