(Texto) 5. Estudio a la epístola de Jacobo – Falta de sabiduría, fe, el hombre de dos almas (1:5-8).
Gracias al Señor ya vamos en nuestra quinta sesión de estudio de la epístola de Jacobo (o Santiago). Abramos las Escrituras en la epístola de Jacobo, capítulo 1 y vamos a leer desde el versículo 5. Hasta el momento, hemos reflexionado hasta el verso 4, donde tratamos temas como la prueba, el saber, la fe y la paciencia. Explicamos algunas cosas de todos estos conceptos; no obstante, a medida que vamos avanzando, iremos complementando lo visto. Ahora, en esta oportunidad, continuaremos leyendo desde el versículo 5 en adelante y nos detendremos en el versículo 8. Entonces leemos lo siguiente:
“5 Y si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, el cual da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada. 6 Pero pida con fe, no dudando nada; porque el que duda es semejante a la onda del mar, que es arrastrada por el viento y echada de una parte a otra. 7 No piense, pues, quien tal haga, que recibirá cosa alguna del Señor. 8 El hombre de doble ánimo es inconstante en todos sus caminos.”
FALTA DE SABIDURÍA.
El versículo 4 finaliza diciéndonos que:
“tenga la paciencia su obra completa, para que seáis perfectos y cabales, sin que os falte cosa alguna”
La prueba de nuestra fe –a la que Dios nos enfrenta– tiene un fin, un propósito específico, y es que la fe se vuelva constancia en la paciencia. Es la voluntad de Dios que en nuestra alma sea formado Cristo, dándonos carácter, imprimiendo Su imagen en nosotros, y que aprendamos a permanecer humillados bajo la poderosa mano de nuestro Dios; en otras palabras, que la prueba de nuestra fe produzca paciencia. Sin embargo, aparte de la sumisión, de la humillación en la Presencia de Dios y de formar un carácter paciente y constante (características de Cristo en nosotros), Dios quiere que seamos “perfectos y cabales, sin que os falte cosa alguna”; es decir, Dios quiere que crezcamos, que maduremos y que seamos completados.
Cabe señalar que esto no es algo que nosotros fabriquemos, es la mano de Dios en nuestra vida formando a Cristo en nosotros, como en Gálatas 4:19 se nos dice:
“Hijitos míos, por quienes vuelvo a sufrir dolores de parto, hasta que Cristo sea formado en vosotros”
Este es el proceso de santificación y salvación del alma que, progresivamente, vamos viviendo. Dios el Espíritu Santo, está trabajando en nosotros el carácter de Cristo. Está completando en nosotros lo que falta de Él, ayudándonos en el despojo del viejo hombre (Ef. 4:21-23) y en el vestirnos del nuevo (Ef. 4:24-25). Nuestra alma, nuestra personalidad, está siendo salvada por la vida eterna que opera en cada uno de nosotros (Ro. 5:10). Paulatinamente Dios avanza de la mano de nuestra voluntad y responsabilidad (Lc. 9:23). Dios nos da la energía para que poseamos a Cristo y Su imagen se nos aplique por el Espíritu a todo nuestro ser (Ez. 36:26-27; Ef. 1:15-20; Col. 1:28-29; 1Ts. 5:23). Dios no quiere que nos falte cosa alguna de Cristo, sino que sea Él quien lo llene todo en nosotros y nos complete.
No obstante, dicho lo anterior, Jacobo por el Espíritu está consciente de la realidad de los cristianos y sabe que puede ocurrir que alguno de nosotros tenga falta de sabiduría. A primera vista puede parecer fuera de contexto lo que señala de la sabiduría o, incluso, un cambio radical del tema. Pero no nos equivoquemos, Jacobo no ha perdido el hilo conductor, pues él sabe que en el momento de la prueba una de las crisis frecuentes es que el cristiano no sabe qué hacer, no entiende qué sucede, no le ve propósito a nada y es presa fácil del tentador que viene a sembrar dudas.
Entonces, ante la crisis y las dudas, lo primero que debemos hacer es reconocer en presencia del Señor la falta de sabiduría que tenemos y lo mucho que necesitamos de esta. Aquí es donde nos daremos cuenta de que la sabiduría a la que hace alusión Jacobo, va más allá de la sabiduría de los hombres reflexivos y filósofos de la época, que meditaban sobre las razones del sufrimiento y las formas de enfrentarlo. Que dependían de la especulación humana y de la mitología.
