(Texto) 4. Estudio a la epístola de Jacobo – La prueba, el saber, la fe y la paciencia (1:2-4).
Antes de continuar con nuestro estudio de la epístola de Jacobo (Santiago), permítame aconsejarle invocar a nuestro Señor y rogar Su ayuda; porque necesitamos siempre del suministro de Su Espíritu, pues el Señor prometió que el Espíritu sería quien nos enseñaría (Jn. 14:26; 1Jn. 2:27), recordaría (Jn. 14:26), y mostraría a Cristo (Mt. 16:15-17; Jn. 3:1-15, 16:14; Ga. 1:16). Y así también prometió dar gracia al que se humille en Su presencia (1P. 5:5; St. 4:6), y de socorrer a todo aquel que invoque Su Nombre (Hch. 2:21). Así es que, humillados nuestros corazones en Su presencia y confiados de que estamos en Cristo, no olvide orar.
Debemos dar gracias al Señor por permitirnos una vez más abrir las Escrituras. Hasta ahora, ya hemos tenido tres introducciones. La primera, relacionada a la historia de esta epístola y su autoría humana guiada por el Espíritu de Dios. La segunda, relacionada a los destinatarios de la epístola. Y la tercera, relacionada a la declaración hecha por Jacobo acerca de que es esclavo de Dios y del Señor Jesucristo. Jacobo podría haberse presentado como “el hermano del Señor”, pero no lo hizo; pues, el conocimiento que tenía respecto al Señor Jesús no le permitía tal cosa, pues al decirle “Señor” estaba empleando un término de autoridad y superioridad comprendido de una forma especial entre los judíos. Jacobo reconocía tras el velo de la carne, la identidad de aquel que fue su medio hermano. Y en aquel «Señor» referido, vimos que estaba implícita la idea del nombre YHWH[2], que en la tradición judía era reemplazado por Adonai, que al griego se tradujo Kýrios y, a su vez, al español se llegó como Señor; es decir, para Jacobo y los apóstoles, Jesús no sólo era el Mesías, sino que YHWH[3], Dios manifestado en carne (Jn. 1:1; Ro. 9:5; 1Ti. 3:16; 1Jn. 5:20; Ap. 1:8).
LA PRUEBA.
Dado que necesitamos avanzar en nuestra lectura, vamos a abrir la Biblia inmediatamente en la epístola de Jacobo, capítulo 1, y leeremos desde el versículo 2 al 4. Dice así:
“2 Hermanos míos, tened por sumo gozo cuando os halléis en diversas pruebas, 3 sabiendo que la prueba de vuestra fe produce paciencia. 4 Mas tenga la paciencia su obra completa, para que seáis perfectos y cabales, sin que os falte cosa alguna.”
Estos versículos que acabamos de leer son muy iluminadores y nos permiten tratar algunos temas importantes en el caminar del cristiano. Jacobo parte inmediatamente llevándonos a la conciencia de las “diversas pruebas”. Esto significa, metafóricamente, que las pruebas vienen en distintos colores (Carballosa, 2004, p. 86). Es decir que las pruebas pueden ser de diferente clase y no siempre ser de la misma manera. Es importante entender que las pruebas pueden variar en forma, tiempo, situación, lugar, etcétera; no obstante, jamás la prueba es sin un propósito de parte de Dios.
EL CONTEXTO HISTÓRICO.
Ahora bien, para comprender el por qué Jacobo inicia de esta manera, debemos considerar lo que se estaba viviendo para aquel entonces. Hemos señalado que la datación de esta carta se encuentra entre el 44 d. C. y el 50 d. C. Esto nos da el rango histórico para hacernos una idea del contexto en el que estaba escribiendo Jacobo. Él no escribe desde la calma de un escritorio ni desde el privilegio de una posición eclesiástica establecida, sino desde un contexto de crisis, persecución y dispersión, lo cual da a sus palabras un peso enorme.
En torno al año 44 d.C., el cristianismo aún no era visto como una religión separada del judaísmo. Los creyentes eran, ante los ojos del Imperio y del Sanedrín, un grupo incómodo dentro del mismo judaísmo. Herodes Agripa I, buscando consolidar su poder y agradar a los líderes religiosos judíos, arremetió contra los seguidores de Cristo. Mató a Jacobo hijo de Zebedeo (Hch. 12:2). Encerró a Pedro, aunque este fue liberado milagrosamente. Estos hechos crearon una atmósfera de temor e incertidumbre en Jerusalén. Muchos creyentes huyeron hacia regiones más seguras: Siria, Fenicia, Chipre, y Antioquía (Hch. 11:19); por lo que, cuando Jacobo escribe “a las doce tribus que están en la dispersión” (1:1), no se trata solo de judíos en el exilio antiguo, sino también de cristianos perseguidos, esparcidos por causa de su fe. Por tanto, cuando Jacobo dice “tened por sumo gozo cuando os halléis en diversas pruebas”, no está filosofando sobre el sufrimiento; más bien, le está escribiendo a hombres y mujeres que lo habían perdido todo –hogar, patria, seguridad– por seguir a Cristo.
