(Texto) 19. Estudio a la epístola de Jacobo – El pecado que mora en mí (4:1-10).

Vamos a continuar con el estudio y leeremos el capítulo 4, desde el versículo 1 al 10, de la epístola de Santiago. Iniciemos de inmediato. Dice así:

1 ¿De dónde vienen las guerras y los pleitos entre vosotros? ¿No es de vuestras pasiones, las cuales combaten en vuestros miembros? 2 Codiciáis, y no tenéis; matáis y ardéis de envidia, y no podéis alcanzar; combatís y lucháis, pero no tenéis lo que deseáis, porque no pedís. 3 Pedís, y no recibís, porque pedís mal, para gastar en vuestros deleites. 4 ¡Oh almas adúlteras! ¿No sabéis que la amistad del mundo es enemistad contra Dios? Cualquiera, pues, que quiera ser amigo del mundo, se constituye enemigo de Dios. 5 ¿O pensáis que la Escritura dice en vano: El Espíritu que él ha hecho morar en nosotros nos anhela celosamente? 6 Pero él da mayor gracia. Por esto dice: Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes. 7 Someteos, pues, a Dios; resistid al diablo, y huirá de vosotros. 8 Acercaos a Dios, y él se acercará a vosotros. Pecadores, limpiad las manos; y vosotros los de doble ánimo, purificad vuestros corazones. 9 Afligíos, y lamentad, y llorad. Vuestra risa se convierta en lloro, y vuestro gozo en tristeza. 10 Humillaos delante del Señor, y él os exaltará.”

CONECTANDO EL PASAJE AL CONTEXTO.

¡Qué duro pasaje acabamos de leer! Ahora bien, para entender este pasaje debemos tomarlo en el contexto general de lo que viene tratando. El capítulo anterior tratamos sobre los supuestamente “sabios y entendidos” en medio de la iglesia. Estos no eran sabios en la Palabra revelada por el Espíritu y registrada en las Escrituras, sino en la banalidad de la mente. Además, anteriormente vimos el asunto de los que se hacían a sí mismos “maestros” entre los hermanos y no tenían cuidado alguno de lo que hablaban (la lengua). Si ustedes recuerdan, ambos asuntos tratados tenían como problemática el corazón humano: envidias, celos, vanagloria, contiendas, cosas que estaban señaladas en el Texto. Pero ahora, en el 4:1-10, vemos la explicación que Jacobo da respecto a por qué escribió todas las cosas desde el capítulo 3.

El problema de los llamados a sí mismos “maestros” era lo que hablaban, lo que enseñaban a los santos y la influencia sobre ellos en el ejercicio de la enseñanza. Jacobo nos muestra el poder de las palabras, la influencia de estas en las personas que nos oyen y que nos respetan por el hecho de enseñar. Se nos habla de un barco que es llevado de un pequeño timón, haciendo un símil con el hablar y la iglesia. Lo que enseñamos forma, encamina, gobierna y esto puede ser para bien o para mal de los oyentes. Esto puede ser para un correcto viaje o para naufragar en este mundo.

Por otro lado, el problema de los así llamados “sabios y entendidos”, es que se presentaban como personas que podían enseñar a otros a vivir, en virtud de una sabiduría que no proviene de la Palabra de Dios. Personas que, probablemente, tuvieran actitudes que más tarde caracterizarían corrientes gnósticas, en el sentido arrogante de pensarse iluminados y de una sabiduría revelada que va más allá de la fe de los simples. Estos se presentaban como modelos para los demás, como expertos; no obstante, de acuerdo con lo que Jacobo sabía, no eran más que carnales que no tenían una conducta apropiada en el Señor; pues celos y contiendas eran evidentes entre ellos. Los celos entre los judíos eran comunes (Hch. 5:17; 13:45; 17:5); sin embargo, esto no es solo un problema que tenían ellos, es algo que nos afecta a nosotros también, pues es una obra de la carne (Ga. 5:19-21). El pecado habita nuestros miembros, por lo que nosotros también podemos caer en estas cosas.

Después de hablar de los problemas de la lengua de aquellos que se pretenden maestros y de reprender a los que se dicen “sabios y entendidos” entre los santos, Jacobo les muestra cosas fundamentales a tener presente.

EL PROBLEMA DEL PECADO, EL MAL EN NOSOTROS.

“¿De dónde vienen las guerras y los pleitos entre vosotros? ¿No es de vuestras pasiones, las cuales combaten en vuestros miembros?” (Stgo. 4:1).

La pregunta “¿De dónde vienen las guerras y los pleitos entre vosotros?”, nos muestra lo que estaba ocurriendo entre los judíos a los que se dirige Jacobo. En el párrafo que se refiere a los maestros, Jacobo señala el problema de la lengua y de cómo con palabras se ofendía al prójimo quien fue hecho a imagen y semejanza de Dios; al que, por cierto, se adora con la misma boca (Stgo. 3:9-10). Se presentaban a sí mismos como maestros, enseñaban sin cuidado y sin temor al juicio más estricto que aplica sobre aquellos que Dios ha dado como maestros para edificar la iglesia. Jacobo condena la dicotomía en las palabras, condena la descalificación, pues si había entre ellos guerra y pleitos, entonces, descalificar era un arma usada a traición entre ellos. De la misma manera, en el párrafo de los que se decían sabios y expertos, Jacobo relata la problemática de los celos y las contiendas (Stgo. 3:14).

