(Texto) 20. Estudio a la epístola de Jacobo – Exhortaciones y enseñanzas finales (4:11-5:20).
Esta será nuestra última lectura de este estudio de la epístola de Jacobo[1], el hermano del Señor. Ha sido largo, pero debemos dar gracias al Señor por ayudarnos a perseverar en esto que emprendimos y que, en el presente capítulo, concluimos.
Vamos a comenzar de inmediato con la porción final, abramos nuestras Biblias en la epístola de Jacobo (que es Santiago), capítulo 4, leeremos desde el versículo 11 y hasta el capítulo 5, versículo 20. Esta será la lectura más larga que realicemos en este estudio. Dice así:
“11 Hermanos, no murmuréis los unos de los otros. El que murmura del hermano y juzga a su hermano, murmura de la ley y juzga a la ley; pero si tú juzgas a la ley, no eres hacedor de la ley, sino juez. 12 Uno solo es el dador de la ley, que puede salvar y perder; pero tú, ¿quién eres para que juzgues a otro? 13 ¡Vamos ahora! los que decís: Hoy y mañana iremos a tal ciudad, y estaremos allá un año, y traficaremos, y ganaremos; 14 cuando no sabéis lo que será mañana. Porque ¿qué es vuestra vida? Ciertamente es neblina que se aparece por un poco de tiempo, y luego se desvanece. 15 En lugar de lo cual deberíais decir: Si el Señor quiere, viviremos y haremos esto o aquello. 16 Pero ahora os jactáis en vuestras soberbias. Toda jactancia semejante es mala; 17 y al que sabe hacer lo bueno, y no lo hace, le es pecado. 5 1 ¡Vamos ahora, ricos! Llorad y aullad por las miserias que os vendrán. 2 Vuestras riquezas están podridas, y vuestras ropas están comidas de polilla. 3 Vuestro oro y plata están enmohecidos; y su moho testificará contra vosotros, y devorará del todo vuestras carnes como fuego. Habéis acumulado tesoros para los días postreros. 4 He aquí, clama el jornal de los obreros que han cosechado vuestras tierras, el cual por engaño no les ha sido pagado por vosotros; y los clamores de los que habían segado han entrado en los oídos del Señor de los ejércitos. 5 Habéis vivido en deleites sobre la tierra, y sido disolutos; habéis engordado vuestros corazones como en día de matanza. 6 Habéis condenado y dado muerte al justo, y él no os hace resistencia. 7 Por tanto, hermanos, tened paciencia hasta la venida del Señor. Mirad cómo el labrador espera el precioso fruto de la tierra, aguardando con paciencia hasta que reciba la lluvia temprana y la tardía. 8 Tened también vosotros paciencia, y afirmad vuestros corazones; porque la venida del Señor se acerca. 9 Hermanos, no os quejéis unos contra otros, para que no seáis condenados; he aquí, el juez está delante de la puerta. 10 Hermanos míos, tomad como ejemplo de aflicción y de paciencia a los profetas que hablaron en nombre del Señor. 11 He aquí, tenemos por bienaventurados a los que sufren. Habéis oído de la paciencia de Job, y habéis visto el fin del Señor, que el Señor es muy misericordioso y compasivo. 12 Pero sobre todo, hermanos míos, no juréis, ni por el cielo, ni por la tierra, ni por ningún otro juramento; sino que vuestro sí sea sí, y vuestro no sea no, para que no caigáis en condenación. 13 ¿Está alguno entre vosotros afligido? Haga oración. ¿Está alguno alegre? Cante alabanzas. 14 ¿Está alguno enfermo entre vosotros? Llame a los ancianos de la iglesia, y oren por él, ungiéndole con aceite en el nombre del Señor. 15 Y la oración de fe salvará al enfermo, y el Señor lo levantará; y si hubiere cometido pecados, le serán perdonados. 16 Confesaos vuestras ofensas unos a otros, y orad unos por otros, para que seáis sanados. La oración eficaz del justo puede mucho. 17 Elías era hombre sujeto a pasiones semejantes a las nuestras, y oró fervientemente para que no lloviese, y no llovió sobre la tierra por tres años y seis meses. 18 Y otra vez oró, y el cielo dió lluvia, y la tierra produjo su fruto. 19 Hermanos, si alguno de entre vosotros se ha extraviado de la verdad, y alguno le hace volver, 20 sepa que el que haga volver al pecador del error de su camino, salvará de muerte un alma, y cubrirá multitud de pecados.”
CONTEXTUALIZANDO.
Jacobo, en el versículo 11 del capítulo 4, continuando con la idea que venía tratando desde el capítulo 3, prohíbe a los hermanos el murmurar unos de otros. La traducción aquí no es la mejor, pues la palabra griega que en esta versión traduce “murmurar” es καταλαλεῖτε (katalaleite) y significa “difamar” o “desprestigiar” (Carballosa, 2004, p. 199). Si se dan cuenta, todo esto sigue ligado y relacionado con lo que desde el capítulo 3 y hasta el 4:10 venía hablando. Jacobo les mostraba los conflictos y guerras entre ellos, los que deseando satisfacer sus pretensiones de “poder”, habían llegado a presentarse a sí mismos como maestros, sabios y expertos entre los demás. Peleando entre ellos y difamándose unos a otros.
Hemos entendido que estos hombres no se conocían a sí mismos, y al parecer, no entendían de dónde venían esas pretensiones que anhelaban ardientemente, deseos de ser reconocidos y dominar al pueblo de Dios, pues incluso, es probable (como vimos en el capítulo anterior) que atribuyeran al Espíritu Santo que les habitaba, aquellos celos que ellos mismos sentían. ¿Pero cómo llegaron a esto? Es simple, no se conocían ni conocían al Señor. Así que Jacobo les habla de las pasiones que operaban en sus miembros y esto lo complementamos con lo enseñado por el apóstol Pablo. Este, en cuanto a antropología bíblica, nos enseña que el pecado mora en nosotros hasta que recibamos la redención de nuestros cuerpos, lo que ocurrirá en la segunda venida de Cristo (Ro. 7:17-20; 8:23; Ef. 1:14).
DIOS JUSTO Y SANTO.
Pero esto no es todo lo que Jacobo intenta enseñar, sino que estas prohibiciones que les hace obedecen al saber en la presencia de quién estamos; es por esto que, junto con prohibirles el que continúen difamando y desprestigiándose unos a otros, les dice:
“11 Hermanos, no hablen mal unos de otros. El que habla mal de su hermano, o lo juzga, habla mal de la ley y la juzga. Y si juzgas a la ley, te haces juez de ella en vez de obedecerla. 12 Solamente hay uno que ha dado la ley y al mismo tiempo es Juez, y es aquel que puede salvar o condenar; tú, en cambio, ¿quién eres para juzgar a tu prójimo?” (DHH) [2].
