(Texto) 17. Estudio a la epístola de Jacobo – Los maestros y la lengua (3:1-12).
Hemos considerado diversos temas a través de esta epístola[1] y, hasta ahora, solo hemos reflexionado en los capítulos 1 y 2 respectivamente. Ahora, Dios mediante, avanzaremos y nos vamos a detener en el capítulo 3, versículos 1 al 12. El hermano del Señor, conducido por el Espíritu Santo, escribió lo siguiente:
“1 Hermanos míos, no os hagáis maestros muchos de vosotros, sabiendo que recibiremos mayor condenación. 2 Porque todos ofendemos muchas veces. Si alguno no ofende en palabra, éste es varón perfecto, capaz también de refrenar todo el cuerpo. 3 He aquí nosotros ponemos freno en la boca de los caballos para que nos obedezcan, y dirigimos así todo su cuerpo. 4 Mirad también las naves; aunque tan grandes, y llevadas de impetuosos vientos, son gobernadas con un muy pequeño timón por donde el que las gobierna quiere. 5 Así también la lengua es un miembro pequeño, pero se jacta de grandes cosas. He aquí, ¡cuán grande bosque enciende un pequeño fuego! 6 Y la lengua es un fuego, un mundo de maldad. La lengua está puesta entre nuestros miembros, y contamina todo el cuerpo, e inflama la rueda de la creación, y ella misma es inflamada por el infierno. 7 Porque toda naturaleza de bestias, y de aves, y de serpientes, y de seres del mar, se doma y ha sido domada por la naturaleza humana; 8 pero ningún hombre puede domar la lengua, que es un mal que no puede ser refrenado, llena de veneno mortal. 9 Con ella bendecimos al Dios y Padre, y con ella maldecimos a los hombres, que están hechos a la semejanza de Dios. 10 De una misma boca proceden bendición y maldición. Hermanos míos, esto no debe ser así. 11 ¿Acaso alguna fuente echa por una misma abertura agua dulce y amarga? 12 Hermanos míos, ¿puede acaso la higuera producir aceitunas, o la vid higos? Así también ninguna fuente puede dar agua salada y dulce.”
En este punto es interesante notar cómo el Espíritu Santo encamina a Jacobo. Nos daremos cuenta que, de alguna manera, varios de los consejos que Jacobo otorgó en el capítulo 1, pueden relacionarse o tenerse por base de algunas cosas importantes que abordará ahora. Para que se entienda mejor, permítanme recordarles que en el capítulo 1:19-20, Jacobo dio tres consejos a sus lectores:
“Por esto, mis amados hermanos, todo hombre sea pronto para oír, tardo para hablar, tardo para airarse; porque la ira del hombre no obra la justicia de Dios.” (negritas añadidas por el autor).
Lo que ahora abordará Jacobo tiene que ver con el hablar, con la enseñanza, por lo que aquel consejo que anteriormente otorgó, no solo debe tenerse presente al momento que somos invadidos por la ira, sino que también al abrir nuestra boca para enseñar. En otras palabras, el “tardo para hablar” debe considerarse en momentos de enojo, pero también cuando queremos enseñar algo a la iglesia reunida. Esto se relaciona a la prudencia que el Señor quiere desarrollar en nosotros paulatinamente, ya que una de las enseñanzas directas del Señor Jesús y relacionada al juicio, es la siguiente:
«Mas yo os digo que de toda palabra ociosa que hablen los hombres, de ella darán cuenta en el día del juicio.» (Mt. 12:36).
Podrán darse cuenta que la enseñanza jacobina es de una seriedad tremenda, pues tiene que ver con un asunto que será considerado por Dios mismo y que tiene relación a lo que decimos y enseñamos delante de los hermanos.
LA ENSEÑANZA Y EL JUICIO DE DIOS.
Lo que estoy señalando no es una exageración, sino que el propio Texto nos permite deducir esto; pues, cuando Jacobo escribe “no os hagáis maestros muchos de vosotros”, les estaba comunicando a sus lectores una prohibición. Presten atención a lo siguiente: el verbo “hagáis”, del griego γίνεσθε (gínesthe), Jacobo lo utiliza en el tiempo presente, en modo imperativo, usando la voz media. Con el modo imperativo, entendemos que era una prohibición, una orden. Y la voz media, nos dice que aquello que se estaba prohibiendo era algo que estaba ocurriendo entre los hermanos (Carballosa, 2004, p. 158). En otras palabras, había ciertos hombres que estaban enseñando a la iglesia sin tener cuidado de lo que enseñaban, sino que simplemente querían ser conocidos o llamados «maestros». A estos, Jacobo les ordena detenerse inmediatamente advirtiéndoles de la responsabilidad que se tiene delante de Dios cuando se enseña.
Si usted lee 2ª Pedro 2:1ss y Judas 1:3ss, se dará cuenta que tanto Pedro como Judas (el otro hermano del Señor), hablan respecto a falsos maestros. También en 2ª Timoteo 4:3, Pablo escribe mencionando a los tales, junto con redactar una epístola completa (Gálatas) en contra de las enseñanzas de los maestros judaizantes. Por otro lado, Juan (1Jn. 2:22-23; 4:2-3; 2Jn. 1:7) habla de falsas enseñanzas entre las gentes y entre los que profesan el cristianismo. Lo que quiero hacerles notar, es que todas estas cosas ocurrieron en los tiempos donde estaban vivos los apóstoles. Por lo tanto, ¿quién dice que estamos libres de caer en el error, o el engaño, si bajamos la guardia? ¿Quién nos asegura que estamos libres de enseñar cosas erradas? Simplemente, no lo estamos.
