(Texto) 14. Estudio a la epístola de Jacobo – La vida en la Palabra de Dios y la disciplina del Señor (2:1-13).

 

Amados hermanos, la gracia y la paz de nuestro Dios, sean con todos ustedes. Antes de comenzar esta nueva lectura, por favor no olvide tomarse el tiempo de orar y pedir al Señor discernimiento y que le hable al corazón.

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Si no me equivoco, con esta y las introducciones, ya son 14 sesiones de lectura de estudio de la epístola de Jacobo. Hemos podido ir abordando distintos temas que han ido apareciendo al leer esta carta.

LA PALABRA COMO SEMILLA TIENE VIDA EN SÍ MISMA.

La vez pasada finalizamos hablando de dos tipos de religiones: La religión vacía y la religión viva. Estos temas venían conectados a lo que Jacobo viene tratando respecto a la Palabra, y hemos dicho que la Palabra, dependiendo de la tierra en la que cae, dará fruto.  El fruto de la Palabra es la vida de ésta germinando en nuestro corazón. Porque mis hermanos, la Palabra no es sólo para oírla y saber, ella tiene vida, pues, como nos enseñan las Escrituras, Cristo es la Palabra (Jn. 1:1), y en Él está la vida (Jn. 1:4). Piense usted en lo siguiente. Cuando Dios dijo: “Sea la luz” (Gn. 1:3, RV 1960), ¿qué ocurrió? La Biblia nos dice que “fue la luz” (Ibíd). La Palabra de Dios no es de adorno, sino que produce frutos, pues tiene vida. Lo curioso de todo esto (y me maravilla darme cuenta), es que cuando se trata de la Palabra para los hombres, Dios, teniendo todo el poder, incluso de causar que de la nada aparezca toda materia, espacio, tiempo y energía; se limite a la voluntad del hombre. La perfecta Palabra de Dios, la potente Palabra de Dios, se limita a la voluntad del hombre, a la responsabilidad del hombre, a la dignidad del hombre. Como dicen las Escrituras:

“¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina a sus polluelos debajo de sus alas, y no quisiste!” (Lc. 13:34, RV 1960, negritas añadidas por el autor).

Dios quiso, muchas veces quiso, no sólo una vez, sino que muchas veces, por eso dice “¡Cuántas veces quise!”, no dice “¡Aquella vez que quise!”, sino “¡Cuántas veces quise!”, porque fueron muchas las veces que el Señor quiso reunirlos; de la misma manera, siempre son muchas las veces que el Señor quiere hacer Su voluntad en nosotros, pero no como quien controla un robot, sino como quienes voluntariamente quieren Su voluntad, porque le aman. Esto es la dignidad del Dios Soberano. Él tiene toda la autoridad y poder como para realizar lo que quiere, pero Él no sólo es Todopoderoso y Soberano, sino también Digno. Es por eso que, dependiendo de la tierra, la semilla dará su fruto. La semilla, que es la Palabra (Lc. 8:11), tiene el potencial en sí misma, pero Dios quiere que la tierra, es decir, la persona que la oye, la reciba voluntaria y humildemente (Stg. 1:21). Dios quiere que la persona la crea de todo corazón y ponga en ella su confianza.

LA TIERRA NECESITA VOLUNTAD, NO POTENCIAL.

Aparte de esto, Dios sabe que la tierra es impotente en sí misma, así que no le pide potencial, sino voluntad, buena voluntad de un corazón humillado ante el Soberano de los Reyes de la tierra, Digno de Sus adoradores. Una de las cosas que más nos cuesta reconocer es nuestra incapacidad, nuestra impotencia humana ante la altura Divina. Es humillante reconocer que no podemos, y más humillante es apelar a la ayuda de Otro que sí puede. ¡Cuánto tiempo tardamos en reconocer nuestra impotencia! Pero mientras no nos humillamos aceptando que no somos capaces y que necesitamos de Aquel que es capaz, permanecemos siendo mala tierra y el fruto de vida en la Palabra no puede brotar en nosotros.

