(Texto) 18. Estudio a la epístola de Jacobo – La Sabiduría de lo alto y la sabiduría humana (3:13-18).

Continuamos en el estudio de la epístola de Jacobo, el hermano del Señor. Vamos a iniciar leyendo el capítulo 3, desde el versículo 13 al 18,  que dice así:

13 ¿Quién es sabio y entendido entre vosotros? Muestre por la buena conducta sus obras en sabia mansedumbre. 14 Pero si tenéis celos amargos y contención en vuestro corazón, no os jactéis, ni mintáis contra la verdad; 15 porque esta sabiduría no es la que desciende de lo alto, sino terrenal, animal, diabólica. 16 Porque donde hay celos y contención, allí hay perturbación y toda obra perversa. 17 Pero la sabiduría que es de lo alto es primeramente pura, después pacífica, amable, benigna, llena de misericordia y de buenos frutos, sin incertidumbre ni hipocresía. 18 Y el fruto de justicia se siembra en paz para aquellos que hacen la paz.”

Anteriormente, Jacobo escribió sobre aquellos que se presentaban entre los hermanos como maestros. Y es probable –por el contexto– que estuviera preocupado por aquellos que no tenían temor del Señor al enseñar a los santos. El hermano del Señor viene hablando de “la lengua” y entendemos que se refiere al hablar humano, a las palabras que, según se nos muestra, sirven para mover, sujetar y gobernar a los que oyen; pues, de la manera que lo hace un pequeño timón en un gran barco, o un freno pequeño en la boca de un gran caballo, de esa manera la lengua mueve masas, mueve gente, para bien o para mal, para encaminar correctamente o para llevar al hombre al naufragio.

UNA NECESARIA DIGRESIÓN SOBRE LAS IDEAS.

Creo necesario señalar aquí la importancia que tienen las palabras entre los hombres y cómo estas afectan al ser humano en general, no solo a los cristianos. El hablar es lo que caracteriza la divulgación de ideas, lo que se encuentra vinculado a las palabras. A través de estas se han divulgado y establecido cosmovisiones, filosofías, religiones e ideologías de todo tipo, las que han beneficiado o perjudicado a naciones enteras, afectando la vida de millones de personas. Y todo esto ha iniciado en el discurso y hablar de líderes elocuentes, que con su pequeña lengua han incendiado bosques enteros. Si se me permite mencionar dos ejemplos, hoy en día tenemos dos grandes corrientes dominantes batallando en América y queriendo establecer un paradigma internacional: la cosmovisión judeocristiana y la materialista.

La cosmovisión judeocristiana proviene de la influencia de la Palabra de Dios que ha sido la base del paradigma occidental. Como cristianos no debemos desconocer que esta cosmovisión no solo es la base de instituciones religiosas ligadas al judaísmo y al cristianismo, sino que la discernimos incluso en instituciones públicas que han sido producto de la gestión política. Es decir que las enseñanzas cristianas a lo largo de la historia han sido influyentes en la forma de vivir de las comunidades donde las iglesias locales fueron divulgando sus enseñanzas y viviendo su fe.

De las iglesias surgieron cristianos intelectuales, no solo espirituales, que influyeron más allá de las paredes de los templos. Estos, a través de sus ideas y convicciones, permearon a la sociedad en temas de opinión pública, legislativos y políticos. En síntesis, la visión judeocristiana sobre Dios, sobre el origen de la vida, el propósito de la existencia humana, la justicia, la familia, las artes, la cultura, lo científico, lo económico, lo antropológico, lo político, lo social, entre otras cosas, vino a ser relevante en la forma de vivir que adoptó la gente que vivía en las comunidades donde la iglesia local se desenvolvía.

Por otro lado tenemos el materialismo, desde donde provienen diversas corrientes seculares modernas y posmodernas que se levantan contra todo lo que la Palabra de Dios ha influenciado en la sociedad occidental. Tenemos entre estas corrientes el nihilismo, naturalismo ateo, darwinismo, comunismo, marxismo, socialismo, wokismo, entre otras ideologías que han presentado una visión del universo, del ser humano, de la religión, de la sociedad, de la economía y de la política, totalmente contrarias al paradigma judeocristiano. Por mencionar algo, el materialismo filosófico marxista presenta una visión naturalista del universo, donde no hay Dios ni dioses creadores, no existen espíritus y ángeles, ni tampoco paraíso, ni juicio después de la muerte. También presenta una visión darwiniana del ser humano, donde el hombre es un animal en evolución, necesitado de educación para hacerlo más humano, de esta manera el pecado es solo una doctrina religiosa que intenta explicar el instinto animal del hombre, desde donde comete actos que catalogamos de malos», pero que solo son por causa de la falta de evolución. Por lo tanto, para los partidarios de esta cosmovisión, no hay Palabra de Dios revelada, sino que todo gira alrededor del hombre y del conocimiento que este va obteniendo progresivamente de la ciencia materialista y naturalista.

Estas dos corrientes son cosmovisiones que se oponen entre sí, contrarias en su visión del ser humano y en todo lo que la vida humana desarrolla y legisla. Si el cristiano pone atención al desenlace histórico de lo que relata la Biblia respecto a los reinos de este mundo, sus culturas y el progreso de la fe judeocristiana a través del pueblo de Israel y posteriormente con la fe cristiana, se podrá dar cuenta de este conflicto de cosmovisiones, las cuales han movido masas y gastado mucha tinta.

