(TEXTO) 9. Estudio a la epístola de Jacobo – La prueba y la tentación (1:13-18).
Vamos a continuar leyendo la epístola atribuida a Jacobo, el hermano del Señor. Hasta el momento hemos tratado diversos temas relacionados con la prueba; y, entre las cosas que hemos visto, tenemos:
- La prueba de nuestra fe.
- La purificación de nuestra fe mediante la prueba.
- La paciencia como resultado de la prueba.
- El conocimiento de Cristo como el mayor galardón que se puede obtener.
- La prueba y el ejemplo que tenemos en el desierto que pasó Israel.
- El Señor humillándonos en nuestra soberbia para darnos Su gracia.
- La prueba como instrumento para mostrarnos quiénes somos.
- El Señor queriéndose revelar a nosotros en la prueba.
- El Señor purificando nuestro amor mediante la prueba.
Estas son algunas de las cosas que hemos visto en los capítulos anteriores y que nos conviene siempre tener presente. Ahora, para seguir avanzando debemos tocar otro tema relacionado a la prueba de nuestra fe y el desierto. Vamos a abrir las Escrituras en la epístola de Jacobo, capítulo 1, y leeremos desde el versículo 13 en adelante, hasta el 18 para ser exactos. Allí se nos dice lo siguiente:
“13 Cuando alguno es tentado, no diga que es tentado de parte de Dios; porque Dios no puede ser tentado por el mal, ni él tienta a nadie; 14 sino que cada uno es tentado, cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido. 15 Entonces la concupiscencia, después que ha concebido, da a luz el pecado; y el pecado, siendo consumado, da a luz la muerte. 16 Amados hermanos míos, no erréis. 17 Toda buena dádiva y todo don perfecto desciende de lo alto, del Padre de las luces, en el cual no hay mudanza, ni sombra de variación. 18 El, de su voluntad, nos hizo nacer por la palabra de verdad, para que seamos primicias de sus criaturas.”
LA TENTACIÓN EN EL DESIERTO.
Ahora sí que hablaremos de la tentación, lo cual es necesario, para poder estar apercibidos y armados, cuando esto ocurra.
Anteriormente hicimos un símil entre la prueba y el desierto. En el desierto somos probados y afligidos, eso es lo que nos dice Deuteronomio 8; pero esto no es todo, a través de la Palabra del Señor sabemos que, junto con ser probados en medio del desierto, seremos también tentados.
Vemos en los evangelios que el Señor Jesús después de bautizarse fue llevado por el Espíritu al desierto y allí, cuando tuvo hambre, apareció el diablo e intentó tentarlo (Mt. 4:1-11; Mr. 1:12-13; Lc. 4:1-13). Así que a través de la experiencia registrada del Señor Jesús, entendemos que por un lado tenemos la prueba –a la que Dios nos introduce– y por otro lado tenemos la tentación o al tentador, que aparece mientras somos probados, afligidos y humillados en el desierto.
Dios nos lleva al desierto porque es necesario que seamos humillados, ya que somos inherentemente soberbios. También lo hace para purificar nuestra fe y amor, las que se encuentran mezcladas con tantas cosas de la carne corrupta. Y, además, Dios quiere mostrarnos quiénes somos y, gloriosamente, darnos a conocer quién y cómo es Él en Cristo. Para todo esto es fundamental la revelación e iluminación mediante el Espíritu y la Palabra. Debido a todo esto Dios nos lleva al desierto; pero, aparte de esto, en el desierto aparecerá la tentación y/o el tentador.
Acerca de la tentación, una curiosidad semántica acerca de esta palabra[1] es que dependiendo del contexto se traduce al español como “prueba” o “tentación”. Esto frecuentemente se presta para confusiones en la lectura y, por ende, malas interpretaciones. ¿Por qué el Espíritu usaría una palabra ambigua en su significado al inspirar el Texto? Creo que la razón es para mostrarnos que es un hecho ineludible el que en medio de la prueba aparecerá la tentación; en otras palabras, es para que sepamos que siempre que seamos llevados al desierto para ser probados, también seremos tentados.
Dicho de otro modo, todo esto viene en el mismo paquete. Si estás siendo probado, entonces serás tentado. Por lo tanto, se hace necesario estar apercibidos de esto en el desierto, pues sabemos que Dios nos está probando, purificando; pero también debemos tener presente que aparecerá la tentación en cualquier momento, por lo que debemos estar atentos a lo que ocurre.
En conclusión, la Palabra de Dios nos deja claro que siempre que viene la prueba, también vendrá la tentación y, por tanto, debemos rogar a nuestro Padre que nos ayude para no caer y ser engañados (Mt. 6:13).
LA LECCIÓN PRINCIPAL QUE DEBEMOS APRENDER.
Recuerden: en la prueba Dios jamás carece de propósito, nunca improvisa. Siempre tiene en vista la purificación de nuestra fe, la desintoxicación de nuestra alma, la humillación de nuestra soberbia, el conocimiento de Dios y el aprendizaje en el Espíritu. Pero esto no es todo, pues en el desierto Dios quiere darnos una lección que podríamos llamar la principal, la más importante de todas. A esto debemos prestar atención y meditarlo bien. Que el Señor nos ayude a entender.
Por favor, leamos Deuteronomio 8:2-3, donde se nos dice lo siguiente:
“2 Y te acordarás de todo el camino por donde te ha traído Jehová tu Dios estos cuarenta años en el desierto, para afligirte, para probarte, para saber lo que había en tu corazón, si habías de guardar o no sus mandamientos. 3 Y te afligió, y te hizo tener hambre, y te sustentó con maná, comida que no conocías tú, ni tus padres la habían conocido, para hacerte saber que no solo de pan vivirá el hombre, mas de todo lo que sale de la boca de Jehová vivirá el hombre.”
El párrafo nos enseña que las lecciones en el desierto se deben recordar. Estas cosas no deben ser olvidadas, sino que deben siempre tenerse presente, siempre estar pasándolas por el corazón, intentando extraer la mayor cantidad de lecciones posibles; por esto se nos dice “te acordarás”.
Luego, el Espíritu señala la aflicción que nos ayuda a aprender la humildad y que nos lleva a mirar al cielo, exponiendo aquella soberbia inherente a nosotros. Por otro lado se menciona lo que ya hemos dicho, que la prueba es para purificación de la fe; además de ser un instrumento para conocer nuestro corazón engañoso y la disposición interior que traemos a la incredulidad y desobediencia. Finalmente dice “para hacerte saber”, y aquí está la principal lección.
¿Qué cosa debemos saber? Que la vida humana debe considerar algo que va más allá de las necesidades materiales (como saciar el hambre) y la vida biológica (Mt. 6:25-34; 10:28). Todo cristiano debe aprender a mirar más allá de su cuerpo contingente y, para esto, debe tomarse con absoluta seriedad lo que Dios ha revelado de forma especial a través de los profetas y apóstoles en las Escrituras.
Piense en lo siguiente: la caída del hombre vino porque desobedeció y menospreció la Palabra de Dios, poniendo la palabra de la mujer por sobre la de Dios (aparte de abrazar las mentiras y falsas esperanzas del diablo). Si el hombre se hubiera tomado en serio la Palabra de Dios y hubiese confiado en Él –por encima de la solicitud de su mujer– entonces el pecado no hubiera entrado al mundo y tampoco la muerte (Ro. 5:12, 19; 1Tim. 2:14).
Como verán, el Señor quiere que aprendamos a tomarnos en serio lo que Su Palabra enseña respecto a todas las cosas. Por lo que se nos dice que:
“… no solo de pan vivirá el hombre, mas de todo lo que sale de la boca de Jehová vivirá el hombre”.
