(Texto) 16. Estudio a la epístola de Jacobo – La fe y las obras según Jacobo (2:14-26). Parte 2

Vamos a comenzar de inmediato con nuestra lectura de estudio[1]. Continuaremos con la perícopa del capítulo anterior, miraremos otras cosas allí. Así que leamos la epístola de Jacobo 2:14-26. Ya hicimos algunas aclaraciones la vez pasada sobre “esa clase de fe”, ahora nos detendremos a considerar esto más detalladamente. Dice así:

“14 Hermanos míos, ¿de qué aprovechará si alguno dice que tiene fe, y no tiene obras? ¿Podrá la fe salvarle? 15Y si un hermano o una hermana están desnudos, y tienen necesidad del mantenimiento de cada día, 16 y alguno de vosotros les dice: Id en paz, calentaos y saciaos, pero no les dais las cosas que son necesarias para el cuerpo, ¿de qué aprovecha? 17 Así también la fe, si no tiene obras, es muerta en sí misma.  18 Pero alguno dirá: Tú tienes fe, y yo tengo obras. Muéstrame tu fe sin tus obras, y yo te mostraré mi fe por mis obras.  19 Tú crees que Dios es uno; bien haces. También los demonios creen, y tiemblan.  20 ¿Mas quieres saber, hombre vano, que la fe sin obras es muerta?  21 ¿No fue justificado por las obras Abraham nuestro padre, cuando ofreció a su hijo Isaac sobre el altar? 22 ¿No ves que la fe actuó juntamente con sus obras, y que la fe se perfeccionó por las obras? 23 Y se cumplió la Escritura que dice: Abraham creyó a Dios, y le fue contado por justicia, y fue llamado amigo de Dios.  24 Vosotros veis, pues, que el hombre es justificado por las obras, y no solamente por la fe. 25 Asimismo también Rahab la ramera, ¿no fue justificada por obras, cuando recibió a los mensajeros y los envió por otro camino? 26 Porque como el cuerpo sin espíritu está muerto, así también la fe sin obras está muerta.”

¿PODRÁ LA FE SALVARLE?

El párrafo inicia con dos preguntas retóricas que, sacando de contexto, podrían mal interpretarse y dar la impresión que la salvación no es por la fe. La pregunta “¿podrá la fe salvarle?”, es la pregunta controversial, pues textualmente la respuesta implícita a esa pregunta retórica es “no”. Me refiero a que las preguntas tienen implícita una respuesta negativa,  por lo que, al leer «¿Podrá la fe salvarle?«, la respuesta que espera Jacobo es “NO”.  Debido a esto, se cae en el error de pensar que Jacobo está contradiciendo a Pablo, ya que el apóstol de los gentiles en Efesios 2:8-9 escribió:

8 Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; 9 no por obras, para que nadie se gloríe.”

Al considerar esto, el lector es encaminado a preguntarse: ¿Pablo estará errado? O ¿será Jacobo el que está equivocado? En otros casos el lector asume que ha encontrado una contradicción en la Palabra de Dios, razón por la que tendríamos un problema serio con la fe cristiana, pues la base de la fe que es la Palabra, se vuelve falible y, por tanto, no confiable. Si así fuera se perdería la inerrancia e infalibilidad de las Escrituras, pues aparentemente tendríamos una seria incongruencia. ¿Se da cuenta lo que puede hacer una lectura liviana? Es aquí donde debemos dar gracias al Señor por los estudiosos del griego, de la semántica, del lenguaje, de la gramática; y, por supuesto, gracias al Señor por la hermenéutica que el Espíritu va enseñándonos en las reflexiones de los apóstoles y en la suma de Su Palabra.

Mis hermanos, el problema que –aparentemente– tenemos aquí, no es de la Biblia, no es un problema del Texto inspirado, sino de las limitaciones propias de la traducción al español. El capítulo anterior, les comenté brevemente que en el griego no dice “¿Podrá la fe salvarle?”, sino que dice algo así: “¿Podrá esa fe salvarle?”. En español tenemos la Biblia Textual que en su tercera edición tradujo de la siguiente manera:

“¿Acaso puede tal fe salvarlo?” (BTX III).

Y añade la siguiente nota al pie de página:

“Es decir, tal clase de fe”.