Aquí la cosa se puso muy seria. Ya el tema no se trata solamente de no pecar, de no entregarse a las pasiones que combaten en nuestros miembros, ahora se trata de Aquel que está en medio nuestro como santo Juez. Este pasaje hace pareja con el 5:9, donde Jacobo les prohíbe a los hermanos el quejarse unos de otros, de lo contrario serían condenados, pues les advierte “he aquí, el juez está delante de la puerta”. Ustedes ya saben lo del Tribunal de Cristo y del Trono Blanco, ya lo vimos anteriormente, por lo que está de más aclarar que no se refiere a la vida eterna, como que perdiéramos la salvación; más bien, se refiere a si obtendremos como hijos disciplina o galardón del Señor en Su segunda venida. Porque hermanos, Jacobo les dice “el juez está delante de la puerta”, y esta es una mención a la inminente venida del Señor que, está viniendo.
Noten, por favor, que he dicho está viniendo. La razón por la que lo digo así es muy importante que la entendamos. Permítanme leer Apocalipsis 1:8, pero lo haré en la Biblia Textual, 3ª edición, que dice:
“Yo soy el Alfa y la Omega, dice el Señor Dios, el que es, y que era, y que está viniendo, el Todopoderoso.”
Los traductores de la BTX III explican en sus notas que “el participio griego expresa aquí una acción inminente”. Es decir que en cualquier momento aparece por nosotros el Juez. Debido a esto, traducen «está viniendo«. Jacobo está advirtiendo a los hermanos que el Señor de la gracia, que nos salvó por gracia mediante la fe (Ef. 2:8), es también el Juez que está viniendo, que puede aparecerse en cualquier momento. No sólo es nuestro Padre, también es Juez; y no sólo es amoroso, sino también justo. Esto es algo que en la predicación moderna del “evangelio” se omite; pues a los inconversos les gusta oír del amor de Dios, de que Dios los ama; pero no les gusta oír que Dios juzgará sus pecados, que condenará a muchos al infierno por no arrepentirse y aceptar la salvación ofrecida en Cristo (Jn. 3:16, 36).
Lamentablemente, esto mismo ocurre entre los santos. Muchos prefieren hablar del amor de Dios y omitir lo relacionado a la justicia de Dios, quizá porque piensan que ese es un tema resuelto en la cruz, y por lo tanto, no aplica a nosotros. En parte es verdad, o sea, es solo una parte de la verdad; porque efectivamente hemos sido justificados en Cristo y se nos dio, en Él y por Él, vida eterna (Ro. 3:23-25). Esta vida y don de Dios, no se nos quitará jamás, ¡gloria al Señor por esto! Hemos sido justificados del día de la ira de Dios, no estaremos presentes allí, tenemos justificativo para ausentarnos, el cual es Cristo, Su muerte y resurrección. Sin embargo, esto es solo la mitad de la verdad, pues Dios el Padre, y el Hijo, y el Espíritu Santo, siguen siendo el Dios justo. Hemos sido salvados de la condenación eterna, del día de la ira de Dios, pero Dios no ha dejado de ser justo.
Dios no ha dejado de ser justo, de ser santo, Dios sigue siendo el mismo; por lo tanto, aunque hemos sido hechos hijos de Dios en Cristo (Jn. 1:12), nuestro Padre sigue siendo justo. Lo que quiero decir, es que si bien la justificación en Cristo nos libra de la ira venidera (1Tes. 1:10), esto no significa que Dios ahora tolere nuestras conductas pecaminosas, como un abuelito que se hace el ciego ante las travesuras de su nieto. Voy a leer tres pasajes que debemos considerar en el Nuevo Testamento. Vamos primero a Hebreos 12:9-11, que nos dice:
“9 Por otra parte, tuvimos a nuestros padres terrenales que nos disciplinaban, y los venerábamos. ¿Por qué no obedeceremos mucho mejor al Padre de los espíritus, y viviremos? 10 Y aquéllos [nuestros padres terrenales], ciertamente por pocos días nos disciplinaban como a ellos les parecía, pero éste [nuestro Padre Celestial] para lo que nos es provechoso, para que participemos de su santidad. 11 Es verdad que ninguna disciplina al presente parece ser causa de gozo, sino de tristeza; pero después da fruto apacible de justicia a los que en ella han sido ejercitados.” (Corchetes agregados por el autor).
Luego vamos a leer 1a Corintios 11:29-31 que dice:
“29 Porque el que come y bebe indignamente, sin discernir el cuerpo del Señor, juicio come y bebe para sí. 30 Por lo cual hay muchos enfermos y debilitados entre vosotros, y muchos duermen. 31 Si, pues, nos examinásemos a nosotros mismos, no seríamos juzgados…”
Y finalmente Hechos 5, desde el 1 al 11, que nos dice:
“1 Pero cierto hombre llamado Ananías, con Safira su mujer, vendió una heredad, 2 y sustrajo del precio, sabiéndolo también su mujer; y trayendo sólo una parte, la puso a los pies de los apóstoles. 3 Y dijo Pedro: Ananías, ¿por qué llenó Satanás tu corazón para que mintieses al Espíritu Santo, y sustrajeses del precio de la heredad? 4 Reteniéndola, ¿no se te quedaba a ti? Y vendida, ¿no estaba en tu poder? ¿Por qué pusiste esto en tu corazón? No has mentido a los hombres, sino a Dios. 5 Al oír Ananías estas palabras, cayó y expiró. Y vino un gran temor sobre todos los que lo oyeron. 6 Y levantándose los jóvenes, lo envolvieron, y sacándolo, lo sepultaron. 7 Pasado un lapso como de tres horas, sucedió que entró su mujer, no sabiendo lo que había acontecido. 8 Entonces Pedro le dijo: Dime, ¿vendisteis en tanto la heredad? Y ella dijo: Sí, en tanto. 9 Y Pedro le dijo: ¿Por qué convinisteis en tentar al Espíritu del Señor? He aquí a la puerta los pies de los que han sepultado a tu marido, y te sacarán a ti. 10 Al instante ella cayó a los pies de él, y expiró; y cuando entraron los jóvenes, la hallaron muerta; y la sacaron, y la sepultaron junto a su marido. 11Y vino gran temor sobre toda la iglesia, y sobre todos los que oyeron estas cosas.”
Los tres pasajes se encuentran en el Nuevo Testamento, lugar dónde se registra el Evangelio de la gracia de Dios (Hch. 20:24). Notarán, pues, que se nos cuentan algunas cosas que suceden y sucedieron en la iglesia, donde Dios es el que actuó directamente. En el pasaje de Hebreos, se nos dice que Dios nos disciplina para que participemos de Su santidad y haya fruto de justicia. Esto significa que no solo hemos de ser santos porque el Señor mora en nosotros[3], sino que Él nos ayudará a ser santos en nuestra manera de vivir (1P. 1:15), pues tenemos Su Espíritu y hemos sido hechos participantes de la naturaleza de Dios (2P. 1:4). De esta manera, si nuestro Padre es santo y justo, esa misma Imagen (Ro. 8:29; Col. 1:15; Ga. 4:19) se trabajará en nosotros, para ser reproducida entre los hombres. Para esto Dios nos ayuda no solo mediante la Palabra y el Espíritu, sino que además usa Su disciplina. ¿Y por qué disciplina? Porque Dios es nuestro Padre justo. No ha dejado de serlo.