Recomiendo, para cerrar esta digresión, tres títulos a los lectores respecto a esto:

  • Vidal, C. (2017). El legado de la Reforma. Miami: Editorial CLIE.
  • Hurtado, L. W. (2017). El Destructor de los dioses. Salamanca: Editorial Sígueme.
  • Mangalwadi, V. (2011). El Libro que le dio forma al mundo. Nashville: Thomas Nelson.

LA ENSEÑANZA EN LA IGLESIA.

Continuando con Jacobo, este nos advierte que el enseñar en la iglesia es algo de mucha responsabilidad. Si bien muchos ven la honra de este servicio entre los santos, no consideran la seriedad que el hermano del Señor quiere mostrar, advirtiendo a los que enseñan de que serán juzgados con mayor rigor en el tribunal de Cristo. La Nueva Traducción Viviente[1] dice de la siguiente manera:

“Amados hermanos, no muchos deberían llegar a ser maestros en la iglesia, porque los que enseñamos seremos juzgados de una manera más estricta.” (Stgo. 3:1).

Es por esto por lo que debemos tener claro el contenido de la fe que enseñamos. Necesitamos ser responsables con las doctrinas con las que equipamos a las iglesias y todo lo que da origen a la convicción y esperanza de los cristianos. Todo esto se relaciona a lo que Dios ha revelado de forma especial, lo que leyendo conocemos, lo que luego reflexionamos, lo que conforma nuestras opiniones, lo que entendemos y sabemos respecto a los dichos y hechos de Dios mostrados al hombre por Su Palabra y en la Persona del Señor Jesucristo.

Por tanto, hay una pregunta importante que siempre deberíamos hacernos: ¿Qué estamos enseñando? Porque los que enseñamos a las iglesias seremos juzgados de manera más estricta por la autoridad que se nos ha delegado en cuanto a este ministerio de la Palabra.

LA SABIDURÍA HUMANA Y LAS PRETENSIONES.

Ahora bien, el asunto no acaba aquí, Jacobo sigue avanzando y desde el versículo 13 entra a considerar otro asunto: la sabiduría que se dice tener. Recuerden ustedes que cuando iniciamos este estudio vimos algunas cosas que ocurren en el desierto, en medio de la prueba. Una de las cosas que aprendimos es que Dios quiere que lo conozcamos y, por otro lado, que nos conozcamos a nosotros mismos.

Una persona que se cree un maestro sin tener cuidado de lo que habla y enseña, es alguien que no se conoce a sí mismo; por lo tanto, no se cuida de sí mismo ni de su hablar. Dice lo que quiere y, muchas veces, lo dice como si no hubiera posibilidad de estar errado. Pero cuando una persona se ha estado conociendo y el Señor le ha estado mostrando la falibilidad humana, entonces tiene conciencia de que puede estar equivocado; por ende, sabe que es probable que necesite aprender y corregir lo deficiente, además de completar lo que falta, llegando a desarrollar un corazón de discípulo.

Pero el que no se ha estado conociendo toma una postura artificial de hombre sabio entre los demás. Se cree con el derecho de corregir y aconsejar a quien él quiera, ni siquiera a quien le pida consejo. Se presenta como modelo a seguir. En estos pasajes, Jacobo comienza a tratar con esto. Si se creían maestros, luego han de creerse sabios. Debido a esto, Jacobo parte con una pregunta:

“¿Quién es sabio y entendido entre vosotros?” (Stgo. 3:13a).

Con “sabio” (σοφός, gr. sofós) se refiere a una persona con discernimiento y precavido, con la capacidad de pensar antes de hablar y de actuar, ya que ha sido tratado por Dios. Alguien que, por la experiencia y la vida vivida, ha aprendido a caminar con el Señor, no solo amándole, sino temiéndole, algo que para la sabiduría se enfatiza en las Escrituras (Sal. 111:10; Pr. 1:7).

Con “entendido” (ἐπιστήμων, gr. epistémon) se refiere a un experto, alguien muy capacitado, como un profesional. Probablemente, Jacobo usó ambos términos para referirse a la parte moral e intelectual de las personas (Carballosa, 2004, p. 173).

Como nos hemos dado cuenta, Jacobo es muy práctico. Él escribe esta pregunta con el fin de sacar a las personas de la simple teoría y de la vanidad del conocimiento sin vida. Esto significa que si alguien responde afirmativamente a su pregunta, señalándose a sí mismo como “sabio y entendido”, entonces Jacobo espera que aquello sea justificado delante de los hombres. El aspecto horizontal de la fe que hemos visto anteriormente. En otras palabras, el que se piense sabio y entendido entre ustedes, que lo demuestre. ¿Y de qué manera?:

“Muestre por la buena conducta sus obras en sabia mansedumbre” (Stgo. 3:13b).

Otra traducción lo dice de la siguiente manera:

“Si ustedes son sabios y entienden los caminos de Dios, demuéstrenlo viviendo una vida honesta y haciendo buenas acciones con la humildad que proviene de la sabiduría” (NTV).

