(Texto) 17. Estudio a la epístola de Jacobo – Los maestros y la lengua (3:1-12).

 

Amados hermanos, una vez más nos encontramos juntos para continuar nuestro estudio de la epístola de Jacobo, el hermano del Señor. Antes de entrar a la lectura de la carta, vamos a invocar al Señor y nos encomendaremos a Él. Ore por favor.

[…][1]

Hasta el momento,  hemos considerado diversos temas que nos encontramos en esta epístola y, hoy, Dios mediante, continuaremos leyendo el capítulo 3, desde el versículo 1 al 12. Entonces, abramos nuestras Biblias en Jacobo o Santiago 3. Leeré en la traducción Reina Valera de 1960, que así nos dice:

1 Hermanos míos, no os hagáis maestros muchos de vosotros, sabiendo que recibiremos mayor condenación. 2 Porque todos ofendemos muchas veces. Si alguno no ofende en palabra, éste es varón perfecto, capaz también de refrenar todo el cuerpo. 3 He aquí nosotros ponemos freno en la boca de los caballos para que nos obedezcan, y dirigimos así todo su cuerpo. 4 Mirad también las naves; aunque tan grandes, y llevadas de impetuosos vientos, son gobernadas con un muy pequeño timón por donde el que las gobierna quiere. 5 Así también la lengua es un miembro pequeño, pero se jacta de grandes cosas. He aquí, ¡cuán grande bosque enciende un pequeño fuego! 6 Y la lengua es un fuego, un mundo de maldad. La lengua está puesta entre nuestros miembros, y contamina todo el cuerpo, e inflama la rueda de la creación, y ella misma es inflamada por el infierno. 7 Porque toda naturaleza de bestias, y de aves, y de serpientes, y de seres del mar, se doma y ha sido domada por la naturaleza humana; 8 pero ningún hombre puede domar la lengua, que es un mal que no puede ser refrenado, llena de veneno mortal. 9 Con ella bendecimos al Dios y Padre, y con ella maldecimos a los hombres, que están hechos a la semejanza de Dios. 10 De una misma boca proceden bendición y maldición. Hermanos míos, esto no debe ser así. 11 ¿Acaso alguna fuente echa por una misma abertura agua dulce y amarga? 12 Hermanos míos, ¿puede acaso la higuera producir aceitunas, o la vid higos? Así también ninguna fuente puede dar agua salada y dulce.” (RV 1960).

 

Todos los temas que Jacobo partió tocando en el capítulo 1, de alguna manera, los va explicando con detalle en los capítulos siguientes. Por ejemplo, en el capítulo 1:19-20, Jacobo da tres consejos muy importantes, y nos dice:

“Por esto, mis amados hermanos, todo hombre sea pronto para oír, tardo para hablar, tardo para airarse;  porque la ira del hombre no obra la justicia de Dios.” (RV 1960, negritas añadidas por el autor).

Esto ya lo tocamos anteriormente, pero ahora nos encontramos nuevamente con algo relacionado al segundo consejo que Jacobo da: “tardo para hablar”. Y vemos que en esta perícopa, Jacobo quiere tratar un asunto importantísimo delante del Señor y delante de los hermanos. Es un asunto que, delante de Dios nos enfrenta a juicio, por causa de lo que decimos delante de los hermanos.

LA ENSEÑANZA Y EL JUICIO DE DIOS.

Ahora bien, cuando Jacobo les dice “no os hagáis maestros muchos de vosotros”, les comunica una prohibición. El verbo “hagáis”, del griego γίνεσθε (gínesthe), Jacobo lo utiliza en el tiempo presente, en modo imperativo, usando la voz media. ¿Qué importa esto? Mis hermanos, al utilizar el presente imperativo y añadir la voz media, nos está diciendo que aquello que se prohibe, que no se debe hacer, es algo que estaba ocurriendo entre los hermanos del tiempo de Jacobo y que debía detenerse de inmediato (Carballosa, 2004, p. 158). Es decir, que había ciertos hombres que se paraban como si fuesen maestros para la iglesia, sin tener temor de lo que enseñaban. Si usted lee 2ª Pedro 2:1 en adelante, y Judas 1:3 en adelante, se dará cuenta que tanto Pedro como Judas (el otro hermano del Señor), hablan respecto a falsos maestros. Y en 2ª Timoteo 4:3, Pablo también escribe mencionando a los tales, junto con redactar una epístola completa (Gálatas) en contra de las enseñanzas de los maestros judaizantes. También Juan (1Jn. 2:22-23; 4:2-3; 2Jn. 1:7) habla de falsas enseñanzas entre las gentes y entre los que profesan el cristianismo. Lo que quiero decir con todo esto, o mejor dicho, hacerles notar, es que todas estas cosas ocurrieron en los tiempos dónde estaban vivos los apóstoles. Aquellos hombres de Dios que fueron conducidos por el Espíritu Santo a redactar estos Santos Textos. En el tiempo de aquellos que vieron con sus propios ojos y palparon con sus propias manos al que es el Autor de la Vida (1Jn. 1:1), mientras ellos vivían, estas cosas comenzaron a ocurrir. Por lo tanto, ¿quién dice que estamos libres de caer en el error, o el engaño, si bajamos la guardia? ¿Quién nos asegura que estamos libres de enseñar cosas erradas? Mis hermanos, no lo estamos.

