(Texto) 18. Estudio a la epístola de Jacobo – La Sabiduría de lo alto y la sabiduría humana (3:13-18).

 

Amados hermanos, antes de comenzar, oremos.

[…][1]

El Señor nos ha ayudado hasta aquí, sin duda. Debemos dar gracias al Señor por esto. Hoy continuaremos leyendo esta epístola, vamos a leer el capítulo 3, desde el versículo 13 al 18. Haré lectura en la versión Reina Valera de 1960, que dice así:

13 ¿Quién es sabio y entendido entre vosotros? Muestre por la buena conducta sus obras en sabia mansedumbre. 14 Pero si tenéis celos amargos y contención en vuestro corazón, no os jactéis, ni mintáis contra la verdad; 15 porque esta sabiduría no es la que desciende de lo alto, sino terrenal, animal, diabólica. 16 Porque donde hay celos y contención, allí hay perturbación y toda obra perversa. 17 Pero la sabiduría que es de lo alto es primeramente pura, después pacífica, amable, benigna, llena de misericordia y de buenos frutos, sin incertidumbre ni hipocresía. 18 Y el fruto de justicia se siembra en paz para aquellos que hacen la paz.”

RESUMEN DE LO ANTERIOR.

Anteriormente, Jacobo escribió sobre aquellos que se paraban en medio de los hermanos presentándose como maestros. Y es probable, por el contexto, que Jacobo tuviese preocupación por aquellos que no tenían temor del Señor hablando cualquier cosa. Aquellos que hablaban livianamente, no teniendo cuidado de la fe, ni menos de sus palabras. Él viene hablando de la lengua y entendemos que se refiere al “hablar humano”, a las palabras que, según se nos muestra, sirven para mover, sujetar y gobernar; pues, de la manera que lo hace un pequeño timón en un gran barco, o un freno pequeño en la boca de un gran caballo, de esa manera la lengua mueve masas, mueve gente, para bien o para mal, para encaminar correctamente o para llevarlos al naufragio. Con esto, Jacobo advierte que el enseñar en la iglesia no es cualquier cosa, si bien muchos ven la honra de este servicio, no ven la responsabilidad que, el hermano del Señor, quiere mostrar; puesto que advierte a los que enseñan que serán juzgados con mayor rigor en el Tribunal de Cristo. La Nueva Traducción Viviente[2] dice de la siguiente manera:

“Amados hermanos, no muchos deberían llegar a ser maestros en la iglesia, porque los que enseñamos seremos juzgados de una manera más estricta.” (Stg. 3:1).

Es por esto, mis hermanos, que debemos tener clara la fe, tener claro lo que debemos enseñar, pues la fe es intrínsecamente convicción en lo que se conoce, piensa, entiende y sabe, respecto a los dichos y hechos de Dios mostrados al hombre por Su Palabra. ¿Qué estamos enseñando? Es una pregunta muy importante, pues seremos juzgados de manera más estricta.

LA SABIDURÍA HUMANA Y LAS PRETENSIONES.

Ahora bien, el asunto no acaba aquí, Jacobo sigue avanzando y desde el versículo 13 entra a considerar otro asunto: la sabiduría que se dice tener.

Recuerden ustedes que cuando partimos este estudio vimos algunas cosas que ocurren en el desierto, en medio de la prueba. Una de ellas es conocernos a nosotros mismos. Una persona que se cree un maestro sin tener cuidado de lo que habla y enseña, es alguien que no se conoce a sí mismo; por lo tanto, no tiene cuidado con quién es. Dice lo que quiere y no hay posibilidad -según él- de estar errado. Pero cuando una persona se ha estado conociendo y el Señor le ha estado mostrando lo falible que es, entonces tiene conciencia de que puede estar equivocado; por ende, sabe que es probable que necesite aprender y corregir lo deficiente, además de completar lo que falta, llegando a desarrollar un corazón de discípulo. No obstante, el que no se ha estado conociendo toma una apariencia de hombre sabio, alguien “sabio” entre los demás. Se cree con el derecho de corregir y aconsejar a quién él quiera, ni siquiera a quién le pida consejo. Se presenta como “modelo” a seguir. En estos pasajes, Jacobo comienza a tratar con esto. Si se creían maestros, luego han de creerse sabios. Jacobo parte con una pregunta:

“¿Quién es sabio y entendido entre vosotros?” (Stg. 3:13a, RV 1960).

