(Texto) 12. Estudio a la epístola de Jacobo – La Palabra de Dios y el cristiano (1:21-25).

 

Amados hermanos, la gracia y la paz del Señor Jesús, sea con todos ustedes. Antes de comenzar vamos a orar, invoquemos a nuestro Señor y Dios, necesitamos de Su ayuda, que nos permita entrar a las profundidades de Su Palabra. Oremos.

[…][1]

Debemos dar gracias al Señor por permitirnos considerar detenidamente esta epístola. Hemos tratado diversos temas y asuntos que se han presentado a medida que leemos; todos estos han sido temas importantes. El Señor nos ha hablado al corazón.

Hoy, Dios mediante, continuaremos con este estudio. Vamos a abrir nuestras Biblias de inmediato en la epístola de Jacobo, capítulo 1, leeremos desde el versículo 21 al 25, donde se nos dice:

21 Por lo cual, desechando toda inmundicia y abundancia de malicia, recibid con mansedumbre la palabra implantada, la cual puede salvar vuestras almas. 22 Pero sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores, engañándoos a vosotros mismos. 23 Porque si alguno es oidor de la palabra pero no hacedor de ella, éste es semejante al hombre que considera en un espejo su rostro natural. 24 Porque él se considera a sí mismo, y se va, y luego olvida cómo era. 25 Mas el que mira atentamente en la perfecta ley, la de la libertad, y persevera en ella, no siendo oidor olvidadizo, sino hacedor de la obra, éste será bienaventurado en lo que hace.” (RV 1960).

LA MANSEDUMBRE Y EL CORAZÓN.

La vez pasada finalizamos hablando acerca de la Palabra de Dios y consideramos que, de acuerdo a lo que el Espíritu Santo condujo a Jacobo a escribir, la Palabra puede salvar nuestras almas. En los versículos leídos recientemente, podemos darnos cuenta que el tema sigue siendo la Palabra de Dios y, lo que podemos observar, es que para tratar con la Palabra nosotros debemos tener presente algunas cosas al momento de oírla o leerla.

Lo primero que haremos, es recordar que la Palabra del Señor no la podemos recibir con un corazón soberbio y rebelde. El versículo 21, la parte “b”, que la vez pasada también leímos, nos dice:

“…recibid con mansedumbre la palabra implantada…” (RV 1960).

La palabra que se tradujo “mansedumbre” es πραΰτητι (praúteti), en otras versiones fue traducida como “humildad”[2] y consiste no sólo en una actitud externa, como quien camina con la cabeza agachada, sino en una actitud del corazón.

Dentro de las cosas que hemos visto, dijimos que el Señor nos lleva al desierto, entre muchas otras razones, para humillarnos; esto debido a que Él resiste al soberbio, pero a los humildes da gracia (Stg. 4:6; 1P. 5:5). Hemos dicho que la más grande bendición es que se nos revele el Hijo, pero para que esto ocurra, aparte de los tratos, necesitamos que la Palabra abunde en nosotros. Es así que comprendemos que al humillarnos el Señor está preparando nuestro corazón, para que éste sea adecuado para la Palabra; porque es necesario que la Palabra sea recibida con mansedumbre, que es la humildad de corazón, la humildad formada en nosotros por los tratos de Dios a Sus hijos en Cristo, que tiene que ver con una actitud humilde en la presencia de Dios, un corazón adecuado para Él; pues, hermanos, para Dios es importantísimo el corazón que tenemos en Su presencia, incluso más que lo exterior. Mire lo que en 1 Samuel 16:7 se nos dice de Dios al respecto:

“Y Jehová respondió a Samuel: No mires a su parecer, ni a lo grande de su estatura, porque yo lo desecho; porque Jehová no mira lo que mira el hombre; pues el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón.” (RV 1960).