Es probable que muchas de las personas que se paraban como maestros a enseñar y que erraban en lo enseñado, fueran personas que realmente nacieron de nuevo, pero que no tenían completa claridad o toda la información acerca de lo que hablaban.  Por ejemplo, en Hechos 18:24-28 se nos informa de Apolos que, siendo muy instruido en las Escrituras y de espíritu fervoroso, sólo conocía “el bautismo de Juan” (v. 25), entonces necesitó que Aquila y Priscila le completaran su fe, quienes “le expusieron más exactamente el camino de Dios” (v. 26). ¿Se da cuenta? Digo esto porque siempre que se habla de este tema, inmediatamente pensamos solo en los “falsos maestros” que, con un espíritu de engaño y que no han nacido de nuevo, se infiltran para engañar al pueblo del Señor, llevándolo en pos de herejías. De estos tenemos muchos ejemplos: los arrianos[2], los llamados gnósticos[3], los sabelianos[4], etcétera. También hoy tenemos otros movimientos así, como los del ministerio creciendo en gracia, del hereje José Luis de Jesús Miranda, que afirmó ser “Jesucristo-Hombre” y el “Anticristo”; o los raelianos[5]; o los mismos judaizantes que se han metido en medio del pueblo evangélico. Muchos movimientos como estos son los que concebimos al leer esto que Jacobo nos habla. No obstante, mis hermanos, también debemos considerar esto desde el punto de vista de la ignorancia, de la ingenuidad y de la negligencia. Personas que, siendo cristianos nacidos de nuevo, han sido negligentes y se han excedido o equivocado en su enseñanza; porque tal vez, como hemos visto en capítulos anteriores, le dieron una importancia desmedida a las experiencias sin considerar las Escrituras, llegando así, sin querer (o quizá queriendo, no lo sé, sólo el Señor ve esto), a extraviarse del camino y extraviar a los que los oyen. Es por esto que es importante poner atención a lo que Jacobo parte diciendo:

“Hermanos míos, no os hagáis maestros muchos de vosotros, sabiendo que recibiremos mayor condenación.” (Stg. 3:1, RV 1960).

Jacobo les dice que se detengan de pretender ser maestros irresponsablemente. Los maestros (διδάσκαλοι, didáskaloi) tienen una influencia muy fuerte en el caminar de la iglesia, por lo que pararse a enseñar no es cosa liviana. A veces se piensa en la “honra” del que enseña, pero Jacobo nos muestra, más que la honra, la responsabilidad del que enseña. La palabra que se traduce como “condenación” en la Reina Valera 1960, es en griego κρίμα (kríma), y literalmente quiere decir “juicio”. En Hebreos 13:17, respecto a los pastores, se dice que estos darán cuenta por nuestras almas; mientras que aquí, Jacobo, nos dice que los maestros se enfrentarán a un juicio de mayor peso que el del resto de los hermanos. ¿Por qué es esto? Porque son responsables de enseñar a las almas que el Señor amó con Su propia sangre (Hch. 20:28). La seriedad del juicio viene del infinito valor de la sangre de Aquel que pagó por aquellos que puso al cuidado de pastores y maestros. Por lo tanto, pretender ser maestros en las iglesias locales es un asunto muy serio que pondrá un muy estricto estándar de juicio en el Tribunal (Beîma) de Cristo (2Co. 5:10), dónde daremos cuentas todos los hijos de Dios.

JUICIO, TRIBUNAL DE CRISTO Y GRAN TRONO BLANCO.