Nosotros estamos llenos de opiniones y pensamientos que desde el mundo se han forjado en nuestras mentes. Cosas que no provienen de la boca de Dios, sino de las ideas humanas o diabólicas separadas de Su Palabra (v. Ef. 2:1-3). Por tanto, la principal lección es que debemos tomarnos en serio la Palabra revelada de Dios, por sobre cualquier enseñanza. Para esto, se hace necesario lo más subestimado entre los cristianos: la lectura de la Biblia.
La lectura de la Biblia, confiando en que es la revelación especial de Dios para nosotros dada por el Espíritu Santo, es lo que deberíamos hacer cotidianamente, sabiendo que estamos proporcionándole provisión a nuestra mente para repeler la tentación. En otras palabras, leer la Biblia no solo es para fortalecimiento espiritual, sino para proporcionarle a nuestra mente las armas con las cuales resistir al diablo (Stgo. 4:7).
Lo que la tentación y el diablo buscarán ganar es nuestra mente, ya que el espíritu de los regenerados no le pertenece; puesto que los que hemos vuelto a nacer nos encontramos unidos al Señor en el espíritu (1Cor. 6:17). Por lo tanto, la batalla en el desierto es principalmente por nuestra alma, específicamente por nuestra mente, por nuestras ideas, nuestras opiniones y pensamientos.
El Señor quiere escribir Su Palabra en nuestra mente (Heb. 8:10), que la tomemos en serio y que reflexionemos en Su revelación constantemente (Jos. 1:7-8). Que confiemos en lo que Dios ha hablado y que el consejo de las Escrituras esté en nuestros pensamientos como la Palabra revelada por el Espíritu. Este es el principal objetivo de Dios al llevarnos al desierto: formar creyentes en Su Palabra.
¿Cuánto crees en Su Palabra? ¿Cuánto confías en Su revelación? ¿La lees? ¿La reflexionas? ¿Meditas en lo que Dios ha dado a conocer? ¿O la Biblia es solo un libro viejo y desactualizado para ti?
EL CAMINO DE LA MADUREZ
Permítanme mostrarles el camino para madurar en la vida cristiana: debemos tomar la Biblia diariamente y leerla, rogando al Señor que Su Espíritu nos de comprensión en lo que está escrito, humillando nuestro corazón y reflexionando en lo que se nos enseña. Sobre todo, que nos ayude a creer lo que leemos y a tomarlo en serio. Confiando en que Dios ha hablado y aquello ha quedado registrado por la conducción sobrenatural del Espíritu Santo (v. 2Tim. 3:14-17; 2P. 1:19-21). ¿Crees en esto? Es una importante pregunta.
No se trata de literalismo, se trata de leer queriendo entender lo que Dios revela de Sí mismo a través de Su Palabra. Y en virtud de eso, vivir entre los hombres, en especial, cuando estamos en el desierto.
A través de Su revelación nos daremos cuenta de que muchas cosas que creemos acerca de Dios son falsas y erróneas. Tendremos que juzgar que las aprendimos en el mundo o que son producto de la imagen que le atribuimos en nuestros pensamientos caídos.
Dios le da una importancia tremenda a la mente, lo que implica que el conocimiento y el saber deben estar directamente relacionados con la confianza que ponemos en la revelación especial que ha dado a los hombres a través de los profetas y apóstoles.
El crecimiento y fortaleza espiritual se encuentra directamente relacionado con la influencia de la Palabra de Dios en nuestra mente. Sin embargo, el ser humano ha despreciado el conocimiento y la revelación de Dios. Piense en lo siguiente: todo lo que Dios ha revelado en Su Palabra abarca todos los asuntos importantes de la existencia y vivir humanos. Dios nos ha dejado una cosmovisión revelada.
Al ser una cosmovisión, no solo toca temas religiosos, sino temas relevantes respecto a la existencia del universo y la condición humana. Incluso la responsabilidad laboral, cívica, familiar, educativa, todo tiene un consejo del Señor en las Escrituras para enseñarnos a vivir esta vida contingente. Pero el ser humano una y otra vez a lo largo de la historia ha buscado evadir al Creador, inventando teorías paralelas que no requieran apelar a Dios, ni darle gloria (v. Ro. 1:18-32). Para esto han buscado quitarle el prestigio de “revelación” a las Escrituras. ¿O por qué creen ustedes que los ateos se abrazaron fuertemente a la cosmovisión naturalista y/o materialista? ¿Y de dónde creen ustedes que aparecieron ideologías políticas genocidas? Todo esto es consecuencia del rechazó a la revelación de Dios. Se buscó una alternativa en la que no tuvieran que apelar a la Biblia y a la existencia del Creador.
Entonces, Dios quiere que no menospreciemos el conocimiento de Su revelación, que aprendamos y no ignoremos las cosas que Su Palabra nos comunica. Eso el mundo ya lo hace, pero nosotros, los hijos de Dios, no deberíamos hacerlo. Porque a través de las enseñanzas de las Escrituras entendemos cosas como las que señala Jacobo, quien –por el Espíritu– nos enseña que cuando somos llevados al desierto para ser probados, debemos saber que en algún momento de la jornada aparecerá la tentación. Y lo que quiere la serpiente es ganar nuestra mente, ganar nuestra atención y que dudemos de la Palabra de Dios o que la tergiversemos.
Esto es algo que vemos con el propio Señor Jesús que fue llevado al desierto por el Espíritu Santo y, aunque sabemos que salió aprobado, destacamos el hecho de que durante la prueba se le presentó el diablo para tentarle, queriendo extraviar Sus pensamientos y conocimiento de Dios. El primer hombre cayó en Edén debido a la tentación de la serpiente a la mujer, resultando así perdedor (Gn. 3), cayendo así en la más terrible de las desgracias: el pecado. Desde aquí entró la muerte al mundo y el hombre se hizo un ser caído (Ro. 5:12). Pero apareció en la historia otro hombre, el último Adán, desde el cual surge un Nuevo Hombre. Este enfrentó al tentador en el desierto y fue vencedor en todo aun cuando esto le significó humillación y muerte (Fil. 2:5-11). Adán cayó en Edén, Cristo Jesús venció en el desierto. ¡Gloria al Señor!
DIOS NO TIENTA NI SE PUEDE TENTAR, DIOS ES SANTO.
Ahora bien, volviendo a Jacobo, respecto a la tentación nos enseña que ninguno de nosotros es tentado por Dios. No es Dios quien nos tienta, no es Dios el que provoca en nosotros la tentación y, por tanto, el deseo de pecar no proviene de Dios.
De Dios no proviene la rabia, ni la rebelión, ni los deseos lujuriosos, ni nada maligno que dé a luz el pecado. Nada de esto proviene de Dios. Jacobo nos dice la razón por la que no es algo que proviene de Dios, argumentando:
“… porque Dios no puede ser tentado por el mal, ni él tienta a nadie”
Lo que quiere decir el griego aquí, es que Dios es ‘no posible de tentar’[2]. O sea que, así como Dios es ‘no creado’ o ‘increado’, Dios es ‘no posible de tentar’. Con esto Jacobo nos está enseñando que Dios es santísimo, intachable e inmaculado.
Ustedes ya saben que Dios es santísimo, esto es algo que ya hemos tratado en el libro publicado sobre Teología Bíblica[3]. Dios es ‘no posible de tentar’, porque Dios es santísimo e impecable. No es solo que Dios se comporte santísimamente, sino que Dios es santísimo por naturaleza y esencia. De esta manera, nada puede tentar al Señor, ni Él tentar a nadie.
Sería contrario a Su naturaleza el que Dios pudiera sentir tentación por algo y, de igual manera, tentar a alguien. Dios es santísimo e impecable. No hay tentación para Dios ni pecado o naturaleza pecaminosa en Él. Visto desde el punto de vista de Dios, es un absurdo siquiera pensar en esto, porque Dios es santísimo.
