Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?

 

En la madrugada de la tristeza me rodearon tinieblas y confusión.

Cientos de pensamientos inundaron mi mente.

Eran como flechas impertinentes, cayendo sobre mí.

 ¿Dónde estás Tú? Pregunté, esperando una respuesta.

Sollocé delante de Ti que me sentía abandonado.

Tu Palabra vino a mi corazón, recordando:

“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?”

¿Qué significa esta, tu experiencia?

¿Acaso la comunión trinitaria se vio alterada?

En la soledad de aquella noche lo comprendí,

Esa fue tu experiencia humana consumada.

Los sentimientos de abandono que vienen en el día de la aflicción,

Vinieron sobre Ti, mi Señor.

Y aunque siempre fuiste y serás uno con el Padre,

En la cruz, las penumbras de la angustia viviste,

Como hombre esos sentimientos sufriste.

Y entendí entre lágrimas que tu empatía era conmigo en el dolor.

Que la aflicción era parte de nuestra humanidad,

Pero que allí estarías Tú, no sólo presente, sino comprensivo,

Allí estarías Tú, consolando y fortaleciendo,

Intercediendo, para que la fe no falte,

Y supervisando que el fuego perfeccione y purifique,

Para que tu imagen pueda reflejarse.

“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?”

Esa fue tu experiencia humana consumada.

 “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?”

El Hijo de Dios me entiende, Él estuvo allí.

(J. C. Orellana, marzo 2021).