3. Lectura de estudio profecía de Malaquías – Menosprecio a Dios (Texto).

Nos hemos propuesto leer y estudiar el libro llamado “de Malaquías”. En las dos partes de nuestra introducción estuvimos considerando cuestiones de autoría y datación, comentamos que esta es una profecía reprensiva de Dios en contra de Israel y, según el contexto, la represión es primeramente al sacerdocio y luego al pueblo.

SACERDOTES HEDONISTAS Y NARCISISTAS.

Ahora, tanto los sacerdotes como el pueblo  despreciaron y menospreciaron a Dios, Quien les había otorgado Su favor siendo ellos un pueblo insignificante al que quiso hacer especial (Dt. 6:7-11). Pero desarrollaron tal mal concepto sobre sí mismos  que llegaron a ver con jactancia que ellos eran “el pueblo de Dios”, como si su elección fuera debido a méritos propios y no por la gracia de Dios, la cual le da al hombre lo que en Adán no merece (el favor de Dios) y ayuda a que el hombre en Adán no reciba lo que sí merece (el juicio de Dios).

El pueblo de Israel se miró como un pueblo especial en sí mismo, por méritos propios, olvidándose que la elección de ellos fue debido a la promesa de Dios del Descendiente de la mujer que sería nuestro Redentor y que vendría de la descendencia de Abraham (Gn. 3:15; 22:18; Ga. 3:16). Una elección de gracia,  inmerecida, donde Dios muestra Su amor, omnisciencia, omnipotencia, justicia, santidad, paciencia, fidelidad, etcétera; en un pueblo que es necio, débil,  rebelde, pecador, reincidente, infiel, etcétera. ¿Se da cuenta del contraste? Las cualidades de este pueblo hicieron que los atributos de Dios fuesen resaltados, ¡qué inteligencia la de Dios!

EL NARCISISMO.

Sin embargo, los sacerdotes de Israel se volvieron hedonistas y egocentristas, se vieron como importantes en sí mismos, olvidándose que Dios los escogió por gracia y no porque ellos lo merecían. El narcisismo fue compañero de su hedonismo. Para los que no saben, el narcisismo es el amor que se dirige y tiene por objeto a uno mismo. El nombre proviene del mito griego sobre un tal Narciso, que se dice era muy atractivo, de espléndida belleza, y tenía encantado a mujeres y hombres a los cuales rechazó como pretendientes muchas veces, dejando a muchos despechados, porque era incapaz de amar y tener interés por otra persona que no fuera él mismo. Incluso se cuenta de alguna mujer que se suicidó por él.

Se dice que Narciso fue maldecido por Némesis, quien en venganza por los despechados hizo que éste se enamorara de su propia imagen. Un día Narciso vio su reflejo en las aguas de un lago cristalino y quedó fascinado, enamorándose de él mismo. Se dice que esto lo volvió loco, quedando fascinado consigo mismo y, al mismo tiempo, frustrado por el hecho de no tenerse. Así fue que cegado por su egocentrismo, terminó ahogándose en las aguas donde se proyectaba su reflejo.

Mis hermanos, esto es lo que ocurría con los sacerdotes, sólo tenían una persona a la que amaban: ellos mismos. Lo único que les interesaba se encontraba parado frente a ellos, en el espejo; y así comenzaron a vivir para sí mismos, juzgando de acuerdo a lo que les daba placer o les gustaba, y se volvieron religiosos hedonistas. Se quedaron con el culto, pero todo lo practicaron a su manera y a su antojo, no importaba Dios. Así fue que abandonaron a Dios, abandonaron Su Palabra, todo por opiniones personales y egoístas. El sacerdocio se extravió y por ende lo hizo el pueblo también.

Una de las cosas que llama la atención es que Dios, pudiendo dejar al pueblo en su ignorancia y aplicar juicios severos (los cuales se merecían), usa a Su mensajero para mostrarles cómo han pecado, dándoles así la bondadosa oportunidad de arrepentirse y cambiar el curso de su historia. Pero el extravío era tal que estaban ciegos y endurecidos, pensando en que Dios les calumniaba. Entonces, reiteradas veces dijeron “¿en qué hemos…?”, pregunta que deja en evidencia que 1) no lo veían,  2) no lo creían, 3) no lo querían,  y/o 4) no lo consideraban tan grave. Cualquiera fuera la razón de estas cuatro opciones (y quizá fueron todas), una cosa tienen en común, y es que la Palabra de Dios era desatendida y despreciada; por ende, Dios mismo era el desatendido o rechazado. Con todo esto, Dios les habla una vez más.

