(Texto) 6. Estudio a la epístola de Jacobo – El hermano pobre y el hermano rico (1:9-11).

Ya es nuestra sexta lectura de estudio de la epístola de Jacobo (también conocida como de Santiago)[1]. A medida que vamos avanzando en la lectura, nos hemos detenido a tratar asuntos específicos e importantes que se nos van presentando.

El capítulo anterior finalizamos con el “varón de dos almas” –como dice literalmente el texto griego– o como la Reina Valera 1960 tradujo “hombre de doble ánimo”. De este varón se nos dice que es inconstante en todos sus caminos. Respecto a esto, debemos prestar atención a algo importante que se nos dice y que en el capítulo anterior no alcanzamos a abordar. Permítanme, antes de pasar a los versículos que corresponden al capítulo de hoy, mencionar algo del versículo 8 que es para tener muy presente:

« El hombre de doble ánimo es inconstante en todos sus caminos.» (Stgo. 1:8).

VARÓN DE DOS ALMAS, LA VIDA CON O SIN FUNDAMENTO. 

La palabra que se tradujo “inconstante” es ἀκατάστατος (akatástatos) en el griego, y es un adjetivo doblemente compuesto (Carballosa, 2004, p. 94). Primero lleva la partícula negativa a (no o sin), luego la preposición katá (hacia abajo) y el verbo hístemi (colocar, establecer). Se nos enseña que estas tres expresiones al conjugarse en una sola palabra (akatástatos) significan “carecer de fundamento”. Y si pudiéramos generar una visualización de esta palabra, tendríamos que hacerlo con alguien que se tambalea como un borracho.

Ahora bien, una persona que carece de fundamento es alguien que vive sin convicciones, que es llevado para cualquier lado por sus sentimientos o pensamientos personales y no por creer a las Escrituras. Es alguien sin certezas, especulativo, dividido en sí mismo, que se mueve por opiniones subjetivas y sentimientos egocentristas. Una persona que tiene en vista sus propios intereses, necesidades y/o temores, pero no se mueve por convicciones de la fe cristiana surgidas de la Palabra de Dios.

Esto me recuerda a la parábola que el Señor hace de dos hombres que oyen Sus enseñanzas. Uno de ellos las toma en serio y las cree, mientras que el otro no (Mt. 7:24-29; Lc. 6:46-49). Al primero el Señor lo compara con alguien que edificó su casa sobre la roca, mientras que el otro es comparado con alguien que edificó su casa sobre arena. Vinieron los tiempos malos, tormentas, aluviones y la casa del que edificó sobre la roca permaneció en pie; pero la casa del otro, edificada sobre la arena, sin tener fundamento en el cual ser sostenida, se vino abajo. Esta parábola nos enseña que una vida fundada en la roca, una vida con fundamento, es la de aquella persona que se toma en serio las enseñanzas del Señor Jesús. ¿Cuánto pesa Su nombre y enseñanzas en tu corazón? Esto determina si tu vida está siendo edificada sobre la Roca eterna o no.

En la práctica, una persona con fundamento es aquella que, en el vivir, tiene presente al Señor y Sus enseñanzas. Confía en el Hijo y en Sus palabras. Le pesa en el corazón las enseñanzas del Señor y la gloria de Su Nombre. Y su forma de vivir y las decisiones que va tomando son considerando la Palabra de Dios, que es lámpara a nuestros pies y lumbrera a nuestro camino (Sal. 119:105).

A medida que por la Palabra vamos conociendo y entendiendo a nuestro Dios, comenzamos a caminar por convicciones. No robamos porque tengamos miedo de ir a la cárcel y sufrir, sino que no robamos debido a que creemos que nuestro Dios es santo y queremos estar cerca de Él, caminar con Él, tener comunión con Él, pues entendemos que Él no tiene comunión con las tinieblas (2Cor. 6:14; 1Jn. 1:6-7). Queremos andar en santidad, no por miedo a los juicios, sino porque queremos verlo, contemplarlo, conocerle y entenderle, pues sin santidad “nadie verá al Señor” (Heb. 12:14). Comenzamos a vivir por convicciones, pedimos confiados porque conocemos Su voluntad, pues le estamos conociendo y entendiendo por Su Palabra.

Por otro lado, “el varón de dos almas” no tiene convicciones escriturales, no tiene fundamento, su vida está fundada en la inestabilidad del alma, en el sube y baja de las emociones. Puede hablar mucho y hacer poco, ser idealista y no realista. El «yo siento» gobierna sus opiniones, piensa en virtud de lo que siente. Confía en lo que sus emociones le señalan, aunque esto sea un engaño y mentira. Le cree al ministro de la Palabra que le agrade, más que a la Palabra misma. Esta persona no tiene bases sólidas sobre las cuales pararse y edificar su vida, vive tambaleándose como un borracho, yendo de aquí para allá, “es semejante a la onda del mar, que es arrastrada por el viento y echada de una parte a otra” (Stg. 1:6).

