(Texto) 19. Estudio a la epístola de Jacobo – El pecado que mora en mí (4:1-10).

 

Amados hermanos, gracia y paz de nuestro buen Dios y Padre, y del Señor Jesús Cristo, Dios y Salvador nuestro, sean con ustedes. Es necesario, como siempre, que nos encomendemos al Señor. Por favor, oremos un momento.

[…][1]

Mis hermanos, ya estamos por terminar el estudio de esta epístola cristiana. Esta carta nos ha permitido tratar muchos temas y asuntos, sean básicos o fundamentales. Espero en el Señor que aquellas cosas que Él aprueba, queden impresas y grabadas en sus corazones. Hoy, Dios mediante, vamos a continuar con la lectura y vamos a leer el capítulo 4, desde el versículo 1 al 10, de la epístola de Jacobo, o si prefieren, Santiago. Partamos de inmediato. Dice así:

1 ¿De dónde vienen las guerras y los pleitos entre vosotros? ¿No es de vuestras pasiones, las cuales combaten en vuestros miembros? 2 Codiciáis, y no tenéis; matáis y ardéis de envidia, y no podéis alcanzar; combatís y lucháis, pero no tenéis lo que deseáis, porque no pedís. 3 Pedís, y no recibís, porque pedís mal, para gastar en vuestros deleites. 4 ¡Oh almas adúlteras! ¿No sabéis que la amistad del mundo es enemistad contra Dios? Cualquiera, pues, que quiera ser amigo del mundo, se constituye enemigo de Dios. 5 ¿O pensáis que la Escritura dice en vano: El Espíritu que él ha hecho morar en nosotros nos anhela celosamente? 6 Pero él da mayor gracia. Por esto dice: Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes. 7 Someteos, pues, a Dios; resistid al diablo, y huirá de vosotros. 8 Acercaos a Dios, y él se acercará a vosotros. Pecadores, limpiad las manos; y vosotros los de doble ánimo, purificad vuestros corazones. 9 Afligíos, y lamentad, y llorad. Vuestra risa se convierta en lloro, y vuestro gozo en tristeza. 10 Humillaos delante del Señor, y él os exaltará.” (RV 1960).

CONECTANDO EL PASAJE AL CONTEXTO.

¡Qué duro pasaje acabamos de leer! Ahora bien, para entender este pasaje debemos tomarlo en el contexto general de lo que viene Jacobo tratando. La semana pasada tratamos sobre los supuestamente “sabios” en medio de la iglesia; que no eran sabios en Cristo, sino en sus carnes. Y anteriormente, vimos el asunto de los que se hacían a sí mismos “maestros” entre los hermanos, junto con ver la problemática de lo que hablaban (la lengua). Si ustedes recuerdan, ambos asuntos tratados tenían como problemática el corazón humano. Envidias, celos, vanagloria, contiendas, todas cosas que estaban implícitas en el Texto; pero ahora, en el 4:1-10, vemos la explicación que Jacobo da respecto a por qué escribió todas las cosas desde el capítulo 3.

El problema de los llamados así mismos “maestros”, era lo que enseñaban, las palabras que enseñaban a los santos. Jacobo nos muestra, de alguna manera, el poder de las palabras, la influencia de estas en las personas que nos oyen y que nos respetan por el hecho de enseñar. Se nos habla de un barco que es llevado de un pequeño timón, haciendo un símil con el hablar y la iglesia. Lo que enseñamos forma, encamina, gobierna y, esto, puede ser para bien o para mal de los oyentes; para un correcto viaje o para naufragar en este mundo. El problema de los así llamados “sabios y entendidos”, es que se presentaban como personas que podían enseñar a otros a vivir. Personas que se presentaban como modelos, como expertos, pero que, de acuerdo a lo que Jacobo sabía, no eran más que carnales que no tenían una conducta apropiada en el Señor; pues celos y contiendas eran evidentes entre ellos. Los celos entre los judíos eran comunes (Hch. 5:17; 13:45; 17:5); no obstante, esto no es sólo un problema que tenían ellos, es algo que aplica y es de problema a nosotros también, pues es una obra de la carne (Ga. 5:19-21), el pecado mora en nuestro miembros, por lo que nosotros también podemos caer en esto.