¡Qué importante es el corazón delante de Dios! Mis hermanos, según el Espíritu Santo por mano de Jacobo, el  corazón adecuado es el humillado, el manso, el humilde y nadie tiene semejante corazón si no es tratado por Dios en el desierto. Y nadie tiene ese corazón de una vez por todas, sino progresivamente. Porque todos somos soberbios. Romanos 3:18 deja en claro el estado general del ser humano en Adán. Dice:

“No hay temor de Dios delante de sus ojos.” (RV 1960).

En la versión Dios Habla Hoy, se traduce:

“Jamás tienen presente que hay que temer a Dios”.

¿No es esto soberbia? Claro que sí. Y Dios no nos calumnia, Su Palabra no nos calumnia, sino que todos en Adán somos así. Si alguno piensa que esto no aplica a él,  déjeme decirle que no sabe lo que dice, que no se ha estado conociendo y que está bajando la guardia. No se engañe, Dios no miente. Si no cree esto y usted es un hijo de Dios genuino, entonces nuestro Padre Bueno se lo enseñará. Tendrá que aprender esta importantísima lección, la cual provoca desconfianza de usted mismo, dependencia a Dios y confianza en Él. Entonces, mis hermanos, tenemos aquí un gran consejo. Jacobo nos está enseñando por el Espíritu respecto a la forma que recibimos y tratamos con la Palabra de Dios, el corazón correcto con el que hemos de recibirla. Es importante para el cristiano entender esto, pues al momento de recibir la Palabra, honestamente, ¿cómo nos enfrentamos a ella? ¿Cómo la recibimos? ¿Con mansedumbre o con rebeldía? ¿Con un corazón humilde o soberbio? Recuerde que debemos ser honestos con el Señor y que lidiamos con una naturaleza caída; por ende, si nos damos cuenta que estamos resistiendo la Palabra debemos pedir ayuda al Señor.

HONESTIDAD AL RECIBIR.

El hermano Watchman Nee tuvo formación directa, en lo espiritual, de una hermana llamada Margaret Barber[3]. Una hermana de vida cristiana muy profunda. Un día el hermano la fue a ver y la escuchó orando, la hermana le decía al Señor que lo que Él quería en ese momento para ella no le gustaba, pero que no desistiera el Señor de aquello, sino que la esperara, hasta que ella también quisiera. Esto proviene de alguien que se relacionó y profundizó en el conocimiento práctico del Señor. No era soberbia, era honestidad y humildad:

“Señor, confieso que no me gusta, ¡pero no disminuyas tus demandas! ¡Espera, Señor, y yo te lo rendiré a Ti!” (Kinnear, 1995, pp. 50-51).

Ahora bien, esto no quiere decir que debemos aceptar todo sin examinar. Claro que no. Las mismas Escrituras nos enseñan la importancia de examinar (1Ts. 5:21), de discernir (1Co. 2:14; 11:29), de probar lo que se nos dice (1Jn. 4:1; Ap. 2:2). Esto aplica a todo lo que hacemos, leemos u oímos. El tema es que una vez que concluimos que algo es genuinamente del Señor, con una actitud humilde de corazón lo recibamos; y si nos vemos estorbados por algo que pensamos o sentimos, entonces vayamos con honestidad y humildad al Señor, pidiendo Su ayuda y confesando delante de Él lo que nos está pasando. Que el Señor nos ayude a que recibamos aquello que Él nos enseña, con mansedumbre; porque puede que resistamos al Señor aun sabiendo que algo es genuino, que nos resistamos a Su verdad no aceptando Su Palabra, rebelándonos y endureciendo nuestro corazón.

LA SOBERBIA AL OÍR.

Algunos en su soberbia, ante la Palabra del Señor hemos respondido muchas veces con un “sí, ya sé”, resistiendo la Palabra y no recibiéndola. A veces, cegados por el amor propio y ofendidos por la verdad, se resiste al Espíritu Santo y la Palabra de Dios. Pero recuerde usted que el Señor jamás nos calumnia y siempre quiere decirnos la verdad para hacernos libres (Jn. 8:31-32). Y esto es querer nuestro bien, porque nuestro bien es Cristo y sabemos que Cristo es la Verdad; también sabemos que Cristo es la Verdad que nos comunica la Palabra y al conocerlo se nos va mostrando también quién somos nosotros. Esto es bueno para nosotros. Pero mis hermanos, mientras nos resistimos a la Palabra, a la Verdad de Dios, nos hacemos buscadores de nuestro mal,  pues resistimos a Cristo en nosotros por amar lo que somos en Adán, por esclavizarnos a esta naturaleza caída.

