4. Lectura de estudio profecía de Malaquías – La bondad de Dios y Su favor (Texto).

RECAPITULANDO.

Mis hermanos, el capítulo anterior estuvimos reflexionando sobre el capítulo 1 versículos 6 al 8, y de estos versos observamos cómo el sacerdocio se ejercía de manera repugnante para Dios. Cuando leemos los versículos en su contexto literario y, además, consideramos el contexto histórico en el cual se redactó esta profecía, comprendemos el extravío del sacerdocio. Éste había abandonado la Palabra de Dios, de modo que el culto que realizaban era conforme a pareceres u opiniones personales, hedonistas y  narcisistas. Era un culto que se iba en contra de las ordenanzas de Dios comunicadas al pueblo y asignadas al sacerdocio por Su Palabra. Cada uno hacía lo que bien le parecía o como creía que era. La razón de esto podría ser la simple ignorancia, pero el contexto literario nos dice lo contrario, ellos despreciaban y menospreciaban a Dios, por lo que despreciaban Su voluntad, Su Palabra, Su culto y todo lo de Dios. Menospreciaban a Dios, lo tenían en poco, no era de su interés, no pesaba en su corazón, por lo tanto lo deshonraban.  Para los sacerdotes esto no era más que un simple oficio.

Conociendo todas estas cosas el Señor les muestra cómo ellos le han despreciado, le han menospreciado y le han ofendido. El Señor les indica cómo han pecado contra Él levantándose en contra de Su Palabra, de Su soberanía, de Su honra. Despreciaban Su mesa, Su altar y a Él mismo. No sabían delante de Quien estaban, de YHWH Sebaot, del Señor de los ejércitos que, con sólo quererlo y ordenarlo, hubiesen sido exterminados de la faz de la tierra. Pero Dios es fiel a pesar de ellos. Y no es fiel a ellos, sino a Sus promesas, todas relacionadas directa o indirectamente con Su Hijo; pues Dios pudo haber exterminado a ese pueblo engreído y soberbio, pero no lo hizo debido a que prometió que de aquellos vendría el Mesías, Hijo de Dios. ¿Se dan cuenta? El favor de Dios para ese pueblo, Su paciencia, longanimidad, no fue por ellos mismos, sino por el Hijo.

Dios les habló de las ofrendas reprobadas por Él, de animales ciegos, cojos y enfermos que estaban prohibidos por Su Palabra para las ofrendas. Dios es Perfecto, por lo que la ofrenda debía ser perfecta; pero ellos ofrecieron lo que quisieron, esto es tener en poco al Señor. Dios, para ellos, no pesaba nada.

NOS HIZO SACERDOTES.

Mis hermanos, aquí debemos aprender un principio de adoración y comunión con Dios. Cuando nos reunimos como sacerdotes de un Nuevo Pacto hecho en Cristo, no podemos traer cualquier ofrenda a Dios. Cuando hablo de ofrenda no me refiero a las ofrendas monetarias solamente, pues nuestras alabanzas a Dios y nuestra entrega voluntaria a Él son ofrendas también, sacrificios espirituales de este sacerdocio (Ro. 12:1; 15:26; Flp. 4:18). Ahora mis hermanos, cuando nos reunimos como iglesia nos estamos reuniendo como sacerdotes; pues, según Apocalipsis 1:6, el Señor Jesús “ha hecho de nosotros un Reino de sacerdotes para su Dios y Padre[1]. Una traducción complementaria encontramos en la Biblia Textual III, que dice “y nos hizo un reino sacerdotal para su Dios y Padre”. Esto quiere decir que usted y yo, varones o mujeres, jóvenes o viejos, si es que somos hijos de Dios, nacidos de nuevo en Cristo, entonces somos sacerdotes de Dios. Noten que fue el Hijo que “nos hizo” (en el nuevo nacimiento que tuvimos en Él) “un reino sacerdotal”.