Si ustedes se dan cuenta, la pregunta que estamos observando revela el porqué del capítulo 3, lo que nos muestra lo que había entre los hermanos: guerras y pleitos. La palabra desde donde se traduce “guerra” es πόλεμοι (gr. pólemoi) y se refiere a un conflicto con armas. Es evidente que no se usa de forma literal, sino que es una figura de dicción llamada hipérbole[1] que sirve para exagerar algo y hacerlo notar. Esta palabra, para referirse a conflictos verbales graves y públicos tiene su equivalente en el español: polémica.

Por otro lado, la palabra que se tradujo “pleitos” es μάχαι (gr. májai) y describe situaciones más específicas y personales. Las guerras involucraban a varios, los pleitos eran personales. No obstante, ambas cosas provenían de un mismo lugar: el corazón; y el instrumento de ataque era la lengua.

Desde el griego, la pregunta podría leerse literalmente de otra manera:

“Πόθεν πόλεμοι καὶ πόθεν μάχαι ἐν ὑμῖν;

¿De dónde las guerras y los pleitos en vosotros?”[2]

Esta lectura nos permite tener una interpretación complementaria a lo que leímos en la traducción, la que nos da a entender los problemas entre los hermanos. Ahora, con la traducción literal que acabamos de leer, nos damos cuenta de que no es solo una pregunta para juzgar las relaciones entre los hermanos, sino que para exponer de dónde nacen los problemas. Reflexionemos en esto, “¿De dónde [nacen] las guerras y pleitos en vosotros?”. Jacobo quiere hacernos entender lo mismo que el Señor nos hace reflexionar cuando leemos el llamado «Sermón del Monte». El Señor nos muestra que antes de un homicidio y antes de un adulterio, ocurre un problema en el interior del hombre, que lo lleva a enojarse contra su hermano y a codiciar la mujer de su prójimo (Mt. 5:21-30; 15:18-20).

Aquí la Palabra del Señor vuelve a revelarnos y enseñarnos antropología, mostrándonos que en nosotros mora el mal, por lo que si hay pretensiones y vienen a golpear la puerta del corazón, no es extraño, porque el pecado habita en nosotros. El problema, en definitiva, es cuando dejamos que se alojen en el corazón aquellas cosas, dándoles la bienvenida.

Por tanto, cuando Jacobo hace la pregunta, es para hacernos reflexionar en el de dónde provienen estas cosas. ¿De dónde provienen las guerras y los pleitos entre nosotros? La respuesta es inmediata:

“¿No es de vuestras pasiones, las cuales combaten en vuestros miembros?” (Stgo. 4:1b).

Como verán, la pregunta trae consigo la respuesta. Jacobo está tocando ahora lo que debemos saber de nosotros mismos y que Pablo nos enseña en Romanos 7:18 al 20, diciendo:

 “18 Y yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien; porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo. 19 Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago. 20 Y si hago lo que no quiero, ya no lo hago yo, sino el pecado que mora en mí.”

LO QUE SOMOS EN NUESTRA CARNE.

Esto es antropología bíblica. Y demanda que consideremos aquello que Dios quiere que sepamos y que es una de las razones por las que somos llevados al desierto: el conocernos. El hombre después de comer del fruto de la ciencia del bien y del mal (Gn. 3), otorgó entrada al pecado en su naturaleza y, cuando entró el pecado, entró la muerte,  pasando a todos los hombres (Ro. 5:12). El hombre se volvió un ser caído, su naturaleza se volvió caída, el pecado comenzó a gobernarlo desde adentro.

El pecado comenzó a morar en el hombre, y como tal, se volvió pecador; y esto no ocurre por los actos que comete, sino por la naturaleza pecaminosa que tiene ahora que el pecado habita en él. Una cosa son las obras pecaminosas, otra es el pecado morando en la naturaleza del hombre. Las obras pecaminosas no hacen al hombre un pecador, sino que demuestran que en la naturaleza del hombre mora el pecado.

Todos los engendrados por varón, todos nosotros, somos pecadores; y esto, independiente de nuestros actos condenables. Una persona que yace en una cama sin poder moverse y que no puede ejecutar pecados con su cuerpo, es de igual manera un pecador: un pecador pasivo. Ser pecador no tiene que ver con las obras que hacemos, sino con la naturaleza que tenemos, la cual, es pecaminosa; y esto, es por el pecado que mora en nosotros.

Respecto a esto, el hombre tiene de sí mismo un pensamiento muy distinto; él piensa que es bueno, piensa que es justo, piensa que el problema es la sociedad, el entorno, el proceso evolutivo de animal a hombre y/o la falta de educación. Sin embargo, la Biblia no enseña que somos pecadores y culpables, necesitamos ayuda de Dios, Su salvación y redención. Necesitamos justificación y santificación.

