(Texto) 20. Estudio a la epístola de Jacobo – Exhortaciones y enseñanzas finales (4:11-5:20).
Esta será nuestra última lectura de este estudio de la epístola de Jacobo, el hermano del Señor. Ha sido largo, pero debemos dar gracias al Señor por ayudarnos a perseverar en esto que emprendimos y que, en el presente capítulo, concluiremos.
Vamos a comenzar de inmediato con la porción final, abramos nuestras Biblias en la epístola de Santiago, capítulo 4, leeremos desde el versículo 11 y hasta el capítulo 5, versículo 20. Esta será la lectura más extensa que realicemos en este estudio. Dice así:
“11 Hermanos, no murmuréis los unos de los otros. El que murmura del hermano y juzga a su hermano, murmura de la ley y juzga a la ley; pero si tú juzgas a la ley, no eres hacedor de la ley, sino juez. 12 Uno solo es el dador de la ley, que puede salvar y perder; pero tú, ¿quién eres para que juzgues a otro? 13 ¡Vamos ahora! los que decís: Hoy y mañana iremos a tal ciudad, y estaremos allá un año, y traficaremos, y ganaremos; 14 cuando no sabéis lo que será mañana. Porque ¿qué es vuestra vida? Ciertamente es neblina que se aparece por un poco de tiempo, y luego se desvanece. 15 En lugar de lo cual deberíais decir: Si el Señor quiere, viviremos y haremos esto o aquello. 16 Pero ahora os jactáis en vuestras soberbias. Toda jactancia semejante es mala; 17 y al que sabe hacer lo bueno, y no lo hace, le es pecado.” (Stgo. 4:11-17)
Continuemos ahora con el capítulo 5, que dice:
“1 ¡Vamos ahora, ricos! Llorad y aullad por las miserias que os vendrán. 2 Vuestras riquezas están podridas, y vuestras ropas están comidas de polilla. 3 Vuestro oro y plata están enmohecidos; y su moho testificará contra vosotros, y devorará del todo vuestras carnes como fuego. Habéis acumulado tesoros para los días postreros. 4 He aquí, clama el jornal de los obreros que han cosechado vuestras tierras, el cual por engaño no les ha sido pagado por vosotros; y los clamores de los que habían segado han entrado en los oídos del Señor de los ejércitos. 5 Habéis vivido en deleites sobre la tierra, y sido disolutos; habéis engordado vuestros corazones como en día de matanza. 6 Habéis condenado y dado muerte al justo, y él no os hace resistencia. 7 Por tanto, hermanos, tened paciencia hasta la venida del Señor. Mirad cómo el labrador espera el precioso fruto de la tierra, aguardando con paciencia hasta que reciba la lluvia temprana y la tardía. 8 Tened también vosotros paciencia, y afirmad vuestros corazones; porque la venida del Señor se acerca. 9 Hermanos, no os quejéis unos contra otros, para que no seáis condenados; he aquí, el juez está delante de la puerta. 10 Hermanos míos, tomad como ejemplo de aflicción y de paciencia a los profetas que hablaron en nombre del Señor. 11 He aquí, tenemos por bienaventurados a los que sufren. Habéis oído de la paciencia de Job, y habéis visto el fin del Señor, que el Señor es muy misericordioso y compasivo. 12 Pero sobre todo, hermanos míos, no juréis, ni por el cielo, ni por la tierra, ni por ningún otro juramento; sino que vuestro sí sea sí, y vuestro no sea no, para que no caigáis en condenación. 13 ¿Está alguno entre vosotros afligido? Haga oración. ¿Está alguno alegre? Cante alabanzas. 14 ¿Está alguno enfermo entre vosotros? Llame a los ancianos de la iglesia, y oren por él, ungiéndole con aceite en el nombre del Señor. 15 Y la oración de fe salvará al enfermo, y el Señor lo levantará; y si hubiere cometido pecados, le serán perdonados. 16 Confesaos vuestras ofensas unos a otros, y orad unos por otros, para que seáis sanados. La oración eficaz del justo puede mucho. 17 Elías era hombre sujeto a pasiones semejantes a las nuestras, y oró fervientemente para que no lloviese, y no llovió sobre la tierra por tres años y seis meses. 18 Y otra vez oró, y el cielo dió lluvia, y la tierra produjo su fruto. 19 Hermanos, si alguno de entre vosotros se ha extraviado de la verdad, y alguno le hace volver, 20 sepa que el que haga volver al pecador del error de su camino, salvará de muerte un alma, y cubrirá multitud de pecados.”
CONTEXTUALIZANDO.
Jacobo, en el versículo 11 del capítulo 4, continuando con la idea que venía tratando desde el capítulo 3, prohíbe a los hermanos el murmurar unos de otros. La traducción aquí no es la mejor, pues la palabra griega que en esta versión traduce “murmurar” es καταλαλεῖτε (gr. katalaleite) y significa “difamar” o “desprestigiar” (Carballosa, 2004, p. 199). Si se dan cuenta, todo esto sigue ligado y relacionado con lo que desde el capítulo 3 y hasta el 4:10 venía hablando. Jacobo les mostraba los conflictos y guerras entre ellos, ya que deseando satisfacer sus pretensiones de poder, habían llegado a presentarse a sí mismos como maestros, sabios y expertos entre los demás; peleándose entre ellos y difamándose unos a otros.
Hemos entendido que estos hombres no se conocían a sí mismos, y al parecer, no entendían de dónde venían esas pretensiones que anhelaban ardientemente, deseos de ser reconocidos y dominar al pueblo de Dios; pues, incluso, es probable (como vimos en el capítulo anterior) que atribuyeran al Espíritu Santo que les habitaba aquellos celos que ellos mismos sentían. ¿Pero cómo llegaron a esto? Es simple, no se conocían ni conocían al Señor. Así que Jacobo les habla de las pasiones que operaban en sus miembros y esto lo complementamos con lo enseñado por el apóstol Pablo. Este –en cuanto a antropología bíblica– nos enseña que el pecado habita en nosotros hasta que recibamos la redención de nuestros cuerpos, lo que ocurrirá en la segunda venida de Cristo (Ro. 7:17-20; 8:23; Ef. 1:14).
DIOS JUSTO Y SANTO.
Pero esto no es todo lo que Jacobo intenta enseñar, sino que estas prohibiciones que les hace nacen del conocimiento acerca del Señor. Jacobo los lleva a la conciencia de las cualidades del Señor en medio de ellos. Es por esto por lo que, junto con prohibirles el que continúen difamando y desprestigiándose unos a otros, les dice:
“11 Hermanos, no hablen mal unos de otros. El que habla mal de su hermano, o lo juzga, habla mal de la ley y la juzga. Y si juzgas a la ley, te haces juez de ella en vez de obedecerla. 12 Solamente hay uno que ha dado la ley y al mismo tiempo es Juez, y es aquel que puede salvar o condenar; tú, en cambio, ¿quién eres para juzgar a tu prójimo?” (DHH)[1].
Aquí la cosa se puso muy seria. Ya el tema no se trata solamente de no pecar, de no entregarse a las pasiones que combaten en nuestros miembros, ahora se trata de aquel que está en medio nuestro como santo Juez. Este pasaje hace pareja con el 5:9, donde Jacobo les prohíbe a los hermanos el quejarse unos de otros, de lo contrario serían condenados, pues les advierte “he aquí, el juez está delante de la puerta”.
Ustedes ya saben lo del tribunal de Cristo y del trono blanco, ya lo vimos anteriormente, por lo que está de más aclarar que no se refiere a la vida eterna, como si existiera la posibilidad de que perdiéramos la salvación; más bien, se refiere a si obtendremos como hijos disciplina o galardón del Señor en Su segunda venida. Porque hermanos, Jacobo les dice “el juez está delante de la puerta”, y esta es una mención a la inminente venida del Señor que, está viniendo.
Noten, por favor, que he dicho “está viniendo”. La razón por la que lo digo así es muy importante que la entendamos. Permítanme leer Apocalipsis 1:8, pero lo haré en la Biblia Textual, tercera edición, que dice:
“Yo soy el Alfa y la Omega, dice el Señor Dios, el que es, y que era, y que está viniendo, el Todopoderoso.”
Los traductores de la BTX III explican en sus notas que:
“el participio griego expresa aquí una acción inminente”.
Es decir que en cualquier momento aparece por nosotros el Juez. Debido a esto, traducen “está viniendo”.
Jacobo está advirtiendo a los hermanos que el Señor de la gracia, que nos salvó por gracia mediante la fe (Ef. 2:8), es también el Juez que está viniendo, que puede aparecerse en cualquier momento. No sólo es nuestro Padre, también es Juez; y no solo es amoroso, sino también justo. Esto es algo que en la predicación moderna del Evangelio se omite; pues a los inconversos les gusta oír del amor de Dios, de que Dios los ama; pero no les gusta oír que Dios juzgará sus pecados, que condenará a muchos al infierno por no arrepentirse y aceptar la salvación ofrecida en Cristo (Jn. 3:16, 36).
