(Texto) 4. Estudio a la epístola de Jacobo – La prueba, el saber, la fe y la paciencia (1:2-4).

 

Amados hermanos,  la gracia y la paz de nuestro Señor Jesús el Cristo sea con todos ustedes. Antes de continuar con nuestra lectura de estudio de la epístola de Jacobo o Santiago, le aconsejo invoquemos a nuestro Señor, oremos a Él; porque necesitamos siempre del suministro de Su Espíritu, pues el Señor prometió que el Espíritu sería quien nos enseñaría (Jn. 14:26; 1Jn. 2:27),  recordaría (Jn. 14:26) y mostraría a Cristo (Mt. 16:15-17; Jn. 3:1-15, 16:14; Ga. 1:16). Y así también prometió dar gracia al que se humille en Su presencia (1P. 5:5; St. 4:6),  y de socorrer a todo aquel que invoque Su Nombre (Hch. 2:21). Así es que, humillados nuestros corazones en Su presencia y confiados de que estamos en Cristo, oremos brevemente cada uno.

[…][1]

Debemos dar gracias al Señor por permitirnos una vez más abrir las Escrituras. Hasta ahora, ya hemos tenido tres introducciones. La primera, relacionada a la historia de esta epístola y su autoría humana guiada por el Santo Espíritu de Dios. La segunda, relacionada a los destinatarios de la epístola. Y la tercera, relacionada a la declaración hecha por Jacobo acerca de que es esclavo de Dios y del Señor Jesús Cristo. Jacobo podría haberse presentado como “el hermano del Señor”, pero no lo hizo, pues el conocimiento que tenía respecto al Señor Jesús no le permitía tal cosa, pues al decirle “Señor” estaba empleando un término de Autoridad y Superioridad, pero también, debido a la solemnidad de muchos judíos en cuanto al Nombre de Dios, vimos que entre ellos circulaba la idea de que no debían pronunciar el nombre YHWH[2], sino reemplazarlo por Adonai que, al griego se tradujo Kýrios y, a su vez, al español se tradujo Señor; es decir, para Jacobo y los apóstoles, Jesús no sólo era el Mesías, sino que YHWH[3], Dios-Hombre (Jn. 1:1; Ro. 9:5; 1Ti. 3:16; 1Jn. 5:20; Ap. 1:8).

LA PRUEBA.

Ahora, dado que necesitamos avanzar en nuestra lectura, vamos a abrir la Biblia inmediatamente en la epístola de Jacobo o de Santiago, capítulo 1, y leeremos desde el versículo 2 al 4. Voy a leer en la traducción Reina-Valera del 1960, dice así:

 “2 Hermanos míos, tened por sumo gozo cuando os halléis en diversas pruebas, 3 sabiendo que la prueba de vuestra fe produce paciencia. 4 Mas tenga la paciencia su obra completa, para que seáis perfectos y cabales, sin que os falte cosa alguna.

Estos versículos que acabamos de leer son muy iluminadores y nos permiten tratar algunos temas importantes en el caminar del cristiano. Jacobo parte inmediatamente llevándonos a la conciencia de las “diversas pruebas”. Esto significa, metafóricamente, que las pruebas vienen en distintos colores (Carballosa, 2004, p. 86). Es decir que las pruebas pueden ser de diferente clase.

Es importante entender que las pruebas pueden variar en forma, tiempo, situación, lugar, etcétera; no obstante, jamás la prueba es sin un propósito de parte de Dios. Por favor, lea conmigo Job 1:22. Si hay alguien que sufrió la prueba, fue Job. En este pasaje Job había sufrido la pérdida de sus hijos e hijas, y también de sus bienes. Una gran prueba estaba pasando, y sin embargo, dice la Biblia que:

En todo esto no pecó Job, ni atribuyó a Dios despropósito alguno.” (RV 1960).

Job sabía que Dios tenía un propósito. No pensaba en que lo ocurrido fuera una casualidad, sino que había una causalidad. ¿Cómo es posible esto? Hay algo que debemos tratar aquí, detenernos a considerar. Voy a explicar algo a “vuelo de pájaro”[4], para poder aprovechar mejor esto.

Para Job el centro de todo y del universo era Dios. La mentalidad de Job era de un hombre que giraba alrededor de Dios. Aquí vamos a considerar dos conceptos: 1) Antropocentrismo, y 2) Teocentrismo.