Con todo esto, muchos de los exiliados comenzaron a sufrir las penas del migrante: discriminación, pobreza y explotación laboral por parte de los ricos terratenientes que podrían incluso haber sido hermanos en la fe. La carta refleja con claridad que los destinatarios vivían en una tensión de clases muy marcada. Algunos eran jornaleros o campesinos que trabajaban las tierras de otros y no recibían salario justo (Stg. 5:4). Otros sufrían opresión judicial y económica (Stgo. 2:6). Las comunidades judeocristianas eran en su mayoría pobres, marginadas, sin poder político ni protección legal. Además, dentro de la propia comunidad cristiana empezaban a verse actitudes de favoritismo hacia los ricos (Stgo. 2:1–4), algo que Jacobo reprende con fuerza. Por eso, cuando él habla de “diversas pruebas”, no se refiere solo a persecuciones religiosas, sino también a pruebas cotidianas de injusticia, desigualdad, y necesidad. El sufrimiento era amplio: físico, social y espiritual.
Aparte de esto, la comprensión de Jacobo respecto al sufrimiento era muy distinta de la que tenían los judíos y los gentiles. Para los judíos el sufrimiento se resumía a la paga por el pecado. Si sufrías, significaba que habías pecado; si naciste en sufrimiento, entonces pecaron tus padres, o tú en el vientre de tu madre (Jn. 9:2). Debido a esto es que el Señor Jesús confrontó fuertemente a los escribas y los fariseos (Mt. 23:23-24), porque la misericordia por el desvalido no era parte de su cosmovisión, pues de alguna manera, los que sufrían se lo merecían.
A diferencia del pensamiento judío, donde el sufrimiento solía asociarse a la consecuencia del pecado, la mentalidad gentil del siglo I concebía el dolor y la adversidad desde una perspectiva fatalista, impersonal y sin propósito moral.
En el mundo grecorromano, el sufrimiento era simplemente una parte inevitable del destino, determinado por los caprichos de los dioses o por la inmutable rueda del destino. No había una relación personal entre la divinidad y el individuo que diera sentido redentor al dolor. Sin embargo, para los cristianos, el sufrimiento ya no era una desgracia ni una fatalidad ciega, sino una oportunidad para participar en la historia del Dios verdadero que había sufrido en Cristo.
Antes de esa revelación, los dioses paganos no sufrían. El ideal divino era la apatheia (impasibilidad, indiferencia), es decir, la incapacidad de ser afectado por las emociones humanas. Por lo tanto, los humanos sufrían solos. La virtud consistía en soportar con dignidad o resignación, especialmente en las filosofías estoica y epicúrea. Para el estoicismo, el sufrimiento debía aceptarse con serenidad racional, suprimiendo las emociones. Para el epicureísmo, debía evitarse a toda costa buscando el placer moderado y la ausencia de dolor (ataraxia). En ambos casos, el sufrimiento no tenía propósito redentor ni moral. Era simplemente una condición de la existencia humana que debía minimizarse o ignorarse. En cambio, los cristianos afirmaban que Dios mismo había entrado en el sufrimiento humano en la Persona de Jesucristo. Este fue un golpe cultural devastador para el mundo antiguo, porque el Dios trascendente, impasible e inaccesible de la filosofía grecorromana se mostraba ahora vulnerable, compasivo, encarnado y doliente en la Persona del Señor Jesucristo.
Esto llevó a que los cristianos hablaran del sufrimiento con gozo, porque el sufrimiento se convirtió en comunión con Cristo cuando comprendieron el misterio de la encarnación (Fil. 3:10; 1Tim. 3:16). Con todo esto, la visión del sufrimiento en la fe cristiana, se volvió algo totalmente contracultural. Esto se debe a la revelación que Dios daba a través de Cristo. Esta es, de alguna manera, la carga del Espíritu a través de Jacobo: explicarles a los cristianos el propósito de las pruebas para que las ideas preconcebidas o sesgos que traían del judaísmo y/o helenismo respecto al sufrimiento, no los hiciera ignorar lo que Dios revelaba en el Hijo.