Como vimos, el Señor Jesús nos hizo sacerdotes para Dios, eso es lo que somos en Cristo. Si usted volvió a nacer entonces es un sacerdote para Dios. Mis hermanos, nosotros no nos hacemos sacerdotes, es el Hijo que nos hizo sacerdotes, nos consagró como tal el día que creímos en Él y confiamos en Su sangre para el perdón de nuestros pecados. Eso es lo que somos. Sin embargo, que seamos sacerdotes para Dios en Cristo no garantiza que seremos sacerdotes conforme a la voluntad de Dios, pues el serlo es nuestra decisión y responsabilidad. El Señor nos hizo sacerdotes, pero el llegar a ser sacerdotes conforme a Su voluntad es nuestra decisión. Somos sacerdotes, el Señor nos hizo para Dios sacerdotes, pero nosotros podemos ser sacerdotes malos o conforme a la voluntad de Dios. Mis hermanos, todos los creyentes regenerados somos sacerdotes para Dios, pero cabe señalar que siendo esto podemos ser del tipo de los hijos de Elí (1S. 2:12-36), o de Nadab y Abiú, hijos de Aarón (Lv. 10:1; Nm. 3:4; 26:60-61), o sacerdotes consagrados conforme al corazón del Señor. ¡Oh, mis hermanos, esto es serio!

Ahora, como sacerdotes, al reunirnos todos juntos oficiamos culto a Dios. Y si entendemos esto debemos dejar y rogar que el Espíritu y la Palabra nos hablen al corazón y nos muestren qué sacerdocio estamos ejerciendo. No puedes deshacerte de esto, no puedes deshacerte del sacerdocio, es lo que el Señor nos hizo, ha sido Su logro. Despreciarlo significa despreciar a Dios, pero aunque lo despreciemos, el sacerdocio sigue siendo nuestra responsabilidad, pues el Señor nos hizo sacerdotes para Dios. Eso es lo que somos, no en lo que nos convertimos, nos guste o no. Lo que somos (sacerdotes) es logro de Cristo, pero ser sacerdotes conforme al corazón de Dios es algo en lo que nos convertimos voluntariamente; por lo tanto, podemos llegar a ser sacerdotes conforme al corazón de Dios o despreciables. Así que, cuando nos reunimos, sea donde sea, cuando estamos dos o tres reunidos en el nombre del Señor, allí estamos como sacerdotes de Dios. Dios, nuestro Dios, nos está hablando; que encuentre en nosotros oídos que lo atiendan.

LA OFRENDA AGRADABLE.

Entonces, recuerden, Dios es Perfecto y nuestras ofrendas sacerdotales deben ser perfectas. Mire, ponga atención, la ofrenda debía ser perfecta, no podían ser animales defectuosos, ciegos, sarnosos, cojos, roñosos o perniquebrados. Los sacerdotes de aquel entonces, literalmente debían ofrecer un animal que no tuviera esas características, eso era parte del Antiguo Pacto; si trasladamos esto a la realidad neotestamentaria, al sacerdocio del Nuevo Pacto, la única Ofrenda Perfecta que hay es Cristo, quien ha sido señalado como el Cordero de Dios y como Su complacencia (Mt. 3:17; 17:5; Mr. 1:11; Lc. 3:22; Jn. 1:29, 36; Ef. 5:2; 2P. 1:17). Ahora, respecto a las ofrendas defectuosas en el Nuevo Testamento, debemos saber que también como sacerdotes podemos traer delante del Señor sacrificios defectuosos, ciegos, sarnosos, cojos, roñosos y perniquebrados. ¿Cuáles son estos sacrificios? Esto debemos entenderlo bien.