Ahora bien, creo que aquí es necesario hacer un énfasis en Aquel que se sentará a juzgar. No es un hombre común y corriente, corrupto y sobornable, sino que se trata de Dios Hijo, quien se hizo carne. Su naturaleza y esencia son santísimas, Él mismo en Su personalidad lo es. Aparte de esto, Él es justo e íntegro en Sus juicios. Y también, es Omnisciente y Omnipresente, siendo esta la razón por la que todo lo sabe, aún lo profundo de los corazones, lo que se oculta o intenta ocultar, todo lo sabe en detalle y de memoria, tanto así, que no tiene necesidad que le digan cosa alguna; pero además, por estar en todo lugar y al mismo tiempo, llenándolo todo, no sólo sabe las cosas, sino que es el Gran Testigo de nuestras acciones, pensamientos e intenciones. Es pues, ante Él que nos presentaremos.

Jacobo está al tanto de las pretensiones de muchos, quizá ingenuas, sin malas intenciones, un deseo puro de querer enseñar a los otros; pero también está al tanto de aquellos que pretenden presentarse como maestros con malas y torcidas intenciones, deseando un lugar, sobresalir o torcer la fe. Entonces, tanto a unos como a otros les dice: “Deténganse ahora, porque darán cuenta de esto ante aquel Señor, Santo y Justo”. Mis hermanos, ¡qué advertencia más seria! Los hermanos pueden vernos por fuera, pero el Señor delante del cual nos paramos a enseñar, nos ve por dentro; Él ve lo que nadie puede ver, y de eso, daremos cuenta. Así es que Jacobo, sabiendo que habían muchos dándoselas de maestros, enseñando irresponsablemente, enseñando cosas que oyeron sin examinar, cosas erradas, o inventadas por ellos mismos, a estos les está diciendo: “Paren de guiar a la iglesia a sus enseñanzas, pues no son maestros, ¡paren ya! Se enfrentarán al riguroso juicio del Señor”. ¡Qué serio!

Mis hermanos, esto muestra la seriedad de la enseñanza en la iglesia del Señor. Y de igual manera nos empuja a prepararnos para enseñar la fe cristiana normal. A tener temor de entrar en especulaciones que puedan extraviar la fe de los santos, o decir cosas que pretendan robarle la centralidad a Cristo. Jacobo nos advierte de juicio. Ahora bien, debemos hacer una pequeña digresión para evitar cualquier confusión respecto a esto. No vamos a entrar en detalles, pero dejaré algunos títulos para examinar al pie de la página[6].

SOBRE EL JUICIO.

Bueno, podría ser que alguno de nosotros, respecto al juicio que habla Jacobo tenga dudas y quisiera preguntar, ¿no es suficiente la muerte del Señor Jesús para escapar de ese juicio? ¿Acaso no nos justificó -como dice Pablo-? Claro que sí, nos justificó y por gracia mediante la fe en Cristo somos salvos y tenemos vida eterna. Pero una cosa es el Tribunal de Cristo, y otra, es el Juicio del Trono Blanco que aparece al final, en Apocalipsis 20:11. Respecto al Tribunal de Cristo, debemos saber que es el juicio al que se enfrentará Su Iglesia, como casa, como familia, para recibir retribución por sus obras hechas en la vida nueva y debido a la fe. Vamos a leer dos pasajes donde se menciona esto:

2 Corintios 5:10, dice:

“Porque es necesario que todos nosotros comparezcamos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba según lo que haya hecho mientras estaba en el cuerpo, sea bueno o sea malo.” (RV 1960).

También Romanos 14:10, nos dice:

“Pero tú, ¿por qué juzgas a tu hermano? O tú también, ¿por qué menosprecias a tu hermano? Porque todos compareceremos ante el tribunal de Cristo.” (RV 1960).

Pablo escribe estas cosas a los santos, los destinatarios son hijos de Dios, eran cristianos, como dice, eran “hermanos”. Eso es lo primero que debemos tener presente. Lo segundo, es que Pablo nos indica que en este Tribunal de Cristo recibiremos retribución, sea premio o castigo. No obstante, hay algo aquí que no nos permite entender mejor el carácter de este tribunal, y eso, es la traducción. Para que ustedes sepan, la palabra empleada aquí y que se traduce “tribunal” proviene de la palabra griega βήμα (béma), y esta palabrita nos permite entender el carácter de este tribunal en relación a los santos. Permítanme citar al hermano Gino Iafrancesco[7], cito textual:

“La palabra que se refiere aquí al tribunal, es una palabra griega que se llama “bema”, y esa palabra se refiere a un juicio familiar. Las antiguas familias de aquel lugar, de aquella zona oriental donde el Señor se movía y donde se movió la historia bíblica, se reunían de tanto en tanto, así como una reunión de familia, y ellos premiaban a los que habían honrado el nombre o el apellido de la familia, y también reprendían a aquellos que habían avergonzado a la familia o el apellido de la familia; y a ese tipo de juicio familiar, donde los que honraban el nombre de la familia eran honrados y los que lo deshonraban eran reprendidos, a ese tipo de juicio familiar, que no era un juicio jurídico del estado, sino que era algo de la familia, se le llamaba “bema”, que es la palabra a la que se refiere el tribunal de Cristo.” (Iafrancesco, 2012, p. 206).

