(Texto) 5. Estudio a la epístola de Jacobo – Falta de sabiduría, fe, el hombre de dos almas (1:5-8).

 

Queridos hermanos, la gracia y la paz de nuestro Dios y Padre, y del Señor Jesús el Cristo, Dios manifestado en carne, sea con todos ustedes.

[…][1]

Bueno, gracias al Señor ya vamos en nuestra quinta sesión de estudio de la epístola de Jacobo o de Santiago. Hoy,  vamos a continuar con la lectura y no haremos ningún resumen, debido a que cada una de las enseñanzas se encuentra publicada y necesitamos avanzar.

Entonces vamos al grano de inmediato, por favor, abramos las Escrituras en la epístola de Jacobo o Santiago, capítulo 1, desde el versículo 5. La semana pasada quedamos en el verso 4, y tratamos temas como la prueba, el saber, la fe y la paciencia. Explicamos algunas cosas de todos estos conceptos; no obstante, a medida que vamos avanzando, iremos complementando lo visto.  Ahora, en esta oportunidad, continuaremos leyendo desde el versículo 5 en adelante, nos detendremos, por hoy, en el versículo 8. Entonces leemos lo siguiente:

5 Y si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, el cual da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada. 6 Pero pida con fe, no dudando nada; porque el que duda es semejante a la onda del mar, que es arrastrada por el viento y echada de una parte a otra. 7 No piense, pues, quien tal haga, que recibirá cosa alguna del Señor. 8 El hombre de doble ánimo es inconstante en todos sus caminos.” (RV 1960).

FALTA DE SABIDURÍA.

El versículo 4 finaliza diciéndonos que:

 “tenga la paciencia su obra completa, para que seáis perfectos y cabales, sin que os falte cosa alguna” (RV 1960).

La prueba de nuestra fe, a la que Dios permite enfrentarnos, tiene un fin, un propósito específico, y es que la fe se vuelva constancia, que en nuestra alma sea formado Cristo, dándonos carácter, imprimiendo Su Imagen en nosotros, y que aprendamos a permanecer humillados bajo la poderosa mano de nuestro Dios; en otras palabras, que la prueba de nuestra fe produzca paciencia. No obstante, aparte de la sumisión, de la humillación en la presencia de Dios y de formar un carácter paciente y constante (que es Cristo en nosotros), Dios quiere que seamos “perfectos y cabales, sin que os falte cosa alguna”; es decir, Dios quiere que crezcamos, que maduremos y que seamos completos en Su presencia. Cabe señalar que esto no es algo que nosotros “fabriquemos”, es la mano de Dios en nuestra vida formando a Cristo en nosotros, como en Gálatas 4:19 se nos dice:

Hijitos míos, por quienes vuelvo a sufrir dolores de parto, hasta que Cristo sea formado en vosotros” (RV 1960).

Este es el proceso de santificación y salvación del alma que progresivamente vamos viviendo. Dios el Espíritu Santo, está trabajando en nosotros y no cualquier cosa, sino que a Cristo; está completando en nosotros lo que falta de Él, ayudándonos en el despojo del viejo hombre (Ef. 4:21-23) y en el vestirnos del Nuevo (Ef. 4:24-25). Nuestra alma, nuestra personalidad, nuestra persona misma está siendo salvada por la vida eterna que opera en cada uno de nosotros (Ro. 5:10). Cada día un poquito más. Con nuestra participación (Lc. 9:23), Dios nos da la energía para que poseamos a Cristo y se nos aplique por el Espíritu a nuestro ser completo (Ez. 36:26-27; Ef. 1:15-20; Col. 1:28-29; 1Ts. 5:23). Dios no quiere que nos falte cosa alguna de Cristo, sino que sea Él quien lo llene todo en nosotros.

No obstante, dicho lo anterior, Jacobo por el Espíritu está consciente de la realidad de los cristianos y sabe que puede ocurrir que alguno de nosotros tenga falta de sabiduría.

