8. Lectura de estudio profecía de Malaquías – Dios justo viniendo para juicio (Texto).

 

Muy bien, vamos a ir de lleno a las Escrituras, vamos a leer desde Malaquías 2:17 al 3:5 que nos dice:

      “2:17 Habéis hecho cansar a Jehová con vuestras palabras. Y decís: ¿En qué le hemos cansado? En que decís: Cualquiera que hace mal agrada a Jehová, y en los tales se complace; o si no, ¿dónde está el Dios de justicia? 3:1 He aquí, yo envío mi mensajero, el cual preparará el camino delante de mí; y vendrá súbitamente a su templo el Señor a quien vosotros buscáis, y el ángel del pacto, a quien deseáis vosotros. He aquí viene, ha dicho Jehová de los ejércitos. 2 ¿Y quién podrá soportar el tiempo de su venida? ¿O quién podrá estar en pie cuando él se manifieste? Porque él es como fuego purificador, y como jabón de lavadores. 3 Y se sentará para afinar y limpiar la plata; porque limpiará a los hijos de Leví, los afinará como a oro y como a plata, y traerán a Jehová ofrenda en justicia. 4 Y será grata a Jehová la ofrenda de Judá y de Jerusalén, como en los días pasados, y como en los años antiguos. 5 Y vendré a vosotros para juicio; y seré pronto testigo contra los hechiceros y adúlteros, contra los que juran mentira, y los que defraudan en su salario al jornalero, a la viuda y al huérfano, y los que hacen injusticia al extranjero, no teniendo temor de mí, dice Jehová de los ejércitos.” (RV 1960).

BREVE RESUMEN DE LO ANTERIOR.

Amados hermanos, hasta aquí hemos considerado diversos temas relacionados a lo que se nos va presentando en esta profecía. Han sido muchos asuntos los que hemos podido considerar, como la vez pasada que hablamos de nuestros hijos y de la descendencia para Dios; y vimos, entre varias cosas, que es la voluntad de nuestro Señor que los hijos de Sus sacerdotes sean formados y consagrados como descendencia para El. Dijimos, además, que nuestro deseo debe ser que al partir nosotros a la presencia del Señor, nuestros hijos queden portando el testimonio que llevamos mientras vivimos en este cuerpo. Ojalá el Señor nos conceda la gracia de que al partir a Sus brazos podamos decirle: “Me voy en paz y le dejo en mi lugar a mis hijos, para que continúen sirviendo a usted, mi Señor.”

CEGUERA E INIQUIDAD, DIOS HASTIADO.

Bueno, hoy debemos seguir avanzando para considerar una porción de las Escrituras muy importante. Todas las cosas en las que el Señor ha reprendido a los sacerdotes hasta el momento nos han tocado muy de cerca, como dice 1 Corintios 10:6 y el 10:11, son cosas registradas para nuestro ejemplo y amonestación, lo cual hemos experimentado al realizar esta lectura.

Considerando esto, ahora llegamos a una reprensión muy atingente, algo que ha ocurrido en todo tiempo. Los sacerdotes habían menospreciado a Dios y lo tenían por negligente. Habían puesto en duda Su justicia, lo acusaban de complacerse en la maldad y de gozarse con aquellos que practican la iniquidad. Entonces, al despreciar a Dios en Su justicia no le temían y se conducían como bien les parecía. Respecto a todo esto, el verso 17 del capítulo 2 de Malaquías, parte diciendo que los sacerdotes tenían cansado al Señor. Lo que quiere decir esto, es que Dios estaba hastiado con las palabras de ellos, como bien traduce la Biblia Textual, 3ª Edición.