EL ANTROPOCENTRISMO Y EL TEOCENTRISMO.

El antropocentrismo, pone al hombre como centro de todo; mientras que el teocentrismo, pone a Dios como centro y razón de todo. El hombre en un principio vivía teocéntricamente, pero después de la caída se dio cuenta que estaba desnudo. Siempre anduvieron desnudos en la presencia de Dios y no se avergonzaban (Gn. 2:25), hasta que cayeron en la desgracia del pecado. Hasta ese entonces, el hombre no se había dado cuenta de su desnudez. La Biblia nos dice que al comer del árbol de conocimiento del bien y del mal, “fueron abiertos los ojos de ambos, y conocieron que estaban desnudos” (Gn. 3:7). El hombre, hasta entonces no conocía esto, no era de su interés su desnudez; su interés estaba puesto en su Creador, en su relación con Elohim y con la mujer que Dios le hizo, Eva. Pero al comer del árbol incorrecto comenzó a mirarse  a sí mismo, separado de Dios. Comenzó a vivir preocupado de sus necesidades, siendo que con El-Shadday[5] tenía todo lo que necesitaba. Pero lamentablemente el hombre comenzó a mirarse a sí mismo y dejó la vista puesta en él. Dejó de mirar y vivir alrededor de su Señor, dejó de mirar a su Dios, y comenzó a vivir entorno a sí mismo. El hombre se volvió en sus paradigmas el centro de todo, pero como era caído, del antropocentrismo se fue al egocentrismo. Es decir, de buscar el bien general del hombre, como humanidad, sociedad, pasó a buscar el bien propio, el del individuo. El hombre cayó.

Considerando lo anterior, nos damos cuenta que Job vivió de acuerdo al paradigma teocentrista; para Job,  Dios era el centro de todo, por lo tanto, lo que estaba viviendo tenía un propósito en Dios, era la voluntad de Dios, para un fin mayor. En medio de la prueba, estos paradigmas se dejarán ver en la vida del cristiano, quedará de manifiesto cuál paradigma gobierna, y son estos paradigmas que sostenemos y creemos, que nos permiten afrontar las pruebas de manera distinta. Es con esto que podemos pensar de dos maneras:

1) Soy un desgraciado con mala suerte (antropocentrismo).

2) El Señor tiene un propósito con esto, para Su gloria (teocentrismo).

Dependiendo del paradigma que gobierne en nuestra mente, será nuestra manera de partir afrontando la prueba. Que el Señor abra nuestros ojos para poder discernir esto. Porque, hermanos, es necesario identificar estos paradigmas. Que el Espíritu de Dios ilumine nuestro corazón.

EL SUMO GOZO Y EL SABER.

Ahora bien, considerando lo anterior y no olvidándolo, continuamos viendo que Jacobo nos manda a tener “por sumo gozo cuando nos veamos en diversas pruebas”. Digo “nos manda”, debido a que en el griego, “tened” aparece de forma imperativa, es decir, que lo dice como un mandamiento o exhortación, como quién motiva con autoridad. Jacobo nos motiva con autoridad al “sumo gozo”, es decir, un gozo elevado, total, sin mezcla, puro. Nos está diciendo que en medio de las pruebas debemos tener un gozo puro; pero, ¿cómo es posible tener un gozo perfecto, total, sin mezcla y puro cuando estamos siendo probados de diferentes maneras? Para entender esto, debemos ir poniendo algunas bases, como que la prueba tiene algunas relaciones de lenguaje figurado en la Biblia, por ejemplo, se asemeja al fuego en el que es puesto el oro en 1 Pedro 1:7. Si vemos y entendemos esta relación (fuego-prueba), podríamos decir con honestidad que la prueba no es algo que deseemos. A nadie le gustaría estar en el fuego, pero entonces, ¿cómo es que podemos tener un gozo puro, total y elevado en medio de las diferentes pruebas a las que podemos ser enfrentados?

Queridos hermanos, Jacobo nos muestra de dónde proviene este gozo diciéndonos “sabiendo que la prueba”. Es decir que, el sumo gozo viene de saber algo o algunas cosas respecto a la prueba. Este saber, en el griego, es “saber por experiencia”, es decir, vivir lo que sabemos y aprender de lo que vivimos. No proviene de lo que sentimos, ni de lo que egocéntricamente queremos, sino que proviene del saber por experiencia aquello que la mente logra aprender y entender de lo vivido. Se trata de un entendimiento específico basado en lo que experimentamos. Dicha experiencia es la que Dios nos permite tener.