Al cambiar el artículo inmediatamente cambia el sentido del pasaje. Al decir “la” pareciera que se refiere a la única y original fe dada a los santos; pero cuando leemos correctamente “esa” o “tal” comprendemos que habla de una fe que no es la fe de los santos (ref. Jud. 1:3). Ahora bien, aparte de esta versión de las Escrituras tenemos otras que respaldan lo que estamos viendo,  permítanme citar algunas como apoyo a lo que estamos diciendo, pues esto no obedece al capricho de querer tener la razón y forzar una lectura. Miremos la traducción Dios Habla Hoy, que dice:

“Hermanos míos, ¿de qué le sirve a uno decir que tiene fe, si sus hechos no lo demuestran? ¿Podrá acaso salvarlo esa fe?” (DHH).

Ahora permítame citar la Biblia de las Américas, que dice:

“¿De qué sirve, hermanos míos, si alguno dice que tiene fe, pero no tiene obras? ¿Acaso puede esa fe salvarle?” (LBLA).

Y por último, la Reina Valera de 1977, traducción en la que participó el hermano Francisco Lacueva, dice así:

“Hermanos míos, ¿de qué sirve que alguien diga que tiene fe, si no tiene obras? ¿Acaso podrá esa fe salvarle?” (RV 1977).

Hasta aquí tenemos cuatro traducciones de las Escrituras que respaldan lo que venimos diciendo y que expertos en el griego, como Evis L. Carballosa[2], confirman. Ellos explican que el artículo que aparece aquí es ἡ (he) y tiene fuerza demostrativa, lo cual permite entender que la traducción correcta debe ser “esa” o “tal”, como quien está señalando hacia una dirección específica, como mostrándonos esa clase de fe que es falsa (Carballosa, 2004, p. 146).

Con esto podemos deducir que hay personas que dicen creer, que incluso saben de las doctrinas cristianas, pero la fe que tienen no es salvífica ni los ha regenerado. La fe verdadera, es aquella que Dios aprueba y confirma dando el Espíritu Santo como garantía de nuestra salvación (Ef. 1:13-14). No se trata solo de decir «yo creo en Jesús», sino de que Dios valide mi fe y me otorgue el Espíritu como sello de propiedad, regenerándome espiritualmente. Respecto a esto, el libro de los Hechos nos relata una situación interesante, Pablo estaba en Éfeso y encontró a ciertos discípulos. A estos se acercó y les preguntó: «¿Recibisteis el Espíritu Santo cuando creísteis?«, la respuesta de estos fue: «Ni siquiera hemos oído si hay Espíritu Santo» (v. Hch. 19). Esta pregunta de Pablo nos muestra la importancia de asegurarse de que nuestra fe ha sido validada por Dios a través del Espíritu Santo. Porque hay algunos que dicen creer, que piensan tener fe, pero dicha fe no ha sido aprobada por Dios. Es más, en la parábola del sembrador que registra Lucas, se nos menciona a un tipo de oyente que cree por un tiempo, allí dice:

«Los de sobre la piedra son los que habiendo oído, reciben la palabra con gozo; pero estos no tienen raíces; creen por algún tiempo, y en el tiempo de la prueba se apartan.» (Lc. 8:13, negritas añadidas por el autor)

Por tanto, queda demostrado que hay un tipo de creer, que no es la fe que salva y regenera, sino un creer superficial, meramente mental, que Dios no aprueba y, por ende, no confirma Su garantía. Y sin el ánimo de poner en duda la seguridad de la salvación de ningún hijo de Dios, llamo a toda persona que asiste a una congregación, pero que no tiene la certeza de haber nacido de nuevo –ya sea porque se crió entre las bancas de una congregación, porque acompaña a su cónyuge sin convicción personal, o porque escucha la Palabra solo como una costumbre dominical sin evidencias de fruto– a preguntarse honestamente: «¿He vuelto a nacer? ¿He recibido el Espíritu?».

Esto es algo de lo que conviene asegurarse; pues, el evangelicalismo contemporáneo suele no distinguir entre quienes solo asienten intelectualmente con algunas ideas cristianas, quienes se adhieren por tradición religiosa y quienes verdaderamente han experimentado una fe regeneradora que produce vida y fruto.

Nos damos cuenta, entonces, que Jacobo se está refiriendo a ese creer superficial mencionado en la parábola del sembrador. Una clase de fe que Dios no aprueba y que cataloga como «muerta» (v. 26). Porque la fe que recibimos por la Palabra de Dios y que aprueba el Padre, resultará en que el Espíritu de vida vendrá a nosotros y, por ende, provocará vida en nosotros. Y esa vida da a luz las obras de la fe, las cuales serán de provecho para otros. Porque la fe real que ha recibido el insuflo del Espíritu, será de provecho para Dios, para los hombres y para nosotros mismos.