Aquellos que buscan paz con Dios mediante obras, no conocen su propia incapacidad, entonces el Señor los confronta muchas veces, queriendo mostrarles lo que son. Y aunque sus esfuerzos de alcanzar una justicia propia son vanos, las intenciones que tienen, muchas veces, son honestas: quieren estar en paz con Dios. Entonces se acercan al Señor preguntándole qué deben hacer para obtener paz y ser salvos. Tal como el joven rico que se registra en Marcos. Éste llegó preguntando qué bien debía realizar para obtener la vida eterna. El Señor conocía la impotencia de este joven, pero el joven no. El joven pensaba que él podía hacer algo bueno que le resultaría en la obtención de vida eterna, entonces el Señor amándole, le mostró lo que le faltaba, le mostró su incapacidad. Le dijo:

“Una cosa te falta: anda, vende todo lo que tienes, y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven, sígueme, tomando tu cruz.” (Mc. 10:21, RV 1960).

La capacidad se encuentra en la vida que se haya en la Palabra,  por lo tanto, nunca debemos oírla mirando en nosotros si es que existe la capacidad; pues hermanos, la Palabra es suficiente, pues Cristo es la Palabra. Si nosotros discernimos la Palabra como del Señor, entonces con mansedumbre recibámosla en nuestro corazón. Confiando en la vida que tiene. Al hacer esto no sólo seremos edificados, sino que habrá fruto, el cual, es la religión viva. Pero si miramos nuestra capacidad y pensamos poder hacer algo, entonces andaremos en una religión vacía,  engañándonos a nosotros mismos.

NO SOLO SABER, SINO VIVIR.

Nos damos cuenta con esto que no se trata sólo de saber, sino también de vivir; no se trata de sólo decir que creemos, sino vivir de acuerdo a lo que creemos de todo corazón. Tampoco se trata de fabricar la vida, de imitarla, sino de recibir con un corazón correcto la Palabra de Dios y dejar que su vivo fruto se dé en nosotros. Pues una religión vacía o una religión viva, se juzga de acuerdo al fruto de la semilla que está brotando; si es actuado, fingido, es vana y vacía; pero si es espontáneo y real, es la vida de la Palabra recibida. Jacobo es muy práctico, pero ojo, esto no quiere decir que no es espiritual. Jacobo nos está hablando de la practicidad de una vida realmente espiritual y equilibrada en Cristo. No es hacer por hacer, sino que el hacer sea originado de la vida que contenemos, que es el fruto de la Palabra en nosotros, la religión viva.

SOBRE LA PALABRA DE DIOS Y LA VIDA.

Ahora bien, dentro de todas las cosas que vamos viendo, llegamos a otro asunto que Jacobo quiere tratar, para esto vamos a leer el capítulo 2 de la epístola de Jacobo, llamado Santiago en la versión de nuestra Biblia. Leeremos desde el versículo 1 al 13:

1 Hermanos míos, que vuestra fe en nuestro glorioso Señor Jesucristo sea sin acepción de personas. 2 Porque si en vuestra congregación entra un hombre con anillo de oro y con ropa espléndida, y también entra un pobre con vestido andrajoso, 3 y miráis con agrado al que trae la ropa espléndida y le decís: Siéntate tú aquí en buen lugar; y decís al pobre: Estate tú allí en pie, o siéntate aquí bajo mi estrado; 4 ¿no hacéis distinciones entre vosotros mismos, y venís a ser jueces con malos pensamientos? 5 Hermanos míos amados, oíd: ¿No ha elegido Dios a los pobres de este mundo, para que sean ricos en fe y herederos del reino que ha prometido a los que le aman? 6 Pero vosotros habéis afrentado al pobre. ¿No os oprimen los ricos, y no son ellos los mismos que os arrastran a los tribunales? 7 ¿No blasfeman ellos el buen nombre que fue invocado sobre vosotros? 8 Si en verdad cumplís la ley real, conforme a la Escritura: Amarás a tu prójimo como a ti mismo, bien hacéis; 9 pero si hacéis acepción de personas, cometéis pecado, y quedáis convictos por la ley como transgresores. 10 Porque cualquiera que guardare toda la ley, pero ofendiere en un punto, se hace culpable de todos. 11 Porque el que dijo: No cometerás adulterio, también ha dicho: No matarás. Ahora bien, si no cometes adulterio, pero matas, ya te has hecho transgresor de la ley. 12 Así hablad, y así haced, como los que habéis de ser juzgados por la ley de la libertad. 13 Porque juicio sin misericordia se hará con aquel que no hiciere misericordia; y la misericordia triunfa sobre el juicio.” (RV 1960).