El ser humano tiene buenas intenciones, pero sus resultados son malos.  Quiere hacer el bien pero no puede permanecer en el bien, porque su corazón va de continuo al mal. Piense usted en las ideologías políticas, estas tienen buenas intenciones, pero siempre los resultados son poco satisfactorios para las gentes. Siempre hay algunos que buscan lo suyo propio y que usan la política para enriquecerse. Piensen en el comunismo, por ejemplo, este –a grandes rasgos– plantea el deseo de igualdad social, dice que los medios de producción son propiedad de los trabajadores y que ningún trabajador tendrá necesidades económicas ni financieras. Esa es la teoría. Ahora busque dónde sus ideas funcionaron y en donde el pueblo fue igual de rico que sus líderes políticos. Buenas intenciones, malos resultados, todo debido a que el hombre es malo, es pecador. Y peor es cuando sus ideologías se separan totalmente de Dios, de Su Palabra y niegan Su existencia.

Ahora, el pecado es algo que al hombre le da placer, aunque lo daña. En cuanto a esto, Jacobo les dice a los hermanos que, el lugar desde donde provienen las guerras y los pleitos es “de vuestras pasiones, las cuales combaten en vuestros miembros”. La palabra que se tradujo aquí como “pasiones”, en el griego es ἡδονῶν (gr. hedonôn) que se usaba para definir el placer de los sentidos y, originalmente, se refería a algo dulce al paladar. Algunos expertos traducen esta palabra como “placeres”.

Considerando el contexto, Jacobo nos muestra que las guerras y pleitos entre los que supuestamente eran hermanos[3], provenían desde sus miembros, es decir, del pecado que moraba en ellos. Y esta naturaleza es la que los llevaba a tener propósitos egoístas que ellos buscaban satisfacer. El objetivo de ellos se volvió satisfacer aquellos placeres o pasiones que provenían de “sus propios vientres” (Ro. 16:18). La ambición, la rebelión, la egolatría, la envidia, los conflictos, y cosas semejantes que ocurrían entre ellos, provenían de sus miembros, de una naturaleza pecaminosa que les demandaba obedecer, aunque ellos en Cristo ya no eran esclavos (Ro. 6:11-13).

La principal de las pasiones que batallaba entre ellos era la arrogancia, el deseo megalómano que caracteriza a Satanás: querer ser el mayor, ser un dios, semejante a Dios. El pecado tiene esa principal característica, que es la marca de Satanás en la naturaleza humana, la que corrompió en la caída la imagen de Dios que poseía (cp. Gn. 1:26-27; 5:1-2). Su característica principal es querer ser un dios, ponerse en el centro, ocupar el lugar del Altísimo. Eso era lo que estaba ocurriendo entre los destinatarios de la epístola. Ellos tomaban el lugar de maestros para gobernar sobre las almas de otros; porque la elocuencia, el manejo de las palabras, el decirle a los demás que se tiene una revelación que el resto no tiene, es característico de aquel que manipula a sus oyentes. Jacobo sabía de la influencia de las palabras y de la importancia del ministerio de la Palabra entre los santos. De igual manera, sabía que hay algunos entre los mismos santos que batallan contra los deseos carnales, empujados por sus pasiones caídas a buscar un lugar de preeminencia entre los demás a través de la participación en el ministerio de la Palabra. Personas que buscan ejercer la autoridad de maestros sobre el resto por placer carnal y personal. Para esto están dispuestos a levantarse unos contra otros, difamándose, quejándose, compitiendo, mintiendo incluso. Todo por ese deseo pecaminoso de pertenecer a una élite en un sistema piramidal que nace de la naturaleza pecaminosa de los hombres. Jacobo les muestra que aquellas pasiones, aquellos deseos, esas pretensiones eran carnales:

“Codiciáis, y no tenéis; matáis y ardéis de envidia, y no podéis alcanzar; combatís y lucháis, pero no tenéis lo que deseáis, porque no pedís.”(Stgo. 4:2).

Codicia, escasez, muerte, envidia y peleas, eran cosas que ocurrían entre ellos. Querían tener algo, un lugar, pero no lograban alcanzar lo que deseaban, porque en vez de pedirlo, buscarlo en el Señor y para el Señor, querían lograrlo para y por ellos mismos. La palabra que aquí se tradujo  “codiciáis” aparece en el griego como ἐπιθυμεῖτε (gr. epidsumeîte) y quiere decir que tenían un deseo incontrolable por algo.  Lo deseaban de una forma enfermiza y no lo tenían. Y por aquello ardían de envidia y estaban dispuestos incluso a matar. Es evidente que esto se dice a modo de hipérbole, no obstante, la ambición de una persona que se ha entregado a sus pretensiones lo puede cegar, llevándolo a aborrecer a sus hermanos, lo cual Juan nos dice que es homicidio (1Jn. 3:15). Así que, lo que deseaban con locura y carnalmente, no lo tenían; no lo alcanzaban ni por sus propios medios y, aunque lo pidieran a Dios, tampoco lo tendrían, porque sus intenciones eran malas.

EGOCENTRISMO O CRISTOCENTRISMO.

Entonces Jacobo les muestra:

“Pedís, y no recibís, porque pedís mal, para gastar en vuestros deleites.”(Stgo. 4:3).

