(Texto) 7. Estudio a la epístola de Jacobo – Bienaventuranza, prueba y corona de vida (1:12).
Damos gracias al Señor por permitirnos estudiar esta carta[1], hemos podido considerar temas edificantes y correctivos. En esta oportunidad, vamos a continuar la lectura del versículo 12 del capítulo 1, que nos dice:
“Bienaventurado el varón que soporta la tentación; porque cuando haya resistido la prueba, recibirá la corona de vida, que Dios ha prometido a los que le aman.” (Stgo. 1:12).
PRUEBA, NO TENTACIÓN.
Lo primero que vamos a considerar aquí es correspondiente a la traducción que tenemos, vamos a observar algo importante. La palabra que se tradujo en la Reina Valera 1960 como “tentación”, es la misma palabra que antes, en el versículo 2, se tradujo como “prueba”, πειρασμόν (peirasmón)[2].
Debemos considerar por causa del contexto y lo que se viene tratando, que no hay ninguna razón exegética para traducirla aquí como “tentación” (Carballosa, 2004, p. 98); es más, dada la continuidad temática sobre la prueba, desde los versículos 2 al 12, es claro que la palabra «tentación» queda fuera de lugar; pues la temática tratada es la prueba de nuestra fe y el resultado que logrará Dios. Incluso, la segunda parte del versículo se tradujo “porque cuando haya resistido la prueba”. Si se dan cuenta, esta parte del verso es la continuación de la anterior y aquí nos está hablando de la prueba. El varón que soporta la prueba es bienaventurado, porque una vez resistida la prueba, o mejor dicho, una vez sea aprobado, recibirá la corona de vida.
Por todo esto, este pasaje lo vamos a considerar en la traducción que hace la Biblia Textual III, que dice así:
“Bienaventurado el varón que soporta la prueba, porque cuando salga aprobado, recibirá la corona de la vida, que prometió a los que lo aman.”
Cabe señalar, además, dado que no es mi intención manipular el Texto a mi favor, que aparte de la Biblia Textual hay muchas otras traducciones que traducen aquí “prueba”. Voy a mencionar por lo menos cinco:
- La Biblia de las Américas (LBLA).
- Versión Recobro.
- Dios Habla Hoy (DHH).
- La Biblia Jerusalén (BJ).
- Nuevo Testamento Interlineal Griego-Español (Lacueva, F.).
Aclarado esto, vamos a considerar algunas cosas de este versículo.
DIOS ES EL QUE NOS LLEVA AL DESIERTO.
La traducción parte diciéndonos “Bienaventurado el varón”, y literalmente el griego dice “Varón feliz”, pues no hay un artículo en la frase. Entonces, podríamos leer “Varón feliz es el que soporta la prueba”. La palabra “soporta” es en el griego ὑπομένει (hypoménei), que al igual que la palabra “paciencia” que vimos en una de nuestras lecturas anteriores, proviene del griego hypo, que significa debajo, y la palabra méno que significa permanecer; es decir, permanecer debajo, lo que para nosotros se traduce “soportar” y también “aguantar”; esto es en el sentido de alguien que lleva una carga encima y que la soporta, la aguanta, hasta que el Señor lo quiera. Esto último es muy importante entenderlo, pues nuestras pruebas no provienen del diablo, ni de demonios, nuestras pruebas provienen de Dios.
Es Dios quien prueba nuestra fe con el propósito de que esta sea purificada y que Cristo, Su Hijo amado, sea formado en nosotros. Por favor lea conmigo Deuteronomio 8, versículo 1 al 5 y veamos lo que nos dice:
“1 Cuidaréis de poner por obra todo mandamiento que yo os ordeno hoy, para que viváis, y seáis multiplicados, y entréis y poseáis la tierra que Jehová prometió con juramento a vuestros padres. 2 Y te acordarás de todo el camino por donde te ha traído Jehová tu Dios estos cuarenta años en el desierto, para afligirte, para probarte, para saber lo que había en tu corazón, si habías de guardar o no sus mandamientos. 3 Y te afligió, y te hizo tener hambre, y te sustentó con maná, comida que no conocías tú, ni tus padres la habían conocido, para hacerte saber que no sólo de pan vivirá el hombre, mas de todo lo que sale de la boca de Jehová vivirá el hombre. 4 Tu vestido nunca se envejeció sobre ti, ni el pie se te ha hinchado en estos cuarenta años. 5 Reconoce asimismo en tu corazón, que como castiga el hombre a su hijo, así Jehová tu Dios te castiga.”