A primera vista parecería fuera de contexto esto, o en el mejor de los casos, un cambio radical del tema, pero no erremos, Jacobo no ha cambiado el tema, sigue con el mismo. Él sabe que en el momento de la prueba una de las crisis frecuentes es que el cristiano no sabe qué hacer, no entiende qué sucede, no le ve propósito a nada y es presa fácil del tentador que viene a sembrar dudas. Entonces, ante la crisis y las dudas, lo primero que debemos hacer es reconocer en presencia del Señor la falta de sabiduría de lo que acontece. Un ejemplo bíblico de esto es la vida de Job.

En los capítulos 1 y 2, Job se enfrenta a pruebas muy fuertes. Desde el capítulo 3, Job comienza a maldecir el día en que nació y se llena de preguntas. Por lo menos vemos siete preguntas (Job 3:11-12,16, 20-23) existencialistas y personales de Job en dicho capítulo. Luego en el capítulo 4 comienzan a aparecer los amigos, reprendiéndolo, filosofando con él. Elifaz es el primero y su argumentación dura hasta el capítulo 5:27. Luego Job responde y reprocha a sus amigos (Job 6), y entre argumentos y preguntas retóricas, sigue preguntándose con amargura sobre la vida, hasta que en el capítulo 7 argumenta contra Dios. Así ocurren muchas cosas, tenemos personas argumentando a favor de la justicia de Dios, como Bildad en el capítulo 8; tenemos a Job confundido, lamentando su condición (Job 9 y 10). Después un tal Zofar acusándolo de maldad (Job 11) y de caer en las manos del Señor Justo.

Vemos a Job irónico y herido, luchando por no rebelarse contra Dios (Job 12), el dolor y la rebelión vienen a la puerta, pero se esfuerza en doblegarse ante el Señor. La conciencia es un freno para no excedernos en aquellos momentos de amargura. La conciencia de Job lo frenaba y es esta la que nos frena para no apostatar. Son momentos difíciles y la duda aumenta, los pensamientos son como rayos que nos caen y no tenemos paz en ellos.

El desenlace de la historia de Job es un ejemplo de lo que Jacobo nos viene a decir, pues en el momento de la prueba, al igual que Job, pasamos de la duda, a la amargura, a la frustración y argumentamos con la rebelión. Nos justificamos a nosotros mismos pensando en que no somos tan malos y que no merecemos lo que vivimos, tal cual lo hace Job (13 y 14). Los hermanos nos hablan, nos reprenden, pero nadie entiendo el dolor, lo que vivimos y estamos pasando (Job 15), porque nuestras palabras se vuelven honestas, pero amargas; y al igual que Job, nuestra queja crece, hasta ser contra Dios mismo (Job 16 y 17).

En aquellos momentos no hay entendimiento de lo que acontece, no hay paz, porque no sabemos el por qué, no sabemos el para qué; pero hay muchos que especulan, que creen saber por qué estamos padeciendo y los menos consoladores son aquellos que nos juzgan y tratan como malhechores (Job 18), porque piensan que sólo una persona malvada puede sufrir semejantes cosas, pues, al igual que nosotros, no entienden ni saben el por qué. Aquí comenzamos a darnos cuenta que  sólo Dios puede justificarnos (Job 19) y levantar el trato de nosotros. Hay quienes nos juzgan y pareciera que quieren escucharnos confesar las maldades por las que llegamos a dicho estado, se unen amigos y hermanos a deducir el por qué (Job 20 y 21). Intentamos defendernos, al igual que Job, derribar quizás sus argumentos (Job 22) para que callen; sus palabras duelen, porque no hay en ellas salida para nosotros.

En algún momento colapsamos y en nuestra boca ya no hay lugar para callar, el dolor que estamos viviendo sale por todos lados. Nos arrepentimos de nuestros pecados, de nuestras palabras, de aquellas cosas que vienen a nuestra memoria, porque somos acusados por doquier, quisiéramos estar de cara a Dios para argumentar con Él (Job 23).