Luego vemos que Pablo le dice a los corintios que debido a la deshonra y menosprecio hacia los hermanos, se ha estado despreciando el cuerpo de Cristo, lo cual ha traído como consecuencia que algunos se enfermaron y estuvieran muy debilitados, incluso otros hasta murieron. ¿Pero por qué pasó esto? ¡Porque el Señor es santo y justo! No ha dejado de serlo y Su gracia jamás ha anulado Su santidad y justicia. Su gracia nos capacita progresivamente por el Espíritu a poder andar a la altura del llamado de Dios. La gracia no es sólo para el perdón de pecados, sino también para andar en una nueva vida (1Cor. 15:10). Pero los destinatarios de Jacobo andaban negligentemente en la presencia del Señor y pensaban que nada pasaría, es por eso que Jacobo les advierte que “el Juez está viniendo”[4], y esto no significa solamente que vendrá en Su segunda venida, allá en el futuro. Aquí debemos entender algo muy importante.
Algunos no se preocupan por la inminente venida del Señor y se conducen en la iglesia sin temor, tratando a los hermanos mal, despreciándolos, o queriendo ser el dominador del pueblo, pensando en que el Señor todavía no viene. Miran las noticias y en búsqueda de señales dicen: «Todavía Israel no construye el tercer Templo”, «No vemos al anticristo y un gobierno mundial todavía”, y su pensamiento respecto a la venida del Señor se limita a las señales que espera, mientras tanto, vive negligentemente. ¡Cuidado, hermanos! El Señor puede venir por nosotros hoy y no me refiero a Su segunda venida en gloria y majestad, sino a que puede venir esta noche por mí, tomar mi vida y llevarme al paraíso. ¿Saben por qué? Porque Él es el Dueño de mi vida y de la tuya, le pertenecemos.
Por lo tanto, como Juez podría venir hoy mismo por nosotros si andamos erradamente, si nos conducimos sin temor, porque al Señor no solo hay que amarlo, sino también debemos temerle. Y es por esto que quise leer el pasaje completo de Hechos 5, donde en dos oportunidades se dice que hubo “un gran temor” sobre los que oyeron estas cosas (Hch. 5:5, 11). ¿Y por qué hubo este gran temor? Porque estaban en la presencia del Dios santo y justo. Como verán, Jacobo nos está diciendo que Dios sigue siendo justo y santo, no ha dejado de serlo, por lo que debemos tener cuidado, debemos saber que Él está siempre a la puerta, no solo de Su parusía en los aires, sino también de nuestra vida personal, para llevarnos. Ninguno de nosotros es indispensable para la obra del Señor.
Los hermanos a los que Jacobo y Pablo escribieron, estaban desatendiendo las advertencias del Señor Jesús mismo, quien dijo:
“Pero yo os digo que cualquiera que se enoje contra su hermano, será culpable de juicio; y cualquiera que diga: Necio, a su hermano, será culpable ante el concilio; y cualquiera que le diga: Fatuo, quedará expuesto al infierno de fuego.” (Mt. 5:22).
Miren la advertencia del Señor, es seria. Él no nos oculta la verdad, Él nos advierte al respecto. El solo hecho de dejar que el enojo contra un hermano se apodere de nuestro corazón, nos hace culpables de juicio. ¡El sólo hecho de estar enojados! Es por esta razón que el Señor nos llama a mantener “cuentas cortas” y que el sol no se ponga sobre nuestro enojo (Ef. 4:26), ¿pues, sabe usted si acaso amanecerá vivo? Y si el Señor viene por usted durante la noche, mientras duerme y se encuentra enojado, ¡será culpable de juicio! El Señor nos advierte de algo que es serio, pero al parecer, nosotros, no le damos la seriedad que el Señor le da.
Ahora, es verdad que somos falibles y el Señor lo sabe. Él sabe que vienen a nuestra mente pensamientos inicuos y que en nuestras emociones sentimos cosas. Y puede ser que nos ocurra una situación que nos enoje con un hermano y nos veamos imposibilitados de perdonar, siendo embargados por amargura y cosas por el estilo. Mis hermanos, no podemos ser hipócritas y decir de la boca para fuera “lo perdono”, sino que debemos ser honestos delante del Señor y confesarle que hay enojo en nuestro corazón. Debemos decirle además que nos vemos incapacitados de sacar este sentimiento fácilmente, reconociendo que eso está mal. Y junto con esto, debemos rogar que tenga misericordia de nosotros y nos perdone, junto con ayudarnos a perdonar. Así debemos comenzar, humillándonos delante de Él, buscando Su ayuda.
Todo esto lo estaban ignorando aquellos a quienes el Señor conducía a Jacobo a escribir, y estaban difamándose unos a otros, hablando mal los unos de los otros, quejándose los unos de los otros, desprestigiándose unos a otros. De esta manera se estaban conduciendo, haciendo caso omiso de las advertencias de nuestro Señor Jesús. Haciendo caso omiso de que por el sólo hecho de enojarnos con un hermano estamos arriesgando ser culpables de juicio y, recuerden, el Juez está a las puertas, puede estar parado delante de nosotros con la espada desenvainada (Nm. 22:23) y nosotros queriendo avanzar sin cuidado. Porque hay que tener cuidado de cómo caminamos en la casa del Señor, ¿por qué? Porque el Dueño de casa está en medio, santo y justo, como siempre. Pablo esto lo sabía muy bien y por eso le escribe a Timoteo con el fin de que este supiera cómo conducirse en la casa de Dios (1Tim. 3:14-15), porque hay que saber cómo conducirnos en presencia del Señor.
Con todo esto, quiero señalar que Dios puede disciplinar severamente si lo estima necesario, incluso permitiendo la muerte física en casos extremos, como vemos en Hechos 5 y 1 Corintios 11; pero estos son casos excepcionales y no una regla general. Es decir que no toda muerte prematura de algún hermano es debido a que pecó, a veces simplemente es nuestra humanidad desgastada, que genéticamente viene con problemas, por causa de la caída de Adán.
LA SOBERANÍA DEL SEÑOR.
Estos hombres que menospreciaban al Santo y Justo en medio de ellos, debían ser advertidos. Y no solo de esto Jacobo les advierte, sino que también, viendo la soberbia de estos en el diario vivir, les advierte que sus vidas son como la niebla, que un día es y al rato deja de ser; pues ellos, en su rebeldía, planificaban sin considerar al Señor. Esto, ameritaba otra lección, otro recordatorio, así que Jacobo les dice:
“Si el Señor quiere, viviremos y haremos esto o aquello.” (Stg. 4:15b).