EL ANTROPOCENTRISMO Y EL TEOCENTRISMO.
Dicho todo esto y para referirnos a las pruebas, es que debemos considerar lo que Dios revelaba de antemano en el libro de Job y que había venido a explicarse en Cristo, el «varón de dolores, experimentado en quebranto» (Is. 53:3). Por favor, lea conmigo Job 1:22. Si hay alguien que sufrió la prueba, fue Job. En este pasaje Job había sufrido la pérdida de sus hijos e hijas, y también de sus bienes. Una gran prueba estaba pasando y, sin embargo, dice la Biblia que:
“En todo esto no pecó Job, ni atribuyó a Dios despropósito alguno.”
Job sabía que Dios tenía un propósito. A diferencia de los dioses de las mitologías contemporáneas, el Dios de Job, que se revela en la historia, no es indiferente al sufrimiento de los hombres. Job no pensaba en que lo ocurrido fuera una casualidad, un accidente, sino que había una causalidad. Hay algo que debemos tratar aquí y detenernos a considerar con mucha atención. Para Job el centro de todo el universo y de su existencia era Dios. La mentalidad de Job era de un hombre que giraba alrededor de Dios. Aquí vamos a considerar, dos conceptos que nos permitirán recordar la idea:
1) Antropocentrismo.
2) Teocentrismo.
El antropocentrismo, pone al hombre como centro de todo; mientras que el teocentrismo, pone a Dios como centro y razón de todo. El hombre en un principio vivía teocéntricamente, pero después de la caída se dio cuenta que estaba desnudo. Siempre anduvieron desnudos en la Presencia de Dios y no se avergonzaban (Gn. 2:25), hasta que cayeron en la desgracia del pecado. Hasta ese entonces, el hombre no se había dado cuenta de su desnudez. La Biblia nos dice que al comer del árbol de conocimiento del bien y del mal, “fueron abiertos los ojos de ambos, y conocieron que estaban desnudos” (Gn. 3:7). Antes de la caída, para el hombre su desnudez no era un tema que atender; más bien, su atención estaba puesta en su Creador y en la mujer que Dios le dio.
Lamentablemente, al comer del árbol incorrecto el hombre comenzó a mirarse a sí mismo, separado de Dios. Comenzó a vivir preocupado de sus necesidades, siendo que con El-Shadday[5] tenía todo lo que necesitaba. El hombre, al caer, comenzó a mirarse a sí mismo y dejó de vivir centrado en su Señor. El hombre comenzó a mirar lo contingente y no lo trascendente.
El hombre se volvió en sus paradigmas el centro de todo y, como había caído, del antropocentrismo se fue al egocentrismo. Es decir, de buscar el bien general del hombre, como humanidad, pasó a buscar el bien propio. El hombre fue cayendo y se quedó embelesado consigo mismo y su contingencia.
Con todo esto, nos damos cuenta que Job vivió de acuerdo al paradigma teocentrista. Para Job, Dios era el centro de todo, por lo tanto, lo que estaba viviendo tenía un propósito en Dios, era la voluntad de Dios para un fin mayor. Esa era la fe de Job. Sin embargo, esa fe sería puesta a prueba, pues en medio de la prueba, las convicciones y las dudas se revelarán en la vida del creyente, quedando de manifiesto cuál paradigma gobierna. Ahora, son estos paradigmas que sostenemos y creemos, que nos permiten afrontar las pruebas de manera distinta. Dependiendo de la cosmovisión que tengamos y lo que gobierne en nuestra mente, será nuestra manera de partir afrontando la prueba:
- Confiando en el Señor, humillados en Su Presencia, esperando Su socorro y sabiduría.
- Ensimismados en nuestra aflicción, soberbios en Su Presencia, reclamándole y enrostrándole nuestro servicio.
Que el Señor abra nuestros ojos para poder discernir esto; porque es necesario identificar estos paradigmas. Si la prueba la iniciamos ensimismados, no significa que no seamos hijos de Dios y que nuestra salvación se vaya a perder, significa que necesitamos que Dios nos ayude, para conocerle en medio de la aflicción, pues probablemente le estemos atribuyendo una imagen errada, muchas veces vinculada a la visión y experiencia paternal que tuvimos. Es decir, si nuestro padre biológico nos abandonó, entonces le atribuiremos a Dios la imagen del padre que abandona; si nuestro padre biológico fue maltratador, le asignaremos a Dios la imagen del padre maltratador. En esta condición deberíamos humillarnos y confesarle al Señor lo que se pasa por nuestros pensamientos. Ser honestos y en oración decirle que le estamos atribuyendo una imagen que no corresponde, una imagen que se encuentra ligada al dolor de nuestro pasado. Necesitamos Su ayuda, porque el pecado y el engañador, procuran confundirnos y extraviarnos. Necesitamos ser teocéntricos, poniendo a Dios en el centro, dejando que Él se revele a Sí mismo a nosotros; juzgando lo pecaminoso del antropocentrismo y del egocentrismo, que me llevan a cuestionar a Dios y pensar que yo y mi felicidad, son el centro del universo.