Cuando vemos a Dios hablar en reiteradas ocasiones al hombre, al pueblo, entendemos que Dios busca al hombre y no el hombre a Dios. El hombre es una oveja tonta extraviada y Dios es el Buen Pastor que viene en busca de estas ovejas. Así que los regaña, los reprende, les muestra cómo han caído y les dice claramente que tiene cosas en contra con el fin de que se arrepientan. En esto vemos la bondad y misericordia de Dios que no quiere que ninguno perezca.

PARA NUESTRO EJEMPLO.

La vez pasada, también dijimos algo que tenemos que recordar. La reprensión es al sacerdocio y al pueblo de Israel, y con esto, hay un principio hermenéutico que la Biblia nos da, diciendo:

11 Y estas cosas les acontecieron como ejemplo, y están escritas para amonestarnos a nosotros, a quienes han alcanzado los fines de los siglos.” (1Co. 10:11, RV 1960).

Estas cosas Dios quiso registrarlas en la historia bíblica para nuestro ejemplo, para reprendernos, para advertirnos, para enseñarnos, para que sepamos cómo caminar con Él y por dónde no debemos transitar.

Junto con lo anterior,  debemos considerar lo que en Apocalipsis 1:5-6, desde la parte “b” del versículo 5, se nos dice:

5… Al que nos ama, y nos libertó de nuestros pecados con su sangre, 6 y nos hizo un reino sacerdotal para su Dios y Padre; a Él sea gloria y la soberanía por los siglos, amén.”(BTX III).

Mire lo que se nos dice del Señor Jesús. Tres cosas: 1) que nos ama, 2) nos lavó y libertó de nuestros pecados con su sangre, y 3) nos hizo un reino de sacerdotes[1] para Dios, su Padre. Lo primero fue traducido en tiempo presente, en forma gnómica o atemporal, lo que indica algo que es y que permanece ocurriendo, no algo pasado. Él nos ama y permanece haciéndolo. Luego, los puntos dos y tres fueron traducidos en tiempo pasado, quiere decir que esto es lo que el Señor hizo de una vez y para siempre. Primero debemos saber que nos ama; luego debemos saber que nos lavó de nuestros pecados con su sangre, lo cual es la justificación; pero además, su sangre ha sido para nuestra consagración como sacerdotes de Dios. Si ustedes leen Éxodo 29 y Levítico 8, se dará cuenta que la tipología nos enseña que a los sacerdotes se les consagraba con la sangre de animales sacrificados a Dios y ungiéndolos con aceite. Le recomiendo leer estos capítulos y recordar lo que Hebreos 8:4-5 nos enseña respecto a estas cosas del Antiguo Pacto y sus rituales, pues “sirven a lo que es figura y sombra de las cosas celestiales” (RV 1960). El Señor Jesús, el Verdadero Cordero de Dios, derramó Su sangre no sólo para justificación de los que hemos creído en Él, sino también para nuestra consagración como sacerdotes de Dios, haciéndonos participar, además, del Espíritu Santo con el que fue Ungido por Dios (Hch. 1:5). Por lo tanto, si en Cristo hemos sido hechos sacerdotes para Dios y además se nos dice que las cosas ocurrieron para nuestro ejemplo, entonces tenemos que saber que estas cosas no sólo se dijeron por causa de los sacerdotes de Israel, sino también para advertirnos a nosotros, sacerdotes del Nuevo Pacto. ¿Se da cuenta?

Mis hermanos, no hay ningún cristiano regenerado por el Espíritu Santo que no sea sacerdote para Dios. Sean varones,  mujeres, ancianos o jóvenes, todos los que hemos sido regenerados por el Espíritu Santo somos sacerdocio santo para quien es Dios (1P. 4:5). Es por esto que debemos abrir los oídos y rogar al Señor nos ayude, para que nuestros oídos y ojos estén abiertos, pues los sacerdotes de Israel los tenían cerrados. Que el Señor ilumine nuestros corazones, que nos ayude a ser sensibles. Que nos ayude a ser sacerdotes conforme a Su voluntad. Por esto es que debemos prestar atención, pues debemos aprender lecciones de aquellos que fueron sacerdotes y que no caminaron conforme a la voluntad de Dios, conforme a Su sacerdocio.