Esta frase es muy importante, es para ubicar en su lugar a los desubicados, porque si el Señor no quiere no podremos hacer nada de lo que planeamos, ya que Él es el Altísimo. Ahora la lección tiene que ver con la soberanía de Dios. Mis hermanos, podemos planear y querer realizar ciertas cosas, negociar, vivir, etcétera; pero saben, el Señor es nuestro Dueño, si Él no quisiera, si Él no nos ayudara, entonces en vano planeamos. Como se nos enseña en Proverbios 16:9, diciendo:
“Podemos hacer nuestros planes, Pero el Señor determina nuestros pasos.” (NTV).
Esto tiene un aspecto positivo y negativo, que debemos observar.
EL ASPECTO NEGATIVO.
El aspecto negativo para nosotros, los hijos de Dios, es que no nos pertenece nuestra vida, bienes y familia. No nos pertenecemos. Es por eso que Jacobo lo llama “Señor”, que en griego es κύριος (Kýrios). Si Jesús es nuestro Señor, nuestro Kýrios, entonces todas nuestras cosas, nuestros bienes son de Él; también, nuestras familias, nuestros hijos, nuestra esposa, es de Él; además nuestra propia vida y cuidado están en Sus manos. Por lo tanto, si Él quisiera llevarnos ahora al paraíso, si Él quisiera llamarnos a Su presencia en este mismo instante, ninguno de nosotros tiene derecho a preguntarle por qué, pues si le llamamos Señor, entonces es porque tenemos claro que le pertenecemos. Nosotros y todo lo que tenemos, es de nuestro buen Amo; todo es de Él, pues de Su mano lo hemos recibido para administrarlo. Él nos lo ha dado.
Pero nosotros nos encontramos enraizados, muchos anclados a este mundo, teniendo a la muerte como el fin de nuestra existencia, cuando la verdad es que morirnos significa estar en la presencia de nuestro Señor. ¿Pero quién quiere esto? Esto es algo que se ha olvidado, querer estar con Él cuanto antes. En lugar de esto nos atrevemos a quejarnos en Su presencia, porque no tenemos claro qué significa que Jesucristo sea nuestro Señor. Hace algún tiempo, en el funeral de un hermano tuve una reflexión. El hermano había partido muy joven y la familia sufría el dolor de la partida. Allí el Señor me recordó a un hermano en la fe que partió hace muchos años, también era mi tío. Cada vez que conversábamos él me hablaba del Señor, con un amor y deseo de estar con Él, que cada vez que me lo decía, yo le preguntaba: “Si tuvieras que morir hoy y estar con Él, ¿lo aceptarías?”, él me miraba tiernamente, suspiraba y me respondía: “Claro que sí, lo haría con alegría, es lo que más quiero”. Su respuesta me molestaba y le enrostraba que tenía un hijo pequeño y una esposa; pero él, amándolos mucho (soy testigo del amor que tenía por su esposa e hijo), prefería estar con el Señor. El Señor le concedió su anhelo y a los 28 años partió a la presencia del Señor.
Luego de esto el Señor apareció en mi camino y encontrándome yo perdido. Y mi conversión me hizo comprender a mi tio, supe que podría partir con el Señor cuando Él quisiera, y que esto sería lo mejor que podría pasarme. Me invadió ese deseo, y saben, entendí que la muerte era para estar con el Señor, no el fin de mi existencia. Pero hermanos, algo nos pasa en el camino que nos olvidamos de aquella esperanza. Porque esa es la esperanza cristiana, estar con Él, verle cara a cara y estar en Su presencia literalmente. Nos enraizamos a esta vida, nos afanamos con lo contingente y nos olvidamos del deseo de estar con Él, de nuestra reunión con Él.
Jacobo quiere mostrarnos que además de santo y justo, el Señor es soberano, es nuestro Dueño, así que, es soberbia pararnos y pensar que mañana tenemos el día asegurado y que todo saldrá bien porque somos expertos en lo que hacemos. No, mis hermanos, si el Señor quiere, si el Señor nos ayuda entonces podremos. Porque de lo contrario, estaremos siguiendo el paradigma de la serpiente que no quiere someterse a Dios. Dicho paradigma se ve reflejado en lo que Flavio Josefo dice de Nimrod[5]:
“La multitud estuvo dispuesta a seguir los dictados de Nebredes [Nimrod] y a considerar una cobardía someterse a Dios.” (Josefo, 2013, pp. 58-59)
Como verán, según la cita, era una cobardía someterse a Dios. Los hermanos a los que Jacobo les escribe no sabían que dicha soberbia delante de Dios provenía de la serpiente, no de Dios. Si ellos lo sabían y aún así lo hacían les era considerado pecado; pero si no lo sabían, entonces ahora lo estaban sabiendo, y desde ese momento serían culpables de pecado, debían arrepentirse.
EL ASPECTO POSITIVO.
Luego, el aspecto positivo para nosotros, es que el Soberano que tiene nuestras vidas, bienes y familias en Sus manos es bueno y generoso. Nada ocurre para mal nuestro, sino que siempre para nuestro bien, ¿por qué? Porque Él es bueno. Entonces cuando nos disciplina, no sólo es porque es justo, sino también porque es bueno; pues Hebreos nos dice que cuando nos disciplina, como hijos, es para ayudarnos a participar de Su santidad, ¿y por qué quiere que participemos de Su santidad? Porque sin santidad “nadie verá al Señor” (Heb. 12:14), y Él quiere que le veamos. ¡Gloria al Señor! Él quiere que le veamos y no que huyamos avergonzados de Su presencia (1Jn. 2:28).
El hedonismo[6] nos impide ver lo bueno de las cosas que Dios permite en nuestra vida, porque como soberano hay cosas que Él permite y cosas que Él mismo hace. A veces las cosas que permite son por nuestro corazón duro y soberbio, por disciplina, pues advirtiéndonos que obedezcamos, advirtiéndonos de peligros, nosotros perseveramos en la dureza de corazón y nos toca sufrir por necios. Nos encontramos sufriendo y nos preguntamos, ¿dónde está el Señor? Y no recordamos cómo Su Palabra nos advertía y cómo Su Espíritu nos decía “detente”. Entonces queremos culpar a Dios por lo que nosotros somos responsables. ¡Cuántas cosas nos ocurren por no obedecer a lo que el Señor señala a nuestro espíritu!