Dios estaba hastiado de que dijeran que Él se complacía en los que hacían el mal y que no veían por ninguna parte al Dios de justicia. Ellos acusaban a Dios de lo que estaban viviendo y de lo que habían vivido hasta entonces; se veían como víctimas y no como culpables. Es por eso que Dios en esta profecía testifica de los pecados de ellos, porque el pecado nos enceguece, nos endurece y nos volvemos sinvergüenzas, culpando a Dios por las consecuencias de nuestras iniquidades; entonces Dios les muestra los pecados de ellos para que se den cuenta de las consecuencias de sus actos. Sin embargo, el hablar de ellos no cesaba, por lo que Dios estaba hastiado con las palabras de los sacerdotes.

Ahora, mis hermanos, esa actitud soberbia y de culpar a Dios es algo que siempre ha ocurrido y nos puede pasar al ser engañados por el pecado (Heb. 3:13), incluso el Señor se lo hace ver a Job en el capítulo 40, versículo 8, diciendo:

“¿Invalidarás tú también mi juicio? ¿Me condenarás a mí, para justificarte tú?” (RV 1960).

¿Se dan cuenta? También vemos esta actitud en Adán en la caída, excusándose de su responsabilidad, culpando a Dios y a la mujer, diciendo:

“Y el hombre respondió: La mujer que me diste por compañera me dio del árbol, y yo comí” (Gen 3:12, RV 1960).

Dios le había preguntado a Adán si acaso había comido del árbol que se le prohibió comer. La respuesta era sencilla: “Sí, Señor, comí”. Pero Adán respondió echándole la culpa a la mujer que Dios dijo sería de ayuda para él. De alguna manera, Adán culpó a Dios y a la mujer, pero no asumió su responsabilidad, sino que culpó a Dios para justificarse él. ¿Lo ven?

Así mismo, cuando Dios les habla a los sacerdotes de esta profecía de Malaquías y les indica que lo tenían hastiado, es por esta razón, pues eludían su propia responsabilidad, viéndose como víctimas de Dios. Piense usted en esto, por los relatos que los evangelios nos muestran, los judíos y los religiosos (como los sacerdotes) tenían un concepto muy elevado de sí mismos, se sabían el pueblo que Dios escogió (Dt. 7:6-7) y se jactaban de ser hijos de Abraham (Mt. 3:9; Lc. 3:8). El orgullo los cegaba para ver su propia maldad, se escondían  tras la religión que practicaban y eran unos hipócritas delante de los hombres y sobre todo, de Dios. En Lucas 18 se nos habla del fariseo que oraba y decía de sí mismo:

“El fariseo, puesto en pie, oraba consigo mismo de esta manera: Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni aun como este publicano” (Lc. 18:11, RV 1960).

Estas palabras nos describen muy bien al tipo de personas que tenían hastiado al Señor con sus palabras. Así mismo se veían como mejores que Dios. Si te das cuenta, Lucas 18:11 dice “oraba consigo mismo”, algunos dicen que esto significa que oraba en su interior; personalmente, creo que se oraba a sí mismo, y que todo lo que estaba diciendo se lo decía a sí mismo, como adulando su propia persona, como si él fuera su propio dios. El orgullo ciega, la vanagloria encandila.

DIOS JUSTO, HOMBRES CONVICTOS O SOBERBIOS.

Estos sacerdotes hablaban de Dios lo que no era. Se veían padeciendo en manos de extranjeros y preguntaban, ¿dónde estaba el Dios justo que juzgará a los impíos? Veían que a los inicuos les iba “bien” y decían que Dios se complacía en la maldad de estos. Estaban tan encandilados consigo mismos. Eran semejantes a los hombres que sienten hedor a estiércol y en vez de mirar sus zapatos culpan a otros. Dios les estaba mostrando sus propios zapatos que estaban sucios, para que se dieran cuenta que las cosas que vivían no mostraban que Dios fuera injusto, sino que confirmaban Su justicia; pues todas estas cosas les vinieron como juicios de Dios, Quien los dejó sufrir sus propias consecuencias.