Aquí se muestran las malas intenciones con las que se decían ser maestros, sabios y expertos. Lo hacían en busca de deleites personales, lo hacían buscando su propia satisfacción, querían hacerse ‘dioses’ entre los hermanos, eran nicolaítas, en el sentido de querer dominar sobre el pueblo. Desde aquí podemos ver un principio importante. Ya hemos dicho muchas veces que no somos el centro del universo. Pero usted no va a entender cuan profundo es esto si el Señor no lo ha llevado al desierto, para mostrarle lo egocéntrico que es y cómo su alma se encuentra deformada por causa de la caída.

Después de la caída del hombre, este se volvió egocéntrico, ya que Satanás imprimió su imagen distorsionada en el ser humano, corrompiendo la imagen original que le había sido otorgada. El hombre se vio a sí mismo como semejante al Altísimo, apareciendo el ‘yo’ emancipado de su Creador. Desde aquí nacen el egocentrismo, el humanismo y todo aquello que deifica al hombre y sus sistemas. Se pone al hombre en el centro del universo. Siendo una criatura contingente, se comporta como si todo girara a su alrededor. Incluso para aquellos que se llaman cristianos-humanistas, Dios gira alrededor del hombre. Dios existe y vive para el hombre. Dios es feliz si el hombre es feliz. Pero la revelación bíblica nos muestra que esto no es así. El hombre le compró el cuento a Satanás y se ha unido a él queriendo ocupar el lugar de Dios, haciéndose semejante al Altísimo.

Esto es tan real y serio que es la razón más frecuente de las crisis matrimoniales. Uno cuando es soltero va donde quiere, se compra lo que quiere y vive como quiere; pero cuando se casa, ya no puede pensar ‘¿qué quiero yo?’, sino que ahora debe pensar ‘¿qué queremos nosotros?’. Pero esto no es posible sin conocernos y, aun conociéndonos, caemos muchas veces en esto, pues es un conocerse progresivo y con la ayuda paciente del Señor. Solo así entiendes por qué se enojó tu esposa cuando compraste eso que te gustó sólo a ti, o por qué se enojó cuando llegaste tarde sin avisar a nadie, entre otros enojos. Este egoísmo vive en nosotros, en nuestros miembros, es nuestra naturaleza pecaminosa y egoísta.

¿Saben ustedes cuál es la salida de Dios para nosotros respecto al egoísmo? La cruz. Nada más que la cruz. Si tú quieres caminar como Dios quiere que camines, si quieres ser discípulo de Cristo, entonces necesitas aprender el significado de la cruz que se nos manda a cargar.  En Mateo 16:24 se nos dice:

“Entonces Jesús dijo a sus discípulos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz, y sígame.”

Si alguno quiere seguir al Señor, hacer Su voluntad, necesita tomar su propia cruz. No es la cruz del Señor, esa la tomó Él hace más de 2.000 años. Esta cruz es personal, es cuando asumes que eres culpable de cargar con el pecado y que mereces morir, porque efectivamente en ti hay una inclinación natural al mal. Dicho de otra manera, te vuelves un convicto de pecado, desconfías de ti mismo y sabes que de ninguna manera se te está calumniando. En ti, así como en mí, hay una inclinación hacia el mal, hacia la rebelión, por lo tanto asumes que mereces morir y que todo lo que nos enseña Su Palabra es verdad, no es una calumnia. Entiendes que a la puerta de tu corazón siempre viene la tentación, porque somos pecadores por naturaleza.

Asumiendo esto, te niegas a vivir tu propia vida egoísta y caída, desconfías de ti mismo, te niegas a vivir para ti mismo, y asumes el costo de vivir para otro. Ya no quieres vivir para ti, reconoces tus pasiones pecaminosas, las pretensiones carnales y te niegas a satisfacerlas. Te dices a ti mismo ‘no’, y no solo lo decides, sino que lo asumes, lo reconoces, lo sufres y no lo haces, sabiendo que ahora vives para otro. Cuando tú decides y asumes esto, el Espíritu Santo te dará la energía para andar en esta decisión. Por ejemplo, decides y asumes que no pedirás algo para ti, para deleites personales, sino que ahora pedirás para otro, para la gloria de otro, para el deleite de otro, el cual es Cristo. ¿Te das cuenta?

¡Este es el principio que aprendemos de Jacobo! Pedimos y no recibimos, porque pedimos para nosotros mismos. Alguno de ellos podría haber estado pidiendo a Dios ser maestro, ser sabio, ser experto, y no se le respondía. ¿Por qué? Porque ellos eran el centro, pedían para ellos, para ser el mayor entre los hermanos y pertenecer a la élite; pero no para la obra y gloria de Dios. Solo buscaban gloria personal, no que el Señor fuera conocido.

DE ÉL, POR ÉL Y PARA ÉL.

Mis hermanos, miren lo que Romanos 11:36 dice:

“Porque de él, y por él, y para él, son todas las cosas. A él sea la gloria por los siglos. Amén.”

¿Quién es éste “Él”? Es Dios. Todo es de Él, todo es por Él y todo es para Él. El objetivo, la razón por la que se piden las cosas, es el errado. ¡Cuántos ejemplos podemos tener de esto! Quiero que mis hijos se conviertan, la pregunta es, ¿para qué? Y muchas veces la verdadera respuesta en nuestro corazón es: ‘para estar tranquilo’, ‘para que no se vayan al infierno, no quisiera sufrir por ellos’, ‘para que los hermanos no hablen de mí’. Pero la respuesta desde el corazón debería ser: ‘para la gloria de Dios’, ‘porque faltan obreros en su obra’. Deberíamos examinar el para qué de nuestras peticiones.

