(Texto) 11. Estudio a la epístola de Jacobo – Prontos para oír, tardos para hablar y para airarse (1:19-21).

 

Amados hermanos, la gracia y la paz de nuestro Dios y Padre, y del Señor Jesús, el Mesías, Hijo de Dios, nuestro Salvador, sean con todos ustedes. Sabiendo que necesitamos del Señor para entrar en las riquezas y profundidades de Su Palabra, vamos a invocar Su nombre. Estemos orando.

[…][1]

Damos gracias al Señor por permitirnos una vez más leer esta carta. Al ir leyendo la epístola de Jacobo hemos ido tocando diferentes temas, doctrinales y de la vida cristiana, de importancia todos. Hoy seguiremos avanzando y vamos a leer el capítulo 1, verso 19 al 21. A continuación leeré en versión Reina Valera de 1960, que dice así:

19 Por esto, mis amados hermanos, todo hombre sea pronto para oír, tardo para hablar, tardo para airarse; 20 porque la ira del hombre no obra la justicia de Dios. 21 Por lo cual, desechando toda inmundicia y abundancia de malicia, recibid con mansedumbre la palabra implantada, la cual puede salvar vuestras almas.” (RV 1960).

Del párrafo que acabamos de leer, el versículo 19 es la síntesis de todo lo que se va a tratar en los versos restantes.

AMADOS HERMANOS.

Lo primero que consideraremos es que Jacobo les está escribiendo a hermanos, a amados hermanos. Una cosa que debemos considerar es que cada tema que tratamos, cada palabra que se dice en la iglesia, cada corrección, o enseñanza, etcétera; lo hacemos a quiénes son amados hermanos. El calificativo “amado” no es algo que provenga de nuestras emociones o de la simpatía que tengamos por algunos, sino que este adjetivo proviene del hecho que todos nuestros hermanos han sido amados por Dios. Es Dios el que los ha amado, este es el peso y valor que cada hermano tiene, por eso son “amados hermanos”.

Cabe señalar que cuando decimos “hermanos” no se está excluyendo a las hermanas, pues están implícitas; porque en castellano el plural en masculino implica ambos sexos. Es un plural masculino inclusivo. La única razón por la que se diferencian sexos en un escrito o discurso, es cuando son palabras distintas, por ejemplo, “damas y caballeros”; pero decir “hermanos y hermanas” no es correcto, pues al decir “hermanos” en plural, están implícitos ambos.  En el griego del Nuevo Testamento ocurre lo mismo, normalmente se utiliza el plural masculino cuando se dirige o se refiere a personas en general (sin distinción de sexos)[2].

Bueno, decíamos que el calificativo “amado” que tiene cada hermano es primeramente porque ha sido amado por Dios. Y el amor de Dios por ese hermano, al igual que por mí, llegó a grados infinitos al ser Su propio Hijo a quién nos dió para salvarnos, para rescatarnos, para redimirnos. Es por esto que, aunque en mi carne algún hermano no me pudiera simpatizar, aquel es un “amado hermano” porque el adjetivo  “amado” no proviene de mis emociones por él, o de mi simpatía por él, sino del amor de Dios mostrado en Su Hijo por él (Ro. 5:8). Por eso debemos tratar a los hermanos con respeto, sabiéndonos amados por el Señor. Pensar “mi hermano es un hijo amado por Dios en Cristo”, y de esa manera tratarlo. Mis hermanos, esto es muy serio, pues al no considerar esto, muchas veces viene disciplina del Señor a Sus hijos. Permítanme leerles un pasaje que se encuentra en Mateo 5:22, y que dice:

“Pero yo os digo que cualquiera que se enoje contra su hermano, será culpable de juicio; y cualquiera que diga: Necio [3], a su hermano, será culpable ante el concilio; y cualquiera que le diga: Fatuo [4], quedará expuesto al infierno de fuego.” (RV 1960).

Esta es una advertencia del Señor Jesús. Si se dan cuenta, por el sólo hecho de enfurecerme[5] contra mi hermano, quedo expuesto a juicio. Y para qué hablar de tratarlo mal, esto puede llevar a que perdamos el galardón y pasemos un tiempo en la Gehena. ¿Por qué así? Porque Dios lo ha amado en Su Hijo. El valor del amor de Dios por nuestros hermanos, es el valor que tiene el Hijo Eterno delante de Dios. Romanos 5:8 nos dice:

“Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros.” (RV 1960).