Para Jacobo, el Dios verdadero que se revelaba en la faz del Señor Jesucristo, estaba dispuesto a darnos sabiduría en medio de la prueba; pero no la sabiduría que busca el mundo, sino algo trascendente, algo que va más allá de la existencia contingente del hombre y su búsqueda de la felicidad. Algo que hace que el hombre se olvide de sí mismo e incluso del dolor. Algo que Dios se ha encargado de explicarnos de manera notable en la vida de Job. Prestemos atención.
UNA MIRADA A LA EXPERIENCIA DE JOB.
En los capítulos 1 y 2, Job se enfrenta a pruebas muy fuertes. Desde el capítulo 3, Job comienza a maldecir el día en que nació y se llena de preguntas. Por lo menos vemos siete preguntas existencialistas y personales de Job en dicho capítulo (Job 3:11-12,16, 20-23). Luego en el capítulo 4 comienzan a aparecer los amigos, reprendiéndolo, filosofando con él sobre el dolor y la justicia. Elifaz es el primero y su argumentación dura hasta el capítulo 5:27. Luego Job responde y reprocha a sus amigos (Job 6) y, entre argumentos y preguntas retóricas, sigue preguntándose con amargura sobre la vida, hasta que en el capítulo 7 argumenta contra Dios.
Así ocurren muchas cosas, tenemos personas argumentando a favor de la justicia de Dios, como Bildad en el capítulo 8; tenemos a Job confundido, lamentando su condición (Job 9 y 10). Después un tal Zofar acusándolo de maldad (Job 11) y de caer en las manos del Señor que es justo.
Vemos a Job irónico y herido, luchando para no rebelarse contra Dios (Job 12), el dolor y la rebelión vienen a la puerta, pero se esfuerza en doblegarse ante el Señor. La conciencia es un freno para no excedernos en aquellos momentos de amargura. La conciencia de Job lo frenaba y es esta la que nos frena para no apostatar. Son momentos difíciles y la duda aumenta, los pensamientos son como rayos que nos caen y no tenemos paz en ellos.
El desenlace de la historia de Job es un ejemplo de lo que Jacobo nos viene a decir, pues en el momento de la prueba, al igual que Job, pasamos de la duda, a la amargura, a la frustración y conversamos con la rebelión. La sabiduría humana aparece e intenta filosofar sobre el sufrimiento y sus causales. Nos justificamos a nosotros mismos pensando en que no somos tan malos y que no merecemos lo que vivimos, tal cual lo hace Job (13 y 14). Los hermanos y amigos nos hablan, nos reprenden, pero nadie entiendo el dolor ni sus razones; nadie entiende lo que vivimos y estamos pasando (Job 15). En el desenlace, nuestras palabras se vuelven honestas pero amargas y, al igual que Job, nuestra queja crece, hasta ser contra Dios mismo (Job 16 y 17).
En aquellos momentos no hay entendimiento de lo que acontece, no hay paz, porque no sabemos el por qué, no sabemos el para qué, que son las típicas preguntas que intenta responder el hombre. Muchos especulan, creen saber por qué estamos padeciendo y los menos consoladores son aquellos que nos juzgan y tratan como malhechores (Job 18), pues piensan que solo una persona malvada puede sufrir semejantes cosas. Sin embargo, al igual que nosotros no entienden ni saben el por qué; sino que los sesgos que abrazan respecto al sufrimiento, los hacen emitir juicios. Aquí comenzamos a darnos cuenta que sólo Dios puede justificarnos (Job 19) y levantar la carga que está sobre nosotros. Hay quienes nos juzgan y pareciera que quieren escucharnos confesar las maldades por las que llegamos a dicho estado, se unen amigos y hermanos a deducir el por qué (Job 20 y 21). Intentamos defendernos, al igual que Job, derribar quizás sus argumentos para que callen (Job 22); sus palabras duelen, porque no hay en ellas salida para nosotros.
En algún momento colapsamos y en nuestra boca ya no hay lugar para callar, el dolor que estamos viviendo sale por todos lados. Nos arrepentimos de nuestros pecados, de nuestras palabras, de aquellas cosas que vienen a nuestra mente, porque somos acusados por doquier, quisiéramos estar de cara a Dios para argumentar con Él directamente (Job 23).
