(TEXTO) 9. Estudio a la epístola de Jacobo – La prueba y la tentación (1:13-18).

 

Amados hermanos, la gracia y la paz de nuestro Dios y del Señor Jesucristo, nuestro Salvador, sean con todos ustedes. Como siempre, antes de partir nuestra lectura, estemos orando.

[…][1]

Hoy,  ya es nuestra novena sesión de lectura y estudio de la epístola atribuida a Jacobo, el hermano del Señor[2]. Hemos tratado diversos temas que se nos han ido presentando hasta el momento, temas relacionados a la prueba, por ejemplo:

  • La prueba de nuestra fe.
  • La purificación de nuestra fe mediante la prueba.
  • La paciencia como resultado de la prueba.
  • El conocimiento de Cristo como el mayor galardón que podamos obtener después de la prueba.
  • La prueba y la alegoría de esta en el desierto que pasó Israel.
  • El Señor humillándonos para darnos Su gracia.
  • La prueba como instrumento para mostrarnos quiénes somos.
  • El Señor queriéndose revelar a nosotros en la prueba.
  • El Señor purificando nuestro amor por Él, mediante la prueba.
  • Entre otras cosas.

Varias cosas hemos visto hasta el momento y, espero, todas estas hayan sido de edificación y enseñanza para usted como para mí lo han sido al estudiarlas.

Pero hoy es otro día y debemos avanzar, y vamos a tocar otro tema relacionado a la prueba de nuestra fe, al desierto. Vamos a abrir las Escrituras en la epístola de Jacobo, capítulo 1, y leeremos desde el versículo 13 en adelante, hasta el 18 para ser exactos, allí se nos dice:

13 Cuando alguno es tentado, no diga que es tentado de parte de Dios; porque Dios no puede ser tentado por el mal, ni él tienta a nadie; 14 sino que cada uno es tentado, cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido. 15 Entonces la concupiscencia, después que ha concebido, da a luz el pecado; y el pecado, siendo consumado, da a luz la muerte. 16 Amados hermanos míos, no erréis. 17 Toda buena dádiva y todo don perfecto desciende de lo alto, del Padre de las luces, en el cual no hay mudanza, ni sombra de variación. 18 El, de su voluntad, nos hizo nacer por la palabra de verdad, para que seamos primicias de sus criaturas.” (RV 1960).

LA TENTACIÓN EN EL DESIERTO.

Hoy, sí que hablaremos de la tentación y es necesario que hablemos de esto, para poder estar apercibidos, armados, al momento de que esto ocurra.

La vez pasada hicimos un símil entre la prueba y el desierto, ¿lo recuerdan, cierto? En el desierto somos probados, somos afligidos y todo lo que hemos visto hasta el momento. No obstante, hermanos, en el desierto, en medio de la prueba, siempre ocurrirá algo: seremos tentados.

Vemos en los evangelios que el Señor Jesús después de bautizarse, el Espíritu lo llevó al desierto y allí, cuando tuvo hambre, apareció el diablo e intentó tentarlo (Mt. 4:1-11; Mr. 1:12-13; Lc. 4:1-13).  Hemos dicho en reuniones anteriores que quién nos prueba, quién nos lleva al desierto, es el Señor. Es Dios el que nos trae al desierto, es Dios el que nos lleva por el desierto, pero nunca sin un propósito. Ya en las sesiones anteriores vimos varias razones por las que Dios nos lleva al desierto, entre estas vimos que es necesario que seamos humillados, porque somos soberbios; también, es necesario que purifique nuestra fe y amor; además, Dios quiere mostrarnos quiénes somos y, gloriosamente, darnos a conocer quién y cómo es Él en Cristo, es decir, revelarnos e iluminarnos mediante el Espíritu a Cristo, esto, lo llamamos, epignosis. Espero lo recuerde.

Entonces, decíamos, es Dios el que nos lleva, vamos en y con Él al desierto; pero aparte de todo esto,  en el desierto aparece algo que debemos entender y que es instrumento para que entendamos mejor quiénes y cómo somos: la tentación.

Acerca de la tentación, una curiosidad escritural acerca de esta palabra[3], es que dependiendo del contexto, se traduce “prueba” o “tentación”; personalmente creo que esto es debido a que Dios en Su Omnisciencia nos quiere dejar claro que siempre, mediante la prueba,  en el desierto, seremos tentados. Siempre en el desierto, en la prueba, aparece la tentación. ¿Cuál es la razón? Jacobo nos quiere enseñar algo, nos quiere enseñar y quiere llamar nuestra atención a comprender quiénes y cómo somos. Porque recuerden, en el desierto Dios quiere que nos conozcamos, que sepamos quiénes somos, que entendamos cómo somos. Porque Dios lo sabe, el Señor sabe qué hay en nosotros (Jn. 2:25); pero nosotros lo sabemos poco, lo estamos sabiendo, o definitivamente,  no lo sabemos.

El Señor Jesús se enfrentó al tentador, que es el diablo, Satanás; y sabemos que salió vencedor. El primer hombre -varón y mujer- fue tentado por el diablo, pero resultó perdedor, entregándose a él (Gn. 3). Así cayó en la más terrible de las desgracias: el pecado. Y desde allí, entró la muerte y el hombre se hizo un ser caído (Ro. 5:12).