Mis hermanos, yo he oído hermanos decir: “Así soy yo, no voy a cambiar y tienen que amarme así”. Saben, eso de que no van a cambiar es verdad, por sí mismos nunca cambiarán; pero el asunto de que tenemos que amarlos así, es humanismo. Escuche esto, Dios no ama la imagen caída en nosotros, Dios aborrece esa imagen y es por eso que la juzga y la ha juzgado duramente en Cristo. Dios nos tratará para desintoxicarnos de Adán, nos quebrantará en el desierto, para que nos desprendamos de esa naturaleza caída, porque somos testarudos y soberbios. Dios quiere tener cabida en nuestro corazón. Es un hecho que el Espíritu de Dios se ha unido a nuestro espíritu inseparablemente (Ez. 36:26-27; 1Co. 6:17), pero el Señor no sólo quiere estar unido a nuestro espíritu, sino habitar por la fe en nuestro corazón (Ef. 3:14-19), el Señor quiere llenarlo todo en nosotros. Pero para esto, la Palabra ha de tener cabida, ha de ser recibida con mansedumbre y los tratos del Señor, nos ayudarán a esto. Porque Él es Bueno y  jamás querrá nuestro mal. Porque Dios ha pensado lo mejor para nosotros, que es Cristo en nosotros la esperanza de gloria (Col. 1:26-28).  Debemos aprender, mis hermanos, a recibir la Palabra de Dios con un corazón adecuado.

LA IMPORTANCIA DE LA PALABRA DE DIOS.

El tema de la Palabra de Dios es importantísimo. A menudo vemos a los hombres impíos intentando desacreditar la Palabra del Señor, pero también, vemos a hermanos intentando desvalorizar la Palabra de Dios. Hermanos que dicen que es más importante el partimiento del pan; que podría faltar la Palabra pero la mesa nunca. ¡Pero qué pensamiento es este! Si no hay Palabra cómo valorarás el partimiento del pan. No hay partimiento del pan, no hay comunión en el cuerpo y en la sangre, si primero no hemos recibido la Palabra de Dios. No voy a decir que el partimiento del pan no tiene importancia, porque sería una mentira y también caería en el mismo error que intentamos refutar; pero sí voy a decir que la Palabra de Dios es fundamental para tener comunión unos con otros, para el partimiento del pan y para las oraciones (Hch. 2:42). Es por la Palabra que tenemos fe, es por la Palabra que tenemos comunión con nuestros hermanos, es por la Palabra que entendemos el partimiento del pan y es por la Palabra que entendemos cómo orar. ¿Se comprende? Es por medio de la Palabra y el Espíritu que hemos nacido de nuevo (Stg. 1:18; Jn. 3), que al creerla hemos llegado a ser salvos, a ser hijos y podemos llegar a ser vencedores.

LA PALABRA COMO ESPEJO, NO ATENDER O MEDITAR.

Jacobo entendía por el Espíritu esto muy bien, entonces explica aún más el asunto de recibir la Palabra con mansedumbre. Jacobo nos dice:

22 Pero sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores, engañándoos a vosotros mismos. 23 Porque si alguno es oidor de la palabra pero no hacedor de ella, éste es semejante al hombre que considera en un espejo su rostro natural. 24 Porque él se considera a sí mismo, y se va, y luego olvida cómo era. 25 Mas el que mira atentamente en la perfecta ley, la de la libertad, y persevera en ella, no siendo oidor olvidadizo, sino hacedor de la obra, éste será bienaventurado en lo que hace.” (RV 1960).