Mis hermanos, es tan grande el dolor que trae la ignorancia del por qué y para qué, que las quejas ya comienzan a ser contra Dios mismo. Dudamos de Su omnisciencia, de que sabe lo que vivimos. Dudamos de que esté presente y de que esté cuidándonos. El antropocentrismo es el paradigma que se respira, ¿cómo es que a nosotros nos deja pasar por esto? –Nos preguntamos. No logramos ver nada, la falta de sabiduría nos ciega, pero no lo reconocemos. Hasta que en algún momento el Señor nos ayuda a ver que necesitamos sabiduría para ver más allá de nosotros mismos y nuestro dolor. Entonces debemos emprender el viaje en busca de la sabiduría (Job 28), aquí nos resuena lo que dice Jacobo, porque la sabiduría se halla en Dios. Jacobo comprende que la sabiduría no es simplemente saber algo y tener respuesta a los por qué y para qué. Sino que tiene que ver con conocer y entender a Dios.
LA SABIDURÍA DE DIOS: CONOCERLE EN CRISTO.
Aquí debemos aprender algo. Cuando veamos a nuestros hermanos ser probados, no levantemos el dedo acusador, ni argumentemos o filosofemos sobre su dolor. Más bien, ayudemos a los hermanos a orar y unámonos en pedir una sola cosa: que el Señor se les manifieste. Porque la sabiduría a la que se refiere Jacobo, tiene que ver con revelación de la Sabiduría personificada de Dios que es en Cristo Jesús[1]. No es solo información, no es solo memoria, es una experiencia espiritual y personal con el Hijo a través de la iluminación del Espíritu Santo.
Job padeció 37 capítulos, que quizás en su vida fueron sólo días, o fueron meses, o quizás años. Pasó por muchos procesos hasta que Dios habló. Amados hermanos, Job estaba lleno de preguntas personales, de dolor, de acusaciones y de justicias propias. El alma de Job estaba –como se dice de la tierra en Génesis 1:2– “desolada y vacía” (BTX III). Así estaba Job, sufriendo el luto por sus hijos, la quiebra económica, crisis en su salud, la rebelión de su esposa y batallando contra una imagen de Dios distorsionada que quería imponerse sobre su corazón.
Hasta que Dios habló, hasta que Dios se reveló y se manifestó personalmente a Job. Noten esto: Dios se manifestó, se reveló de una forma especial y personal a Job. Podríamos decir que Dios preparó a Job durante «37 capítulos» para poder darle la más extraordinaria de las experiencias que podría haber tenido jamás: conocer y entender a Dios por Su revelación y manifestación personal y especial.
Quiero que noten algo interesante aquí. En Su revelación y manifestación especial, Dios no responde las preguntas existencialistas ni se dedica a refutar uno a uno los argumentos que Job levantó en medio del dolor. Lo que hace Dios es algo totalmente diferente e inesperado: comienza a revelarse personalmente a él. Su grandeza, omnisciencia y omnipotencia, dejan a Job boquiabierto, viéndose tan pequeño e insignificante en la Presencia de Dios (Job 38 al 41). Los atributos de Dios anonadan a Job y, al mismo tiempo, lo impactan y maravillan. Job se encontraba en la oscuridad del dolor, donde parecía que Dios no estaba, pero de pronto lo vio personalmente presente, como si aquello fuera más real que cualquiera de las cosas que, hasta ese momento, había vivido. Dios lo impactó con la realidad de Su eternidad, que hace ver a todas las cosas de esta existencia contingente, como efímeras. De alguna manera, Dios permitió todo lo que vivió Job para mostrarle al hombre que nada, absolutamente nada, se puede comparar con la grandiosa experiencia de conocer y entender a Dios, el Ser absolutamente necesario. Y esto, precisamente, es la verdadera sabiduría: conocer y entender a Dios en Cristo.
El Salmo 111:10, Proverbios 1:7 y 9:10, nos dicen una cosa importantísima:
“El principio de la sabiduría es el temor de Jehová; Buen entendimiento tienen todos los que practican sus mandamientos; Su loor permanece para siempre.” (Sal. 111:10).