Este es un pasaje notable, nos habla de Dios llevando al pueblo de Israel al desierto, para probarlos, para corregirlos, nunca sin Su cuidado. El Señor le dice al pueblo[3] que debe acordarse, no olvidar, sino recordar, que Él los sacó al desierto y los llevó por ese camino cuarenta años. Dice que allí los afligió y los probó, y así fueron evaluados. Como verán, una de las cosas importantes que debemos aprender, es que es Dios el que nos lleva al desierto para probarnos. Esto lo vemos claramente señalado en la vida de nuestro Salvador:
«Jesús, lleno del Espíritu Santo, volvió del Jordán, y fue llevado por el Espíritu al desierto» (Lc. 4:1)
¿Quién llevó al Señor Jesús al desierto? Fue el Espíritu Santo; y, revisando Deuteronomio 8, entendemos que el Señor nos demostró lo que significa que no solo de pan vivirá el hombre, sino de atender a la Palabra de Dios, de confiar en Él, de tener convicciones y certezas respecto a lo que de Su boca sale. Entonces, es Dios el que nos prueba, es Dios el que nos lleva al desierto. Aquel que ama nuestra alma y que ningún mal nos ha hecho. Así que esto es lo primero a saber: Dios es el que nos lleva al desierto, es Dios el que nos prueba.
Lo segundo, es importante conocer al Señor, es fundamental entenderle; pues cuando no lo conocemos, entonces le atribuimos una imagen distorsionada que el pecado en nosotros se encarga de exacerbar. Es aquí donde en medio de la aflicción interpretamos a Dios con los lentes de las cosas negativas que tenemos encadenadas a nuestra alma, respecto a nuestros padres. Si juzgamos a nuestros padres como maltratadores, con esos lentes leemos a Dios en la prueba. Si nuestros padres nos abandonaron, de esa manera interpretamos a Dios en la prueba. De la forma que hayan sido nuestros padres, nosotros interpretamos a Dios. Sin embargo, es en el desierto donde Dios quiere que aprendamos el valor de la Palabra, que se encarga de revelarnos e interpretarnos cómo es Dios verdaderamente.
EL PROPÓSITO DE LA AFLICCIÓN.
Adicionalmente, Deuteronomio 8 nos dice que Dios llevó al pueblo de Israel al desierto para probarlo y, además, para afligirlo. ¿Para qué afligirlo? ¿Es acaso Dios un opresor que se complace en la aflicción de los seres humanos? De ninguna manera. Es más, aún en el enojo del Señor, Él tuvo misericordia de aquel pueblo. Piensen en esto, los israelitas transitaron 40 años en total en el desierto; no obstante, el recorrido debería haber terminado a los 2 años. ¿Cuál fue la razón de que a esos dos años se le sumaran treinta y ocho años? El justo enojo de Dios. El pueblo pecó una y otra vez contra el Señor, desde el principio de su liberación; es más, en Su justa ira, Dios le dijo a Moisés que los destruiría y que a él pondría por líder de una nación más fuerte y grande (v. Dt. 9). No obstante, Dios dejó que Moisés intercediera, ya que a través de aquella súplica Dios revelaría Su carácter compasivo, manifestado aun cuando está aplicando Su justicia.
Esos treinta y ocho años nos muestran que la misericordia de Dios no anula Su juicio, lo puede postergar o aplacar, pero no anular. En vez de la destrucción inminente, el pueblo obtuvo treinta y ocho años de disciplina, para que sus hijos conocieran al Señor y aprendieran de las lecciones de sus padres.
Ahora bien, ¿qué había aprendido Moisés respecto a Dios que lo llevó a suplicar en Su Presencia? Leamos un versículo que se encuentra en Números 14:18, vamos a leer solamente la parte “a”, que dice:
“Jehová, tardo para la ira y grande en misericordia, que perdona la iniquidad y la rebelión, aunque de ningún modo tendrá por inocente al culpable…”
Veamos lo que nos dice: “tardo para la ira y grande en misericordia”, es decir que Dios sí se aíra, pero Su enojo no es como el nuestro. Su ira es santa y justa, no es injustificada ni sin razón. Nosotros nos airamos y muchas veces pecamos; pero Dios no peca, Su ira es justificada, razonable y santa.