¿Por qué Jacobo les dice esto? Bueno, en primer lugar, él sabía con quiénes estaba tratando, sabía muy bien lo que estaba sucediendo. Se estaba dirigiendo a aquellos que se presentaban como maestros y no tenían cuidado de las cosas que enseñaban. Cosas con las que podrían estar yéndose en contra del Evangelio mismo. En aquel tiempo estas cosas ocurrían bastante y los discípulos lo sabían; por ejemplo, para ese entonces ya circulaban posturas proto-gnósticas, las que principalmente se caracterizaban por:

  • Pretensión de conocimiento superior al común de las personas.
  • Lenguaje elevado que intimida a los sencillos.
  • Autoproclamación implícita o explícita de una ‘revelación’ paralela a las Escrituras.
  • Descalificación de otros por ‘falta de revelación’.
  • Uso del supuesto conocimiento como mecanismo de poder.

Para el tiempo apostólico ya circulaban algunas enseñanzas místicas de este tipo, una mezcla de la doctrina cristiana, judía y de filosofía griega. Una de estas, señaladas como muy graves entre los apóstoles, fue que Cristo no vino en carne, pues la materia y la carne son males de los que necesitamos ser liberados; por lo tanto, Cristo, siendo espiritual –decían ellos– tomó apariencia de carne, no la carne misma. Seguramente,  había algunos a los que les pareció lógico esto, entonces sin reparos, sin análisis, comenzaron a divulgarlo y enseñarlo como si fuera ‘la última revelación’. Por esto tenemos a Juan diciendo que es por el Espíritu de Dios que confesamos que Jesús, el Mesías, vino en carne. Y por si esto fuera poco, Juan señala que aquel que piense lo contrario, lo hace por obra del espíritu del anticristo (1Jn. 4:2-3)[2]. Esto, es solo una de tantas enseñanzas erradas.

Entonces, cuando los discípulos escribieron fue sabiendo cosas que estaban ocurriendo, como Pablo, que escribiendo a los corintios les dice:

“Porque he sido informado acerca de vosotros, hermanos míos, por los de Cloé, que hay entre vosotros contiendas.” (1Cor. 1:11).

Noten, “he sido informado”, lo que nos muestra que ellos escribieron sabiendo lo que ocurría. La intención era enseñar, amonestar, corregir o prevenir. Así que Jacobo cuando hace la pregunta “¿Quién es sabio y entendido entre vosotros?” , está haciendo uso de retórica[3]. Jacobo lo hace con el objetivo de reprender algo que entre ellos estaba ocurriendo. Si entre ellos había sabios y entendidos, entonces esto debía ser algo que se demostrara:

“viviendo una vida honesta y haciendo buenas acciones con la humildad que proviene de la sabiduría” (NTV).

Pero en vez de haber este tipo de demostraciones, lo que había en medio de los hermanos eran celos y contiendas. Por lo cual les dice:

14 Pero si tenéis celos amargos y contención en vuestro corazón, no os jactéis, ni mintáis contra la verdad; 15 porque esta sabiduría no es la que desciende de lo alto, sino terrenal, animal, diabólica. 16 Porque donde hay celos y contención, allí hay perturbación y toda obra perversa.”

Si había entre ellos “sabios y entendidos”, ¿por qué en vez de haber mansedumbre, se veían celos y contiendas? Como verán, Jacobo los está haciendo pensar, reflexionar. Si verdaderamente eran “sabios y entendidos”, ¿dónde estaba la mansedumbre, la prudencia entre ellos? En su lugar lo que se había manifestado eran celos y discusiones, contiendas intestinas, cosas carnales, de niños en la fe y no de “sabios y entendidos”.

La sabiduría que decían tener era aparente y provenía de las pretensiones de posición y reconocimiento en medio de los hermanos. ¿Por qué se presentaban como maestros? Por pretensiones. ¿Por qué se presentaban como sabios y entendidos? Por lo mismo, pretensiones. ¿Por qué había celos amargos y contención? Por las pretensiones del corazón, por el pretender un lugar, el deseo de ser reconocido, sucumbiendo ante la condenación del diablo:

“sobre las alturas de las nubes subiré, y seré semejante al Altísimo.” (Is. 14:14).

Los “celos” (ζῆλον, gr. zélon) provienen de desear fuertemente algo, la “contención” (ἐριθείαν, gr. eritheían) nos muestra que este celo era carnal, que proviene de la pretensión personal de posición, de autoridad, de reconocimiento. No vamos a decir que los cristianos nacidos de nuevo no se enfrentan a celos y pretensiones que batallan contra el alma. Decir eso sería una mentira. Presten atención a esto: siempre habrá pretensiones, siempre. Mientras el pecado more en nosotros (Ro. 7:17, 20), en nuestros miembros, siempre habrá pretensiones y celos; como también, siempre estaremos expuestos a ser tentados por las pasiones y deseos bajos que batallan en nuestros miembros (Ro. 7:5; 1P. 2:11). Pero el problema no es este, no es que venga la pretensión, la tentación; el problema es que le prestemos atención y le otorguemos un lugar en el corazón. En otras palabras, el problema es que caigamos en su engaño y comencemos a vivir para nuestra gloria y honra. Como Pablo por el Espíritu escribió:

“Pero temo que como la serpiente con su astucia engañó a Eva, vuestros sentidos sean de alguna manera extraviados de la sincera fidelidad a Cristo.” (2Cor. 11:3).