“El principio de la sabiduría es el temor de Jehová; Los insensatos desprecian la sabiduría y la enseñanza.” (Pr. 1:7).
“El temor de Jehová es el principio de la sabiduría, Y el conocimiento del Santísimo es la inteligencia.” (Pr. 9:10).
Nosotros pensamos en la sabiduría separada de Dios; pero, las Escrituras nos enseñan que la falta de sabiduría es falta de conocimiento de quién y cómo es Dios. Los pasajes que leímos nos muestran que la sabiduría tiene como principio el temor de YHWH; y, no podemos tener temor de Dios, si no le conocemos. El conocimiento del Dios santo trae un noble temor al Dios que servimos. Sin conocimiento de quién y cómo es Dios, no puede haber temor; y, sin temor, no podemos entrar a la verdadera sabiduría. Es en medio de la prueba que debemos reconocer la falta de conocimiento y entendimiento que tenemos de Dios. ¡Oh, Señor, revélate a mi vida! ¡Permíteme conocerte y entenderte! ¡Abre mi entendimiento a través de tu Palabra y Espíritu! Porque cuando le vemos y entendemos, entonces nos ocurre lo que pasó con Job, cuando dijo:
“He aquí que yo soy vil; ¿qué te responderé?
Mi mano pongo sobre mi boca.” (Job 40:4).
Y también:
“Yo conozco que todo lo puedes,
Y que no hay pensamiento que se esconda de ti.
¿Quién es el que oscurece el consejo sin entendimiento?
Por tanto, yo hablaba lo que no entendía;
Cosas demasiado maravillosas para mí, que yo no comprendía.
Oye, te ruego, y hablaré;
Te preguntaré, y tú me enseñarás.
De oídas te había oído;
Mas ahora mis ojos te ven.
Por tanto me aborrezco,
Y me arrepiento en polvo y ceniza.” (Job 42:2-6)
NO PIDAMOS SALIR, PIDAMOS QUE SE NOS REVELE.
Amados hermanos, en medio de la prueba luchamos y, lo que más pedimos, es que se termine la prueba y se solucionen sus causales; pero debemos saber que esa es una oración vana. Si Dios nos sacó al desierto para probarnos, nos probará y nos preservará (Dt. 8:1-10). Esto último es importantísimo de entender, Dios nos preservará. Si no hemos muerto en medio de lo que estamos padeciendo, es porque Dios nos lleva al desierto para probarnos, no para matarnos; así que nos preservará la vida delante de Él hasta completar lo que se ha propuesto de Cristo en nosotros.
Así que, en medio de la prueba no debemos pedir ni perder el tiempo orando que se nos quite la prueba. No debemos perder este tiempo valioso pidiendo aquello, porque Dios no detendrá la prueba, ni permitirá que salgamos con la hoja en blanco. Lo que sí debemos pedir es lo más grandioso que le puede ocurrir a un mortal como nosotros: que el Señor se nos revele, que podamos conocerle y entenderle más. ¡Oh, Señor, muéstrate a mí! ¡Oh, Señor, ilumíname con tu Palabra! Esta es la sabiduría que debemos reconocer nos falta y necesitamos. Carecemos de conocimiento de Dios, del Dios que ha venido a unirse a nosotros por el Espíritu. Conocimiento experimental de Él.
En comparación al gran número de cristianos que existe, son pocos los que tienen esta experiencia con el Señor; porque todo lo que se concibe de la vida cristiana, gira en torno a la salvación y/o condenación del hombre. No obstante, la vida cristiana es más que esto.
DIOS DA GRACIA A LOS HUMILDES.
Ahora bien, no solo es importante rogar al Señor que nos otorgue el conocerle y entenderle, sino que debemos hacerlo con el corazón correcto. Y el corazón correcto es el corazón humillado delante de Dios. Sin embargo, en la prueba, en la aflicción de nuestras almas, es muy probable que abracemos el enojo y la soberbia. Debido a esto, es que Dios ocupa bastante tiempo en mostrarnos lo soberbio que somos y lo duro de nuestro corazón. Nos creemos buenos, nos creemos justos en nosotros mismos y, probablemente, pensemos que es una injusticia la prueba que nos toca pasar. Todo eso es soberbia, la que es inherente a nuestra naturaleza humana caída. Pero tranquilo, el Señor es el mejor jugador de ajedrez y, en el movimiento de las piezas del tablero, afectará todo, tratando muchas cosas al mismo tiempo. Dios es capaz de hacer que un soberbio se vuelva receptor de Su favor inmerecido.