Respecto a Su santidad podemos señalar que Dios puede consumir[4] al pecador con Su sola Presencia (Ex. 33:5; Nm. 16:21, 45). Es por Su santidad que ningún pecador puede venir en sus pecados y verle cara a cara. Es por esto por lo que Dios ha dado a Su Hijo como la perfecta ofrenda de expiación por el pecado de muchos (Heb. 9:28). Esta es la razón por la que es fundamental entender que el Hijo es Dios con el Padre y el Espíritu. Al ser Dios (Jn. 1:1), entonces el valor de Su cuerpo partido y el de Su sangre derramada, es del mismo valor de la justicia y santidad de Dios: infinito. O sea, es suficiente para Dios y para saldar nuestra deuda. Dicho de otro modo, no nos acercamos confiando en nuestra justicia humana e insuficiente en relación con una deuda infinita, sino que creemos que Dios proveyó a Su Hijo y Su obra como suficiente y definitivo medio de justificación, paz y reconciliación. En el Hijo Dios nos ha vestido y quitado nuestra vergüenza, y todo aquel que cree en Él recibe esta justicia por la fe (ref. Gn. 3:7, 21; Ro. 1:17; 3:21-22; Fil. 3:9).
Entendemos así que la santidad de Dios lo hace imposible de tentar, pero además nos muestra que Él no tienta a nadie. Así como por Su justicia no se permite dejar impune el pecado ni tener por inocente al culpable; por Su santidad, Dios no tiene relación alguna con la tentación.
Su santidad es cosa tremenda, es por esto por lo que se nos impide verle si es que no caminamos en santidad (Heb. 12:14). Si usted quiere disfrutar la comunión con el Señor y no ha considerado el camino de la santificación, entonces no lo verá jamás; porque no se puede tener comunión con Dios viviendo una vida licenciosa[5]. Es más, podemos ser salvos y, siéndolo, no disfrutar de la comunión con Él (1Jn. 1:6-7).
Ahora, si alguien se conforma sólo con ser salvo y vivir licenciosamente en el pecado, le preguntaría con toda honestidad: ¿Realmente eres salvo? Porque Juan nos muestra que el que ha nacido de nuevo –de Dios– no practica el pecado voluntariamente, porque tiene la simiente de Dios (1Jn. 3:9); pues, teniendo la vida de Dios en nosotros y, siendo Dios santísimo, entonces por esta vida que portamos nos sentiríamos incómodos y tristes al pecar. No quiere decir que no pecamos, pero tampoco quiere decir que vivimos felices si lo hacemos. El pecado ya no es una opción de vida, se vuelve un estorbo en el camino (1Jn. 3:8-9), un accidente. Todo esto porque Dios nos habita.
Así es que siendo Dios santísimo, entendiendo que no hay maldad ni pecado en Él, comprendemos lo que Jacobo nos dice: Dios no nos tienta y es absurdo pensar que Dios puede ser tentado, porque Dios es santísimo e impecable. Así que la tentación no proviene de Dios.
Entonces, si la tentación no proviene de Dios, ¿podemos echarle la culpa al diablo? ¿Podemos decir que es el diablo que nos obliga a sentir, hacer y pensar en lo que es rebelde, malo y pecaminoso? No, tampoco. No es el diablo que provoca en nosotros el deseo, el sentimiento, la concupiscencia; sino que todo esto proviene de nosotros mismos. Aquí debemos diferenciar entre el tentador y la tentación. Esta última, se relaciona con la concupiscencia.
LA CONCUPISCENCIA.
La palabra “concupiscencia” que se tradujo aquí, proviene del griego ἐπιθυμία (epidsymía)[6] y quiere decir “tener un deseo profundo hacia algo” (Carballosa, 2004, p. 102). El deseo de aquello no proviene de Dios, no es Dios el que provoca en nosotros aquella epidsymía. Tampoco aquel deseo proviene del diablo, no es el diablo que nos hace desear o sentir la concupiscencia. Lo que revela la Biblia es que aquel deseo proviene de nosotros mismos. Jacobo nos dice lo siguiente:
“…cada uno es tentado, cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido”
Dice “de su propia”, indicándonos que este deseo no proviene de otro, sino que está en nosotros, es nuestro, nace de nuestro interior. Es importante entender que, en el sentido que Jacobo usa el término, la tentación opera por medio de la concupiscencia. La tentación proviene de nuestra concupiscencia, proviene del deseo profundo que está en nuestra naturaleza caída. No es que la tentación provenga de afuera, sino que lo que vemos afuera hace que la concupiscencia en nosotros reaccione. Entonces, lo que nos tienta deja en evidencia la concupiscencia que hay en nosotros.
Esto es semejante a la pesca con imán. Esta actividad es muy popular hoy en día. Personas compran imanes potentes de neodimio y los arrojan amarrados a una soga a lagos, ríos y canales. Si hay algún elemento metálico que sea atraído por el imán, cuando sea recogida la soga el elemento metálico será recogido también. En esta ilustración, cada uno de nosotros es semejante a un lago donde el tentador arroja el imán buscando metales que reaccionen. El tentador y el imán están fuera de nosotros, pero los elementos metálicos que reaccionan al imán se encuentran en nuestro interior, en nuestras profundidades. Entonces, cuando algo nos tienta solo se está revelando lo que somos, y es que en nuestro interior hay un elemento susceptible a la tentación y no podemos avanzar si no lo reconocemos. La tentación ha venido a demostrar que en nosotros hay una concupiscencia reaccionante, porque el pecado mora en nosotros.
Preste atención a esto: Dios quiere que entendamos cómo somos en cuanto a nuestra naturaleza y, a través de las cosas que nos tientan, comprendamos lo que el apóstol Pablo, en Romanos 7, en los versículos 17 y 20, nos dice dos veces:
“… el pecado que mora en mí”
Si no nos conocemos, entonces no somos confiables. Si no sabemos que el pecado habita en nosotros, entonces seremos engañados. Podemos ser engañados y sucumbir ante nuestra propia naturaleza caída, volviéndonos vulnerables a los ataques del enemigo.
Recuerdo un día que estaba enseñando esto en una reunión, hablando de la naturaleza caída que cargamos hasta la venida del Señor (Ro. 8:23; 1Cor. 15:51-52). Al finalizar, un hermano que no estaba de acuerdo con lo compartido dijo: “Hermano, yo desde que recibí al Señor ya no soy un pecador”. El hermano no sabía lo que decía.
A la semana siguiente de esa declaración, el mismo hermano llegó a la reunión muy inquieto y pidió la oportunidad para hablar, así que le oímos. Nos contó que aquella semana había sido desastrosa, que incluso casi sufrió un accidente automovilístico que hizo que se diera cuenta que él seguía siendo pecador, pues su reacción para con el otro conductor, fue grosera y violenta, dándose cuenta de que si él se descuidaba, el viejo hombre aparecería.
LA TENTACIÓN, CRISTO, ADÁN Y EVA.
El pecado habita en nosotros y es por esto por lo que existe la concupiscencia en el ser humano. Existe una relación directa entre el pecado que nos habita, la concupiscencia que nos seduce y la tentación interior. Todo esto deja en evidencia la verdad antropológica revelada en la Biblia y es que en el ser humano existe una realidad inherente que nos lleva al mal y nos esclaviza, que nos hace culpables ante Dios, pero también que ha acuñado una imagen que no es la de Dios en nosotros. Como verán, el ser humano tiene un problema jurídico con Dios, pero también tiene un drama orgánico con su propia naturaleza.
En otras palabras, cada uno de nosotros es alguien que ante la justicia y santidad de Dios es culpable de juicio; pero gracias a Cristo Jesús encontramos el perdón de nuestros pecados, iniquidades y rebeliones delante de Dios, a través de lo cual hemos sido salvados del día de la ira y del castigo eterno. Sin embargo nos encontramos con un problema, y es que la concupiscencia sigue actuando en nuestro interior por causa del pecado y frecuentemente somos tentados. Confiamos y creemos en la suficiencia de la sangre de Cristo en cuanto a la justicia de Dios, ¿pero qué pasa con esas inclinaciones inherentes que batallan contra nuestra alma y que son muy reales? Ese no es un problema jurídico, sino orgánico, de nuestra naturaleza humana.