Es probable que muchas de las personas que pensaban ser maestros y que erraban en lo enseñado, fueran personas que realmente nacieron de nuevo, pero que no tenían completa claridad o toda la información acerca de lo que hablaban. Por ejemplo, en Hechos 18:24-28 se nos informa de Apolos que, siendo muy instruido en las Escrituras y de espíritu fervoroso, sólo conocía “el bautismo de Juan” (v. 25), por lo que necesitó que Aquila y Priscila le completaran su fe, quienes “le expusieron más exactamente el camino de Dios” (v. 26). ¿Se da cuenta? Siempre que se habla de los falsos maestros, inmediatamente pensamos solo en los que, con un espíritu de engaño y que no han nacido de nuevo, se infiltran para engañar al pueblo del Señor, llevándolo en pos de herejías. Pensamos en los arrianos[2], los llamados gnósticos[3], los sabelianos[4], entre otros. Pensamos también en aquellos movimiento modernos, como los del Ministerio creciendo en gracia, del hereje José Luis de Jesús Miranda, que afirmó ser “Jesucristo-Hombre” y el “Anticristo”. O los raelianos[5] y sus perversiones. O los judaizantes que se han introducido en muchas congregaciones para seducir a los cristianos. Muchos movimientos como estos son los que concebimos al leer esto que Jacobo nos habla.
No obstante, también deberíamos considerar esto desde el punto de vista de la ignorancia, de la ingenuidad y de la negligencia. Personas que, siendo cristianos nacidos de nuevo, han sido negligentes y se han excedido o equivocado en su enseñanza; porque tal vez, como hemos visto en capítulos anteriores, le dieron una importancia desmedida a las experiencias sin considerar las Escrituras, llegando así, sin querer (o quizá queriendo, no lo sé, sólo el Señor ve esto), a extraviarse del camino y extraviar a los que los oyen. Es por esto que es importante poner atención a lo que Jacobo nos está diciendo:
“Hermanos míos, no os hagáis maestros muchos de vosotros, sabiendo que recibiremos mayor condenación.” (Stg. 3:1).
Jacobo, dirigiéndose a los que pretendían ser maestros y hablaban cualquier cosa sin cuidado, les escribe que se detengan inmediatamente de enseñar. La orden de Jacobo tiene dos cosas en vista: 1) los que se creen maestros no saben que darán cuentas al Señor en un juicio más riguroso que para el resto de los hermanos; 2) la iglesia, muchas veces ingenua, puede ser extraviada fácilmente de la sincera fidelidad a Cristo (2Cor. 11:3). Debido a esto, deben detenerse inmediatamente.
Ahora bien, los maestros (διδάσκαλοι, didáskaloi) tienen una influencia considerable en el caminar de la iglesia, por lo que pararse a enseñar no es cosa liviana. La enseñanza viene a resultar en el ejercicio de cierta autoridad sobre los hermanos que oyen. La Biblia asume que los maestros influyen profundamente en la vida de la iglesia, por eso advierte sobre el daño que puede causar una mala enseñanza. Los maestros no solo transmiten información, sino que su labor es formativa, influenciando los paradigmas que moldean el caminar y vivir de los creyentes. Su influencia alcanza doctrina, carácter y práctica. Semejante función en el Cuerpo de Cristo es de mucha responsabilidad y está revestida de cierta autoridad delegada por el don que el Señor otorga para edificación de Su iglesia. Por tanto, su ejercicio no solo es un honor para el que es llamado a servir, sino también una seria responsabilidad.
Aparte de esto, permítanme la libertad de mencionar varios tipos de maestros que existen. Esta no es una lista exhaustiva, pero creo que servirá para tener en cuenta lo que podemos encontrar entre las iglesias:
1) Tenemos maestros que verdaderamente son llamados por Dios para enseñar, los que se acercan con un corazón correcto al trono de la gracia, procurando ser diligentes en la lectura de la Palabra, en la oración y en la correcta enseñanza de la fe cristiana.
2) Existen los que por Dios son llamados a enseñar, pero no se acercan con el corazón correcto, además de ser negligentes en la lectura de la Palabra y en la oración, llegando a enseñar cualquier cosa sin temor.
3) Los que no han sido llamados por Dios para enseñar, pero insisten en hacerlo. Estos pueden procurar estar bien preparados, sin embargo en muchas oportunidades pareciera que el Espíritu del Señor los resiste en las labores que realizan entre los santos, porque su servicio no obedece al llamado del Señor.
4) Los que ni siquiera han nacido de nuevo y por haber estudiado teología, quieren enseñar a los cristianos, abriendo su boca sin discernimiento y sin el insuflo que da el Espíritu de Dios.
5) Los que son utilizados por Satanás para engañar a los cristianos y a los incautos que tienen comezón de oír cosas escondidas y misterios ocultos que, según ellos, no son dados a cualquiera.
Que el Señor nos ayude a presentarnos delante de Él como obreros que no tienen de qué avergonzarse, diligentes y humildes en la presencia del Señor.