Piensen en esto: Abraham creyó a Dios y le fue contado por justicia (Gn. 15:6; Ro. 4:3; Ga. 3:6). Y aquello resultó ser para la gloria de Dios, para provecho de los hombres y para la bendición del propio Abraham. Fue en la justicia por la fe de Abraham que se abrió la posibilidad de ser justificados delante de Dios por la fe. Y a los que creen como Abraham creyó, se les llama “hijos de Abraham” (Ga. 3:7). La fe de Abraham no fue decorativa, no fue teórica, no sólo dijo creer; sino que llevó a Abraham a actuar en virtud de sus convicciones y certezas, dando gloria a Dios, trayendo provecho a los hombres y una gran bendición para él mismo.

La fe y la vida de la fe, tienen relación a las obras de la fe. Las que traen un gran provecho a los hombres y gloria a Dios. Permítanme ilustrar esto. ¿Han oído la historia de George Müller? Él y su esposa Mary decidieron vivir por la fe. Confiando en el sustento del Señor y en Su voluntad, comenzaron a servirle en Inglaterra. En aquel entonces había gran pobreza en la región y hubo muchas muertes de padres y madres de familia, por diversas razones. Esto hizo que en aquella nación los huérfanos abundaran por doquier. Al ver esto, George tuvo la carga del Señor por los pequeños y comenzó a orar fervientemente, junto con trabajar en el Señor por esto. En virtud de sus convicciones, en poco tiempo ya se encontraba levantando su primera casa para huérfanos, donde eran alimentados, vestidos, cuidados y educados.  George y su esposa, no tenían dinero en abundancia, no tenían una línea de crédito en el banco, pero sí tenían fe  en que Dios revelaba en Su Palabra que es el “Padre de huérfanos” (Sal. 68:5). Esta convicción y certeza trajo beneficio a los niños de Inglaterra y a la obra misionera; pero sobre todo la obra de la fe de George Müller trajo gloria a Dios entre los hombres. La fe del hermano Müller era genuina y dió fruto al ser recibida de corazón. Él creyó a la Palabra, confió y estaba convencido de la suficiencia de Dios, el “Padre de huérfanos”, y por tanto, hizo todo cuanto pudo convencido de aquella fe, actuando en consecuencia.

Como éstas hay muchas otras historias de hermanos, varones y mujeres de Dios que creyendo y confiando en lo que Dios habló y reveló de Sí mismo, se movieron. No sabían lo que ocurriría, no sabían dónde iban, pero tenían la convicción del llamado de Dios a esto. La fe viva los movió, y en virtud de sus convicciones actuaron. Algunos creyeron en el amor de Dios por las almas y la obra evangelística, entonces se dedicaron a la obra misionera, estudiando carreras que les permitieran servir al Señor de mejor forma[3]. Otros creyeron en el cuidado de los huérfanos, entonces en fe se movieron y levantaron orfanatos por causa de aquello que cargó sus corazones. Y esas cosas se volvieron convicciones, y como antes hemos dicho, la fe es convicción en lo que hemos llegado a saber y entender en la revelación especial que Dios ha dado. No se trata de emociones, se trata de convicciones. Las emociones pueden durar sólo un momento, pero las convicciones toda la vida. Y son las convicciones las que definen el carácter de una persona y la base de sus paradigmas. Son por las convicciones que podemos saber cómo se moverá una persona. De alguna manera, la fe genuina se vuelve convicción, pero “esa” clase de fe que habla Jacobo es sólo un sentimiento, sólo palabras, no es certeza ni menos convicción. Son palabras de la boca para fuera.

Ahora bien, otra cosa que debemos observar para esclarecer más este asunto, es mencionar que junto con «esa fe» aparece la palabra “salvarle”. Esto podría entenderse erradamente, pensando que Jacobo se refiere a la salvación por gracia mediante la fe, al aspecto vertical, el de llegar a ser justificado por y delante de Dios; pero no es así. ¿Cómo lo sabemos? Por el contexto. Miren, luego de preguntar acerca de los provechos de “esa clase de fe”, Jacobo muestra a qué fe se refiere, diciendo:

“15Y si un hermano o una hermana están desnudos, y tienen necesidad del mantenimiento de cada día, 16 y alguno de vosotros les dice: Id en paz, calentaos y saciaos, pero no les dais las cosas que son necesarias para el cuerpo, ¿de qué aprovecha? 17 Así también la fe, si no tiene obras, es muerta en sí misma.” (Stg. 2:15-17).