DIOS NO TIENTA NI SE PUEDE TENTAR, DIOS ES SANTO.

Lo primero que Jacobo nos dice es que debemos tener muy claro que ninguno de nosotros es tentado por Dios. No es Dios quién nos tienta, no es Dios el que provoca en nosotros la tentación, el deseo de pecar no viene de Dios. De Dios no proviene la rabia, ni la rebelión, ni los deseos lujuriosos, ni el pecado; nada de esto proviene de Dios. Jacobo nos dice la razón por la que no es algo que proviene de Dios, argumentando:

“…porque Dios no puede ser tentado por el mal, ni él tienta a nadie” (RV 1960).

Lo que quiere decir el griego aquí, es que Dios es “no posible de tentar”[4]. O sea que, así como Dios es “no creado” o “increado”, Dios es “no posible de tentar”. En esta corta frase Jacobo nos está hablando que Dios es santísimo.

Ustedes ya saben que Dios es santísimo, lo estudiamos en una serie anterior, llamada “Los atributos de Dios”[5]. Dios es “no posible de tentar” porque Dios es santísimo. No es sólo que Dios se comporte santamente, sino que Dios es santo por naturaleza y esencia. Nada puede tentar al Señor, pues Él no puede ser tentado por nada ni nadie, porque Dios es santo. Sería antinatural para Dios el sentirse tentado y sería antinatural para Dios tentar a alguien, porque Dios es santo. Dios es impecable, Dios es santo y no hay tentación para Él ni pecado en Él. Visto desde el punto de vista de Dios, es un absurdo siquiera pensar en esto, ¿por qué? Porque Dios es santo. Y dentro de las cosas que aprendimos, es que en Su santidad, Dios puede consumir[6] al pecador (Ex. 33:5; Nm. 16:21, 45). Es por Su santidad que ningún pecador puede venir en sus pecados a Su presencia, es por eso que Dios ha dado a Su Hijo, para ser la Ofrenda de expiación por el pecado de muchos (Heb. 9:28). O sea, los que hemos creído en Cristo Jesús, no nos presentamos en nosotros mismos ante Dios, más bien, nos presentamos en el Santo Hijo de Dios, dicho de otro modo, nos quitamos nuestras hojas de higuera y dejamos que Dios nos vista con la justicia que es en Su Hijo (Gn. 3:7, 21; Ro. 1:17; 3:21-22;  Flp. 3:9).

Entendemos así, que la santidad de Dios lo hace imposible de tentar, pero además nos muestra que Él no tienta a nadie. Así como por Su justicia no se permite dejar impune el pecado ni tener por inocente al culpable, por Su santidad, Dios no puede ser tentado ni Él tentar a nadie. Su santidad es cosa tremenda, es por ésta que se nos impide verle si es que no caminamos en santidad, porque sin ésta nadie verá al Señor (Heb. 12:14). Si usted quiere disfrutar la comunión con el Señor y no ha considerado el camino de la santificación, entonces, no lo verá jamás; porque no se puede tener comunión con Dios viviendo una vida licenciosa[7]; porque podemos ser salvos y, siéndolo, no disfrutar de la comunión con Él (1Jn. 1:6-7). Ahora, si alguien se conforma sólo con ser salvo y vivir licenciosamente en el pecado, le preguntaría con toda honestidad: “¿Realmente eres salvo?”. Porque Juan nos muestra que el que ha nacido de nuevo, de Dios, no practica el pecado voluntariamente, porque tiene la simiente de Dios (1Jn. 3:9);  pues teniendo la vida de Dios en nosotros y, siendo Dios santo, entonces por esta vida que portamos nos sentiríamos incómodos y tristes al pecar. No quiere decir que no pecamos, pero tampoco quiere decir que vivimos felices si lo hacemos. El pecado ya no es una opción de vida, se vuelve un estorbo en el camino (1Jn. 3:8-9). Todo esto porque Dios es santo.

Así es que, hermanos, siendo Dios santo, entendiendo que no hay en El maldad ni pecado, entendemos lo que Jacobo nos dice: Dios no nos tienta y es absurdo pensar que Dios puede ser tentado, porque Dios es santo. Así que la tentación, no proviene de Dios.

Entonces, si la tentación no proviene de Dios, ¿podemos echarle la culpa al diablo? ¿Podemos decir que es el diablo que nos obliga a sentir, hacer y pensar lo rebelde, malo y pecaminoso? No, tampoco. No es el diablo que provoca en nosotros el deseo, el sentimiento, la concupiscencia; sino que, esta proviene de nosotros mismos.

LA CONCUPISCENCIA.

La palabra “concupiscencia” que se tradujo aquí, proviene del griego ἐπιθυμία (epidsymía)[8], y quiere decir “tener un deseo profundo hacia algo” (Carballosa, 2004, p. 102). El deseo de aquello no proviene de Dios, no es Dios el que nos lo provoca; tampoco aquel deseo proviene del diablo, no es el diablo que nos hace desear esto. Aquel deseo proviene de nosotros mismos. Jacobo nos dice que:

“…cada uno es tentado, cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido” (RV 1960).