Por otro lado, se nos dice que es grande en misericordia y, en esta misericordia, Dios perdona la maldad y la rebelión; pero ojo, esto no quiere decir que Dios se haga el ciego con el culpable, sino que en Su misericordia, cuando perdona nuestras iniquidades y rebeliones, Dios usa medios justos para satisfacer Su justicia y santidad.
Entonces, lo que aprendió Moisés es que el Señor es misericordioso en gran manera. ¿Qué quiere decir esto? Quiere decir que Dios se compadece de la miseria humana, le pesa en Su corazón nuestra humillación. ¿Y qué pasa cuando es conmovido el Señor? Entonces otorga Su ayuda y favor. Si Su misericordia es infinita, lo es también la forma en que nos ayuda, esto es lo que llamamos «la gracia de Dios».
Es, pues, la gracia de Dios, la razón por la que en el desierto afligió al pueblo: para humillarlos por su soberbia y, en esa humillación, mostrarles Su favor. De esta manera, les mostraría Su misericordia y gracia. Con esto nos damos cuenta de la infinita sabiduría del Señor. Él mueve una pieza y afecta todo el tablero. Nos lleva al desierto para probarnos, en la prueba purifica la fe, y además, nos desprende de nuestra arrogancia y soberbia, con el fin de otorgarnos así Su gracia. Todo encaja, todo cuadra.
LA GRACIA : SU RELACIÓN CON LO QUE HICIMOS Y LO QUE SOMOS.
En Su gracia, al hombre pecador, humillado y creyente, Dios le da lo que no se merece (salvación y justificación). Lo que el hombre verdaderamente merece por sus actos contrarios a Dios es la terrible ira venidera; no obstante, debido a la grandeza de Su misericordia, el Señor le proveyó de una salida justa que no anulara Su santidad y justicia. Se los explico de la siguiente manera:
Nosotros estábamos muertos en nuestros delitos y pecados, en esa condición nos merecíamos el castigo por nuestros pecados, pues no solo pecamos, sino que también nos gozamos en el pecado y hasta nos rebelamos en contra de Dios. Entonces, era justo que se nos condenara, nos merecíamos el infierno; pero gracias al Señor Jesús, la condenación que nos merecíamos no fue facturada a nosotros, sino que Dios puso a Su Hijo como el Cordero que nos sustituye y a quien se facturó toda la deuda, no solamente mía, sino de toda la humanidad adámica. Ninguno de nosotros merecía al Hijo como sustituto, pero Dios tuvo compasión, misericordia y nos concedió Su gracia. Nos dio infinita gracia, nos otorgó la ayuda que no merecíamos y esto, gracias a Su infinita misericordia.
Nos merecíamos la destrucción, pero tuvo compasión, así que la factura la pagó Dios mismo en Cristo. Yo no merezco que el Hijo de Dios muriera por mí. Yo merecía ser condenado, mía es la culpa; pero Dios no me dio lo que merecía en mí mismo, sino que me dio a quien no merecía, a Su Hijo, al Salvador, Él es la Salvación y Justicia de Dios. Esa es la gracia de Dios que ha venido gracias a Jesucristo (Jn. 1:17).
Dios tuvo compasión. En Su misericordia se compadeció de nosotros, miserables pecadores, porque eso es lo que somos: pecadores. Y esta condición de pecadores la heredamos de Adán, lo que no significa solamente que tenemos una tendencia hacia el mal, sino que, además, nuestra alma ha sido deformada por el pecado. Entonces, el pecado se volvió nuestra forma de vivir y la manera que tenemos para comportarnos. Y con esto, al ser hombres[4] con el alma deformada y con la imagen impresa en ella de una vida pecaminosa, no sólo nos volvimos transgresores, sino malos y rebeldes en nuestro vivir.