¿Interesante, cierto? Por la palabra griega que aparece se puede entender que el Tribunal de Cristo no será un juicio de estado, como un juez que juzga a extraños; sino que será una reunión de familia, como un padre que juzga las obras y comportamiento de sus hijos. No obstante, el Juicio del Gran Trono Blanco (Ap. 20:11-15) o Juicio Final, es para los que no fueron hijos, para el resto de las gentes. Hay otros juicios mencionados en la Biblia pero no me referiré a estos.

Entonces tenemos el Tribunal de Cristo, antes del Milenio; y también el Juicio del Gran Trono Blanco, que es después del Milenio. En Cristo, por creer de todo corazón en Él, fuimos librados de este último juicio, porque “el castigo de nuestra paz fue sobre Él” (Is. 53:5), y no sólo esto, sino que también recibimos el derecho “de ser hechos hijos de Dios” (Jn. 1:12); por lo tanto, no nos enfrentaremos a la ira de Dios en el gran día de la ira, y esto, gracias a Cristo (Jn. 3:36; Ro. 5:9). Sin embargo, sí nos enfrentaremos a Su justicia, pero como hijos, en el Tribunal de Cristo. Así es que nuestros pecados fueron perdonados para siempre, en Cristo; pero ahora, nuestras obras en Cristo serán juzgadas por Quién nos recibió en Su familia, como El que juzga Su casa, y esto será primero (1P. 4:17). Son dos cosas distintas, dos juicios distintos.

LA RESPONSABILIDAD DE LOS MAESTROS.

Ahora, volviendo al tema, Jacobo llama la atención a la responsabilidad de los hermanos que enseñan en la iglesia, y la rigurosidad del juicio que tendrán -según hemos visto- en el Tribunal de Cristo. Nuestro Padre nos ama, sin duda, pero nuestro Padre no sólo es amoroso, sino que también es justo. Así que no pensemos de manera errada y liviana, no tengamos a Dios por negligente por causa del amor, pues Su amor no tolera la iniquidad, sino que en Su amor nos da provisión para vencerla, para perdonarla cuando de corazón se está arrepentido y  para ayudarnos a caminar con Él. Es por esto que Jacobo llama a los que enseñan o quieren enseñar, a temer; pues esa es la intención al mostrar el “mayor juicio” al que se expone el que enseña. La intención de Jacobo es que se tenga temor de Dios; porque a Dios se le debe temer, no sólo amar. Temer cuando nos enfrentamos a Su justicia y santidad, sabiendo que andamos torcidos. Porque en Su amor paternal no dejará que nos corrompamos, sino que como Padre, nos disciplinará si es necesario (Heb. 12:5-8). Su justicia opera con Su amor, pues como dice 1ª Corintios 13:

“[el amor] no se goza en la injusticia” (v. 6a, RV 1960, corchetes añadidos por el autor).

O sea, podemos deducir que el amor no opera sin justicia. Así es que, si alguno quiere participar de este ministerio, sepa que tenemos una gran responsabilidad delante de Dios por aquello que enseñamos delante de los hermanos. Así que debemos temer. ¿Y por qué debemos temer? Porque estamos en la presencia de Dios, que es Santo y Justo; y es Él que encarga el cuidado de Su Casa a hombres, quienes darán cuenta. Por ende, debemos de tener cuidado con lo que enseñamos. Pero alguno dirá: “¿Para qué tanto cuidado si tenemos al Espíritu Santo?”, y es de este pensamiento que debemos cuidarnos.

LA FALIBILIDAD DE JACOBO Y LA INFALIBILIDAD DEL SEÑOR.

Mis hermanos, Jacobo continúa diciendo que:

“Porque todos ofendemos muchas veces.” (Stg. 3:2a, RV 1960).