Si la Palabra realmente se ha recibido con mansedumbre, si ha tenido realmente cabida en nuestro corazón, entonces la Palabra nos moverá. Un cristiano que se mueve por la Palabra, es uno que ha recibido y creído a la Palabra. Si la Palabra ha tenido cabida en nuestro corazón, si ha sido recibida, entonces ella tendrá fruto (Is. 55:11). Jacobo nos deja claro que recibir la Palabra provoca una vida cristiana activa en cuanto a lo recibido. Es importante entender que siempre hay cosas que se muestran, fruto de la Palabra, las que pueden variar. Digo esto, porque no se trata de fabricar cosas, sino que se trata de dejar que la Palabra provoque en nosotros lo que quiera Dios. No nos hagamos expectativas, sino que, más bien, dejemos humildemente que la Palabra encuentre lugar en nosotros. Y la mejor manera de permitirle fructificar en nuestro corazón, es meditando en lo recibido.

Jacobo hace un contraste entre los oidores y los hacedores. El simple oidor aparenta recibir la Palabra, cuando realmente no ha prestado atención y esto lo lleva a engañarse a sí mismo. Hermanos, de esto debemos cuidarnos y ser honestos, es mejor decirle a un hermano: “Por favor, ahora no me hables y ora por mí para que el Señor me ayude a oír”, que mover la cabeza como asintiendo, cuando sólo estamos haciendo creer a los hermanos que estamos oyendo. Nos engañamos a nosotros mismos haciendo esto, pues los frutos de la Palabra, mostrarán si realmente hemos creído. Ojo con esto, no son frutos nuestros, sino frutos de la Palabra en nosotros; no se pueden fabricar, sino que naturalmente la Palabra va mostrando cosas en nosotros que los hermanos disciernen.

Luego, Jacobo dice algo que muestra lo que debemos procurar cuando realmente recibimos la Palabra del Señor en el corazón. Parte la idea diciéndonos que:

“si alguno es oidor de la palabra pero no hacedor de ella, éste es semejante al hombre que considera en un espejo su rostro natural” (RV 1960).

Esto es algo que la Palabra hace y venimos diciendo desde la reunión pasada. La Palabra es como un espejo. En ella vemos quién somos y la profundidad de nuestra corrupción. La Palabra nos muestra lo que Dios ve en nosotros, en nuestra naturaleza, progresivamente. Uno delante de un espejo puede ser superficial o detallista. Hay mucho que ver en un espejo, pero también puede ser que no le tomemos en serio.

Después Jacobo nos dice que:

“él se considera a sí mismo, y se va, y luego olvida cómo era” (RV 1960).

 Con esto muestra el caso de no tomar en serio la Palabra, que es no recibirla, este es el oidor olvidadizo. La Palabra entra por nuestros oídos, pero nosotros la dejamos ir, no la atendemos. Jacobo compara  esta práctica a un hombre que ve su reflejo en el espejo, pero luego se olvida de lo que vio. Esto es no poner atención. Mis hermanos, la Palabra obediencia tiene relación al oír. El diccionario Strong[4] dice acerca de la obediencia, que es “escuchar con atención”, entre otras cosas. Esto es semejante al que se mira al espejo y con atención reflexiona sobre lo que ve. Contrario a esto, es aquel que se mira y se va sin prestar atención. Este es el oidor olvidadizo, alguien que no presta atención a la Palabra de Dios. Ella está comunicándonos verdad, pero se menosprecia. A veces el menosprecio viene de no oír lo que nos agrada. Conozco personas que no les gusta su cuerpo, van a comprar una camisa y cuando se ven en el espejo del probador, se duelen al ver los kilos de más y sufren al ver la grasa abdominal que se deja ver. Salen con rabia del probador. Recuerdan el cuerpo que tenían de jóvenes y se lamentan, hasta se entristecen por esto. Semejante a estos son aquellos que nos les gusta lo que la Palabra les muestra de sí mismo. ¿Han oído lo de la doctrina de la prosperidad? Miles de personas se amontonan a oír a estos “pastores” que les predican de bienes, prosperidad y éxito. No son personas de las que debamos lamentarnos, pues ellos mismos han ido en pos de ellos, pues les agrada lo que oyen, 2ª Timoteo 4:3, profetiza:

“Porque vendrá tiempo cuando no sufrirán la sana doctrina, sino que teniendo comezón de oír, se amontonarán maestros conforme a sus propias concupiscencias” (RV 1960).