Esto nos muestra que el valor del amor de Dios es Su Hijo, porque Dios nos mostró Su amor dándonos a Su Hijo. Así que el que desprecia el amor de Dios, está despreciando al Hijo Amado; el que duda del amor de Dios, está dudando del valor que tiene el Hijo; el que trate mal a un hermano amado, está levantándose en contra del Hijo Eterno y Amado de Dios. Por lo tanto, considerando esto aprendemos que debemos tener cuidado de cómo nos tratamos con nuestros hermanos, porque el amor de Dios por ellos, es Su Hijo. Nunca debemos olvidarnos que son amados por Dios en Cristo.

LA VERDAD Y EL AMOR.

Ahora bien, esto no quiere decir que por el amor de Dios, para no ofender a los hermanos, no diremos la verdad cuando sea necesario decirla. En esto han caído algunos pensando que para no ofender deben tolerar cualquier cosa, pecando contra el Santo Dios. No mis hermanos, esto no es ni debe ser así.

Bajo el “escudo” del amor, se han cometido pecados groseros, porque según se cree, Dios nos ama y perdona cualquier cosa. Sin duda que esto es verdad para un corazón realmente arrepentido y avergonzado, un corazón que no quiere volver a caer por amor al Señor que ha ofendido, porque contra el Señor pecamos (Sal. 51:4); pero esto no es verdad para un corazón perverso que peca voluntariamente con la excusa del amor y la gracia. Dios perdona al que reconoce el pecado y necesita Su ayuda (1Jn. 1:1-10), no al que lo esconde tras el mensaje de la gracia y persevera en él voluntariamente (Ro. 6:1-3).

Mis hermanos, somos llamados a caminar según Dios es, en toda Sus características o atributos, no según un sólo atributo. Debemos andar en amor, pero también en justicia. Y cuando entendemos esto, comprendemos que de ser necesario decir la verdad tenemos que hacerlo con amor. El amor no debe desacreditar a la verdad; porque la verdad debe seguirse y debe decirse, pero siempre en amor (Ef. 4:14-16), considerándonos a nosotros mismos como falibles, no sea que nosotros también caigamos (Ga. 6:1). Por lo tanto, no podemos transar la verdad por el amor, sino discernir y cuando sea necesario, hablar con verdad y en amor. Porque el Señor, nuestro Dios y Salvador, es la Verdad. No sólo somos llamados a disfrutar del amor, sino a caminar en luz (1Jn. 1:5-7), a caminar con verdad. Que el Señor nos ayude a conocerle y entenderle, para que nos conduzcamos en Su presencia de acuerdo a lo que Él es, y no a lo que nosotros queremos que sea.

Jacobo nos demuestra que el amor y la verdad deben caminar juntos; él trata a los hermanos de “amados” y al decir “mis amados hermanos” está reconociéndolos e identificándose con ellos, no los está mirando desde lejos. Los trata con amor, pero además, les dice la verdad.

PRONTOS PARA OÍR, TARDOS PARA HABLAR Y AIRARSE.

Recuerden que el contexto general de lo que venimos estudiando de la epístola es la prueba, el desierto y las cosas que acontecen allí. Entonces, en el versículo 19, Jacobo aconseja tres cosas a los hermanos que se encuentran en medio de la prueba. Jacobo aconseja lo siguiente:

“… todo hombre sea pronto para oír, tardo para hablar, tardo para airarse” (Stg. 1:19, RV 1960).

Tres cosas relacionadas al oír, al hablar y a la ira. Lo que más nos cuesta a nosotros es oír, lo más fácil es hablar y el resultado de esto, es la ira. Para oír debemos estar prestos, es decir, que el oír debe tener prioridad por sobre lo que hablamos, debemos ser diligentes en oír. El hermano Evis L. Carballosa sugiere que Jacobo probablemente tuviera en mente Eclesiastés 5:2 (Carballosa, 2004, p. 112), que dice:

“No te des prisa con tu boca, ni tu corazón se apresure a proferir palabra delante de Dios; porque Dios está en el cielo, y tú sobre la tierra; por tanto, sean pocas tus palabras.” (RV 1960).