Jacobo está mostrándonos que al realizar las preguntas anteriores él no tiene en mente el cielo o el infierno, sino que él quiere mostrar que la fe genuina tiene provecho para el prójimo. No podemos olvidarnos del contexto histórico en el que escribe Jacobo y las cosas que cargaban su corazón. Porque es debido a estas cosas que el Espíritu Santo lo conduce a escribir esta epístola. Los cristianos regenerados, del contexto hebreo, habían sido dispersados por el mundo y estaban enfrentando las tristezas del que migra por causa de coerción y persecución. La pobreza, el hambre, el dónde dormir y refugiarse, el prejuicio, el abuso, entre otras cosas, las estaban viviendo los hermanos en Cristo. Jacobo seguramente tenía en mente lo señalado por el Señor respecto al juicio de las naciones:

«34 Entonces el Rey dirá a los de su derecha: Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo. 35 Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis; 36 estuve desnudo, y me cubristeis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a mí. 37 Entonces los justos le responderán diciendo: Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te sustentamos, o sediento, y te dimos de beber? 38 ¿Y cuándo te vimos forastero, y te recogimos, o desnudo, y te cubrimos? 39 ¿O cuándo te vimos enfermo, o en la cárcel, y vinimos a ti? 40 Y respondiendo el Rey, les dirá: De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis. » (Mt. 25:34-40)

Porque el Evangelio que aprendieron los apóstoles y primeros discípulos no consistía solo en aprender de memoria ciertos credos, sino en que la fe verdadera tuviera su acción completa, la cual se manifiesta a través de las obras que Dios preparó de antemano para que anduviéramos en ellas (Ef. 2:10) y que muestran al mundo la imagen del Hijo de Dios que ha venido al mundo (Mt. 5:16; Ro. 15:9). Con esto nos damos cuenta que la forma de entender la pregunta de Jacobo es esta: “¿Podrá esa fe salvarle?”, ¿salvar a quién? La respuesta es sencilla y se encuentra en el versículo que sigue: “A los hermanos pobres y desnudos”. ¿Se da cuenta? La pregunta en su contexto nos muestra que se refiere al aspecto horizontal de la fe, no al vertical. Delante de Dios estamos a salvo, pero adicionalmente Dios nos dió Su Espíritu y Él quiere mostrar a través de nosotros Su vida y ayudar. Y esa vida no queda indiferente cuando hay alguien humillado y realmente necesitado, sino que de alguna manera quiere ayudar, quiere salvar, porque es parte de la naturaleza de Dios el ayudar.

¡Qué importante es entender la pregunta en su contexto! La fe genuina –como ya vimos– tiene un aspecto invisible y vertical que es delante de Dios; pero, además, la misma fe tiene un aspecto visible y horizontal que se muestra delante de los hombres. Si la fe ha sido validada por Dios, entonces el Espíritu de Dios está en el hombre portador de esa fe y, por lo tanto, la naturaleza generosa de Dios se dejará ver. Aquella vida no permanecerá indiferente ante las necesidades y humillación de nuestro prójimo, sino que intentará salvarle y ayudarle.

Es importante entender que la palabra «salvar» en el Texto bíblico no siempre se refiere al juicio eterno o al infierno, a veces la vemos asociada a la sanidad, otras a la justificación, otras a la ayuda. Esto nos permite entender que recibir la salvación en Cristo, es más que salvarnos del castigo eterno, es recibir al Salvador, al que siempre quiere ayudar al hombre en su miseria. Y, habitándonos por el Espíritu, aquella vida de la fe, la naturaleza generosa de Dios, querrá manifestarse en nosotros.

Todo esto, mis hermanos, será el combate en nosotros en contra de la naturaleza caída que portamos, del egoísmo, de la hipocresía, de deshonrar a Dios, de caer en una falsa vida religiosa. El Espíritu Santo ha querido salvarnos de dejar sin fruto y sin obra a la fe que se nos dio, porque la fe viva es de provecho, de lo contrario, en sí misma está estéril. Es por esto que tenemos la epístola de Jacobo.