Miren, veamos un principio en la lucha de Jacob en Peniel. Lea conmigo Génesis 32:22-30, donde dice:
“22 Y se levantó aquella noche, y tomó sus dos mujeres, y sus dos siervas, y sus once hijos, y pasó el vado de Jaboc. 23 Los tomó, pues, e hizo pasar el arroyo a ellos y a todo lo que tenía. 24 Así se quedó Jacob solo; y luchó con él un varón hasta que rayaba el alba. 25 Y cuando el varón vio que no podía con él, tocó en el sitio del encaje de su muslo, y se descoyuntó el muslo de Jacob mientras con él luchaba. 26 Y dijo: Déjame, porque raya el alba. Y Jacob le respondió: No te dejaré, si no me bendices. 27 Y el varón le dijo: ¿Cuál es tu nombre? Y él respondió: Jacob. 28 Y el varón le dijo: No se dirá más tu nombre Jacob, sino Israel; porque has luchado con Dios y con los hombres, y has vencido. 29 Entonces Jacob le preguntó, y dijo: Declárame ahora tu nombre. Y el varón respondió: ¿Por qué me preguntas por mi nombre? Y lo bendijo allí. 30 Y llamó Jacob el nombre de aquel lugar, Peniel; porque dijo: Vi a Dios cara a cara, y fue librada mi alma.”
El varón que aparece aquí luchando con Jacob es el mismo Hijo de Dios, antes de encarnarse[2]. Jacob forcejeó con Él reclamando bendición, pero no se le bendijo hasta que se le descoyuntó el muslo. ¿Por qué? Porque Jacob era un soberbio, fuerte en sí mismo, que se atrevió a pararse de igual a igual con Dios. Jacob se enfrentó a Dios (Os. 12:3-4, BTX III, LBLA, NTV), luchó con Él. ¿Ha visto otra historia semejante a esta en la Biblia? No existe otra igual. Jacob es el ejemplo bíblico de una persona soberbia que es transformada por Dios en alguien quebrado, humillado y de corazón adecuado delante de Dios. El Señor lo resistió primero y, para bendecirlo, el Señor lo humilló. Al descoyuntar su muslo, Jacob no pudo ya más sostenerse en pie delante del Señor; no obstante, desde el suelo, descoyuntado, humillado, sin fuerzas y desesperado, le pidió al Señor que lo bendijera. Fue precisamente en ese momento que el Señor lo bendijo. No mientras abrazaba la soberbia, sino cuando abrazó el dolor y se humilló delante del Señor. Cuando se hallaba arrodillado ante Dios, cuando estaba quebrantado, allí se le bendijo. Como cita Pedro:
“Dios resiste a los soberbios, Y da gracia a los humildes.” (1 P. 5:5)
Entonces lo que debemos pedir es conocerle y entenderle, para que podamos gozarnos en la prueba de nuestra fe; pues, el gozo y alegría proviene de nuestro Dios, del Dios que se nos revela. Y esto, hay que pedirlo humillados y en honestidad, reconociendo nuestra soberbia.
PEDIR INSISTENTEMENTE.
El verbo “pida” está en el presente imperativo, en la voz activa (Carballosa, 2004, p. 91). Esto indica que se “debe continuar pidiendo” o “ser persistente en pedir”; es decir, esto ha de ser una petición constante.
En cuanto a la sabiduría, hay que pedirla continuamente, debemos ser constantes e insistentes en esta petición que Dios aprueba. No es una oración de pasillo y rápida, sino molestar, buscar, insistir (Lc. 18:1-8), hasta que seamos iluminados por Su Espíritu (Ef. 1:15-17). Como Jacob, así luchar, forcejear, molestar e insistir con Dios. Y en nuestra humillación y honestidad, Él –que es infinitamente generoso y compasivo– nos dará abundantemente y sin reprocharnos nada. El Señor se nos revelará, se nos mostrará, ocurrirá aquella iluminación que es más que aprendizaje mental, es una experiencia espiritual que involucra todo nuestro ser. El Padre nos revelará a Su Hijo (Mt. 16:16-17), y el Hijo nos revelará a Su Padre (Mt. 11:27). Y esto, es la sabiduría que necesitamos en medio de la prueba.