Después de hablar de los problemas de la lengua de aquellos que se pretenden maestros; y luego de reprender a los que se dicen “sabios y entendidos” entre los santos, según opiniones propias, Jacobo les muestra lo que él sabía al respecto.

EL PROBLEMA DEL PECADO, EL MAL EN NOSOTROS.

1 ¿De dónde vienen las guerras y los pleitos entre vosotros? ¿No es de vuestras pasiones, las cuales combaten en vuestros miembros?” (Stg. 4:1, RV 1960).

La pregunta “¿De dónde vienen las guerras y los pleitos entre vosotros?”, nos muestra lo que estaba ocurriendo entre los judíos a los que se dirige Jacobo. En el párrafo que se refiere a los maestros, Jacobo señala el problema de la lengua y de cómo con palabras se ofendía al prójimo quien fue hecho a imagen y semejanza de Dios; al que, por cierto, se adora con la misma boca (Stg. 3:9-10). Se presentaban a sí mismos como maestros, enseñaban sin cuidado y sin temor al juicio más estricto que aplica sobre aquellos que Dios ha dado como maestros para edificar la iglesia. Jacobo condena la dicotomía en las palabras, condena la descalificación, pues si había entre ellos guerra y pleitos, entonces, “descalificar” era un arma usada a traición entre ellos. De la misma manera, en el párrafo de los que se decían sabios y expertos, Jacobo relata la problemática  de los celos y las contiendas (Stg. 3:14). Si ustedes se dan cuenta, la pregunta que estamos observando revela el por qué del capítulo 3, la que nos muestra lo que había entre los hermanos: guerras y pleitos. La palabra desde dónde se tradujo “guerra” es πόλεμοι (pólemoi) y se refiere a un conflicto con armas. Es evidente que no se usa de forma literal, sino que es una figura de dicción llamada hipérbole[2] que sirve para exagerar algo y hacerlo notar. La palabra que se tradujo “pleitos” es μάχαι (májai) y describe situaciones más específicas y personales. Las guerras involucraban a varios, los pleitos eran personales. No obstante, ambas cosas provenían de un mismo lugar.

Desde el griego, la pregunta podría leerse literalmente de otra manera. Podría leerse así:

“Πόθεν πόλεμοι καὶ πόθεν μάχαι ἐν ὑμῖν;

¿De dónde las guerras y los pleitos en vosotros?”[3].

Esta lectura nos permite tener una interpretación complementaria a lo que leímos en la traducción, la que nos da a entender los problemas entre los hermanos. Ahora, con la traducción literal que acabamos de ver, nos damos cuenta que no es una pregunta sólo para juzgar las relaciones entre los hermanos, sino que para discernir de dónde nacen los problemas en nosotros, es decir, en nuestro interior. Mis hermanos, “¿de dónde las guerras y pleitos en nosotros?”. Jacobo quiere hacernos reflexionar en lo que vimos la vez pasada, que debemos saber que en nosotros mora el mal, por lo que si hay pretensiones, si vienen, no es extraño, porque somos caídos; el problema es cuando las abrazamos y compramos. Entonces, ¿de dónde provienen? La respuesta es inmediata:

“¿No es de vuestras pasiones, las cuales combaten en vuestros miembros?” (Stg. 4:1b, RV 1960).

La pregunta trae implícita la respuesta. Jacobo está tocando ahora lo que debemos saber de nosotros mismos y que Pablo nos enseña en Romanos 7:18 al 20, diciendo:

 “18 Y yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien; porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo. 19 Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago. 20 Y si hago lo que no quiero, ya no lo hago yo, sino el pecado que mora en mí.” (RV 1960).

LO QUE SOMOS EN NUESTRA CARNE.