En el libro Los generales de Dios de Roberts Liardon[7], se registra una historia del hermano John G. Lake y uno de sus hijos (adoptivos). El hijo quería ir a una feria que había en la ciudad junto a un grupo de jóvenes que había conocido. El hermano John, le ofreció dinero a cambio de unos quehaceres a cumplir, para que tuviera para la feria. El joven trabajó todo el día en eso con el fin de ir. Cuando llegó la hora, los amigos llegaron en un vehículo y el hermano John tuvo un mal presentimiento, por lo que, obedeciendo a su intuición, le dijo a su hijo: “No irás con ellos”. ¡El joven se puso furioso y enojado se encerró en su habitación! Los amigos se tuvieron que ir sin él. Al paso de varios minutos, el hermano fue a ver a su hijo y le dijo que no era su intención herirlo, pero que no podía dejarlo ir con ellos; sin embargo, si él quería ir, su papá lo llevaría. Así que se arreglaron y partieron. En el camino había congestión vehicular, debido a un accidente en la ruta, un automóvil había chocado (si no me equivoco) con un tren. Cuando el hermano John y su hijo pasaron cerca del accidente, se dieron cuenta que eran los jóvenes que habían ido a buscar al hijo del hermano John. Sus cuerpos estaban irreconocibles, todos murieron. Si el hermano no hubiese obedecido, lo hubiese lamentado toda la vida recriminándose el por qué no hizo caso de aquello que en su espíritu percibió, y que, seguramente, era su Señor advirtiendo, como cuando a Pedro le indicó que fuera con los enviados de Cornelio (Hch. 10:19-21).
Otras veces el Señor nos advierte por el cuerpo de Cristo, por los hermanos que, nos recuerdan Su Palabra. Un hermano obtuvo un trabajo extra y nos contó que “era muy fácil, en 15 minutos lo termino”. Lo quedamos mirando y le dijimos: “Te faltó decir: ‘si es que el Señor quiere y ayuda’”. Pasaron algunos días y nos volvimos a ver, el hermano tenía un testimonio que contar. Nos dijo que el día del trabajo extra, tomó un taladro y perforó el muro del baño para instalar una lámpara. Necesitaba hacer tres orificios. Hizo el primero muy fácilmente, pero cuando pasó al segundo el taladro no entraba. Algo pasaba. Continuó forzando el taladro y de repente, pasó, pero cuando sacó el taladro salió un chorro de agua. El hermano había perforado una cañería del edificio. Estuvo horas intentando sacar aquel trabajo que era de 15 minutos. Al final nos dijo: “Mis hermanos, todo es posible si Dios quiere.” ¡Oh, hermanos, tenemos un Señor, tenemos un Soberano, no nos pertenecemos! Así que no seamos soberbios, somos de Él. Que el Señor abra nuestros ojos para entender esto, para no sólo decir “Jesucristo es el Señor”, sino saber lo que se proclama en estas palabras.
EL SEÑOR DE LOS EJÉRCITOS.
Después de considerar estas cosas, Jacobo les enrostra a aquellos ricos que confiaban en sus riquezas, que no tenían tesoros en el cielo, sino que todas las riquezas que tenían estaban en este mundo que perecerá. Aquí hay algo importante que debemos señalar y dejar muy claro: Jacobo no les está diciendo que se arrepientan de ser ricos, sino que se arrepientan de oprimir a los que no tienen, de humillarlos; que se arrepientan de su soberbia y de sus crímenes en nombre de sus riquezas. De esas cosas deben arrepentirse. Ni siquiera está condenando las riquezas materiales, sino que Jacobo las presenta como lo que son: cosas perecederas que no se llevan a la eternidad.
Piense en lo siguiente: los egipcios se enterraban con sus pertenencias más preciadas debido a que creían que las llevaban a la vida de ultratumba. A veces las personas aman sus riquezas ignorando que nada se llevarán al morir. Ninguna de esas cosas pasa a la vida eterna, sino solo las obras que en Cristo hicimos. Así que Jacobo no es un fanático de la pobreza ni la santifica y tampoco maldice las riquezas. Más bien, presenta a las posesiones como lo que son: cosas perecederas que no entrarán a la eternidad. El problema presentado por Jacobo se relaciona con las personas que, por tener riquezas, se vuelven arrogantes y humilladoras para con aquellos que son pobres y humildes, sobre todo cuando son hermanos en Cristo; pues, lo que le haces a un hijo del Señor, sea rico o pobre, al Señor se lo haces (Mt. 25:31-46).
Junto con lo anterior, Jacobo les advierte de algo tremendo, señalando que los clamores de aquellas personas abusadas por ellos “han entrado en los oídos del Señor de los ejércitos” (Stg. 5:4). Jacobo usa un nombre veterotestamentario del Señor, aquel era Su nombre de guerra y juicios; el cual usa advirtiendo que el Señor se puso Sus armas para hacer justicia por los oprimidos. Mis hermanos, si estos hombres no se arrepintieron de sus pecados, entonces su merecido juicio vino y está registrado en la historia, pues fueron ejércitos los que incendiaron a Jerusalén en el año 70 d.C. Los judíos padecieron brutalmente y los que más perdieron fueron los ricos, pues sus riquezas perecieron. De alguna manera, podríamos decir que el Señor de los ejércitos estaba con la espada desenvainada y juzgó usando a Tito.
OBJETO DE NUESTRA CONFIANZA Y ESPERANZA.
Luego de esto, Jacobo anima a los hermanos a esperar pacientemente y a gozarse en el sufrir por causa del Señor. Y este gozo ha de fundamentarse en la alegría de Su pronto regreso, pues del Señor mismo tendrán consuelo en Su aparición. Si ellos soportaban y esperaban en el Señor, de Él tendrían galardón, del Señor tendrían defensa en Su tiempo. Pero si ellos no esperaban, sino que se defendían por sus propios medios, aquel que era su Señor no los recompensaría y/o ayudaría. Esto nos muestra que el Señor quiere ser el único objeto de nuestra confianza y esperanza. Que nuestra dependencia de Él sea absoluta. Si aprendemos aquello Él nos recompensará personalmente. Jacobo anima a los hermanos a humillarse bajo la mano del Señor y afirmar la decisión de permanecer allí, esperando al Salvador. Por eso les escribe:
“Tened también vosotros paciencia, y afirmad vuestros corazones; porque la venida del Señor se acerca.” (Stg. 5:8).
“Tened también vosotros paciencia”, es un imperativo, como un mandamiento indicándonos que así como Dios nos ha esperado pacientemente, teniendo misericordia y paciencia de nosotros, de igual forma, nosotros pacientemente esperemos en el Señor respecto a las aflicciones que nos toca pasar. Para esto, se requiere voluntad, decisión, por eso, debemos afirmar el corazón, consolándonos y animándonos, sabiendo que la venida del Señor está cerca. Esta venida puede ser en una nube o para llevarnos al paraíso a cualquiera de nosotros, porque somos de Él.
MISERICORDIOSO Y COMPASIVO.