Ese temor tenía Pablo y, de la misma manera, debemos tenerlo nosotros y para con nosotros mismos. Si nos creemos inteligentes, sabios y experimentados, estamos corriendo el riesgo de que se nos aparezca la serpiente que es la más astuta y nos engañe. Que el Señor nos ayude a tener los ojos bien abiertos ante esto, porque no es extraño que estas cosas vengan a nuestros pensamientos, a nuestro corazón, pues portamos una naturaleza caída. Pero gracias a Dios, Cristo, nuestro Señor, ha sido nuestro Libertador, así que ahora no le somos esclavos a nuestros deseos caídos, de modo que podemos negarnos en Cristo a estas inclinaciones. Por eso Pablo nos dice:

12 No reine, pues, el pecado en vuestro cuerpo mortal, de modo que lo obedezcáis en sus concupiscencias; 13 ni tampoco presentéis vuestros miembros al pecado como instrumentos de iniquidad, sino presentaos vosotros mismos a Dios como vivos de entre los muertos, y vuestros miembros a Dios como instrumentos de justicia. 14 Porque el pecado no se enseñoreará de vosotros; pues no estáis bajo la ley, sino bajo la gracia.” (Ro. 6:12-14).

¿Se dan cuenta? Es un ejercicio de nuestra fe en Cristo decir ‘no’. Decimos ‘no’, confiando en la liberación que Cristo ha logrado, pues sabemos y creemos que ya no somos esclavos del pecado residente. Además, contamos con que tenemos al Espíritu en nosotros, habitando, por lo que podemos echar mano de la vida eterna. Sabemos y creemos que Cristo nos ha librado de la tiranía de la ley del pecado y de la muerte, y nos ha puesto bajo el régimen del Espíritu, para aprender a andar en una nueva forma de vivir (Ro. 8:1-15). Esto no quiere decir que aquellas pasiones no batallen en nuestros miembros; pues la batalla es real, las pasiones están presentes en nosotros, es un hecho. No podemos engañarnos diciendo que el pecado ya no existe ni hay pasiones caídas en nuestros miembros, eso es un engaño. El tema es que aunque esto es real y nos habita el pecado en nuestro cuerpo mortal, y aunque vengan aquellas pasiones y pretensiones a tentarnos, a pesar de esto, nosotros aprendamos a identificar de dónde provienen y las juzguemos. Por esto Jacobo les dice que si se presume de sabiduría, pero hay jactancia, celos, contiendas y mentiras, aquello no proviene de lo alto, aquello no es de Dios, sino que aquello es caído, es terrenal, es de la naturaleza caída y hasta diabólico. Se decían sabios y entendidos, se consideraban maestros y experimentados, pero miren, lo que se veía era que, con tal de levantarse ellos mismos descalificaban a otros, mentían en contra de la verdad misma del Evangelio.

Sin duda alguna que aquello no era de Dios y Jacobo estaba muy interesado en que supieran la realidad antropológica del mal en sus miembros. No podían ignorar que en la historia se muestra que las envidias y deseos de ocupar el lugar de otro nació de Lucero que, a sí mismo, se hizo Satanás; y cuando una persona se deja dominar por estos deseos, puede dar a luz cualquier tipo de obra perversa. ¡Que el Señor nos ayude mis hermanos! ¡Que el Señor nos libre!

CUIDADO CON EL ESPÍRITU GNÓSTICO.

Es natural al ser humano caído querer salvarse o justificarse, pero también es parte inherente de la caída el querer ganar y tener la razón siempre. Nadie quiere perder y ser el aprendiz. Sobre todo cuando se asume una posición de autoridad como la que otorga el enseñar. La actitud humana que menciono queda muy bien graficada en las Escrituras, por lo que Dios nos ha dejado ejemplos claros en las experiencias registradas de Job y Adán. Esta actitud nos lleva a buscar culpables fuera de nosotros, evadiendo la responsabilidad. En los siguientes versículos, queda claramente reflejado:

“¿Invalidarás tú también mi juicio? ¿Me condenarás a mí, para justificarte tú?” (Job 40:8).

Dios le señala a Job una de las características humanas frecuentes: invalidar la Palabra de Dios, Su justicia y juicio, para no asumir la culpa; aunque esto signifique culpar a Dios para justificarnos a nosotros mismos. Algo que las Escrituras registran claramente de la experiencia de Adán:

“La mujer que [Tú] me diste por compañera me dio del árbol, y yo comí.” (Gn. 3:12, corchetes añadidos por el autor).

El hombre caído, con tal de prevalecer y de lograr sus objetivos, culpará a todos de sus propios hechos deshonrosos y vergonzosos. Mis hermanos, cuando se cae en esto los ojos del discernimiento se cierran y no somos capaces de ver lo mal que estamos caminando, a no ser que aprendamos desde un comienzo que no somos infalibles y que la sabiduría que proviene de Dios no es envidiosa, no busca lo suyo propio, no es subjetiva, no busca sobresalir entre el resto, ni transa la verdad por la mentira.

Jacobo anteriormente nos habló del varón de dos almas, del hombre inestable, sin fundamento, sin convicciones. Si tú tienes convicciones genuinas en Dios, entonces no debes negarlas por nada. Necesitamos tener convicciones, las cuales provienen del consejo de Dios, de Su Palabra. Si no provienen de la Palabra de Dios, entonces son opiniones subjetivas de dudosa reputación.