En las Escrituras vemos que Cristo es la Roca (Mt. 16:18; Ro. 9:33; 1Cor. 10:4), todo lo que no tenga su origen en la fe de Cristo y Sus enseñanzas, es una vida edificada sobre la arena. Una vida edificada en la arena, es una vida edificada en todo lo que no proviene de la revelación especial de Dios. Es una vida que sigue el paradigma desde dónde surge el sistema de este mundo pecaminoso; y, las cosas más importantes de la vida, las vive siguiendo la corriente de este mundo. Un creyente así no tiene convicciones en cuanto a su vivir delante de Dios, cada día lo vive como le parece, como lo siente o como opina que debe ser. Si le agrada, entonces está bien; si no le agrada, entonces no se hace o se deja de hacer. Si le piden un servicio entre los hermanos, lo hará por un tiempo, hasta que deje de traerle alguna retribución personal. Hace, piensa y dice por sí mismo, pero no mirando a Cristo y siendo Cristo el fundamento de su vida y vivir. Que el Señor nos ayude a poder discernir cuando estamos viviendo de esta manera.

EL HERMANO POBRE.

Dicho lo anterior, vamos a continuar con lo que nos dice el versículo 9 al 11 de la epístola de Jacobo, capítulo 1. Leamos lo que dice:

9 El hermano que es de humilde condición, gloríese en su exaltación; 10 pero el que es rico, en su humillación; porque él pasará como la flor de la hierba. 11 Porque cuando sale el sol con calor abrasador, la hierba se seca, su flor se cae, y perece su hermosa apariencia; así también se marchitará el rico en todas sus empresas.” (Stg. 1:9-11).

Ahora vamos a considerar otro asunto importante, pues entre los santos que conformaban las iglesias locales del tiempo de Jacobo, había mucha pobreza. Como señalé en el capítulo IV, Herodes Agripa I, buscando consolidar su poder y agradar a los líderes religiosos judíos, arremetió contra los seguidores de Cristo. Debido a esto, apareció una atmósfera de temor e incertidumbre en Jerusalén, por lo que muchos creyentes huyeron hacia regiones más seguras: Siria, Fenicia, Chipre, y Antioquía (Hch. 11:19).  De esta manera, muchos salieron con lo que llevaban puesto, volviéndose migrantes en tierras ajenas, siendo enfrentados a las aflicciones que traía consigo todo esto, como la profunda pobreza.

Aparte de esto, las Escrituras por mano de Lucas, nos informan que en tiempos del gobierno de Claudio hubo una gran hambre. En Hechos 11:28, se nos dice:

“Y levantándose uno de ellos, llamado Agabo, daba a entender por el Espíritu, que vendría una gran hambre en toda la tierra habitada; la cual sucedió en tiempo de Claudio.” 

Claudio, fue un César romano desde el año 41 d.C., hasta el 54 d.C.  En nuestra primera introducción realizada a la epístola de Jacobo, dijimos que la fecha de composición se encontraba entre los años 44 d.C. y 50 d.C. Por lo tanto, nos damos cuenta de que Jacobo escribió durante este tiempo de gran necesidad, donde las diferencias entre pobres y ricos eran bastante evidentes. Sin embargo, siempre hubo pobres y entre los santos era algo que se debía atender por la diaconía.

En varias partes de las Escrituras del Nuevo Pacto se habla de las necesidades de los hermanos humildes (en griego, literalmente, dice “pobres”). Vemos a Pablo llamando la atención de los hermanos de Corinto, en su primera epístola, pues en su desorden y falta de amor, avergonzaban a los hermanos que “no tienen nada” (1Cor. 11:20-22). En el libro de los Hechos, vemos cómo los hermanos vendían sus propiedades para que no hubiera necesidad entre los santos que conformaban la iglesia en Jerusalén (Hch. 2:45; 4:35). También vemos a Juan, en su primera epístola, advirtiendo a los hermanos de que el amor de Dios en nosotros no permanece indiferente antes las necesidades de nuestros hermanos (1Jn. 3:17). Además de esto, Pablo en la epístola a los Romanos relata que se estaban recogiendo ofrendas para los pobres que eran parte de la iglesia en Jerusalén (Ro. 15:26) y lo mismo ocurre en 1ª Corintios 16:1-2. Y en la epístola a los Gálatas, Pablo nos relata cómo los apóstoles en Jerusalén le encargaron acordarse de los pobres, lo cual procuró hacer con diligencia (Ga. 2:10).

Como pueden ver, la pobreza era un tema contingente entre los hermanos, asunto que no se le encargaba al gobierno de turno, sino que los escritores bíblicos llaman a los cristianos regenerados a estar conscientes de esta realidad y a proveer para las necesidades, mostrando así el amor del Señor que habita los corazones de los creyentes en Cristo (Ro. 5:5).