Ahora bien, a veces los que quieren ser maestros en la iglesia tienen en vista solo la honra del que enseña, el respeto que le tienen los demás hermanos, pero no tienen presente lo que Jacobo señala aquí. No consideran que la palabra que se traduce como “condenación” en este pasaje, es en griego κρίμα (kríma), y literalmente quiere decir “juicio”. Esto está directamente relacionado con Hebreos 13:17, donde –respecto a los pastores– se dice que estos darán cuenta por nuestras almas. Con esto quiero mostrarles que tanto los pastores como los maestros en la iglesia, serán evaluados y juzgados con mayor rigurosidad en el tribunal de Cristo. ¿Por qué esto es así? Porque son responsables de pastorear y enseñar a las almas que el Señor ganó con Su propia sangre (Hch. 20:28). En otras palabras, la seriedad y rigurosidad del juicio vendrá del valor de la sangre de aquel que pagó por aquellos que puso al cuidado de pastores y maestros. Por lo tanto, pretender ser maestros en las iglesias locales es un asunto muy serio que pondrá un muy estricto estándar de juicio en el tribunal de Cristo (2Co. 5:10), donde daremos cuentas todos los hijos de Dios.
JUICIO, TRIBUNAL DE CRISTO Y GRAN TRONO BLANCO.
Al decir esto, creo que se hace necesario explicar varias cosas y enfatizar las características de aquel que se sentará a juzgar.
En primer lugar, aquel que juzgará a los hijos de Dios no es un hombre común y corriente, corrupto y sobornable, sino que se trata de Dios Hijo, quien se hizo carne. Su naturaleza y esencia son santísimas, Él es justo e íntegro en Sus juicios. Es omnisciente y omnipresente, siendo esta la razón por la que todo lo sabe y por la que es el principal testigo de nuestros pensamientos y acciones. Aún lo profundo de los corazones, lo que se oculta a los ojos de los hombres, todo lo sabe en detalle y de memoria. No como quien es informado de algo, sino como el gran testigo de nuestras acciones, pensamientos e intenciones. Es, pues, ante Él que nos presentaremos.
Jacobo está al tanto de las pretensiones de muchos, quizá ingenuas, sin malas intenciones, un deseo puro de querer enseñar a otros la fe que aprendieron; pero también está al tanto de aquellos que pretenden presentarse como maestros con un corazón incorrecto.
Entonces, tanto a unos como a otros les dice: “Deténganse ahora, porque darán cuenta de esto ante aquel Señor, santo y justo”. ¡Qué advertencia más seria! Los hermanos pueden vernos por fuera, pero el Señor delante del cual nos paramos a enseñar, nos ve por dentro. Él ve lo que nadie puede ver y, de todo eso, daremos cuenta. Así es que Jacobo, sabiendo que habían muchos dándoselas de maestros, enseñando irresponsablemente, enseñando cosas que oyeron sin examinar, cosas erradas, o inventadas por ellos mismos, a estos les está diciendo: “Paren de guiar a la iglesia a sus enseñanzas, pues no son maestros, ¡paren ya! Se enfrentarán al riguroso juicio del Señor”. ¡Qué tremendo!
Esto muestra la seriedad del ministerio de enseñanza en la iglesia del Señor. Y de igual manera nos empuja a prepararnos para enseñar la fe cristiana. A tener temor de entrar en especulaciones que puedan extraviar la fe de los santos, o decir cosas que pretendan robarle la centralidad a Cristo. Jacobo nos advierte de juicio severo. ¿A qué juicio se refiere? ¿Acaso no somos salvos de la ira? ¿No hemos recibido la salvación por gracia mediante la fe en Cristo Jesús? Claro que sí. Vamos a realizar una pequeña digresión para evitar cualquier confusión respecto a esto. No vamos a entrar en detalles, pero dejaré algunos títulos para examinar al pie de la página[6].
Bueno, podría ser que alguno de nosotros, respecto al juicio que habla Jacobo tenga dudas y quisiera preguntar, ¿no es suficiente la muerte del Señor Jesús para escapar de ese juicio? ¿Acaso no nos justificó como enseña Pablo? Claro que sí, nos justificó y por gracia mediante la fe en Cristo somos salvos y tenemos vida eterna. Pero una cosa es el llamado «Juicio del Trono Blanco» que aparece al final, en Apocalipsis 20:11 y otra es el conocido como «Tribunal de Cristo».
Respecto al Tribunal de Cristo, debemos saber que es el juicio al que se enfrentará Su Iglesia, como casa, como familia, para recibir retribución por sus obras hechas en la vida nueva y debido a la fe. Vamos a leer dos pasajes donde se menciona esto:
2ª Corintios 5:10, dice:
“Porque es necesario que todos nosotros comparezcamos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba según lo que haya hecho mientras estaba en el cuerpo, sea bueno o sea malo.”
También Romanos 14:10, nos dice:
“Pero tú, ¿por qué juzgas a tu hermano? O tú también, ¿por qué menosprecias a tu hermano? Porque todos compareceremos ante el tribunal de Cristo.”