LO QUE JUSTIFICA NUESTRA FE DELANTE DE LOS HOMBRES.

Luego Jacobo suma a este tema y poniéndose en una situación hipotética, dice:

“18 Pero alguno dirá: Tú tienes fe, y yo tengo obras. Muéstrame tu fe sin tus obras, y yo te mostraré mi fe por mis obras.  19 Tú crees que Dios es uno; bien haces. También los demonios creen, y tiemblan.  20 ¿Mas quieres saber, hombre vano, que la fe sin obras es muerta?  21 ¿No fue justificado por las obras Abraham nuestro padre, cuando ofreció a su hijo Isaac sobre el altar? 22 ¿No ves que la fe actuó juntamente con sus obras, y que la fe se perfeccionó por las obras? 23 Y se cumplió la Escritura que dice: Abraham creyó a Dios, y le fue contado por justicia, y fue llamado amigo de Dios.  24 Vosotros veis, pues, que el hombre es justificado por las obras, y no solamente por la fe. ” (Stg. 2:18-24).

Jacobo plantea un escenario imaginario: una persona que separa la fe de las obras. En el cuadro de Jacobo, esta persona señala que sólo tiene fe y le indica a Jacobo que él sólo tiene obras. Ante esto, Jacobo rápidamente muestra que es imposible que exista una fe genuina si no hay obras que la respalden, añadiendo que él puede mostrar su fe mediante las obras que provienen de esta. Si se tratara solo de saber y decir creer en Dios, lo demonios tendrían de qué gloriarse delante de Dios, pues esto saben que hay Dios y que es Uno; no obstante, tiemblan y temen. Así que, el decir creer en Dios o decir ser cristiano, sin obras que provienen de la vida regenerada, son producto de una clase de fe que es estéril, falsa y muerta. Las personas que tienen semejante clase de fe, podrían ser personas religiosas, pero sin vida; conocedores, pero no regenerados. Sin vida delante de Dios ni fruto delante de los hombres. Por lo tanto, si realmente hemos creído, habiendo sido regenerados por la fe en Cristo, entonces a medida que avancemos la fe que va creciendo irá dando fruto. La vida de la fe tendrá su obra en nosotros, no porque lo fabriquemos, sino por la vida misma de Dios.

El ser humano fue creado para la religión, es decir, para buscar estar ligado a Dios. Sin embargo, debemos saber que caímos y, por tanto, aquella necesidad intrínseca buscaremos satisfacerla erradamente. Debido a esto, el hombre se inventó diversos sistemas religiosos, con rituales, con ordenanzas, con obras. Incluso se registra en Génesis el primer sistema humano, político-religioso de la historia, donde se intentó llegar al cielo, separados de Dios, de Su revelación y por esfuerzos propios: Babel (Gn. 11). La religión es algo inherente a la naturaleza humana, sin embargo, debido a la caída solo se crean sistemas corruptos. Incluso Dios mismo le entregó un culto a los hebreos y estos lo corrompieron, es cosa de leer la profecía de Malaquías. Los propios fariseos, saduceos, escribas e interpretes de la Ley, fueron denunciados como hipócritas por el Señor. Participantes de un culto que desde el profeta Ezequiel no contaba con la presencia de Dios en medio del templo (v. Ez.  10-11). Y aunque la presencia del Señor no estaba, el culto y los rituales prosiguieron. Una religión sin Dios, un templo sin Su presencia, una fe sin vida; eso es lo que vivían.

Hasta que tuvo que venir el Hijo de Dios en carne, para establecer un nuevo pacto, un nuevo culto, una nueva religión, donde los creyentes regenerados somos vinculados a Dios en Espíritu y verdad. El Hijo vino a instituir algo nuevo y a otorgarnos vida a los que somos de la fe en Cristo. Para que el reino de los cielos se manifieste entre los hombres. Sí, entre creyentes y no creyentes, así como nuestro Padre hace salir el sol sobre justos e injustos (Mt. 5:45).

No fuimos redimidos solo para ser conferencistas de la Palabra, teólogos, músicos y compositores; sino para vivir como ovejas en medio de lobos, manifestando las obras de Dios a través de una fe viva. Lamentablemente, hoy en día, muchos cristianos están encerrados en sus templos. Y muchos de aquellos que están en los templos, no tienen problema en estar siempre allí, cantando y escuchando, sin preocuparse si acaso su fe está viva. Tema para reflexionar.

LA FE Y LAS OBRAS EN EL EJEMPLO DE ABRAHAM.