EL SUMO GOZO Y EL SABER.
Ahora bien, teniendo presente lo anterior, continuamos viendo que Jacobo nos manda a tener “por sumo gozo cuando nos veamos en diversas pruebas”. Digo ‘nos manda’ debido a que en el griego “tened” aparece de forma imperativa, es decir que lo dice como un mandamiento o exhortación, como quien motiva con autoridad. Jacobo nos motiva con autoridad al “sumo gozo”, es decir, un gozo elevado, total, sin mezcla, puro. Nos está diciendo que en medio de las pruebas debemos tener un gozo puro; pero, ¿cómo es posible tener un gozo perfecto, total, sin mezcla y puro cuando estamos siendo probados de diferentes maneras? Para entender esto debemos poner algunas bases.
En primer lugar, la prueba tiene algunas relaciones de lenguaje figurado en la Biblia, por ejemplo, se asemeja al fuego en el que es puesto el oro en 1ª Pedro 1:7. Si vemos y entendemos esta relación (fuego-prueba), podríamos decir con honestidad que la prueba no es algo que deseemos; sin embargo, debemos saber que es necesaria. Si la prueba es el fuego en el ejemplo de Pedro, el oro es nuestra fe. El fuego purifica el oro, es decir, quema todas las impurezas, quita todo lo que no es oro; de igual manera, la prueba es para que aquello que no es parte de la fe sea quitado, sea juzgado y seamos desintoxicados. Por tanto, la prueba, así como el fuego, tiene un propósito, el cual deberíamos procurar entender, orando al Señor cuando nos toque.
En segundo lugar, es inevitable la prueba en la vida del creyente. Nadie piense que puede saltarse la prueba y la aflicción, son cosas que a todos nos toca vivir y hasta que nos toque estar en presencia del Señor; por causa de que siempre hay cosas que purificar en cuanto a nuestra fe.
En tercer lugar, la vida cristiana es vivida en compañía del Espíritu de Dios, el Paracleto, que nos consolará, nos advertirá, nos reprenderá, nos recordará y nos enseñará en medio de las pruebas. Debemos rogar al Señor que nuestro espíritu pueda percibir la voz del Espíritu en medio de la aflicción, ya que cuando esto ocurre, hay tanto ruido en nuestra cabeza, muchos pensamientos vienen a nosotros, como flechas que nos atacan y no dan tregua.
En cuarto lugar, no dejemos de leer la Palabra de Dios, con el corazón de un perrillo que espera que de la mesa de su amo caiga una migaja de pan. La humillación de nuestra alma es algo que debemos aprender, porque la soberbia inherente buscará tener lugar en nuestros pensamientos. Cuando cae una migaja, corresponde a la voz del Espíritu que señalamos en el punto anterior, recibiendo la Palabra que leemos, el insuflo y energía de la iluminación a nuestro espíritu y mente. Es algo tan tremendo, como si tocáramos la verdad de Dios.
Con todo esto como base podríamos entender mejor de donde proviene el gozo al que Jacobo nos llama. Él nos muestra de dónde proviene este gozo diciéndonos “sabiendo que la prueba”. Es decir que, el sumo gozo viene de saber algo o algunas cosas respecto a la prueba. Este saber, en el griego, es “saber por experiencia”, es decir, vivir lo que sabemos y aprender de lo que vivimos. No proviene de lo que sentimos, ni de lo que egocéntricamente queremos, sino que proviene del saber por experiencia aquello que la mente logra aprender y entender de lo vivido. Se trata de un entendimiento específico basado en lo que experimentamos. Dicha experiencia es la que Dios nos permite tener.
Saber es importantísimo para el cristiano, por ejemplo, saber en qué hemos creído, o por qué somos salvos, o por qué nos bautizamos, o por qué partimos el pan, etcétera. Todas estas cosas se saben, se deben saber, no se hacen porque nos sentimos de una forma u otra; porque no se trata de lo que sentimos, sino de lo que 1) sabemos, 2) creemos y 3) experimentamos en el Señor. Pablo, en sus epístolas, menciona varias veces el asunto de saber (Ro. 5:3; 6:6, 9; 1Co. 15:58; 2Co. 4:14; 5:6; Ga. 2:16; Ef. 6:8-9; Flp. 1:17; Col. 3:24; 4:1; 2Tim. 2:23; 3:14; Tit. 3:11; Flm. 1:21), en distintos contextos, siempre hay un “sabiendo”. Lo mismo hace Pedro (1P. 1:18; 3:9; 5:9), y también Juan (Jn. 13:1,3; 18:4; 19:28), entre otros.