Tengamos presente que Pablo escribe estas cosas a los santos, los destinatarios son hijos de Dios, eran cristianos, como dice, eran “hermanos”. Lo segundo, es que Pablo nos indica que en este Tribunal recibiremos retribución, sea premio o castigo. No obstante, hay algo aquí que no nos permite entender mejor el carácter de este tribunal, y eso, es la traducción. Para que ustedes sepan, la palabra empleada aquí y que se traduce “tribunal” proviene de la palabra griega βήμα (béma), y esta palabrita nos permite entender el carácter de este tribunal en relación a los santos. Permítanme citar al hermano Gino Iafrancesco[7], cito textual:
“La palabra que se refiere aquí al tribunal, es una palabra griega que se llama “bema”, y esa palabra se refiere a un juicio familiar. Las antiguas familias de aquel lugar, de aquella zona oriental donde el Señor se movía y donde se movió la historia bíblica, se reunían de tanto en tanto, así como una reunión de familia, y ellos premiaban a los que habían honrado el nombre o el apellido de la familia, y también reprendían a aquellos que habían avergonzado a la familia o el apellido de la familia; y a ese tipo de juicio familiar, donde los que honraban el nombre de la familia eran honrados y los que lo deshonraban eran reprendidos, a ese tipo de juicio familiar, que no era un juicio jurídico del estado, sino que era algo de la familia, se le llamaba “bema”, que es la palabra a la que se refiere el tribunal de Cristo.” (Iafrancesco, 2012, p. 206).
Como verán, por la palabra griega que aparece se puede entender que el Tribunal de Cristo no será un juicio de estado, como un juez que juzga a extraños; sino que será una reunión de familia, como un padre que juzga las obras y comportamiento de sus hijos. No obstante, el Juicio del Gran Trono Blanco (Ap. 20:11-15) o Juicio Final, es para los que no fueron hijos, para el resto de las gentes. Hay otros juicios mencionados en la Biblia pero no me referiré a estos.
Entonces tenemos el Tribunal de Cristo y, por otro lado, el Juicio del Gran Trono Blanco. En Cristo, por creer de todo corazón en Él, fuimos librados de este último juicio, porque “el castigo de nuestra paz fue sobre Él” (Is. 53:5), y no sólo esto, sino que también recibimos el derecho “de ser hechos hijos de Dios” (Jn. 1:12); por lo tanto, no nos enfrentaremos a la ira de Dios en el gran día de la ira, y esto, gracias a Cristo (Jn. 3:36; Ro. 5:9). Sin embargo, sí nos enfrentaremos a Su justicia, pero como hijos, en el Tribunal de Cristo. Así es que nuestros pecados fueron perdonados para siempre en Cristo; pero ahora, nuestras obras en Cristo serán juzgadas por quién nos recibió en Su familia, como el que juzga Su casa, y esto será primero (1P. 4:17). Son dos cosas distintas, dos juicios distintos.
LA RESPONSABILIDAD DE LOS MAESTROS.
Ahora, volviendo al tema, Jacobo llama la atención a la responsabilidad de los hermanos que enseñan en la iglesia y la rigurosidad del juicio que tendrán –según hemos visto– en el Tribunal de Cristo. Nuestro Padre nos ama, sin duda, pero nuestro Padre no sólo es amoroso, sino que también es justo. Así que no pensemos de manera errada y liviana, no tengamos a Dios por negligente por causa del amor, pues Su amor no tolera la iniquidad, sino que en Su amor nos da provisión para vencerla, para perdonarla cuando de corazón se está arrepentido y para ayudarnos a caminar con Él. Es por esto que Jacobo llama a los que enseñan o quieren enseñar, a temer; pues esa es la intención al mostrar la “mayor condenación” a la que se expone el que enseña. La intención de Jacobo es que se tenga temor de Dios; porque a Dios se le debe temer, no sólo amar. Temer cuando nos enfrentamos a Su justicia y santidad, sabiendo que andamos torcidos. Porque en Su amor paternal no dejará que nos corrompamos, sino que como Padre, nos disciplinará si es necesario (Heb. 12:5-8). Su justicia opera con Su amor, pues como dice 1ª Corintios 13:
“[el amor] no se goza en la injusticia” (v. 6a, corchetes añadidos por el autor).
O sea, podemos deducir que el amor no opera sin justicia. Así es que, si alguno quiere participar de este ministerio, sepa que tenemos una gran responsabilidad delante de Dios por aquello que enseñamos delante de los hermanos. Así que debemos temer. ¿Y por qué debemos temer? Porque estamos en la presencia de Dios, que es santo y justo. Es Él que encarga el cuidado de Su casa a hombres, quienes daremos cuenta por esto. Por ende, debemos de tener cuidado con lo que enseñamos. Y no pensar que por tener el Espíritu Santo todo lo que decimos está libre de error. Saben, hay hermanos que piensan que por tener el Espíritu Santo todo lo que dicen en una predicación es dicho por el mismo Señor. He estado en reuniones donde, después de predicar, intervienen los líderes y dicen a la asamblea reunida: «El Espíritu ha hablado fuertemente hoy». Quiero pensar que ellos intentan decir que lo expuesto en la predicación fue fiel a las Escrituras; sin embargo, no creo que todos los hermanos que escuchan eso, entienden a qué se refieren realmente.
Permítanme contarles algo. Entre los católicos existe un tipo de enseñanza papal denominada ex cathedra. Es una enseñanza solemne del Papa que, según la doctrina católica, es infalible. Fue definida oficialmente en el Concilio Vaticano I (1870), en la constitución Pastor Aeternus. La llamada «Iglesia» señala que si el Papa habla ex cathedra entonces es asistido directamente por el Espíritu Santo y lo que habla está absolutamente libre de error.