Mis hermanos, es tan grande el dolor que trae la ignorancia del por qué y para qué, que las quejas ya comienzan a ser contra Dios mismo. Dudamos de Su Omnisciencia, de que sabe lo que vivimos; dudamos de que esté presente, de que nunca deje de estar y de que esté cuidándonos. El antropocentrismo es el paradigma que se respira, ¿cómo es que a nosotros nos deja pasar por esto? (Nos preguntamos). No logramos ver nada, la falta de sabiduría nos ciega; pero no lo reconocemos. Hasta que en algún momento, el Señor nos ayuda a ver qué necesitamos sabiduría para ver y entender el “para qué”.

Entonces debemos emprender el viaje en busca de la sabiduría (Job 28), aquí nos resuena lo que dice Jacobo, porque la sabiduría se halla en Dios. La sabiduría de la que habla Jacobo, no es simplemente saber algo, sino entenderlo, comprenderlo y aceptarlo. Es saber el para qué Dios lo está haciendo y encontrar en esto el consuelo. Pero esto, hermanos, no se encuentra sin aflicción. Del dolor, pasamos a la rebelión; luego de la acusación, a la  justificación propia. Pasamos de estado en estado por causa de que carecemos de sabiduría. Muchos se entrometen, pero no consuelan.

LA SABIDURÍA DE DIOS: CONOCERLE EN CRISTO.

Mis hermanos, cuando veamos a nuestros hermanos ser probados no levantemos el dedo. No argumentemos. Ayudemos a los hermanos a orar y unámonos en pedir una sola cosa: Que el Señor se les revele. Porque la Sabiduría personificada es Cristo nuestro Señor[2].

Job padeció 37 capítulos, que quizás en su vida fueron sólo días, o fueron meses, o quizás años. Pasó por muchos procesos hasta que Dios habló. Amados hermanos, Job estaba lleno de preguntas personales, de dolor, de acusaciones y de justicias propias. El alma de Job era como se dice de la tierra en Génesis 1:2, que “llegó a estar desolada y vacía” (BTX III); así estaba Job, hasta que Dios habló. Y es curioso que Dios no responde sus preguntas ni los argumentos de Job, lo que hace Dios es revelarse a él. Su Grandeza, Omnisciencia, Omnipotencia, confrontan al hombre Job. Es tan pequeño y Dios tan grande (Job 38 al 41). Los atributos de Dios anonadan a Job y al mismo tiempo lo impactan. Parecía que Dios no hubiera estado, pero estaba más presente que el mismo Job. Dios teniendo el poder permitió todo esto; no por Job, sino por Su Gloria, por la grandiosa experiencia que le daría a Job, de conocer y entender a Dios. Porque hermanos, esa es la verdadera sabiduría que podemos tener, conocer y entender a Dios en Cristo. El Salmo 111:10, Proverbios 1:7 y 9:10, nos dicen una cosa importantísima:

El principio de la sabiduría es el temor de Jehová; Buen entendimiento tienen todos los que practican sus mandamientos; Su loor permanece para siempre.” (Sal. 111:10, RV 1960).

El principio de la sabiduría es el temor de Jehová; Los insensatos desprecian la sabiduría y la enseñanza.” (Pr. 1:7, RV 1960).

El temor de Jehová es el principio de la sabiduría, Y el conocimiento del Santísimo es la inteligencia.” (Pr. 9:10, RV 1960).

Nosotros pensamos en la sabiduría separada de Dios; pero hermanos, la falta de sabiduría es falta de conocimiento de Quién y cómo es Dios en la faz de Jesucristo (2Co. 4:6). Los pasajes que leímos recién, nos muestran que la sabiduría tiene como principio el temor de YHWH; pero no podemos tener temor de Dios, sino le conocemos. El conocimiento del Dios Santo trae un noble temor al Dios que servimos. Sin conocimiento de Quién y cómo es Dios, no puede haber temor; y sin temor, no podemos entrar a la verdadera Sabiduría. Es en medio de la prueba que debemos reconocer la falta de conocimiento y entendimiento que tenemos de la Persona de Dios. ¡Oh Señor, revélate a nosotros! ¡Permíteme conocerte y entenderte! Porque cuando le vemos y entendemos, entonces nos ocurre lo que pasó con Job, cuando dijo:

He aquí que yo soy vil; ¿qué te responderé?
Mi mano pongo sobre mi boca.” (Job 40:4, RV 1960).