Saber es importantísimo para el cristiano, por ejemplo, saber en qué hemos creído, o por qué somos salvos, o por qué nos bautizamos, o por qué partimos el pan, etcétera. Todas estas cosas se saben, se deben saber, no se hacen porque nos sentimos de una forma u otra; porque no se trata de lo que sentimos, sino de lo que 1) sabemos, 2) creemos y 3) experimentamos en el Señor. Pablo, en sus epístolas, menciona varias veces el asunto de saber (Ro. 5:3; 6:6, 9; 1Co. 15:58; 2Co. 4:14; 5:6; Ga. 2:16; Ef. 6:8-9; Flp. 1:17; Col. 3:24; 4:1; 2Tim. 2:23; 3:14; Tit. 3:11; Flm. 1:21), en distintos contextos, siempre hay un “sabiendo”. Lo mismo hace Pedro (1P. 1:18; 3:9; 5:9), y también Juan (Jn. 13:1,3; 18:4; 19:28), entre otros.

Entonces, mis hermanos, el Señor quiere que sepamos, es importante el saber en el cristianismo; tanto en lo doctrinal como en lo que vivimos, es importante el saber. Sinceramente creo que lo peor que nos puede pasar en medio de la prueba es la incertidumbre, el no saber, la ignorancia. Y es común que en medio de nuestras aflicciones siempre aparezca la pregunta “¿por qué?”; pero Dios nos quiere llevar más allá del por qué, quiere llevarnos a entender el para qué. Porque somos de Dios y ningún despropósito hay en Él.

Jacobo nos quiere enseñar que el sumo gozo lo podemos tener si es que aprendemos y sabemos algo. ¿Qué cosa?

 “… sabiendo que la prueba de vuestra fe produce paciencia.  Mas tenga la paciencia su obra completa, para que seáis perfectos y cabales, sin que os falte cosa alguna” (RV 1960).

Lo que leemos nos dice que debemos saber el para qué es la prueba, y lo que leemos nos muestra el para qué. Por favor, pongan atención a lo que debemos saber. Primero, dije anteriormente que la prueba es como el fuego en que se pone el oro. Esto nos muestra que la prueba es sólo un instrumento de purificación, un medio para lograr un fin. Lo segundo es preguntarnos, ¿qué es lo que se prueba? ¿Qué es lo que se arroja al fuego? Queridos hermanos, la respuesta se halla en la frase “la prueba de vuestra fe”; es decir que las pruebas vienen para nuestra fe, es la prueba de nuestra fe, es nuestra fe sometida a prueba. Como lo dice Pedro:

“… para que sometida a prueba vuestra fe, mucho más preciosa que el oro, el cual aunque perecedero se prueba con fuego, sea hallada en alabanza, gloria y honra cuando sea manifestado Jesucristo” (1P. 1:7, RV 1960).

¿Se dan cuenta? Nuestra fe sometida a prueba y siendo comparada con el oro, el cual, se prueba su calidad, su pureza y resistencia por medio del fuego; así también nuestra fe es sometida a la presiones de la prueba. Es puesta en el fuego para purificación y resistencia. No obstante, debo realizar una pregunta fundamental ante esto. Hermanos, considerando que es la “prueba de vuestra fe”, pregunto, ¿qué es la fe?

ACERCA DE LA FE.

Algunos piensan en la fe como un sentimiento bonito que podemos experimentar; otros lo ven como una pasión o como emociones positivas ante la desgracia. Otros piensan que la fe es creer a ciegas. Ante todo esto y mucho más, la Biblia nos informa y enseña diferente. Vamos a leer tres versículos acerca de la fe. Primero busquemos Hebreos 11:1, que nos dice:

Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve.” (RV 1960).

Si leemos sólo este pasaje, pareciera que la definición “creer a ciegas” es la correcta; pero esto no es lo único que nos dice la Biblia. Vamos a leer también Romanos 10:17, que registra:

Así que la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios.” (RV 1960).

Ahora la fe comienza a tener un significado más objetivo, menos emocional y más intelectual. Pablo nos enseña  “que la fe es por el oír”, es decir que viene de algo que oímos. ¿La explosión de una bomba? No. ¿Un ruido que no entendemos? No, sino que nos dice que “y el oír, por la palabra de Dios”. ¿Se dan cuenta? La fe viene de oír, y el oír por la Palabra de Dios; esto nos indica que es una fe inteligente más que emocional.