Jacobo les pone de manifiesto a los carnales que tenían la realidad alterada respecto a lo que significa ser sabio y entendido. La sabiduría que ellos tenían, no se mostraba viviendo una vida honesta y haciendo buenas acciones con la humildad que proviene de la sabiduría verdadera, era nada más y nada menos que humana, anímica y diabólica. Cuando hablamos de “diabólica”, frecuentemente se asume una posesión demoniaca, como un poseído por el diablo. Pero la idea jacobina no es esa, sino que tiene relación a la actitud del diablo. Y de alguna manera, nos muestra el problema de estos cristianos que se pensaban sabios y entendidos, cuando en realidad eran celosos, contenciosos y jactanciosos. Para explicar esto, quisiera que leyéramos lo que Pablo nos dice respecto “al hombre de pecado”, “el hijo de perdición”, el “inicuo” que, comúnmente, se interpreta como el anticristo:

“el cual se opone y se levanta contra todo lo que se llama Dios o es objeto de culto; tanto que se sienta en el templo de Dios como Dios, haciéndose pasar por Dios” (2Tes. 2:4).

Lo que Pablo describe es la actitud característica del diablo: se opone a Dios, se levanta contra Dios y busca ser dios. ¿De qué manera se opone a Dios y se levanta contra Dios? Oponiéndose y levantándose contra la Palabra de Dios. A veces somos celosos de que se blasfeme contra Dios, pero no nos preocupa cuando se levantan contra la Palabra de Dios. En Edén vemos que el diablo se levantó contra lo que Dios dijo y luego presentó una imagen falsa de Dios. Esta es la característica del diablo y es precisamente lo que caracteriza lo diabólico. Y lo interesante es que este es el rasgo principal de las cosmovisiones enemigas de la fe: la oposición a lo que la Palabra de Dios ha revelado, presentando en su reemplazo lo que el hombre opina y siente.

Con esto en mente, podemos señalar que Jacobo les está mostrando a los cristianos que los celos, las contiendas, la jactancia, son características diabólicas de aquellos que estaban enseñando, no de Dios; porque sin saberlo –o sabiéndolo– buscaban ocupar el lugar de Dios y se oponían a Su Palabra. No buscaban edificar, no buscaban llevar a las ovejas a Cristo, sino que seducían a los cristianos y los extraviaban de la sincera y ortodoxa fe. Cuando un cristiano comienza a abrirle el corazón a la propuesta diabólica, junto con asumir una posición arrogante ante los demás, también asumirá un lenguaje gnóstico con una dialéctica que hará pensar al resto que él ve cosas que otros no ven y que muchas veces ni siquiera están en la Palabra revelada que es la Biblia.

Piensen en esto: si bien el gnosticismo se desarrolló fuertemente desde el siglo II, para el tiempo apostólico comenzaron a presentarse los pensadores conocidos como proto-gnósticos, que tenían una particularidad inherente a la naturaleza humana caída y es que se creían iluminados, como si fueran personas que tenían acceso a misterios más allá de la fe de los simples. Pero los cristianos que creemos en las Escrituras deberíamos pensar distinto, pues Dios ha dado Su Palabra para todos los creyentes en Cristo, además de darnos el Espíritu a todos los regenerados, con el fin de que pudiéramos conocerle sin excepciones, desde “el menor hasta el mayor de ellos”. (Heb. 8:11). Obviamente, esto es gracias a que Dios ha dejado textualmente registrada Su revelación especial y, el mismo Espíritu que las inspiró, ha venido a habitarnos para enseñarnos todas las cosas y darnos comprensión de las Escrituras (Lc. 24:45; Jn. 14:26;  1Jn. 2:27).

Si alguien dice tener una revelación más allá de lo que el Espíritu Santo ha inspirado en las Escrituras, debe saber que está abrazando un principio gnóstico, pues los cristianos somos iluminados por el Espíritu respecto a la revelación bíblica, que registra lo que Dios les entregó a profetas, lo que enseñó en el Hijo encarnado y lo que comprendieron los apóstoles por el Espíritu de Dios. Es más, los propios apóstoles aprendieron a pensar en virtud de lo que estaba escrito (1Cor. 4:6). Las declaraciones grandilocuentes que contradicen las Escrituras o presentan al expositor como una persona con una revelación especial aparte de la Biblia, no son cristianas, sino gnósticas.

Es común al lenguaje gnóstico las declaraciones en oposición a las Escrituras y defenderlas denunciando falta de revelación de aquel que contradice o corrige. Permítanme un ejemplo: un hermano escuchó una declaración errada en una exposición, donde el predicador usaba un concepto de forma inapropiada y, por ende, exponía a los oyentes a una herejía. El hermano se acercó al predicador, le hizo ver el error y la respuesta fue que carecía de revelación para comprender esto. Ese lenguaje es la característica principal de aquel que, sabiéndolo o no, está dejando entrar a su corazón pensamientos gnósticos. Probablemente se tratará solo de la no comprensión o ignorancia del concepto de parte del predicador; no obstante, su respuesta fue absolutamente gnóstica.

Es posible que ya existieran tendencias incipientes de este tipo en el contexto de la epístola de Jacobo y vinculadas a los que se creían “sabios y entendidos”. Estos habían asumido una conducta proto-gnóstica, no limitada a las Escrituras, sino a otras cosas externas y místicas. No debemos ignorar que el proto-gnosticismo y la actitud sincretista del primer siglo permeó a cristianos judíos y gentiles, por lo que se tuvieron que escribir epístolas como la de Colosenses.