Dice “de su propia”, indicándonos que este deseo no proviene de otro, sino que está en nosotros, es nuestro, nace de nosotros. Es importante entender que cuando hablamos de concupiscencia hablamos de la tentación. La tentación proviene de nuestra propia concupiscencia, proviene del deseo profundo que está en nuestra naturaleza caída. No es que la tentación provenga de afuera, sino que lo que vemos afuera hace que la concupiscencia en nosotros reaccione. Entonces lo que nos tienta, deja en evidencia la concupiscencia que hay en nosotros. Voy a poner un ejemplo. El tentador trae un helado de chocolate y lo pone frente a nosotros, inmediatamente dentro de nosotros surge el deseo profundo de comernos el helado de chocolate. El tentador y el helado están fuera de nosotros, pero el deseo surgió en nuestro interior, dejando en evidencia que nos gusta el helado de chocolate y que somos golosos. ¿Se dan cuenta? Entonces cuando algo nos tienta, está revelando quiénes somos y no podemos avanzar si no conocemos quiénes somos. Ponga atención, Dios quiere que entendamos quiénes somos, cómo somos y a través de lo que nos tienta, comprendemos lo que el apóstol Pablo, en Romanos 7, en los versículos 17 y 20, nos dice dos veces:

 “… el pecado que mora en mí” (RV 1960).

Si no nos conocemos, entonces no somos confiables; si no sabemos que el pecado mora en nosotros, entonces seremos engañados. Podemos ser engañados y sucumbir ante nuestra propia naturaleza caída, volviéndonos vulnerables a los ataques del enemigo. Recuerdo un día que estaba enseñando esto en una reunión, hablando de la naturaleza caída que portamos hasta la venida del Señor (Ro. 8:23; 1Co. 15:51-52). Al finalizar, un hermano dijo: “Hermano, yo desde que recibí al Señor ya no soy un pecador”, lo miramos con compasión, pues el hermano no sabía lo que decía. A la semana siguiente de esa declaración, el hermano llegó a la reunión muy inquieto y pidió la oportunidad para hablar, así que le oímos. Nos contó que aquella semana había sido desastrosa, que incluso casi sufrió un accidente automovilístico que hizo que se diera cuenta que él seguía siendo pecador, pues su reacción para con el otro conductor, fue grosera y violenta, dándose cuenta que si él se descuidaba, el viejo hombre aparecería.

LA TENTACIÓN, CRISTO, ADÁN Y EVA.

El pecado mora en nosotros y es por esto que somos seducidos a pecar. La tentación, deja en evidencia  lo que hay en nosotros. Satanás viene como el tentador, pero la tentación es provocada en nosotros por el deseo profundo que mora en nuestra naturaleza caída: la concupiscencia del pecado. Es por esto que debemos corregir cuando decimos que el Señor Jesús fue tentado por el diablo. Los subtítulos de la Sociedad Bíblica a los pasajes de Mateo 4 y Marcos 1 acerca del Señor Jesús y el tentador, ponen “La tentación de Jesús”. ¡Error! El Señor no tuvo tentación, el diablo intentó tentar al Señor; pero en el Señor Jesús no hay pecado que le sedujera y provocará el deseo profundo por pecar. A modo de metáfora, Satanás trajo el helado de chocolate al Señor y Él no se lo comió; y no sólo esto, sino que en Él no hubo nada que le empujara o sedujera para que tomara el helado, ¿por qué? Porque no había concupiscencia, no había un deseo carnal batallando contra Él (1P. 2:11), ¿se entiende? Entonces no es “la tentación de Jesús”, porque Jacobo nos dice que Él no puede ser tentado por el mal ni tienta a nadie, lo que realmente fue, es el intento fallido de Satanás por tentarle.

Adán y Eva estaban originalmente en la misma condición humana del Señor y no había en ellos pecado, ni concupiscencia que les llevara a desobedecer; sino que a ellos como -dicen las Escrituras- les pareció bien comer de aquel árbol producto del engaño (2Co. 11:3) y de la desobediencia. Sea como sea, ellos comieron del árbol voluntariamente, no fueron seducidos desde adentro, sino que Eva comió engañada (Gn. 3:13), pero comió de su propia voluntad, porque le pareció bien comerlo y tener entendimiento como Dios (Gn. 3:6). Que comiera engañada, quiere decir que comió porque creyó en una mentira; pero creyó en aquella mentira pensando que era verdad.  Contrario a Eva, Adán, no fue engañado (1Ti. 2:14), sino que este comió obedeciendo a su mujer y desobedeciendo a Dios; no fue engañado ni seducido desde adentro, sino que voluntariamente desobedeció y entró el pecado al mundo (Ro. 5:19). ¿Se dan cuenta?

LO QUE VAMOS DESCUBRIENDO DE NOSOTROS MISMOS.