Lamentablemente, esto mismo ocurre entre los santos. Muchos prefieren hablar del amor de Dios y omitir lo relacionado a la justicia de Dios, quizá porque piensan que ese es un tema resuelto en la cruz, y por lo tanto, no aplica a nosotros. En parte es verdad, o sea, es solo una parte de la verdad; porque efectivamente hemos sido justificados en Cristo y se nos dio, en Él y por Él, vida eterna (Ro. 3:23-25). Esta vida y don de Dios, no se nos quitará jamás, ¡gloria al Señor por esto!
Hemos sido justificados del día de la ira de Dios, no estaremos presentes allí, tenemos justificativo para ausentarnos, el cual es Cristo, Su muerte y resurrección. Sin embargo, esto es solo la mitad de la verdad, pues Dios el Padre, y el Hijo, y el Espíritu Santo, siguen siendo el Dios justo. Hemos sido salvados de la condenación eterna, del día de la ira de Dios, pero Dios no ha dejado de ser justo.
Dios no ha dejado de ser justo, de ser santo, Dios sigue siendo el mismo; por lo tanto, aunque hemos sido hechos hijos de Dios en Cristo (Jn. 1:12), nuestro Padre sigue siendo justo. Lo que quiero decir, es que si bien la justificación en Cristo nos libra de la ira venidera (1Tes. 1:10), esto no significa que Dios ahora tolere nuestras conductas pecaminosas, como un abuelito que se hace el ciego ante las travesuras de su nieto.
Voy a leer tres pasajes que debemos considerar en el Nuevo Testamento. Vamos primero a Hebreos 12:9-11, que nos dice:
“9 Por otra parte, tuvimos a nuestros padres terrenales que nos disciplinaban, y los venerábamos. ¿Por qué no obedeceremos mucho mejor al Padre de los espíritus, y viviremos? 10 Y aquéllos [nuestros padres terrenales], ciertamente por pocos días nos disciplinaban como a ellos les parecía, pero éste [nuestro Padre Celestial] para lo que nos es provechoso, para que participemos de su santidad. 11 Es verdad que ninguna disciplina al presente parece ser causa de gozo, sino de tristeza; pero después da fruto apacible de justicia a los que en ella han sido ejercitados.” (Corchetes agregados por el autor).
Luego vamos a leer 1a Corintios 11:29-31 que dice:
“29 Porque el que come y bebe indignamente, sin discernir el cuerpo del Señor, juicio come y bebe para sí. 30 Por lo cual hay muchos enfermos y debilitados entre vosotros, y muchos duermen. 31 Si, pues, nos examinásemos a nosotros mismos, no seríamos juzgados…”
Y finalmente Hechos 5, desde el 1 al 11, que nos dice:
“1 Pero cierto hombre llamado Ananías, con Safira su mujer, vendió una heredad, 2 y sustrajo del precio, sabiéndolo también su mujer; y trayendo sólo una parte, la puso a los pies de los apóstoles. 3 Y dijo Pedro: Ananías, ¿por qué llenó Satanás tu corazón para que mintieses al Espíritu Santo, y sustrajeses del precio de la heredad? 4 Reteniéndola, ¿no se te quedaba a ti? Y vendida, ¿no estaba en tu poder? ¿Por qué pusiste esto en tu corazón? No has mentido a los hombres, sino a Dios. 5 Al oír Ananías estas palabras, cayó y expiró. Y vino un gran temor sobre todos los que lo oyeron. 6 Y levantándose los jóvenes, lo envolvieron, y sacándolo, lo sepultaron. 7 Pasado un lapso como de tres horas, sucedió que entró su mujer, no sabiendo lo que había acontecido. 8 Entonces Pedro le dijo: Dime, ¿vendisteis en tanto la heredad? Y ella dijo: Sí, en tanto. 9 Y Pedro le dijo: ¿Por qué convinisteis en tentar al Espíritu del Señor? He aquí a la puerta los pies de los que han sepultado a tu marido, y te sacarán a ti. 10 Al instante ella cayó a los pies de él, y expiró; y cuando entraron los jóvenes, la hallaron muerta; y la sacaron, y la sepultaron junto a su marido. 11 Y vino gran temor sobre toda la iglesia, y sobre todos los que oyeron estas cosas.”
Los tres pasajes se encuentran en el Nuevo Testamento, lugar dónde se registra el Evangelio de la gracia de Dios (Hch. 20:24). Notarán, pues, que se nos cuentan algunas cosas que suceden y sucedieron en la iglesia, donde Dios es el que actuó directamente.
En el pasaje de Hebreos, se nos dice que Dios nos disciplina para que participemos de Su santidad y haya fruto de justicia. Esto significa que no solo hemos de ser santos porque el Señor mora en nosotros[2], sino que Él nos ayudará a ser santos en nuestra manera de vivir (1P. 1:15), pues tenemos Su Espíritu y hemos sido hechos participantes de la naturaleza de Dios (2P. 1:4). De esta manera, si nuestro Padre es santo y justo, esa misma Imagen (Ro. 8:29; Col. 1:15; Ga. 4:19) se trabajará en nosotros, para ser reproducida entre los hombres. Para esto Dios nos ayuda no solo mediante la Palabra y el Espíritu, sino que además usa Su disciplina. ¿Y por qué disciplina? Porque Dios es justo. No ha dejado de serlo al adoptarnos como hijos.
Luego vemos que Pablo le dice a los corintios que debido a la deshonra y menosprecio hacia los hermanos, se ha estado despreciando el cuerpo de Cristo, lo cual ha traído como consecuencia que algunos se enfermaran y estuvieran muy debilitados, incluso otros hasta murieron. ¿Pero por qué pasó esto? ¡Porque el Señor es santo y justo! No ha dejado de serlo y Su gracia jamás ha anulado Su santidad y justicia. Su gracia nos capacita progresivamente por el Espíritu a poder andar a la altura del llamado de Dios. La gracia no es sólo para el perdón de pecados, sino también para andar en una nueva vida (1Cor. 15:10). Pero los destinatarios de Jacobo andaban negligentemente en la presencia del Señor y pensaban que nada pasaría, es por eso por lo que Jacobo les advierte que el Juez está viniendo, y esto no significa solamente que vendrá en Su segunda venida, allá en el futuro. Aquí debemos entender algo muy importante.
Algunos no se preocupan por la inminente venida del Señor y se conducen en la iglesia sin temor, tratando a los hermanos mal, despreciándolos, o queriendo ser el dominador del pueblo, pensando en que el Señor todavía no viene. Miran las noticias y en búsqueda de señales dicen: “Todavía Israel no construye el tercer Templo”, “No vemos al anticristo y un gobierno mundial todavía”, y su pensamiento respecto a la venida del Señor se limita a las señales que espera; mientras tanto, vive negligentemente.
¡Cuidado, hermanos! El Señor puede venir por nosotros hoy y no me refiero a Su segunda venida en gloria y majestad, sino a que puede venir esta noche por mí y tomar mi vida. ¿Saben por qué? Porque Él es el Dueño de mi vida y de la tuya, le pertenecemos.
Por lo tanto, como Juez podría venir hoy mismo por nosotros si andamos erradamente, si nos conducimos sin temor, porque al Señor no solo hay que amarlo, sino también debemos temerle. Y es por esto por lo que quise leer el pasaje completo de Hechos 5, donde en dos oportunidades se dice que hubo “un gran temor” sobre los que oyeron estas cosas (Hch. 5:5, 11). ¿Y por qué hubo este gran temor? Porque estaban en la presencia del Dios santo y justo.
Como verán, Jacobo nos está diciendo que Dios sigue siendo justo y santo, no ha dejado de serlo, por lo que debemos tener cuidado, debemos saber que Él está siempre a la puerta, no solo de Su parusía en los aires, sino también de nuestra vida personal, para llevarnos. Ninguno de nosotros es indispensable para la obra del Señor.
Los hermanos a los que Jacobo y Pablo escribieron estaban desatendiendo las advertencias del Señor Jesús mismo, quien dijo:
“Pero yo os digo que cualquiera que se enoje contra su hermano, será culpable de juicio; y cualquiera que diga: Necio, a su hermano, será culpable ante el concilio; y cualquiera que le diga: Fatuo, quedará expuesto al infierno de fuego.” (Mt. 5:22).
Miren la advertencia del Señor, es muy seria. Él no nos oculta la verdad, sino que nos advierte al respecto. El solo hecho de dejar que el enojo contra un hermano se apodere de nuestro corazón, nos hace culpables de juicio. ¡El solo hecho de estar enojados! Es por esta razón que el Señor nos llama a mantener cuentas cortas y que el sol no se ponga sobre nuestro enojo (Ef. 4:26) ¿Sabe usted si acaso amanecerá vivo? No lo sabe. Si el Señor viene por usted durante la noche, mientras duerme y se encuentra enojado, ¡será culpable de juicio! El Señor nos advierte de algo que es serio, pero al parecer, nosotros, no le damos la seriedad que el Señor le da.