Esto es antropología bíblica. Y demanda que consideremos aquello que Dios quiere que sepamos y que es una de las razones por las que somos llevados al desierto: el conocernos. El hombre después de comer del fruto de la ciencia del bien y del mal (Gn. 3), otorgó entrada al pecado en su naturaleza y, cuando entró el pecado, entró la muerte,  pasando esta a todos los hombres por genética (Ro. 5:12). El hombre se volvió un ser caído, su naturaleza se volvió caída, el pecado comenzó a gobernarlo desde adentro. El pecado comenzó a morar en el hombre, y como tal, se volvió pecador; y esto no ocurre por los actos que comete, sino por la naturaleza pecaminosa que tiene ahora que el pecado mora en él. Una cosa son las obras pecaminosas, otra es el pecado como naturaleza en el hombre. Las obras pecaminosas no hacen a un hombre un pecador, sino que demuestran que en el hombre mora el pecado como naturaleza, y eso, hace al hombre un pecador. Todos los engendrados por varón, todos nosotros, somos pecadores; y esto, independiente de nuestros actos. Una persona que yace en una cama sin poder moverse y que no puede ejecutar pecados con su cuerpo es de igual manera un pecador, un pecador pasivo. Porque ser pecador no tiene que ver con las obras que hacemos, sino con la naturaleza que tenemos, la cual, es pecaminosa; y esto, es por el pecado que mora en nosotros. Pero, respecto a esto, el hombre tiene de sí mismo un pensamiento muy distinto; él piensa que es bueno, piensa que es justo, piensa que es santo. No se da cuenta que tiene buenas intenciones, pero sus resultados son malos. Piense usted en la política, ésta tiene buenas intenciones, pero siempre los resultados son poco satisfactorios para las gentes. Siempre hay algunos que buscan lo suyo propio y que usan la política para enriquecerse. Piensen en el comunismo, por ejemplo, éste -a grandes rasgos- plantea el deseo de equidad social, dice que los medios de producción son propiedad de los trabajadores y que ningún trabajador tendrá necesidades económicas ni financieras. Esa es la teoría. Ahora mire a Cuba y verá que hay pueblo queriendo salir de allí, buscando mejores oportunidades en otros países, como EE.UU. Se sabe de gente pasando necesidades, pero sus autoridades no. Ellos son ricos o lo fueron (en el caso de Fidel Castro). ¿Se da cuenta? Buenas ideas, malos resultados debido a que el hombre es malo, es pecador.

Ahora, el pecado es algo que al hombre le da placer, aunque lo daña. En cuanto a esto, Jacobo les dice a los hermanos que, el lugar desde dónde provienen las guerras y los pleitos, es “de vuestras pasiones, las cuales combaten en vuestros miembros”. La palabra que se tradujo aquí como “pasiones”, en el griego es ἡδονῶν (hedonôn) que se usaba para definir el placer de los sentidos y, originalmente, se refería a algo dulce al paladar. Algunos expertos traducen esta palabra como “placeres”. Considerando el contexto, Jacobo nos muestra que las guerras y pleitos entre los que supuestamente eran hermanos[4], provenían desde sus miembros, es decir, del pecado que moraba en ellos. Y esta naturaleza es la que los llevaba a tener propósitos egoístas que ellos buscaban satisfacer. El objetivo de ellos se volvió satisfacer aquellos placeres o pasiones que provenían de “sus propios vientres” (Ro. 16:18, RV 1960). La ambición, la rebelión, la egolatría, la envidia, los conflictos, y cosas semejantes que ocurrían entre ellos, provenían de sus miembros, de una naturaleza pecaminosa que les demandaba obedecer, aunque ellos en Cristo ya no eran esclavos (Ro. 6:11-13). Y la principal de estas pasiones entre ellos, era ponerse sobre otros, incluso estar sobre Dios. El pecado tiene esa principal característica, que es la marca de la imagen de Satanás. Su característica principal es querer ser un dios, ponerse en el centro, ocupar el lugar del Altísimo. Y si ustedes se dan cuenta, eso era lo que estaba ocurriendo entre los destinatarios de la epístola, nicolaísmo. Enseñaban porque querían ser algo, pues querían que se sujetaran a ellos, dominar entre los hermanos. Jacobo sabia la influencia y respeto del ministerio de la Palabra, lo cual pretendían tener por placeres personales, por pasiones caídas que, los llevaban a levantarse unos contra otros, difamándose, quejándose, compitiendo, mintiendo incluso; todo por ese deseo pecaminoso de un status que los pusiera sobre otros. Jacobo les muestra que aquellas pasiones, aquellos deseos, esas pretensiones provenían de esa naturaleza pecaminosa en ellos, por lo cual les dice:

“Codiciáis, y no tenéis; matáis y ardéis de envidia, y no podéis alcanzar; combatís y lucháis, pero no tenéis lo que deseáis, porque no pedís.”(Stg. 4:2, RV 1960).