Entonces, el Señor quiere que sepamos, es importante el saber en el cristianismo; tanto en lo doctrinal como en lo que vivimos, es importante el saber. Sinceramente creo que lo peor que nos puede pasar en medio de la prueba es la incertidumbre, el no saber y la ignorancia. Y es común que en medio de nuestras aflicciones siempre aparezca la pregunta “¿por qué?”; pero Dios nos quiere llevar más allá del por qué, quiere llevarnos a entender el para qué. Porque somos de Dios y ningún despropósito hay en Él.
Jacobo nos quiere enseñar que el sumo gozo lo podemos tener si es que aprendemos y sabemos algo. ¿Qué cosa?
“… sabiendo que la prueba de vuestra fe produce paciencia. Mas tenga la paciencia su obra completa, para que seáis perfectos y cabales, sin que os falte cosa alguna”
Lo que leemos nos dice que debemos saber el para qué es la prueba, y lo que leemos nos muestra el para qué. Por favor, pongan atención a lo que debemos saber. Primero, dije anteriormente que la prueba es como el fuego en que se pone el oro. Esto nos muestra que la prueba es sólo un instrumento de purificación, un medio para lograr un fin. Lo segundo es preguntarnos, ¿qué es lo que se prueba? ¿Qué es lo que se arroja al fuego? La respuesta se halla en la frase “la prueba de vuestra fe”; es decir que las pruebas vienen para nuestra fe, es la prueba de nuestra fe, es nuestra fe sometida a prueba. Como lo dice Pedro:
“… para que sometida a prueba vuestra fe, mucho más preciosa que el oro, el cual aunque perecedero se prueba con fuego, sea hallada en alabanza, gloria y honra cuando sea manifestado Jesucristo” (1P. 1:7).
¿Se dan cuenta? Nuestra fe sometida a prueba y siendo comparada con el oro, el cual, se prueba su calidad, su pureza y resistencia por medio del fuego; así también nuestra fe es sometida a la presiones de la prueba. Es puesta en el fuego para purificación y resistencia. No obstante, debo realizar una pregunta fundamental ante esto. Considerando que es la “prueba de vuestra fe”, pregunto, ¿qué es la fe?
ACERCA DE LA FE.
Algunos piensan en la fe como un sentimiento bonito que podemos experimentar; otros lo ven como una pasión o como emociones positivas ante la desgracia. Otros piensan que la fe es creer a ciegas. Ante todo esto y mucho más, la Biblia nos informa y enseña qué es la fe. Vamos a leer tres versículos acerca de la fe. Primero busquemos Hebreos 11:1, que nos dice:
“Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve.”
Si leemos sólo este pasaje, pareciera que la definición “creer a ciegas” es la correcta; pero esto no es lo único que nos dice la Biblia. Vamos a leer también Romanos 10:17, que registra:
“Así que la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios.”
Ahora la fe comienza a tener un significado más objetivo, menos emocional y más intelectual. Pablo nos enseña “que la fe es por el oír”, es decir que viene de algo que oímos. ¿La explosión de una bomba? No. ¿Un ruido que no entendemos? No, sino que nos dice que “y el oír, por la palabra de Dios”. Como verán, la fe viene de oír, y el oír por la Palabra de Dios; esto nos indica que es una fe inteligente más que emocional.
Lo que nosotros oímos es lo que luego sabemos, entendemos y creemos. Entra por el oído y, una vez adentro, se vuelve conocimiento, lo creemos y nace la fe. Por lo tanto, la fe no es una emoción, la fe está más familiarizada con el conocimiento; es entender algo específico y creerlo de todo corazón, es convicción. Aferrarnos a lo que sabemos y creemos, aferrarnos a la verdad que se nos ha comunicado; confiar en la verdad que sabemos y creemos; guardar la verdad que sabemos y creemos. Y todo lo que sabemos y creemos viene de la Palabra de Dios, que es la Verdad (Sal. 119:160).
Entonces, considerando que la fe viene por la Palabra de Dios, debemos preguntarnos lo siguiente: si pudiéramos sintetizar la Palabra de Dios, ¿en qué se resume todo?