Si el Señor se nos manifiesta, los por qué y para qué, serán contestados en la abrumadora experiencia de conocerle y entenderle personalmente. No habrá dudas, nuestra mano pondremos sobre nuestra boca y nos gozaremos aún en lo que estemos viviendo; pues, de alguna manera, veremos al Señor por el Espíritu.
Permítanme contarles algo personal. Mi mujer durante tres años enfrentó una difícil enfermedad. Fue un tiempo muy difícil para ella, pero también para nosotros como familia. Un día en medio del dolor y de la aflicción de su alma, después de ir muchas veces al Señor, buscando rescate, en medio del dolor y el miedo, fue iluminada por el Espíritu de Dios. Ella experimentó al Señor de una forma tan viva, espiritual, que lloraba de alegría, aunque físicamente estaba sufriendo. Es que cuando el Espíritu Santo la iluminó, la hizo tener un encuentro con la realidad de la Presencia de Dios, lo que fue tan real para ella que, se olvidó de su dolor. De alguna manera, aunque se encontraba nublado y gris el día, ella estaba viendo el sol brillar. El Espíritu Santo le mostraba de forma experimental, que el Señor en medio de su dolor estaba personalmente presente y nunca la había abandonado. Al experimentar esto, todo lo que estaba sufriendo pasó a ser secundario. Ella no tenía quejas delante del Señor, solo tenía gozo, aunque sus ojos no lo veían, el Espíritu le daba la certeza de que Dios estaba allí, amándola, cuidándola, trabajando en ella. Una experiencia espiritual y personal con la realidad trascendente del Espíritu de Dios, que hace ver a todo insignificante en Su Presencia.
Así que no debemos pedir al Señor que nos quite la prueba, sino que se nos revele a través de esta, para que la prueba se complete de acuerdo con la voluntad de Dios; pues, el Señor, quiere darse a conocer y entender a cada uno de nosotros de una forma especial.
Por tanto, si vemos a los hermanos que están siendo probados, contribuyamos con la oración, rogando al Señor que en medio del desierto ellos puedan conocerle y entenderle.
DIOS QUIERE SER CONOCIDO.
Ahora, una cosa importante es que todas estas cosas debemos pedirlas creyendo, confiando, no dudando. Por lo que Jacobo nos dice:
“6 Pero pida con fe, no dudando nada; porque el que duda es semejante a la onda del mar, que es arrastrada por el viento y echada de una parte a otra. 7 No piense, pues, quien tal haga, que recibirá cosa alguna del Señor. 8 El hombre de doble ánimo es inconstante en todos sus caminos.” (Stgo. 1:6-8).
Ya dijimos anteriormente que la fe no es un sentimiento, sino confianza en algo que sabemos y creemos de todo corazón respecto a la Palabra de Dios. La fe no es ciega ni subjetiva, su objeto es la confianza, certeza y esperanza en la Palabra del Señor. Si vamos a pedir que el Señor se nos revele y se nos dé a conocer por el Espíritu y Su Palabra, debemos saber primero que Dios ha querido revelarse a Sí mismo. Dios quiere que le conozcamos. Por ejemplo, tenemos en la creación a Dios dejando huellas de Su Presencia, de Su omnipotencia y Deidad[3]. Luego tenemos en nuestras manos las Escrituras, una revelación especial de quién y cómo es este Dios[4]. Y grandiosamente tenemos en el registro histórico de este Libro y de la historia secular, el testimonio de Jesús de Nazaret, que es Dios manifestado en carne (1Tim. 3:16; Heb. 1:1-4) y que ha venido a salvarnos. Sin embargo, algo en lo que nos detenemos poco, es que el Hijo, principalmente, ha venido a darnos a conocer al Dios invisible (Jn. 1:18; Col. 1:15).
La salvación, digamos su aspecto jurídico, es el inicio y medio para adentrarnos en un caminar con Dios. Para esto es que se nos ha dado la vida eterna, gracias al sacrificio del Señor Jesús. La vida eterna, no tiene su valor en el hecho de vivir para siempre, sino en que se nos otorga vivir eternamente para poder conocer a Dios y a Su Hijo plenamente. Lea conmigo Juan 17:3, que nos dice:
“Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado.”