De aquí aprendemos un principio, mis hermanos. Ante las cosas que padecemos, las situaciones que estamos viviendo, debemos mirarnos los zapatos nuestros, para ver si los tenemos sucios y estamos sufriendo consecuencias por nuestra maldad, impiedad o pecados. Si el Espíritu Santo nos muestra nuestros caminos (Sal. 139:23; Jn. 16:8; 1Jn. 3:20), y vemos en ellos maldad, entonces debemos reconocer la justicia de Dios, nuestro Padre, como en Nehemías 9:33 se nos muestra:

“Pero tú eres justo en todo lo que ha venido sobre nosotros; porque rectamente has hecho, mas nosotros hemos hecho lo malo.” (RV 1960).

Debemos asumir nuestra responsabilidad y pedir de Dios misericordia, pues aparte de ser Justo y Santo, es grande en misericordia. Pero la culpa se asume, lo mismo que las consecuencias. No puedes obtener de Dios misericordia, si primero no has reconocido Su justicia. Que el Señor nos libre de la ceguera del orgullo, y nos permita un corazón ancho y humilde para buscar Su misericordia. Si no hay conciencia de la maldad de uno mismo, y de lo merecedores de castigo que somos, entonces Dios nunca nos mostrará misericordia, ni menos nos concederá Su gracia. Porque la gracia de Dios, recuerden, se manifiesta cuando Dios nos da el favor que no merecemos. Te mereces castigo, me merezco castigo, pero Dios Hijo lo tomó en mi lugar. Dios gratuitamente me perdonó gracias al sufrimiento de Su Hijo. De igual manera, jamás Dios te ayudará con las consecuencias de tus malas decisiones si no has sido convencido de tu maldad, sino que has culpado a Dios preguntando dónde está.

PROFECÍA SOBRE LA VENIDA DEL MESÍAS PARA JUICIO.

Los sacerdotes, en vez de humillarse se ensoberbecieron y sobre su cabeza aumentaron castigos, por sus necias palabras. Blasfemaron contra Dios, el Santo y Justo, y pusieron en duda Su justicia. Ante esto, Dios señala una de las profecías mesiánicas más decidoras sobre la Deidad de Cristo. Y dice:

“1 He aquí, yo envío mi mensajero, el cual preparará el camino delante de mí; y vendrá súbitamente a su templo el Señor a quien vosotros buscáis, y el ángel del pacto, a quien deseáis vosotros. He aquí viene, ha dicho Jehová de los ejércitos. 2 ¿Y quién podrá soportar el tiempo de su venida? ¿o quién podrá estar en pie cuando él se manifieste? Porque él es como fuego purificador, y como jabón de lavadores. 3 Y se sentará para afinar y limpiar la plata; porque limpiará a los hijos de Leví, los afinará como a oro y como a plata, y traerán a Jehová ofrenda en justicia. 4 Y será grata a Jehová la ofrenda de Judá y de Jerusalén, como en los días pasados, y como en los años antiguos. 5 Y vendré a vosotros para juicio; y seré pronto testigo contra los hechiceros y adúlteros, contra los que juran mentira, y los que defraudan en su salario al jornalero, a la viuda y al huérfano, y los que hacen injusticia al extranjero, no teniendo temor de mí, dice Jehová de los ejércitos.” (Mal. 3:1-5, RV 1960).

Ustedes saben que en el versículo 1 del capítulo 3 se está haciendo una mención profética de Juan el Bautista (Mt. 11:10; Mr. 1:2; Lc. 7:27). Ahora, noten lo siguiente, Dios habla en primera y tercera persona, alternadamente. En esto vemos la unidad de la Trinidad, miren. Primero dice “yo envío mi mensajero”, vemos la primera persona “yo”. Luego dice “el cual preparará el camino delante de mí”, al decir “mí” está usando el pronombre posesivo de primera persona. Después de esto cambia y dice “y vendrá súbitamente a su templo el Señor a quien vosotros buscáis, y el ángel del pacto, a quien deseáis vosotros”, ¿eso lo dice Dios o el profeta? Dios, por eso dice “ha dicho Jehová de los ejércitos”. Es como si primero hablara Dios Hijo, diciendo que vendría Juan el Bautista antes que Él, y luego hablara el Padre o el Espíritu Santo, indicándonos que Aquel que antes dijo “yo” es “el Señor”, “Adonay”, el “Ángel del pacto”,  el “Ángel de YHWH”, mostrándonos así Su identidad eterna. ¿Se dan cuenta?  Y por si fuera poco, se nos dice que este Señor es el Dueño del templo, por lo que se nos dice: “a Su templo”. ¿Lo ven, hermanos? Es hermoso ver cómo en la unidad de la Trinidad es casi imperceptible cuando habla el Padre, o el Hijo, o el Espíritu Santo; aunque siempre lo dicho se lo atribuimos simplemente a Dios.