Debido a esto, Dios nos salva de la condenación perdonando nuestras transgresiones; pero, además, quiere conformarnos a la imagen de Su Hijo, desintoxicarnos de la rebeldía y maldad que deforma nuestra alma. Es decir que Dios, por un lado, quiere salvarnos legalmente de nuestra culpa; y, por otro lado, quiere salvarnos de lo que somos orgánicamente en nuestra personalidad. Así como el pueblo de Israel fue librado de la esclavitud de Egipto, así nosotros hemos sido salvados de la condenación por el pecado; pero luego, el pueblo de Israel fue llevado al desierto para ser desintoxicado de Egipto, para ser corregido, para ser purificado, para esto fue al desierto; y de la misma manera, Dios nos lleva al desierto, a la prueba, para salvarnos de lo que somos. Y esto, también es la gracia de Dios.
LA SOBERBIA Y LA GRACIA.
En el desierto Dios afligió al pueblo, y nosotros, de la misma manera, en la prueba somos afligidos. ¿Y para qué nos aflige Dios? Como hemos visto, Dios no aflige al que ya está humillado, sino que Dios aflige al soberbio. Es como la pelea de Jacob con el Varón en Peniel (Gn. 32:22-32). Jacob se atrevió a forcejear con Dios, se paró de igual a igual y le exigía que lo bendijera. Mientras Jacob estaba de pie en sus fuerzas humanas, estaba de pie en la soberbia. Dios así no lo bendijo. Entonces, para bendecirlo, antes lo descoyuntó; antes lo afligió, lo humilló y allí lo bendijo. ¿Por qué esto ocurrió así? Mire lo que nos dice Jacobo en el capítulo 4, versículo 6:
“Pero él da mayor gracia. Por esto dice: Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes.”
Como verán, Dios resiste al soberbio, no tolera la soberbia; pero a los humildes, a los humillados y afligidos, les otorga gracia. Entonces, la prueba a la que nos lleva el Señor, el desierto al cual somos llevados, no sólo purifica nuestra fe y da a luz la constancia; sino que además nos aflige, y si hay alguien dispuesto a humillarse, es alguien afligido. Llevó al pueblo al desierto para afligirlos, en la aflicción el pueblo se humillaba y en la humillación Dios les otorgaba gracia, moviéndose maravillosa y portentosamente. Eso es paciencia, el aprender a esperar humillados bajo la poderosa mano de Dios. Y esto, es algo que Dios logra en nosotros, mediante las aflicciones, tratando la soberbia que, por cierto, no identificamos hasta que somos iluminados por Dios.
LA PRUEBA Y EL CONOCIMIENTO PERSONAL.
Ahora bien, aparte de ser humillados y afligidos, Dios probó al pueblo y logró otras cosas. Ya hemos visto que la prueba es para nuestra fe, para mostrar lo que es verdadero de lo que no es. Para mostrar lo que es carne y lo que es espíritu; para mostrar lo santo y lo profano. Para mostrar la honestidad y lo que es apariencia. Y aparte de todo esto, dice “para saber lo que había en tu corazón, si habías de guardar o no sus mandamientos”. ¿Acaso Dios, que es omnisciente, necesita saber lo que había en el corazón del pueblo? Juan 2:25 nos dice del Señor Jesús:
“y no tenía necesidad de que nadie le diese testimonio del hombre, pues él sabía lo que había en el hombre.”
Por lo tanto, entendemos que no es Dios el que necesita saber qué hay en el corazón del hombre; sino que es el hombre el que necesita conocer su propio corazón. Dios conoce al hombre, sus pensamientos, sus intenciones, todo. Dios sabía lo que había en el corazón, pero el pueblo no se conocía a sí mismo. Permítanme una demostración. En Éxodo capítulo 19, Dios habló al pueblo y le dio órdenes, a lo que el pueblo respondió:
“Todo lo que Jehová ha dicho, haremos.” (Ex. 19:8).
Luego, desde Éxodo capítulo 21 al capítulo 24, Dios da Sus santas leyes y el pueblo, dos veces dijo:
“Haremos todas las palabras que Jehová ha dicho.” (Ex. 24:3).
“Haremos todas las cosas que Jehová ha dicho, y obedeceremos.” (Ex. 24:7).
Como ven, el pueblo dijo que obedecería a Dios, que así como Él dijo, ellos harían.