Luego de animar a los hermanos a no quejarse unos de otros y a soportar valientemente, Jacobo les recuerda a los santos los padecimientos de los justos de antaño por causa del Señor, entre los cuales les cita a Job, a quien citamos al comienzo de este estudio. Pero el énfasis en esta cita no es Job, sino lo que Jacobo nos dice del Señor, que “el Señor es muy misericordioso y compasivo” (Stg. 5:11). Nuestro Señor es misericordioso y compasivo, es por eso que si una persona inconversa se arrepiente de corazón, Él está dispuesto a perdonarla; pero ojo, este perdón no es sin justicia, pues cualquiera podría pensar que se trata de decir “me arrepiento” y listo, pero no; sino que aquel que se da cuenta que ha obrado mal y que es un pecador, también se da cuenta que es digno del castigo eterno; entonces Dios, que es justo, le ofrece la muerte que se merece y si la acepta vivirá para siempre. Aquella muerte es la muerte sustituta de Su Hijo, Jesús el Cristo, Dios encarnado. Dios mismo ocupa el lugar del culpable, pues sólo el Ofendido puede redimir y ocupar el lugar del ofensor. Y nadie puede perdonar si no asume Él mismo las consecuencias del pecado de aquel o aquellos que pecaron contra Él. El Señor las asumió[8], ¿dónde? En la cruz.
Vemos en la cruz el más grande testimonio de la misericordia de Dios por el hombre, en equilibrio perfecto con Su justicia, cumpliéndola en Su muerte. Así que no perdamos las esperanzas, seamos pacientes, afirmemos el corazón ante los padecimientos que el Señor permite en nuestra vida. Y también, aprendamos a apelar a Su misericordia y compasión, las cuales pueden postergar incluso el juicio, aunque no anularlo. Vemos esto en el relato histórico que se hace de Ezequías en 2ª Reyes 20:1-11, rey de Judá (2Cr. 32:24-26; Is. 38:1-22), a quién se le decretó juicio y una muerte inminente; pero al humillarse delante del Señor, lo movió a misericordia y Él le concedió 15 años más de vida, junto con librarlo de Babilonia. Muchos casos donde el Señor fue movido a misericordia tenemos en las Escrituras.
Cuando entendemos esto, nuestras oraciones cambian. Ante la enfermedad de una persona no nos preguntamos si es la voluntad del Señor sanar o no, sino que podemos humillarnos buscando moverlo a misericordia, que tenga compasión. Si nos humillamos y lo tocamos, el Señor podría aumentar los años de vida a una persona, aún cuando se haya decretado juicio inminente, podría Él postergar estos juicios y prolongar la vida. Porque aún cuando nos merecemos el padecer, ante nuestra humillación, el Señor, que es compasivo, puede socorrernos de alguna manera. Permítanme contarles una historia.
Una hermana se encontraba padeciendo disciplina del Señor, ella lo sabía, lo tenía muy claro. Estaba consciente que estaba en las manos de su Padre celestial siendo disciplinada. Un día se encontraba muy mal, sufriendo por su propia necedad y mientras estaba allí se arrodilló. Humillada y angustiada, llorando en la presencia del Señor, le clamó por misericordia. La hermana cuenta que aquel día no cesó su disciplina, continuó varios meses más, pero aquel día ella tuvo una de las experiencias más lindas de su vida, lo que nunca olvidará. Ella nunca había hablado en lenguas, y de repente, palabras desconocidas salían de su boca, un lenguaje que sólo conocía su espíritu en ella y que consolaba su corazón (1Cor. 14:4). Fue de tanto gozo que, en ese momento, recibió ánimo para aceptar lo que estaba pasando y continuar adelante. Nunca olvidó aquello, pues aunque estaba padeciendo la disciplina que necesitaba, su Señor, su Padre misericordioso y compasivo, la consoló; tal como quien consuela a su hijo en el castigo, indicándole que es por su bien, porque lo ama. Así como Job fue consolado, también lo seremos en el día del Señor, siendo nuestro consuelo Cristo mismo.
Recuerden lo que dijimos en una de nuestras lecturas pasadas, nuestro Galardón es Cristo mismo. Si en medio de la prueba logramos verle, nos olvidaremos de nosotros mismos, y todo tendrá sentido y respuesta. Que el Señor nos ayude a verle, tal como Job lo vio en medio de aquel torbellino, así Dios viene en aquellos enredos de nuestra vida a revelarnos Su Persona.
VERDADEROS Y HONESTOS.
Jacobo también anima a los hermanos a ser verdaderos y honestos. A no jurar en vano, sino ser personas libres y valientes que dicen “sí” y “no” delante del Señor; pues la mentira es el pecado más justificado por el hombre. Usted oirá de las supuestas “mentiras piadosas” y las “mentiras blancas”, pero no oirá de los “adulterios blancos”, o de los “robos blancos”, o de los “homicidios piadosos”. La mentira es la más justificada de los pecados de los hombres, y por lo tanto, es aquello que más se ha tolerado como conducta en muchos creyentes. Por eso Jacobo nos dice que no juremos, que seamos honestos, que seamos de respuestas verdaderas: “sí” y “no”. No engañemos a nuestros hermanos, ni menos pensemos que podemos engañar al Señor. No pongamos al Señor por testigo de nuestras mentiras. Temamos, pues cada vez que se jura y miente, Él se encuentra presente y es testigo de lo que se hace.
Una de las cosas que más tristeza me ha provocado en estos últimos años, es ver precisamente como toleramos la mentira. El catolicismo romano lo presentó como un pecado venial, algo que los cristianos regenerados miramos como pequeño. Pero una mentira proviene del mismo lugar que el adulterio y que un homicidio: el pecado que mora en mí. Que el Señor nos ayude a ser verdaderos y honestos, no solo con Él, sino también entre hermanos en Cristo. El Señor llamó al pueblo a amar la verdad y la paz (Zac. 8:19). Aprendamos a vivir en la verdad, a conducirnos en la verdad y honestidad. Si hay algo en el corazón, con amor y respeto decirlo, aclararlo, no ocultarlo y mentir diciendo que nada pasa.
La mentira y el engaño caminan juntos. Satanás es el padre de la mentira, por lo tanto, si la abrazamos y toleramos, valoramos y justificamos la actitud diabólica que trajo la desgracia del ser humano. Lo que trajo la caída del hombre en el Edén, traerá también la desgracia de los santos y de las iglesias locales. Lo que trajo la caída del hombre en el Edén, será la ruina de las naciones y de la sociedad. Hoy la verdad está siendo atacada desde todos los flancos y, los cristianos, en su mayoría guardan silencio. Abramos los ojos y démonos cuenta que la verdad está siendo atacada en toda área de la vida humana. Sobre todo en las áreas fundamentales del ser humano: espíritu, alma y cuerpo. Se está tergiversando la verdad física y biológica, negando la verdad del varón y la mujer, intercambiando las palabras sexo por género. Se está tergiversando la verdad de la identidad del alma por las emociones, se ha atacado la verdad de que fuimos creados a imagen y semejanza de Dios, estableciendo la mentira de que somos animales en evolución, lo que ha traído grandes disparates. Hoy vemos jóvenes que se sienten bestias, animales, comportándose como perros, lobos, zorros, gatos y cuánta cosa más (therians). Hoy se ataca la verdad espiritual, negando la existencia de Dios, señalando que solo somos materia, señalando que la vida es una sola, está llena de dolor y que merece ser vivida sin preocuparse por el más allá (nihilismo, materialismo). Los hombres no están oyendo del juicio que vendrá y que al morir seremos juzgados. Los hombres no están oyendo que Dios nos ha dado un Salvador, para justificarnos de este juicio venidero: Cristo Jesús.