Codicia, escasez, muerte, envidia y peleas, eran cosas que ocurrían entre ellos; querían tener algo, un lugar, tenían pretensiones caídas, pero no lograban alcanzar lo que deseaban, porque en vez de pedirlo, buscarlo en el Señor y para el Señor, querían lograrlo para ellos mismos. La palabra que aquí se tradujo  “codiciáis” aparece en el griego como ἐπιθυμεῖτε (epidsumeîte) y quiere decir que tenían un deseo incontrolable por algo.  Lo deseaban locamente y no lo tenían. Y por aquello ardían de envidia y estaban dispuestos incluso a matar. Es evidente que esto se dice a modo de hipérbole, no obstante, la ambición de una persona que se ha entregado a sus pretensiones lo puede cegar, llevándolo a aborrecer a sus hermanos, lo cual Juan nos dice es homicidio (1Jn. 3:15). Así que, lo que deseaban con locura y carnalmente, no lo tenían; no lo alcanzaban ni por sus propios medios y, aunque lo pidieran a Dios, tampoco lo tendrían, porque sus intenciones eran malas.

EGOCENTRISMO O CRISTOCENTRISMO.

Entonces Jacobo les muestra:

“Pedís, y no recibís, porque pedís mal, para gastar en vuestros deleites.”(Stg. 4:3, RV 1960).

Mis hermanos, aquí se muestran las malas intenciones con las que se decían ser maestros, sabios y expertos. Lo hacían en busca de deleites personales, lo hacían buscando su propia satisfacción, lo hacían buscando hacerse “dioses” entre los hermanos, eran nicolaítas. Desde aquí podemos ver un principio importante. Ya hemos dicho muchas veces que no somos el centro del universo. Pero usted no va a entender esto si el Señor no lo ha llevado al desierto, para mostrarle lo egocéntrico que es. Después de la caída del hombre, éste se volvió egocéntrico. Lo más que importa es el “yo” y todo es para el “yo”. Desde aquí nació el humanismo, dónde se pone al hombre en el centro e incluso, entre aquellos que se llaman cristianos-humanistas, se pone a Dios girando alrededor del hombre. Se piensa que Dios es para el hombre, que Dios vive para el hombre, que Dios es feliz si el hombre es feliz,  además de enseñar que lo más grande y principal de la creación es el hombre. Pero no es así. El hombre le compró el cuento a Satanás y se ha unido a él queriendo ocupar el lugar de Dios y, aquel lugar, no lo quiere compartir con nadie. Esto es tan real y serio que es la razón más frecuente de las crisis matrimoniales. Uno cuando es soltero va donde quiere, se compra lo que quiere y vive como quiere; pero cuando se casa, ya no puede pensar “¿qué quiero yo?”, sino que ahora debe pensar “¿qué queremos nosotros?”. Pero esto no es posible sin conocernos;  y, aun conociéndonos,  caemos muchas veces en esto, pues es un conocerse progresivo y con la ayuda paciente del Señor. Sólo así entiendes por qué se enojó tu esposa cuando compraste eso que te gustó sólo a ti, o por qué se enojó cuando llegaste tarde sin avisar a nadie, entre otros enojos. Este egoísmo vive en nosotros, en nuestros miembros, es nuestra naturaleza pecaminosa y egoísta. ¿Saben ustedes cuál es la salida de Dios para nosotros respecto al egoísmo? La cruz. Nada más que la cruz. Si tú quieres caminar cómo Dios quiere que camines, si quieres ser discípulo de Cristo, entonces necesitas aprender el significado de la cruz que se nos manda a cargar.  En Mateo 16:24 se nos dice:

“Entonces Jesús dijo a sus discípulos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz, y sígame.” (RV 1960).