Después de esto, desde el capítulo 25 al 31:17, el tema es el Tabernáculo de Reunión y la Presencia de Dios en medio del pueblo. Pero desde el 31:18, tenemos un acontecimiento grave, ante la ausencia de Moisés, el pueblo peca grandemente y quebranta el primer mandamiento dado por Dios:
“No tendrás dioses ajenos delante de mí.” (Ex. 20:3).
El pueblo dijo que obedecería, pero lo vemos irse en contra de su Dios inmediatamente. ¿Se dan cuenta? Dios lo sabía, pero ellos no sabían quiénes y cómo eran. Quizás ellos pensaban que eran un pueblo distinto al pueblo de Egipto, pero se encontraron con la cruda realidad de que eran iguales y, tal vez, peores. Dios lo sabía, pero ellos no. Entonces, comprendemos que la prueba aparte de ser un instrumento de purificación de nuestra fe también es para que nos conozcamos. Dios quiere que nos conozcamos, le dio la ley al pueblo para que conocieran su incapacidad, para que vieran que eran pecadores, como dice Romanos 7:7 acerca de la ley:
“¿Qué diremos, pues? ¿La ley es pecado? En ninguna manera. Pero yo no conocí el pecado sino por la ley; porque tampoco conociera la codicia, si la ley no dijera: No codiciarás.”
Qué importante es comprender que el Señor no solo quiere purificar nuestra fe y formar a Su Hijo en nosotros, sino que también quiere que conozcamos que la vida del Señor es mejor que la nuestra. Que aceptemos el hecho de que es mejor que Él crezca y que nosotros mengüemos (Jn. 3:30). Juan, el que bautizaba, sabía esto. Él estuvo literalmente en el desierto, allí, en las meditaciones con Dios, iluminado por Su Espíritu, conoció que era mejor que el Señor creciera y él menguara. Así también, en el desierto, tenemos tiempo para conocernos. Por ejemplo, decimos ser fieles al Señor, como Simón Pedro pensamos que le seguiremos hasta el fin y no como otros (Mt. 26:30-35); somos tercos y aunque el Señor nos dice que lo negaremos, seguimos diciendo que iremos hasta la muerte si fuese necesario. Entonces viene la prueba y en la hora que la padecemos, pecamos.
Simón Pedro se dio cuenta que no se conocía. Él habló desde las emociones del momento, pero cuando se vio acorralado, lo negó. Simón sufrió la vergüenza de descubrir su cobardía y, como nosotros no somos mejor que Simón, debemos saber que cuando nos paramos testarudamente, vendrá la prueba, Dios nos humillará, nos purificará y nos mostrará quiénes somos. Entonces, después, al igual que Pedro, cuando nos encontremos nuevamente con una situación y con el Señor hablándonos, ya no diremos lo que no sabemos, ni pondremos la confianza en las emociones del momento, sino que seremos honestos. En Juan 21 vemos la conversación del Señor con este mismo Simón Pedro. Tres veces le preguntó si lo amaba, pero Simón le respondió honestamente, “te tengo afecto”[5]. Ya no le dijo “te amo”, no le dijo “iré hasta la muerte”, fue honesto; el Señor le preguntaba si lo amaba, pero Pedro le dijo ahora que solamente le tenía cariño. Porque Pedro comprendió que entre el amor del Señor y el amor de él, había una gran diferencia. El desierto, la prueba, la aflicción, lo ayudó a conocerse.
Al igual que Pedro, Job desde el capítulo 38 en adelante decidió poner su mano sobre su boca. Es decir, obligarse a callar, porque se dio cuenta que hablaba lo que no entendía. Cosas que sonaban maravillosas, pero él no las vivía ni comprendía. Entonces, mejor es callar. Mejor es verme y conocerme a la luz de Dios. Y la prueba, también es un instrumento para esto. Por medio de la prueba vemos lo malo de las mentiras y, además, vemos que somos mentirosos. No solo veo la necesidad de amar al Señor, sino la necesidad de que Él me ayude a vencerme a mí mismo. Entiendo allí lo engañoso que es el corazón y lo perverso que puede llegar a ser (Jer. 17:9). Gracias al Señor por Su Espíritu, gracias al Señor por no abandonarnos y encaminarnos en el desierto, para darnos comprensión.