Ahora, es verdad que somos falibles y el Señor lo sabe. Él conoce que vienen a nuestra mente pensamientos malvados y que la rebelión busca frecuentemente alojamiento en nuestro corazón. Y puede ser que nos ocurra una situación que nos enoje con un hermano y nos veamos imposibilitados de perdonar, siendo embargados por amargura y cosas por el estilo. Cuando esto ocurra no debemos ser hipócritas y decir de la boca para fuera “te perdono”, pensando que esto nos salva del enojo y, por ende, del juicio; porque en la realidad y lo íntimo, el enojo está allí, amargándonos el alma. ¿Qué es lo que espera el Señor de nosotros en semejante situación?
Honestidad y humildad. Él quiere que seamos honestos sobre el enojo que en nuestro corazón existe. Debemos decirle que nos vemos incapacitados de sacar el rencor, reconociendo que eso está mal. Y junto con esto, debemos rogar que tenga misericordia de nosotros y nos socorra, ayudándonos a perdonar. Así debemos comenzar: humillándonos delante de Él, rogando Su ayuda y siendo totalmente honestos.
Todo esto lo estaban ignorando aquellos a quienes Jacobo les escribía. En vez de guardar silencio y sufrir el agravio (1Cor. 6:7), estaban difamándose unos a otros, hablando mal los unos de los otros, quejándose los unos de los otros, desprestigiándose unos a otros. De esta manera se estaban conduciendo, haciendo caso omiso de las advertencias de nuestro Señor Jesús. No les pesaba ni preocupaba que el solo hecho de enojarnos con un hermano nos arriesga a ser culpables de juicio. Y recuerden: el Juez está a las puertas, puede estar parado delante de nosotros con la espada desenvainada (Nm. 22:23) y nosotros queriendo avanzar sin cuidado.
Hay que tener cuidado de cómo caminamos en la casa del Señor, ¿por qué? Porque el Dueño de casa está en medio, santo y justo, como siempre. Pablo esto lo sabía muy bien y por eso le escribe a Timoteo con el fin de que este supiera cómo conducirse en la casa de Dios (1Tim. 3:14-15), porque hay que saber cómo conducirnos en presencia del Señor.
Con todo esto, quiero señalar que Dios puede disciplinar severamente si lo estima necesario, incluso permitiendo la muerte física en casos extremos, como vemos en Hechos 5 y 1ª Corintios 11; pero estos son casos excepcionales y no una regla general. Es decir que no toda muerte prematura de algún hermano es debido a que pecó, a veces simplemente es nuestra humanidad desgastada, que genéticamente viene con problemas, por causa de la caída de Adán.
LA SOBERANÍA DEL SEÑOR.
Los hombres que menospreciaban al Santo y Justo en medio de ellos, debían ser advertidos. Y no solo de esto Jacobo les advierte, sino que viendo la soberbia de estos en el diario vivir, les advierte que sus vidas son como la niebla, que un día es y al rato deja de ser; pues ellos, en su rebeldía, planificaban sin considerar al Señor. Esto, ameritaba otra lección, otro recordatorio, así que Jacobo les dice:
“Si el Señor quiere, viviremos y haremos esto o aquello.” (Stgo. 4:15b).
Esta frase es muy importante, es para ubicar en su lugar a los desubicados, porque si el Señor no quiere, no podremos hacer nada de lo que planeamos, ya que Él es el Altísimo. Ahora la lección tiene que ver con la soberanía de Dios.
Mis hermanos, podemos planear y querer realizar ciertas cosas. Podemos desear negociar, vivir, viajar, lo que sea; pero saben, el Señor es nuestro Dueño, si Él no quisiera, si Él no nos ayudara, entonces en vano planeamos. Como se nos enseña en Proverbios 16:9, diciendo:
“Podemos hacer nuestros planes, Pero el Señor determina nuestros pasos.” (NTV).
Esto tiene un aspecto positivo y negativo que debemos observar.
EL ASPECTO NEGATIVO.
El aspecto negativo para nosotros, los hijos de Dios, es que no nos pertenece nuestra vida, bienes y familia. No nos pertenecemos. Es por eso por lo que Jacobo lo llama “Señor”, que en griego es κύριος (gr. Kýrios). Si Jesús es nuestro Señor, nuestro Kýrios, entonces todas nuestras cosas, nuestros bienes son de Él. Significa, además, que nuestras familias, nuestros hijos, nuestra esposa, son de Él. Y no solo esto, sino que nuestra propia vida y cuidado están en Sus manos. Por lo tanto, si Él quisiera llevarnos ahora al paraíso, si Él quisiera llamarnos a Su presencia en este mismo instante, ninguno de nosotros tiene derecho a preguntarle por qué lo hace, pues si le llamamos Señor entonces deberíamos tener claro que le pertenecemos. Nosotros y todo lo que tenemos, es de nuestro buen Amo; todo es de Él, pues de Su mano lo hemos recibido para administrarlo. Solo somos colaboradores y personajes secundarios; el protagonista es el Señor.
Lamentablemente, a veces los cristianos echamos raíces demasiado profundas en el mundo y terminamos absorbiendo sus cosmovisiones. Poco a poco, estas se adhieren al corazón como un parásito silencioso: consumen nuestros nutrientes, debilitan nuestras fuerzas y apagan el gozo de vivir conforme a la Palabra de Dios. Debido a esto asumimos el papel de protagonistas de nuestra vida. Ponemos nuestras necesidades e intereses como prioridades de nuestra existencia. Y pensamos que somos amos y dueños de nuestra suerte y destino; porque los parásitos intelectuales de las cosmovisiones del mundo se han adherido a nuestra alma.
Cuando Jacobo inició esta epístola se presentó como siervo y/o esclavo del Señor. El Señor Jesús enseñó muchas cosas respecto a los siervos y esclavos, y una de sus enseñanzas nos muestra la actitud que estos deben tener en relación con su señor. Esta se encuentra en Lucas 17:7-10 y dice así:
“7 ¿Quién de vosotros, teniendo un siervo que ara o apacienta ganado, al volver él del campo, luego le dice: Pasa, siéntate a la mesa? 8 ¿No le dice más bien: Prepárame la cena, cíñete, y sírveme hasta que haya comido y bebido; y después de esto, come y bebe tú? 9 ¿Acaso da gracias al siervo porque hizo lo que se le había mandado? Pienso que no. 10 Así también vosotros, cuando hayáis hecho todo lo que os ha sido ordenado, decid: Siervos inútiles somos, pues lo que debíamos hacer, hicimos.”
¿Qué nos enseña esto respecto a los siervos y su señor? Que antes de las necesidades e intereses de los siervos, estaban las necesidades e intereses de su señor. No es el Señor el que sirve a Sus siervos, sino que somos nosotros los que servimos al Señor. Primero está Él, luego lo relacionado a nosotros. Esto es lo que significa recibir a Jesucristo como nuestro Señor.
Por otro lado, significa que le pertenecemos. Que nuestra propia vida y lo que tenemos le pertenecen. Nuestras familias y bienes le pertenecen. No somos propietarios de nada. “Pero hermano –me dirá alguno– ahora somos hijos de Dios, más que esclavos”, y es verdad, gloria al Señor por esto; pero esto no significa que ahora podemos servirnos a nosotros mismos, sino que, siendo hijos, Dios nos trata como a Sus niños y:
“Pero también digo: Entre tanto que el heredero es niño, en nada difiere del esclavo, aunque es señor de todo” (Ga. 4:1).
El aspecto negativo, entonces, es que no somos propietarios ni protagonistas de nada; sino servidores del Señor, que aún siendo hijos de Dios, solo alcanzamos la altura de niños, de hijitos y, por tanto, todo le pertenece a nuestro Señor, incluso lo más valioso que tenemos: nuestra vida.
Lamentablemente los parásitos de las cosmovisiones del mundo se han adherido a muchas mentes cristianas. Permítanme una digresión para mostrar esto en un asunto tan relevante como lo es la muerte. Luego continuamos con el aspecto positivo.
DIGRESIÓN: SOBRE LA MUERTE.
Una de las cosmovisiones imperantes en el mundo señala que la muerte es el fin de la existencia y la extinción del sujeto. Debido a esto, algunos dicen “la vida es una sola y hay que vivirla”; y otros solo viven buscando explotar la mayor cantidad de placeres. El vivir, finalmente, solo se relaciona con el hoy y con esta vida transitoria.
Es fácil que estos parásitos se adhieran a los pensamientos de los cristianos. Algunos comenzarán a vivir afanados por el trabajo y la generación de dinero, con el fin de gastar lo más que se pueda en placeres que no se juzguen como pecaminosos: viajes por el mundo, autos lujosos, joyas, cumplirle todos los caprichos a la esposa y a los hijos darles todo lo que no tuvieron ellos, entre otras cosas. Porque al morir no podremos disfrutar de las maravillas de viajar, de conocer paisajes hermosos y de todas esas cosas que empujan y atemorizan.