EL RESUMEN DE LA PALABRA DE DIOS.
Las Escrituras nos informan al respecto. Vamos a Romanos 1:1-5 que nos dice:
“1 Pablo, siervo de Jesucristo, llamado a ser apóstol, apartado para el evangelio de Dios, 2 que él había prometido antes por sus profetas en las santas Escrituras, 3 acerca de su Hijo, nuestro Señor Jesucristo, que era del linaje de David según la carne, 4 que fue declarado Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por la resurrección de entre los muertos, 5 y por quien recibimos la gracia y el apostolado, para la obediencia a la fe en todas las naciones por amor de su nombre”
Pablo nos dice que Dios lo apartó para el evangelio y que Dios prometió este evangelio antes por Sus profetas en las Santas Escrituras. Luego, continúa diciéndonos de qué trata este evangelio: “acerca de Su Hijo”. Nos está diciendo que lo hablado por los profetas en las Santas Escrituras era acerca del Hijo de Dios; y no sólo esto, sino que nos dice quién es este Hijo de Dios en la historia, nos dice que Su nombre es Jesús el Cristo, y que vino del linaje de David. Y no sólo esto, nos dice que Dios lo resucitó de los muertos.
La resurrección del Señor Jesús de entre los muertos, es el más grande testimonio de que Jesús es el Hijo de Dios. En la Introducción III, explicamos qué significa que sea el “Hijo de Dios”. Los judíos entendieron bien esto, entendieron que al decir que Dios era Su Padre estaba diciendo que Él es igual a Dios, que Él es Dios. Y ésta es la roca fundamental de la fe cristiana: que Dios se hizo hombre, y estando en la condición de hombre, hizo milagros en medio del pueblo, sanó enfermos, predicó el evangelio del reino (Is. 35:3-5). Como hombre se humilló a Sí mismo (Flp. 2:5-11.), dejó que los hombres pecadores lo golpearan, lo escupieran, lo ofendieran. Como hombre se ofreció como el Cordero de Dios que quita y carga con el pecado del mundo (Jn. 1:29, 36), para que cumpliendo toda la justicia de Dios pudiéramos ser salvos al creer de todo corazón que Dios-Hombre tomó el lugar que nos correspondía a nosotros en el juicio (1Tim. 3:16; Hch. 20:28) y sufrió el castigo que merecíamos nosotros (Is. 53:5). La justicia de Dios de la que habla Romanos 1:17.
Los judíos persiguieron a los cristianos por el testimonio de quién es Jesús[6]; y los romanos mataban a los cristianos por decir que Jesús era el Señor, Dios, el Cristo[7].
Respecto a los judíos, piensen en esto: tener una religión donde supuestamente se adoraba a Dios, con rituales, con un templo, y cuando vino el Dios de ese templo al que se le rendían los rituales (Mal. 3:1), cuando vino como hombre, no lo conocieron y, como dice Juan 1:11, “a los suyos vino, y los suyos, no lo recibieron”; y no sólo lo despreciaron (Is. 53:3), sino que lo mataron en una cruz (Dt. 21:23; Ga. 3:13), allí colgaron al Dios que adoraban. Dios vino como hombre. Esa es la roca fundamental de la fe cristiana (Mt. 16:13-20). Si Dios vino como hombre, fue el mismo Dios al que ofendimos el que ocupó nuestro lugar en el juicio y castigo; fue el mismo Dios al que rechazamos, quien nos salvó[8]. Dios nos ha salvado y nos ha hecho hijos Suyos (Jn. 1:12). Porque el único que puede perdonar las ofensas del ofensor, es el ofendido.
En esta fe creemos, además, que Dios, al creer nosotros en Su Hijo, nos ha dado el Espíritu Santo como Sello de propiedad; es decir, que nos ha marcado como propiedad Suya (Ef. 1:13-14). Y esto es grandioso porque al recibir el Espíritu de Dios hemos recibido a Dios mismo (Ez. 36:26-27; Jn. 14:23; 1Co. 6:17; Ef. 2:22; 1Tim. 3:15). Por lo tanto, no sólo hemos sido salvados por Dios mismo (Is. 35:4), sino que también Dios mismo ahora vive en nuestros espíritus y se ha unido a nosotros para nunca más dejarnos. Y si vive en nosotros no es como una visita, sino como el Dueño de nuestra vida, para que ahora Él nos vaya guiando paulatinamente a vivir una vida junto a Él. Dios vive y habita en ti y en mí. Dios el Padre, Dios es Hijo y Dios el Espíritu Santo, habita permanentemente en ti y en mí, si es que hemos creído de todo corazón en Su Hijo (Jn. 14:23). Esta es la fe fundamental. Y si se dan cuenta, es un conocimiento específico. Es saber, es entender, es comprender y es creer todo esto que sabemos. Y si creemos de todo corazón, entonces viviremos de acuerdo a esto. Porque lo que creemos se vive. Nuestras convicciones nos definen, transforman y encaminan.