¡Estas cosas estás escritas para nosotros! Dios quiere que sepamos y que entendamos. Gracias al Señor por este querer que tiene. Él no quiere que ignoremos, Él quiere que caminemos cerca de Su Persona, no lejos; pues aquello que resulta en Su gloria, resulta también en nuestro bien. Por favor, meditemos en estas cosas.

LA HONRA.

Bueno, dicho lo anterior, vamos a continuar con nuestra lectura. Vamos a leer Malaquías 1:6-8, que dice:

 6 El hijo honra al padre, y el siervo a su señor. Si, pues, soy yo padre, ¿dónde está mi honra? Y si soy señor, ¿dónde está mi temor? dice Jehová de los ejércitos a vosotros, oh sacerdotes, que menospreciáis mi nombre. Y decís: ¿En qué hemos menospreciado tu nombre? 7 En que ofrecéis sobre mi altar pan inmundo. Y dijisteis: ¿En qué te hemos deshonrado? En que pensáis que la mesa de Jehová es despreciable. 8 Y cuando ofrecéis el animal ciego para el sacrificio, ¿no es malo? Asimismo cuando ofrecéis el cojo o el enfermo, ¿no es malo? Preséntalo, pues, a tu príncipe; ¿acaso se agradará de ti, o le serás acepto? dice Jehová de los ejércitos. ” (RV 1960).

Qué triste cuadro presenta el Señor. Qué doloroso para Dios todo esto. Estos versículos que hemos leído están dirigidos a los sacerdotes. El versículo 6 los menciona diciendo: “oh sacerdotes, que menospreciáis mi nombre”. El Señor se revela a los sacerdotes una vez más, muestra que Él es Padre y que también es Señor. Muestra que los hijos honran a sus padres, pero que a Él (que es Padre Eterno) no se le honra. Muestra que a los señores se les teme y respeta, pero a Él (que es Eterno Señor Soberano) se le desprecia. Cuando la Biblia en el Antiguo Testamento habla del “Nombre de Dios” se refiere a la Persona misma, por lo que, cuando dice “menospreciáis mi nombre” quiere decir que a Él mismo lo menosprecian. Los sacerdotes que estaban para mostrar al pueblo cómo es Dios, para adorarlo, para realizar un culto santo a Dios, ellos lo menospreciaban. El Señor del Templo, el Dios al que supuestamente se le rendía el culto, Él mismo era el que les decía que lo menospreciaban.

Dios les preguntaba a los sacerdotes, “¿dónde está mi honra?”, pues Dios es el Padre Eterno, merecedor de honra. La palabra hebrea que aparece aquí y que se tradujo “honra” es כְבֹודִ֡י (kabôd); y la descripción gráfica de la idea de esta palabra, se refiere “al gran peso físico de un objeto”[2]. Esta definición nos permite entender muy bien lo que es la honra. Y cuando hablamos de honra, hablamos también de gloria, de aquella que Dios recibe de corazones que lo aman y que lo tienen por el Bien más preciado, por Aquel que pesa en sus corazones más que cualquier cosa. Los hijos tenían por importantes a sus padres terrenales y los veneraban; pero a Dios que es el Padre Eterno, incomparable en Sus atributos, a Él lo despreciaban. Entonces el Señor les dice: “¿dónde está mi honra?”, con esta pregunta el Señor, de alguna manera, les está diciendo que en sus corazones Él no pesaba. No tenía importancia Dios en ellos.  No importaba en lo absoluto. Dios no era importante para ellos. Tenían una religión, tenían un culto, tenían un país, pero Dios no importaba. Dios no pesaba en sus corazones.

Abramos los oídos amados hermanos y veamos las lecciones que se nos dan en estos pasajes; pues podemos tener religión,  reunirnos, cantar los cánticos aprendidos, tener familia,  amigos, “buenas obras”, y con todo esto, podría ser que Dios no pesara en nuestros corazones, no tuviera valor para nosotros, ni menos nuestra consideración y atención. Podríamos incluso pensar que no importa lo que Dios quiera, lo que importa es nuestra opinión. No importa lo que Dios aborrece, si nosotros, a diferencia de Él lo valoramos, es suficiente. Esto significa que Dios no pesa en nosotros. Dios no pesa en nuestros corazones. No pesa Su voluntad, no nos pesa Su parecer, nos da lo mismo, nos es indiferente. No se tiene en cuenta. Dios no es apreciado.