Miren, el Señor Jesús es el Cordero de Dios, pero además, es el Sumo Sacerdote. En el Antiguo Pacto el sumo sacerdote entraba al Lugar Santísimo con sangre del animal ofrendado; pero en el Nuevo Testamento, el Sumo Sacerdote entró al Lugar Santísimo del cielo con Su propia sangre de Cordero de Dios (Heb. 9:11-12). ¿Se da cuenta? El mismo Sumo Sacerdote es el Cordero del sacrificio. El Señor Jesús es en todo la Complacencia de Dios. Si entendemos esto y si esto pesa en nuestro corazón, sabremos que al reunirnos como iglesia, sea donde sea, donde estemos dos o tres reunidos, debe ser en Su nombre (Mt. 18:20); donde estemos reunidos como sacerdotes debe ser invocando Su nombre. Todo lo que hagamos debe ser en el nombre del Señor Jesús (Col. 3:17), y en la confianza de que Él es el que agrada a Dios desde la eternidad (Pr. 8:29-30). Nuestros ojos deben estar puestos en el Señor Jesús (Heb. 12:2), todo lo que hagamos debe ser exaltando a Cristo, mostrándolo a Él, señalándolo a Él, presentándolo delante de Dios como Suficiente. Lo único que debemos traer es nuestra fe en Cristo, y los cánticos deben provenir de esta fe, y la ministración de la Palabra debe provenir de esta fe, y todo lo que traigamos, sean oraciones, alabanzas, ofrendas, dones, etcétera, debe pasar y provenir de nuestra fe en Él.  Eso significa que estamos trayendo delante de Dios la Ofrenda correcta.

Contrario a lo anterior, si cuando nos reunimos, traemos nuestra mente puesta en nosotros mismos, en nuestros problemas y no en el Hijo, traemos al animal ciego (Ro. 8:6a). Cuando venimos pensando en nuestros pecados o en iniquidades, traemos al animal sarnoso, pero cuando venimos pensando en el Hijo, en el valor de Su sangre, traemos al Cordero de Dios (1Jn. 2:7-10). Cuando tú vienes al culto con tus pensamientos en otro lado y no en Cristo (Mt. 22:37), entonces traes ante Dios lo defectuoso. Recuerden, Dios es cristocéntrico y se complace en Su Hijo (Mt. 3:17; 17:5; Mr. 1:11; Lc. 3:22), no en lo nuestro. Si tú te ocupas de Su Hijo, si tú fijas tu mente en el Hijo al reunirte con los santos estarás ejerciendo el buen sacerdocio. Si tus ojos están puestos en Jesús entonces estás trayendo la ofrenda que agrada a Dios. Pero si vienes trayendo los pensamientos en ti mismo, o vienes mirándote a ti mismo, o tus problemas, o lo que sea que no tenga relación a Cristo, estás ejerciendo un mal sacerdocio y estás presentando delante de Dios el animal defectuoso, el sarnoso, el ciego, el perniquebrado y no al Cordero de Dios.

Mis hermanos,  a veces nos reunimos y el Espíritu del Señor pone una alabanza en nuestro corazón,  pero nos miramos a nosotros mismos y pensamos que otro lo haga; eso es poner la mente en uno mismo y equivale a traer la ofrenda roñosa delante de Dios. Nosotros venimos a ofrecer sacrificios de alabanza a Dios (Heb. 13:15) y entramos (mediante el Señor Jesús)  al lugar más íntimo (Heb. 9:7), al lugar más santo para ofrecer, recordar, mostrar al Cordero de Dios y no a mostrarnos nosotros.