¿Pero cómo pensaban los apóstoles respecto a la muerte? Es cosa de leer lo que Pablo escribe respecto a su cosmovisión de la muerte:
“Porque de ambas cosas estoy puesto en estrecho, teniendo deseo de partir y estar con Cristo, lo cual es muchísimo mejor” (Fil. 1:23)
Pablo deseaba partir y estar con Cristo. ¿Qué significa esto? Que para Pablo la muerte no era el fin, que la vida no era una sola y que las riquezas de este mundo le eran sin importancia en comparación con el morir. ¿Por qué morir era algo deseable para Pablo? ¿Cómo es que la muerte se vuelve algo deseable dentro de los pensamientos de los cristianos? La respuesta se encuentra en “estar con Cristo”. ¿Qué le dijo el Señor Jesús al hombre que estaba crucificado a su lado y que reconoció la justicia del Señor y su propio pecado? Leamos:
“Entonces Jesús le dijo: De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso.” (Lc. 23:43)
En este versículo vemos que el valor del paraíso se encuentra en esta frase “estarás conmigo”. Eso comprendió Pablo, eso comprendieron los apóstoles, eso era lo que les enseñaban a las iglesias en el sufrimiento (v. 1ª y 2ª Tesalonicenses). Esto era lo que les daba fuerzas en medio de la persecución romana y judía: estar con Cristo es muchísimo mejor.
El hombre ha querido establecer el paraíso en la tierra, mejorar la calidad de vida, disfrutar de los placeres, gozar de salud y prosperidad. Muchas de estas cosas están bien, son legítimas; pero jamás se compararán con estar con Cristo.
Tristemente esto es algo que se ha olvidado. Hay parásitos en los pensamientos de muchos cristianos, parásitos que se han adherido a sus pensamientos y a sus opiniones. Las oraciones y las reuniones de adoración se volvieron terapias para sobrellevar la vida y las depresiones. Dejaron de ser instancias devocionales para exaltar al Señor, al Dueño de nuestra vida, de nuestros bienes, de nuestras familias y de toda nuestra existencia. Aquel con el que estaremos concretamente presente algún día.
Hace algún tiempo en el funeral de un hermano tuve una reflexión. El hermano había partido muy joven y la familia sufría el dolor de la partida. Allí el Señor me recordó a un hermano en la fe que partió hace muchos años, también era mi tío. Cada vez que conversábamos él me hablaba del Señor, con un amor y deseo de estar con Él, que cada vez que me lo decía, yo le preguntaba: “Si tuvieras que morir hoy y estar con Él, ¿lo aceptarías?”. Mi tío me miraba, suspiraba y me respondía: “Claro que sí, lo haría con alegría, es lo que más quiero”. Su respuesta me molestaba y le enrostraba que tenía un hijo pequeño y una esposa; pero él, amándolos mucho (soy testigo del amor que tenía por su esposa e hijo), prefería estar con el Señor. El Señor le concedió su anhelo y a los 28 años partió a la presencia del Señor.
Luego de esto el Señor apareció en mi camino, encontrándome yo perdido. Y mi conversión me hizo comprender a mi tio, supe que podría partir con el Señor cuando Él quisiera, y que esto sería lo mejor que podría pasarme. Me invadió ese deseo y sentimiento del que llamamos «primer amor», y saben, entendí que la muerte era para estar con el Señor, no el fin de mi existencia. Estoy seguro de que esta es la misma experiencia de muchos cristianos que han tenido un encuentro espiritual y vivo con el Señor al ser regenerados.
Pero algo nos pasa en el camino que nos olvidamos de la esperanza de estar con Él y verle cara a cara. Porque esta es la esperanza cristiana: estar en Su presencia literalmente. Sobre todo a los cristianos de Occidente, nos ocurre que nos enraizamos a esta vida, nos afanamos con lo contingente y nos olvidamos del deseo de estar con Él, de nuestra reunión con Él.
EL ASPECTO POSITIVO.
Luego, el aspecto positivo para nosotros es que el Soberano de los reyes de la tierra, que tiene nuestras vidas, bienes y familias en Sus manos, es absolutamente bueno y generoso. Nada ocurre para mal, sino que todo ayuda para bien, ¿por qué? Porque Él es bueno.
Piensen en lo siguiente: cuando el Señor nos corrige con medidas disciplinarias no lo hace porque sea justo solamente, sino que también ocurre porque es bueno. El libro de Hebreos nos dice que cuando nos disciplina lo hace como a hijos y es para ayudarnos a participar de Su santidad. Cuando nosotros castigamos a nuestros hijos, lo hacemos porque desobedecieron o porque nos avergonzaron, pero cuando Dios lo hace ocupa el derecho que tiene sobre nosotros al recibirnos como a Sus hijos, con el propósito de ayudarnos a transitar el camino de la santidad. Obviamente, para Su gloria.
Pero esto no es todo. No es solo para Su gloria, sino que hay algo más, algo que nos beneficia a nosotros mismos, y es que Dios quiere que participemos de Su santidad. ¿Y por qué quiere que participemos de Su santidad?
Porque sin santidad “nadie verá al Señor” (Heb. 12:14). Esto es algo hermoso, que me conmueve profundamente; pues la idea que hay detrás es que nuestro Señor no quiere que nos escondamos de Él, sino que salgamos a recibirle en Su regreso. Él quiere que le veamos y no que huyamos avergonzados de Su presencia (1Jn. 2:28). Permítanme contarles una anécdota familiar para mostrar una imagen de esto: cuando Cristobal (mi hijo) tenía entre 4 y 6 años, yo sabía cuándo él se había portado bien o mal durante el día, sin que mi esposa me informa al respecto. Resulta que cuando se había portado bien y yo llegaba a casa, él venía corriendo a recibirme, me daba la bienvenida abrazándome fuertemente. Pero cuando se había portado mal ocurría lo contrario. No salía a recibirme, no bajaba a saludarme, sino que yo subía a saludarlo a su habitación. Cada vez que se comportaba mal, yo iba a él para verlo; pero cada vez que el se comportaba bien, venía a mí y se sentía libre para darme la bienvenida y mostrarme su rostro. Esto es precisamente el por qué el Señor quiere que aprendamos a transitar el camino de la santidad: para que tengamos la confianza y libertad de salir a recibirle cuando Él venga llegando y no nos escondamos avergonzados.
LO QUE PERMITE EL SEÑOR Y LAS ADVERTENCIAS DEL ESPÍRITU.
Lamentablemente tenemos un gran problema que surge de los parásitos que se nos adhieren de las cosmovisiones humanas. Este problema es el hedonismo[3]. Cuando este se encuentra adherido a nuestros pensamientos, nos impide ver lo bueno de las cosas que Dios permite en nuestra vida por causa de que estas siempre causan dolor y no placer. Digo “permite” a propósito, ya que Dios –como el Soberano de los reyes de la tierra– permite que ocurran cosas en nuestras vidas. Algunas de ellas no las causa ni las ordena directamente, sino que simplemente las permite, como consecuencias y lecciones.
Respecto a las cosas que permite, debemos señalar que a veces son por nuestro corazón duro y soberbio, como consecuencias a nuestra desobediencia. Debido a esto nos toca padecer y aprender las lecciones correspondientes. La mayoría de las veces porque menospreciamos las advertencias de Su Palabra y hacemos caso omiso de los avisos del Espíritu que nos habita.
Otras veces las permite como disciplina, porque nuestras conductas son inapropiadas o hipócritas, y sufrimos el castigo paternal correspondiente, con el cual aprendemos cómo caminar con Él.
Otras las permite porque sirven a Sus propósitos eternos, como el cumplimiento de profecías, el desenlace de Sus juicios, la expansión del Evangelio, la prueba de Sus hijos ante los conflictos en una congregación, etcétera.
Y aún otras veces las permite porque es glorificado en la voluntad, fe y amor de Sus hijos, como cuando estos enfrentan las aflicciones e incluso la muerte dando gloria al Señor.
Todas estas veces que menciono son ejemplos de cómo Dios permite cosas de acuerdo con Su soberana voluntad. Si bien no las ocasiona ni las ordena directamente, sí las permite. Estas pasan por Su permiso soberano, porque así lo ha delegado soberanamente. Muchos confunden la soberanía de Dios con un determinismo arbitrario. Dios no es así, en Su relación con el hombre a lo largo de las Escrituras muestra lo contrario. Allí vemos que soberanamente les delega responsabilidades y jurisdicción a Sus criaturas pensantes. Responsabilidades por las que el hombre y los ángeles darán cuenta.
Ahora bien, aunque hay cosas que Dios permite y que nos pueden resultar dolorosas, debemos advertir que siempre el Señor advierte de las consecuencias que pueden venir por causa de la desobediencia y menosprecio a Su Palabra. Y esto debido a que nos ha dado Su Espíritu, quien es una Persona que nos habita y se comunica con nosotros desde nuestro interior.