Que el Señor nos ayude a ser valientes, justos y verdaderos en Cristo; no solo entre los santos y en las reuniones, sino en todo lugar donde nos movemos y vivimos. Como ciudadanos y como cristianos. Que se nos abran los ojos.
ORACIÓN, ALABANZAS E IMPOSICIÓN DE MANOS.
Después Jacobo nos muestra la forma de reaccionar en ciertos momentos. Y nos dice:
“13 ¿Está alguno entre vosotros afligido? Haga oración. ¿Está alguno alegre? Cante alabanzas. 14 ¿Está alguno enfermo entre vosotros? Llame a los ancianos de la iglesia, y oren por él, ungiéndole con aceite en el nombre del Señor.” (Stg. 5:13-14).
Si estamos afligidos, oremos, no busquemos salvarnos a nosotros mismos, no nos quejemos ni murmuremos, más bien: “Haga oración”. Si estamos alegres, cantemos alabanzas, gocémonos en el Señor, seamos agradecidos del Señor, no le adjudiquemos las cosas a la suerte, sino al Señor que es el bueno. Alabémosle y no solo cuando estamos reunidos.
Si nos encontramos enfermos, que aquellos que son ancianos en la iglesia, o los hermanos que presiden, oren por nosotros, ungiéndonos literalmente con aceite. No seamos alegóricos, usemos de la fe en lo que dice el Texto, aunque no entendamos el por qué ni el para qué. Como Pedro, debemos decir «en tu palabra» lo haré (Lc. 5:5). Saben, no hay ninguna razón para no tomar literalmente este pasaje y usar aceite para orar por los enfermos. Está claro que el poder no se halla en el aceite, sino en el nombre del Señor y en la obediencia nuestra a la Palabra de Dios, lo cual es la fe. Y si así fuere:
“Y la oración de fe salvará al enfermo, y el Señor lo levantará; y si hubiere cometido pecados, le serán perdonados.” (Stg. 5:15).
LA ENFERMEDAD Y LOS PECADOS.
Es importante pedir al Señor por aquellos enfermos, reconociendo en Su presencia que es posible que estos pecaran. Aquí, mis hermanos, a lo único que podemos apelar es a Su misericordia, como quienes piden que el juicio sea postergado o sencillamente termine, sabiendo que hay una sangre que habla de justicia cumplida. Pero para que haya perdón, debe haber arrepentimiento, por eso:
“16 Confesaos vuestras ofensas unos a otros, y orad unos por otros, para que seáis sanados. La oración eficaz del justo puede mucho. 17 Elías era hombre sujeto a pasiones semejantes a las nuestras, y oró fervientemente para que no lloviese, y no llovió sobre la tierra por tres años y seis meses. 18 Y otra vez oró, y el cielo dió lluvia, y la tierra produjo su fruto.” (Stg. 5:16-18).
Jacobo llama a los hermanos a confesarse unos a otros sus pecados. El griego allí dice ἁμαρτίας (hamartías), es decir, “pecados”, eso debería decir en vez de “ofensas”. Jacobo llama a los hermanos a confesar los pecados unos a otros. Aquí hay que señalar dos cosas importantes: en primer lugar, no todas las enfermedades son por causa de pecados cometidos. En segundo lugar, en un sentido general, todas las enfermedades provienen del pecado que entró al mundo desde Adán.
Con pecados, en plural, me refiero a las transgresiones que cometemos personalmente. Con pecado, en singular, me refiero a la naturaleza pecaminosa que recibimos por causa de la caída de Adán. Lo que quiero señalar, es que la enfermedad no es algo que Dios creó, sino la consecuencia de que el hombre al desobedecer a Dios en el Edén, dejó entrar al pecado en su naturaleza y, además, la muerte y todo lo relacionado a esta, como las enfermedades. Por ende, podríamos señalar que hay enfermedades que provienen de la corrupción heredada de Adán a nuestra naturaleza, algo que nos afecta a todos mientras envejecemos y se desgasta nuestra carne; pero hay otras, que afectan a los cristianos debido a que están siendo corregidos por Dios (1Cor. 11) o incluso probados (Ga. 4:13-15). Por lo tanto, se requiere criterio y discernimiento. Preguntar al Señor personalmente si acaso estoy enfermo producto de que he adoptado una conducta pecaminosa que Él no va a tolerar; o si acaso estoy siendo probado, que me ayude a soportar para no pecar contra Él. O simplemente es que mi genética y humanidad heredada de Adán está siendo desgastada en su vida útil.
Ahora, es obvio que la confesión de nuestros pecados no se puede hacer con cualquier hermano. Hay algunos que pueden oírnos, que el Señor los ha capacitado para esto. Hay que usar del discernimiento es este punto. Pero uno no puede confesar sus pecados si no está arrepentido y avergonzado, y es probable que sin arrepentimiento, no haya salud. Recuerdo la historia del hermano John G. Lake y su clínica (Liardon, 2000, Tomo I). Él no era doctor, pero sabía que tenía dones de sanidades[9], entonces recibía enfermos y luego de oírlos un rato, oraba por ellos para que sanaran, y muchos lo hacían. Pero ocurría que a veces las personas no se mejoraban, y cuando esto ocurría, los llevaba a una sala posterior donde más tarde iba con su esposa. Su esposa tenía un hermoso don, discernimiento de espíritus (1Cor. 12:10), ella conversaba un rato con la persona y en medio de esa plática el Señor la usaba para mostrarles la razón de su enfermedad. Muchas personas confesaban sus pecados arrepentidos y eran sanados; pero otros, ensoberbecidos, se marchaban enfermos. De alguna manera, esto está relacionado a lo que nos dice Jacobo, si una persona se arrepiente y avergüenza de su conducta pecaminosa y no tolerada por el Señor, entonces junto a su hermano que lo escucha y confiados de Cristo como su justicia, pueden orar y el Señor responderá.
Entonces, no toda enfermedad podemos atribuírsela a los pecados cometidos, pues podría ser una prueba, o para la gloria del Señor (Jn. 11:4), o simplemente la edad y el desgaste de nuestro cuerpo. El tema es que, en el momento de alguna enfermedad, preguntemos al Señor acerca de lo que estamos pasando y examinemos nuestros caminos en oración. Sea lo que sea, oremos, preguntemos al Señor y pidamos que nos ilumine para entender y saber cómo debemos proceder. De todas maneras, sea el origen y razón que sea, siempre podemos, humillados, apelar a la misericordia de nuestro Señor. Cada uno de nosotros ha de hacer su propio juicio, pues como nos parte diciendo Jacobo ninguno debe murmurar de su hermano, juzgarlo; más bien, cada uno debe hacer su evaluación personal a la luz del Señor, de Su Espíritu y de Su Palabra.