Un hermano nos contaba una triste historia. Un familiar suyo fue acusado de cometer un delito por el cual arriesgaba 12 años de cárcel efectiva. Pagaron un abogado, quien con mucha astucia e inteligencia logró que redujeran la condena a 5 años y con arresto domiciliario, con firma periódica. Hacer esto fue un gran esfuerzo económico que debería conmover a la persona que delinquió. Sin embargo, en una conversación intima, el hermano le dijo que dejara aquella vida y la respuesta de su familiar fue: “es que así soy yo, esto me gusta”. Podrán notar que el problema aquí no es jurídico, sino orgánico.
Debido a esto, los que hemos sido regenerados necesitábamos, por un lado, expiación jurídica delante de Dios, lo que ha sido consumado en la sangre de Cristo; y, por otro lado, precisamos transitar el camino de la libertad y santificación en cuanto a la vida que vivimos ahora en Cristo; es decir, ahora necesitamos ayuda con lo que somos. Porque aunque el perdón por nuestras transgresiones sea un hecho consumado en la sangre de Cristo, aquel que era nuestro amo (el pecado), sigue siendo un mal presente que habita nuestra carne, queriendo seducirnos y engañarnos.
Satanás puede venir como el tentador o aparecer algo que a nuestros ojos sea tentador, pero esto es algo exterior a nosotros; por otro lado, la tentación es provocada en nosotros por el deseo profundo que mora en nuestra naturaleza caída: la concupiscencia del pecado. En otras palabras, el tentador que es el diablo, no es un ente omnipresente que siempre nos está tentando, sino que en nosotros existe aquello que reacciona a lo que seduce a nuestros ojos, que estimula nuestra carne y que nos engaña con las cosas vanas de la vida (1Jn. 2:16).
Entonces, la concupiscencia es interior, proviene del pecado habitante y es la que nos seduce, es decir, la que provoca interiormente en nosotros la tentación. La tentación, por tanto, viene a ser una experiencia sensorial interna e inherente del ser humano. Esta existe por causa de la seducción de la concupiscencia que se encuentra presente en nosotros debido al pecado residente.
Ahora piensen en lo siguiente: los subtítulos de la Sociedad Bíblica a los pasajes de Mateo 4 y Marcos 1 acerca del Señor Jesús y el tentador, subtitulan “la tentación de Jesús”. Esto viene a ser un error si consideramos la tentación como un acto de la naturaleza humana caída, en cuanto a que se siente interiormente por causa de la concupiscencia pecaminosa. En estricto rigor y de acuerdo con lo que señala Jacobo, el Señor no tuvo un sentimiento interior (concupiscencia) que lo sedujera hacia lo que el tentador le ofrecía o señalaba exteriormente. Podemos decir con total seguridad que el diablo intentó tentar al Señor Jesús, pero en Él no existe pecado residente que le sedujera y provocará el deseo profundo por pecar. No había en el Señor Jesús concupiscencia interior, no había un deseo carnal batallando contra Él (1P. 2:11). El diablo arrojó el imán, pero no encontró en las profundidades del Señor Jesús nada que reaccionara a esto.
Cualquier podría juzgar esto como una simple cuestión semántica, pero creo que debemos tener claro que no es “la tentación de Jesús”, sino “la tentación de Satanás”; esto, para dejar claro que fue un acto exterior a la Persona de Cristo, no fue una reacción interior de Su naturaleza, porque Jacobo nos dice que Él no puede ser tentado por el mal ni tienta a nadie. Lo que realmente ocurrió, fue el intento fallido de Satanás por tentarle.
Adán y Eva estaban originalmente en la misma condición humana del Señor y no había en ellos pecado, ni concupiscencia que les sedujera a desobedecer interiormente; sino que a ellos –como dicen las Escrituras– les pareció bien comer de aquel árbol producto del engaño (2Cor. 11:3) y de la desobediencia. Sea como sea, ellos comieron del árbol voluntariamente, no fueron seducidos desde adentro, sino que Eva comió engañada (Gn. 3:13). Que comiera engañada, quiere decir que comió porque creyó en una mentira, abrazó una falsa esperanza que le pareció atractiva: llegar a ser como Dios (Gn. 3:6). No obstante, fue voluntariamente, ella creyó en aquella mentira pensando que era verdad. Contrario a Eva, Adán no fue engañado (1Tim. 2:14), sino que este comió obedeciendo a su mujer y desobedeciendo a Dios. Adán no fue engañado ni seducido desde adentro, sino que, al igual que Eva, voluntariamente desobedeció y, por su causa, entró el pecado al mundo (Ro. 5:19).
LO QUE VAMOS DESCUBRIENDO DE NOSOTROS MISMOS.
Dicho lo anterior, podemos entender que la tentación en nosotros nos muestra lo que hay en nuestra humanidad. No es que el deseo venga de afuera, sino que lo de afuera muestra el deseo pecaminoso que hay adentro. Esto deja en evidencia la concupiscencia que mora en nuestros miembros. Tenemos un problema inherente que nos ha afectado en todo nuestra ser y manera de vivir.
Nosotros, al igual que Israel en Egipto fuimos sacados a libertad en Cristo siendo salvados por Su sangre; pero saben, Israel no solo necesitaba salir físicamente de Egipto, sino también ser desintoxicado de Egipto. Su cuerpo fue sacado de Egipto, pero también su alma necesitaba ser liberada de la imagen egipcia formada en ellos. De la misma manera, nosotros necesitamos ser desintoxicados del viejo hombre (Ef. 4:22); pero para esto, debemos saber quiénes y cómo somos, pues sabiéndolo podremos humillarnos delante del Señor y pedir Su ayuda, la que progresivamente por el Espíritu y la Palabra se nos irá otorgando.
Quizá usted ya sabe esto intelectualmente, pero es en el desierto, en medio de la prueba, que usted se dará cuenta cuan real es el pecado morando en usted y cuanto le ha dañado. Es en la prueba que usted se dará cuenta que le gusta el pecado. Que aquello que lo seduce no es porque se le esté forzando, sino porque usted tiene algo en sus miembros que actúa en su contra, que lo seduce, que lo lleva a pensar en aquello y desearlo profundamente. En el desierto se dará cuenta que porta algo que lo tienta a rebelarse, a enrabiarse, a quejarse, a idolatrarse, a pecar, esto es, como lo dice Pablo “el pecado que mora en mí” (Ro. 7:17).
Nosotros, a diferencia del Señor, somos personas posibles de tentar. Nacemos bajo la esclavitud del pecado. Luego, al ser regenerados en la salvación por gracia que nos viene de la fe en Cristo, el dominio del pecado sobre nuestra alma se termina, aunque su habitación en nosotros sigue presente hasta el día de nuestra redención corporal (v. Ro. 6, 7 y 8). Debido a esto, para el cristiano es necesario estar atento y orar frecuentemente buscando del Señor la ayuda diaria, por cuanto somos débiles en la carne y fácilmente entramos en la tentación (Mt. 26:41; Mr. 14:38; Lc. 22:46; Heb. 4:14-15).
Es en el desierto que llegamos a comprender qué clase de personas somos. No es solo que mintamos, sino que descubrimos que somos mentirosos y somos seducidos por la mentira. Así comprendemos que necesitamos ser salvados de nosotros mismos y de aquella inclinación interior hacia el mal. No solo necesitamos ser perdonados de nuestros pecados, sino que además requerimos ser librados de nuestra naturaleza caída.