Ahora, Dios les dijo a los sacerdotes que Él mismo vendría. El Dios que ellos decían que era injusto y que se deleitaba en la maldad, vendría. Y vino, mis hermanos. Y fue el Señor del templo el que haciendo un azote de cuerdas echó fuera a todos (Mt. 21:12; Mr. 11:15; Lc. 19:45; Jn. 2:13); y fue el Señor del templo el que con Su luz expuso las tinieblas de los hipócritas (Mt. 23:1-36; Mr. 12:38-40; Lc. 11:37-54; 20:45-47). Fue el Dios que los libertó de Egipto, que sanó y liberó a muchos. Fue el Dios que los espantó en el Sinaí (Ex. 20:18-26) que, cubriendo Su gloria de humanidad, caminó entre ellos. ¿Se dan cuenta? El Dios del cual se llenaban la boca hablando blasfemias, vendría, y ninguno de ellos podría permanecer en pie. ¿Y qué mostraría el Señor en medio de ellos? Su justicia, la que ellos decían que no tenía, por eso dice “Y vendré a vosotros para juicio”, lo cual afirmó el Señor Jesús en Juan 9:39, diciendo que para juicio había venido.

Mis hermanos, el Señor vendría principalmente para juicio, para mostrar la magnitud de la justicia de Dios. El Señor revelaría la justicia de Dios a todos, y revelaría el carácter justo de Dios. ¿Quién podría permanecer de pie delante del Señor Santo y Justo? ¿Quién podría quedar como inocente delante del Señor del templo? Juan 8 nos dice que cuando Él preguntó quién estaba libre de pecado para arrojar la primera piedra, todos, desde el más viejo al más joven fueron saliendo, uno a uno (Jn. 8:9). ¿Quién podía estar de pie en Su presencia? Nadie, pues ante Su justicia y santo carácter, todos quedaban como deudores (Mr. 10:21; Lc. 18:22).

Es importante entender este asunto, ya que es común ver el testimonio dominical de las iglesias, ante la mesa del Señor, haciendo énfasis en Su amor por nosotros. Es verdad que el Señor nos amó y que Su muerte en la cruz es prueba de esto; pero la muerte del Señor no sólo es muestra de Su amor, sino también de Su justicia. Recuerden, para juicio venía. En Su muerte en la cruz se revela la magnitud de la justicia de Dios, no sólo Su amor. Los sacerdotes decían que Dios era injusto y que se complacía en la maldad de los hombres, pero, he aquí la cruz de Cristo, quien sufrió la severidad de la ira de Dios al ser el sustituto de nosotros los pecadores. Isaías 53:5 nos lo dice de la siguiente manera:

“Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados.” (RV 1960).