PROBADOS, NO ABANDONADOS.
Dios nos lleva al desierto, pasamos hambre, pero Él mismo nos sustenta. Padecemos, pero en medio de los padecimientos, cuando nos ve débiles nos fortalece, aunque continuemos en la prueba. No nos abandona. No sabemos por qué no le negamos y es porque nos ayuda. Y luego de esto, comenzamos a ver que necesitamos de Él. Necesitamos que Él nos hable. Comenzamos a ver que más que cualquier cosa, lo necesitamos a Él mismo. Como en Deuteronomio 8:3, nos dice:
“Y te afligió, y te hizo tener hambre, y te sustentó con maná, comida que no conocías tú, ni tus padres la habían conocido, para hacerte saber que no sólo de pan vivirá el hombre, mas de todo lo que sale de la boca de Jehová vivirá el hombre.”
Nos aflige para bendecirnos, nos hace tener hambre para sustentarnos con el Pan del cielo. Y comprendemos que Cristo es el Pan que nos sacia (Jn. 6:51), que no lo conocíamos y encontramos que en Él hay satisfacción y saciedad para nuestra alma. Y en Su Palabra le conocemos y encontramos consuelo. Queremos oír Su voz y cuando la oímos por la Palabra, trayendo a nuestros espíritus fortaleza, somos consolados.
Luego Deuteronomio 8:4-5, nos dice:
“4 Tu vestido nunca se envejeció sobre ti, ni el pie se te ha hinchado en estos cuarenta años. 5 Reconoce asimismo en tu corazón, que como castiga el hombre a su hijo, así Jehová tu Dios te castiga.”
El Señor nunca ha dejado que nos desgastemos. En Su Presencia seguimos siendo hijos, a pesar de todas las cosas que pasan por nuestra mente, para Él seguimos de pie. Nuestro vestido nunca envejece, es decir que el Señor nos preserva, nos guarda. Nuestras ropas delante de Él están nuevas, aunque nosotros nos percibamos desgastados. Incluso cuando por nuestra mente pasaran muchas cosas en contra de Dios, o aunque con nuestra boca dijéramos necedades (cosas de las cuales inmediatamente nos arrepentimos), a pesar de todo esto, seguimos con las vestiduras nuevas en Su Presencia. A pesar de lo duro del camino, Él nos ha cuidado y el pie no se ha hinchado; es decir, que podemos seguir caminando, gracias a la fuerza de Su Espíritu.
Junto con todo esto, llegamos a comprender que todo lo que vivimos es porque somos Sus hijos y lo necesitábamos. Muchas cosas fueron corregidas, muchas de ellas vinieron a nuestra mente mientras éramos probados y nos arrepentimos. Realmente con esto vemos la omnisciencia de Dios, quien mediante la prueba logra tantas cosas en nosotros. El Señor tiene todas las estrategias para lograr llevarnos donde quiere: a Cristo.
SANTOS O, ¿SANTOS Y FIELES?
Entonces Jacobo nos señala:
“Bienaventurado el varón que soporta la prueba, porque cuando salga aprobado, recibirá la corona de la vida, que prometió a los que lo aman.” (BTX III).
Cuando dice “aprobado” en el griego clásico era usado para indicar algo genuino y digno de confianza. También en la Septuaginta esta palabra era usada para referirse a la validación de una moneda, reconocida como válida y lista para circular (Carballosa, 2004, p. 98). O sea que aquello de valor en nosotros, es decir, la imagen de Cristo en nosotros, va mostrándose. Se va viendo lo genuino y real de Cristo en nuestras vidas. Esto hace de los cristianos hombres fieles y dignos de confianza.
Hay una diferencia entre un creyente y un fiel. En Efesios y Colosenses, en la salutación dice “a los santos y fieles” (Ef. 1:1; Col. 1:2), mientras que en 1ª Corintios dice “a los santificados en Cristo Jesús” (1Cor. 1:2). A los corintios se les dice “santificados en Cristo” lo cual corresponde a la posición dada por gracia en la salvación jurídica que tenemos en el Señor Jesús, pero no se les llama fieles. No obstante, en Efesios y Colosenses tenemos a “santos y fieles”. Un santo, es un creyente, es todo aquel que ha nacido de nuevo en Cristo; todos los salvados por el Señor, regenerados, somos santos. Un creyente que ha confiado en el Señor es un santo porque le habita el Santo.