Respecto a esto, podemos contar las muchas veces en que el Espíritu nos ha hablado directamente desde nuestras conciencias, tal vez no con una voz audible, pero sí como una voz que desde nuestro espíritu llega a la mente y la discernimos. Otras veces el mismo Espíritu nos advierte por el cuerpo de Cristo, por los hermanos que nos predican y enseñan Su Palabra, los que al hablarnos tocan nuestro corazón, siendo confirmados por el Espíritu en nuestro interior. Muchos piensan que estas experiencias son solo para cristianos espirituales y maduros; otros incluso las rechazan pensando que el Espíritu no habla al espíritu de los cristianos, ya que estas cosas son experiencias místicas de algunos desequilibrados. Pero no es así, debemos aprender a discernir las lecciones del Espíritu, Sus advertencias, ya que estas no son solo para los ministros de la Palabra, ni tampoco exclusivas de los servicios eclesiásticos y ministeriales. Con esto último me refiero a que muchos piensan que el Espíritu solo tiene relación y se involucra en los asuntos eclesiásticos y sus respectivos servicios; pero no esto no es así. El Espíritu ha venido a habitar en nosotros para ser el Parácleto en todo lo que es nuestro vivir y en cada área de nuestra vida. Permítanme algunos ejemplos.
Un hermano obtuvo un trabajo extra y nos contó que era muy fácil de hacer y que en 15 minutos lo terminaría. Lo quedamos mirando y le dijimos: “Te faltó decir: si es que el Señor quiere y me ayuda””. Pasaron algunos días y nos volvimos a ver, el hermano tenía un testimonio que contar. Nos dijo que el día del trabajo extra, tomó un taladro y perforó el muro del baño para instalar una lámpara. Necesitaba hacer tres orificios. Hizo el primero muy fácilmente, pero cuando pasó al segundo el taladro no entraba. Algo pasaba. Continuó forzando el taladro, buscando quebrar la piedra que estuviera estorbando. De repente la broca pasó, pero cuando sacó el taladro salió un chorro de agua. El hermano había perforado una cañería del edificio. Estuvo horas intentando sacar aquel trabajo que era de 15 minutos. Al final nos dijo: “Mis hermanos, todo es posible si Dios quiere”. ¿Le habló el Señor antes? Claro que sí, lo hizo por los hermanos que lo escuchamos.
Otro hermano nos contó que en una oportunidad cuando tenía que viajar a un retiro, camino a su casa vio un tornillo en el suelo y en su interior escucho: “Recógelo”. Él pensó que eran sus pensamientos y no hizo caso. Cuando llegó al retiro se dio cuenta que su habitación tenía un problema y que para repararlo necesitaría un tornillo. Cuando nos contó se lamentaba de no haber obedecido.
Una hermana contó en otra ocasión otra experiencia interesante. Resulta que ella le regaló una mesa de pin pon a un muchacho. Cuando fue a su casa a buscarla, dice que en su interior percibió que corría riesgo. Antes de abrir la puerta oró al Señor, le pidió protección y también que le indicara cómo proceder. Dice que desde su interior escuchó claramente que le dijeron: “no prestes el baño, solo entrega la mesa”. Cuando abrió la puerta, el joven la miró y le dijo: “¿Me permite entrar al baño?”, ella lo miró asombrada de lo que pasaba y obedeciendo le dijo: “No, por favor llévese la mesa que estoy ocupada”. Ella no tenía idea de que le pedirían el baño.
Un día una hermana venía de su trabajo y dice que mientras conducía escuchó interiormente que le dijeron: “Cuando llegues revísale la mochila a tu hijo”. Algo que ella nunca hacía. Sin embargo, decidió obedecer y cuando llegó le dijo al hijo: “Tráeme la mochila de inmediato”. El hijo se puso pálido. Cuando revisó el interior encontró marihuana.
Si continúo contando experiencias como estas nunca terminaré este capítulo. Pero lo que pretendo es mostrar que el Señor Soberano al que servimos no solo está interesado en asuntos eclesiásticos, sino en nuestra vida completa. En cada área, en cada asunto, en todo sentido está interesado. Y este Señor Soberano de los cielos y de la tierra, ejerce Su señorío y dirección en nosotros a través del Espíritu Santo de Dios. Quien nos advierte no solo de lo que hacemos en una reunión de iglesia, sino que también en asuntos que consideramos seculares, como los negocios, el trabajo, entre otras cosas. Debido a esto se nos dice:
“Si el Señor quiere, viviremos y haremos esto o aquello.” (Stgo. 4:15b).
Jacobo nos está llevando a considerar la vida cristiana y la soberanía del Señor más allá de los templos, cultos y reuniones. Advirtiéndonos de que nuestro comportamiento es delante del Soberano, en toda área de nuestra vida. Las palabras “viviremos y haremos esto o aquello” nos muestran que se refiere a toda área de la vida humana de los cristianos.
EL SEÑOR DE LOS EJÉRCITOS.
Después de considerar estas cosas, Jacobo les enrostra a aquellos ricos que confiaban en sus riquezas que no tenían tesoros en el cielo, sino que toda su esperanza estaba puesta en bienes de este mundo que perece. Aquí debemos señalar algo con claridad: Jacobo no les está diciendo que se arrepientan de ser ricos, sino que se arrepientan de oprimir a los que no tienen y de humillarlos. Debían arrepentirse de su soberbia, de su dureza y de sus injusticias cometidas al amparo de sus riquezas.
Jacobo no está condenando la posesión material en sí misma; más bien, presenta las riquezas como lo que realmente son: cosas pasajeras que no pueden atravesar el umbral de la eternidad. Se deterioran, se pierden y permanecen sujetas al juicio de Dios. El problema no era tener bienes, sino haber hecho de ellos su seguridad, su orgullo y su instrumento de opresión.
Pensemos en esto: en distintas culturas del mundo antiguo, como en la egipcia, existía la práctica de sepultar a los muertos con objetos valiosos, reflejando la idea de que aquello tenía valor más allá de esta vida. Aunque Jacobo no menciona directamente esas costumbres, el contraste sirve para recordar una verdad bíblica constante: el ser humano suele aferrarse a lo material como si pudiera retenerlo para siempre, cuando en realidad nada de eso puede llevarse delante de Dios.
La Escritura insiste en esto una y otra vez: el hombre nada trajo al mundo y nada podrá sacar de él. Ninguna riqueza terrenal entra en la eternidad; lo que permanece delante del Señor es aquello que, por gracia, fue hecho en Cristo y para Su gloria.
Entonces, Jacobo no es un fanático de la pobreza ni santifica la carencia material, tampoco maldice las riquezas. Más bien, pone cada cosa en su lugar: las posesiones son temporales y perecederas; Dios y su Reino son eternos. Y como ocurre a lo largo de toda las Escrituras, la revelación divina confronta paradigmas profundamente arraigados en el corazón humano y llama al pueblo de Dios a pensar desde el Reino y no desde los valores heredados de su entorno.
Ahora bien, el problema que Jacobo denuncia se relaciona con aquellos que, al tener riquezas, se volvieron arrogantes y despreciaron a los pobres y humildes. Lo más grave era que este trato ocurría incluso entre hermanos en Cristo. En medio de eso olvidaban la seria advertencia del Señor Jesús: que lo que se hace a uno de los más pequeños de los Suyos, a Él mismo se le hace (Mt. 25:31–46). El pecado no estaba en la abundancia material, sino en un corazón endurecido que dejó de ver al hermano como alguien precioso delante de Dios.
Junto con esto, Jacobo les advierte algo tremendo al declarar que los clamores de aquellos que habían sido abusados por ellos:
“han entrado en los oídos del Señor de los ejércitos” (Stgo. 5:4).
Aquí Jacobo emplea un título profundamente veterotestamentario del Señor. Es el nombre con que Dios se revela como Rey soberano sobre las huestes celestiales, Aquel que gobierna sobre todo poder y que sale en defensa de los afligidos ejecutando justicia. Es el lenguaje de los profetas, el Dios del pacto que no permanece indiferente cuando el poderoso oprime al débil. El clamor del jornalero no cayó al vacío ni quedó olvidado sobre la tierra: llegó delante del trono del Señor, y Él lo oyó.
Mis hermanos, si aquellos hombres persistieron en endurecer su corazón y no se arrepintieron de sus pecados, el juicio de Dios ciertamente no quedaría suspendido para siempre. La historia del primer siglo mostró cuán frágiles eran las riquezas humanas y cuán rápidamente podían desaparecer. En aquellos años hubo guerras, conflictos y devastaciones que expusieron dolorosamente lo pasajero de todo tesoro terrenal. La misma caída de Jerusalén en el año 70 d. C., nos recuerda de manera dramática que ninguna riqueza puede sostener al hombre cuando el juicio de Dios alcanza a una nación.
De esta manera, Jacobo presenta al Señor de los ejércitos como el Dios que oye el clamor del oprimido y actúa a su tiempo. Puede parecer que la injusticia prospera por un momento y que el arrogante se fortalece en su poder, pero el Señor jamás olvida. Su justicia nunca llega tarde. Y cuando Él se levanta para hacer justicia, queda expuesta la fragilidad del orgulloso y la absoluta vanidad de toda riqueza terrenal. Entonces se hace evidente que lo único verdaderamente firme no son los bienes de este mundo, sino vivir en temor de Dios y permanecer fieles delante de Él
OBJETO DE NUESTRA CONFIANZA Y ESPERANZA.