Oramos porque queremos que nuestros hijos sean profesionales, ¿y para qué? Oramos porque queremos que el Señor nos otorgue gracia para predicar, ¿y para qué? Oramos porque queremos que el Señor nos otorgue dones de sanidades, ¿y para qué? Oramos porque queremos que el Señor traiga gente a las reuniones, ¿y para qué? Ojo, no estoy diciendo que no oremos por estas cosas, sino que juzguemos nuestros corazones y seamos honestos en identificar cuántas cosas son por causa de nosotros mismos y no por el Señor. Identificando esto, podemos pedir perdón y cambiar el rumbo de nuestras peticiones para que sean respondidas. Pero lo primero, es reconocer voluntariamente que somos culpables y que merecemos la muerte: eso es la cruz. Reconociendo esto, identificando nuestro problema, podremos negarnos a los ofrecimientos que provienen de nuestra naturaleza caída y, así, seguir al Señor.

Permítanme contarles una historia notable de una hermana morava[4].

Esta hermana tenía tres hijos, y su anhelo era que cada uno amara al Señor y le sirviera. Por eso comenzó orando por su hijo mayor: “Señor, te pido que mi hijo te ame y te sirva en tus misiones”.

Pasó un tiempo y un día su hijo le dijo: “Madre, quiero servir al Señor en Sus misiones”. Ella, llena de gozo, lo entregó al Señor y, al tiempo, él partió.

Meses después recibió la triste noticia de que su hijo había muerto sirviendo al Señor. Al enterarse, fue nuevamente a orar y dijo: “Señor, te ruego que me concedas que mi segundo hijo te ame y te sirva en tus misiones, como lo hacía su hermano, tu siervo”.

No pasó mucho tiempo antes de que su segundo hijo se acercara y le contara que quería servir al Señor en Sus misiones, tal como su hermano mayor. Ella se regocijó, oró por él y lo encomendó al Señor. Cuando llegó el tiempo señalado por Dios, él también partió a servir a Cristo en las misiones evangelísticas.

Un día llegaron unos hermanos con noticias acerca de su segundo hijo: al igual que su hermano mayor, había dado su vida sirviendo al Señor. La hermana fue inmediatamente a su cuarto y oró: “Señor, te suplico que me concedas que mi hijo menor, al igual que sus hermanos, te ame y te sirva en tu obra”.

Con el paso del tiempo, su hijo menor fue enamorándose del Señor y, siendo ya mayor, tomó la decisión de servirle como sus hermanos. Fue donde su madre y se lo contó. Ella, orando por él, lo encomendó a su Señor.

Llegó el día en que él partió a servir. Pasó mucho tiempo lejos, hasta que un día le trajeron la noticia de que su tercer hijo también había partido a la presencia del Señor mientras le servía.

Entonces aquella hermana se puso de rodillas y, llorando, oró diciendo:

“¡Oh, Señor! Perdóname por no tener más hijos para darte”.

Cada vez que recuerdo esta historia me doy cuenta lo que es vivir cristocéntricamente. Entiendo qué significa realmente decir que Jesucristo es nuestro Señor. Y me doy cuenta cómo hemos de pedir. Espero que a usted le pase lo mismo. Que el Señor nos ayude a ponerlo en el centro, vivir y pedir para Él. Que nos ayude a no vivir y pedir para nosotros mismos. Que nos ayude a pensar distinto: ¿Qué quieres, Señor, de mis hijos? ¿Qué quieres, Señor, que yo estudie para el beneficio de tu obra y gloria? Señor, tu casa necesita obreros, considera a mis hijos, considérame a mí, será un honor servirte. Señor, dame hijos para criarlos para tu gloria y servicio, para que tu casa siempre tenga provisión y una descendencia que ame y sirva en tu Presencia. Señor, otórgueme un trabajo para que no falte en tu casa alimento, para mostrar tu generosidad a los hombres. Señor, sáneme para tu servicio, como lo hizo con la suegra de Pedro. Señor, usa a tu iglesia para que los impíos vean la gloria de Dios, para que no hablen mal de tu Nombre. En resumen, que todo sea para el Señor.

ALMAS ADÚLTERAS.

No obstante, estos hombres a quienes Jacobo escribía solo buscaban sus propios beneficios, por lo que les reprende diciendo:

“¡Oh almas adúlteras! ¿No sabéis que la amistad del mundo es enemistad contra Dios? Cualquiera, pues, que quiera ser amigo del mundo, se constituye enemigo de Dios.” (Stgo. 4:4).

¿Por qué adúlteros? Creo que podríamos interpretar esto de dos maneras: la primera es que estos hombres no eran fieles al Señor, sino que sus almas se encontraban amando y sirviendo a otro esposo. En sus corazones no era el Señor el amado, sino que se amaban a sí mismos. En este sentido, su infidelidad como siervos e hijos de Dios los hacía “almas adúlteras”.