Si alguno quiere seguir al Señor, hacer Su voluntad, necesita tomar su propia cruz. No es la cruz del Señor, esa la tomó Él hace más de 2.000 años. Esta cruz es personal, es que te niegas a vivir tu propia vida egoísta y caída, te niegas a vivir para tí mismo, y asumes el costo de vivir para Otro. Ya no quieres vivir para tí, mejor mueres a tu voluntad, te dices a ti mismo “no”, y no sólo lo decides, sino que lo asumes, lo sufres y no lo haces, sabiendo que ahora vives para Otro. Cuando tú decides y asumes esto, el Espíritu Santo te dará la energía para andar en esta decisión. Por ejemplo, decides y asumes que no pedirás algo para ti, para deleites personales, sino que ahora pedirás para Otro, para la gloria de Otro, para el deleite de Otro. ¿Te das cuenta? ¡Este es el principio que aprendemos de Jacobo! Pedimos y no recibimos, porque pedimos para nosotros mismos. Alguno de ellos podría haber estado pidiendo a Dios ser maestro, ser sabio, ser experto, y no se le respondía. ¿Por qué? Porque ellos eran el centro, pedían para ellos, para ser reconocidos y respetados, pero no para la obra y gloria de Dios.

DE ÉL, POR ÉL Y PARA ÉL.

Mis hermanos, mire lo que Romanos 11:36 dice:

“Porque de él, y por él, y para él, son todas las cosas. A él sea la gloria por los siglos. Amén.” (RV 1960).

¿Quién es éste “Él”? Es Dios. Todo es de Él, todo es por Él y todo es para Él. El objetivo, la razón por la que se piden las cosas, es el errado. ¡Cuántos ejemplos podemos tener de esto! Quiero que mis hijos se conviertan, la pregunta es, ¿para qué? Y muchas veces, la verdadera respuesta en nuestro corazón es: “para estar tranquilo”, “para que no se vayan al infierno, no quisiera sufrir eso”, “para que los hermanos no hablen de mí”. Pero la respuesta debería ser: “para la gloria de Dios”, “para que sean esclavos de Dios y den sus vidas por Él”, “porque faltan obreros en su obra”. Deberíamos examinar el para qué de nuestras peticiones. Oramos porque queremos que nuestros hijos sean profesionales, ¿y para qué? Oramos porque queremos que el Señor nos otorgue gracia para predicar, ¿y para qué? Oramos porque queremos que el Señor nos otorgue dones de sanidades, ¿y para qué? Oramos porque queremos que el Señor traiga gente a las reuniones, ¿y para qué? Ojo, no estoy diciendo que no oremos por estas cosas, sino que juzguemos nuestros corazones y seamos honestos en identificar cuántas cosas son por causa de nosotros mismos y no por el Señor. Identificando esto, podemos pedir perdón y cambiar el rumbo de nuestras peticiones para que sean respondidas.

Permítanme contarles una historia notable, de una hermana morava[5]. Esta hermana tuvo tres hijos, y ella quería que estos amaran al Señor y le sirvieran. Así que oró primero por su hijo mayor, diciendo: “Señor, te pido que mi hijo te ame y sirva en Tus misiones”. Pasó un tiempo y un día su hijo le dijo: “Madre, quiero servir al Señor en Sus misiones”, la madre contenta lo entregó al Señor y al tiempo, él partió. Al pasar unos meses le dieron la triste noticia que su hijo había muerto sirviendo al Señor. Al enterarse de esto, ella fue y oró, diciendo: “Señor, te ruego que me concedas que mi segundo hijo te ame y sirva en Tus misiones, como lo hacía su hermano, tu siervo”. Pasó el tiempo y un día su hijo, el segundo se acercó a ella y le contó que quería servir al Señor en Sus misiones, tal como su hermano. Ella oró por él y lo encomendó al Señor, al tiempo se fue a servir a Cristo. Al pasar unos meses, le trajeron la noticia de que su segundo hijo, al igual que su hermano, había dado su vida sirviendo al Señor. La hermana inmediatamente fue a su cuarto y oró: “Señor, te suplico que me concedas que mi hijo menor, al igual que sus hermanos, te ame y sirva en Tu obra”. Al pasar el tiempo su hijo se fue enamorando del Señor y un día, siendo mayor, tomó la decisión de servir al Señor como sus hermanos. Fue donde su madre y le contó. Ella, orando por él, lo encomendó a su Señor. Un día el hijo partió a servir y estuvo mucho tiempo fuera, hasta que un día, le trajeron la noticia a la hermana que su tercer hijo había partido a la presencia del Señor, mientras le servía. La hermana se puso de rodillas y llorando, oró diciendo: “¡Oh, Señor! Perdóname por no tener más hijos para darte”.