¿Se dan cuenta? ¿Pensaba usted que sólo era para vivir eternamente? Pues no, sino para que le conozcamos y entendamos. Porque Dios quiere ser conocido y, por esta causa, amado. Entonces, entendiendo esto, sabiéndolo y creyéndolo, oramos a Dios buscando conocerle y entenderle.
No debemos poner la vista en si acaso nuestra oración contiene las palabras correctas, sino en que Dios quiere darse a conocer a nosotros. Dios quiere revelarse en Su Hijo, entonces por eso el Hijo se ha encarnado; así que oramos insistentemente que se nos dé a conocer de una forma más profunda. Oramos con un corazón humillado, ya que sabemos que Su voluntad es darse a conocer. Así es que oramos con fe en esto, porque Su Palabra nos lo ha mostrado: Dios quiere darse a conocer. Y si sabemos que esta es Su voluntad, entonces pedimos confiados, sin dudar; porque la duda proviene de no saber qué es la voluntad de Dios, la que por las Escrituras se nos ha comunicado. Y sabemos que, el Espíritu que la ha inspirado, nos quiere iluminar el entendimiento para que podamos comprender paulatinamente a nuestro Dios y amarle. ¡Oh, Padre, revélanos al Hijo! ¡Oh, Hijo, revélanos al Padre! ¡Queremos más!
Debemos orar confiando en que el Señor quiere que le conozcamos. Las palabras correctas no deben importar más que la fe en que Dios quiere revelarse. Ni nuestra debilidad debe importar más que el saber que Dios quiere que le conozcamos. Nada es más valioso que verle, pues al verle seremos como Él (1Jn. 3:2). Al verle vamos siendo transformados progresivamente a Su imagen (Col 1:15).
Pero el que duda tiene sus pensamientos en sí mismo y no en el deseo de Dios de darse a conocer; por lo que, al dudar, está poniendo la vista en su desnudez, mirando si acaso es digno de la respuesta de Dios. Sus pensamientos son variantes, inestables, porque no están puestos en la Roca, sino en lo que siente, en sus opiniones subjetivas y no en la verdad de la Palabra de Dios. El que duda piensa en sus justicias propias, en sus obras, en su humanidad; pero no considera a Dios que quiere revelarse en el Hijo.
VARON DE DOS ALMAS.
Para finalizar este capítulo quisiera hacer notar que el griego, donde dice “hombre de doble ánimo”, dice literalmente “varón de dos almas”. Este es un hombre egocéntrico, llevado por lo que siente y quiere para sí mismo; no por lo que Dios es y Su voluntad.
A un hombre de dos almas no le interesa conocer al Señor, solo le interesa lo que está sufriendo, viéndose como el centro del universo. Es inestable en sus emociones y, la fe que dice tener se encuentra mezclada con las impurezas de los sentimientos egocéntricos. Sabe que debe vivir para el Señor, pero cualquier cosa «cristiana» que hace, lo hace para sí mismo, por miedo, por superstición, por necesidad; no por convicciones y certezas que la fe en la Palabra de Dios trae.
Es extremadamente anímico y egocentrista. Lo que hace, siempre tiene como fin último el sentirse bien y lo suyo propio. En alguien que vive así, lamentablemente, no se puede confiar. Es zarandeado de aquí para allá, cualquier opinión que lo haga sentir algo, lo mueve. Llevado por la emoción dirá que sí, pero desapareciendo la emoción dirá que no. La única posibilidad que se tiene al ser de doble ánimo es que el Señor nos muestre que lo somos, y trate en el desierto con esto. No tenemos tiempo para entrar en esto, pero lo haremos.
No olviden que Dios quiere revelarse y nuestro deseo debe ser responder a esto con “yo quiero conocerte”. Por ahora, vamos a detenernos aquí.
[1] Proverbios 8:12, muestra a la sabiduría como Persona y en 1ª Corintios 1:24, 30, se nos dice que Cristo es la sabiduría de Dios.
[2] También conocidas como “Teofanías”.
[3] Iafrancesco, G. (1996). Prolegómenos (pp. 27-45). Bogota: Cristiania ediciones.
[4] Ibíd. (pp. 47-93).