El Señor al inspirar a Jacobo siempre tiene en vista Su gloria y nuestro bien. El Señor sabe que nosotros tenemos un problema grande en nuestra humana fragilidad y es que hablamos mucho y oímos poco. El Espíritu Santo al mismo Salomón inspiró para escribir:

“En las muchas palabras no falta pecado; Mas el que refrena sus labios es prudente.” (Pr. 10:19, RV 1960).

Y también nos dice en Eclesiastés 6:1a lo siguiente:

“Ciertamente las muchas palabras multiplican la vanidad… ” (RV 1960).

¿Se dan cuenta? Tenemos un problema con el hablar y somos tardos para oír. Entonces se nos manda:

“… sea pronto para oír, tardo para hablar, tardo para airarse” (Stg. 1: 19, RV 1960).

PRONTO PARA OÍR.

Mis hermanos, es importantísimo que entendamos esto de “pronto para oír”. Jacobo nos está diciendo que debemos darle prioridad al oír, porque en el tiempo de prueba es momento para abrir el oído a lo que Dios quiere decirnos por Su Palabra. En reuniones anteriores vimos que “la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios” (Ro. 10:17, RV 1960), ¿lo recuerdan? No podemos olvidar esto, no podemos olvidar que Dios quiere hablarnos, que Dios quiere que lo conozcamos y crezcamos en la fe; no podemos olvidar que Dios quiere purificar nuestra fe y que el Señor quiere mostrarnos quiénes somos. La prueba es el momento donde Dios se prepara para hablar, por lo tanto, es el momento donde nosotros debemos prepararnos para oír.

Durante la prueba es tiempo de oír, es tiempo de abrir el oído y disponerse a que el Señor nos hable. Aquí nos damos cuenta la importancia de la Palabra de Dios en medio de la prueba. Las Escrituras han de ser una constante en la vida del cristiano, pero también, debemos abrir nuestros oídos a la voz del Señor entre los santos. Debemos, por lo tanto, poner atención a la voz del Señor, a lo que nos quiere hablar. Dios hablará y debemos estar atentos, porque puede ser directamente por nuestra búsqueda en las Escrituras que el Espíritu nos hable al corazón; o puede ser mediante la comunión de los santos que el Espíritu nos ilumine respecto a las Escrituras y nos hable; o por los ministerios de la Palabra que, mientras predican o enseñan, el Espíritu abre nuestro corazón para hablarnos en lo profundo y en lo personal. Lo importante, es que el Señor nos permita oír Su voz. En el Cantar de los cantares, capítulo 8, versículo 13, dice:

“Oh, tú que habitas en los huertos,
Los compañeros escuchan tu voz;
Házmela oír.” (RV 1960).

En medio de la prueba debemos pedirle al Señor que nos haga oír Su voz, que nos permita discernirla y estar dispuestos a aceptar Su enseñanza. Recuerdo a un hermano en medio de una prueba. El hermano necesitaba oír algo, pero saben, no era la voz del Señor lo que quería, sino que deseaba oír algo que le gustara a él, que le satisficiere. Entonces, mientras estábamos en un campamento cristiano de verano, se acercó a un hermano en la fe que él consideraba mayor y le preguntó si tenía del Señor una palabra para él respecto a la situación que estaba viviendo. Estaba muy cerca de mí, por lo que pude oír. El hermano le dijo algo que claramente era del Señor, dejándolo en silencio, meditando, luego se marchó. Pasaron algunas horas y lo vi acercarse a otro hermano que, estaba cerca de mí y al que también le preguntó si tenía un consejo del Señor para él. El hermano le dijo algo similar a lo del otro hermano, sin acuerdo previo, dejándolo en silencio y meditando. Dio gracias, se paró y se marchó. Pasaron un par de horas, hasta que por tercera vez, luego de haber dado varias vueltas, fue a conversar conmigo, a preguntarme lo mismo. Lo quedé mirando y le pregunté si acaso no le parecía que era el consejo del Señor aquello que le habían dicho los hermanos. A lo que me respondió: “Sí”. Entonces le dije: “Mi hermano, si sabes que es un consejo del Señor, ¿por qué sigues preguntando?”, me quedó mirando y entendió que era debido a que no le gustaba lo que había oído. Quería que el Señor cambiara de parecer respecto a lo que él sabía que debía ser como se le aconsejaba.