Dicho lo anterior, podemos entender que la tentación en nosotros nos muestra lo que hay en nuestra humanidad. No es que el deseo venga de afuera, sino que lo de afuera muestra el deseo, la concupiscencia que está en nuestros miembros. Esto muestra que tenemos un problema, y el problema, somos nosotros mismos. Nosotros, al igual que Israel en Egipto fuimos sacados a libertad en Cristo siendo salvados por Su sangre; pero saben, Israel no sólo necesitaba salir físicamente de Egipto, sino también ser desintoxicados de Egipto. Su cuerpo fue sacado de Egipto, pero también su alma necesitaba ser liberada de la imagen egipcia formada en ellos. De la misma manera, nosotros necesitamos ser desintoxicados del viejo hombre (Ef. 4:22), pero para esto, debemos saber quiénes y cómo somos, pues sabiéndolo, podremos humillarnos delante del Señor y pedir Su ayuda que, progresivamente, por el Espíritu, la sangre de Cristo y la Palabra, se nos irá dando.

Quizá usted ya sabe esto intelectualmente, pero hermano, es en el desierto, en medio de la prueba que usted se dará cuenta qué es el pecado morando en usted. Es en la prueba que usted se dará cuenta que le gusta el pecado. Que aquello que lo seduce no es porque se le esté forzando a  tener este deseo, sino porque usted tiene algo en sus miembros que actúa en su contra, que lo seduce, que lo lleva a pensar en aquello y desearlo profundamente; algo que lo tienta a rebelarse, a enrabiarse, a quejarse, a idolatrarse, a encelarse, esto es, como lo dice Pablo “el pecado que mora en mí” (Ro. 7:17).  Nosotros, a diferencia del Señor, somos personas posibles de tentar, por lo que necesitamos permanecer en el Señor. Es necesario estar atentos y orar entregándonos al Señor diariamente, pidiendo ayuda (Mt. 26:41; Mr. 14:38; Lc. 22:46; Heb. 4:14-15).

Es en el desierto que llegamos a comprender qué clase de personas somos. No es sólo que mintamos, sino que descubrimos que somos mentirosos y somos seducidos por la mentira. Así comprendemos que necesitamos ser salvados de nosotros mismos. No sólo ser perdonados de nuestros pecados, sino librados de nuestra naturaleza caída. Si no comprendemos esto, confiaremos en nuestro amor por el Señor y pensaremos que es posible seguirle por causa de este amor que sentimos. Pero a mitad de camino, tal cual Simón Pedro, terminaremos negándole, ¿por qué? Porque descubriremos que estas emociones por Él, son inferiores al amor que tenemos por nosotros mismos. Descubriremos que es engañoso nuestro corazón (Jer. 17:9) y que necesitamos conocerlo. Porque el pecado mora en mí y si no es por el Espíritu, no puedo amarle.

Jacobo nos trae una gran lección, nos quiere mostrar lo caído que estamos, lo corrompidos que estamos, lo pecadores que somos. Esto ha de provocar en nosotros una dependencia hacia Dios, hacia la sangre de Cristo, hacia el Espíritu Santo. Porque si nosotros somos así de malos, de caídos, entonces, necesitamos ayuda. Y,  gloria al Señor que nos ha dado Su Espíritu y lo ha puesto en nuestro espíritu regenerado, para ayudarnos a andar en una nueva vida, a quitar o despojarnos del viejo hombre y a poner lo del Hombre Nuevo (Ez. 36:26-27).  El Señor quiere llevarnos a la comprensión de que estamos totalmente caídos y que necesitamos la santificación. Esta es la forma de entender que sin Él, nada podemos hacer (Jn. 15:5). Esto es importante, porque esto no es sólo la voluntad de Dios, sino que es algo que también necesitamos. No sólo Dios lo quiere, sino que nosotros necesitamos esto.  La razón, es que somos seres caídos y, el pecado, mora en nosotros. A medida que el Señor vaya avanzando en nosotros, más dependientes seremos de Él; porque entenderemos nuestra impotencia, nuestra fragilidad y le pediremos ayuda para no ser tentados; ya que podemos caer y deshonrarlo si Él no nos socorre (Mt. 6:13; Heb. 4:14-15).

DEPENDIENTES DEL SEÑOR, RADICALES CON NUESTRA NATURALEZA.

Es por eso hermanos que en medio de la prueba, cuando somos tentados, debemos clamar al Señor. Y debemos comprender que la tentación no sólo quiere llevarnos a pecar con nuestros cuerpos, sino también con nuestras almas. No sólo vendrá a mostrarnos la fornicación, de la que siempre hay que huir (1Co. 6:18) y jamás confiarnos. Permítanme esta digresión.

Hermanos, de la fornicación hay que huir siempre. Si usted está sirviendo al Señor cuídese de reunirse a solas con hermanas, ojalá sean las ancianas que se ocupen de las hermanas más jóvenes (Tit. 2:3-5); pero si usted, por alguna razón, tiene que conversar con alguna hermana, que no sea a solas. Ojala tu esposa te acompañe. No nos fiemos de nosotros mismos. De la fornicación se huye. No decimos con esto que las hermanas estén buscando seducir a los hermanos, estamos hablando de que el pecado, la concupiscencia mora en nuestros miembros, no hay que bajar la guardia, porque por esto muchos hombres que estaban sirviendo al Señor han caído. De la fornicación se huye, sea una mujer, sea pornografía, de la fornicación debemos huir. Y esto, es para varones y mujeres, porque el pecado mora en nosotros. Por favor, no seamos ingenuos.