Debemos tener presente que este no era un llamado a la caridad sin justicia; no era un llamado a ser ingenuos y hacer caridad con dinero ajeno. Tampoco era un llamado a la igualdad en la pobreza. Más bien, era un llamado al amor inteligente, que se basa en la Palabra de Dios y en las convicciones que abrazan los cristianos. Para que se comprenda mejor, vemos en las Escrituras que se nos muestran diferentes clases de pobres, entre las que se encontraban las viudas (Hch. 6; 1Tim. 5), mujeres que quedaron sin el sustento del marido. Respecto a estas, mire las instrucciones de Pablo a Timoteo, las que no incluyen a todas las viudas y por lo que nos damos cuenta que la caridad debe ir de la mano de la justicia:

“3 Honra a las viudas que en verdad lo son. 4 Pero si alguna viuda tiene hijos, o nietos, aprendan estos primero a ser piadosos para con su propia familia, y a recompensar a sus padres; porque esto es lo bueno y agradable delante de Dios. 5 Mas la que en verdad es viuda y ha quedado sola, espera en Dios, y es diligente en súplicas y oraciones noche y día. 6 Pero la que se entrega a los placeres, viviendo está muerta. 7 Manda también estas cosas, para que sean irreprensibles; 8 porque si alguno no provee para los suyos, y mayormente para los de su casa, ha negado la fe, y es peor que un incrédulo. 9 Sea puesta en la lista solo la viuda no menor de sesenta años, que haya sido esposa de un solo marido, 10 que tenga testimonio de buenas obras; si ha criado hijos; si ha practicado la hospitalidad; si ha lavado los pies de los santos; si ha socorrido a los afligidos; si ha practicado toda buena obra. 11 Pero viudas más jóvenes no admitas; porque cuando, impulsadas por sus deseos, se rebelan contra Cristo, quieren casarse, 12 incurriendo así en condenación, por haber quebrantado su primera fe.» (1Tim. 5:3-12).

Noten las condiciones que el Espíritu inspira. Si una viuda tiene hijos y nietos, no es la iglesia local ni el Estado, los que deben ocuparse de ella; sino sus familias, sobre todo cuando son cristianos. Si somos personas de convicciones, entonces obedeceremos esto, porque tenemos fe en la verdad revelada de la Palabra de Dios. Y, en virtud de esto, actuaremos y honraremos al Señor, aprendiendo a ser piadosos con nuestra propia familia y a recompensar a nuestros padres.

Como verán, la caridad y la justicia van de la mano. La caridad no es ingenua, sino que obra en virtud de la fe que, por la Palabra de Dios, se nos da.

Por otro lado, Pablo escribe que hay personas que no trabajan (2Tes. 3:10). Ahora, sin el ánimo de incurrir en generalizaciones taxativas o de simplificar la compleja realidad de la pobreza, es necesario reconocer que existe un grupo de individuos que, por haber abrazado la indolencia o la pereza voluntaria, se encontraban en una situación de necesidad. No sería extraño que, dicho tipo de personas, quisieran aprovecharse de la bondad de los santos en Tesalónica y excusarse en que si el Señor viene pronto, ¿para qué trabajar?. Por lo que Pablo, por el Espíritu deja una frase bastante interesante:

Si alguno no quiere trabajar, tampoco coma.” (2Tes. 3:10b).

Con esto, nos damos cuenta de que hay distintos tipos de pobres y que debemos dar de gracia, pero no sin justicia ni sin directrices del Señor. Podemos señalar que existen las viudas pobres, pero también existen las viudas que son pobres, porque sus propias familias las abandonan. Así también podemos decir que hay pobres que necesitan la ayuda de los santos, pero existen otros que lo son porque han abrazado la pereza y se quieren aprovechar de la bondad. Gracias al Señor,  Su Espíritu ha dejado directrices para la iglesia, las que debemos investigar en las Escrituras para saber cómo debemos conducirnos.

Pero bueno, considerando esta realidad social que las iglesias vivían, Jacobo nos habla del “hermano que es de humilde condición”. Como les mencioné antes, el griego se refiere al “hermano pobre” y notamos esto debido al contraste que hay entre el versículo 9 y 10, donde vemos por un lado, al hermano pobre y, por el otro, al hermano rico. Algunos piensan que con “rico” no se está refiriendo a un hermano en la fe, sino a un rico no creyente; pero, la relación entre el verso 9 y 10 nos muestra que se refiere a dos realidades sociales distintas de hermanos en la fe.

El verso 9 dice “el hermano que es de humilde condición”, y el versículo 10 dice “pero el que es rico”. Que se omita el sustantivo de “hermano” en el versículo 10, no quiere decir que no es un hijo de Dios, dado que está implícito en el contraste que está realizando a través de la preposición «pero«. Si es un hermano el del verso 9, lo es también el del verso 10, pues se está haciendo un contraste de realidades a través del «pero«. Si el hermano pobre debe gloriarse en su exaltación, el hermano rico debe gloriarse en su humillación, este es un contraste que está haciendo de dos hermanos con realidades sociales distintas. Entonces, son hermanos en la fe, lo que debemos tener presente.