Sin el ánimo de caer en exageraciones, la actitud de los hermanos que señalan que lo predicado por un ministro es la misma voz del Espíritu Santo, raya en la creencia católica de la predicación ex cathedra. En su lugar, debería llamarse a la iglesia congregada a examinar lo que se ha compartido, a meditar y reflexionar en las cosas enseñadas, enfatizando que debemos pedir la ayuda del Señor para que el Espíritu Santo nos encamine a distinguir Su Palabra revelada de cualquier error y mala interpretación de los hombres.
LA FALIBILIDAD DE JACOBO Y LA INFALIBILIDAD DEL SEÑOR.
Luego de esto, Jacobo continúa diciendo:
“Porque todos ofendemos muchas veces.” (Stg. 3:2a).
Jacobo utiliza el plural y de forma inclusiva dice “ofendemos”. Él no se excluye, él sabe que es falible, un hombre que ofende, y por eso dice “ofendemos muchas veces”. Él sabe lo que muchas veces ocurre, lo que muchas veces se dice. Él está constatando un hecho, como cuando Pablo constata que “el pecado mora en mí” (Ro. 7:17, 20).
Podría ser que algunos tomen este pasaje para decir que la epístola no es canónica, pues si Jacobo se incluye dentro de los que “ofendemos muchas veces”, entonces está diciendo de sí mismo que yerra frecuentemente en su forma de hablar y puede haber errores en las palabras que dice o escribe. Presten atención a lo siguiente que diré: todos los escritores, al igual que nosotros, portaban una naturaleza caída como la que habla Pablo. Sólo hay un Hombre que no porta semejante naturaleza caída y este es el Señor Jesús. Él tiene naturaleza humana real y concreta, pero no la caída que nosotros heredamos de Adán. El resto de los hombres –incluidos los que escribieron estos santos Textos– tenemos una naturaleza caída y falible. Entonces, alguno podría tomarse de esto y armarse un silogismo[8], diciendo: “El hombre es falible, el hombre escribió la Biblia, la Biblia es falible”. Eso nos puede dejar confundidos si no entendemos que, siendo verdad que el hombre es falible, el hombre solo fue instrumento del Dios infalible e inerrante, el Dios todopoderoso, en el cual se halla la perfección absoluta. Así que, siendo el hombre falible y caído, fue usado por el Dios todopoderoso e infalible para escribir Textos infalibles e inerrantes. Como verán, el énfasis de la infalibilidad de las Escrituras no se encuentra en los hombres que escribieron, sino en Dios que guió y usó a esos hombres[9].
Por lo tanto, Jacobo puede escribir con verdad que es falible y que ofende muchas veces; pero al escribir en esta epístola lo hizo guiado por el Espíritu Santo, Dios todopoderoso, no cometiendo error alguno. Así entendemos que sus limitadas capacidades no eran la energía o la fuente del contenido del Texto, sino Dios que usó el frágil vaso como Él quiso. Entonces, si Jacobo ofendía muchas veces, ¿qué nos queda a nosotros? Jacobo tenía el Espíritu Santo, sin duda, pero no por eso debía bajar la guardia, sino que debía prepararse para que fuera el Espíritu Santo que tuviera en él material suficiente para usarlo. Es por esto que creo, personalmente, que el que más escribió fue Pablo, por tener un mayor depósito disponible para el Espíritu Santo. Por ende, aunque tengamos el Espíritu debemos estar conscientes de nuestras fragilidades y, por lo tanto, prepararnos, leer, proporcionar el material suficiente para que el Espíritu Santo pueda usar en nosotros, además de orar y depender de Él.
Así es que, debemos entender que no podemos llegar y enseñar. Incluso el que tenga un llamado del Señor al ministerio de la Palabra, dado por Dios como maestro para Su casa, debe tener cuidado. No es llegar y abrir la boca.
Luego de esto, considerando que podría haber alguno que piense que no ofende ni cae en palabra alguna, Jacobo le dice:
“Si alguno no ofende en palabra, éste es varón perfecto, capaz también de refrenar todo el cuerpo.” (Stg. 3:2b).
Saben, sólo hay un Hombre que no ha ofendido en palabra, y que ha sido varón perfecto, y ese es nuestro Señor Jesús, Hijo de Dios, perfecto, infalible, inerrante e impecable. No ofendió de palabra, ni de hecho, ni de pensamiento. Ahora, ¿por qué Jacobo escribe esto si ha dicho que todos ofendemos de muchas maneras? Es común leer este pasaje con una mente evaluativa, buscando si somos perfectos o si encontramos a alguien perfecto que pueda controlar su hablar y así también todo su cuerpo. Pensamos que Jacobo intenta hacer que nos miremos a nosotros mismos o para el lado, buscando quien cumple esas características; pero no es así. ¿Cómo sabemos esto? Pues por lo que ya ha dicho anteriormente: “todos ofendemos muchas veces”. Jacobo ya constató que todos los que traemos esta genética adámica caemos de esa manera. Por ende, Jacobo está mostrándonos lo que somos en contraste con el cómo deberíamos ser, como quien hace un contraste entre nosotros y Cristo. Jacobo sabe que no hay ninguno que no caiga en su hablar, por eso constata que todos ofendemos muchas veces y de muchas maneras, incluyéndose él mismo entre “todos”. Aquel que no cae en Sus palabras y que es varón perfecto, sólo es el Señor Jesús. Así de simple.