Jacobo utiliza el plural y de forma inclusiva dice “ofendemos”. Él no se excluye, él sabe que es falible, un hombre que ofende, y por eso dice “ofendemos muchas veces”. Él sabe lo que muchas veces ocurre, lo que muchas veces se dice. Él está constatando un hecho, como cuando Pablo constata que “el pecado mora en mí” (Ro. 7:17, 20, RV 1960). Algunos podrían tomar este pasaje para decir que la epístola no es canónica, pues si Jacobo se incluye dentro de los que “ofendemos muchas veces”, entonces está diciendo de sí mismo que cae frecuentemente en su forma hablar y puede haber errores en las palabras que dice. Mis hermanos, esto lo diré sólo por causa de que este pensamiento puede presentarse. Todos los escritores, al igual que nosotros, portaban una naturaleza caída, como la que habla Pablo. Sólo hay un Hombre que no porta semejante naturaleza caída, y éste, es el Señor Jesús. Él tiene naturaleza humana, pero no la caída; mientras que el resto de los hombres, incluídos los que escribieron estos Santos Textos, tenían una naturaleza caída en sus carnes. Entonces, alguno podría tomarse de esto y armarnos un silogismo[8], diciéndonos: “El hombre es falible, el hombre escribió la Biblia, la Biblia es falible”. Eso nos puede dejar confundidos y tristes si no entendemos que, siendo verdad que el hombre es falible, el hombre solo fue instrumento del Dios Infalible e Inerrante, el Dios Todopoderoso, en el cual se haya la perfección inherente. Entonces, siendo el hombre falible y caído, fue usado por el Dios Todopoderoso e Infalible para escribir Textos infalibles e inerrantes. ¿Se comprende? El énfasis, mis hermanos, no se haya en los hombres, sino en Dios que guió a esos hombres[9].

Por lo tanto, Jacobo puede escribir con verdad que es falible y que ofende muchas veces; pero al escribir en esta epístola lo hizo guiado por el Espíritu Santo, Dios Todopoderoso, no cometiendo error alguno. Así entendemos que sus limitadas capacidades no eran la energía o la fuente del contenido del Texto, sino Dios, que usó el frágil vaso como Él quiso. Entonces, mis hermanos, si Jacobo ofendía muchas veces, ¿qué nos queda a nosotros? Jacobo tenía el Espíritu Santo, sin duda, pero no por eso debía bajar la guardia, sino que debía prepararse para que fuera el Espíritu Santo que tuviera en él material suficiente para usarlo. Es por esto que creo, personalmente, que el que más escribió fue Pablo, por tener un mayor depósito disponible para el Espíritu Santo. Por ende, aunque tengamos el Espíritu debemos estar conscientes de nuestras fragilidades, y por lo tanto, prepararnos, leer, proporcionar el material suficiente para que el Espíritu Santo pueda usar en nosotros, además  de orar y depender de Él. Así es que, debemos entender, que no podemos llegar y enseñar. Incluso el que tenga un llamado del Señor al ministerio de la Palabra, dado por Dios como maestro para Su casa; incluso teniendo esa gracia debe tener cuidado. No es llegar y abrir la boca.

Luego de esto, considerando que podría haber alguno que piense que no ofende ni cae en palabra alguna, Jacobo le dice:

“Si alguno no ofende en palabra, éste es varón perfecto, capaz también de refrenar todo el cuerpo.” (Stg. 3:2b, RV 1960).

Saben, sólo hay un Hombre que no ha ofendido en palabra, y que ha sido Varón Perfecto, y ese es nuestro Señor Jesús, Hijo de Dios, Perfecto, Infalible, Inerrante e Impecable. No ofendió de palabra, ni de hecho, ni de pensamiento. Ahora, ¿por qué Jacobo escribe esto si ha dicho que todos ofendemos de muchas maneras? Es común leer este pasaje con una mente evaluativa, buscando si somos perfectos o si encontramos a alguien perfecto que pueda controlar su hablar y así también todo su cuerpo. Pensamos que Jacobo intenta hacer que nos miremos a nosotros mismos o para el lado, buscando quién cumple esas características; pero no es así. ¿Cómo sabemos esto? Pues por lo que ya ha dicho anteriormente: “todos ofendemos muchas veces”. Jacobo ya constató que todos los que traemos esta genética adámica caemos de esa manera. Por ende, Jacobo está mostrándonos lo que somos en contraste con el cómo deberíamos ser, como quien hace un contraste entre nosotros y Cristo. Jacobo sabe que no hay ninguno que no caiga en su hablar, por eso constata que todos ofendemos muchas veces y de muchas maneras, incluyéndose entre “todos”. Aquel que no cae en Sus palabras y que es Varón Perfecto, sólo es el Señor Jesús. Así de simple.