Herido, molido y castigado, la justicia de Dios aplicada sobre el Hijo. Piense usted en esto, era el Hijo de Dios el que sufriría la ira, ¿por qué Dios no dijo: “Hijo, no dejare que sufras, por el amor que tengo hacia Ti perdonaré a todos estos”? Su amor por el Hijo quedaría satisfecho, también Su amor por la humanidad, pero ¿qué de Su justicia? La cruz de Cristo nos muestra la magnitud, los altos estándares de Dios respecto a Su justicia. Dios se propuso justificar al hombre que creyera, pero esto, debía ser legal y justo. Entonces, Dios el Padre nos dio a Su Hijo, y por causa de Su justicia no escatimó que fuera Su Hijo, sino que la ira de Dios, la revelación más alta de los estándares justos de Dios, cayó sobre el Hijo. Además de esto, el Hijo mismo, que es Dios con el Padre, estuvo dispuesto a sufrir la cruz y la ira de Dios, contar de satisfacer los altos estándares de Su justicia. El mismo Señor Jesús dijo que nadie le quitaba la vida, sino que Él la ponía (Jn. 10:17-18), esto nos muestra Su disposición a satisfacer la justicia de Dios, a cumplir con ella (Mt. 3:15), a vindicarla. ¿Se dan cuenta?

En la cruz vemos a Dios mostrándonos la altura de Sus justos estándares. Los sacerdotes habían dicho que Dios era injusto y que se complacía en la maldad de los hombres; pero he aquí Dios mismo, hecho Hombre, el Sumo Sacerdote de este Nuevo Pacto, mostrándonos que Dios es Justo y que no se complace en la maldad de los hombres. ¿De qué manera lo mostró? Llevando a la cruz al pecador en Su humanidad. Ninguno quedó en pie delante de Dios, todos eran dignos de muerte y castigo eterno (Ro. 3:9-19). Es por eso que el Hijo ocupa nuestro lugar como el Cordero de Dios que quita nuestro pecado (Jn. 1:29). El Hijo estuvo dispuesto a ocupar el lugar del pecador para mostrar en esto la justicia de Dios, la vindicación de esta y el temor que debemos tener. ¿Lo pueden ver?

¡Oh, mis hermanos!  El Señor Jesús no sólo mostró el amor de Dios en la cruz, sino que también mostró la ira de Dios, la justicia de Dios y Sus altos estándares. Nos mostró que Dios es de temer, que no es negligente ni se complace en la maldad, como los sacerdotes decían. El Señor Jesús ha sido el más grande ejemplo de que Dios ha de tomarse en serio, porque no fueron los hombres los que quebrantaron a Cristo, sino Dios mismo. Mire lo que Isaías 53:10, parte “a”, nos dice:

“Con todo eso, Jehová quiso quebrantarlo, sujetándole a padecimiento.” (RV 1960).

¿Quién quiso quebrantarlo? YHWH, el Padre y el Espíritu Santo. ¿Quién aceptó el sufrimiento y la muerte? YHWH, el Hijo encarnado. Y esto, debe hacernos pensar en la justicia de Dios como algo de respetar, de temer; como algo que Dios ama, Dios ama Su justicia (Sal. 45:7; Heb. 1:9). El Señor dijo que para juicio había venido, para mostrar la justicia de Dios y cumplir con ella. Así Dios nos mostró la seriedad de Sus juicios y también satisfizo Su justicia. Gracias debemos dar al Señor por esto, porque ahora podemos ser salvos, justos delante de Dios, no porque hicimos algo, sino porque Dios hizo justicia, Sus juicios se aplicaron. Ahora vivimos por la fe, por la confianza puesta en que Dios Hijo ha cumplido toda justicia, sufrió nuestro juicio y castigo. Él hizo un intercambio de vida, la Suya por la nuestra. Tomó mi lugar y tu lugar, y asumió el castigo de nuestra paz. Porque si no hay justicia, nunca podría haber paz. Como Isaías 32:17 nos dice:

“Y el efecto de la justicia será paz; y la labor de la justicia, reposo y seguridad para siempre.” (RV 1960).