Comprendemos así que el pecado nos ha afectado profundamente, incluso en nuestros sentimientos. Al igual que Simón, sentimos que amamos al Señor hasta que aparece la prueba y nos damos cuenta de que solo le tenemos un cariño. A mitad de camino, tal cual Simón Pedro, terminaremos negándole porque descubrimos que estas emociones por Él son inferiores al amor que tenemos por nosotros mismos. Descubriremos que es engañoso nuestro corazón (Jer. 17:9) y que necesitamos conocernos. Llegamos a comprender que el pecado está presente en nosotros y si no es por el Espíritu no podríamos amar verdaderamente al Señor (Ro. 5:5).
Jacobo nos trae una gran lección, nos quiere mostrar lo corrompidos que estamos, lo pecadores que somos. Esto ha de provocar en nosotros una dependencia hacia Dios, hacia la sangre de Cristo y hacia el Espíritu Santo. Porque si nosotros somos así de malos, de caídos, entonces necesitamos ayuda. Para esto, gloria al Señor que nos ha dado Su Espíritu y lo ha unido a nuestro espíritu regenerado, para ayudarnos a andar en una nueva vida, a despojarnos del viejo hombre y a renovar nuestros pensamientos en la imagen del Hombre Nuevo (Ez. 36:26-27).
El Señor quiere mostrarnos lo real de nuestra corrupción concreta respecto a nuestra naturaleza caída. Quiere revelarnos, además, lo que significa la santificación en la vida cristiana. Esta es la forma de entender que sin Él nada podemos hacer (Jn. 15:5). Y esto no solo es la voluntad de Dios, sino que llegamos a comprender que es algo que necesitamos. En otras palabras, Dios quiere nuestra santificación y nosotros la necesitamos. La razón, es que somos seres caídos y el pecado habita en nosotros.
A medida que el Señor vaya avanzando en nosotros en todo esto, más dependientes seremos de Él; porque entenderemos nuestra impotencia, nuestra fragilidad y le pediremos ayuda para no caer en la tentación, ya que sabemos que la carne es débil y que podemos deshonrarlo si Él no nos socorre (Mt. 6:13; Heb. 4:14-15).
UNA BATALLA INTERIOR Y EL CLAMOR AL SEÑOR.
Debido a todo esto es que en medio de la prueba, cuando ocurre que somos tentados debemos clamar al Señor. Porque Dios no es el que nos tienta, sino que el pecado que mora en nosotros nos lleva a sucumbir ante la seducción diabólica, siendo atraídos por la concupiscencia interior que batalla contra nuestra alma. Repito, Dios no es el que nos tienta, sino que los deseos carnales operantes en nuestra humanidad caída actúan por causa del pecado que mora en nosotros. Sin embargo, podemos clamar al Señor que nos ayude cuando aparece la prueba, rogarle que nos libre de la tentación porque sabemos que somos débiles y necesitamos la fortaleza de Su Espíritu para no pecar contra Dios (v. Mt. 6:13; 26:41).
Por tanto, debemos estar conscientes y comprender que la tentación no proviene de Dios, sino de nuestra naturaleza caída, la que quiere llevarnos a pecar con nuestros cuerpos y esclavizar nuestras almas. No solo quiere que caigamos en la fornicación, sino que nos llenemos de envidia. No solo quiere seducirnos en la inmoralidad sexual, sino también inflar el ego, las enemistades, el partidismo, el amor al dinero, los malos pensamientos y toda obra de la carne registrada en Gálatas 5. En términos generales, interiormente batallamos con el fuerte deseo de rebelarnos contra Dios y contra Su Palabra.
LA ADVERTENCIA CONTRA LA INMORALIDAD SEXUAL.
En este punto se hace necesario enfatizar lo cuidadosos que debemos ser respecto a la inmoralidad sexual que tantas desgracias y vituperios traen al nombre del Señor entre cristianos. Las Escrituras nos ordenan claramente que debemos huir de la fornicación (1Cor. 6:18). Esto significa que no debemos confiarnos de nuestra fuerza de voluntad respecto a lo relacionado a la fornicación o inmoralidad sexual. No debemos pensar que podemos manejar a nuestro antojo estos apetitos carnales. Lo que debemos hacer es huir de estas pasiones. No importa que seas un joven recién convertido o un hombre adulto de 40 años y ministro de la Palabra, de la fornicación y todas sus variantes debemos huir.
Muchas veces entre los que sirven al Señor hay prácticas imprudentes que demuestran el desconocimiento personal y/o el menosprecio a la Palabra de Dios. Producto de esto ocurren grandes males y se cometen terribles pecados en las congregaciones, porque no se considera que de la fornicación y sus derivados hay que huir. Por tanto, si usted está sirviendo al Señor debe tener cuidado consigo mismo y no abrazar prácticas imprudentes como la de reunirse a solas con hermanas. Que sean las ancianas las que se ocupen de las hermanas más jóvenes (Tit. 2:3-5). Y si usted por alguna razón tiene que conversar con alguna hermana, que no sea a solas. Que su esposa o algún hermano colaborador lo acompañe. No nos confiemos de nosotros mismos, el pecado habita en nuestros miembros, nos seduce y engaña. Con esto no estoy diciendo que las hermanas estén buscando seducir a los hermanos, sino que el pecado está presente en nuestra humanidad y procurará engañarlas a ellas y a nosotros. Incluso con el falso sentimiento de enamoramiento.
Se ha sabido de muchos casos de pastores o ancianos que se enamoraron de una hermana y viceversa, cayendo en adulterio, destruyendo familias, exponiendo a vituperio el nombre del Señor. ¡Y todo esto por no prestar atención a la Palabra del Señor y tomarla en serio! Por tanto, no hay que bajar la guardia, porque por esto muchos hombres que estaban sirviendo al Señor han caído. De la fornicación se huye y esto es para varones como para mujeres, porque el pecado mora en nosotros. No seamos ingenuos ni incrédulos.
RADICALES CON NOSOTROS MISMOS.
Saben, cuando por el Espíritu y la Palabra vamos conociéndonos aprendemos que con nosotros mismos debemos ser radicales. Con nuestra carne hay que serlo, no darnos ninguna licencia; porque un centímetro de permiso puede terminar en un kilómetro de libertinaje. El Señor Jesús nos enseña a ser radicales con nosotros mismos. En Mateo 5:29 nos dice:
“Por tanto, si tu ojo derecho te es ocasión de caer, sácalo, y échalo de ti; pues mejor te es que se pierda uno de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea echado al infierno.”
Como verán, debemos ser radicales con los apetitos de la carne, con nuestra humanidad caída, con nosotros mismos. Como dijo un hermano: “Si el internet te es ocasión de caer, entonces córtalo”. Esto no puedes entenderlo si no has sufrido contigo mismo en el desierto, ante la tentación. Y si no te has dado cuenta quién eres llamarás a esto “santurronería”; pero son las palabras del Señor Jesús las que leímos en Mateo 5:29. Entonces, debemos ser radicales con nosotros mismos. Si cada uno tuviera cuidado de ser radical consigo mismo, no habría necesidad de ser radical o aplicar el legalismo con los otros hermanos. Cada uno de nosotros debería desconfiar de uno mismo y de las pasiones carnales, reconociéndolas en su batalla contra nuestra alma.
Lamentablemente muchos cristianos no creen o ignoran estas cosas. Piensan que al volver a nacer el pecado dejó de habitarles y no se toman en serio la Palabra de Dios. En esto vemos a hermanos que comenzaron a relacionarse con personas del mundo, a ser íntimos, a visitarlos, se hicieron amigos, y en esto dejaron la comunión del cuerpo de Cristo. Sus amigos eran borrachos, fiesteros y desenfrenados, ¿cómo creen ustedes que acabaron estos hermanos? Igual que ellos, ¿por qué? Por el pecado que mora en nosotros. Si tú estás sufriendo alguna situación como esta, ¿qué crees que debes hacer? Cortarlos, deja esas amistades, quítalas de ti, vuelve a la comunión del cuerpo de Cristo. Quizá te excuses diciendo que quieres predicarles, ¿pero por qué apartarse de los hermanos en Cristo? No te engañes a ti mismo. Está claro que debemos evangelizar, pero ojo, eso no significa que le daremos licencias a nuestra naturaleza caída para caer bien y que nos escuchen.