Personas que resisten la verdad que se les muestra y prefieren cambiarla por la mentira; porque no les gusta lo que ven y la realidad de todo esto. Les interesa aquello que satisface sus deseos, sus intereses, pero hablar de cosas como la cruz, como la prueba, no, eso no. Hace algún tiempo vi una entrevista que le realizaron a un predicador de la prosperidad y autoayuda. En la entrevista se le dice que en uno de sus libros no mencionó siquiera una sola vez el nombre del Señor Jesús. El tipo abordó el tema mostrándole al entrevistador la “ayuda” que las personas le decían recibir de sus sermones, de su positivismo, y hasta lloró por esto. El entrevistador no entendiendo su llanto, le preguntó qué estaba pasando, que lo ayudara a entender las lágrimas. El tipo le dijo que se sentía tan humilde por el éxito de ayudar personas. Pero hermanos, sin mencionar a Cristo, sin la cruz, sin la prueba, sólo decir lo que se quiere oír. No es sólo un problema de aquel predicador, sino de aquellos que lo oyen. Todas esas personas oyen lo que quieren y en ese espejo se quieren quedar, pero no es un espejo limpio, está coloreado por ellos mismos, pues ven lo que quieren ver.

Debemos saber que el Señor quiere que pongamos atención a la Palabra de Dios, pura, verdadera, a veces dura, a veces consoladora, un espejo limpio que muestra lo que Dios quiere que veas y no lo que tú quieres ver. Jacobo, acerca de los que ponen atención de lo que ven, dice:

“Mas el que mira atentamente en la perfecta ley, la de la libertad, y persevera en ella, no siendo oidor olvidadizo, sino hacedor de la obra, éste será bienaventurado en lo que hace.” (Stg. 1:25, RV 1960).

 Abramos nuestro corazón, hermanos, el Espíritu Santo nos está aconsejando por las Escrituras. Debemos mirar al espejo de Dios, que es Su Palabra; y mirarlo atentamente, lo que Él nos dice, aunque nos duela, nos ofenda, porque esto nos liberará. Y luego de esto, luego de prestarle atención, no la olvidemos, sino que meditemos en ella. Reflexionemos en la Palabra. Perseverar en la Palabra y no olvidarla, es ser personas que la reflexionan; personas que, unos a otros, se la comparten para meditarla juntos. Siempre que el Señor nos dice una dura verdad, nos está abriendo la puerta para ser libres de nosotros mismos y poder conocerle más. Que el Señor nos ayude a que, mirándonos al espejo, podamos recibir que “estamos gorditos”, que “debemos bajar de peso”, que “tenemos la cara sucia”, que “estamos desordenados en la alimentación”, que “tenemos sucia la nariz”, etcétera. Ustedes entenderán que estoy hablando en lenguaje figurado. Solo viendo quién somos, podemos pedir y recibir ayuda.

Que el Señor nos ayude a aprender lo que es meditar en Su Palabra. Que nos ayude a reflexionar en ella, a compartir lo que nos ha edificado y confrontado. Que nos ensanche el corazón y no nos permita estrecharnos. Paremos aquí. Amén.

 


 

[1] Tómate un tiempo para orar.

[2] Dios Habla Hoy, La Biblia de las Américas, Nueva Versión Internacional, entre otras.

[3] Kinnear, A. I. (1995). La vida de Nee To-Sheng. Michigan: Portavoz.

[4] Strong, J. (2003). Nueva Concordancia Strong Exhaustiva. Nashville, TN: Grupo Nelson.