Jacobo nos llama la atención a que la fe tiene sus obras y que estas actúan como compañeras; aunque, en estricto rigor, primero es la fe y luego las obras. Para enseñarnos esto Jacobo usa a Abraham como referente. Aquí nos detendremos un momento, pues este pasaje también ha sido muy mal entendido y ocupado para argumentar la supuesta enemistad de Jacobo con Pablo, especialmente con Romanos 4.

Jacobo nos dice que Abraham fue justificado por las obras cuando ofreció a su hijo Isaac; pero si leemos Génesis 15 nos daremos cuenta que cuando se le imputó justicia por su fe a Abraham, Isaac aun no era engendrado. Se le imputa justicia en Génesis 15:6, cuando Dios le mostraba las estrellas del cielo y le dice que así sería su descendencia. Como verán, Isaac no nacía aún, es más, se cree que Isaac tenía alrededor de 20 años cuando Abraham lo llevó al monte, lo cual se registra en Génesis 22. Isaac no era un niño pequeño cuando ocurrieron los hechos, sino que ya era mayor. Algunos creen –como les decía– que tenía alrededor de 20 años, si es que no más[4]. El tema es que pasaron muchos años cuando, después de ser justificado delante de Dios, Abraham vino a ofrecer a Isaac al monte. ¿Por qué, entonces, Jacobo dice esto? Tenemos dos opciones:

1) Jacobo está equivocado.

2) Jacobo se refiere a otra cosa.

La respuesta es que Jacobo se refiere a otra cosa. Pero alguno dirá: “está hablando de la justificación”, y claro, la traducción lo dice; pero, déjeme contarle que no está hablando de la justificación de la forma que habla Pablo en Romanos y Gálatas. Cuando Pablo habla de la justificación lo hace usando el término de manera legal y aplicada a la justicia de Dios. Si se dan cuenta, Abraham fue justificado por su fe delante de Dios y Pablo toca este aspecto en Romanos 4. Como dijimos en el capítulo anterior, Dios ve, conoce, discierne y juzga los pensamientos e intenciones del corazón. Podemos entender con esto que Dios evaluó la fe de Abraham y vio que era genuina, y por esto, le atribuyó justicia (Gn. 15:6). Dios le atribuyó justicia, es decir, declaró justo a Abraham. Abraham en sí mismo no tenía nada para serlo, sino que Dios en Su justicia lo declaró justo por su fe. Permítanme una ilustración: la justicia es un abrigo blanco con el cual hay que cubrir nuestra espalda, Abraham no tenía un abrigo blanco entre sus cosas, pero Dios sí lo tiene y es blanquísimo; entonces, cuando vio la confianza de Abraham en Él, tomó Su abrigo y cubrió la espalda de Abraham, Su amigo. Es en este sentido que Pablo habla respecto a la justificación, en el sentido legal, jurídico y delante de Dios (Carballosa, 2004, p. 152). Y todo esto en el aspecto vertical de la justificación y fe, es decir, algo entre Dios y el hombre.

Entonces, ¿cuándo fue Abraham justificado por Dios? Antes que Isaac naciera. Así que el punto de Pablo es válido. Por lo tanto, ¿qué quiere decir Jacobo? ¿Acaso está errado? Claro que no. Lo que pasa es que Jacobo está hablando de este asunto desde otro ángulo. Nos está diciendo que Abraham fue justificado en el sentido que demostró un hecho palpable de su fe en Dios delante de los hombres. La palabra que utiliza Jacobo para hablar de “justificado” es ἐδικαιώθη (edikaóthe), lo cual quiere decir que él hizo un acto que mostró exteriormente que su fe era de las que Dios justifica. Pablo nos dice lo que ocurrió delante de Dios (vertical), pero Jacobo nos dice cómo Abraham  demostró delante de los hombres (horizontal) aquello que era una realidad delante de Dios.