Con “sabio” (σοφός, sofós) se refiere a una persona con discernimiento y precavido, con la capacidad de pensar antes de hablar y de actuar. Alguien profundo en la vida. Con “entendido” (ἐπιστήμων, epistémon) se refiere a un experto, alguien muy capacitado, como un profesional. Probablemente, Jacobo usara ambos términos para referirse a la parte moral e intelectual de las personas (Carballosa, 2004, p. 173); pero ya nos hemos dado cuenta que Jacobo es muy práctico, entonces él escribe esta pregunta con el fin de sacar a las personas de la simple teoría o las simples palabras, por lo que si alguien le respondiera que sí, Jacobo le diría:

“Muestre por la buena conducta sus obras en sabia mansedumbre” (Stg. 3:13b, RV 1960).

Otra traducción lo dice de la siguiente manera:

“Si ustedes son sabios y entienden los caminos de Dios, demuéstrenlo viviendo una vida honesta y haciendo buenas acciones con la humildad que proviene de la sabiduría” (NTV).

¿Por qué Jacobo les dice esto? Mis hermanos, Jacobo sabía con quiénes estaba tratando, estaba al tanto de las cosas que estaban sucediendo. Miren, se estaba dirigiendo a aquellos que se presentaban como maestros y no tenían cuidado de las cosas que enseñaban. Cosas que podrían estar yéndose en contra del Evangelio mismo. En aquel tiempo estas cosas ocurrían bastante y los discípulos lo sabían; por ejemplo, el gnosticismo era un movimiento esotérico muy seguido entre los griegos, pero de alguna manera, también afectó en medio de los santos. Entre las cosas que se enseñaron en el gnosticismo-cristiano[3] se decía que Cristo no vino en carne, pues la materia, la carne, son males de los que necesitamos ser liberados; por lo tanto, Cristo, siendo espiritual –decían ellos- tomó apariencia de carne, no la carne misma. Seguramente,  había algunos a los que les pareció lógico esto, entonces sin reparos, sin análisis, comenzaron a divulgarlo y enseñarlo como si fuera “la última revelación”. Por esto tenemos a Juan diciendo que es por el Espíritu de Dios que confesamos que Jesús, el Mesías, vino en carne; contrario al pensamiento de quienes decían que no fue así, siendo esto –dice Juan- obra del espíritu del anticristo (1Jn. 4:2-3)[4]. Y esta sólo es una de tantas enseñanzas erradas. Entonces, cuando los discípulos escribieron fue sabiendo cosas que estaban ocurriendo, como Pablo, que escribiendo a los corintios les dice:

“Porque he sido informado acerca de vosotros, hermanos míos, por los de Cloé, que hay entre vosotros contiendas.” (1Co. 1:11, RV 1960).

Noten, “he sido informado”, lo que nos muestra que ellos escribieron sabiendo lo que ocurría. La intención era enseñar, amonestar, corregir o prevenir. ¿Se dan cuenta? Así que Jacobo, cuando hace la pregunta “¿Quién es sabio y entendido entre vosotros?” (RV 1960), está haciendo uso de retórica[5]. Jacobo lo hace con el objetivo de reprender algo que entre ellos estaba ocurriendo. Si entre ellos había sabio y entendido, entonces esto debía ser algo que se demostrara “viviendo una vida honesta y haciendo buenas acciones con la humildad que proviene de la sabiduría” (NTV). Pero en vez de haber este tipo de demostraciones, lo que había en medio de los hermanos eran celos y contención. Entonces les dice:

14 Pero si tenéis celos amargos y contención en vuestro corazón, no os jactéis, ni mintáis contra la verdad; 15 porque esta sabiduría no es la que desciende de lo alto, sino terrenal, animal, diabólica. 16 Porque donde hay celos y contención, allí hay perturbación y toda obra perversa.” (RV 1960).