Por lo tanto, tengamos cuidado con pensar más allá de lo que Dios ha revelado, o pensar que tenemos una revelación superior a la del resto, porque la verdad es que todos tienen acceso a la revelación especial de Dios a través de las Escrituras. Cuidémonos, además, de las pretensiones de poder y reconocimiento entre los demás, buscando ser el mayor entre los hermanos, porque aquello no representa el reino de Dios, sino el de los hombres, donde entre Dios y el pueblo se levanta una elite sacerdotal, un olimpo político-religioso y, muchas veces, diabólico.

En la voluntad de Dios, todos, absolutamente todos los redimidos en la sangre de Cristo, somos llamados al sacerdocio, nos guste o no (1P. 2:9-10; Ap. 1:5-6).  ¡Que el Señor nos ayude a tener los ojos bien abiertos! Porque la ignorancia no nos libra de ser disciplinados o castigados como hijos. Debemos saber estas cosas, porque la ignorancia no nos quita responsabilidad, más bien, muchas veces muestra las verdaderas intenciones del corazón. Les mostraré un caso donde la ignorancia solo demostró la perversión del corazón de un hombre. Leamos Hechos 8, versículos 9 al 24, que dice:

9 Pero había un hombre llamado Simón, que antes ejercía la magia en aquella ciudad, y había engañado a la gente de Samaria, haciéndose pasar por algún grande. 10 A éste oían atentamente todos, desde el más pequeño hasta el más grande, diciendo: Este es el gran poder de Dios. 11 Y le estaban atentos, porque con sus artes mágicas les había engañado mucho tiempo. 12 Pero cuando creyeron a Felipe, que anunciaba el evangelio del reino de Dios y el nombre de Jesucristo, se bautizaban hombres y mujeres. 13 También creyó Simón mismo, y habiéndose bautizado, estaba siempre con Felipe; y viendo las señales y grandes milagros que se hacían, estaba atónito. 14 Cuando los apóstoles que estaban en Jerusalén oyeron que Samaria había recibido la palabra de Dios, enviaron allá a Pedro y a Juan; 15 los cuales, habiendo venido, oraron por ellos para que recibiesen el Espíritu Santo; 16 porque aún no había descendido sobre ninguno de ellos, sino que solamente habían sido bautizados en el nombre de Jesús. 17 Entonces les imponían las manos, y recibían el Espíritu Santo. 18 Cuando vio Simón que por la imposición de las manos de los apóstoles se daba el Espíritu Santo, les ofreció dinero, 19 diciendo: Dadme también a mí este poder, para que cualquiera a quien yo impusiere las manos reciba el Espíritu Santo. 20 Entonces Pedro le dijo: Tu dinero perezca contigo, porque has pensado que el don de Dios se obtiene con dinero. 21 No tienes tú parte ni suerte en este asunto, porque tu corazón no es recto delante de Dios. 22 Arrepiéntete, pues, de esta tu maldad, y ruega a Dios, si quizá te sea perdonado el pensamiento de tu corazón; 23 porque en hiel de amargura y en prisión de maldad veo que estás. 24 Respondiendo entonces Simón, dijo: Rogad vosotros por mí al Señor, para que nada de esto que habéis dicho venga sobre mí.”

Mis hermanos, he aquí la perversión del corazón humano, de un corazón no recto delante de Dios que dejó entrar un pensamiento que demostró el estado amargo y de maldad en el que se encontraba. Alguien que buscaba ser un grande entre los demás hombres. Dios quiere que sepamos estas cosas, por eso están escritas. Que entendamos cómo es Él, pero igualmente, quiere que sepamos cómo somos nosotros y a lo que nos encontramos expuestos debido a nuestra caída humanidad. Lo peor es engañarse a uno mismo y creer que en nosotros no puede haber semejantes pretensiones. Esto es desarmarnos, es bajar la guardia y hacernos presa fácil del engaño. Jacobo sabía esto, por eso los increpa con las acciones más que con las palabras que decían. Constata el hecho, les muestra las evidencias, los celos contenciosos, la amargura, la jactancia, la mentira, el egocentrismo. Se decían maestros, se decían sabios, pero nada más mostraban su carnalidad. ¡Cuán anímicos eran y cómo habían sido engañados! Ellos estaban caminando mal, no juzgaban sus perversos caminos y culpaban a Dios por sus acciones pecaminosas y caídas. Le atribuían a Él sus fechorías, y no se daban cuenta que eran ellos mismos impulsados por la energía de una naturaleza caída, animal y diabólica.

LA SABIDURÍA DE DIOS.

Por si acaso no estaban de acuerdo con esto, Jacobo les muestra la verdadera sabiduría para realizar un contraste:

17 Pero la sabiduría que es de lo alto es primeramente pura, después pacífica, amable, benigna, llena de misericordia y de buenos frutos, sin incertidumbre ni hipocresía. 18 Y el fruto de justicia se siembra en paz para aquellos que hacen la paz.” (Stgo. 3:17-18).