Lo que nosotros oímos es lo que luego sabemos, entendemos y creemos. Entra por el oído y, una vez adentro, se vuelve conocimiento, lo creemos y nace la fe. Por lo tanto, la fe no es una emoción, la fe está más familiarizada con el conocimiento, es entender algo específico y creerlo de todo corazón, es convicción. Aferrarnos a lo que sabemos y creemos, aferrarnos a la verdad que se nos ha comunicado; confiar en la verdad que sabemos y creemos; guardar la verdad que sabemos y creemos. Y todo lo que sabemos y creemos viene de la Palabra de Dios, que es la Verdad (Sal. 119:160). ¿Me explico?

Ahora bien, considerando que la fe viene por la Palabra de Dios, debemos preguntarnos lo siguiente: Si pudiéramos sintetizar la Palabra de Dios, ¿en qué se resume todo?

EL RESUMEN DE LA PALABRA DE DIOS.

Las Escrituras nos informan al respecto. Vamos a Romanos 1:1-5 que nos dice:

1 Pablo, siervo de Jesucristo, llamado a ser apóstol, apartado para el evangelio de Dios, 2 que él había prometido antes por sus profetas en las santas Escrituras, 3 acerca de su Hijo, nuestro Señor Jesucristo, que era del linaje de David según la carne, 4 que fue declarado Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por la resurrección de entre los muertos, 5 y por quien recibimos la gracia y el apostolado, para la obediencia a la fe en todas las naciones por amor de su nombre” (RV 1960).

Pablo nos dice que Dios lo apartó para el evangelio y dice que Dios prometió este evangelio antes por Sus profetas en las Santas Escrituras, y continúa diciéndonos de qué trata este evangelio: “acerca de Su Hijo”. Nos está diciendo que lo hablado por los profetas en las Santas Escrituras, es acerca del Hijo de Dios; y no sólo esto, sino que nos dice Quién era este Hijo de Dios en la historia, nos dice que Su nombre es Jesús el Cristo, y que vino del linaje de David. Y no sólo esto, nos dice que Dios lo resucitó de los muertos.

Hermanos, la resurrección del Señor Jesús de entre los muertos, es el más grande testimonio de que Jesús es el Hijo de Dios. En la Introducción III, explicamos qué significa que sea el “Hijo de Dios”. Los judíos entendieron bien esto, entendieron que al decir que Dios era Su Padre estaba diciendo que Él es igual a Dios, que Él es Dios. Y ésta es la Roca Fundamental de la fe cristiana: Que Dios se hizo Hombre, y estando en la condición de Hombre, hizo milagros en medio del pueblo, sanó enfermos, predicó el evangelio del Reino (Is. 35:3-5). Como Hombre se humilló a Sí mismo (Flp. 2:5-11.), dejó que los hombres pecadores lo golpearan, lo escupieran, lo ofendieran. Como Hombre se ofreció como el Cordero de Dios que quita y carga con el pecado del mundo (Jn. 1:29, 36), para que cumpliendo toda la justicia de Dios pudiéramos ser salvos al creer de todo corazón que, Dios tomó el lugar que nos correspondía a nosotros en el juicio (1Tim. 3:16; Hch. 20:28) y sufrió el castigo que merecíamos nosotros (Is. 53:5). La justicia de Dios de la que habla Romanos 1:17.

Los judíos persiguieron a los cristianos por el testimonio de Quién es Jesús[6]; y los romanos mataban a los cristianos por decir que Jesús era el Señor, Dios, el Cristo[7].

Respecto a los judíos, piensen en esto: Tener una religión donde supuestamente se adoraba a Dios, con rituales, con un templo, y cuando vino el Dios de ese templo al que se le rendían los rituales (Mal. 3:1), cuando vino como Hombre, no lo conocieron y, como dice Juan 1:11, “a los suyos vino, y los suyos, no lo recibieron”; y no sólo lo despreciaron (Is. 53:3), sino que lo mataron en una cruz maldita (Dt. 21:23; Ga. 3:13), allí colgaron al Dios que adoraban. Dios vino como Hombre. Esa es la Roca Fundamental de la fe cristiana (Mt. 16:13-20). Si Dios vino como Hombre, fue el mismo Dios al que ofendimos el que ocupó nuestro lugar en el juicio y castigo; fue el mismo Dios al que rechazamos, quien nos salvó[8]. Dios nos ha salvado y nos ha hecho hijos Suyos (Jn. 1:12). Porque el único que puede perdonar las ofensas del ofensor, es el Ofendido. ¿Lo ven hermanos?