LA INFLUENCIA DE LAS PALABRAS.
Lo que sigue al Texto es la influencia que tiene el hablar junto con mostrar lo peligroso que es la lengua irresponsable y las formas en las que muchas veces caemos. Jacobo nos dice:
“3 He aquí nosotros ponemos freno en la boca de los caballos para que nos obedezcan, y dirigimos así todo su cuerpo. 4 Mirad también las naves; aunque tan grandes, y llevadas de impetuosos vientos, son gobernadas con un muy pequeño timón por donde el que las gobierna quiere. 5 Así también la lengua es un miembro pequeño, pero se jacta de grandes cosas.” (Stg. 3:3-5a).
Aquí, el hermano del Señor ocupa dos metáforas muy buenas. La primera es la del caballo, animal que es mucho más fuerte que el hombre y, sin embargo, es domado a través de un «freno en la boca» para que obedezca y así poder dirigirlo. La segunda es la relacionada a grandes barcos, que se mueven en el mar a través de «impetuosos vientos«, estas naves de gran tamaño son operadas a través de un «pequeño timón«, conducidas por la voluntad de un operador. Tanto el bozal del caballo como el timón del barco son una metáfora de “la lengua”. Y cuando habla de la lengua no se refiere al órgano, sino que es para referirse al hablar humano, a las palabras. Jacobo compara el hablar del hombre con un freno en la boca de un caballo y con el timón en los barcos. En ambos ejemplos tenemos algo similar que nos muestra la influencia del hablar, esto es: obediencia, dirección y movimiento.
El que enseña, tiene una gran responsabilidad, ya que influencia y dirige a la iglesia. Tiene la responsabilidad de guiar, de dirigir, de mostrar por donde debemos movernos. Por lo tanto, una persona que influye en la iglesia local, puede guiar, dirigir y mover a los santos a seguir al Señor y conocer; o, caso contrario, mover a los santos a caprichos personales y la gloria propia. Así que, los creyentes debemos estar persuadidos de estas cosas y, los que enseñan, deben ser temerosos de Dios; pues podrían llevar a la iglesia a correr en pos de Cristo o frenarse en el seguirle. Podrían llevar a los santos a naufragar en el mundo y a creer en supersticiones. Es por esto que es muy importante la pluralidad en el servicio, tener compañeros que puedan salirnos al encuentro, en amor, cuando estamos equivocados o extraviándonos de lo que enseñan las Escrituras.
En Apocalipsis se menciona en dos oportunidades la palabra “nicolaítas” (Ap. 2:6, 15), y en ambas oportunidades el Señor dice que Él aborrece las obras de estos. No se tiene claridad respecto a este movimiento, pero la etimología de esta palabra nos dice algo interesante. Nicolaítas, proviene de las palabras νῖκος (níkos), que quiere decir “conquistador o dominador”, y la palabra λαός (laós) que significa “pueblo”. Es decir “conquistador del pueblo”, o “dominador del pueblo”. Una especie de élite que gobierna la iglesia como los políticos gobiernan a los pueblos. Una casta que se presenta como superior e iluminada en comparación del resto, la que impone su propia voluntad sobre la iglesia y la hace creer que no está apta para interpretar la Palabra de Dios. Este tipo de personas siguen manifestándose entre los cristianos. Muchas veces exigiendo obediencia ciega y llevando a los hijos de Dios a creer más en lo que ellos dicen que en lo que claramente enseñan las Escrituras.
Esta es la influencia que puede tener el hablar, el enseñar y ejemplos de esto tenemos muchos, aunque basta con el de la religión Católico-Romana, que llegó a decir que el único con autoridad apostólica para interpretar el Texto es el Papa. Y ha llevado a sus prosélitos al naufragio, extraviándolos de la verdadera fe. Y nosotros no estamos libres de caer en esto, así que debemos tener mucho cuidado. Si no sabes, calla; luego investiga y ora. Cuídate de aprovecharte de la iglesia de Dios. Por lo tanto, cuida como manejas tu hablar y lo que enseñas, porque el hablar, la lengua –como le llama Jacobo– puede provocar muchas cosas. Así que, el hablar, es de mucho cuidado.
LOS MALES DE LA LENGUA IRRESPONSABLE.
Entonces, tenemos que la responsabilidad del que enseña es grande debido a la influencia que tiene en la iglesia local y, por las metáforas de Jacobo, entendemos que a través del hablar se domina, se guía, se dirige, se influencia, se ejerce autoridad; pero no sólo esto, Jacobo también conoce los malos resultados del hablar irresponsable y respecto a esto nos dice:
“He aquí, ¡cuán grande bosque enciende un pequeño fuego! 6 Y la lengua es un fuego, un mundo de maldad. La lengua está puesta entre nuestros miembros, y contamina todo el cuerpo, e inflama la rueda de la creación, y ella misma es inflamada por el infierno. 7 Porque toda naturaleza de bestias, y de aves, y de serpientes, y de seres del mar, se doma y ha sido domada por la naturaleza humana; 8 pero ningún hombre puede domar la lengua, que es un mal que no puede ser refrenado, llena de veneno mortal. 9 Con ella bendecimos al Dios y Padre, y con ella maldecimos a los hombres, que están hechos a la semejanza de Dios. 10 De una misma boca proceden bendición y maldición. Hermanos míos, esto no debe ser así. 11 ¿Acaso alguna fuente echa por una misma abertura agua dulce y amarga? 12 Hermanos míos, ¿puede acaso la higuera producir aceitunas, o la vid higos? Así también ninguna fuente puede dar agua salada y dulce.” (Stg. 3:5b-12).