LA INFLUENCIA DE LAS PALABRAS.

Luego, lo que sigue al Texto es la influencia que tiene el hablar junto con mostrar lo peligroso que es la lengua irresponsable y las formas en las que muchas veces caemos. Jacobo nos dice:

3 He aquí nosotros ponemos freno en la boca de los caballos para que nos obedezcan, y dirigimos así todo su cuerpo. 4 Mirad también las naves; aunque tan grandes, y llevadas de impetuosos vientos, son gobernadas con un muy pequeño timón por donde el que las gobierna quiere. 5 Así también la lengua es un miembro pequeño, pero se jacta de grandes cosas.” (Stg. 3:3-5a, RV 1960).

Aquí, el hermano del Señor, ocupa dos metáforas muy buenas. El primero es de un caballo al cual ponemos freno en la boca para que nos obedezca y poder dirigirlo. Y luego usa una nave grande para navegar en el mar, que son gobernadas con un pequeño timón, siendo llevadas o dirigidas por dónde el timón quiere en virtud de un operador. Ahora bien, tanto el bozal del caballo como el timón del barco, es una metáfora de “la lengua”. Y cuando hablamos de la lengua, no se refiere literalmente al órgano, sino que es para referirse al hablar humano, a las palabras. ¿Se comprende? El hablar del hombre es comparado con un freno en la boca de un caballo y con el timón en los barcos. En ambos ejemplos tenemos algo similar que nos muestra la influencia del hablar, esto es: obediencia, dirección y resultados. Esa es la responsabilidad que tiene el que enseña e influencia a la iglesia. Tiene la responsabilidad de guiar, de dirigir, de mostrar lo que debe hacerse. Por lo tanto, una persona que influye en la iglesia local enseñando, puede guiar, dirigir y someter para sí mismo a los santos, si estos no están persuadidos y él mismo no es temeroso de Dios. Podría llevar a la iglesia a correr o frenarse, o puede llevarla también a naufragar en el mundo. Es por esto que, es muy importante la pluralidad en el servicio, tener compañeros, para que puedan salir al encuentro, en amor, a aquel que se está extraviando.

En Apocalipsis se menciona en dos oportunidades la palabra “nicolaítas” (Ap. 2:6, 15), y en ambas oportunidades el Señor dice que Él aborrece las obras de estos. No se tiene claridad respecto a este movimiento pero, la etimología de esta palabra, nos dice algo interesante. Nicolaítas, proviene de las palabras νῖκος  (níkos), que quiere decir “conquistador o dominador”, y la palabra λαός (laós) que significa “pueblo”. Es decir “conquistador del pueblo”, o “dominador del pueblo”. Una especie de élite que gobierna la iglesia, llevándola por dónde ellos o él quiere, exigiendo obediencia, llegando incluso a extraviar de la verdadera fe y obediencia a Dios, a los santos. Esa es la influencia que puede tener el hablar, el enseñar, y ejemplos de esto tenemos muchos, aunque basta con el de la religión católico-romana, que llegó a decir que el único con autoridad apostólica para interpretar el Texto es el Papa. Y ha llevado a sus prosélitos al naufragio, extraviándolos de la verdadera fe. Y nosotros no estamos libres de caer en esto, así que debemos tener mucho cuidado. Si no sabes, calla; luego investiga y ora. Cuídate de aprovecharte de la iglesia de Dios. Por lo tanto, cuida cómo manejas tu hablar y lo que enseñas, porque el hablar, la lengua -como le llama Jacobo- puede provocar muchas cosas. Así que, el hablar, es de mucho cuidado.

LOS MALES DE LA LENGUA IRRESPONSABLE.

Entonces, tenemos que la responsabilidad del que enseña es grande debido a la influencia que tiene en la iglesia local; pero no sólo esto, Jacobo también conoce los malos resultados del hablar irresponsable, y respecto a esto nos dice:

 “He aquí, ¡cuán grande bosque enciende un pequeño fuego! 6 Y la lengua es un fuego, un mundo de maldad. La lengua está puesta entre nuestros miembros, y contamina todo el cuerpo, e inflama la rueda de la creación, y ella misma es inflamada por el infierno. 7 Porque toda naturaleza de bestias, y de aves, y de serpientes, y de seres del mar, se doma y ha sido domada por la naturaleza humana; 8 pero ningún hombre puede domar la lengua, que es un mal que no puede ser refrenado, llena de veneno mortal. 9 Con ella bendecimos al Dios y Padre, y con ella maldecimos a los hombres, que están hechos a la semejanza de Dios. 10 De una misma boca proceden bendición y maldición. Hermanos míos, esto no debe ser así. 11 ¿Acaso alguna fuente echa por una misma abertura agua dulce y amarga? 12 Hermanos míos, ¿puede acaso la higuera producir aceitunas, o la vid higos? Así también ninguna fuente puede dar agua salada y dulce.” (Stg. 3:5b-12, RV 1960).