Todas las cosas que creemos en nuestro corazón para con Dios, tienen una expresión visible. Por ejemplo, nos reunimos porque Él ha dicho que donde hay dos o tres reunidos en Su nombre, Él estaría en medio (Mt. 18:20); porque se nos ha revelado como “Dios con nosotros” (Mt. 1:23). Entonces nos juntamos porque sabemos y creemos que Él está en medio, y oramos por la misma razón. Cuando le pedimos algo es debido a que está en medio nuestro, oramos por los enfermos porque creemos que Dios, el Omnipotente, está en medio; y esto es debido a que Él ha dicho que estaría (Mt. 28:20); lo sabemos y lo creemos, y por ende, nos reunimos, y oramos, y le alabamos, etcétera.
También nos bautizamos porque sabemos y entendemos que el que cree en el Hijo tiene mandamiento de sumergirse con el Señor en las aguas, demostrando así lo que cree (Mr. 16:16), identificándose con Él en Su muerte (Ro. 6:3), declarando que es uno con el Señor en la que fue Su muerte y en la que fue Su resurrección (Ro. 6:4), porque Él primero se ha identificado con nosotros (Is. 53:4-5; Jn. 1:14; Flp. 2:5-11; 1Tim. 3:16). Entonces sabemos que se ha identificado con nosotros y ahora, creemos que nosotros nos identificamos con Él, como lo ha mandado. Lo que sabemos, es lo que debemos creer y define cómo debemos andar.
No obstante, debemos ser completos y decir que es posible saber y no creer. Es posible saber y no tener fe, y es por esto, que la prueba es para la fe.
LA PRUEBA Y PURIFICACIÓN DE LA FE.
Aquello que sabemos y que decimos creer, es y será probado. Aquello que hemos oído de Dios mediante Su Palabra, mediante las Escrituras, será probado en el fuego. Y esto será para purificación de la fe que tenemos. Porque nosotros mezclamos lo que sabemos con lo que sentimos (2Co. 11:3). A veces pensamos que tenemos fe, pero la verdad nos movemos por lo que sentimos. Por ejemplo, un hermano es delegado por el Señor para un servicio, sea cual sea. El hermano sirve al Señor, pero cuando está triste deja de hacerlo y le pide a otro que lo haga. Eso no es andar por la fe, es andar por lo que sentimos.
Permítanme otro ejemplo. Los hermanos que el Señor llama al ministerio de la Palabra partimos leyendo muy ligado a lo que nos agrada o cuando nos agrada. Leemos cuando tenemos ánimo, nos ocupamos cuando tenemos ánimo; pero esto no debe ser así. Tenemos una responsabilidad y la debemos asumir debido a que creemos en lo que Dios nos ha dado como responsabilidad. Pero esto no podemos comprenderlo si la prueba no viene a la fe. La prueba quema lo que no es de la fe y lo deja en evidencia. En la prueba nos damos cuenta lo emocionales que somos y, es allí, que aprendemos a caminar por lo que creemos, a permanecer en la fe, incluso cuando emocionalmente estamos mal. La purificación es la desintoxicación de aquellas cosas que no son parte de la fe verdadera.
Otro ejemplo. Viene la prueba para un cristiano nuevo, dice creer que Dios ha hecho una obra en él y que ahora mora el Espíritu de Dios en su espíritu. De pronto se encuentra rodeado del fuego de la prueba. La situación es tensa, quiere golpear a alguien y se da cuenta que aquellos deseos no se han ido, y se pregunta: “¿dónde está el Espíritu Santo que me habita?”. Sus emociones están exacerbadas y comienza a pensar: “El Señor no vive en mí”, o “no recibí el Espíritu”, o “parece que no sirvo”. Su confianza está puesta en lo que siente, pero no en la Palabra de Dios que nos dice que recibimos el Espíritu Santo por creer en Cristo Jesús como el Hijo de Dios (Jn. 7:39; Ga. 3:2; Hch. 19:2). En vez de pensar negativamente, debemos recordar lo que hemos sabido y creído, decir: “Por creer en el Hijo de Dios, Jesús el Cristo, tengo el Espíritu Santo. Amén”. Podrán notar que ejemplos como este se ven a diario.