La fe de Abraham produjo obras. Lo que quiere decir Jacobo es que la fe trabajaba en y con sus obras. No es que las obras provocaban fe, sino que la fe provocaba obras. Fue a través de las obras que, nosotros los hombres, vimos la realidad de la fe de Abraham. Y así, tenemos a Abraham justificado no sólo delante de Dios, sino que también delante de los hombres. Así vemos nosotros –los hombres– que aquella fe que Dios justificó en Génesis 15, que testificó en secreto y legalmente, fue también demostrada y justificada delante de los seres humanos. En el capítulo 22, muchos años después de lo ocurrido en Génesis 15, fue justificada aquella fe públicamente. El tiempo transcurrido es de considerar, pues esto es para prevenirnos del legalismo. Si entendemos mal este asunto de las obras de la fe y del tiempo en el que pueden darse, pensaremos que si una persona dice creer debe demostrarlo de inmediato; pero Dios nos muestra que la fe actuará y las obras aparecerán, pero quizá años después. Sin duda que en algunos hay frutos más rápidos que en otros, pero esto no es algo que nosotros podamos apresurar en los hermanos. Hay que aprender a mirar los avances que a veces son muy silenciosos y casi invisibles. No obstante y gracias a Dios, Él ha dejado pasos de fe básicos para que el hombre de testimonio público de su fe, como lo es el bautismo (Mr. 16:16).

¿QUÉ OBRAS?

Finalmente, Jacobo toma por ejemplo a Rahab, la que es llamada “ramera”. Y nos dice:

“25 Asimismo también Rahab la ramera, ¿no fue justificada por obras, cuando recibió a los mensajeros y los envió por otro camino? 26 Porque como el cuerpo sin espíritu está muerto, así también la fe sin obras está muerta.” (Stg. 2:25-26).

Aquí quisiera detenerme a decir algo. Mis hermanos, cuando oímos o leímos la palabra “obras” en relación a la fe viva, hay algunos que queremos que se nos diga qué obras debemos hacer. Ojala nos dieran una lista en la que podamos ir tachando cada vez que cumplimos con algo. Y saben, podríamos decir muchas cosas respecto a las obras que debemos hacer, pero no lo haremos, porque en la práctica, las obras que usted vaya haciendo serán aquellas que por el Espíritu y la Palabra del Señor van naciendo. Pueden ser obras ministeriales, pero también obras sencillas del diario vivir. El tema es si dejaremos que la Palabra tenga cabida, aparezca la fe y luego el fruto: las obras de esta fe, lo que es obediencia. Esto es como cuando uno está leyendo las Escrituras y te encuentras con que es deshonroso para el varón dejarse crecer el cabello (1Cor. 11:14) y, de alguna manera, lo leído entra a ti, se posiciona en tu corazón. Algo pasa en tu interior, meditas en aquello, porque tomó tu atención. Quizá te resistes algún tiempo, pero no puedes dejar de pensar en lo leído en las Escrituras. Entonces tomas una decisión debido a eso que leíste, lo crees y decides obedecer, es algo tan personal. Tú sabes que para otros es nada, pero para ti es importante y, de alguna manera, lo es para Dios con relación a tu vida[5]. Entonces tu convicción te lleva al peluquero, quizá no con gozo en el alma, quizá con cierta tristeza, pero sabes y crees que es lo que Dios quiere y dices «amén». Quizá para otro esto es trivial, pero tú sabes que es una obra de la fe que Dios quiere que tú permitas florecer. Meditemos en esto.

Por lo tanto, mis hermanos, las obras son las que el Señor por el Espíritu y Su Palabra te irán mostrando; y que por la fe y amor al Señor, tú vas tomando y andando en ellas. Lo leíste, pesó en tu corazón, creíste y obedeciste. Con este entendiste lo que significa:

«No solo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios» (Mt. 4:4)

Como les decía, quizá para otros estas obras son nada, quizá otros mirarán mal lo que estás haciendo, quizá tengan algo que decir en contra, pero eso no importa mucho si tú has visto por el Espíritu y la Palabra aquello que Dios ha preparado para que avances. Consideremos a Rahab, la Biblia dice que fue por sus obras justificada. ¿Cuáles fueron sus obras? Veamos: recibió enemigos de su nación, los escondió de sus autoridades y además les mintió. Cualquiera podría mirar esto y decir que esto está mal; pero el tema no es ese, el tema es que la fe de Rahab en el Dios de Israel la movió a guardar a aquellos que Dios había enviado, sabiendo que Dios estaba entregando en las manos de Israel a todas las naciones que se encontraban en su camino. Rahab creyó a Dios, creyó en la mano de Dios y, en virtud de su fe, obró e hizo lo que pudo. Y Dios validó la fe de Rahab, la que fue  justificada delante de los hombres de Israel.