Mis hermanos, les cuento esto para que se den cuenta que no siempre nos gustará lo que oímos del Señor. Recuerden que en el desierto nos descubrimos como somos a los ojos de Dios. Y esto, a nadie le gusta. Uno es confrontado con lo que Dios aborrece de uno, y saben, nos damos cuenta que aquello que Dios aborrece es algo que nosotros amamos. Dios quiere desvestirnos de quiénes somos en Adán, pero para vestirnos de las gloriosas ropas de lo que es Cristo. ¿Me explico? Hay hermanos que cuentan que en el desierto el Señor les permitió ver sus iniquidades, las cuales tuvieron que confesar. Pecados ocultos, cosas que ellos intentaban tapar con la sangre de Cristo, no que fueran limpias, sino que fueran escondidas. Hermanos que aprendieron de la justicia de Dios en el desierto, que tuvieron que arrepentirse de la liviandad con la que caminaban, para caminar íntegramente con el Señor. Oír que mentimos nos parece risible, pero oír que mentimos porque somos mentirosos, resulta serio.

TARDO PARA HABLAR.

Jacobo nos dice además, que debemos ser  “tardo para hablar”. Esto quiere decir que debemos frenar nuestras palabras. En el desierto, mis hermanos, nos podemos llenar de rebeliones producto de que no sabemos lo que pasa. Ya se nos aconsejó antes que si necesitamos sabiduría se la pidamos a Dios, esta sabiduría es para entender lo que Dios está haciendo, para ver Su mano y Su voluntad. Si pedimos sabiduría, debemos abrir el oído y disponernos a que Dios nos muestre lo que quiera. Junto con esto, debemos cerrar nuestra boca.

Debemos tener presente que estamos en presencia del Señor. Mientras padecemos, mientras estamos siendo quebrantados, mientras somos probados, procuremos que nuestra boca no profiera palabras. Esto no quiere decir que no oremos, por el contrario, es el tiempo en que debemos humillarnos delante del Señor; pero es el tiempo de callarnos en base a nuestras deducciones egocéntricas que nos quieren pobretear. El tentador quiere que nos vayamos en contra de Dios, quiere que blasfememos contra Su Nombre (Job. 1:11). Quiere que maldigamos a Dios. La misma mujer de Job le dijo que blasfemara contra Dios y se muriera (Job. 2:9). Todas esas cosas nacen del corazón y se pronuncian con la boca. Es por esto que en el dolor, en el desierto, Jacobo nos recomienda que pensemos bien lo que vamos a hablar, lo mejor es estar en silencio, dejar que pase la tormenta que se vive en nuestras emociones y abrir el oído para que Dios hable.

TARDOS PARA AIRARSE.

Mis hermanos, si no tenemos cuidado en las palabras que proferimos y en los sentimientos que dejamos posarse en nuestra alma, caeremos en la ira. Porque la ira del hombre viene de las emociones. Nos enfurecemos y contra el Señor nos rebelamos. Esto hará que nuestra estancia en el desierto sea más larga. Jacobo nos explica que “la ira del hombre no obra la justicia de Dios” (Stg. 1:29, RV 1960). Dios es el único que cuando se aíra mantiene equilibrado Su amor y Su justicia; pero nosotros, somos seres caídos y el Espíritu Santo nos quiere mostrar que airados jamás obraremos a favor del Justo Dios. Mis hermanos, aquí podemos obtener dos grandes consejos para nosotros. Ponga atención: 

  1. Jamás tomemos una decisión airados.
  2. Jamás digamos algo airados.

Si decimos o hacemos algo airados, créame, nos arrepentiremos a la larga. Si hay rabia, si hay ira, lloremos, pero no digamos palabras ni tomemos decisiones. Esto nos muestra que no siempre lo que se dice es lo que creemos, sino que a veces es sólo lo que sentimos. ¿Saben dónde se ve este problema a menudo? En el matrimonio. Muchas discusiones matrimoniales y heridas, son debido a lo que en un momento de ira se dijo o se decidió. ¡Cuánto debemos pedirle al Señor que nos ayude! Podemos caer en el juicio del Señor al enojarnos con un hermano, y entendemos con esto que la razón es que podemos decir o decidir algo totalmente injusto y pasional, hiriendo a nuestros hermanos y/o cónyuges. Qué cuidado debemos tener con la ira.