“¿Si hay entre ustedes sabios y expertos, por qué en vez de ver conductas irreprochables, se ven celos y contiendas?”, eso es lo que se argumenta. La sabiduría que decían tener era aparente y provenía de las pretensiones de posición y reconocimiento en medio de los hermanos. ¿Por qué se presentaban como maestros? Por pretensiones. ¿Por qué se presentaban como sabios y entendidos? Por lo mismo, pretensiones. ¿Por qué hay celos amargos y contención? Por las pretensiones del corazón, por el pretender un lugar, el ser reconocidos. Los “celos” (ζῆλον, zélon) provienen de desear fuertemente algo, la “contención” (ἐριθείαν, eridseían) nos muestra que este celo era carnal, que proviene de la pretensión personal de posición, de autoridad, de reconocimiento. No vamos a decir que los cristianos nacidos de nuevo no se enfrentan a celos y pretensiones. Decir eso sería una mentira. Mis hermanos, escuchen esto: siempre habrá pretensiones, siempre. Mientras el pecado more en nosotros (Ro. 7:17, 20), en nuestros miembros, siempre habrá pretensiones; como también, siempre estaremos expuestos a ser tentados por las pasiones y deseos bajos que batallan en nuestros miembros (Ro. 7:5; 1P. 2:11). Pero el problema no es este, no es que venga la pretensión, la tentación; el problema es que le prestemos atención y le encontremos razón. En otras palabras, el problema es que caigamos en su engaño y comencemos a vivir para nuestra gloria y honra. Como Pablo por el Espíritu escribió:

“Pero temo que como la serpiente con su astucia engañó a Eva, vuestros sentidos sean de alguna manera extraviados de la sincera fidelidad a Cristo.” (2Co. 11:3, RV 1960).

Ese temor tenía Pablo, y de la misma manera, debemos tenerlo nosotros y para con nosotros mismos. Si nos creemos inteligentes, sabios y experimentados, estamos corriendo el riesgo de que se nos aparezca la serpiente que, es la más astuta, y nos engañe. Mis hermanos, que el Señor nos ayude a tener los ojos bien abiertos ante esto, porque no es extraño que estas cosas vengan a nuestros pensamientos, a nuestro corazón, pues portamos una naturaleza caída. Pero gracias a Dios, Cristo, nuestro Señor, ha sido nuestro Libertador, así que ahora no le somos esclavos a nuestros deseos caídos, de modo que podemos oponernos en Cristo a estas inclinaciones. Por eso Pablo nos dice:

12 No reine, pues, el pecado en vuestro cuerpo mortal, de modo que lo obedezcáis en sus concupiscencias; 13 ni tampoco presentéis vuestros miembros al pecado como instrumentos de iniquidad, sino presentaos vosotros mismos a Dios como vivos de entre los muertos, y vuestros miembros a Dios como instrumentos de justicia. 14 Porque el pecado no se enseñoreará de vosotros; pues no estáis bajo la ley, sino bajo la gracia.” (Ro. 6:12-14, RV 1960).

¿Se dan cuenta, hermanos? Es un ejercicio de nuestra fe en Cristo decir que no. Decimos que no, confiando en la capacidad del Espíritu en nosotros, no en la nuestra. Porque Él nos ha librado de la ley del pecado y de la muerte (Ro. 8:2). Esto no quiere decir que aquellas pasiones no batallen en nuestros miembros; pues la batalla es real, las pasiones están presentes en nosotros, es un hecho. No podemos engañarnos diciendo que el pecado ya no existe ni hay pasiones caídas en nuestros miembros, eso es un engaño. El tema es que aunque esto es real y nos habita el pecado en nuestro cuerpo mortal, y aunque vengan aquellas pasiones y pretensiones a tentarnos, a pesar de esto, nosotros aprendamos a identificar de dónde provienen y las juzguemos. Por esto Jacobo les dice que si se presume de sabiduría, pero hay jactancia, celos, contiendas y mentiras, aquello no proviene de lo alto, aquello no es de Dios, sino que aquello es caído, es terrenal, es del alma y hasta diabólico. Se decían sabios y entendidos, se consideraban maestros y experimentados, pero miren, lo que se veía era que, contar de levantarse ellos mismos descalificaban a otros, mentían en contra de la verdad misma del Evangelio.  Sin duda alguna que aquello no era de Dios y Jacobo estaba muy interesado en que supieran la realidad antropológica del mal en sus miembros. No podían ignorar que en la historia se muestra que las envidias y deseos de ocupar el lugar de otro nació de Lucero que, a sí mismo, se hizo Satanás; y cuando una persona se deja dominar por estos deseos, puede dar a luz cualquier tipo de obra perversa. ¡Que el Señor nos ayude mis hermanos! ¡Que el Señor nos libre!

CULPANDO A DIOS SIN CONOCERNOS.