El hablar descuidado es semejante a un fuego. Las comparaciones de Jacobo son notables. Son exageradas (hipérbole) para dejar en claro lo que ocurre y/o puede llegar a ocurrir. Una lengua descuidada puede llegar a armar grandes problemas, como los que puede ocasionar un pequeño fuego en un bosque. ¿Recuerdan ustedes lo que ocurrió el año 2017 en la región de Valparaíso? ¿O lo que ocurrió el verano del 2026 en la región del Biobío? Miles de familias perdieron todo. Todo esto partió con un pequeño fuego. Las catástrofes fueron terribles, movilizaron a todo el país. Un incendio trae ruina, pérdida. Un bosque quemado trae pérdida. De la misma manera, el hablar irresponsable puede traer grande pérdida a la iglesia local. Es muy importante la enseñanza, pero si esta es irresponsable puede traer grande pérdida a la iglesia. Puede desatar enemistades, conflictos entre las familias, confusiones, partidismos, pérdidas y/o ruina; pero lo más serio, puede traer juicio de parte del Señor. Y con esto no sólo me refiero a la béma, sino a la disciplina del Señor en medio de Su casa, como un padre que debe corregir a sus necios hijos.
Es debido a la irresponsabilidad en el hablar que muchas veces nos cae disciplina del Señor. Esto fue una lección que el Señor le dio al pueblo de Israel en el desierto, con María (o Miriam), hermana de Moisés. En el capítulo 12 de Números se registra que María y Aarón hablaron mal, murmuraron de Moisés, y debido a esto, el Señor disciplinó a María con lepra durante siete días. Esto no es una alegoría, es historia, eso es lo que Dios hizo con alguien de la familia de Moisés, que profetizaba en medio del pueblo y que habló mal. Ese es el comportamiento de Dios ante la murmuración y mal hablar de aquellos que tienen una responsabilidad en medio de Su casa.
Permítanme contarles la experiencia de una hermana, esposa de un hermano que enseña las Escrituras. Resulta que un hermano se enfermó y comenzó a sufrir de crisis de pánico. La hermana y su esposo fueron a visitar al hermano enfermo. Ellos son muy amigos del hermano y su familia. En medio de la visita, mientras conversaban y a modo de broma, la hermana le dijo al hermano enfermo, que ella pensaba que él era muy delicado y débil de mente, que incluso no le creía aquella enfermedad. ¡Ay, la lengua! ¿Saben lo que pasó dos meses después? La hermana cayó enferma de lo mismo y estuvo tres años así. Cuando recién se enfermó, el Espíritu trajo a su memoria las palabras que le había dicho al hermano, así que ella, muy angustiada, le pidió a su esposo que la llevara a la casa del hermano, pues ella necesitaba hablar con él. Cuando lo vio, lo abrazó y le pidió perdón por sus apresuradas y necias palabras, aunque hubiera sido una broma. El hermano lloró con ella y la perdonó, pero la disciplina quedó, durante tres años. Como esta hay muchas historias de otros hermanos. ¡Cuidado con las palabras!
Jacobo nos muestra la seriedad del asunto y nos pide no subestimar el poder influenciador de las palabras pues, estas pueden llegar a encender el mundo mediante la energía que le puede proveer el mismo infierno. Creo que esto es algo que los cristianos subestimamos demasiado. No nos damos cuenta el poder de las palabras, sobre todo cuando se ejerce autoridad y se cuenta con el respeto de los oyentes. A modo de ejemplo, el nazismo dejó millones de muertos, pero antes de que ocurrieran estas cosas, ¿qué es lo que hubo? Palabras, ideas, divulgación, hombres intelectuales influenciando, hablando palabras a las gentes. Piensen en el comunismo, que ha dejado millones de muertos, muchos más que el nazismo. Arruinando países, economías, persiguiendo cristianos en diferentes partes del mundo. Pero antes de las muertes y toda la ruina que han traído a las naciones donde se aplicaron sus políticas, ¿qué es lo que hubo? Palabras, ideas, divulgación, hombres intelectuales influenciando, hablando palabras a las gentes. Este es el poder de las palabras y que afecta a todo el mundo, sean regenerados o no.
La enseñanza de Jacobo, finalmente es esta: la lengua es un pequeño miembro indomable, de la cual debemos tener en extremo cuidado; pues de la manera en que domamos a todo tipo de animales debemos aprender a domar, por el Espíritu, nuestra lengua. Porque en nosotros mismos, como hombres, sin considerar a Dios, sin contar con Él, jamás podremos domar un miembro pequeño que puede estar lleno de un veneno mortal que ha destruido no solo congregaciones, sino sociedades enteras.