Luego de esto, Jacobo anima a los hermanos a esperar pacientemente y a gozarse en el sufrir por causa del Señor. Y este gozo ha de fundamentarse en la alegría de Su pronto regreso, pues del Señor mismo tendrán consuelo en Su aparición.
Si ellos soportaban y esperaban en el Señor, de Él tendrían galardón. Del Señor tendrían defensa en Su tiempo. Pero si ellos no esperaban, sino que se defendían por sus propios medios, aquel que era su Señor no los recompensaría y/o ayudaría. Esto nos muestra que el Señor quiere ser el único objeto de nuestra confianza y esperanza. Que nuestra dependencia de Él sea absoluta. Si aprendemos esto, Él nos recompensará personalmente. Jacobo anima a los hermanos a humillarse bajo la mano del Señor y afirmar la decisión de permanecer allí, esperando al Salvador. Por eso les escribe:
“Tened también vosotros paciencia, y afirmad vuestros corazones; porque la venida del Señor se acerca.” (Stgo. 5:8).
“Tened también vosotros paciencia”, es un imperativo, como un mandamiento indicándonos que así como Dios nos ha esperado pacientemente, teniendo misericordia y paciencia de nosotros, de igual forma, nosotros esperemos pacientemente en el Señor respecto a las aflicciones que nos toca pasar.
Para esto se requiere voluntad y decisión. Por eso debemos afirmar el corazón, consolándonos y animándonos, sabiendo que la venida del Señor está cerca. Esta venida puede ser en una nube o para llevarnos al paraíso a cualquiera de nosotros, porque somos de Él.
MISERICORDIOSO Y COMPASIVO.
Luego de animar a los hermanos a no quejarse unos de otros y a soportar valientemente, Jacobo les recuerda a los santos los padecimientos de los justos de antaño, entre los cuales les cita a Job, a quien consideramos al comienzo de este estudio. Pero el énfasis en esta cita no es Job, sino lo que Jacobo nos dice del Señor, que:
“el Señor es muy misericordioso y compasivo” (Stgo. 5:11).
Nuestro Señor es misericordioso y compasivo, es por eso que si una persona inconversa se arrepiente de corazón, Él está dispuesto a perdonarla; pero ojo, este perdón no es sin justicia, pues cualquiera podría pensar que se trata de decir “me arrepiento” y listo, pero no; sino que aquel que se da cuenta que ha obrado mal y que es un pecador, también se da cuenta que es digno del castigo eterno. Entonces Dios, que es justo, le ofrece la muerte que se merece y si la acepta vivirá para siempre.
La muerte a la que me refiero es la muerte sustituta de Su Hijo, Jesús el Cristo, Dios encarnado. Dios mismo ocupa el lugar del culpable, pues solo el Ofendido puede redimir y ocupar el lugar del ofensor. Y nadie puede perdonar si no asume Él mismo las consecuencias del pecado de aquel o aquellos que pecaron contra Él. El Señor las asumió, ¿dónde? En la cruz. Vemos en la cruz el más grande testimonio de la misericordia de Dios para con el hombre, en equilibrio perfecto con Su justicia, cumpliéndola en Su muerte.
Así que no perdamos las esperanzas, seamos pacientes, afirmemos el corazón ante los padecimientos que el Señor permite en nuestra vida. Y también, aprendamos a apelar a Su misericordia y compasión, las cuales pueden postergar incluso el juicio, aunque no anularlo. Vemos esto en el relato histórico que se hace de Ezequías en 2ª Reyes 20:1-11, rey de Judá (v. t. 2Cr. 32:24-26; Is. 38:1-22), a quien se le decretó juicio y una muerte inminente; pero al humillarse delante del Señor, lo movió a misericordia y Él le concedió 15 años más de vida, junto con librarlo de Babilonia. Muchos casos donde el Señor fue movido a misericordia tenemos en las Escrituras.
Cuando entendemos esto, nuestras oraciones cambian. Ante la enfermedad de una persona no nos preguntamos si es la voluntad del Señor sanar o no, sino que podemos humillarnos buscando moverlo a misericordia, que tenga compasión. Si nos humillamos y lo tocamos, el Señor podría aumentar los años de vida a una persona, aun cuando se haya decretado juicio inminente podría Él postergar estos juicios y prolongar la vida. Porque aun cuando nos merecemos el padecer, ante nuestra humillación, el Señor que es compasivo, puede socorrernos de alguna manera. Permítanme contarles una historia.
Una hermana se encontraba padeciendo disciplina del Señor, ella lo sabía, lo tenía muy claro. Estaba consciente que estaba en las manos de su Padre celestial siendo disciplinada. Un día se encontraba muy mal, sufriendo por su propia necedad y mientras estaba allí se arrodilló. Humillada y angustiada, llorando en la presencia del Señor, le clamó por misericordia. La hermana cuenta que aquel día no cesó su disciplina, continuó varios meses más, pero aquel día ella tuvo una de las experiencias más lindas de su vida, lo que nunca olvidará. Ella nunca había hablado en lenguas y de repente en medio de su dolor, orando al Señor comenzaron a salir de su boca palabras desconocidas, un lenguaje que solo conocía su espíritu en ella y que consolaba profundamente su corazón (1Cor. 14:4). Fue de tanto gozo para ella que, en ese momento, recibió ánimo para aceptar lo que estaba pasando y continuar adelante. Nunca olvidó aquello, pues aunque estaba padeciendo la disciplina que necesitaba, su Señor, su Padre misericordioso y compasivo, la consoló; tal como quien consuela a su hijo en el castigo, indicándole que es por su bien, porque lo ama. Así como Job fue consolado, también lo seremos en el día del Señor, siendo nuestro consuelo Cristo mismo.
Recuerden lo que dijimos en una de nuestras lecturas pasadas: nuestro Galardón es Cristo mismo. Si en medio de la prueba logramos verle, nos olvidaremos de nosotros mismos, y todo tendrá sentido y respuesta. Que el Señor nos ayude a verle, tal como Job lo vio en medio de aquel torbellino, así Dios viene en aquellos enredos de nuestra vida a revelarnos Su Persona.
VERDADEROS Y HONESTOS.
Jacobo también anima a los hermanos a ser verdaderos y honestos. A no jurar en vano, sino ser personas libres y valientes que dicen “sí” y “no” delante del Señor; pues la mentira es el pecado más justificado por el hombre.
Usted oirá de las supuestas “mentiras piadosas” y las “mentiras blancas”, pero no oirá de los “adulterios blancos”, o de los “robos blancos”, o de los “homicidios piadosos”. La mentira es la más justificada de los pecados de los hombres, y por lo tanto, es aquello que más se ha tolerado como conducta en muchos creyentes. Por eso Jacobo nos dice que no juremos, que seamos honestos, que seamos de respuestas verdaderas: “sí” y “no”. No engañemos a nuestros hermanos, ni menos pensemos que podemos engañar al Señor. No pongamos al Señor por testigo de nuestras mentiras. Temamos, pues cada vez que se jura y miente, Él se encuentra presente y es testigo de lo que se hace.
Una de las cosas que más tristeza me ha provocado en estos últimos años es ver precisamente como toleramos la mentira. El catolicismo romano lo presentó como un pecado venial, algo que los cristianos regenerados miramos como pequeño. Pero una mentira proviene del mismo lugar que el adulterio y que un homicidio: el pecado que mora en mí. Que el Señor nos ayude a ser verdaderos y honestos, no solo con Él, sino también entre hermanos en Cristo. El Señor llamó al pueblo a amar la verdad y la paz (Zac. 8:19). Aprendamos a vivir en la verdad, a conducirnos en la verdad y honestidad. Si hay algo en el corazón, con amor y respeto, deberíamos decirlo, aclararlo, no ocultarlo y mentir diciendo que nada pasa.
La mentira y el engaño caminan juntos. Satanás es el padre de la mentira, por lo tanto, si la abrazamos y toleramos, valoramos y justificamos la actitud diabólica que trajo la desgracia del ser humano. Lo que trajo la caída del hombre en el Edén, traerá también la desgracia de los santos y de las iglesias locales. Lo que trajo la caída del hombre en el Edén, será la ruina de las naciones y de la sociedad.