Es natural a la humanidad caída querer salvarse o justificarse. Querer permanecer. Y para esto el hombre intentará desacreditar a otros para justificarse a sí mismo. Dios sabe muy bien esto, y es por eso que a Job le dice:

“¿Invalidarás tú también mi juicio? ¿Me condenarás a mí, para justificarte tú?” (Job 40:8, RV 1960).

¿Lo ven, hermanos? También, aparte de Job tenemos el caso de Adán que culpó a Dios por darle la mujer por quién cayó, diciéndole:

“La mujer que [Tú] me diste por compañera me dio del árbol, y yo comí.” (Gn. 3:12, RV 1960, corchetes añadidos por el autor).

El hombre caído, contar de prevalecer y de lograr sus objetivos, culpará a todos de sus propios hechos deshonrosos y vergonzosos. Mis hermanos, cuando se cae en esto los ojos del discernimiento se cierran y no somos capaces de ver lo mal que estamos caminando, a no ser que aprendamos desde un comienzo que no somos infalibles y que la sabiduría que proviene de Dios no es envidiosa, no busca lo suyo propio, no busca sobresalir entre el resto, ni transa la verdad por la mentira. Es por esto que Jacobo anteriormente nos habló del varón de dos almas, del hombre inestable, sin fundamento, sin convicciones. Si tú tienes convicciones genuinas en Dios, entonces no debes negarlas por nada. Necesitamos tener convicciones, las cuales provienen del consejo de Dios, de Su Palabra. Jacobo les pone de manifiesto a los santos que la sabiduría teórica que ellos tenían, que no se mostraba  viviendo una vida honesta y haciendo buenas acciones con la humildad que proviene de la sabiduría, era nada más y nada menos que humana, anímica y diabólica; porque solo buscaba ocupar el lugar de Dios para exaltarse a sí mismo. Ahora, ¿cuál es el deseo que tiene el diablo? La mejor respuesta la da Pablo, respecto al anticristo, diciendo:

“el cual se opone y se levanta contra todo lo que se llama Dios o es objeto de culto; tanto que se sienta en el templo de Dios como Dios, haciéndose pasar por Dios” (2Ts. 2:4, RV 1960).

Aquella sabiduría pretenciosa, lo que busca, es ocupar el lugar de Dios, y para esto, estará dispuesta a todo contar de llegar a cumplir su objetivo. Cuidado con el corazón, cuidado con las pretensiones, ellas están allí y siempre lo están, a nosotros nos queda no atenderlas ni darles la razón; pero esto no es posible si no sabemos quiénes somos, cómo somos. ¡Que el Señor nos ayude a tener los ojos bien abiertos! Porque la ignorancia no nos libra de ser disciplinados o castigados. Debemos saber quiénes somos y cómo somos. Mire, les mostraré un caso dónde la ignorancia sólo demostró la perversión del corazón de un hombre. Leamos Hechos 8, versículos 9 al 24, que dice:

9 Pero había un hombre llamado Simón, que antes ejercía la magia en aquella ciudad, y había engañado a la gente de Samaria, haciéndose pasar por algún grande. 10 A éste oían atentamente todos, desde el más pequeño hasta el más grande, diciendo: Este es el gran poder de Dios. 11 Y le estaban atentos, porque con sus artes mágicas les había engañado mucho tiempo. 12 Pero cuando creyeron a Felipe, que anunciaba el evangelio del reino de Dios y el nombre de Jesucristo, se bautizaban hombres y mujeres. 13 También creyó Simón mismo, y habiéndose bautizado, estaba siempre con Felipe; y viendo las señales y grandes milagros que se hacían, estaba atónito. 14 Cuando los apóstoles que estaban en Jerusalén oyeron que Samaria había recibido la palabra de Dios, enviaron allá a Pedro y a Juan; 15 los cuales, habiendo venido, oraron por ellos para que recibiesen el Espíritu Santo; 16 porque aún no había descendido sobre ninguno de ellos, sino que solamente habían sido bautizados en el nombre de Jesús. 17 Entonces les imponían las manos, y recibían el Espíritu Santo. 18 Cuando vio Simón que por la imposición de las manos de los apóstoles se daba el Espíritu Santo, les ofreció dinero, 19 diciendo: Dadme también a mí este poder, para que cualquiera a quien yo impusiere las manos reciba el Espíritu Santo. 20 Entonces Pedro le dijo: Tu dinero perezca contigo, porque has pensado que el don de Dios se obtiene con dinero. 21 No tienes tú parte ni suerte en este asunto, porque tu corazón no es recto delante de Dios. 22 Arrepiéntete, pues, de esta tu maldad, y ruega a Dios, si quizá te sea perdonado el pensamiento de tu corazón; 23 porque en hiel de amargura y en prisión de maldad veo que estás. 24 Respondiendo entonces Simón, dijo: Rogad vosotros por mí al Señor, para que nada de esto que habéis dicho venga sobre mí.” (RV 1960).