No seas ingenuo ni sinvergüenza. No seas como aquellos que toman 1ª Corintios 9:21-23 para entregarse a las concupiscencias que comparten con sus amistades mundanas. Si eres un cristiano honesto y te das cuenta de que lo único que has logrado es deteriorarte en tu vida cristiana; entonces sal de allí, corta con eso. Pero si te ciegas y no crees lo que nos revela la Palabra de Dios, entonces no te conoces y deseo de todo corazón que el Señor te lo muestre, para eso, es el desierto.
LA TENTACIÓN PRINCIPAL.
Sabemos que el primer mandamiento y más importante es:
“Y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente y con todas tus fuerzas. Este es el principal mandamiento.” (Mt. 12:30).
Esto lo enseñó el Señor Jesús. Considerando esto, debemos comprender que la primera tentación que vendrá será rebelarnos contra Dios. Seremos tentados en culpar y tratar a Dios como malhechor, y no amarle. Seremos tentados a pensar que somos víctimas y que Dios no merece ser el que gobierna. Vendrá la tentación de buscar una salida por nuestros propios medios, porque se nos querrá hacer creer que Dios no es omnisciente ni omnipotente.
El primer objeto del ataque de la tentación será Dios. La tentación es rebelarnos, irnos en contra del Señor. La tentación será vernos como el centro de todo, como víctimas, como quienes no merecen pasar aquello y se nos tentará a culpar a Dios. La tentación nos hará pensar: “¿Por qué sufrir por Él?”, “¿Por qué sufrir si tengo derecho a ser feliz?”, “¿Por qué padecer si puedo ser feliz sin Dios?”. Esto nos lleva a entender que somos rebeldes.
¡Oh, hermanos! Necesitamos abrir los ojos, en nuestros miembros hay una inclinación intrínseca a rebelarnos contra Dios. Lo primero que viene a mostrar la tentación es nuestra inclinación natural para rebelarnos contra Dios. Allí debemos rogar al Señor ayuda y por el Espíritu hacer morir esas obras de la carne.
Tenemos, por tanto, dos caminos: 1) Adorar humillados al Señor, voluntariamente; o 2) rebelarnos.
DIVERSOS ASPECTOS DE LA TENTACIÓN.
Aparte de lo anterior, la tentación vendrá a confundirnos. Querrá que pongamos en duda la Palabra de Dios, que dudemos de Su amor, que dudemos de Su santidad, que dudemos de Su fidelidad y que nos rebelemos. Ustedes ya conocen la historia de cómo Satanás intentó, de manera exterior, tentar al Señor Jesús. En Mateo 4, del verso 3 al 4, se nos dice:
“3 Y vino a él el tentador, y le dijo: Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en pan. 4 El respondió y dijo: Escrito está: No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.”
Lo primero que hizo la serpiente fue mostrarle una necesidad humana: el hambre. Si tienes hambre y eres el Hijo de Dios, ordena que estas piedras se conviertan en pan y así satisfaces tu necesidad. La respuesta del Señor en el desierto es recordando y citando las Escrituras de Deuteronomio 8. Como haciendo un paralelo entre el Hijo del Hombre y el pueblo de Israel. En el desierto el pueblo de Israel se rebeló y murmuró muchas veces por causa de las necesidades físicas, como el alimento. Se rebelaron contra Dios y contra Su Palabra, no confiaron. Esto se manifestó en constantes altercados con Moisés. Pero el Señor Jesús es tan distinto. Él responde de una forma notable, mostrando que el alimento y las cosas materiales son secundarias. Él revela que lo principal es la Palabra de Dios. Esto es algo que el Señor enseñó a Sus discípulos señalándoles en diferentes oportunidades cosas tales como:
“Mirad las aves del cielo, que no siembran, ni siegan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros mucho más que ellas?” (Mt. 6:26).
También tenemos Lucas 12:29-31 que señala:
“29 Vosotros, pues, no os preocupéis por lo que habéis de comer, ni por lo que habéis de beber, ni estéis en ansiosa inquietud. 30 Porque todas estas cosas buscan las gentes del mundo; pero vuestro Padre sabe que tenéis necesidad de estas cosas. 31 Mas buscad el reino de Dios, y todas estas cosas os serán añadidas”
Los hebreos vieron las maravillas del Señor: obras portentosas, gloriosas, extraordinarias e increíbles. Fueron librados del poder y yugo de Egipto sin levantar una sola espada. ¿Sería un problema para Dios el darles de comer? Claro que no. Sin embargo, olvidaron todas esas cosas y se rebelaron. ¿Qué mostraba esto? Que eran un pueblo incrédulo, rebelde, que pensaban solo en llenar el estómago y no se ocupaban de las cosas celestiales. No buscaban a Dios, no clamaban a Él, sino que confiaban en sí mismos y en sus fuerzas. No se afligían por vivir en medio de un pueblo idólatra que pecaba diariamente contra Dios, sino que se afanaban solo porque no les faltara el pan. El Señor Jesús vino a revelar que Dios alimenta a las aves y que esto es algo básico. Que lo principal de la existencia y subsistencia humana, era satisfacer sus necesidades espirituales, conociendo al Señor y confiando en Su Palabra. El hambre, en vez de llevar al hombre a rebelarse, debería llevarlo a clamar a su Creador, porque al final esas cosas son añadiduras con las que no deberíamos estar afanados; pues el Señor suple las necesidades de aquellos que le aman y confían en Él. Es cosa de observar cómo Dios usó un ave catalogada de inmunda (el cuervo) para alimentar a Elías (v. Lv. 11; 1 R. 17:4-6).
El tema es saber que en el desierto vendrá la tentación a exacerbar nuestras necesidades. Llevándonos a desconfiar del Señor, dejando de manifiesto nuestro afán y egocentrismo, algo que no ocurrió con el Señor Jesús. Con todo esto, descubrimos si realmente confiamos en Él y si en nuestro corazón Él vale más que un plato de comida. Descubriremos si al igual que Esaú, ante la primera necesidad, menospreciaremos nuestra relación con Dios (Gn. 25:34). La necesidad mostrará si realmente confiamos en el Señor o acaso tenemos el corazón afanado en las cosas materiales que son añadiduras. En todo esto el Señor tendrá que purificar nuestra fe.
La respuesta del Señor Jesús muestra que Dios es el proveedor de todas las cosas y que las necesidades del cuerpo son las más básicas por las que jamás deberíamos desconfiar de Dios. El Hijo del Hombre nos enseña que las necesidades espirituales son las principales a satisfacer, luego las del cuerpo; por lo que no debemos vivir para el cuerpo, sino para Dios. El cuerpo es un vehículo que necesita redención, no debemos vivir para este, sino para el Señor. Las necesidades del cuerpo no deberían determinar nuestra fe en el Señor, ni ser causantes de rebeliones en nuestro corazón. Si el Señor nos bendice con cosas materiales agradeceremos, teniendo presente que Él provee para el sustento nuestro y de nuestras familias, así como para que voluntariamente participemos de Su generosidad para con otros.
Ahora, el tema es no olvidar que en medio de la prueba la tentación usará las necesidades del cuerpo para llevarnos a desconfiar de la Palabra de Dios y menospreciarla. El hambre y la enfermedad son cosas de este cuerpo y serán usadas para poner en duda el crédito[7] del Señor. Pasamos alguna necesidad y dudamos de Su sustento. Nos enfermamos y dudamos de Su amor. No obstante, todo esto lo usa el Señor para mostrarnos si verdaderamente confiamos Él, para revelar si realmente le amamos, para exponer si somos rebeldes, para dejar en evidencia si somos egocéntricos, entre otras cosas.