Y también:

Yo conozco que todo lo puedes,
Y que no hay pensamiento que se esconda de ti.
¿Quién es el que oscurece el consejo sin entendimiento?
Por tanto, yo hablaba lo que no entendía;
Cosas demasiado maravillosas para mí, que yo no comprendía.
Oye, te ruego, y hablaré;
Te preguntaré, y tú me enseñarás.
De oídas te había oído;
Mas ahora mis ojos te ven.
Por tanto me aborrezco,
Y me arrepiento en polvo y ceniza.” (Job 42:2-6, RV 1960)

NO PIDAMOS SALIR, PIDAMOS QUE SE NOS REVELE.

Amados hermanos, en medio de la prueba luchamos y pedimos que se nos quite esta; pero debemos saber que es una oración vana. Si Dios nos sacó al desierto para probarnos, nos probará y nos preservará (Dt. 8:1-10). Esto último es importantísimo de entender, Dios nos preservará. Si no hemos muerto en medio de lo que estamos padeciendo, es porque Dios nos lleva al desierto para probarnos, no para matarnos; así que nos preservará la vida delante de Él hasta lograr lo que se ha propuesto de Cristo en nosotros. Así que, en medio de la prueba no debemos pedir ni perder el tiempo orando que se nos quite la prueba. No, queridos hermanos, no debemos perder este tiempo valioso pidiendo aquello; porque Dios no detendrá la prueba, ni permitirá que salgamos con la hoja en blanco. Lo que sí debemos pedir, es lo más grandioso que le puede ocurrir a un mortal como nosotros: Que el Señor se nos revele. ¡Oh Señor muéstrate a mí! ¡Oh Señor revélame cómo eres para entenderte y comprenderte! Esta es la sabiduría que debemos reconocer nos falta y necesitamos. Carecemos de conocimiento de Dios, de la Persona de Dios, conocimiento experimental de Él.

DIOS DA GRACIA A LOS HUMILDES.

Roguemos a Dios por esto, que se nos revele, pero hagámoslo humillados. Miren, veamos un principio en la lucha de Jacob en Peniel, por favor, lea conmigo semejante pasaje, Génesis 32:22-30, dice:

22 Y se levantó aquella noche, y tomó sus dos mujeres, y sus dos siervas, y sus once hijos, y pasó el vado de Jaboc. 23 Los tomó, pues, e hizo pasar el arroyo a ellos y a todo lo que tenía. 24 Así se quedó Jacob solo; y luchó con él un varón hasta que rayaba el alba. 25 Y cuando el varón vio que no podía con él, tocó en el sitio del encaje de su muslo, y se descoyuntó el muslo de Jacob mientras con él luchaba. 26 Y dijo: Déjame, porque raya el alba. Y Jacob le respondió: No te dejaré, si no me bendices. 27 Y el varón le dijo: ¿Cuál es tu nombre? Y él respondió: Jacob. 28 Y el varón le dijo: No se dirá más tu nombre Jacob, sino Israel; porque has luchado con Dios y con los hombres, y has vencido. 29 Entonces Jacob le preguntó, y dijo: Declárame ahora tu nombre. Y el varón respondió: ¿Por qué me preguntas por mi nombre? Y lo bendijo allí. 30 Y llamó Jacob el nombre de aquel lugar, Peniel; porque dijo: Vi a Dios cara a cara, y fue librada mi alma.” (RV 1960).