El hablar descuidado es semejante a un fuego. Las comparaciones de Jacobo son notables. Son exageradas (hipérbole) para dejar en claro lo que ocurre y/o puede llegar a ocurrir. Una lengua descuidada puede llegar a armar grandes problemas, como los que puede ocasionar un pequeño fuego en un bosque. ¿Recuerdan ustedes lo que ocurrió el año pasado en la región de Valparaíso[10]? Miles de familias perdieron todo. Todo esto partió con un pequeño fuego. La catástrofe fue terrible, movilizó a todo el país. Un incendio trae ruina, perdida. Un bosque quemado trae perdida. De la misma manera, el hablar irresponsable puede traer grande pérdida a la iglesia local. Es muy importante la enseñanza, pero si esta es irresponsable puede traer grande pérdida a la iglesia. Puede desatar enemistades, conflictos entre las familias, confusiones, partidismos, pérdidas y/o ruina; pero lo más serio, puede traer juicio de parte del Señor. Y con esto no sólo me refiero a la béma, sino a la disciplina del Señor en medio de Su casa, como un padre que debe corregir a sus necios hijos.

Mis hermanos, es debido a la irresponsabilidad en el hablar que muchas veces nos cae disciplina del Señor. Esto fue una lección que el Señor le dio al pueblo de Israel en el desierto, con María (o Miriam), hermana de Moisés. En el capítulo 12 de Números se registra que María y Aarón hablaron mal, murmuraron de Moisés, y debido a esto, el Señor disciplinó a María con lepra, durante siete días. Esto no es una alegoría, es historia, eso es lo que Dios hizo con alguien de la familia de Moisés, que profetizaba en medio del pueblo y que habló mal. Ese es el comportamiento de Dios ante la murmuración y mal hablar de aquellos que tienen una responsabilidad en medio de Su casa. Permítanme contarles la experiencia de una hermana, esposa de un hermano que enseña las Escrituras. Resulta que un hermano se enfermó y comenzó a sufrir de crisis de pánico. La hermana y su esposo fueron a visitar al hermano enfermo. Ellos son muy amigos del hermano y su familia. En medio de la visita, mientras conversaban y a modo de broma, la hermana le dijo, sonriendo, al hermano enfermo, que ella pensaba que él era muy delicado y débil de mente, que incluso no le creía aquella enfermedad. ¡Ay, la lengua! ¿Saben lo que pasó dos meses después? La hermana cayó enferma de lo mismo y estuvo tres años así. Cuando recién se enfermó, el Espíritu trajo a su memoria las palabras que le había dicho al hermano, así que ella, muy angustiada, le pidió a su esposo que la llevara a la casa del hermano, pues ella necesitaba hablar con él. Cuando lo vio, lo abrazó y le pidió perdón por sus apresuradas y necias palabras, aunque hubiera sido una broma. El hermano lloró con ella y la perdonó, pero la disciplina quedó, durante tres años. Como esta, hay muchas historias de otros hermanos. ¡Cuidado con las palabras!

Jacobo nos muestra la seriedad del asunto y nos pide no subestimar el poder influenciador de las palabras pues, éstas pueden llegar a encender el mundo mediante la energía que le puede proveer el mismo infierno. ¿Se da cuenta? Este es el poder las palabras, de una lengua indomable, de la cual debemos tener en extremo cuidado; pues de la manera en que domamos a todo tipo de animales debemos aprender a domar, por el Espíritu, nuestra lengua. Porque en nosotros mismos, como hombres, sin considerar a Dios, sin contar con Él, jamás podremos domar un miembro pequeño que puede estar lleno de un veneno mortal que puede llegar a destruir a nuestros hermanos, a nuestras esposas, nuestras familias y a la sociedad entera.