Un fiel, también es un creyente que confía en el Señor; pero, además, es un santo en el cual Dios puede confiarse. Esto quiere decir que un santo es aquel que ha confiado en el Señor; pero, un santo y fiel, es aquel en el que Dios ha llegado a fiarse para encomendarle el participar de Su obra, alguien que se ha vuelto amigo de Dios. Al soportar la prueba, vamos siendo formados como fieles para Dios.
LA VIDA COMO CORONA PROMETIDA POR DIOS.
Y una última cosa importantísima. Jacobo nos anima y pone por delante el galardón. Y nos dice que al salir aprobados, validados por el Señor, recibiremos el consuelo de la corona de la vida prometida por Dios. Déjenme decirles algo aquí. La frase “de la vida” es un genitivo apositivo en el griego (Carballosa, 2004, p. 99) y quiere decir que la corona es en sí, la vida. Miren cómo tradujo la Biblia Dios Habla Hoy:
“Dichoso el hombre que soporta la prueba con fortaleza, porque al salir aprobado recibirá como premio la vida, que es la corona que Dios ha prometido a los que lo aman”
Esta es la idea del griego: “porque al salir aprobado recibirá como premio la vida, que es la corona que Dios ha prometido a los que le aman”. Muchos piensan en la corona como una joya puesta en la cabeza, que les dé posición y autoridad. Pero saben, en Juan 11:25 el Señor Jesús dijo de Sí mismo, que Él es “la vida” (1Jn. 5:20). Algunos piensan que lo que se promete son bienes; sin embargo, yo quiero pensar como Pablo, miren en Filipenses 3:8 lo que escribió:
“Y ciertamente, aun estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por amor del cual lo he perdido todo, y lo tengo por basura, para ganar a Cristo”
¿Se dan cuenta? Por favor permítanme leerles este mismo pasaje en la versión Dios Habla Hoy, que dice:
“Aún más, a nada le concedo valor si lo comparo con el bien supremo de conocer a Cristo Jesús, mi Señor. Por causa de Cristo lo he perdido todo, y todo lo considero basura a cambio de ganarlo a él”
Todas las cosas que padecemos, todas las pruebas, el desierto, tiene como corona a Cristo mismo: el conocerle a Él de una manera viva y real. Porque Él es una Persona que se puede conocer. Para esto nos dio espíritu y, en este, puso Su Espíritu. Para que le conozcamos en Espíritu y verdad. No solo con la mente, sino con la realidad del Espíritu. Esto es lo que debemos pedir: “Permítame conocerle con realidad espiritual, Señor. Ilumine mi mente con las Escrituras, para verle y comprenderle. No solo quiero saber de Usted, como una simple información. Quiero que aquel conocimiento reciba el toque de la vida del Espíritu, para apreciar la realidad Divina”. Cuando tenemos estas experiencias, nunca más somos los mismos. Dios ha querido que podamos conocer a Cristo por el Espíritu y Su Palabra (Mt. 11:27; 16:16-17; 2Cor. 5:16; Ga. 1:15-16; Ef. 1:15-20), y la prueba es un instrumento para esto.
El Señor quiere abrir el umbral de la realidad espiritual para nosotros, pero esto, no es sin prueba, no es sin desierto. El Señor es una Persona que mediante el Espíritu podemos conocer, pero no sin el quebrantamiento de nuestro hombre exterior. Es necesario que el frasco de alabastro se quiebre para que salga el aroma del interior. Que el Señor hable a nuestro corazón. Amén.
[1] Toma un tiempo para orar.
[2] Lacueva, F. (1990). Nuevo Testamento Interlineal Griego-Español. Terrassa: CLIE.
[3] Nunca olvidemos que los israelitas vivieron todas estas cosas para ejemplo nuestro (1Co. 10:6, 10), es decir, para que aprendiéramos en su experiencia cómo caminar con Dios y también cómo es Él.
[4] Varón y mujer.
[5] Lacueva, F. (1990). Nuevo Testamento Interlineal Griego-Español. Terrassa: CLIE.