Saben, cuando por el Espíritu vamos conociéndonos, aprendemos que con nosotros mismos debemos ser radicales. Con nuestra carne hay que serlo, no darnos ninguna licencia; porque un centímetro de permiso, puede terminar con un kilómetro de libertinaje. El Señor Jesús nos enseña a ser radicales con nosotros mismos. En Mateo 5:29 nos dice:

“Por tanto, si tu ojo derecho te es ocasión de caer, sácalo, y échalo de ti; pues mejor te es que se pierda uno de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea echado al infierno.” (RV 1960).

¿Lo ven? Debemos ser radicales con los apetitos de la carne, con nuestra humanidad caída, con nosotros mismos. Como dijo un hermano: “Si el internet te es ocasión de caer, entonces córtalo”. Esto no puedes entenderlo si no has sufrido contigo mismo en el desierto, ante la tentación. Y si no te has dado cuenta quién eres llamarás esto “santurronería”; pero son las palabras del Señor Jesús las que leímos en Mateo 5:29.

Hay hermanos que comenzaron a relacionarse con personas del mundo, a ser íntimos, a visitarlos, se hicieron amigos, y en esto dejaron la comunión del cuerpo de Cristo. Sus amigos eran borrachos, fiesteros y desenfrenados, ¿cómo creen ustedes que acabaron estos hermanos? Igual que ellos, ¿por qué? Por el pecado que mora en nosotros. Si tú estás sufriendo alguna situación como esta, ¿qué crees que debes hacer? Cortarlos, deja esas amistades, quítalas de ti, vuelve a la comunión del cuerpo de Cristo. Quizá te excuses diciendo que quieres predicarles, ¿pero por qué apartarse de los hermanos en Cristo? No te engañes a ti mismo. Está claro que debemos evangelizar, pero ojo, eso no significa que le daremos licencias a nuestra naturaleza caída para caer bien y que nos escuchen. No seas ingenuo ni sinvergüenza, como aquellos que toman 1 Corintios 9:21-23 para entregarse a las concupiscencias que comparten con sus amistades mundanas. Si eres un cristiano honesto y te das cuenta que lo único que has logrado es deteriorarte en tu vida cristiana, entonces hermano, sal de allí, corta con esto. Pero si te ciegas y no crees lo que te digo, entonces no te conoces y deseo de todo corazón que el Señor te lo muestre, para eso, es el desierto.

LA TENTACIÓN PRINCIPAL.

Ustedes saben que el primer mandamiento y más importante es:

“Y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente y con todas tus fuerzas. Este es el principal mandamiento.” (Mt. 12:30, RV 1960).

Esto lo enseñó el Señor Jesús.

Considerando esto, debemos comprender que la primera tentación que vendrá será rebelarnos a Dios, será culparlo y tratarlo como malhechor, no amarle. Será también pensar que somos víctimas y que Dios no merece ser el que gobierna. Vendrá la tentación de buscar una salida por nuestros propios medios, porque se nos querrá hacer creer que Dios no es omnisciente ni omnipotente. El primer objeto del ataque de la tentación, será Dios. La tentación es rebelarnos, irnos en contra del Señor. La tentación será vernos como el centro de todo, como víctimas, como quienes no merecen pasar aquello y se nos tentará a culpar a Dios. La tentación nos hará pensar: “¿Por qué sufrir por Él?”, “¿Por qué sufrir si tengo derecho a ser feliz?”, “¿Por qué padecer si puedo ser feliz sin Dios?”. Esto nos lleva a entender que somos rebeldes. ¡Oh hermanos! Necesitamos abrir los ojos, en nuestros miembros hay una inclinación intrínseca a rebelarnos contra Dios. Lo primero que viene a mostrar la tentación es nuestra inclinación a rebelarnos contra Dios. Allí debemos rogar al Señor ayuda y por el Espíritu hacer morir esas obras de la carne. Tenemos dos caminos: 1) Adorar humillados al Señor, voluntariamente; o 2)  rebelarnos.

DIVERSOS ASPECTOS DE LA TENTACIÓN.

La tentación, aparte de esto, vendrá a confundirnos. Querrá que pongamos en duda la Palabra de Dios, que dudemos de Su amor, que dudemos de Su santidad, que dudemos de Su fidelidad. Ustedes ya conocen la historia del intento de Satanás en tentar al Señor Jesús. En Mateo 4, del verso 3  al 4, se nos dice:

3 Y vino a él el tentador, y le dijo: Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en pan. 4 El respondió y dijo: Escrito está: No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.” (RV 1960).

EL CUERPO Y NECESIDADES BÁSICAS.