Este asunto de los hermanos pobre y rico se encuentra seguido a lo del “varón de dos almas”, el que carece de fundamento, que es llevado de aquí para allá por la duda, por lo que está viviendo y por lo que siente. No obstante, ahora Jacobo añadirá dos tipos de personas más que era común ver, dos tipos de realidades que se debían considerar por el bien del testimonio del Evangelio y, también, por el progresar de todos los santos en las pruebas que les estaba tocando vivir.

Cabe recordar, que el contexto de lo que venimos viendo es la prueba de nuestra fe, la formación de la paciencia como carácter de Cristo en nosotros, esa constancia de aprender a caminar y confiar en el Señor aun llevando un peso encima, la purificación de la fe de toda mezcla y fundamentada en la Palabra de Dios. Una fe que nos encamina a permanecer confiados en el Señor, humillados ante Su Presencia, esperando que se nos dé a conocer, porque eso es lo máximo que podemos obtener.

LA EXALTACIÓN.

Entonces, Jacobo llama la atención a dos realidades sociales que se vivían y que debemos saber enfrentar. Si nuestra prueba y realidad social es la pobreza, debemos aprender a gloriarnos en nuestra exaltación. Esta “gloria” no es “vanagloria”, no es jactancia y soberbia; más bien, esta gloria es la humilde alegría de saber que ante las necesidades que estamos enfrentando, recibiremos lo más grandioso que podamos alcanzar: conocer más profundamente al Señor.

Para los que tienen la vista puesta en su propia humanidad y el mundo –el varón de dos almas– les parecerá de poca monta la exaltación prometida a los cristianos pobres; sin embargo, es importante conocer lo que el Salmo 147:6 dice:

Jehová exalta a los humildes, y humilla a los impíos hasta la tierra.

Se nos dice que la exaltación proviene de Dios. Es Dios mismo que exalta a los humildes, a los humillados, a los pobres. La exaltación de la que habla Jacobo es la que Dios da. ¿En qué consiste esta exaltación? Les voy a responder esto leyendo un pasaje que nos muestra la exaltación, la alabanza del que se hubiere de alabar. Lea conmigo Jeremías 9:23-24, que nos dice lo siguiente:

23 Así dijo Jehová: No se alabe el sabio en su sabiduría, ni en su valentía se alabe el valiente, ni el rico se alabe en sus riquezas.  24 Mas alábese en esto el que se hubiere de alabar: en entenderme y conocerme, que yo soy Jehová, que hago misericordia, juicio y justicia en la tierra; porque estas cosas quiero, dice Jehová.” 

La exaltación, la alabanza de los cristianos pobres, proviene de Dios, y consiste en conocerle y entenderle de forma personal y progresiva. Quiere decir esto que Dios mismo es nuestra exaltación y que, en lo que nos gloriamos, en lo que nos alabamos, es en el hecho de poder conocer y entender al Señor. Job padeció pobreza, pero su riqueza vino cuando el Señor se le reveló[2]. La exaltación del hermano pobre no consiste en que dejará la pobreza y comenzará a ser próspero (con esto no estamos diciendo que tener un buen pasar económico sea pecado o que Dios no pueda sacar de esa condición a una persona), sino que la verdadera exaltación del hermano pobre será conocer al Dios eterno de una forma personal y cada vez más profunda.

El problema con las riquezas y el corazón del hombre es que se puede volver el objetivo de la vida. El hombre corre el riesgo de volverse un servidor del dinero, de los bienes, un soñador de las riquezas. Que se preocupa solo de lo contingente y no de la trascendencia espiritual que es conocer al Señor por el Espíritu y la Palabra.

POBRES EN ESPÍRITU.

El asunto con la condición del hermano pobre y humilde es que dicho estado viene a ser una ayuda para él, ya que como tal, sabe lo que es pasar necesidades y depender de la bondad de otro. Debo aclarar que no estoy elevando la pobreza material a la condición de santa, tampoco la presento como una maldición de Dios, sino que la trato como una realidad social existente desde siempre, que otorga a los cristianos regenerados que han pasado por esta una experiencia que los cristianos regenerados que han nacido en una clase social alta no tienen.

Entonces, para este hermano es más sencillo desarrollar una dependencia al Señor y una relación personal más profunda. No es difícil para él humillarse en la presencia del Señor y suplicarle ayuda, no tiene dinero en el cual poner su confianza y sentirse seguro, solo depende de la bondad y misericordia del Señor. Es así como de ser socialmente pobre, es más sencillo para este tipo de hermano volverse un “pobre en espíritu” y, como dice Mateo:

“Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.” (Mt. 5:3).

Ser pobre en espíritu es ser alguien que se sabe necesitado del Señor. Va más allá de la pobreza económica, es una condición del hombre que reconoce su necesidad de Dios. Es una persona que necesita al Señor para su alma, pues sabe que en Él encuentra todo lo necesario, ya que Él es ‘El-Shadday, el Dios todopoderoso, el Todosuficiente. Es aquel que comprende que fuera del Señor no necesita nada más para su alma. Que el Señor le es absolutamente necesario para su existencia contingente.