Hoy la verdad está siendo atacada desde todos los flancos y, los cristianos, en su mayoría guardan silencio. Abramos los ojos y démonos cuenta de que la verdad está siendo atacada en toda área de la vida humana. Sobre todo en las áreas fundamentales del ser humano: espíritu, alma y cuerpo. Se está tergiversando la verdad física y biológica, negando la verdad del varón y la mujer, intercambiando las palabras sexo por género. Se está tergiversando la verdad de la identidad del alma por las emociones, se ha atacado la verdad de que fuimos creados a imagen y semejanza de Dios, estableciendo la mentira de que somos animales en evolución, lo que ha traído grandes disparates. Hoy vemos jóvenes que se sienten bestias, animales, comportándose como perros, lobos, zorros, gatos y cuánta cosa más (los llamados «therians»). Hoy se ataca la verdad espiritual, negando la existencia de Dios, señalando que solo somos materia, que la vida es una sola, que está llena de dolor y que merece ser vivida sin preocuparse por el más allá (nihilismo, materialismo). Los hombres no están oyendo del juicio que vendrá y que al morir seremos juzgados. Los hombres no están oyendo que Dios nos ha dado un Salvador, para justificarnos de este juicio venidero: Cristo Jesús.
Que el Señor nos ayude a ser valientes, justos y verdaderos en Cristo; no solo entre los santos y en las reuniones, sino en todo lugar donde nos movemos y vivimos. Como ciudadanos y como cristianos. Que se nos abran los ojos.
ORACIÓN, ALABANZAS E IMPOSICIÓN DE MANOS.
Después Jacobo nos muestra la forma de reaccionar en ciertos momentos. Y nos dice:
“13 ¿Está alguno entre vosotros afligido? Haga oración. ¿Está alguno alegre? Cante alabanzas. 14 ¿Está alguno enfermo entre vosotros? Llame a los ancianos de la iglesia, y oren por él, ungiéndole con aceite en el nombre del Señor.” (Stgo. 5:13-14).
Si estamos afligidos, debemos orar. No busquemos salvarnos a nosotros mismos, no nos quejemos ni murmuremos, más bien: “Haga oración”.
Si estamos alegres, cantemos alabanzas. Gocémonos en el Señor, seamos agradecidos, no le adjudiquemos las cosas a la suerte, sino al Señor que es el bueno. Alabémosle y no solo cuando estamos reunidos.
Si nos encontramos enfermos, que aquellos que son ancianos en la iglesia, o los hermanos que presiden, oren por nosotros, ungiéndonos literalmente con aceite. No seamos alegóricos, usemos de la fe en lo que dice el Texto, aunque no entendamos el por qué ni el para qué. Sino que, al igual que Pedro, debemos aprender a decir “en tu palabra” lo haré (Lc. 5:5). Saben, no hay ninguna razón para no tomar literalmente este pasaje y usar aceite para orar por los enfermos. Está claro que el poder no se halla en el aceite, sino en el Nombre del Señor y en la obediencia nuestra a la Palabra de Dios, lo cual es la fe. Y si así fuere:
“Y la oración de fe salvará al enfermo, y el Señor lo levantará; y si hubiere cometido pecados, le serán perdonados.” (Stgo. 5:15).
LA ENFERMEDAD Y LOS PECADOS.
Es importante pedir al Señor por aquellos que están enfermos, reconociendo en Su presencia que es posible que estos pecaran. En este punto a lo único que podemos apelar es a Su misericordia, como quienes piden que el juicio sea postergado o sencillamente termine, sabiendo que hay una sangre que habla de justicia cumplida. Pero para que haya perdón, debe haber arrepentimiento, por eso:
“16 Confesaos vuestras ofensas unos a otros, y orad unos por otros, para que seáis sanados. La oración eficaz del justo puede mucho. 17 Elías era hombre sujeto a pasiones semejantes a las nuestras, y oró fervientemente para que no lloviese, y no llovió sobre la tierra por tres años y seis meses. 18 Y otra vez oró, y el cielo dió lluvia, y la tierra produjo su fruto.” (Stgo. 5:16-18).
Jacobo llama a los hermanos a confesarse unos a otros sus pecados. El griego allí dice ἁμαρτίας (gr. hamartías), es decir, “pecados”, eso debería decir en vez de “ofensas”. Jacobo llama a los hermanos a confesar los pecados unos a otros.
Aquí hay que señalar dos cosas importantes: en primer lugar, no todas las enfermedades son por causa de pecados cometidos. En segundo lugar, en un sentido general, todas las enfermedades provienen del pecado que entró al mundo desde Adán.
Con pecados –en plural– me refiero a las transgresiones que cometemos personalmente. Con pecado –en singular– me refiero a la naturaleza pecaminosa que recibimos por causa de la caída de Adán. Lo que quiero señalar, es que la enfermedad no es algo que Dios creó, sino que es una de las consecuencias de la corrupción biológica que trajo la desobediencia del hombre en el Edén. El pecado entró en nuestra naturaleza y, además, la muerte; y, junto con esta, todo lo que lleva a la biología humana al polvo, como las enfermedades. Por ende, podríamos señalar que hay enfermedades que provienen de la corrupción heredada de Adán a nuestra naturaleza, algo que nos afecta a todos mientras envejecemos y se desgasta nuestra carne; pero hay otras, que afectan a los cristianos debido a que están siendo corregidos por Dios (1Cor. 11) o incluso probados (Ga. 4:13-15). Por lo tanto, se requiere criterio y discernimiento. Preguntar al Señor por qué y para qué, con un corazón honesto, abierto y humilde. Podría ser que me enfermé producto de que he adoptado una conducta pecaminosa que Él no va a tolerar; o podría ser que estoy siendo probado, por lo que necesito pedir que me ayude a soportar para no pecar contra Él. O simplemente es que mi genética y humanidad heredada de Adán está siendo desgastada en su vida útil.
Ahora, es obvio que la confesión de nuestros pecados no se puede hacer con cualquier hermano. Hay algunos que pueden oírnos, que el Señor los ha capacitado para esto. Hay que usar del discernimiento es este punto. Pero uno no puede confesar sus pecados si no está arrepentido y avergonzado, y es probable que sin arrepentimiento, no haya salud. Recuerdo la historia del hermano John G. Lake y su clínica (Liardon, 2000, Tomo I).
Él no era doctor, pero sabía que tenía dones de sanidad[4], entonces recibía enfermos y luego de oírlos un rato, oraba por ellos para que sanaran, y muchos lo hacían. Pero ocurría que a veces las personas no se mejoraban, y cuando esto ocurría, los llevaba a una sala posterior donde más tarde iba con su esposa. Su esposa tenía un hermoso don, discernimiento de espíritus (1Cor. 12:10), ella conversaba un rato con la persona y en medio de esa plática el Señor la usaba para mostrarles la razón de su enfermedad. Muchas personas confesaban sus pecados arrepentidos y eran sanados; pero otros, ensoberbecidos, se marchaban enfermos. De alguna manera, esto está relacionado a lo que nos dice Jacobo, si una persona se arrepiente y avergüenza de su conducta pecaminosa y no tolerada por el Señor, entonces junto a su hermano que lo escucha y confiados de Cristo como su justicia, pueden orar y el Señor responderá.
Entonces, no toda enfermedad podemos atribuírsela a los pecados cometidos, pues podría ser una prueba, o para la gloria del Señor (Jn. 11:4), o simplemente la edad y el desgaste de nuestro cuerpo. El tema es que, en el momento de alguna enfermedad, preguntemos al Señor acerca de lo que estamos pasando y examinemos nuestros caminos en oración. Sea lo que sea, oremos, preguntemos al Señor y pidamos que nos ilumine para entender y saber cómo debemos proceder.
De todas maneras, sea el origen y razón que sea, siempre podemos, humillados, apelar a la misericordia de nuestro Señor. Cada uno de nosotros ha de hacer su propio juicio, pues como nos parte diciendo Jacobo ninguno debe murmurar de su hermano, juzgarlo; más bien, cada uno debe hacer su evaluación personal a la luz del Señor, de Su Espíritu y de Su Palabra.
Es muy común que el hombre caiga en el juicio apresurado de “¿quién pecó, este o sus padres…?” (Jn. 9:2). Esto se ve mucho entre los cristianos: juicios apresurados, falta de misericordia, medir sin cuidado. Cuánto necesitamos aprender del Señor, que nos enseñe a orar, a preguntar al Señor y a encaminar a los hermanos al trono de la gracia.
ORANDO FERVIENTEMENTE.
Pero Jacobo sabe que a veces las oraciones no son respondidas de inmediato, así que anima a los hermanos a considerar que Elías era como ellos: sujeto a fragilidades. No obstante, oró fervorosamente y el Señor le respondió. El griego dice “orar con oración” y se refiere a la intensidad de esta, por eso se traduce “oró fervorosamente”. La oración fervorosa es la oración insistente, aquella que sabe que necesita una intervención divina, que hace al hombre afligirse por una respuesta de Dios. Jacobo nos anima a aprender a orar de esa manera, humillados en Su presencia y afligidos. Orar con el fervor de la aflicción y desesperación de una respuesta de Dios. Aprovechar aquello que nos lleva a llorar en Su presencia, y hasta dejar de comer por una respuesta.
La oración que hizo Ana por Samuel es una oración ferviente. La oración que hizo el Señor Jesús en Getsemaní es la oración que entre lágrimas y angustia nos empuja a clamar a nuestro Dios. No son oraciones que suenan lindas, sino que proceden del corazón; pues no se trata de si somos super hombres de oración a los cuales Dios exclusivamente oye, sino de que somos hombres frágiles que se humillan y lloran en presencia de Dios, el cual se compadece de nuestra humillación.