Miren, lo primero fue mostrarle una necesidad humana, el hambre. ¿Por qué esperar a Dios, si puedes hacerlo por ti mismo? ¿Por qué sufrir si puedes salvarte del sufrimiento? Recordemos a Simón Pedro, él no quería que el Señor muriera, pero no porque amara al Señor, sino porque se amaba a sí mismo y no quería sufrir. Entonces el Señor le dijo que se apartara de Él -como si fuera Satanás- porque  ponía la vista en las cosas de los hombres y no en las de Dios (Mt. 16:21-26). Es ese tipo de sufrimiento que demuestra cuánto nos idolatramos, cuánto nos amamos y cuánto desconfiamos del Señor. ¿Por qué pasar hambre? Pero hermanos, si Dios lo quiere, si Dios tiene un propósito mayor, que es formar a Cristo en nosotros, ¿por qué no pasar hambre? ¿Acaso no es de confiar el Señor? ¿Acaso no tiene un propósito con todo lo que nos pasa a los que le amamos? ¿Acaso no creemos estas cosas? Entonces viene la tentación a mostrarnos nuestras necesidades y hacernos creer que no necesitamos esperar en el Señor. Con esto, descubrimos si realmente dependemos de Él, si confiamos en Él. La necesidad muestra si realmente confiamos. De no ser así, el Señor tendrá que purificar la fe.

El Señor nos muestra que debemos esperar en Él, esperar que salga de Su boca la Palabra, la provisión; porque hay necesidades más importantes que las del cuerpo. La respuesta del Señor Jesús muestra algo importante, Dios es el proveedor y las necesidades del cuerpo son las más básicas; lo primero es esperar la provisión de Dios, las necesidades espirituales son las principales, luego las del cuerpo. No debemos vivir para el cuerpo, sino para Dios. El cuerpo es un vehículo que necesita redención, no debemos vivir para él, sino para el Señor. Las necesidades del cuerpo no han de ser las principales, ni pensar que estaremos con este cuerpo para siempre. Alguna vez lo dejaremos y cuando volvamos a tomarlo, será transformado, nuevo. Así que no debemos enraizarnos a las necesidades y fragilidades de este cuerpo, debemos esperar y confiar en el Señor, buscando primeramente las cosas espirituales. Debemos aprender a esperar en el Señor, por sobre las necesidades del cuerpo, sabiendo que estas son básicas y Dios las puede suplir. La pregunta es, ¿hay confianza en Dios en nuestro corazón? Estas necesidades nos ayudarán a ver si hay.

El hambre, la enfermedad, la vejez son cosas de este cuerpo y no debemos vivir para estas. Nos enfermamos y nos asustamos, ya que queremos salir de allí, la primera salida es el doctor. Pero antes, ni siquiera fuimos al Señor, ni siquiera nos humillamos en Su presencia, pidiendo ayuda, pidiendo que nos muestre si estamos enfermos por algún pecado, o porque quiere enseñarnos algo; la primera idea que tenemos es salvar este cuerpo. Nos da terror morir y la pregunta es, ¿por qué no queremos morir? Qué del deseo de arrebatamiento que debemos tener, del deseo de estar con el Señor. Cuando nos afligimos por el cuerpo y sufrimos por esto, queda en evidencia que estamos enraizados, y que hay otras cosas en nuestro corazón más importante que estar con Él.

Permítanme contarles algo personal. El día que el Señor me encontró fue debido a que mi amado tío, llamado Pablo, había partido a la presencia del Señor. Él tenía 28 años de edad. Recuerdo las conversaciones que tuve con él; porque él me hablaba del Señor y siempre, siempre, me hablaba de su deseo de estar con Él. A mí me daba rabia y le decía: “¡Prefieres estar con Él y dejar a tu esposa e hijo!”, entonces me respondía: “La verdad es que sí”. Yo fui testigo de cómo mi tío amó a su esposa e hijo, cómo se dio por ellos, era muy responsable con ellos; pero saben, amó más al Señor, él prefería estar con el Señor. Y estoy seguro, que si le dieran la posibilidad de volver a esta vida, no lo querría, como tampoco ninguno de nuestros hermanos que han partido a la presencia del Señor, que han ido a casa, porque dejar este cuerpo es partir a casa, pues dónde está Cristo ese es el hogar del cristiano; ninguno de ellos volvería.

Mis hermanos, de acuerdo al progreso del Señor con nosotros en el desierto, este deseo de arrebatamiento irá llenando nuestro corazón. El deseo de estar con Él, por sobre el cuerpo. Una enfermedad, la vejez, no será lo que nos desvele, sino el saber que estamos cada vez más cerca de estar con Él. Porque Él está viniendo por nosotros. No sólo en las nubes, sino que cada día puede ser el día que venga por alguno de nosotros, llevándonos de este cuerpo. Que el Señor nos ayude a ver que antes de este cuerpo está el espíritu, y que nos ayude a no enraizarnos.

Quizás estemos pasando esto y nos entristezcamos al darnos cuenta que hemos caído, que no esperamos estar con Él, que nos hemos rebelado por estar enfermos, pues amamos esta vida. Mis hermanos, esa tristeza es buena, nos ayuda a aprender, a no olvidar. Que el Señor nos ayude a no olvidar. Sin embargo no nos quedemos sumergidos en la tristeza (2Co. 7:10), mas bien, sacudamos nuestras rodillas y volvámonos al Señor; pues tenemos Abogado intercediendo por nosotros (1Jn. 2:1), volvámonos al deseo de estar con Él. Y si estamos recién entrando al desierto, no nos salvemos, la ayuda vendrá después de soportar la tentación en Cristo, estamos en Sus manos y le pertenecemos. Debemos aprender a esperar aún contra esperanza (Ro. 4:18-19), porque jamás el Señor avergonzará a alguien que confía en Él, alguien que espera en Él (Ro. 10:11).