Tengo presente que esto puede malinterpretarse y algunos podrían señalar que estoy llamando a un descuido de la salud, de no ir al médico, de no trabajar y ser irresponsables con las necesidades. No es lo que estoy diciendo. Más bien, mi intención es señalar que debemos ir al médico y cuidar nuestra salud, pero no sin antes doblar nuestras rodillas en presencia del Señor y rogar Su ayuda, y tener abiertos los ojos para darnos cuenta si acaso somos incrédulos y desconfiamos de Su amor. No estoy diciendo que no debemos proveer a nuestro hogar, por el contrario, debemos ser trabajadores y responsables, ocupándonos del sustento de nuestras familias; pero esto, debemos hacerlo conscientes de que dependemos del Señor y que necesitamos Su favor, trabajando no para ser vistos por otros, sino para la gloria de Su Nombre. Abriendo los ojos cuando en medio de las aflicciones se asoma nuestra desconfianza en Su Palabra.
Todo esto es para conocernos y para ser honestos con el Señor. Ya vimos como Pedro pensaba que amaba al Señor más que todos los otros discípulos; pero cuando le negó aprendió una gran lección. Pedro comprendió que no podía confiarse de su amor, de sus afectos, así que cuando se dio la oportunidad, le dijo al Señor: “tú lo sabes todo” (Jn. 21:17). Ya no podía confiar en sus emociones, ni en su ímpetu, solo confiar en que el Señor rogaba por él para que su fe no faltara. Noten algo importante aquí. El Señor no le ocultó el desierto a Simón, ni tampoco que vendría el tentador, más bien, le dijo lo que pasaría y le señaló algo fundamental a tener presente: que Él rogaría para que la fe no le faltara y una vez que se volviera, confirmara a sus hermanos (Lc. 22:31-32). Esto nos muestra que en el desierto, podemos confiar en el ruego del Hijo por fortaleza y, que incluso cuando caemos, cuando fracasamos, podemos volvernos a nuestros hermanos. Porque aún de nuestros fracasos podemos aprender lecciones. Y si tenemos tristeza por causa de nuestro fracaso, porque pensamos que hemos decepcionado al Señor, esto es bueno, nos ayudará a aprender y a no olvidar.
Que el Señor nos ayude a no olvidar, sin embargo no nos quedemos sumergidos en la tristeza (2Cor. 7:10), mas bien, vivamos el ‘luto’ de nuestro fracaso, pero no dejemos de leer Su Palabra, y cuando el Espíritu nos de aliento para proseguir, sacudamos nuestras rodillas y volvámonos al Señor. Confiemos en que tenemos al Hijo como abogado intercediendo por nosotros (1Jn. 2:1). Volvámonos al deseo de estar con Él. Y si estamos recién entrando al desierto no nos salvemos, la ayuda vendrá después de soportar la tentación en Cristo, estamos en Sus manos y le pertenecemos. Debemos aprender a esperar aún contra esperanza (Ro. 4:18-19), porque jamás el Señor avergonzará a alguien que confía en Él, alguien que espera en Él (Ro. 10:11).
EL ALMA, PENSAMIENTOS Y SENTIMIENTOS.
Sigamos leyendo Mateo 4:
“5 Entonces el diablo le llevó a la santa ciudad, y le puso sobre el pináculo del templo, 6 y le dijo: Si eres Hijo de Dios, échate abajo; porque escrito está: A sus ángeles mandará acerca de ti, y, en sus manos te sostendrán, para que no tropieces con tu pie en piedra. 7 Jesús le dijo: Escrito está también: No tentarás al Señor tu Dios.”
Ahora viene la tentación a torcer la Palabra. Nos quiere engañar con la descontextualización de la Palabra. Nos turba en nuestra mente. Hay personas que han caído en pecados graves debido a que en sus mentes se torció la Palabra, entregándose a sus propias opiniones. Personas han justificado el adulterio basado en el amor que estaban sintiendo, pensando ‘Dios es amor’. Y después se culpa al diablo o a Dios. ¡Fanfarronerías que intentan justificar la concupiscencia! Reconocer la perversión, reconocer la concupiscencia y huir de ella provienen de conocernos. Que el Señor nos libre y ayude para ver el engaño, para ver cuando se están tergiversando las Escrituras en nuestros propios pensamientos. Debemos estar atentos, pues se intentará corromper las Escrituras. Esto es pretender tentar al Señor, lo que ocurrirá en nuestra mente, en nuestros pensamientos.
Cuántos cristianos pueden atestiguar que en medio de la prueba se les han venido pensamientos que ponen en duda el amor del Señor: “Dices que el Señor te ama y mira lo que estás pasando”. Pensamientos como este vienen a nuestra mente. Lo piensas y lo sientes, es tu alma siendo tentada. Se intenta poner en duda la Palabra de Dios, se tuerce; pero hermanos, jamás Dios muestra Su amor sacándonos del desierto o que no nos pase nada; más bien, las Escrituras nos dicen que Dios ha demostrado Su amor para con nosotros, en que siendo pecadores, Cristo, Su Hijo, murió por nosotros (Ro. 5:8). Debemos defendernos con esto. ¡Dios me ha amado y Su amor llegó a grados inimaginables proveyendo para mi salvación a Su propio Hijo!
Cuidémonos de pretender tentar al Señor, es una insensatez; querer que Dios nos demuestre Su amor de otra manera que no sea Cristo en la cruz del Calvario es menospreciar al Hijo y la obra de Dios. No hay algo más alto que Cristo. Dios nos ha amado en Cristo, lo que pasemos lo transitamos en Su amor. Él es digno de confianza, podemos esperar en Él. Es más, aunque muriéramos en el camino, confiamos en que un día seremos levantados de los muertos. Que el Señor nos ayude y socorra nuestra alma del engaño. Que socorra nuestros pensamientos, que socorra nuestros sentimientos.
Satanás y el pecado residente, nos pondrán en el centro de nuestros pensamientos, como si fuésemos lo principal del universo. Se nos querrá engañar con justicias propias, para que lleguemos a pensar que merecemos solo ser felices. Y seremos seducidos interiormente por esto, porque somos caídos, nos volvimos antropocentristas, y peor aún, egocentristas. Llegaremos a pensar y sentir que Dios debería girar alrededor nuestro, que somos lo central, lo principal; pero hermanos, no es así, el centro es el Señor, la Palabra nos lo dice:
“Porque de él, y por él, y para él, son todas las cosas. A él sea la gloria por los siglos. Amén.” (Ro. 11:36).
Dios es el centro, Su Hijo es el tema central del Evangelio (Ro. 1:1-5), y por ende, ha de ser el centro de la vida cristiana. Somos del Señor, si morimos o vivimos, del Señor somos (Ro. 14:8). No nos pertenecemos. Que el Señor nos ayude a conocer nuestra alma. Cuidado con lo que pensamos y sentimos, si no es filtrado por las Escrituras, es sospechoso. Que el Señor nos ilumine, nos permita caminar íntegramente con Él. Y no nos quedemos con interpretaciones privadas, sino que abramos el corazón a nuestros hermanos, para que nos den su parecer respecto a las cosas que estamos pensado, sintiendo, para que nos ayuden a discernir (2P. 1:20).
EL PLACER.
Después, en el mismo pasaje de Mateo 4 leemos:
“8 Otra vez le llevó el diablo a un monte muy alto, y le mostró todos los reinos del mundo y la gloria de ellos, 9 y le dijo: Todo esto te daré, si postrado me adorares. 10 Entonces Jesús le dijo: Vete, Satanás, porque escrito está: Al Señor tu Dios adorarás, y a él sólo servirás. 11 El diablo entonces le dejó; y he aquí vinieron ángeles y le servían.”