Mis hermanos, he aquí la perversión del corazón humano, de un corazón no recto delante de Dios, que dejó entrar un pensamiento que demostró el estado amargo y de maldad en el que se encontraba. Dios quiere que sepamos cómo es Él, pero igualmente, quiere que sepamos cómo somos nosotros. Lo peor es engañarse a uno mismo y creer que en nosotros no puede haber semejantes pretensiones. Esto es desarmarnos, es bajar la guardia y hacernos presa fácil del engaño. Jacobo sabía esto, por eso los increpa con las acciones más que con las palabras que decían. Constata el hecho, les muestra las evidencias, los celos contenciosos, la amargura, la jactancia, la mentira, el “quítate de en medio para ponerme yo allí”. Se decían maestros, se decían sabios, pero nada más mostraban su carnalidad, lo anímicos que eran y cómo habían sido engañados. Ellos estaban caminando mal, no juzgaban sus perversos caminos y culpaban a Dios por sus acciones pecaminosas y caídas. Le atribuían a Él sus fechorías, y no se daban cuenta que eran ellos mismos impulsados por la energía de una naturaleza caída, animal y diabólica.

LA SABIDURÍA DE DIOS.

Y si por si acaso no estaban de acuerdo con esto, ahora Jacobo les muestra la verdadera sabiduría, y haciendo un contraste, les dice:

17 Pero la sabiduría que es de lo alto es primeramente pura, después pacífica, amable, benigna, llena de misericordia y de buenos frutos, sin incertidumbre ni hipocresía. 18 Y el fruto de justicia se siembra en paz para aquellos que hacen la paz.” (Stg. 3:17-18, RV 1960).

Mis hermanos, ¿notan ustedes que cuando habla de la Sabiduría Divina está definiendo un carácter? Jacobo describe el carácter moral de la verdadera Sabiduría y dice que ésta es pura, pacífica, amable (digna de amar), benigna, llena de misericordia y buenos frutos, sin dudas ni falsedades. ¿Se dan cuenta que Jacobo se refiere a la Sabiduría como describiendo a una persona? Saben, la Biblia hace esto en muchos pasajes, pero en Proverbios 8, lo hace de forma especial. Allí no se habla solamente de la Sabiduría como persona, sino que la Sabiduría misma habla en primera persona, se los leeré, desde el verso 12 al 36:

12 Yo, la sabiduría, habito con la cordura,

Y hallo la ciencia de los consejos.

13 El temor de Jehová es aborrecer el mal;

La soberbia y la arrogancia, el mal camino,

Y la boca perversa, aborrezco.

14 Conmigo está el consejo y el buen juicio;

Yo soy la inteligencia; mío es el poder.

15 Por mí reinan los reyes,

Y los príncipes determinan justicia.

16 Por mí dominan los príncipes,

Y todos los gobernadores juzgan la tierra.

17 Yo amo a los que me aman,

Y me hallan los que temprano me buscan.

18 Las riquezas y la honra están conmigo;

Riquezas duraderas, y justicia.

19 Mejor es mi fruto que el oro, y que el oro refinado;

Y mi rédito mejor que la plata escogida.

20 Por vereda de justicia guiaré,

Por en medio de sendas de juicio,

21 Para hacer que los que me aman tengan su heredad,

Y que yo llene sus tesoros.

22 Jehová me poseía en el principio,

Ya de antiguo, antes de sus obras.

23 Eternamente tuve el principado, desde el principio,

Antes de la tierra.

24 Antes de los abismos fui engendrada;

Antes que fuesen las fuentes de las muchas aguas.

25 Antes que los montes fuesen formados,

Antes de los collados, ya había sido yo engendrada;

26 No había aún hecho la tierra, ni los campos,

Ni el principio del polvo del mundo.

27 Cuando formaba los cielos, allí estaba yo;

Cuando trazaba el círculo sobre la faz del abismo;

28 Cuando afirmaba los cielos arriba,

Cuando afirmaba las fuentes del abismo;

29 Cuando ponía al mar su estatuto,

Para que las aguas no traspasasen su mandamiento;

Cuando establecía los fundamentos de la tierra,

30 Con él estaba yo ordenándolo todo,

Y era su delicia de día en día,

Teniendo solaz delante de él en todo tiempo.