Mis hermanos, vean ustedes la influencia de las ideologías enseñadas en la sociedad. Los grandes incendios que se provocaron por causa de ideas que se tomaron como paradigmas y se enseñaron a las gentes. Piense en Hitler y el nazismo, cómo llegaron a exterminar millones de personas por su ideas. Mire los millones de muertos y el comunismo. Mire las noticias hoy en día, vea los conflictos que están encendiendo personas que llaman intolerantes a quienes no piensan como ellos, ni aprueban lo que hacen y todo por las ideas que hallan cabida en sus deseos. En lo secular hay mucho de esto. Pero también mire aquellos que levantan movimientos religiosos llevando a condenación a miles de personas. ¡Que el Señor nos libre! Que nos ayude el Señor a refrenar la lengua, refrenar nuestro hablar. La palabra “refrenar” quiere decir “moverse pero con un freno puesto”, pues no se trata de callarnos y ser mudos, sino que vamos caminando con cuidado, hablando y enseñando con cuidado; hablar después de entender bien lo que vamos a enseñar. No ser irresponsables.

Jacobo muestra la forma más común en que caemos y nos dice que con nuestra lengua bendecimos a Dios y al mismo tiempo maldecimos a los hombres hechos a Su semejanza. Esta dualidad que -es hipocresía- no puede aprobarse entre nosotros. Debemos apartar nuestra boca para el Señor, lo que salga de ella tiene mucha responsabilidad. Es lo primero que evalua la gente. No podemos ser ambiguos, ni dejarnos llevar por las llamas del infierno que quieren inflamar nuestro hablar. Que el Señor nos ayude a comprender la importancia de todo esto y la responsabilidad que tienen los hermanos que participan del ministerio de la Palabra, específicamente en la enseñanza.

Si usted quiere servir al Señor en el ministerio de la Palabra, tendrá que comprender que sus palabras, que su lengua, pertenece al Señor. Cuidado con lo que habla y con lo que enseña, pues al Señor daremos cuenta. Que el Señor nos perdone nuestra liviandad y las cosas que hemos dicho ofendiendo a alguno o a Él. Mis hermanos, ¡qué serio es esto! Prepárese, no sea liviano para hablar ni descuidado, hable de lo que sabe, lo que se le ha mostrado. Nuestras palabras son usadas por el Señor para guiar, enseñar, conducir y llevar a la obediencia a la fe; pero también pueden ser la razón del naufragio y rebelión de los hermanos hacia Dios. ¡Que el Señor nos libre! Y por último, está claro por todo lo que hemos dicho que esto no sólo aplica a los que enseñan en las iglesias, sino a todos los santos, varones y mujeres, todos. Debemos cuidar nuestro hablar, siempre nos están escuchando y aprendiendo de nosotros. Paremos aquí.

 


 

[1] Oremos al Señor, que nos enseñe y guarde.

[2] De Arrio (250-335 d. C.)

[3] El gnosticismo es una mística secreta de la salvación. Se mezclan sincréticamente creencias orientalistas e ideas de la filosofía griega, principalmente platónica. Es una creencia dualista: el bien frente al mal, el espíritu frente a la materia, el ser supremo frente al Demiurgo, el espíritu frente al cuerpo y el alma. El término proviene del griego Γνωστηκισμóς (gnostikismós); de Γνώσης (gnosis): ‘conocimiento’. Cabe señalar que esta corriente partió antes que el cristianismo y quiso mezclarse con él, torciéndolo. Entre los escritos canónicos, se hacen menciones directas a las herejías enseñadas por este movimiento a los cristianos.

[4] Este movimiento, tenía una doctrina enseñada en el siglo tercero d.C., por Sabelio, y los “sabelianos” fueron tenidos por herejes, al afirmar que: “La trinidad, no es de personas distintas, sino de acción y oficio”.

[5] De Rael, tiene una serie de enseñanzas heréticas y de libertinaje sexual.

[6] Sierra Díaz, A. (2010). Los Vencedores y el Reino Milenial (2ª Ed.). Bogota: Autoral.
Watchman, N. (1979). El Plan de Dios y los Vencedores. Miami: Editorial Vida.
Iafrancesco, G. (2012). Gracia y Reino. Bogota: Cristiania Ediciones.
Iafrancesco, G. (2003). Aproximación a Apocalipsis (Dos tomos). Bogota: Cristiania Ediciones.

[7] Iafrancesco, G. (2012). Gracia y Reino. Bogota: Cristiania Ediciones

[8] Razonamiento que está formado por dos premisas y una conclusión que es el resultado lógico que se deduce de las dos premisas.

[9] López, R. & Orellana J.C. (2019). Sobre las Santas Escrituras y su lectura (panorámica de bibliología). Santiago: Autoral.

[10] Año 2017, Chile.