Jacobo no quiere que nos engañemos, la ira junto con el hablar, son armas muy cortantes, que pueden matar y/o herir. Nos pueden llevar a la desgracia y a lastimar a quienes amamos. Nos puede traer disciplina de nuestro Padre. Mis hermanos, la ira del hombre nunca obrará la justicia de Dios, pero traerá tristeza a nosotros. Proverbios 19:19, nos dice:

“El de grande ira llevará la pena; Y si usa de violencias, añadirá nuevos males.” (RV 1960).

¿Interesante, no? El que almacena gran ira llevará gran pena y de la ira a la violencia, hay un paso muy pequeño, lo cual sólo traerá males.

LA PALABRA DE DIOS.

El Señor quiere salvarnos. El Señor quiere ayudarnos con nosotros mismos. Entonces Jacobo nos dice:

“Por lo cual, desechando toda inmundicia y abundancia de malicia, recibid con mansedumbre la palabra implantada, la cual puede salvar vuestras almas” (Stg. 1:21, RV 1960).

¿Cuál es la salida? ¿Cuál es nuestra salvación? Primero desechar la inmundicia y la maldad que provienen de nuestra carne, de emociones caídas que el tentador quiere exacerbar. Y, negándonos a reaccionar en nosotros mismos, con la ayuda del Señor, humillémonos hasta las lágrimas si fuese necesario, y dejemos que Su Palabra entre a nosotros. Esto será para salvar nuestra alma, para salvarnos de nosotros mismos. Para desintoxicarnos de la vida caída. Para desvestirnos del viejo hombre y vestirnos del nuevo. Porque si bien somos salvos en Cristo y tenemos vida eterna, Dios tiene que salvar nuestra alma de lo que somos en Adán y esto, lo hará mediante Su Palabra, el Espíritu y las pruebas. ¡Qué importancia tiene la Palabra de Dios! Debemos aprender a leerla, a dejar que nos hable, a oírla, a meditar, a reflexionar en ella, a ocupar nuestros pensamientos en ella. Que el Señor vaya cambiando nuestros paradigmas, aquellos pensamientos que sostenemos y que nos llevan a vivir como vivimos. Necesitamos tanto que el Señor nos abra el oído. Que nos diga “¡Efata!” (Mr. 7:34) y se nos abran los oídos. Y nos ayude a oírle y dejar que Su Palabra pase de nuestro espíritu a nuestra alma. Es decir, que toque lo que somos como personas, nuestra manera de vivir, de pensar, de sentir. Necesitamos urgentemente que el Señor nos salve de lo que somos y esto, comienza por Su Palabra que nos hace libres por la verdad que nos trae (Jn. 8:31-32).

Mis hermanos, no resistamos la Palabra del Señor, sino que abramos el corazón para oírla. Quizá a usted no le gusta como yo expongo estas cosas, pero por favor, si discierne del Señor algo, abra el corazón y deje que la Palabra del Señor entre a su corazón. Si la Palabra le habla, entonces que ella prevalezca y lo que desaprueba sea quitado y desechado. Que sea Su Palabra que tenga preeminencia en nuestra alma.

Creo que por ahora nos detendremos aquí. Hay tanto que decir, pero que el Espíritu siga hablando a nuestro corazón. Amén.

 


 

[1] No olvides orar a nuestro Señor. Que te edifique y guarde.

[2] Carson, D. A. (2013). Falacias Exegéticas (p. 45). Barcelona: Editorial CLIE.

[3] BTX III, dice: “¡Raca!”, prob. imbécil, estúpido

[4] BTX III, dice: “¡Moré!”, prob. necio, cabeza hueca

[5] BTX III, dice: “enfurezca”.