¿Por qué tenemos paz para con Dios? Tenemos paz debido a que el Señor Jesucristo cumplió con la justicia (Ro. 5:1). En Él, los castigos del pecador fueron ejecutados (Is. 53:5; Mt. 26:28; Hch. 10:43; Ro. 5:8; 8:34; 1Co. 15:3; Heb. 9:28; 1P. 2:24; 3:18.); en Él, la justicia de Dios fue vindicada. Él tomó nuestro lugar, tomó nuestras rebeliones, iniquidades y pecados, y los cargó en la cruz; y, además, nos vistió con Su justicia, con Su integridad y con Su santidad, por lo que ahora, delante de Dios, somos justos, íntegros y santos, gracias al Señor Jesús (1Co. 1:30). Por lo tanto, estamos en paz con Dios por causa de que estamos reconciliados con Él, gracias a la obra de Dios en Cristo; y llamamos a los hombres a esa reconciliación, para que tengan paz con el Creador, y reciban salvación y vida eterna (2Co. 5:18-20).

¿Se dan cuenta, mis hermanos? Vino el Señor para juicio y cumplió toda justicia. Es por esto que, si somos inteligentes, nos conduciremos con cuidado, porque Dios no es negligente para con Su justicia; pues no detuvo Su mano aunque el que estaba en la cruz era Su propio Hijo. Por ende, debemos conducirnos con temor y no pensar como los sacerdotes de Israel.

EL ÉNFASIS DEL AMOR Y EL MENOSPRECIO A LA JUSTICIA.

Mis hermanos, hoy vemos muchos hijos de Dios haciendo esto, quizá, sin darse cuenta. Lo han practicado haciendo un énfasis del amor de Dios, bajándole el perfil y dejando casi en el olvido a la justicia de Dios. Se ha preferido hablar de un atributo de Dios, más que de Dios mismo mostrando todos Sus atributos. Y esto traerá juicios sobre la casa, porque los atalayas, los que vigilan, los centinelas de Dios debemos informar cuando ven la espada venir, y hoy, la espada viene sobre el mundo; si no lo hacemos, la sangre de los caídos caerá sobre nuestra cabeza (Ez. 33). Ante esto, debemos darnos cuenta que muchos cristianos se adaptaron a las solicitudes del mundo, el cual se queja de lo negativo del mensaje por causa de que se les advertía el terrible castigo que les aguardaba si morían sin Cristo. El hombre quiso un mensaje más romántico y muchas veces se los hemos dado, quitando el anuncio de juicios, y esto, está mal.

Debemos entender y advertir que antes de la paz, está la justicia; y que también, antes de mostrar Su gracia, Dios ha de mostrar la condenación del mundo. La justicia y la condenación, son la puerta por dónde ha de recibirse la gracia y el amor de Dios. Mire, esta misma profecía nos sirve de ejemplo. Antes de aparecer el Señor del templo, ¿quién viene? Dice:

“He aquí, yo envío mi mensajero, el cual preparará el camino delante de mí…” (Mal. 3:1, RV 1960).

Todos nosotros sabemos que esta profecía se cumplió con Juan el Bautista, ¿cierto? Así es. Ahora, ¿qué mensaje trajo Juan el Bautista? Mateo 3, Marcos 1 y Lucas 3, nos muestran las características de la predicación de Juan. ¿Anunciaba el amor? ¿Anunciaba la gracia? ¿Qué anunciaba Juan? Leamos el testimonio de Lucas 3, que nos dice (desde el verso 2):

2 y siendo sumos sacerdotes Anás y Caifás, vino palabra de Dios a Juan, hijo de Zacarías, en el desierto. 3 Y él fue por toda la región contigua al Jordán, predicando el bautismo del arrepentimiento para perdón de pecados, 4 como está escrito en el libro de las palabras del profeta Isaías, que dice:

Voz del que clama en el desierto:
Preparad el camino del Señor;
Enderezad sus sendas.
5 Todo valle se rellenará,
Y se bajará todo monte y collado;
Los caminos torcidos serán enderezados,
Y los caminos ásperos allanados;
6 Y verá toda carne la salvación de Dios.