La segunda forma de interpretar esto, es que ellos estaban codiciando la mujer de otro, me refiero a la iglesia. La iglesia es la novia de Cristo, la que ganó con Su propia sangre (Hch. 20:28). En este sentido ellos eran “almas adúlteras”, por codiciar a la iglesia de Cristo para ellos. Sea como sea, ellos tenían sus pretensiones en aquel lugar central que le corresponde al Señor y todo lo hacían con la energía de sus pretensiones.

Después nos encontramos con una pregunta que pareciera fuera de lugar. Jacobo les habla acerca de la amistad del mundo y la enemistad con Dios. ¿De qué manera podría relacionarse esto con lo de “almas adúlteras”?

El adulterio en las Escrituras no solo se menciona con relación al matrimonio, sino también en la infidelidad del pueblo de la alianza para con Dios. Es cosa de leer el libro de Oseas,  Jeremías 3:8-9, Ezequiel 16 y 23, para notar esto, razón por la cual interpretamos de dos maneras la expresión en el párrafo anterior.

En relación con Dios, no podemos interpretar la alianza como una relación matrimonial literal, como la que tiene el varón con la mujer y la procreación que proviene de esta unión. El Espíritu Santo usa ese símil para referirse a la alianza, al pacto, a la relación filial y, muy importante, a la autoridad de Dios sobre Su pueblo, semejante a la que un esposo tiene en relación con su esposa. En resumen, se trata de autoridad y gobierno, algo que en cuanto al matrimonio destacó Pedro respecto a Sara y Abraham (1P. 3:5-7). Entonces, la relación que existe es que tanto en el matrimonio como en el mundo se ejerce autoridad y se gobierna. Dios es la cabeza de Cristo y Cristo la cabeza del varón, quien a su vez es la cabeza de la mujer (1Cor. 11:3), algo que Pablo enseña y tiene relación a la autoridad.

Con todo esto, entendemos entonces que las “almas adúlteras”, lo eran porque querían suplantar el lugar de Dios, codiciando la autoridad y gobierno que el Señor tiene sobre la iglesia. Estos querían gobernar sobre los demás y la forma de hacerlo no era según Cristo, sino de acuerdo con el mundo. Estos hombres querían imponer un gobierno carnal que no provenía del régimen del Espíritu. ¿Y cómo es este tipo de gobierno mundano?  El Señor Jesús nos mostró esto claramente, veamos:

25 Entonces Jesús, llamándolos, dijo: Sabéis que los gobernantes de las naciones se enseñorean de ellas, y los que son grandes ejercen sobre ellas potestad. 26 Mas entre vosotros no será así, sino que el que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor, 27 y el que quiera ser el primero entre vosotros será vuestro siervo” (Mt. 20:25-27).

Como verán, la autoridad en la iglesia se ejerce a través del servicio, no del servirse de los demás o de pertenecer a una elite particular. Lo que estos hombres querían establecer era una autoridad y gobierno de orden político-religioso y piramidal, como todos los reinos y religiones del mundo que ellos conocían. Incluso entre los judíos la religión y culto levítico que fue establecido por Dios fue corrompido en un orden político-religioso y piramidal, estableciendo una élite o casta sacerdotal que se presentaba como superior a los demás. Los judíos cayeron en la carnalidad de un gobierno piramidal y de casta, que se sirve de los demás, que abusa del pueblo, que esclaviza las almas, que aleja a Dios de los hombres y restringe el conocimiento a una élite particular. En vez de llevar a las gentes a caminar correctamente con el Creador, se corrompieron. Es cosa de leer la profecía de Malaquías.

Jacobo les muestra a estos hombres que esto es amar el mundo, es tener el sistema del mundo en el corazón, que busca el beneficio humano y egoísta, pero no la gloria de Dios. Por el contrario, buscan ocupar el lugar de Dios. Tanto en lo secular como en lo religioso esto es así, a modo de ejemplo reciente, es cosa de leer la historia sobre los movimientos nacionalsocialista, marxista-leninista y fascista. Estos, aunque se declaraban ateos, científicos, materialistas, no pudieron contra su propia naturaleza y en vez de erradicar la espiritualidad y la religión, se convirtieron en una religión secular del hombre. Sus líderes y próceres eran considerados profetas, mesías y semidioses. Se les atribuía un conocimiento superior, una revelación que los otros no tenían, porque –por la Palabra de Dios entendemos– el espíritu de este siglo los inspiraba (Ef. 2:1-10), el cual se caracteriza por negar la Palabra de Dios y la encarnación concreta de Cristo desde el principio (1Jn. 4:1-3).

El ser humano es integral, no puede desvincular su parte material de la inmaterial, lo secular de lo religioso; sino que en todo actuará integralmente, aunque se diga lo contrario. Por tanto, aquellas actitudes gnósticas para buscar estar sobre el resto y gobernar por causa de la retórica y las pseudo-revelaciones, afectan al hombre en toda área de su vida, en toda institución que se levante, en todo sistema que se implemente, secular o religioso, material o espiritual. Y en el contexto que estamos estudiando, era evidente que estaba ocurriendo.