No obstante, debemos señalar, que hay hermanos pobres y soberbios, que tienen su seguridad en otras cosas, pero no en buscar en el Señor su suficiencia, su plenitud. Debido a esto no avanzan en conocer que el Señor es la plenitud para nosotros (Ef. 1:23). Ya les he hablado del hermano George Müller, de Prusia[3]. Este hermano fue un predicador y misionero destacado por su fe en la soberanía de Dios y por su obra en favor de los niños desamparados a través de hogares que les servían como albergues, donde recibían buena educación, vestido y alimentación. George Müller no tenía nada más que la fe en el Padre de huérfanos (Sal. 68:5). Y vivía él mismo como un necesitado de Dios, y saben, nunca fue desamparado. Un necesitado de Dios es alguien de oración, ese es un pobre en espíritu. De George Müller escribió Andrew Murray las siguientes palabras:

“Del mismo modo que Dios colocó al apóstol Pablo como un ejemplo en su vida de oración para los cristianos de todos los tiempos, así también puso a George Müller, en tiempos más recientes, como una prueba para Su iglesia, de que Él continúa respondiendo siempre la oración, en forma literal y maravillosa.”[4]

ALGUNOS EJEMPLOS DE DEPENDENCIA Y LA MUJER SIROFENICIA.

La exaltación de un hermano pobre en lo material, pero además, pobre en espíritu, se halla en Dios mismo, en Dios revelándose a él, pero también en Dios respondiendo sus oraciones y supliendo sus necesidades. Permítanme contarles la experiencia de una querida hermana, la cual estaba padeciendo con su marido mucha necesidad. El hombre no era creyente, era un inconverso, borracho y despilfarrador del dinero. Un día la hermana no tenía qué comer y con dos hijas que alimentar, su alma comenzó a afligirse. Lo único que tenía era unos cabellos de ángel[5] para un caldo, así que oró al Señor con el corazón acongojado, diciendo: “Señor, somos tus hijas, y estamos padeciendo necesidad. Este asunto, Señor, es tu problema, somos tu problema, ayúdanos Señor.”

Mientras cocía los cabellos de ángel para hacer su caldo, le tocaron la puerta. Apareció una vecina que le dijo: “Sabes, mi marido compró un saco de papas y son muchas, ¿te molesta si te doy unas pocas?”. La hermana muy emocionada le dijo: “Claro que no me molesta, muchas gracias”. Su caldo ahora tenía papas. Ya con esto estaba muy alegre y feliz, cuando de pronto le golpearon la puerta. Era una vecina, su madre estaba muy grave en Molina[6], tenía que salir con urgencia un par de semanas, pero había llenado el refrigerador el día anterior y las cosas se iban a descomponer, entonces le preguntó a la hermana: “¿Te molestaría recibir estas cosas como un regalo?”. La hermana con lágrimas en los ojos le dijo que no sería una molestia, porque ella sabía que su Padre estaba proveyendo. Eso es dependencia a Dios, pobres en espíritu, algo que debe añadir a su pobreza el hermano de dicha condición social.

Les contaré otra historia como esta, de una hermana muy cercana. Ella estaba angustiada por ver a su hermana en la fe y biológica. Durante aquel día se le vino reiteradas veces la imagen de su hermana a la mente, así que después de trabajar, decidió ir a verla. Pasó a comprar algunas cosas para sus sobrinos, un poco de mercadería y algo para tomar té[7].

Cuando llegó a la casa, su hermana abrió la puerta junto a su esposo y, al ver las bolsas que traía, dijo algo al oído de su marido, quien con lágrimas en sus ojos, después de saludar a su cuñada, salió a realizar un trabajo. La hermana no soportó la curiosidad y le preguntó qué le había dicho a su cuñado en el oído, pensando en alguna broma de parte de ellos; pero no era esto. Ella le contó que estaban sin recursos, al marido le había ido mal en el trabajo y no tenían para darle de comer a sus hijos, entonces le contaron que se humillaron en la presencia del Señor y oraron. ¿Cuál fue la respuesta? Ella apareció con las bolsas. Muy emocionada la hermana que sirvió de instrumento, alabó al Señor por usarla para esta bendición. Dios sigue siendo suficiente, y sigue usando a sus hijos.

Cabe señalar aquí, que puede haber pobres muy soberbios, que en vez de humillarse en la presencia del Señor, se rebelan en Su contra, viven quejándose y envidiando a otros. Como un hombre pobre que, estando en situación de calle, rechazó la ayuda de un hermano. Permítanme esta historia adicional.

Un hermano en día de lluvia y frío se compadeció de este hombre, así que le ofreció quedarse en su casa para dormir en una cama tibia, tomar una ducha caliente y usar ropa limpia. El hombre lo miró y le dijo: “No se preocupe, aquí estoy bien”. Este era un hombre pobre y soberbio.