A la reunión de los santos ninguno viene como “calienta bancas”, sino que todos somos sacerdotes que deben oficiar el buen culto a Dios. Si alguno, mirando al Señor, necesita hacer una declaración tan sencilla pero profunda como, “¡Jesucristo es el Señor!”, aquel está haciendo su parte en el buen sacerdocio de Dios. Si otro levanta una oración reconociendo la complacencia de Dios en el Hijo, está ejerciendo el buen sacerdocio. Si algún otro exhorta a los hermanos para llevarlos a Cristo, ejerce el buen sacerdocio. Si otros señalan la sangre del Señor para el perdón de los pecados, también están ofreciendo el buen culto, la Ofrenda Agradable. Si otros entonan canticos que exaltan a Dios y a Su Hijo, también. No hay espacio para el ocio en el culto sacerdotal a Dios. Si alguno piensa que no tiene nada que decir, es debido a que tiene puesta la mirada en la ofrenda defectuosa y no en el Señor; venir de esa manera trae progresivamente muerte al sacerdote. Poco a poco deja de disfrutar de la vida en Cristo. Si la mirada está puesta en el Señor y no en nosotros, las alabanzas han de brotar, lo cual nos vivifica en el espíritu. ¡Qué importante es ejercer el buen sacerdocio, mis hermanos!  Que el Señor nos ayude a comprender y creer estas cosas.

LA BONDAD DE DIOS.

Bueno, dicho lo anterior, vamos a continuar con el versículo 9, del capítulo 1 de Malaquías, que dice:

9 Ahora, pues, orad por el favor de Dios, para que tenga piedad de nosotros. Pero ¿cómo podéis agradarle, si hacéis estas cosas? dice Jehová de los ejércitos.” (RV 1960).

A pesar de todas estas cosas ofensivas a Dios, Él en el verso 9 muestra esa posibilidad de misericordia para aquellos que se arrepienten y humillan en Su presencia. Si el Señor se presentaba a Sí mismo como Aquel que es el Señor de los ejércitos,  entonces estos sacerdotes debían temer, pero no temían. Mis hermanos, ¿sabe usted por qué permitió el Señor que Antíoco IV Epífanes escarneciera tan ferozmente al pueblo israelita?

Para los que no saben, éste sujeto fue un griego que participó de la dinastía seleúcida, que era la continuación del gobierno de uno de los generales griegos en los que se repartió el imperio de Alejandro Magno. Antíoco fue un tirano sanguinario que persiguió fuertemente a Israel[2]. Esto ocurrió durante los 400 años de silencio que hubo entre la profecía de Malaquías y la venida del Mesías Príncipe[3]. Dios, el Señor de los ejércitos, entregó a la espada de los ejércitos griegos y romanos, al sacerdocio y pueblo de Israel. De alguna manera, estos ejércitos humanos fueron instrumentos para el juicio de Israel. Dios les había advertido y el versículo 9 nos muestra cómo Dios los llamó al arrepentimiento, advirtiéndoles que Él es YHWH Sebaot, el Señor de los ejércitos. El Señor les dijo:

Ahora, pues, orad por el favor de Dios, para que tenga piedad de nosotros.” (RV 1960).

 El Ofendido otorgándole en Su bondad al ofensor la posibilidad de aplacar Su justa ira. Dios realmente es único, con razón argumenta Pablo por el Espíritu:

7 Ciertamente, apenas morirá alguno por un justo; con todo, pudiera ser que alguno osara morir por el bueno. 8 Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Ro. 5:7-8, RV 1960).

Podría ocurrir que alguien muriera por aquel que considera justo o bueno, pero, ¿habrá alguno que siquiera pensara en morir por aquel que sabe que es malo? He aquí tenemos a uno, a Dios mostrando Su amor y bondad para con nosotros. Dios le estaba dando la posibilidad de arrepentimiento y perdón a aquellos que Él sabía eran malos sacerdotes. Dios estaba manifestando Su bondad con aquellos que lo despreciaban y tenían en poco. Aquellos que lo deshonraban, estaban recibiendo de Él la oportunidad de ser perdonados. El Señor les dice que oren por Su favor para que tenga de ellos compasión. Pero esto debía ser con arrepentimiento, con cambio de mentalidad, pues era necesario que se desistiera de lo que estaban haciendo en Su presencia. No era decir en simples palabras: “Ya, disculpa”, como un niño que pide perdón a regañadientes ante la orden de sus padres. No. Dios los llama al arrepentimiento, a un cambio en la manera de pensar y volverse a Él. No sólo pedir disculpas, sino arrepentimiento y dejar de hacer esas cosas, por eso aclara, “Pero ¿cómo podéis agradarle, si hacéis estas cosas? dice Jehová de los ejércitos”. Mientras estuvieran haciendo esas cosas, no podían agradarle. Eso no es arrepentimiento. Tristemente, la historia, la tragedia israelita con los griegos y romanos, nos muestran que no lo hicieron, sino que persistieron en su comportamiento. Por lo que la espada justiciera de Dios pasó sobre ellos.