Cuando las iglesias tienen otra cosa u otra persona que no sea Dios en el centro, entonces andan y aman a un sistema característico del mundo. Que se ha visto desde la caída del hombre. Vivir de esta manera hace que los hombres vivan como enemigos de Dios. No les importa Dios, solo se importan ellos mismos, sus intereses y sus necesidades. Su corazón no es de Dios. Cristianos así son considerados infieles, adúlteros de corazón, que viven como el mundo y tienen a Dios por enemigo. Que son amigos del mundo en cuanto a su sistema y enemigos de Dios en cuanto a lo establecido en Su Palabra.

CULPANDO AL ESPÍRITU POR LAS CONCUPISCENCIAS.

Sin embargo, el hombre se desconoce de tal manera que incluso es capaz de culpar a Dios por aquellas cosas que siente y pretende. Luego de leer el versículo que sigue, les contaré algo interesante:

“¿O pensáis que la Escritura dice en vano: El Espíritu que él ha hecho morar en nosotros nos anhela celosamente?”(Stgo. 4:5).

Esta pregunta es de las más difíciles de interpretar en esta epístola, debido a que no se encuentra un pasaje en el Antiguo Testamento que diga lo que parece citar Jacobo (Carballosa, 2004, pp. 188-191). Algunos dicen que está haciendo una paráfrasis de varios textos, lo cual es muy posible; no obstante, hay otra interpretación que el hermano Delcio Meireles, citando a B. Phillips, escribe:

“¿O ustedes hallan que lo que las Escrituras dicen sobre eso, es simple formalidad? ¿Ustedes imaginan que ese espíritu de violenta envidia es el Espíritu que Él hizo morar en nosotros?” (Meireles, 2015, p. 67). 

Me parece muy probable que esta sea la interpretación correcta. Que estos hombres culparan al Espíritu Santo de lo que sentían, de esas envidias enfermizas. Como si el deseo ardiente que los empujaba a semejantes pretensiones de poder, fuera el Espíritu de Dios.

Mis hermanos, se ha sabido de personas que, adulterando, han llegado a decir que era la voluntad de Dios ese ‘amor’ que estaban sintiendo por su amante y que nunca debieron haberse casado con su esposa. ¿Cómo es que llegan a decir semejantes disparates? Porque no se conocen, ni menos conocen su naturaleza pecaminosa. Como vimos en capítulos anteriores, el ser humano es capaz de culpar a Dios, con tal de justificar su pecado.

Sea lo que sea, corresponde señalar que existen estas tres posturas exegéticas respecto a este pasaje:

  • El Espíritu Santo nos cela.
  • El espíritu humano tiende a la envidia.
  • Paráfrasis de múltiples textos del Antiguo Testamento.

Sin embargo, creo plausible la interpretación de Phillips al señalar que hay algunos que culpan al Espíritu Santo de sus malos deseos, atribuyéndole al Espíritu sus pretensiones carnales, por desconocer a Dios. Esto es algo que Jacobo –de alguna manera– ya mencionó anteriormente, permítanme recordarlo:

“Cuando alguno es tentado, no diga que es tentado de parte de Dios; porque Dios no puede ser tentado por el mal, ni él tienta a nadie”(Stgo. 1:13).

EL LLAMADO AL ARREPENTIMIENTO.

Ante semejante necedad, Jacobo llama a los que el Espíritu Santo ilumine, a humillarse delante del Señor. El llamado es al arrepentimiento, a dejar la soberbia diabólica de querer ser semejante al Altísimo. Debían arrepentirse de aquellas pretensiones que habían abrazado. Dejar esas mentiras que estaban siguiendo. Debían avergonzarse de aquellas pasiones carnales que buscaban satisfacer de cualquier forma con tal de lograr ser parte de una élite o la cabeza de esta.  Si habían comprendido todo esto, entonces debían humillarse y el Señor les daría en Su tiempo la gracia que Él quisiera. Por eso les dice: 

“Pero él da mayor gracia. Por esto dice: Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes.” (Stgo. 4:6).

O sea, el Señor siempre está dispuesto a conceder Su favor a quién se humille, se arrepienta y se entregue a Él. Noten ustedes que no se desconoce la realidad de la tentación, el Señor sabe a lo que nos enfrentamos y cómo somos tentados en nuestros corazones. El problema es no venir humillados a rogar Su ayuda, confesándole lo que estamos sintiendo, sino que en su lugar, abrazar la soberbia y oponernos al Señor.

La palabra “resiste” es ἀντιτάσσεται (gr. antitássetai) y puede traducirse como “está oponiéndose”. El que Dios nos resista significa que se opone a nosotros. Nadie querría tener a Dios en su contra, sería una locura. Pero esa locura es la de aquel que se deja llevar por los deseos carnales.

En vez de que Dios nos resista por causa de la soberbia, mejor humillémonos, confesándole al Señor lo que pasa en nuestro corazón. Esto es parte del camino de la cruz, que viene a ser la forma en que el Señor nos ayuda, la forma en que verdaderamente nos podemos acercar al trono de la gracia y que, sobre todo, hace que Dios se acerque a nosotros, en vez de oponerse a nosotros.