En esta fe creemos además, que Dios, al creer nosotros en Su Hijo, nos ha dado el Espíritu Santo como Sello de propiedad; es decir, que nos ha marcado como propiedad Suya (Ef. 1:13-14). Y esto es grandioso porque al recibir el Espíritu de Dios hemos recibido a Dios mismo (Ez. 36:26-27; Jn. 14:23; 1Co. 6:17; Ef. 2:22; 1Tim. 3:15). Por lo tanto, no sólo hemos sido salvados por Dios mismo (Is. 35:4), sino que también Dios mismo ahora vive en nuestros espíritus y se ha unido a nosotros para nunca más dejarnos. Y si vive en nosotros no es como una Visita, sino como el Dueño de nuestra vida, para que ahora Él nos vaya guiando de a poquito a vivir una vida junto a Él. Dios vive y habita en ti y en mí. Dios el Padre, Dios es Hijo y Dios el Espíritu Santo, habita permanentemente en ti y en mí, si es que hemos creído de todo corazón en Su Hijo (Jn. 14:23). Esta es la fe fundamental. Y si se dan cuenta, es un conocimiento específico. Es saber, es entender, es comprender y es creer todo esto que sabemos. Y si creemos de todo corazón, entonces viviremos de una manera. Porque lo que creemos se vive. Nuestras convicciones nos definen, transforman y encaminan.

Todas las cosas que creemos en nuestro corazón para con Dios, tienen una expresión visible. Por ejemplo, nos reunimos porque Él ha dicho que donde hay dos o tres reunidos en Su nombre, Él estaría en medio (Mt. 18:20); porque se nos ha revelado como “Dios con nosotros” (Mt. 1:23). Entonces nos juntamos porque sabemos y creemos que Él está en medio, y oramos por la misma razón; cuando le pedimos algo es debido a que está en medio nuestro, oramos por los enfermos porque creemos que Dios, el Omnipotente, está en medio; y esto es debido a que Él ha dicho que estaría (Mt. 28:20); lo sabemos y lo creemos, y por ende, nos reunimos, y oramos, y le alabamos, etcétera.

También nos bautizamos porque sabemos y entendemos que el que cree en el Hijo tiene mandamiento de sumergirse con el Señor en las aguas, demostrando así lo que cree (Mr. 16:16), identificándose con Él en Su muerte (Ro. 6:3), declarando que es uno con el Señor en la que fue Su muerte y en la que fue Su resurrección (Ro. 6:4), porque Él primero se ha identificado con nosotros (Is. 53:4-5; Jn. 1:14; Flp. 2:5-11; 1Tim. 3:16). Entonces sabemos que se ha identificado con nosotros y ahora, creemos que nosotros nos identificamos con Él, como lo ha mandado. Lo que sabemos, es lo que debemos creer y define cómo debemos andar. Pero hermanos, debemos ser completos y decir que es posible saber y no creer. Es posible saber y no tener fe, y es por esto, que la prueba es para la fe.

LA PRUEBA Y PURIFICACIÓN DE LA FE.

Aquello que sabemos y que decimos creer, es y será probado. Aquello que hemos oído de Dios mediante Su Palabra, mediante las Escrituras, será probado en el fuego. Y esto será para purificación de la fe que tenemos. Porque nosotros mezclamos lo que sabemos con lo que sentimos (2Co. 11:3). A veces pensamos que tenemos fe, pero la verdad nos movemos por lo que sentimos. Por ejemplo, un hermano es delegado por el Señor para un servicio, sea cual sea. El hermano sirve al Señor, pero cuando está triste deja de hacerlo y le pide a otro que lo haga. Eso no es andar por la fe, es andar por lo que sentimos.

Los hermanos que el Señor llama al ministerio de la Palabra, otro ejemplo, partimos leyendo muy ligado a lo que nos agrada o cuando nos agrada. Leemos cuando tenemos ánimo, nos ocupamos cuando tenemos ánimo; pero hermanos, no debe ser así. Tenemos una responsabilidad y la debemos asumir debido a que creemos en lo que Dios nos ha dado como responsabilidad. Pero esto no podemos comprenderlo si la prueba no viene a la fe. La prueba quema lo que no es de la fe, lo deja en evidencia. En la prueba nos damos cuenta lo emocionales que somos y, es allí, que aprendemos a caminar por lo que creemos, a permanecer en la fe, incluso cuando emocionalmente estamos mal. La purificación significa la desintoxicación de nuestra fe, de aquellas cosas que no son parte de ella.