Dios, en Su bondad, les dio la oportunidad de arrepentirse para tener con ellos compasión y concederles Su favor, pero ellos escogieron la soberbia, pues de lo contrario, Dios le habría concedido Su gracia (Stg. 4:6). Mis hermanos, Dios no es de tener en poco, es de tomar en serio. El no tomar en serio a Dios resultará en juicios para uno y el pueblo. Dios es de tomar en serio, Dios es de temer. Si el Señor les estaba llamando a arrepentimiento debían poner atención, pero no lo hicieron. Quizá sabían que Dios es Bueno y pensaron que esto le impediría juzgar y castigar. Mis hermanos, no me importa ser repetitivo en cosas que digo, porque cómo las mismas Escrituras nos dicen, eso es seguro para los que oyen (Flp. 3:1); así que, amados, no nos engañemos pensando que, por ser Dios Bueno, será negligente para con Su justicia. Hoy en día el mundo no concibe cómo es posible ser buenos y al mismo tiempo, justos. Un padre que es estricto, para muchos hijos es un padre opresor y malo; un padre que pone reglas, es para muchos hijos un padre molestoso; pero un padre que da permisos y no pone reglas, es un padre bueno (según el mundo). También, un policía que te multa por exceso de velocidad es un policía que se odia y se juzga como malo, pero uno que te perdona la multa que te merecías, sin razón alguna, es un policía bueno.  ¿Pero cómo alguien que no cumple la ley será alguien bueno? Estos criterios son los del mundo. Pero Dios, es Bueno y al mismo tiempo Justo. Es Bueno, al darle al hombre la oportunidad de arrepentimiento y perdón; y es Justo, cuando el hombre, arrepentido, aplacaba la ira mediante el sacrificio para expiación. De la misma manera, es Bueno al otorgar la oportunidad de perdón; y es Justo, cuando el hombre no arrepentido, sufre el castigo por aquello. ¿Se dan cuenta?

Pero los sacerdotes siguieron haciendo lo malo delante del Señor y por esto, sufrieron las consecuencias.

LOS QUE ESTORBEN.

Luego de esto, el Señor dice algo que en la Reina-Valera 1960 no se entiende mucho. Dice el verso 10:

¿Quién también hay de vosotros que cierre las puertas o alumbre mi altar de balde?”.

La Biblia Textual[4] plantea mucho mejor este pasaje, diciendo:

¡Oh si hubiera entre vosotros quien os cerrara las puertas para que no encendierais en vano mi altar!

La declaración del Señor nos muestra un principio. Lo que está diciendo Dios es semejante a:

“¿Cómo no hay entre ustedes alguien que los estorbe y no los deje pasar cuando vayan en vano a mi altar?”