Saben, en nuestra sociedad existe lo que se llama «libertad de expresión», por lo que cualquier persona puede hablar y comunicar sus pensamientos e ideas. Aparte de esto, hoy existen muchos medios para divulgar los pensamientos. De esta manera, las ideas son rápidamente comunicadas a través de las palabras que se expresan, influenciando a las gentes que las oyen. Y muchos de los comunicadores no tienen cuidado de lo que hablan, sino que divulgan una cantidad de cosas que, hasta hace 100 años, hubieran sido condenadas por la sociedad. Vean ustedes lo que se discute en los debates políticos de hoy, se habla del aborto como «interrupción del embarazo», como si, ante el cambio de parecer, pudiera luego reanudarse. No es interrupción, es asesinato, un parricidio. Pero como los poderes del infierno son astutos, cambian las palabras y así engañan a los hombres. ¿Y qué es lo que usa el infierno? La lengua, las palabras. Este es uno de muchos ejemplos.
Muchos cristianos han asumido la postura de no involucrarse en asuntos de política pública, argumentando que esas cuestiones son mundanas y que nosotros somos del cielo. Lamentablemente, usando las palabras también enseñan a otros estas posturas. Ignorando que, en este asunto, el infierno ha sido muy astuto, porque aparte de inspirar filosofías diabólicas y carnales, que influencian la política pública, se entromete en movimientos religiosos con herejías, llevando a condenación a miles de personas a través del engaño. Todo esto a través de las palabras, usando del poder de la lengua. El infierno no separa entre Iglesia y Estado. ¿Curioso no?
REFRENAR.
Con todo esto debemos rogar al Señor que nos ayude a refrenar la lengua, a ser prudentes en nuestro hablar. La palabra “refrenar” quiere decir “moverse pero con un freno puesto”, pues no se trata de callarnos y ser mudos, sino que vamos caminando con cuidado, hablando y enseñando con cuidado; hablar después de entender bien lo que vamos a enseñar. No ser irresponsables.
Jacobo muestra la forma más común en que caemos y nos dice que con nuestra lengua bendecimos a Dios y al mismo tiempo maldecimos a los hombres hechos a Su semejanza. Esta dualidad –que es hipocresía– no puede aprobarse entre nosotros. Debemos apartar nuestra boca para el Señor, lo que salga de ella tiene mucha responsabilidad. Es lo primero que evalúa la gente. No podemos ser ambiguos, ni dejarnos llevar por las llamas del infierno que quieren inflamar nuestro hablar. Que el Señor nos ayude a comprender la importancia de todo esto y la responsabilidad que tienen los hermanos que participan del ministerio de la Palabra, específicamente en la enseñanza de otros.
Si usted quiere servir al Señor en el ministerio de la Palabra, tendrá que comprender que sus palabras, que su lengua, pertenecen al Señor y que dará cuenta por esto. Cuidado con lo que habla y con lo que enseña, pues delante del Señor es que abrimos la boca. Que el Señor nos perdone nuestra liviandad y las cosas que hemos dicho ofendiendo a alguno. ¡Qué serio es esto! Prepárese, no sea liviano para hablar ni descuidado, hable de lo que sabe, lo que se le ha mostrado. Nuestras palabras son usadas por el Señor para guiar, enseñar, conducir y llevar a la obediencia a la fe; pero también pueden ser la razón del naufragio y rebelión de los hermanos hacia Dios.
Y por último, está claro por todo lo que hemos dicho que esto no sólo aplica a los que enseñan en las iglesias, sino a todos los santos, varones y mujeres, todos. Debemos cuidar nuestro hablar, siempre nos están escuchando y aprendiendo de nosotros. Amén.
[1] Oremos al Señor, que nos enseñe y guarde.
[2] De Arrio (250-335 d. C.)
[3] El gnosticismo es una mística secreta de la salvación. Se mezclan sincréticamente creencias orientalistas e ideas de la filosofía griega, principalmente platónica. Es una creencia dualista: el bien frente al mal, el espíritu frente a la materia, el ser supremo frente al Demiurgo, el espíritu frente al cuerpo y el alma. El término proviene del griego Γνωστηκισμóς (gnostikismós); de Γνώσης (gnosis): ‘conocimiento’. Cabe señalar que esta corriente partió antes que el cristianismo y quiso mezclarse con él, torciéndolo. Entre los escritos canónicos, se hacen menciones directas a las herejías enseñadas por este movimiento a los cristianos.
[4] Este movimiento, tenía una doctrina enseñada en el siglo tercero d.C., por Sabelio, y los “sabelianos” fueron tenidos por herejes, al afirmar que: “La trinidad, no es de personas distintas, sino de acción y oficio”.
[5] De Rael, tiene una serie de enseñanzas heréticas y de libertinaje sexual.
[6] Sierra Díaz, A. (2010). Los Vencedores y el Reino Milenial (2ª Ed.). Bogota: Autoral.
Watchman, N. (1979). El Plan de Dios y los Vencedores. Miami: Editorial Vida.
Iafrancesco, G. (2012). Gracia y Reino. Bogota: Cristiania Ediciones.
Iafrancesco, G. (2003). Aproximación a Apocalipsis (Dos tomos). Bogota: Cristiania Ediciones.
[7] Iafrancesco, G. (2012). Gracia y Reino. Bogota: Cristiania Ediciones
[8] Razonamiento que está formado por dos premisas y una conclusión que es el resultado lógico que se deduce de las dos premisas.
[9] López, R. & Orellana J.C. (2019). Sobre las Santas Escrituras y su lectura (panorámica de bibliología). Santiago: Autoral.