Anteriormente Jacobo nos habló de la verdadera religión y señaló en esta el cuidado hacia la viuda, el huérfano y guardarse del mundo. Como quién dice, la verdadera religión va más allá de los rituales y vida de apariencia, la religión ha de estar viva, y sus preocupaciones son la misericordia y la obediencia; pues estar realmente ligado a Dios es más que el culto, es vivir una vida de culto a Dios. Eso es en cuanto a la religión, pero ahora, Jacobo comenzará a tratar en cuanto a la fe práctica o el fruto de la fe.

Al igual que hoy, en aquel entonces había personas que decían tener fe, decían ser cristianas, decían muchas cosas; no obstante, muchas veces, estas personas no vivían vidas de acuerdo a la fe que decían profesar. Una de las cosas que se veía -quizá con frecuencia-, era cierto desprecio por los hermanos de escasos recursos y el aprecio ambicioso por aquellos que sí tenían. Si ustedes se dan cuenta, Jacobo está exponiendo la falsedad y la ambición de una vida que dice tener fe, pero que no anda en ella. Ya vimos que el Señor quiere que nos conozcamos a la luz de Su Palabra, y esto en la práctica, se vive en el desierto de la prueba. No quiere que nuestra manera de vivir el cristianismo sea un mero culto, sino que sea un cristianismo vivo, que se vive más allá de las reuniones. Es que se trata de estar fuertemente ligado a Dios, que el Señor ahora nos habita y vive en nosotros (Ga. 2:20). Y si Cristo vive en nosotros, entonces Su vida ha de alumbrar. Mi vida, o lo que yo llamo vida en mí mismo, en Adán, sólo muestra tinieblas y maldad; pero ahora he recibido a Cristo como vida, y la vida de Cristo tiene una particularidad, que es “la luz de los hombres”. Eso nos dice Juan 1:4, en las siguientes palabras:

“En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres” (RV 1960).

Entonces, si realmente hemos creído en el Señor Jesucristo, esta fe no es algo emocional, sino inteligente y diligente. Y en esa fe genuina hay fruto, entonces:

“Hermanos míos, que vuestra fe en nuestro glorioso Señor Jesucristo sea sin acepción de personas” (Stg. 2:1, RV 1960).

SIN ACEPCIÓN DE PERSONAS.

El menosprecio, la acepción de personas, no proviene de Dios ni de una relación viva con Él por medio de Cristo. Esta no es la fe que se nos ha dado. No es la fe que se nos ha enseñado. Porque lo que hemos aprendido de la Palabra de Dios, acerca de Dios mismo, es lo que Romanos 2:11 nos dice:

“… porque no hay acepción de personas para con Dios.” (RV 1960).

Es decir que Dios no hace acepción de personas, y si decimos estar fuertemente ligados a Dios, pero estamos menospreciando a cierto tipo de hermanos, entonces no andamos según la vida de Dios en nosotros, pues Dios no hace acepción de personas. Y estar ligados a Dios, debido a la regeneración, nos va comunicando aspectos de Su naturaleza (2P. 1:4), como Su generosidad y justicia, las que van siendo formadas en nosotros.

Ahora bien, dado que Dios no es el que hace acepción de personas, ¿de dónde proviene nuestra inclinación hacia la acepción? Mis hermanos, no perdamos el hilo de lo que venimos hablando en reuniones anteriores, si hemos sido llevados al desierto, sabemos que siendo hijo de Dios, habiendo recibido a Cristo y estar unido a Él en el Espíritu, aún tenemos un problema que enfrentar, y es que aún mora el pecado en mí (Ro. 7:17), aún cargo con este lastre que llamamos carne (Ga. 5:16-17), con esta naturaleza adámica de la que necesito ser desintoxicado (Ef. 4:22) y de la que me libraré solo cuando venga el Señor (Ro. 8:23). Es por eso que no debemos descuidarnos y pensar que por ser hermanos en Cristo, regenerados, no podemos caer en esto de la acepción de personas; porque Jacobo dice “hermanos míos”, no se dirige a incrédulos, a no-cristianos, se dirige a hijos de Dios. Y siendo hijos, debemos conocer cómo es nuestro Dios, nuestro Padre, para poder discriminar entre lo que es de Dios y lo que es de nosotros en Adán. La acepción de personas no proviene de Dios, sino de esta naturaleza caída. El menosprecio de los hermanos por causa de la posición social, la raza, el sexo, no es algo que provenga del Evangelio, ni de la vida de Dios en nosotros, sino de esta carne corrupta (Ga. 3:28), a la que no debemos dar en el gusto. Y sabiendo esto, es que nunca debemos bajar la guardia y confiarnos de nosotros mismos.