El Señor apunta hacia la necesidad de estorbo delante de aquellos temerarios sacerdotes. Mis hermanos, si en el ejercicio del sacerdocio vemos a los hermanos comportándose neciamente delante del Señor, deberíamos acercarnos a ellos, y en amor, señalarles lo que delante del Señor están haciendo. Es un principio cristiano el temer al Señor y andar con cuidado en Su presencia. Pablo mismo le dice a Timoteo que debe saber cómo conducirse en la casa de Dios (1Ti. 3:15). También, el mismo Pablo advirtió a los hermanos de Corinto que al despreciar a los hermanos, discriminándolos arbitrariamente, y así comer de la cena del Señor, se está comiendo indignamente atrayendo disciplina de Dios (1Co. 11:17-34).  Lo mismo hace Pedro, quién preguntó a Ananías y Safira lo que estaban haciendo, dando así la oportunidad de arrepentimiento; estos no lo hicieron y lo que ocurrió fue de gran impacto sobre la iglesia y el resto de personas que oyeron estas cosas (Hch. 5). También Jacobo, el hermano del Señor, advierte a los que han engañado a los jornaleros que las súplicas llegaron a los oídos del Señor (Stg. 5:4). Pasajes como estos nos muestran a personas saliendo por delante a aquellos que andaban mal en la presencia del Señor, para advertirles.

Ahora, si alguno ve que se conducen mal delante del Señor y ve que se ha de encender la ira de Dios por Su justicia y no lo advierte, esa persona es responsable delante de Dios. Mire, permítame leerle un pasaje sobre los “atalayas”[5]. En Ezequiel 33:6 dice lo siguiente:

Pero si el atalaya viere venir la espada y no tocare la trompeta, y el pueblo no se apercibiere, y viniendo la espada, hiriere de él a alguno, éste fue tomado por causa de su pecado, pero demandaré su sangre de mano del atalaya.” (RV 1960).

Así es que, si hay algunos que están viendo el mal oficio que se rinde delante del Señor y callan, entonces son responsables delante de Dios si es que no hablan. Dios quiere que estorbemos cuando sea necesario, que les mostremos a los hermanos delante de quién estamos. Ahora, si aun así ellos persisten en su afrenta a Dios, entonces son responsables ellos. ¿Se acuerdan ustedes de Safira? El Señor, por medio de Pedro, le dio la oportunidad de arrepentirse, pero no la obligó a hacerlo. Pedro la estorbó y la pregunta que le hizo fue para que ella se retractara; sin embargo, ella prosiguió con la mentira intentando engañar, no a Pedro, sino al Espíritu Santo.

Mis hermanos, Dios quería que entre los sacerdotes existiera por lo menos uno que pudiera estorbar y no les permitiera acarrear más condenación sobre sus cabezas. Incluso quería que en el estorbar, les cerraran las puertas para que no vinieran en vano a Su presencia. Dios quería salvar a los sacerdotes de sí mismos y del castigo, pero ellos, y entre ellos, no se encontró quién estorbara.

DIOS NO NECESITA AL HOMBRE,  EL HOMBRE NECESITA A DIOS.

Después de esto, el Señor les muestra que no está complacido con ellos, con su forma de caminar y con su temeridad[6]. Junto con lo anterior, les muestra que las ofrendas que traen delante de Él son por causa del hombre, para que éste no muera, y no porque Dios las necesite para ser Quien es. El Señor les dice:

“Yo no tengo complacencia en vosotros, dice Jehová de los ejércitos, ni de vuestra mano aceptaré ofrenda.” (v. 10b, RV 1960).

Sólo alguien digno y que no tiene necesidades puede rechazar las cosas que se le traen como ofrendas. Los sacerdotes traían cualquier cosa delante de Dios; pero Dios, no aceptaría semejantes y aberrantes ofrendas que Él mismo había prohibido. Dios no necesita de caridad. Las ofrendas a Dios no son caridad hacia Él. Mis hermanos, aquí debemos entender un principio. Dios no tiene necesidad del hombre, pero el hombre sí de Dios. Dios no necesita nada del hombre, pero el hombre sí necesita de Dios.

Otra cosa que debemos aprender, es que las ofrendas, cualquiera que sea su tipo, no son una obra de caridad que hacemos con Dios, no son limosnas a Dios. Dios es Todo Suficiente, es una de las cosas que significa el título ’El-Shadday[7]. Las versiones de la Biblia traducen este título, frecuentemente, como “Dios Todopoderoso” o “Dios Omnipotente”, y es correcto, pues significa esto; pero saben, además de esto significa que Dios es Todo Suficiente, que está completo y de nada tiene necesidad, junto con significar que es Todo lo que necesita el hombre.