Entonces, nos damos cuenta que estas obras no son para ser justificados delante de Dios, sino para demostrar delante de los hombres aquella fe que tenemos, y que según nosotros, Dios ha confirmado. Entendemos, por lo tanto, que las obras mencionadas por Jacobo son demostración delante de los hombres, de la fe invisible y genuina que tenemos delante de Dios. Por eso dice Pablo en Romanos 4:2, lo siguiente:

“Porque si Abraham fue justificado por las obras, tiene de qué gloriarse, pero no para con Dios.”

¿Se dan cuenta? Las obras no son para gloriarnos delante de Dios, sino que para mostrar la gloria de Dios delante de los hombres. Entonces, cada vez que la Palabra te confronta con algo en lo personal, cada vez que la Palabra viene a ti, es porque debes avanzar y dejar que la Palabra tenga su obra en ti. Por esta obediencia, por las obras de nuestra fe, de nuestra convicción, nuestra fe es justificada delante de los hombres.

Como les dije antes, las obras de la fe pueden ser ministeriales, diaconales o sencillas de la vida diaria, pueden ser de todo tipo; no obstante, su origen es único: la fe genuina. Aquella que tenemos por el Espíritu y la Palabra. Y si comprendemos que pertenecemos al Señor entonces sabremos que debemos dejar que la fe tenga su obra, como Pablo en Efesios 2:10 nos dice:

“Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas.”

Dios preparó estas obras porque somos de Él, creados con un propósito especial: la gloria de Dios. Mis hermanos, quizá leyeron un pasaje específico que les habló al corazón. Les ruego que no intenten quitarlo, dejen que tenga su fruto y obra de fe, medítenlo y obedezcan a la Palabra de Dios. Quizá se equivocará, quizá no será muy ortodoxo, pero miren, ¿acaso lo fue Rahab? Ella creyó a Dios y en virtud de esa fe omitió información a sus autoridades, y no sólo esto, sino que salvó a los espías. Y esto lo hizo porque creyó. Dios justificó su fe, lo que ella hizo, lo hizo porque creyó lo que Dios estaba haciendo. Esto es lo que hemos llamado convicción. Tú puedes avanzar o detenerte. Tú decides.

Ya para finalizar, quisiera mencionar el que Dios también quiere que la fe viva de las iglesias locales de fruto. A veces una hermana puede estar cargada por la Palabra de Dios respecto a los pobres, a los huérfanos y no sabe que esto proviene de la vida de Dios en ella. Muchas veces los hermanos ven esto mal, sobre todo aquellos que han malinterpretado a escritores como Watchman Nee. Se habla de las obras y se murmura como si se tratara de alguien que está llamando a buscar la salvación en estas. Con esto demuestra la profunda ignorancia que tienen del Evangelio de Dios. No se trata de buscar la salvación en las obras, se trata de que una verdadera salvación, la que proviene de una fe viva, quiere manifestarse en obras que muestran al mundo la imagen de Dios revelada en Su Hijo y manifestada a través de las iglesias.

Que el Señor nos ayude a seguir reflexionando. Amén.


[1] Es fundamental orar a nuestro Señor. Que nos ayude.

[2] Doctor en Filosofía y Letras. Carballosa, Evis Luis. Revisado el 23 de agosto del 2020, desde https://www.clie.es/autor/carvallos-evis-luis

[3] Es el caso de Hudson Taylor.

[4] Carballosa, E. (2017). Génesis: La revelación del plan eterno de Dios (p. 340). Michigan: Editorial Portavoz. Edersheim, A., & Ramsay, R. (2001). Exploremos Génesis (p. 131). Miami: Editorial Unilit. Josefo, F., & Maier, P. (1992). Josefo, los escritos esenciales (p. 27). Grand Rapids, MI: Editorial Portavoz.

[5] Para Dios es importante por el avance y progreso de la fe en nosotros, no por el hecho del corte de cabello, sino por la obediencia. Si obedecemos en lo poco, se nos confiará lo mucho.
NOTA: En cuanto a la fe, parto de la premisa bíblica de que la salvación es enteramente obra de Dios; sin embargo, no entiendo que “la fe como don” se refiera a una capacidad psicológica infundida arbitrariamente en algunos, sino al don supremo que Dios ha dado: a Su Hijo Jesucristo, el Autor y Consumador de la fe. Quien cree en Él, confía en Él y le recibe de todo corazón, responde a la obra de Dios; y Dios, que discierne la verdad del corazón, confirma esa fe otorgando el Espíritu Santo como garantía y Garante.