Ahora bien, Jacobo conoce la dureza del corazón, entiende a los testarudos y sabe que algunos podrían buscar excusas y engañarse a sí mismos, diciendo: “No, yo no hago acepción de personas”, por lo que entonces, Jacobo, les muestra a los hermanos el cómo hacen esto.

2 Porque si en vuestra congregación entra un hombre con anillo de oro y con ropa espléndida, y también entra un pobre con vestido andrajoso, 3 y miráis con agrado al que trae la ropa espléndida y le decís: Siéntate tú aquí en buen lugar; y decís al pobre: Estate tú allí en pie, o siéntate aquí bajo mi estrado; 4 ¿no hacéis distinciones entre vosotros mismos, y venís a ser jueces con malos pensamientos?” (Stg. 2:2-4, RV 1960).

De seguro Jacobo no estaba haciendo una parábola, sino mostrando una situación real. Y en esta situación real está poniendo el espejo de la Palabra. Lo primero que hace, es mostrarles que la forma en la que han caído en la acepción de personas es menospreciando al pobre y tratando de forma preferencial al rico. Y no solo esto, sino que el menosprecio muestra no sólo la acepción de personas, sino los malos pensamientos e intenciones que se han alojado en el corazón. Aquellos pensamientos de ambición, de beneficio propio. Mis hermanos, una de las cosas que más corrompe hombres, es el dinero y la ambición (1Ti. 6:10). Y a través de esto no sólo se incurre en el pecado de la codicia, sino en el pecado de herir a los hermanos menospreciándolos, olvidando que esto se lo hacemos al Señor y no solo a ellos (Mt. 25:40).

SALVOS DE LA IRA Y SIENDO SALVADOS DE LO QUE SOMOS.

Frecuentemente, aquellos que hacen un evangelio que es sólo de la gracia, no les gusta oír acerca de pecado, acerca de juicios, acerca de santidad, etcétera; y es por esto que algunos, como Lutero, han llegado a pensar que esta carta no tiene nada que ver con el evangelio de Dios. Pero permítanme decirles algo, el evangelio no se trata de la gracia, se trata de Dios que en Cristo nos ha mostrado gracia. El evangelio no se trata de libertad, se trata de Dios que en Cristo nos liberta. El evangelio no se trata de perdón, sino de Dios que en Cristo nos perdona. Y la razón por la que necesitamos Su gracia es porque este Dios, al cual volvimos a acercarnos, es Santo y sin Su ayuda jamás podríamos llegar a satisfacerle, es decir, a caminar según Sus estándares. La razón por la que necesitamos que Dios nos liberte, es porque estábamos esclavos del pecado. Y la razón por la que necesitábamos Su perdón, es porque Dios es tan infinitamente Santo y Justo, que nuestros pecados nos tenían infinitamente condenados y separados de Él; por lo que si Dios no hacía algo para perdonarnos, jamás seríamos perdonados. ¿Por qué digo todo esto? Porque Dios sigue siendo Santo y Dios, sigue siéndolo. No nos engañemos pensando que por decir que tenemos fe, estamos libres de Su justicia y de Su santidad. Nos nos engañemos pensando que por ser hijos, estamos libres de que Dios nos muestre Su justicia por nuestra mala manera de vivir. Una cosa es que hemos sido salvos de la ira de Dios en Cristo, como en 1 Tesalonicenses 1:10 se nos dice:

“… y esperar de los cielos a su Hijo, al cual resucitó de los muertos, a Jesús, quien nos libra de la ira venidera” (RV 1960).

Este es el aspecto jurídico de la salvación. Pero resulta que no sólo necesitamos ser salvos de la ira, sino también de lo que somos, de la imagen que traemos; pues si nosotros nos entregamos a la imagen adámica que traemos desde la cuna, como Dios es nuestro Padre y no ha dejado de ser Santo y Justo, mire lo que en Hebreos 12:10 se nos dice:

“Y aquéllos, ciertamente por pocos días nos disciplinaban como a ellos les parecía, pero éste para lo que nos es provechoso, para que participemos de su santidad.” (RV 1960).