Así que, Dios no necesitaba esas ofrendas, esas eran para el beneficio del hombre, puesto que el hombre es pecador y necesita estar en paz con Dios que es Justo. ¿Se comprende? Pero ellos pensaban que Dios las quería por capricho, por sentirse Dios. ¡Qué necedad! Mis hermanos, Dios no necesita nada de nosotros, ni limosnas, todo lo que nosotros le ofrecemos ha de ser por conocerle y considerarlo digno de aquello. Todo lo que ofrecemos a Dios ha de ser de corazón, libre y voluntariamente.

Dios, al no tener necesidad, puede decir libremente “no recibiré de ustedes esto”. Pero ellos pensaban que le estaban haciendo un favor a Dios, se creían importantes, como si Dios los necesitara, pero mis hermanos, no es así, ellos necesitaban a Dios. Y si por si acaso les quedara alguna duda, les dice:

11 Porque desde donde el sol nace hasta donde se pone, es grande mi nombre entre las naciones; y en todo lugar se ofrece a mi nombre incienso y ofrenda limpia, porque grande es mi nombre entre las naciones, dice Jehová de los ejércitos.” (RV 1960).

Dios muestra lo que Él es. Él dice “grande es mi nombre”. No es que Su Nombre se vuelva grande cuando le alaban, sino que eso es lo que Él es. Dios es lo más grande que puede haber, no tiene comparación. Es tan grande y magnífico que lo es sin límites. Sin embargo, para que el sacerdocio tenga razón de ser, necesita a Dios, de lo contrario, es nada. Dios es Dios con o sin sacerdotes, pero no hay sacerdocio sin Dios, ¿se da cuenta? Para que el sacerdocio sea grande necesita de Dios, pero para que Dios sea grande no necesita del sacerdocio; porque Él es grande por esencia. Y aún más, por si acaso llegaran a pensar que Dios no tenía adoradores fuera de ellos, les muestra que Su Nombre es grande entre las naciones; y en todo lugar se ofrece a Su Nombre incienso y ofrenda limpia. Así que si ellos no querían ser sacerdotes conforme a la voluntad de Dios, otros sí lo querrían.  Y así ocurrió, y aquí estamos mis hermanos, aquellos que somos de otras naciones, alabándolo y queriendo andar de acuerdo a lo que Él ha revelado de Sí mismo. Aquí estamos, sacerdotes que levantan oraciones, las que son el incienso del Nuevo Pacto (Ap. 5:8) y traen siempre delante del Señor el recuerdo de Su Santo Hijo Jesús, que es la Ofrenda Perfecta. ¡Gloria al Señor!

Sin embargo, aquellos sacerdotes, malos sacerdotes, despreciaban al Señor y la comunión con Él; despreciaban Su Nombre, y Dios les muestra la forma en la que lo hacían:

 12 Y vosotros lo habéis profanado cuando decís: Inmunda es la mesa de Jehová, y cuando decís que su alimento es despreciable” (RV 1960).

 Mis hermanos,  el Señor una vez más les muestra aquello por lo que serían juzgados, para que se arrepintieran. Que el Señor nos ayude mis hermanos. Que nos siga hablando al corazón. Vamos a parar aquí. Amén.

 


 

[1] Biblia de Jerusalén, 3ª Edición. Copyright© la Biblia de Jerusalén, editada por Descleé de Brower©

[2] Véase 1 Macabeos.

[3] Cómo lo llama Daniel 9:25.

[4] III Edición.

[5] Centinela o vigilante.

[6] Temeridad: sin. Imprudencia, osadía, atrevimiento, irreflexión, riesgo, suicidio.

[7] Aparece por primera vez en Génesis 17:1.