¿Notan ustedes que cuando Jacobo habla de la sabiduría de lo alto está definiendo un carácter? Jacobo describe el carácter moral de la verdadera sabiduría y dice que esta es pura, pacífica, amable (digna de amar), benigna, llena de misericordia y buenos frutos, sin dudas ni falsedades. ¿Se dan cuenta que Jacobo se refiere a la sabiduría como describiendo a una persona? La Biblia hace esto en muchos pasajes, pero en Proverbios 8 lo hace de forma especial. Allí no se habla solamente de la sabiduría como persona, sino que la Sabiduría misma habla en primera persona. Veamos los versos 12 al 36:

12 Yo, la sabiduría, habito con la cordura, Y hallo la ciencia de los consejos. 13 El temor de Jehová es aborrecer el mal; La soberbia y la arrogancia, el mal camino, Y la boca perversa, aborrezco. 14 Conmigo está el consejo y el buen juicio; Yo soy la inteligencia; mío es el poder. 15 Por mí reinan los reyes, Y los príncipes determinan  justicia. 16 Por mí dominan los príncipes, Y todos los gobernadores juzgan la tierra. 17 Yo amo a los que me aman, Y me hallan los que temprano me buscan. 18 Las riquezas y la honra están conmigo; Riquezas duraderas, y justicia. 19 Mejor es mi fruto que el oro, y que el oro refinado; Y mi rédito mejor que la plata escogida. 20 Por vereda de justicia guiaré, Por en medio de sendas de juicio, 21 Para hacer que los que me aman tengan su heredad, Y que yo llene sus tesoros. 22 Jehová me poseía en el principio, Ya de antiguo, antes de sus obras. 23 Eternamente tuve el principado, desde el principio, Antes de la tierra. 24 Antes de los abismos fui engendrada; Antes que fuesen las fuentes de las muchas aguas. 25 Antes que los montes fuesen formados, Antes de los collados, ya había sido yo engendrada; 26 No había aún hecho la tierra, ni los campos, Ni el principio del polvo del mundo. 27 Cuando formaba los cielos, allí estaba yo; Cuando trazaba el círculo sobre la faz del abismo; 28 Cuando afirmaba los cielos arriba, Cuando afirmaba las fuentes del abismo; 29 Cuando ponía al mar su estatuto, Para que las aguas no traspasasen su mandamiento; Cuando establecía los fundamentos de la tierra, 30 Con él estaba yo ordenándolo todo, Y era su delicia de día en día, Teniendo solaz delante de él en todo tiempo. 31 Me regocijo en la parte habitable de su tierra; Y mis delicias son con los hijos de los hombres. 32 Ahora, pues, hijos, oídme, Y bienaventurados los que guardan mis caminos. 33 Atended el consejo, y sed sabios, Y no lo menospreciéis. 34 Bienaventurado el hombre que me escucha, Velando a mis puertas cada día, Aguardando a los postes de mis puertas. 35 Porque el que me halle, hallará la vida, Y alcanzará el favor de Jehová. 36 Mas el que peca contra mí, defrauda su alma; Todos los que me aborrecen aman la muerte.”

Como verán, la Sabiduría se reveló a Sí misma y nos dice que antes de la creación, eternamente ha estado con Dios. La Sabiduría misma hablando. La descripción de Jacobo es de una persona, de la Sabiduría de lo alto. De aquella que se revelaba a Sí misma en Proverbios 8. En el Nuevo Testamento se nos revela quién es la Sabiduría que habla allí. Miren lo que en 1a Corintios 1:24 se nos dice:

“Mas para los llamados, así judíos como griegos, Cristo poder de Dios, y sabiduría de Dios.”

El Espíritu Santo nos ha revelado en las Escrituras que Cristo es “la sabiduría de Dios”. Jacobo identifica a la verdadera Sabiduría como aquella que viene de lo alto y de esta nos dice que es pura, pacífica, amable, benigna, llena de misericordia y buenos frutos, sin dudas ni falsedades. Estas son las cualidades de la Persona de Cristo, y si Cristo está en nosotros, entonces puede manifestarse de esta forma a través de nuestro corazón. Pablo dice que ahora Cristo vive en nosotros (Ga. 2:20), y si vive en nosotros quiere decir que puede verse a través de nosotros (Ga. 4:19). Esa es la Sabiduría que habla Jacobo. La Sabiduría de lo alto. La que se encuentra estrechamente relacionada a las Escrituras. Esto es importante enfatizarlo.

Dios ha querido darse a conocer a través de las Escrituras y, en la comprensión que vamos teniendo de Dios por el Espíritu Santo que nos ilumina y ayuda a comprender, se va forjando el carácter de Cristo en nosotros. Qué importante es este principio: leer las Escrituras con un corazón humilde, buscando en ellas conocer al Señor y entenderle (Jr. 9:24; Jn. 5:39; 17:3). Cuando nos acercamos a la Palabra revelada por Dios con un corazón adecuado y el Espíritu abre nuestro entendimiento, entonces habrá fruto, porque la Palabra es la semilla que da fruto cuando cae en la tierra adecuada (Lc. 8:4-15).

Los gnósticos buscarían una sabiduría inspiracional que se encuentra fuera de las Escrituras, ya sea en espíritus, literatura paralela, pseudo-profetas o místicos charlatanes, entre otras cosas. Pero aquello es algo humano, animal y diabólico. El Señor Jesús nos vino a mostrar un principio importante, que el pueblo de Israel no aprendió y que nosotros deberíamos rogar al Señor sea grabado en nuestro corazón.

En los capítulos primeros de este libro, vimos que Israel fue llevado al desierto, algo que se registra en Deuteronomio 8; y, de alguna manera, vemos que el Hijo de Dios, en Su concreta encarnación también fue llevado al desierto, algo que Mateo 4 registra. En ambos pasajes se registra la siguiente frase:

“No solo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.”