Es muy común que el hombre caiga en el juicio apresurado de «¿quién pecó, este o sus padres…?» (Jn. 9:2). Esto se ve mucho entre los cristianos, juicios apresurados, falta de misericordia, medir sin cuidado. Cuánto necesitamos aprender del Señor, que nos enseñe a orar, a preguntar al Señor y a encaminar a los hermanos al trono de la gracia.
ORANDO FERVIENTEMENTE.
Pero Jacobo sabe que a veces las oraciones no son respondidas de inmediato, así que anima a los hermanos a considerar que Elías era como ellos, sujeto a fragilidades, pero que oró fervorosamente y el Señor le respondió. El griego dice “orar con oración” y se refiere a la intensidad de esta, por eso se traduce “oró fervorosamente”. La oración fervorosa es la oración insistente, aquella que sabe que necesita una intervención Divina, que hace al hombre afligirse por una respuesta de Dios. Jacobo nos anima a aprender a orar de esa manera, humillados en Su presencia y afligidos. Orar con el fervor de la aflicción y desesperación de una respuesta de Dios. Aprovechar aquello que nos lleva a llorar en Su presencia, y hasta dejar de comer por una respuesta.
La oración que hizo Ana por Samuel, es una oración ferviente. La oración que hizo el Señor Jesús en Getsemaní, esa oración que entre lágrimas y angustia nos empuja a clamar a nuestro Dios. No son oraciones que parecen “lindas”, sino del corazón; pues no se trata de si somos super hombres de oración a los cuales Dios exclusivamente oye, sino de que somos hombres frágiles que se humillan y lloran en presencia de Dios, el cual se compadece de nuestra humillación. Dios, en Su soberanía, se complace en responder a la oración humilde y ferviente, no porque lo manipulamos, sino porque Él mismo ha prometido atender al corazón contrito y afligido. Quien ora de esa manera, es porque sabe que sólo depende de Dios, pues de lo contrario, perecerá. Es por eso que el Señor permite que lleguemos a situaciones extremas de angustia, para revelarnos esto y permitirnos experimentar el tocar la misericordia de Dios.
Permítanme contarles algo: un día un hermano enfermó gravemente, un paro respiratorio producto de una neumonía. Su familia nos avisó y nos pidió como iglesia orar por el hermano. Una hermana contestó: «Oremos para que se haga la voluntad del Señor». Esto es algo muy típico entre cristianos. Pero permítanme decirles algo: cuando su familia nos contactó no fue para pedirle al Señor que pase lo que Él quiera, sino para rogarle al Señor que tenga misericordia del hermanos y pueda vivir. Es cierto que tú no sabes qué ocurrirá, pero mientras el hermano esté con vida y exista la esperanza, debemos rogar y clamar a Dios que tenga misericordia. En nuestro caso, ocurrió algo maravilloso, el Señor nos escuchó y tuvo misericordia de nuestro hermano. Hoy está vivo. Agradecemos al Señor por habernos escuchado y lo glorificamos. Contrario a este caso, hay otros donde Dios no quiso prolongar la vida de una persona, ¿qué debemos hacer aquí? Rogar al Señor que nos ayude a aceptar Su voluntad y que consuele los corazones.
LA EVANGELIZACIÓN.
Finalmente, Jacobo pone delante de nosotros el amor por las almas, diciéndonos:
“19 Hermanos, si alguno de entre vosotros se ha extraviado de la verdad, y alguno le hace volver, 20 sepa que el que haga volver al pecador del error de su camino, salvará de muerte un alma, y cubrirá multitud de pecados.” (Stg. 5:19-20).
Mis hermanos, esta es la más importante obra que la iglesia debe hacer: anunciar el Evangelio para salvación de las almas. La más grande obra que justifica nuestra fe delante de los hombres es el amor por aquellos que se pierden. El deseo de que sus pecados sean perdonados. ¡Cómo es posible que andes por allí con esos pecados encima! ¡Necesitas el perdón! ¿Cómo es posible que no estén reconciliados con Dios ni disfrutando del conocerle por Su Palabra y Espíritu? Que el Señor cargue nuestros corazones con las almas extraviadas, con los hermanos apartados, con las personas engañadas y desesperadas.
Noten dos escenarios distintos: el inconverso que necesita salvación y el converso extraviado, descarriado, que necesita conocer la gracia de Dios. Que el Señor nos ayude a amar estas almas. Equipémonos para llevar el Evangelio de Dios a nuestros vecinos, para influenciar en nuestra sociedad con la verdad de la Palabra de Dios. Vamos en busca de los están descarriados y mostrémosle la misericordia del Señor; pues la razón por la que despiertan cada mañana es porque Dios les regala un día más para volverse a Él. Mostrémosle a los hombres que Dios no busca la rehabilitación humana, sino la regeneración. Que el nuevo hombre que buscan se encuentra en Cristo. Que Dios nos ofrece Su Espíritu, para ayudarnos a lidiar con nuestra pecaminosidad. Mostrémosle a los hombres lo frágil de la existencia humana, que conviene vivirla reconciliado con Dios y no de espaldas a Él.
Todas estas cosas que hemos compartido las encomiendo al Señor. Que afirme y nos recuerde aquellas que Él aprueba y que podamos discernir las que no. Tenga el Señor misericordia de nosotros y me perdone cualquier palabra que Él no apruebe. Gloria al Dios que nos redimió y que nos hizo Suyos en Su Hijo, y que nos ayudó por Su Espíritu para terminar esto. Gracia y paz del Señor Dios Todopoderoso, y de Su Hijo, sean con todos ustedes. Amén.
[1] Debemos rogar que nos enseñe y agradecer por llegar al final de este estudio.
[2] Noten que esta traducción no traduce “murmurar”, sino “hablar mal”; confirmando lo señalado anteriormente (Carballosa, 2004, p. 199).
[3] Santos por contacto o asociación a Dios.
[4] Paráfrasis del autor.
[5] Josefo, F. (2013). Antigüedades de los judíos. Barcelona: Clie.
[6] El hedonismo es una doctrina moral que establece la satisfacción como fin superior y fundamento de la vida. Su principal objetivo consiste en la búsqueda del placer simple y natural que pueda asociarse con el bien evitando el dolor
[7] Liardon, R. (2000). Los generales de Dios (Tomo I). Buenos Aires: Editorial Peniel.
[8] Véase: Nee, W. (1997). El evangelio de Dios (2 tomos). Anaheim: Living Stream Ministry.
[9] Véase la pluralidad de la palabra “dones” de sanidad en 1 Corintios 12:9, 30.