7 Y decía a las multitudes que salían para ser bautizadas por él: ¡Oh generación de víboras! ¿Quién os enseñó a huir de la ira venidera? 8 Haced, pues, frutos dignos de arrepentimiento, y no comencéis a decir dentro de vosotros mismos: Tenemos a Abraham por padre; porque os digo que Dios puede levantar hijos a Abraham aun de estas piedras. 9 Y ya también el hacha está puesta a la raíz de los árboles; por tanto, todo árbol que no da buen fruto se corta y se echa en el fuego.” (RV 1960).

¿Ven algo de romanticismo en el anuncio de Juan? No. Lo que Juan les anunció fueron juicios, es por eso que ellos querían huir de la ira venidera. Y Juan no les ocultó la ira que vendría, que corresponde a los juicios de Dios sobre la tierra y los hombres. Juan les dijo la verdad, los llamó a que se arrepintieran, les advirtió que “el hacha está puesta a la raíz de los árboles”. Mis hermanos, los hombres piensan que tienen sus vidas aseguradas, pero no saben el día y la hora de su partida, no saben que puede ocurrir en cualquier momento, pues el hacha está puesta. Juan se los advirtió. Juan estaba preparando el camino para la gracia que vendría mediante el Señor Jesús (Jn. 1:17). Dios sabe que el hombre es pecador, y antes de otorgarle gracia, el hombre debe ser convicto de pecado. Juan es la ley antes de la gracia. Para que Cristo venga a una vida se necesita a Juan preparando el camino.

Por lo tanto, debemos saber la importancia que Dios le da a este asunto, no se puede ocultar de la vista de las personas, que el hacha está puesta, que deben escapar de la ira venidera.

JUSTO EN SU CASA.

Ahora, lo anterior corresponde a los inconversos; sin embargo, para Su casa, para Sus hijos, el Señor también ha de tenerse por Justo. Somos Sus hijos, pero esto no es excusa para comportarse impíamente, ni carnalmente. El mismo Pablo aconseja a los cristianos a no juntarse con nadie que, diciéndose cristiano, viva una vida pecaminosa sin remordimiento (1Co. 5:11). ¿Por qué? Porque nuestro Padre es Justo. No es Justo solo con los impíos, es Justo por naturaleza y esencia, por lo que nunca lo veremos siendo injusto. Así que, si tú, siendo hijo vives impíamente pensando que Su gracia te ha salvado del infierno y ya está todo bien, has entendido a medias el evangelio; pues si bien eres salvo por gracia mediante la fe en Cristo, también, por ser hijo, Dios te disciplinará para ayudarte a que andes a la altura de Su llamado, y esto es, gracia y justicia en equilibrio (Heb. 12:10).      Mis hermanos, debemos aprender a caminar con el Señor, si tú quieres ser equilibrado en el andar, necesitas temerle y necesitas amarle. Si conoces y entiendes Su justicia, temerás; si conoces y entiendes cómo el Señor te ha amado, le amarás.

CONCLUSIÓN

Por lo tanto, debemos ser sacerdotes que enseñan no sólo el amor de Dios, sino todo Su consejo, todo lo que Dios es, especialmente Su justicia. Que los incrédulos sepan que deben huir de la ira venidera, y que sólo tienen un camino para hacerlo: Cristo. Y aquellos que ya escapamos y somos hijos, debemos aprender y enseñarnos unos a otros, que nuestro Señor es “como fuego purificador, y como jabón de lavadores”, porque siendo hijos aún necesitamos ser purificados y limpiados del viejo hombre (Ef. 4:22). Y que el Señor es el Orfebre que “se sentará para afinar y limpiar la plata”, que nos trata y pone al fuego hasta que ve Su imagen en nosotros (Ga. 4:19). Y que sólo en esos tratos del Señor en nuestra vida, para ayudarnos a andar en novedad de vida, podemos traer “a Jehová ofrenda en justicia”. Porque nuestro Señor, es Justo y Santo, y se nos ha dado el Espíritu para andar a la altura de Su llamado.

¡Que el Señor nos ayude! Amén.