Personalmente he visto hermanos sufriendo porque no tienen el don de lenguas, porque se les ha hecho creer que si no hablan en lenguas no tienen al Espíritu de Dios y, por ende, no están sellados; y si no están sellados, no pertenecen al Señor. Es como que cayeran de una escalera, y que cada peldaño fuera un golpe a sus creencias. Quieren ver, quieren sentir, pero la Biblia es clara, recibimos el Espíritu por haber creído de todo corazón en el Hijo. Dios nos da el Espíritu debido a nuestra fe en Su Hijo, como Sello de propiedad (Ef. 1:13-14) y debido a la exaltación de Su Hijo (Hch. 2:33). Y esto es por creerlo de corazón, no sentirlo. Es probable que recibieras otro don y no el de lenguas. Si tu fe se encuentra en la Palabra, sabrás y creerás que hablar en lenguas es un don para edificar el Cuerpo (1Co. 12) y no una evidencia de que somos hijos de Dios (Jn. 1:12); pues la Evidencia es el Espíritu mismo que nos habita y que, paulatinamente, va dando Su fruto en nosotros (Ga. 5:22; Ef. 5:9). Es por el fruto producido que somos conocidos (Mt. 7:20), no por los dones.
En conclusión, la prueba de nuestra fe se trata de la purificación de nuestra confianza y convicciones en la Palabra de Dios. Dios dejará en evidencia que hay cosas que decimos creer, pero no son más que simples opiniones, o emociones, o ilusiones, o idealismo. Para dejar lo que verdaderamente creemos y sobre eso seguir trabajando.
LA PACIENCIA COMO RESULTADO.
Para finalizar este capítulo, quisiera hacer notar que Jacobo nos señala que después de ser aprobada la fe, esta tiene como resultado la paciencia. La palabra que se tradujo aquí “paciencia” es ὑπομονήν (hypomonén) en el texto griego. Esta palabra es compuesta y proviene de hypo que quiere decir debajo, y méno, que significa permanecer; por lo tanto, literalmente quiere decir “permanecer debajo”; es decir, humillación.
Esto es necesario entenderlo y saberlo. Nuestra naturaleza humana es altiva, engreída, soberbia, arrogante. Y lo peor de todo, es que lo somos delante del Señor. Frecuentemente, en el dolor, nos paramos “de tú a tú” para con el Señor. Hablamos de Jesús como nuestro Señor, pero esto es probado. ¿Realmente entendemos lo que significa que sea nuestro Señor? En la prueba, cuando nos paramos de tú a tú con Él, queda de manifiesto que aquello no lo entendemos, solo repetimos y, por tanto, se hace necesario que conozcamos nuestra soberbia.
Entonces, a través de la prueba somos purificados, en esa purificación somos humillados, y una de las cosas que aprendemos allí, mientras estamos humillados, es a permanecer debajo de Dios. Una cosa es ser humillados y otra es que el carácter humilde de Cristo sea formado en nosotros. Primero aprendemos a humillarnos, luego se va formando el carácter humilde, esto es parte de la paciencia, de aprender a permanecer debajo.
La Palabra de Dios nos revela lo que Dios es, pero también, revela nuestra profunda corrupción. A medida que la fe va siendo probada y purificada, se nos van doblando las rodillas, para humillarnos ante Dios y caminar como Él quiere que andemos. Esto es algo que el Espíritu nos enseña y por lo que Pedro nos dice así:
“Humillaos, pues, bajo la poderosa mano de Dios, para que él os exalte cuando fuere tiempo” (1P. 5:6).
Entonces, en la prueba el Espíritu nos quiere dar la lección de la humillación, ya que nuestra naturaleza humana caída, es soberbia. ¿Cuánto nos demoraremos en aceptar esta verdad de Dios? La prueba durará lo que demoremos en aprender las lecciones. En el futuro, cuando ya comprendemos estas cosas, sabemos que mejor es humillarse para que Él nos exalte, que abrazar la soberbia para que nos humille.
Que el Señor siga hablando a nuestro corazón.
[1] Dedica un tiempo a la oración.
[2] También YHVH.
[3] Compárese, por ejemplo, Isaías 40:3 y la cita que hace de este pasaje Lucas 3:4. Hay muchos otros pasajes.
[4] Vista panorámica o general, no detallada.
[5] Génesis 17:1, véase BTX, 3ª Edición.
[6] Hechos 4 y 5.
[7] González, J., 2011. Jesucristo es el Señor. Lima, Perú: Ediciones Puma del Centro de Investigaciones y Publicaciones (CENIP), pp.61-73.
[8] Nótese cómo Hechos 3:15 le llama el “Autor de la Vida”.