Dios, en Su soberanía, se complace en responder a la oración humilde y ferviente, no porque lo manipulamos, sino porque es bueno y Él mismo ha prometido atender al corazón contrito y afligido. Quien ora de esa manera, es porque sabe que su única opción es Dios; pues, de lo contrario, perecerá. Es por eso por lo que el Señor permite que lleguemos a situaciones extremas de angustia, para revelarnos Su bondad y compasión, permitiéndonos así experimentar la misericordia de Dios.
Permítanme contarles algo: un día un hermano enfermó gravemente, un paro respiratorio producto de una neumonía. Su familia nos avisó y nos pidió como iglesia orar por el hermano. Una hermana contestó: “Oremos para que se haga la voluntad del Señor”. Esto es algo muy típico entre cristianos. Pero permítanme decirles algo: cuando su familia nos contactó no fue para pedirle al Señor que pase lo que Él quiera, sino para rogarle al Señor que tenga misericordia del hermano y pueda vivir. Es cierto que tú no sabes qué ocurrirá, pero mientras el hermano esté con vida y exista la esperanza, debemos rogar y clamar a Dios que tenga misericordia. En nuestro caso, ocurrió algo maravilloso, el Señor nos escuchó y tuvo misericordia de nuestro hermano. Hoy está vivo. Agradecemos al Señor por habernos escuchado y lo glorificamos. Contrario a este caso, hay otros donde Dios no quiso prolongar la vida de una persona, ¿qué debemos hacer aquí? Rogar al Señor que nos ayude a aceptar Su voluntad y que consuele los corazones.
LA EVANGELIZACIÓN.
Finalmente, Jacobo pone delante de nosotros el amor por las almas, diciéndonos:
“19 Hermanos, si alguno de entre vosotros se ha extraviado de la verdad, y alguno le hace volver, 20 sepa que el que haga volver al pecador del error de su camino, salvará de muerte un alma, y cubrirá multitud de pecados.” (Stgo. 5:19-20).
Jacobo hace un contraste importante entre lo que ha denunciado y lo que debería ser. En vez de haber pleitos y guerras entre los hermanos, en vez existir polémicas, murmuraciones y difamaciones, debería haber amor los unos por los otros. Lo animal y diabólico busca la destrucción de las almas, pero el Señor busca la salvación de las almas.
Mis hermanos, esta debería ser una gran carga en nuestros corazones y una responsabilidad asumida por toda la iglesia: anunciar el Evangelio para salvación de las almas. El principal rasgo horizontal de nuestra fe, que la justifica delante de los hombres, es el amor por aquellos que se pierden y por los descarriados. Nótese: perdidos y descarriados. Que el Señor cargue nuestros corazones con las almas que inconversas y para con los hermanos apartados.
Noten dos escenarios distintos: el inconverso que necesita salvación y el converso extraviado, descarriado, que necesita volver a casa. Los primeros son cabritas que necesitan regeneración para ser ovejas; los segundos son ovejas descarriadas. Debemos predicar el Evangelio a los inconversos; pero también recordarles y explicarles el Evangelio a los que están descarriados. A unos hay que anunciarles que hay salvación de la ira venidera; a los otros debemos enseñarles y recordarles que mejor es estar en la casa del Padre que fuera. El Evangelio de Dios es para ambos tipos de personas.
Que el Señor nos ayude a amar a las almas y no buscar destruirlas. Equipémonos para llevar el Evangelio de Dios a nuestros vecinos, para influenciar en nuestra sociedad con la verdad de la Palabra de Dios. Vamos en busca de los están descarriados y mostrémosle la misericordia del Señor; pues la razón por la que despiertan cada mañana es porque Dios les regala un día más para volverse a Él. Mostrémosles a los hombres que Dios no busca la rehabilitación humana, sino la regeneración. Que el nuevo hombre que buscan se encuentra en Cristo. Que Dios nos ofrece Su Espíritu, para ayudarnos a lidiar con nuestra pecaminosidad. Mostrémosles a los hombres lo frágil de la existencia humana, que conviene vivirla reconciliado con Dios y no de espaldas a Él.
CONCLUSIÓN.
Hermanos, el estudio de la epístola de Santiago, escrita por Jacobo, hermano del Señor según la carne, es de gran importancia para todo cristiano sincero que desea avanzar en la fe y ama al Señor.
Jacobo escribió en un tiempo en que la fe cristiana recién comenzaba a abrirse paso. Muchos la veían como una secta surgida del judaísmo; otros la mezclaban con ideas y pensamientos ajenos al evangelio. En ese contexto, la iglesia avanzaba y, mediante la enseñanza de los apóstoles y discípulos del Señor Jesús, se iba diferenciando tanto del judaísmo incrédulo como de aquellas influencias que deformaban la verdad revelada.
La visión cristiana de la vida era radicalmente distinta a todo lo conocido hasta entonces. Dios se dio a conocer plenamente en Su Hijo, quien fue el más probado y afligido entre los hombres. Sin causa lo aborrecieron (Jn. 15:25), y esto transformó por completo la comprensión del sufrimiento y de las aflicciones.
Muchos en aquella época, especialmente dentro del judaísmo, tendían a relacionar directamente el sufrimiento con culpa personal. Lo vemos cuando preguntaron al Señor respecto del ciego de nacimiento:
“Rabí, ¿quién pecó, este o sus padres, para que haya nacido ciego?” (Jn. 9:2).
También entre los gentiles existían ideas de retribución inmediata, como ocurrió cuando la víbora mordió a Pablo y quienes estaban presentes pensaron que debía tratarse de un homicida (Hch. 28:4). En ambos casos aparece una misma tendencia humana: interpretar el sufrimiento como castigo automático.
Por eso Jacobo escribió a creyentes dispersados que estaban atravesando pruebas reales. Algunos sufrían necesidad, otros padecían injusticia, y en medio de aquello la iglesia debía aprender a discernir correctamente los tratos del Señor. Jacobo les enseña que no toda aflicción es consecuencia de una culpa específica, sino que Dios también prueba a Sus hijos para formar en ellos paciencia, madurez y dependencia.
La mentira de una justicia automática se refuta plenamente en la cruz del Calvario. Allí el Hombre santo sufrió públicamente vergüenza, dolor y muerte sin haber cometido pecado alguno. En Cristo entendemos que el sufrimiento del justo no necesariamente es castigo, sino que muchas veces es parte de la obra sabia y soberana de Dios para afirmar la fe y santificar a Su pueblo.
Por eso, cuando los creyentes veían a sus hermanos padecer necesidades, no debían alejarse ni endurecerse, sino servirles en amor. Aunque no podamos cambiar los tiempos del trato del Señor, sí podemos acompañar, orar y socorrer cuando hay necesidad. Negarnos a ello contradice la fe que profesamos.
Jacobo también nos mostró que la fe delante de Dios inevitablemente se manifiesta delante de los hombres. La fe verdadera no permanece escondida, porque obra mediante el amor (Ga. 5:6). Lo que Dios produce internamente se evidencia externamente.
En definitiva, la vida cristiana era profundamente distinta a la religiosidad de su tiempo. Y sigue siéndolo hoy. Muchos aún participan externamente de actividades religiosas mientras viven apartados del Señor en lo cotidiano. Pero entre los cristianos no debe existir separación entre una vida “religiosa” y otra “secular”. Tenemos una sola vida, y esa vida es Cristo. Él mora en nosotros por Su Espíritu; por tanto, si decimos tener fe, esa fe también producirá obras.
Las obras nacidas de la fe son la manifestación visible de la vida de Cristo en nosotros, y del amor que nos constriñe (2Cor. 5:14).
Por tanto, vivamos a Cristo y vivamos en Cristo, no según las fuerzas de la carne, sino conforme al Espíritu.
Que el Señor afirme nuestra fe y traiga continuamente a nuestra memoria aquello que hemos estudiado y que Él aprueba para nuestra vida cristiana.
Tenga misericordia de nosotros y se compadezca de nuestra fragilidad humana.
Gloria al Dios que nos redimió y nos hizo Suyos en Su Hijo, y que por Su Espíritu nos sostiene siempre en nuestras aflicciones.
Él nos ha salvado de toda jornada amarga y jamás nos abandona; aun cuando el corazón desfallece y sentimos debilidad, Él aparece siempre en el momento preciso.
A Él sea la gloria por los siglos. Amén.
[1] Noten que esta traducción no traduce “murmurar”, sino “hablar mal”; confirmando lo señalado anteriormente (Carballosa, 2004, p. 199).
[2] Santos por contacto o asociación a Dios.
[3] El hedonismo es una doctrina moral que establece la satisfacción como fin superior y fundamento de la vida. Su principal objetivo consiste en la búsqueda del placer simple y natural que pueda asociarse con el bien evitando el dolor.
[4] Nótese la pluralidad de la palabra “dones” de sanidad en 1ª Corintios 12:9, 30.