Lo que quiero señalar, es que hay pobres con el corazón soberbio, altivos delante de Dios. El corazón debe estar humillado en presencia del Señor. Por tanto, el llamado al hermano de humilde condición es que añada a la necesidad material, la pobreza espiritual. Permítanme ilustrar esto con la mujer sirofenicia (Mr. 7:24-30), cananea, que aparece en Mateo 15:21-28. Allí dice:

21 Saliendo Jesús de allí, se fue a la región de Tiro y de Sidón. 22 Y he aquí una mujer cananea que había salido de aquella región clamaba, diciéndole: ¡Señor, Hijo de David, ten misericordia de mí! Mi hija es gravemente atormentada por un demonio. 23 Pero Jesús no le respondió palabra. Entonces acercándose sus discípulos, le rogaron, diciendo: Despídela, pues da voces tras nosotros. 24 El respondiendo, dijo: No soy enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel. 25 Entonces ella vino y se postró ante él, diciendo: ¡Señor, socórreme! 26 Respondiendo él, dijo: No está bien tomar el pan de los hijos, y echarlo a los perrillos. 27 Y ella dijo: Sí, Señor; pero aun los perrillos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos. 28 Entonces respondiendo Jesús, dijo: Oh mujer, grande es tu fe; hágase contigo como quieres. Y su hija fue sanada desde aquella hora.” 

Esta fue una mujer pobre de espíritu, que sabía que el Señor era misericordioso y por eso se humilló de esa manera. Debido a esto, el Señor le dijo “grande es tu fe”, porque ella sabía de la misericordia del Señor y lo creía. Así que delante del Señor se humilló, como una pobre mendiga que necesitaba urgentemente del socorro del Señor. Con angustia y llanto, con desesperación, así se humilló en la presencia del Señor. ¿Y cuál fue el resultado? Contó con la misericordia y gracia del Señor Jesús.

Así que la exhortación de Jacobo a los hermanos pobres es añadir la pobreza de espíritu, y así buscar el sustento en el Señor y gloriarse en la relación que van teniendo con Él. En gozarse en las respuestas que Él va dando a un corazón que busca la voluntad de Dios y que es dependiente de Él. ¡Gózate en el Señor que te responde! ¡Gózate en el Señor que se te va dando a conocer! ¡Busca en el Señor la alegría y el gozo en medio de la aflicción! Lo demás es añadidura.

EL GOZO DE LA HERMANA TEN BOOM.

Hay una película que les recomiendo para entender aún más esto, se titula “El refugio secreto”[8]. Es la historia de la familia ten Boom en tiempos de persecución nazi. Una de las hermanas aprendió a encontrar su gozo en el Señor. Tanto así que un día, cuando estaban llenas de piojos, la hermana daba gracias al Señor por el talco que le echaban los nazis para la pediculosis. Ella no miraba a los nazis, ella miraba al Señor que proveía de aquel talco providencialmente.

Estando encarcelada vivía como libre, porque encontró en el Señor su gozo y alegría. El Señor le fue suficiente para su alma. A pesar de todo lo que estaba sufriendo, de los malos tratos, ella se encontraba en el cielo, porque mantenía una relación viva con nuestro Señor. Para ella, cada día que pasaba podría ser el último en esta tierra y el primero en la Presencia del Señor. Daba gracias por todo: por la lechuga que tenía que recoger entre el barro, por los piojos que alejaban a los nazis de su barraca, por el cielo azul, por todo. Porque su gozo era el Señor, no lo que tenía y estaba viviendo.

Ella le estaba conociendo poco a poco en aquel desierto, cada día un poquito más. ¡Cuánto debemos aprender de esto! Pues nuestro gozo, muchas veces, es lo que tenemos en el bolsillo; nuestra paz, es lo que tenemos en nuestro bolsillo; nuestra alabanza a Dios, depende de lo que tenemos en el bolsillo. ¡Que el Señor sea nuestro gozo, nuestra paz y que la alabanza sea voluntaria a Él, por conocerle y entenderle! Que el Señor nos ayude.

POBRES CON CORAZÓN SOBERBIO.

Pero como les decía, hay pobres que viven con la vista en el mundo. Su deseo está en los bienes del mundo, en las cosas que el mundo ofrece. Buscan de los hombres, no buscan en Dios. Son pobres, pero soberbios. En la pobreza ven una forma de llamar la atención, de tener la atención de otros. Se viven quejando, viven lamentándose, se quejan del sistema, de los hermanos, se quejan de todo. Sin darse cuenta de que están viendo el mundo a su alrededor a través de los lentes de la envidia. En este tipo de pobres no hay dependencia hacia el Señor, sino que viven delante de Dios como si fueran soberbios ricos.

Por otro lado, hay hermanos que, con su pobreza, han aprendido a depender y humillarse al Señor. Su esperanza está en el suministro de Dios, sirven al Señor y le aman, confiando en que en Él tienen su sustento; y aunque no lo tuvieran aquí, en esta vida, confían en que su Señor les ha prometido una gran bienaventuranza: estar con Él, reinar con Él (Mt. 5:3). Porque esta es la felicidad del reino de Cristo: estar con Él sin tener nada de qué avergonzarse.