Permítanme otro ejemplo. Viene la prueba para un cristiano nuevo, dice creer que Dios ha hecho una obra en él y que ahora mora el Espíritu de Dios en su espíritu. De pronto se encuentra rodeado de un fuego, de la prueba. La situación es tensa, quiere golpear a alguien y se da cuenta que aquellos deseos no se han ido, y se pregunta: “¿dónde está el Espíritu Santo que me habita?”. Sus emociones están exacerbadas y comienza a pensar: “El Señor no vive en mí”, o “no recibí el Espíritu”, o “parece que no sirvo”. Su confianza está puesta en lo que siente, pero no en la Palabra de Dios que nos dice que recibimos el Espíritu Santo por creer en Cristo Jesús como el  Hijo de Dios (Jn. 7:39; Ga. 3:2; Hch. 19:2). En vez de pensar negativamente, debemos recordar en lo que hemos sabido y creído, decir: “Por creer en el Hijo de Dios, Jesús el Cristo, tengo el Espíritu Santo. Amén”. ¿Se dan cuenta mis hermanos? Ejemplos como éste se ven a diario. Yo he visto hermanos sufriendo porque no tienen el don de lenguas, porque se les ha hecho creer que si no hablan en lenguas no tienen al Espíritu de Dios, y por ende, no están sellados; y si no están sellados, no pertenecen al Señor. Quieren ver, quieren sentir; pero hermanos, la Biblia es clara, recibimos el Espíritu por haber creído de todo corazón en el Hijo de Dios, Jesús el Cristo. Dios nos da el Espíritu debido a nuestra fe en Su Hijo, como Sello de propiedad (Ef. 1:13-14) y debido a la exaltación de Su Hijo (Hch. 2:33). Y esto es por creerlo de corazón, no sentirlo.

Aparte de esto, es necesario tener claro que hablar en lenguas es un don para edificar el Cuerpo (1Co. 12) y  no una evidencia de que somos hijos de Dios (Jn. 1:12), pues la Evidencia es el Espíritu mismo que nos habita y provoca que se vaya viendo Su fruto (Ga. 5:22; Ef. 5:9), porque es por el fruto producido que somos conocidos (Mt. 7:20), no por los dones.

Saben, después de ser aprobada la fe, esta tiene como resultado la paciencia. La palabra que se tradujo aquí “paciencia” es ὑπομονήν (hypomonén) en el texto griego. Esta palabra es compuesta y proviene de hypo que quiere decir debajo, y méno, que significa permanecer; por lo tanto, literalmente quiere decir “permanecer debajo”. Hermanos, esto es necesario entenderlo. Nosotros somos altivos, engreídos. Somos personas muchas veces soberbias. Y lo peor de todo, es que somos altivos, engreídos y soberbios delante del Señor. Nos paramos para con Él “de tú a tú”. Entonces a través de la prueba somos purificados, en esa purificación somos humillados, y una de las cosas que aprendemos allí, mientras estamos humillados, es a permanecer debajo de Dios. A medida que la fe va siendo probada y purificada, se nos van doblando las rodillas, para humillarnos ante Dios y caminar como Él quiere que andemos. Pedro nos lo dice así:

Humillaos, pues, bajo la poderosa mano de Dios, para que él os exalte cuando fuere tiempo” (1P. 5:6, RV 1960).

Que el Señor hable a nuestros corazones. Paremos aquí. Amén.

 


 

[1] Dedica un tiempo a la oración.

[2] También YHVH.

[3] Compárese, por ejemplo, Isaías 40:3 y la cita que hace de este pasaje Lucas 3:4. Hay muchos otros pasajes.

[4] Vista panorámica o general, no detallada.

[5] Génesis 17:1, véase BTX, 3ª Edición.

[6] Hechos 4 y 5.

[7] González, J., 2011. Jesucristo es el Señor. Lima, Perú: Ediciones Puma del Centro de Investigaciones y Publicaciones (CENIP), pp.61-73.

[8] Nótese cómo Hechos 3:15 le llama el “Autor de la Vida”.