Esto significa algo tan sencillo que a muchos cristianos les dificulta asumir, debido a que se acostumbraron al lenguaje grandilocuente.  La lección de Dios para nosotros es que debemos tomarnos en serio Su Palabra revelada. Y con Palabra revelada no estoy refiriéndome a un conocimiento oculto, sino a lo que el Espíritu Santo dejó plasmado en las Escrituras a través de los hombres de Dios escogidos para dicha labor.

Piensen en lo siguiente: a lo largo de la historia y de las diferentes culturas que han existido, el leer y tener acceso a lecturas sagradas ha sido sinónimo de poder entre los hombres. Los cargos públicos y de élite entre las sociedades que han existido, en cualquier periodo de la historia, han sido ocupados por personas que han conocido las letras, las que principalmente ocuparían lugares en la élite sacerdotal. Dios, el único Dios verdadero, les entregó a los hombres Su revelación especial de forma textual, no para que fuera conocida y leída por algunos pertenecientes a una casta, sino para que todo el pueblo la conociera y de esta manera supiera cómo caminar y relacionarse con Dios.

El rey debía conocer la Palabra de Dios y para sí mismo realizarse una copia manuscrita, la que debían custodiar y conocer en profundidad los sacerdotes (Dt. 17:18). Los sacerdotes, en el conocimiento de la Palabra y la comprensión de Dios, debían enseñar a las gentes a conocerle y entenderle (Mal. 2:7, DHH). En otras palabras, todo el pueblo debía conocer las Escrituras, leerlas o escucharlas, para conocer a Dios y saber caminar en Su Presencia. En muchos casos, todo lo malo que hicieron los reyes hebreos fue por no conocer las Escrituras o despreciarlas, ejemplo claro ha dejado el Espíritu Santo en 2ª de Reyes 22. Léanlo en presencia del Señor y vean la importancia de la simple lectura de la Palabra de Dios.

Muchos cristianos leen y no entienden las Escrituras, frustrándose porque no ven lo que el predicador señaló utilizando una interpretación tipológica y/o alegórica. Pero permítanme señalarles algo importante: leamos la Palabra delante del Señor, no buscando conocer misterios numerológicos, ni tipológicos, ni alegóricos. Más bien, acerquémonos a la Palabra de Dios humildemente, rogando al Señor que nos permita conocerle y entenderle en el registro bíblico. Para que cuando leamos Génesis 1, no ocupemos tiempo buscando ver la caída de Satanás entre los versículos 1 y 2, sino que podamos conocer cómo es nuestro Dios, que ve, que se mueve, que es el Creador de todas las cosas que, por cierto, otras civilizaciones adoraron como dioses, como lo fue entre los egipcios.

A través de simples y humildes lecturas, notaremos que el Espíritu Santo, usando a Moisés (alguien criado en la cosmovisión egipcia), reveló que el sol no era un dios llamado Ra, sino una luminaria establecida por Dios para un propósito. Que la razón principal por la que leemos sea entender a nuestro Dios que, no se burla de la desnudez humana, ni avergüenza al hombre cuando está desnudo, sino que lo busca, lo saca de su escondite y lo viste, para que no esté avergonzado en Su Presencia. ¿Te das cuenta? Dios quiere que lo conozcamos y en ese conocimiento el Espíritu nos va formando en el carácter de Cristo.

Tenemos a Cristo en nosotros por el Espíritu habitándonos, por ende la Palabra de Dios nos irá encaminando en la Sabiduría de lo alto, para servir a la justicia de Dios por el conocimiento que vamos obteniendo. No buscando nuestra exaltación, ni alguna posición, sino la gloria de Cristo, el cual busca la gloria de Dios.

Que el Señor nos ayude, que nos permita conocernos y conocerle. Que podamos darnos cuenta de las pretensiones inherentes a la naturaleza caída que portamos y que no nos engañemos actuando como “sabios y expertos”, cuando estamos sucumbiendo a deseos intestinos y de baja naturaleza que han golpeado la puerta de mi corazón.

Hoy en día vemos muchos hombres mostrándose como sabios y modelos a seguir, que persiguen levantar un sistema religioso, muchas veces, por intereses caídos y diabólicos. Hombres buscando honra de hombres, o dinero, o reconocimiento, o hacer una carrera; para lo que no tienen temor de presentar un dios distinto del que se ha revelado en las Escrituras, un dios hecho a su imagen y semejanza. Todo con el fin de esclavizar las almas de los hombres y sus familias, para lo que emplean las artimañas de un lenguaje grandilocuente, místico y/o lisonjero.

Esto es algo que ocurre en todo lugar: instituciones religiosas que se han convertido en grandes sistemas, grupos cristianos que dicen haber salido de algún sistema, grupos que se dicen ser laicos y políticos, grupos políticos ateos y enemigos de la fe cristiana, y mucho más. ¡Que el Señor nos libre, hermanos! Que Sus tratos nos ayuden a dejar que la vida de Cristo se manifieste por medio de nosotros, que la verdadera Sabiduría se presente a los hombres, aquella que busca la gloria de Dios y que los lleva a la presencia de su Creador, a un conocimiento y entendimiento de cómo es Él, y de cómo hay que caminar con Él.


[1] Tyndale House Foundation, 2010.

[2] Mención anti-gnóstica.

[3] Pregunta que se hace no para manifestar duda o pedir respuesta, sino para expresar indirectamente una afirmación o dar más vigor y eficacia a lo que se dice.