Es mejor que nosotros resistamos al diablo, sometiéndonos y humillándonos a Dios; a que Dios nos resista a nosotros por causa de la soberbia. La soberbia hace que Dios se oponga a nosotros, pero nuestra humillación hace que Dios se acerque a nosotros. Jacobo señala:

7 Someteos, pues, a Dios; resistid al diablo, y huirá de vosotros. 8 Acercaos a Dios, y él se acercará a vosotros.” (Stgo. 4:7-8).

Mis hermanos, debemos humillarnos ante la presencia de Dios, negarnos a lo que nos tienta y atrae. Resistir al diablo que viene alterar la realidad, y que pretende mostrarnos que tenemos derecho a ser felices, o a exacerbar nuestras emociones, o a tocar la fibra del narcicismo.

La palabra que se usó para señalar “resistid al diablo”, es distinta a la oposición del Señor que antes señalamos. El griego dice ἀντίστητε (gr. antístete) y se puede traducir “póngase de pie en contra”. Humillarnos delante del Señor, nos pone en pie en contra del diablo y el pecado habitante. Por tanto, al humillarnos delante de Dios nos estamos parando delante del diablo, para decirle que solo Dios es digno de ser el Altísimo, y que cualquier cosa en la que Él quiera que le sirvamos será un honor. También significa que no aceptamos aquellos ofrecimientos diabólicos y seductores que vienen a nosotros mostrándonos la fama, los reinos del mundo, el servirse de los demás, el dinero y toda cosa con la que seduce a los hombres. Porque es mejor ser pequeños delante de Dios, que grandes delante de los hombres y del diablo.

Que el Señor nos ayude a entender que nosotros somos nada, y nos libre de comprarle el cuento al diablo de que ‘seremos como Dios’. Que el Señor nos permita juzgar nuestros pensamientos e intenciones, estar conscientes del mal que mora en nosotros. Que nos permita someternos al Señor entendiendo que Él es el centro, que para Él son todas las cosas, incluyéndonos.

El diablo lo intentará, la tentación vendrá, pero si tenemos las cosas claras, aceptando la verdad de Dios, entonces el camino de la humillación y confesión delante del Señor será la forma en que se nos rescatará. Aprendamos a orar, diciendo: “Padre nuestro, hay en mí pretensiones, deseos diabólicos que me seducen, pero ayúdeme para no deshonrarlo. No quiero dejar entrar a mi corazón estos deseos, mi corazón le pertenece a Cristo”, entonces el Señor nos socorrerá. Si reconocemos lo que pasa y humillados a Sus pies pedimos ayuda, el Señor nos ayudará por Su Espíritu. De esa manera debemos acercarnos a Dios y Él se acercará a nosotros. Así que: 

8[…] Pecadores, limpiad las manos y vosotros los de doble ánimo, purificad vuestros corazones. 9 Afligíos, y lamentad, y llorad. Vuestra risa se convierta en lloro, y vuestro gozo en tristeza. 10 Humillaos delante del Señor, y él os exaltará.” (Stgo. 4:8b-10, corchetes añadidos por el autor).

La verdad nos hace libres (Jn. 8:32), y miren ustedes cómo el Espíritu Santo confronta con verdad. Llama a los lectores “Pecadores” y “de doble ánimo”. Anteriormente los llamó “almas adúlteras”. Todas esas palabras son duras, duelen, pero la forma en que se reciben dejará en evidencia si se abraza la soberbia o la humillación. Para que se tenga un ejemplo de esto, les recordaré lo que se nos dice en Mateo 5:21-28, donde se nos habla de una mujer cananea. Ella rogó al Señor el socorro y el Señor le respondió de una manera que podríamos catalogar de dura:

“Respondiendo él, dijo: No está bien tomar el pan de los hijos, y echarlo a los perrillos.” (v. 26).

La mujer vino desesperada a los pies del Señor y Él le respondió que no estaba bien darle el pan de los hijos a los perrillos. En esa frase los hijos son “las ovejas perdidas de la casa de Israel” (v. 24) y “los perrillos” son los gentiles como ella. Obviamente el Señor quería darnos una lección con todo esto. Lección que vendría de aquella mujer que en vez de ofenderse y marcharse enojada, se humilló y dijo:

“Y ella dijo: Sí, Señor; pero aun los perrillos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos.”

Cuando el Señor la escuchó se conmovió y celebró su gran fe, concediéndole su petición. ¿Saben por qué? Porque Dios es misericordioso, es mejor humillarnos aceptando la verdad y arrepentirnos de lo que trae mala conciencia; que enojarnos frustrados, pensando que somos ‘buenos’ y que meremos algo de Dios.

Que el Señor abra nuestro corazón, para que podamos ver la profunda caída de nuestra naturaleza y en vez de abrazar la arrogancia, podamos humillarnos delante de Dios, porque mejor es estar a Sus pies que sentarnos en el trono de Satanás.


[1] Figura retórica de pensamiento que consiste en aumentar de forma exagerada lo que se dice.

[2] Lacueva, F. (1984). Nuevo Testamento Interlineal Griego-Español. Barcelona: Editorial CLIE.

[3] Digo “supuestamente” debido a que hay algunos que dudan que semejante carta fuera escrita a cristianos que volvieron a nacer. Pero, considerando 1ª de Corintios es probable que sí lo fueran.

[4] Comunidad conocida también como Unitas Fratum o los Hermanos de Bohemia o simplemente Moravos.