EL ALMA, PENSAMIENTOS Y SENTIMIENTOS.

Sigamos leyendo Mateo 4, continuemos con el versículo 5 al 7:

5 Entonces el diablo le llevó a la santa ciudad, y le puso sobre el pináculo del templo, 6 y le dijo: Si eres Hijo de Dios, échate abajo; porque escrito está:
A sus ángeles mandará acerca de ti, y,
En sus manos te sostendrán,
Para que no tropieces con tu pie en piedra.
7 Jesús le dijo: Escrito está también: No tentarás al Señor tu Dios.” (RV 1960).

Ahora viene la tentación a torcer la Palabra. Nos quiere engañar con la descontextualización de la Palabra. Nos turba en nuestra mente. Hay personas que han caído en pecados graves debido a que en sus mentes se torció la Palabra, entregándose a sus propias opiniones. Personas han justificado el adulterio basados en el amor que estaban sintiendo, pensando “Dios es amor”. Y después se culpa al diablo e incluso a Dios. ¡Blasfemias que intentan justificar la concupiscencia! Reconocer la perversión, reconocer la concupiscencia y huir de ella provienen de conocernos. Que el Señor nos libre, hermanos. Debemos estar atentos, pues se intentará corromper las Escrituras y esto, es tentar al Señor. Y el lugar del ataque será nuestra mente. Se pondrá en duda el amor del Señor. “Dices que el Señor te ama y mira lo que estás pasando”, pensamientos como este vienen a nuestra mente. Lo piensas y lo sientes, es tu alma siendo tentada. Se intenta poner en duda la Palabra de Dios, se tuerce; pero hermanos, jamás Dios muestra Su amor sacándonos del desierto o que no nos pase nada; más bien, las Escrituras nos dicen que Dios ha demostrado Su amor para con nosotros, en que siendo pecadores, Cristo, Su Hijo, murió por nosotros (Ro. 5:8). Debemos defendernos con esto. ¡Dios me ha amado y Su amor llegó a grados inimaginables proveyendo para mi salvación en la vida de Su Hijo!

Cuidémonos de intentar tentar al Señor, es una insensatez; querer que Dios nos demuestre Su amor, de otra manera que no sea Cristo en la cruz del Calvario es menospreciar al Hijo y la obra de Dios. No hay algo más alto que Cristo. Dios nos ha amado en Cristo, lo que pasemos lo pasamos en Su amor. Él es digno de confianza, podemos esperar en Él, y aunque muriéramos, lo mejor es estar con Él (Flp. 1:23). Que el Señor nos ayude y socorra nuestra alma del engañador. Que socorra nuestros pensamientos, que socorra nuestros sentimientos.

Mis hermanos, un peligro aquí es el no conocernos, el desconocer lo egocéntrico que somos, lo humanista que somos. Satanás nos pondrá en el centro, como si fuésemos lo principal, nos querrá engañar con esto, con que nos merecemos ser el centro, ser felices. Y seremos seducidos interiormente por esto, porque somos caídos, nos volvimos antropocentristas, y peor aún, egocentristas. Llegaremos a pensar y sentir que Dios debería girar alrededor nuestro, que somos lo central, lo principal; pero hermanos, no es así, el centro es el Señor, la Palabra nos lo dice:

“Porque de él, y por él, y para él, son todas las cosas. A él sea la gloria por los siglos. Amén.” (Ro. 11:36, RV 1960).

Dios es el centro, Su Hijo es el tema central del Evangelio (Ro. 1:1-5) y por ende, ha de ser el centro de la vida cristiana. Somos del Señor, si morimos o vivimos, del Señor somos (Ro. 14:8). No nos pertenecemos. Que el Señor nos ayude a conocer nuestra alma, es decir, conocernos a nosotros mismos. Cuidado con lo que pensamos y sentimos, si no es filtrado por las Escrituras, es sospechoso. Que el Señor nos ilumine, nos permita caminar íntegramente con Él. 

EL PLACER.

Después, Mateo 4, desde el verso 8 al 11 nos dice:

8 Otra vez le llevó el diablo a un monte muy alto, y le mostró todos los reinos del mundo y la gloria de ellos, 9 y le dijo: Todo esto te daré, si postrado me adorares.10 Entonces Jesús le dijo: Vete, Satanás, porque escrito está: Al Señor tu Dios adorarás, y a él sólo servirás.11 El diablo entonces le dejó; y he aquí vinieron ángeles y le servían.” (RV 1960).

Ahora la  tentación es postrarse ante el diablo y pensar que es mejor estar con él que con el Señor. Llegar a pensar que Dios es malo, es pensar que el diablo es el bueno. Pensar que Dios es injusto, es pensar que el diablo es justo. Entonces se nos ofrece el mundo, “todo esto te daré”. Se nos ofrece no sufrir, estar “bien”, en “paz”. ¿Qué haremos? ¿Nos rebelaremos? Que el Señor nos ayude a ver que sólo el Señor es digno de adoración, de confianza. Vemos oyentes que han caído, entregados al vicio, a la borrachera, a la noche, porque sucumbieron, no querían sufrir y cuando sufrieron prefirieron irse (Lc. 8:13). Que el Señor los atraiga a Si mismo, para esto sólo basta que se vuelvan por medio del Abogado que tenemos delante del Padre.