El Varón que aparece aquí luchando con Jacob es el mismo Hijo de Dios, antes de encarnarse[3]. Jacob forcejeo con Él reclamando bendición, pero no se le bendijo hasta que se le descoyuntó el muslo. ¿Por qué? Porque Jacob era el usurpador, el soberbio, el fuerte en sí mismo, el que se paró de igual a igual con Dios. Entonces el Señor lo resistió primero, y para bendecirlo el Señor lo humilló. Al descoyuntar su muslo, Jacob no pudo ya más sostenerse en pie; no obstante, desde el suelo lo agarró y humillado, sin fuerzas y desesperado, le pidió al Señor que lo bendijera. Allí el Señor lo bendijo. Cuando estaba humillado. Cuando se había arrodillado ante Dios, cuando estaba quebrantado. Allí se le bendijo. Pues como cita Pedro:

Dios resiste a los soberbios, Y da gracia a los humildes.” (1 P. 5:5, RV 1960)

Entonces mis hermanos, lo que debemos pedir es conocerle y entenderle, para que haciéndolo, podamos gozarnos en la prueba de nuestra fe; pues el gozo y alegría proviene de nuestro Dios, del Dios que se nos revela. Y esto, hay que pedirlo humillados.

PEDIR INSISTENTEMENTE.

El verbo “pida”, está en el presente imperativo, en la voz activa (Carballosa, 2004, p. 91). Esto indica que se “debe continuar pidiendo” o “ser persistente en pedir”; es decir, esto ha de ser una petición constante. En cuanto a la sabiduría, hay que pedirla continuamente; debemos ser constantes e insistentes en esta petición que Dios aprueba. No es una oración de pasillo y rápida, sino molestar, buscar, insistir, hasta que se nos revele (Lc. 18:1-8). Como Jacob, así luchar, forcejear, molestar e insistir con Dios. Y en nuestra humillación, al tener hambre y sed de Dios, Él que es infinitamente generoso nos dará abundantemente y sin reprocharnos nada. El Señor se nos revelará, se nos mostrará. El Padre nos revelará a Su Hijo (Mt. 16:16-17), y el Hijo nos revelará a Su Padre (Mt. 11:27). Y esto, es la sabiduría que necesitamos en medio de la prueba. Si el Señor se nos revela, entenderemos el por qué, el para qué. No habrá dudas, nuestra mano pondremos sobre nuestra boca y nos gozaremos aún en lo que estemos viviendo. Recuerdo lo que padeció mi mujer durante tres años. Una difícil prueba que, cuando el Señor se le reveló, ella lloraba de alegría, aunque estaba sufriendo. Porque al Verle todo lo demás pasa a ser inferior, incluso nosotros mismos. Durante ese tiempo, lo único que pedíamos con unos hermanos, era que se le revelará el Señor. Hasta que esto ocurrió. Fue hermoso aquel día. El Señor se mostró y ella quedó sin palabras, sin quejas, se gozó en Su Señor. Gracias al Señor por esto.

Así que hermanos, no debemos pedir al Señor que nos quite la prueba, sino que se nos revele. Y los que vemos a los hermanos siendo probados debemos contribuir con esta oración, que el Señor se les revele.

DIOS QUIERE SER CONOCIDO Y LA FE.

Ahora, todas estas cosas debemos pedirlas creyendo, no dudando. Jacobo nos dice:

6 Pero pida con fe, no dudando nada; porque el que duda es semejante a la onda del mar, que es arrastrada por el viento y echada de una parte a otra. 7 No piense, pues, quien tal haga, que recibirá cosa alguna del Señor. 8 El hombre de doble ánimo es inconstante en todos sus caminos.” (Stg. 1:6-8, RV 1960).

Ya dijimos anteriormente que la fe no es un sentimiento, sino confianza en algo que sabemos y creemos de todo corazón. La fe no es ciega. Hermanos, si queremos pedir que el Señor se nos revele, debemos saber primero que Dios ha querido revelarse a Sí mismo. Dios quiere que le conozcamos. Por ejemplo, tenemos en la creación a Dios dejando huellas de Su presencia, de Su Omnipotencia, de que es Dios[4]. Luego tenemos en nuestras manos las Escrituras, una revelación especial de Quién es este Dios[5]. Y grandiosamente, tenemos en el registro histórico de este Santo Libro y de la historia secular, el testimonio de Jesús de Nazaret, que es Dios manifestado en carne (1Ti. 3:16; Heb. 1:1-4) y que ha venido a salvarnos, pero principalmente ha venido a darnos a conocer al Dios invisible (Jn. 1:18; Col. 1:15).