LOS RICOS.

Ahora, también hay hermanos que siendo ricos son pobres de espíritu y viven desprendidos de las riquezas, no tienen nada que afane sus corazones, solo el Señor es su ocupación. Su deseo máximo y su más preciado bien, es el conocimiento experimental de Dios. Estos hermanos pueden aprender a vivir dependientes al Señor, desarrollando así una vida cristiana más profunda. Y esa sí que es riqueza en la vida, la que es espiritual.

Lo que Jacobo hace con los hermanos ricos es ubicarlos, porque las riquezas dan seguridad, las riquezas dan poder, cierta ventaja social. Y es común que teniendo mucho, el corazón se ensoberbezca delante del Señor y de los hermanos, mirándolos en menos. Jacobo quiere advertir al hermano rico y le dice que se gloríe en su humillación, porque es allí donde busca al Señor, donde lo busca con angustia. Al decir Jacobo esto, está implícito que le está diciendo al hermano rico que no se gloríe en sus riquezas, como dice Jeremías: “ni el rico se alabe en sus riquezas” (Jer. 9:23), sino que se gloríe en su humillación; porque es allí donde más cerca está de conocer al Señor.

Recuerden, hermanos, el Señor es nuestra gloria. El conocerle es nuestra exaltación. La relación con Él es la verdadera riqueza, porque la riqueza de este mundo “pasará como la flor de la hierba”, es decir, que la vida se le irá y lo que realmente vale está más allá de esta vida biológica. La verdadera riqueza es la vida eterna y el aprovechamiento correcto de esta, lo cual es conocer al Dios verdadero y a Su santo Hijo Jesús (Jn. 17:3).  Las cosas que realmente valen son las cosas eternas y, el mismo Señor, nos anima a tener tesoros en el cielo antes que tenerlos en la tierra (Mt. 6:18-29; Lc. 12.32-34). Esto no quiere decir que ser profesionales y tener recursos sea un pecado, el problema es cuando en nuestra vida ser profesionales y tener recursos se vuelve nuestro “todo”, en vez de ganar a Cristo y un conocimiento de nuestro Dios.

Lo que Jacobo le está diciendo al hermano rico es que la vida es corta y que debería buscar los tesoros celestiales que se nos han dado y, el mejor tesoro, es Cristo. Con esto presente, Jacobo hace una metáfora para explicar esto y nos dice:

“Porque cuando sale el sol con calor abrasador, la hierba se seca, su flor se cae, y perece su hermosa apariencia; así también se marchitará el rico en todas sus empresas.” (Stgo. 1:11).

Lo que está diciendo Jacobo no es una amenaza, sino que está constatando lo dicho por Salomón:

“Como salió del vientre de su madre, desnudo, así vuelve, yéndose tal como vino; y nada tiene de su trabajo para llevar en su mano.” (Ec. 5:15).

RIQUEZAS TEMPORALES Y LA VERDADERA RIQUEZA.

Lo que la Palabra nos enseña es que las riquezas materiales son temporales, afanarnos en los bienes es necedad, porque todo esto es perecedero. Es por esto por lo que debemos aprender a vivir desprendidos en nuestro corazón, sabiendo que lo que tenemos y somos, es gracias al Señor que es bondadoso, quien nos ha dado, pero para servirle y participar de Su generosidad con otros. No obstante, debemos señalar que el Señor nos advirtió que es difícil para un rico entrar al reino de los cielos. En Mateo 19:22-24 dice:

22 Oyendo el joven esta palabra, se fue triste, porque tenía muchas posesiones. 23 Entonces Jesús dijo a sus discípulos: De cierto os digo, que difícilmente entrará un rico en el reino de los cielos. 24 Otra vez os digo, que es más fácil pasar un camello por el ojo de una aguja, que entrar un rico en el reino de Dios.” 

Noten, no dice que es imposible, sino que es difícil y esto es porque el Señor conoce el corazón del hombre. El problema no es tener riquezas, sino amarlas (Sal. 62:10c). Y el problema de amar las riquezas es que se vuelven un dios para el hombre, el cual lo enaltece y lleva a la arrogancia, a la soberbia. Comienzan a ser las riquezas las que nos quitan el sueño y las que tienen nuestro corazón[9]. No puede haber alguien que ame las riquezas y al mismo tiempo ame a Dios, porque como dijo el Señor Jesús:

“Ninguno puede servir a dos señores; porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o estimará al uno y menospreciará al otro. No podéis servir a Dios y a las riquezas.” (Mt. 6:24).

EL AFÁN Y ENGAÑO DE LAS RIQUEZAS TEMPORALES.

También el afán del mundo y el engaño de las riquezas provoca que la fe no crezca en nosotros. Mire, le voy a leer un pasaje:

“El que fue sembrado entre espinos, éste es el que oye la palabra, pero el afán de este siglo y el engaño de las riquezas ahogan la palabra, y se hace infructuosa.” (Mt. 13:22).