Mis hermanos, cosas terrenales y gloria no necesitamos, lo único que necesitamos es a Cristo. Pidamos ayuda al Señor ante la tentación, que nos permita el Señor no sucumbir ante nuestros deseos, sino que por el Espíritu podamos darle gloria y esperar en Él. No nos dejemos engañar pensando que por ser hijos de Dios no debemos pasar por el desierto, o creer que por ser cristianos no vamos a sufrir. Oh, mis hermanos, tengamos presente esto, no nos engañemos pensando que no tendremos aflicción (Jn. 16:33), porque lo tendremos; no nos engañemos pensando que no tendremos sufrimiento (1P. 4:1), pues sí lo habrá. No obstante, este es para purificación de la fe y amor por Dios, es para gloria de Dios, porque decidimos permanecer en Él, a pesar de lo que estamos viviendo, creyendo que nuestra vida no es aquí, nuestra vida es con Él. Llegando a comprender que el desierto es mientras estamos en este cuerpo, ya vendrá el día que estaremos con el Señor y nada de esto tendrá valor, sólo Cristo. ¡Oh, hermanos! Pidamos al Señor que nos otorgue el verle, el palparle por el Espíritu, eso será suficiente para anhelar estar con Él y no querer negarle. Que el Señor se nos revele, es nuestro deseo, para que sea natural el querer estar con Él. Que sea en nosotros formada la dependencia hacia el Señor, querer estar con Él, necesitar de Él.

LA IMPORTANCIA DE LA PALABRA DE DIOS.

Finalmente, quisiera que notáramos una frase que se repite en las tres partes del intento de tentar al Señor. Esta fue la forma en que el Señor se defendió, diciendo:

“Escrito está” (Mt. 4:4, 4:7, 4:10, RV 1960).

Esto es prueba de la importancia de la Palabra de Dios, de las Santas Escrituras, pues en medio de la tentación debemos refugiarnos en Su Palabra. Mis hermanos, la Palabra debe abundar en nosotros, leerla, estudiarla, memorizarla si es posible, esto nos salvará. Déjeme contarle la experiencia del hermano Yun, de China. Esto lo puede leer usted mismo en el libro “El hombre celestial” [9].

Mientras el hermano Yun era torturado, duramente, el Espíritu Santo traía pasajes de las Escrituras a su mente. Copio textualmente lo que nos dice el libro:

“Esta vez habían llevado con ellos varios instrumentos de tortura, incluyendo látigos y cadenas.
Otro agente se me acercó con una porra eléctrica. Subió el voltaje al nivel más alto y me golpeó con la porra en la cara, la cabeza y otras partes de mi cuerpo. Sentía que mi cuerpo se llenaba de inmediato de una gran agonía, como si miles de dardos me atravesaran el corazón.
El Espíritu Santo me consoló y animó con tres pasajes de la Biblia: “Maltratado y humillado, ni siquiera abrió su boca; como cordero, fue llevado al matadero; como oveja, enmudeció ante su trasquilador; y ni siquiera abrió su boca”. Isaías 53:7.
“Para esto fueron llamados, porque Cristo sufrió por ustedes, dándoles ejemplo para que sigan sus pasos”. 1 Pedro 2:21.
“Dichoso el que resiste la tentación porque, al salir aprobado, recibirá la corona de la vida que Dios ha prometido a quienes lo aman”. Santiago 1:12.
Al meditar en la Palabra de Dios, el Señor me fortalecía para que resistiera. Me di cuenta de que ningún sufrimiento por el que pasara se podría comparar a lo que Jesús sufrió por mí, y que no podría jamás experimentar ningún dolor que estuviera más allá de la comprensión y compasión del Señor Jesús. “Porque no tenemos un sumo sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que ha sido tentado en todo la misma manera que nosotros, aunque sin pecado”. Hebreos 4:15.” (Yun & Hattaway, 2005, pp. 104-105).

Qué notable. Por hoy, vamos a parar aquí. Gracia y paz del Señor, sean con todos ustedes. Amén.

 


 

[1] No olvides orar.

[2] Véase primeras dos introducciones a este estudio.

[3] Gr. peirasmón.

[4] Una expresión corta sería no tentable; sin embargo, la palabra tentable no existe en el diccionario de la Real Academia Española hoy en día, 17 de septiembre del 2020.

[5] Esperamos pronto tener una publicación de esta serie y publicada en www.equipamientocristiano.cl

[6] Destruir (LBLA), exterminar (NBV), aniquilar (BLP).

[7] Que es atrevido y disoluto o carece de moralidad, especialmente en lo que hace referencia al aspecto sexual.

[8] También transliterado epithymía o epizymía.

[9] Yun & Hattaway, P. (2005). EL HOMBRE CELESTIAL. Miami: Editorial Unilit.