Cada vez que recuerdo esta historia me doy cuenta lo que es vivir cristocéntricamente. Entiendo qué significa realmente decir que Jesucristo es nuestro Señor. Y me doy cuenta cómo hemos de pedir. Espero que a usted le pase lo mismo. Mis hermanos, que el Señor nos ayude a ponerlo en el centro, vivir y pedir para Él. Que nos ayude a no vivir y pedir para nosotros mismos. Que nos ayude a pensar distinto: ¿Qué quieres Señor para Ti de mis hijos?, ¿Qué quieres Señor que yo estudie para Ti?, ¿Qué quieres Señor que pida para Ti? Señor, Tú casa necesita obreros, considera a mis hijos, considérame a mí si gustas, para que no falte en Tu casa, para Tú gloria. Señor, dame hijos para criarlos para Ti, para que tengas en Tu casa provisión y una descendencia que te ame y sirva, para que no te falten siervos. Señor, dame un trabajo para que no falte en Tu casa, para darte gloria al dar, para mostrar Tu generosidad a otros. Señor, sáname para Ti, para que estos impíos vean Tu gloria, para que no hablen mal de Ti, para servirte. Que todo, mis hermanos, sea para el Señor.

ALMAS ADÚLTERAS.

No obstante, estos hombres a quienes Jacobo escribía, sólo buscaban sus propios beneficios, por lo que les reprende diciendo:

“¡Oh almas adúlteras! ¿No sabéis que la amistad del mundo es enemistad contra Dios? Cualquiera, pues, que quiera ser amigo del mundo, se constituye enemigo de Dios.” (Stg. 4:4, RV 1960).

¿Por qué adúlteros? Porque en sus corazones no era el Señor lo central, no eran esclavos, sino que ellos tenían sus pretensiones en aquel lugar central que le corresponde al Señor, y  todo lo hacían con la energía de sus pretensiones. Estos hombres no sabían que esto es amar el mundo, es tener el sistema del mundo en el corazón, que busca el beneficio humano y egoísta, pero no de Dios. Mis hermanos, el sistema del mundo tiene al hombre en el centro, pone a Satanás en el centro, y no a Dios. Cuando las iglesias tienen otra cosa que no sea Dios en el centro, entonces andan y están amando el sistema del mundo. Vivir de esta manera hace que los hombres vivan como enemigos de Dios. No les importa Dios, sólo se importan ellos mismos, sus intereses, sus necesidades; su corazón no es de Dios. Cristianos así son considerados infieles, adúlteros de corazón, que viven como el mundo y tienen a Dios por enemigo. Que el Señor abra nuestros ojos.

CULPANDO AL ESPÍRITU POR LAS CONCUPISCENCIAS.

El hombre se desconoce de tal manera que incluso es capaz de culpar a Dios de aquellas cosas que siente. Luego de leer el versículo que sigue, les contaré algo interesante:

“¿O pensáis que la Escritura dice en vano: El Espíritu que él ha hecho morar en nosotros nos anhela celosamente?”(Stg. 4:5, RV 1960).

Esta pregunta es de las más difíciles de interpretar en esta epístola, debido a que no se encuentra un pasaje en el Antiguo Testamento que diga lo que parece citar Jacobo (Carballosa, 2004, pp. 188-191). Algunos dicen que está haciendo una paráfrasis de varios textos, lo cual es muy posible, pero saben, hay otra interpretación que el hermano Delcio Meireles, citando a B. Phillips, escribe:

“¿O ustedes hallan que lo que las Escrituras dicen sobre eso, es simple formalidad? ¿Ustedes imaginan que ese espíritu de violenta envidia es el Espíritu que Él hizo morar en nosotros?” (Meireles, 2015, p. 67). 

Me parece muy probable que esta sea la interpretación correcta. Que estos hombres culparan al Espíritu Santo de lo que sentían, de esas envidias enfermizas. Mis hermanos, se ha sabido de personas que, adulterando, han llegado a decir que era la voluntad de Dios ese “amor” que sintieron. Que el Señor les hizo sentir eso. ¿Por qué se cree esto? Porque no se conocen, ni menos conocen su naturaleza pecaminosa, que al igual que Adán, es capaz de culpar a Dios por la mujer que le dió, contar de justificar su pecado.