Ahora la tentación fue postrarse ante el diablo y pensar que es mejor estar con él que con el Señor. Llegar a pensar que Dios es malo, es pensar que el diablo es el bueno. Entonces se nos ofrece el mundo y sus placeres. Esto es lo que se nos ofrece como analgésico ante el sufrimiento: poder, dinero, fama, placer. Como si estos quitaran la angustia del alma humana y su tristeza, su agonía por aquello que va más allá de lo existente, que tiene la medida de Dios. Que el Espíritu nos ayude a ver que solo el Señor es digno de adoración, de confianza y que aun en medio de la aflicción, en Su Presencia hay consuelo para nuestra alma.
Lamentablemente, es común ver en medio del desierto a hermanos que se entregan al vicio, a la borrachera, a la noche, porque creyeron en la mentira del analgésico ofrecido. Respecto a esto, el Señor Jesús nos enseña una lección tremenda. En el Gólgota, mientras estaba agonizando y sufriendo el colapso de su sistema nervioso, circulatorio y respiratorio, intentaron darle vino mezclado con mirra, lo que era un analgésico para ayudarlo a pasar el dolor. Sin embargo, Marcos registra que no lo bebió (Mr. 15:23). ¿Por qué? ¿Qué lección nos da el Hijo del Hombre?
Debemos aprender del Señor que el sufrimiento debe pasarse lúcido, atento a las lecciones del Espíritu. Atento a lo que se nos muestra. Roguemos al Señor la fortaleza en medio de la angustia, para poder aprender las lecciones y, por qué no, ser lecciones para otros en Cristo que no quieren pagar el precio de seguirle. El Señor, por Su Espíritu, estará presente para fortalecernos y ayudarnos. Él nos entiende, pues Su experiencia fue verdadera y totalmente humana en cuanto al sufrimiento. El Señor Jesús decidió vivir plenamente el dolor, no lo evitó. El trago amargo del sufrimiento lo saboreo lentamente, para poder llegar a ser, de esta manera, en Su humanidad, nuestro gran y fiel Sumo Sacerdote delante de Dios.
Mis hermanos, cosas terrenales y gloria no necesitamos, lo único que necesitamos es a Cristo. Pidamos ayuda al Señor ante la tentación, que nos ayude el Espíritu a no sucumbir ante nuestros deseos, sino que podamos darle gloria y esperar en Él. No nos dejemos engañar pensando que por ser hijos de Dios no debemos pasar por el desierto. Tampoco nos dejemos engañar pensando en que el sufrimiento proviene de Dios. No es así. El sufrimiento lo ha usado Satanás para engañar a los hombres. El sufrimiento proviene de Satanás y lo usa para demostrarle a Dios que el ser humano creado solo le adora y honra cuando está bien. Esto es algo que vemos en Job 1:11 y 2:5, donde dice:
“11 Pero extiende ahora tu mano y toca todo lo que tiene, y verás si no blasfema contra ti en tu misma presencia.” (1:11)
“5 Pero extiende ahora tu mano, y toca su hueso y su carne, y verás si no blasfema contra ti en tu misma presencia.” (2:5)
Sin embargo, cuando los hombres –inferiores en su creación a los ángeles– en medio del dolor y aflicción honran a Dios, dispuestos incluso a morir por Él, eso trae gloria a Dios (Jn. 21:19), justificando así la condenación de Satanás y de los ángeles que le siguieron (Mt. 25:41; Ap. 12:9).
Tengamos presente estas cosas, no nos engañemos pensando que no tendremos aflicción (Jn. 16:33), porque la tendremos. No nos engañemos pensando que no tendremos sufrimiento (1P. 4:1), pues sí lo habrá. No obstante, este es para purificación de la fe y crecimiento, además de ser para gloria de Dios. Porque cuando decidimos permanecer en Él, a pesar de lo que estamos viviendo, glorificando a Dios aun en medio de la aflicción, entonces estamos dando testimonio de que Dios es digno de amar y superior a cualquier tentación, aun cuando no le hemos visto. Esta es la mayor justificación de la condenación del diablo y sus ángeles caídos.
Confiamos y sabemos que el desierto es mientras estamos en este cuerpo, ya vendrá el día que estaremos con el Señor y nada de esto volverá a ocurrir. ¡Oh, hermanos! Pidamos al Señor que nos otorgue el verle, el palparle por el Espíritu, eso será suficiente para anhelar estar con Él y no querer negarle. Que el Señor se nos revele, ese debe ser nuestro deseo y oración, de esta manera no buscaremos analgésicos, sino que el Espíritu nos fortalecerá para enfrentar y vivir el dolor.
LA IMPORTANCIA DE LA PALABRA DE DIOS.
Finalmente, quisiera que notáramos una frase que se repite en las tres partes de la pretensión diabólica de tentar al Señor. Esta fue la forma en que el Señor se defendió, diciendo:
“Escrito está”.
Esto es prueba de la importancia de la Palabra de Dios, las Santas Escrituras, pues en medio de la tentación debemos refugiarnos en Su lectura y meditación, en privado y con los hermanos. La Palabra debe abundar en nosotros, debemos leerla, estudiarla, memorizarla si es posible, esto nos salvará. Déjeme citarle la experiencia del hermano Yun, de China[8]. Mientras el hermano Yun era torturado por los comunistas chinos, el Espíritu Santo traía pasajes de las Escrituras a su mente. Copio textual:
«Esta vez habían llevado con ellos varios instrumentos de tortura, incluyendo látigos y cadenas. Otro agente se me acercó con una porra eléctrica. Subió el voltaje al nivel más alto y me golpeó con la porra en la cara, la cabeza y otras partes de mi cuerpo. Sentía que mi cuerpo se llenaba de inmediato de una gran agonía, como si miles de dardos me atravesaran el corazón. El Espíritu Santo me consoló y animó con tres pasajes de la Biblia:
“Maltratado y humillado, ni siquiera abrió su boca; como cordero, fue llevado al matadero; como oveja, enmudeció ante su trasquilador; y ni siquiera abrió su boca”. Isaías 53:7.
“Para esto fueron llamados, porque Cristo sufrió por ustedes, dándoles ejemplo para que sigan sus pasos”. 1 Pedro 2:21.
“Dichoso el que resiste la tentación porque, al salir aprobado, recibirá la corona de la vida que Dios ha prometido a quienes lo aman”. Santiago 1:12.
Al meditar en la Palabra de Dios, el Señor me fortalecía para que resistiera. Me di cuenta de que ningún sufrimiento por el que pasara se podría comparar a lo que Jesús sufrió por mí, y que no podría jamás experimentar ningún dolor que estuviera más allá de la comprensión y compasión del Señor Jesús.
“Porque no tenemos un sumo sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que ha sido tentado en todo la misma manera que nosotros, aunque sin pecado”. Hebreos 4:15.”»
De esa manera el Espíritu Santo usaba las Escrituras para traer fortaleza al hermano Yun en medio del dolor. En Adán es imposible enfrentar el dolor, pero en Cristo y en el poder de Su Espíritu tenemos la fuerza del Nuevo Hombre, del valiente y honorable Jesús. Evidencia de esto son los millones de cristianos que mueren como ovejas que son llevadas al matadero, entregando sus vidas al Señor de la gloria, Jesucristo el Señor. Amén.
[1] Gr. Peirásmon.
[2] Una expresión corta sería no tentable; sin embargo, la palabra tentable no existe en el diccionario de la Real Academia Española hoy en día, 17 de septiembre del 2020.
[3] Orellana, J. C. 2025. Sobre la revelación y conocimiento de Dios (panorámica de Teología Bíblica). Santiago, Chile: Equipamiento Cristiano.
[4] Destruir (LBLA), exterminar (NBV), aniquilar (BLP).
[5] Que es atrevido y disoluto o carece de moralidad, especialmente en lo que hace referencia al aspecto sexual.
[6] También transliterado epithymía o epizymía.
[7] Su fiabilidad, credibilidad, confianza, solvencia.
[8] Hattaway, P. 2005. El Hombre Celestial. Miami: Editorial Unilit.