31 Me regocijo en la parte habitable de su tierra;

Y mis delicias son con los hijos de los hombres.

32 Ahora, pues, hijos, oídme,

Y bienaventurados los que guardan mis caminos.

33 Atended el consejo, y sed sabios,

Y no lo menospreciéis.

34 Bienaventurado el hombre que me escucha,

Velando a mis puertas cada día,

Aguardando a los postes de mis puertas.

35 Porque el que me halle, hallará la vida,

Y alcanzará el favor de Jehová.

36 Mas el que peca contra mí, defrauda su alma;

Todos los que me aborrecen aman la muerte.” (RV 1960).

Como verán, la Sabiduría se reveló a Sí misma y nos dice que antes de la creación, eternamente ha estado con Dios. La Sabiduría misma hablando. Si usted se da cuenta, la descripción de Jacobo es de una persona, de la Sabiduría de lo alto. De aquella que se revelaba a Sí misma en Proverbios 8. Ahora, mis hermanos, en el Nuevo Testamento se nos revela quién es la Sabiduría que habla allí. Miren, en 1 Corintios 1:24, se nos dice:

“Mas para los llamados, así judíos como griegos, Cristo poder de Dios, y sabiduría de Dios.” (RV 1960).

Jacobo identifica a la verdadera Sabiduría como aquella que viene de lo alto y de ésta nos dice que es pura, pacífica, amable, benigna, llena de misericordia y buenos frutos, sin dudas ni falsedades. Estas son las cualidades de la Persona de Cristo, y si Cristo está en nosotros, entonces puede manifestarse de esta forma a través de nuestro corazón. Pablo dice que ahora Cristo vive en nosotros (Ga. 2:20), y si vive en nosotros quiere decir que puede verse a través de nosotros (Ga. 4:19). Esa es la Sabiduría que habla Jacobo. La Sabiduría de lo alto. La que viene de nosotros es humana, anímica y egocéntrica, como el diablo; pero si dejamos a Cristo vivir en nosotros, como la verdadera Sabiduría, entonces el fruto será del Pacífico. Mis hermanos, ha de ser Cristo en nosotros la Sabiduría que se manifiesta. Tenemos a Cristo en nosotros, por el Espíritu, por ende ofrezcamos nuestro miembros como instrumentos de la Sabiduría que nos habita, para servir a la justicia de Dios. No buscando nuestra exaltación, ni alguna posición, sino la gloria de Cristo, el cual busca la gloria de Dios. Que el Señor nos ayude, que nos permita conocernos y conocerle. Que podamos darnos cuenta de las pretensiones inherentes a la naturaleza caída que portamos y que no nos engañemos actuando como “sabios y expertos”, cuando lo único que buscamos es satisfacer nuestros deseos “intestinos” y de baja naturaleza.

Hoy en día vemos muchos hombres mostrándose como sabios y modelos a seguir, que persiguen un lugar, un puesto elevado, por intereses caídos y de “estómago”. Hombres buscando honra de hombres, o dinero, o reconocimiento, o potenciar una carrera, etcétera. Todas cosas caídas, sin temor del lugar en el que están y de lo que enseñan, presentando un dios distinto al que se ha revelado en las Escrituras, un dios hecho a su imagen y semejanza. Hombres queriendo esclavizar a hombres y sus familias, presentándose como infalibles y arrogantes. ¡Qué el Señor nos libre, hermanos! Que Sus tratos nos ayuden a dejar que la vida de Cristo se manifieste por medio de nosotros, que la verdadera Sabiduría se presente a los hombres, aquella que busca la gloria de Dios y que  los lleva a la presencia de su Creador, a un conocimiento y entendimiento de cómo es Él, y de cómo hay que caminar con Él. Vamos a parar aquí. Gracia y paz del Señor Jesús, sean con ustedes. Amén.

 


 

[1] Te un tiempo de oración.

[2] Tyndale House Foundation, 2010.

[3] Llamado de esa manera, aunque es un pseudo-cristianismo.

[4] Mención anti-gnóstica.

[5] Pregunta que se hace no para manifestar duda o pedir respuesta, sino para expresar indirectamente una afirmación o dar más vigor y eficacia a lo que se dice.