¿Pero acaso no somos salvos? Claro que sí, pero aparte de ser salvos hemos sido hechos por Dios en Cristo, hijos. Y Dios quiere enseñarles a Sus hijos a andar a la altura de lo que Él es. Y para esto es la disciplina de nuestro Padre Santo y Justo.

LA SERIEDAD DE LA ACEPCIÓN DE PERSONAS Y LA DISCIPLINA DE DIOS.

Jacobo sabía esto, es por eso que pone atención a la acepción de personas, pues una de las cosas que trae disciplina a la casa de Dios es esto. En 1 Corintios 11, desde el versículo 17, Pablo comienza a reprender una actitud de los hermanos. Entre ellos había divisiones y en estas se caía en el menosprecio de los que no tenían nada. Esto significa que amaban a unos y despreciaban a otros, dividiendo el cuerpo de Cristo. En el capítulo 10, Pablo había enseñado que en el pan que se parte se encuentra el testimonio de comunión del cuerpo de Cristo, mientras que en la copa que se bendice, se encuentra el testimonio de la comunión que tiene el cuerpo de Cristo en la sangre del Señor. Entonces, después de mostrar la importancia de este sacrificio debido a la Persona sacrificada (pues aquella Persona no era un simple hombre, sino que era Dios encarnado), Pablo les dice que el menosprecio, que la división del cuerpo, venía a ser motivo de juicios para los hijos, como disciplina. Pablo dice así:

29 Porque el que come y bebe indignamente, sin discernir el cuerpo del Señor, juicio come y bebe para sí. 30 Por lo cual hay muchos enfermos y debilitados entre vosotros, y muchos duermen.” (1Co. 11:29-30, RV 1960).

¿Se dan cuenta, hermanos? Considerando la seriedad de este asunto, entendemos la razón por la cual Jacobo llama la atención de los hermanos a cuidarse de la acepción de personas. No obstante, esto no sólo se ve en el menosprecio que se puede hacer de pobres y ricos, sino también en otras cosas. Como las atenciones especiales a ciertos hermanos por tener un servicio público, mientras que a los que no lo tienen, tratarlos con desprecio. Menospreciar a las hermanas, considerándolas inferiores que los varones. Cosas como estas pueden hacerse con desprecio y de esto tenemos que cuidarnos; porque Dios sigue siendo Santo y Justo, y por ser hijos, no estamos libres de Su disciplina paternal. No nos engañemos. Lo que hace Jacobo no es enjuiciar, sino mostrarnos lo que somos y que no estamos libres ni somos mejores que otros. Jacobo nos llama la atención al cuidado de los pobres, pues eso es lo que la vida del Señor en nosotros quiere.

SOBRE LA CONDUCTA DE POBRES Y RICOS.

Otra cosa importante, es recordar que ya anteriormente, en el capítulo 1, se nos habló de pobres y ricos. Al unir ambas ideas, comprendemos que los hermanos pobres no deben caer en auto-defenderse, en reclamar derechos ante el desprecio, sino que en humildad deben esperar en el Señor la exaltación. De igual forma, el rico, debe identificar cuando se le quiere tratar bien por lo que tiene, y darse cuenta que el Señor no quiere que tenga un reconocimiento en medio de la casa, sino que aprenda a humillarse en Su presencia. Que los hermanos que más tienen, se cuiden de aceptar lisonjas de otros hombres, sea quien sea; pues la lisonja es una red en el camino para hacer caer y extraviar (Pr. 16:29; 28:23; 29:5). Temamos a Dios. Jacobo nos habla de la ley y juicios no porque tengamos que alcanzar salvación por medio del cumplimiento de esta, sino para recordarnos que Dios sigue siendo Justo y Santo, por lo que es digno de temer ante las injusticias y maldades de los hombres.  Jacobo ha expuesto detalladamente la forma en la que se hizo acepción de personas, en la que se avergonzó a los hermanos pobres y se le dio una atención especial a los que sí tenían recursos. Las atenciones, deben ser para todos en justicia y amor, cuidándonos de la ambición de aquellas cosas que provienen de la carne corrupta, de una naturaleza caída. Mis hermanos, no bajemos la guardia. Vamos a parar aquí. Gracia y paz del Señor sean con todos ustedes.

 


 

[1] Por favor, recuerda orar al Señor.