El Señor nos advierte con esto a que no pongamos en nuestro corazón el afán de tener riquezas y bienes, porque ese afán es engañoso, haciendo que las riquezas se vuelvan vanas para el alma y ahoguen la fe que, por la Palabra, debe crecer. Por eso hay que vivir con un corazón desprendido, aunque tengamos algo, vivir como si no fuera nuestro, y si en algo podemos ayudar a nuestros hermanos en la fe (con justicia por supuesto) debemos hacerlo. Digo con justicia, porque no es extraño que aparezcan “aprovechadores” cuando hay un corazón generoso. Debemos aprender a vivir con nuestro corazón puesto en el Señor y cuando nos demos cuenta de que estamos afanados en algo, volvernos a Cristo. El ubicar el corazón es un camino diario.

Gracias al Señor, Él sabe de nuestra fragilidad, es por esto que aparece la necesidad, las “vacas flacas”, y los negocios o empresas del rico sufren, porque Él quiere el corazón de Sus hijos ubicado, que aprendamos la humillación y dependencia a Él (Pr. 11:28).

EL OBJETIVO DEL HERMANO POBRE Y DEL RICO.

Recuerden, la exaltación del hermano pobre se halla en conocer a Cristo, Él es su exaltación y gloria. El hecho de conocer y entender al Señor es la gloria del hombre que, gracias a la prueba que vive, es ayudado a obtener.

De la misma manera, Cristo es la gloria de los hermanos ricos, conocerle y entenderle, pues en sus humillaciones es cuando más lo buscan, cuando se dan cuenta que Cristo vale más que los tesoros del mundo.

Entonces, el hermano pobre se gloría en su exaltación, en el hecho de conocer al Señor y Su suficiencia, pues en esa pobreza puede desarrollar una mayor dependencia al Señor reflejada en la vida de oración y fe. Dios, aparte de darse a conocer a él, no deja que le falte el sustento y el abrigo necesario (1Tim. 6:8). La vida piadosa del hermano pobre, de aquel que no solo es pobre materialmente sino además en espíritu, desprendido de las riquezas del mundo y dependiente de Dios, es algo muy difícil de alcanzar en la vida de un hermano rico. Noten, dije difícil, no imposible.

El hermano rico, por otro lado, ha de aprender a gloriarse cuando es humillado, porque es Dios que lo humilla, que lo lleva a la necesidad para que busque al Señor, lo conozca y se conozca a sí mismo (Os. 2:14). Así puede entrar al camino de una vida piadosa, al mismo camino de un hermano pobre. Si el hermano rico pone atención y se humilla delante del Señor cuando es probado, cuando es llevado a la crisis, al desierto, entonces podrá entrar a las profundidades de Dios y a una relación íntima con Él. Si entrega su corazón al Señor, entenderá que todo, incluso sus bienes son del Señor y para el servicio de quienes el Señor quiera, en gracia y justicia.

El hermano pobre y el hermano rico, en resumidas cuentas, han de tener un mismo objetivo: conocer y entender al Dios Verdadero, y a Jesucristo, Su Hijo enviado. Siendo de condición humilde o rico, el Señor quiere que Sus hijos aprendan a vivir como esclavos de aquel que nos amó y se dio a sí mismo por nosotros. Para esto, Dios exalta en la humillación al pobre, al que se revela paulatinamente por la Palabra y el Espíritu; y, por otro lado, humilla al hermano rico que se ensoberbece, para que pueda conocer que en el Señor se haya satisfacción más profunda que en la superficialidad de las riquezas. Sin duda, hay mucho más que decir, pero vamos a parar aquí.


[1] No olvides leer la carta y orar al Señor para que te edifique.

[2] Véase Job 38 en adelante.

[3] George Müller (Kroppenstedt, distrito de Halberstadt, Prusia, 27 de septiembre de 1805 – Bristol, 10 de marzo de 1898).

[4] (2004). Padre de huérfanos – Aguas Vivas. Revisado  el 24 de julio del 2020, desde https://www.aguasvivas.cl/multimedia-archive/padre-de-huerfanos/

[5] En Chile es similar al espagueti, pero mucho más delgado, con los cuales se cocinan sopas calientes.

[6] Molina es una ciudad y comuna de la zona central de Chile, ubicada en la Provincia de Curicó, Región del Maule.

[7] También conocida en Chile como la hora de “la once”, que se da entre las 18 y las 20 horas.

[8] Esta película es la adaptación del libro con el mismo título de la hermana Corrie ten Boom, publicado en 1971.

[9] Existe una teoría sobre el “ojo de la aguja” mencionada en el pasaje, la que indica que era una entrada que, por razones de seguridad, era pequeña, baja y estrecha, por donde los camellos tenían que entrar de rodillas. Hasta el momento (2026) esta teoría carece de evidencia histórica y arqueológica.