EL LLAMADO AL ARREPENTIMIENTO.

Ante todo esto y semejante necedad, Jacobo llama a los que el Espíritu Santo ilumine con Sus palabras, a humillarse delante del Señor y a dejar la soberbia, aquella que los llevaba a inflarse y ponerse a la altura de Dios, queriendo ocupar Su lugar. Que se arrepientan de aquellas pretensiones que habían abrazado y de esas mentiras que estaban siguiendo. Que se avergonzaran de aquellas pasiones carnales que buscaban satisfacer de cualquier forma, contar de lograr ser alguien en medio de los santos, de un puesto, de honra de hombres, etcétera. Si habían comprendido todo esto, entonces debían humillarse y el Señor les daría en Su tiempo, la gracia que Él quisiera. Por eso les dice: 

“Pero él da mayor gracia. Por esto dice: Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes.” (Stg. 4:6, RV 1960).

O sea, el Señor siempre está dispuesto a conceder Su favor, a quién se humille, se arrepienta y se entregue a Él. A quienes escuchen el llamado del Espíritu Santo diciéndoles:

7 Someteos, pues, a Dios; resistid al diablo, y huirá de vosotros. 8 Acercaos a Dios, y él se acercará a vosotros.” (Stg. 4:7, RV 1960). 

Mis hermanos, debemos humillarnos ante la presencia de Dios, negarnos a lo que nos tienta y atrae, resistir al diablo que viene a mostrarnos que tenemos derecho a ser felices, o a mostrarnos que somos lo central. Resistirlo significa: pararnos firmes en el hecho de que Dios es lo central, de que somos de Él, para Él y por Él; resistirlo en el sentido de no aceptar aquellos ofrecimientos diabólicos y seductores que vienen a nosotros. Que el Señor nos ayude a entender que nosotros somos nada, y nos libre de comprarle el cuento al diablo de que “seremos como Dios”. No mis hermanos, que el Señor nos permita juzgar nuestros pensamientos e intenciones, estar conscientes del mal que mora en nosotros. Que nos permita someternos al Señor entendiendo que Él es el centro, que para Él son todas las cosas, incluyéndonos. El diablo tentará, la tentación vendrá, pero si tenemos las cosas claras, negándonos a ser el centro, sufriendo las aflicciones que esto traiga y nos humillamos ante el Señor, orando: “Señor, hay en mí pretensiones, deseos bajos que me atraen, pero ayúdeme para no deshonrarlo, no dejarlos entrar a mi corazón, porque Usted es el centro”, entonces el Señor nos socorrerá. Si reconocemos lo que pasa y humillados a Sus pies pedimos ayuda, el Señor nos ayudará por Su Espíritu, para soportar. De esa manera debemos acercarnos a Dios, y Él se acercará a nosotros. Así que: 

“Pecadores, limpiad las manos  y vosotros los de doble ánimo, purificad vuestros corazones. 9 Afligíos, y lamentad, y llorad. Vuestra risa se convierta en lloro, y vuestro gozo en tristeza. 10 Humillaos delante del Señor, y él os exaltará.” (Stg. 4:8b-10, RV 1960). 

Dios es misericordioso, por eso debemos humillarnos, arrepentirnos y limpiar nuestros corazones de mala conciencia. Que el Señor abra nuestros oídos y corazón, que podamos ver la profunda caída de nuestra naturaleza y podamos renunciar a todo cuanto proviene de ella, para vivir y girar alrededor de nuestro Señor, nuestro Amo, nuestro Dios. Amén. Pararemos aquí. Gracia y paz del Señor, sean con todos ustedes.

 


 

[1] Que el Señor nos enseñe y socorra.

[2] Figura retórica de pensamiento que consiste en aumentar o disminuir de forma exagerada lo que se dice.

[3] Lacueva, F. (1984). Nuevo Testamento Interlineal Griego-Español. Barcelona: Editorial CLIE.

[4] Digo “supuestamente” debido a que hay algunos que dudan que semejante carta fuera escrita a cristianos que volvieron a nacer. Pero, considerando 1 Corintios es probable que así sea.

[5] Comunidad conocida también como Unitas Fratum o los Hermanos de Bohemia o simplemente Moravos.