La salvación, digamos su aspecto jurídico, es el inicio y medio para sumergirnos a un camino más elevado. Y se nos ha dado la vida eterna, gracias al sacrificio del Señor Jesús, y esta no tiene su valor en vivir para siempre, sino en que se nos dio para conocer a Dios y a Su Hijo. Lea conmigo Juan 17:3, que nos dice:

Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado.” (RV 1960).

¿Se dan cuenta? ¿Pensaba usted que sólo era para vivir eternamente? No, sino para que le conozcamos. Porque Dios quiere ser conocido. Entonces, entendiendo esto, sabiéndolo y creyéndolo, oramos a Dios buscando conocerle y entenderle, no poniendo la vista en si nuestra oración contiene las palabras correctas, sino en que Dios quiere darse a conocer a nosotros. Porque Dios quiere revelarse en Su Hijo, entonces por eso oramos insistentemente que se nos revele, con un corazón humillado, ya que sabemos que Su voluntad es darse a conocer. Así es que oramos con fe en esto, porque Su Palabra nos lo ha mostrado: Dios quiere darse a conocer. Y si sabemos que esta es Su voluntad, entonces pedimos confiados, sin dudar; porque la duda proviene de no saber qué es la voluntad de Dios, la cual, por las Escrituras se nos ha comunicado y, el Espíritu, iluminando nuestro entendimiento nos permite entenderla: Dios quiere revelarse. ¡Oh Padre, revélanos al Hijo! ¡Oh Hijo, revélanos al Padre! ¡Queremos más!

Debemos orar confiando en que el Señor quiere que Le conozcamos. Las palabras correctas no deben importar más que la fe en el saber que Dios quiere revelarse; ni nuestra debilidad debe importar más que el saber que Dios quiere que Le conozcamos.

Nada es más valioso que verle, pues al verle seremos como Él (1Jn. 3:2). Al verle vamos siendo transformados progresivamente a Su Imagen (Col 1:15). Amados hermanos, el que duda, tiene sus pensamientos en sí mismo, pone la vista en esto y en aquello, en si obró bien o  si dijo lo correcto; sus pensamientos son variantes, porque no están puestos en la Roca, sino que en sí mismo. El que duda piensa  en sus justicias propias, en sus obras, en su humanidad; pero no en Dios que quiere revelarse.

El griego, donde dice “hombre de doble ánimo” dice literalmente “varón de dos almas”. Un hombre egocéntrico, llevado por lo que siente y quiere para sí mismo; pero no por lo que Dios es y Su voluntad. Un hombre de dos almas se tiene como centro e ídolo. No le interesa conocer al Señor, sólo le interesa él mismo y no sufrir. Es inconstante, a veces vive para el Señor, pero otras para sí mismo. Lo que hace, a veces es por el Señor, pero otras por sí mismo. En alguien que vive así, lamentablemente no se puede confiar. Es zarandeado de aquí para allá, cualquier opinión lo mueve. Llevado por la emoción dirá que sí, pero desapareciendo la emoción dirá que no. La única posibilidad que se tiene al ser de doble ánimo, es que el Señor nos muestre que lo somos, para luego pedir Su ayuda. No tenemos tiempo para entrar en esto, Dios mediante la próxima reunión lo veremos.

Mis hermanos, por favor no olviden que Dios quiere revelarse y nuestro deseo debe ser responder a esto con “yo quiero conocerte”.

Por ahora, vamos a parar aquí. Amén.

 


 

[1] Recuerda pedirle al Señor en oración, que te edifique y ayude a entender.

[2] Proverbios 8:12, muestra a la Sabiduría como Persona y en 1 Corintios 1:24, 30, se nos dice que Cristo es la Sabiduría de Dios.

[3] También conocidas como “Teofanías”.

[4] Iafrancesco, G. Prolegómenos. De La Teología Natural. Bogota: Cristiania.

[5] Ibíd. De La Transición De La Revelación General A La Especial. Y Del Lugar De La Bibliología.