Una persona apreciada es alguien a la cual se considera y se tiene en cuenta; es una persona que se tiene en estima, su parecer importa, que se encuentre contento importa, agradarle importa. Esa persona pesa en el corazón, y una persona que pesa en el corazón, es una persona que se honra. Pero nada de esto hicieron ni consideraron los sacerdotes para con el Señor. Mis hermanos, ellos venían saliendo de Babilonia, un lugar donde el hombre era dios, donde el culto que se hacía era una mezcla de cosas humanas. Allí aprendieron una religión narcisista y hedonista. Una religión que para Dios es una abominación. En Apocalipsis 17:5, cuando se habla de la gran Babilonia se dice de esta que es “la madre de las rameras y de las abominaciones de la tierra” (RV 1960). Para “abominaciones” se utiliza la palabra griega βδελυγμάτων (bdelugmáton) que podría traducirse como “cosa repugnante”. Ese es el testimonio de Dios respecto al culto babilónico, una cosa repugnante. Esto fue lo que aprendieron los sacerdotes y de esa manera estaban sirviendo al Señor, de una forma repugnante para Él. Por ende, ¿dónde estaba la honra de Dios? En ninguna parte, para ellos Dios no pesaba, sólo pesaban ellos mismos.

EL TEMOR.

Luego de la honra el Señor les habla del temor, diciendo: “Y si soy señor, ¿dónde está mi temor?”. El Señor les habla de cosas que ellos entendían. Ellos ante sus reyes humanos no iban irreverentemente. Para nosotros que nacimos en naciones donde no hay monarquías, además de nacer en tiempos donde la democracia es paradigma de todos, no es de fácil entendimiento esto. Para los israelitas y para todos sus contemporáneos de aquel entonces el rey tenía absoluta autoridad sobre ellos, familias y bienes. Se hacía lo que el rey quería y si el rey quería tu cabeza, la cabeza tenía que llegar. El rey era el soberano en sus tierras, se hacía como a él le parecía y no se podía contradecir, so pena de muerte. Lea los libros de 1ª y 2ª Reyes, también 1ª y 2ª de Crónicas, para que observe que al rey se le debía temer. Incluso, en otras naciones registradas en la Biblia, el acercarse a un rey no era cosa simple; por ejemplo, en la ley de Media y Persia (según Ester 4:11) no se podía entrar a ver al rey sin ser llamado, pues el que lo hacía sólo le esperaba la muerte, a no ser que el rey lo tocara con su cetro. De igual manera, en Media y Persia, algo que el rey dictaba y estaba sellado con su anillo no podía ser revocado, su palabra era ley irrevocable (Est. 8:8).

Mis hermanos, estar en la presencia de reyes humanos era de temer. No era cualquier cosa. Si el rey se corrompía un día y quería tu mujer, podía planear cualquier cosa para sacarte del medio y quedarse con ella. Esto es lo que ocurrió con David y Urías en cuanto a Betsabé se refiere (2S. 11).

Si se dan cuenta, estar en la presencia de un rey no era cosa fácil. Los hombres de aquellos tiempos tuvieron reyes tiranos y otros bondadosos, pero que al igual que los otros eran falibles, podían errar. Reyes que podían acusar de crimen legítimamente, pero también erradamente, y eso, resultaría en tu propia muerte. Los reyes podían mandar a que una persona muriera, pero juntamente con esto, lo hiciera toda su familia para que no quedara rastro del “apellido” (por decirlo de algún modo). Si esto se decretaba nadie podía contradecirlo. Vemos esto en el temor de Mefi-boset registrado en 2 Samuel 9, uno de los descendientes de Saúl, nieto de este, hijo de Jonathan. Él fue con temor a la presencia del rey David, pues sabía que siendo uno de los descendientes del antiguo rey, podía ser que David quisiera matarlo para que nunca reclamara trono. Pero no fue así, sino que recibió de David misericordia y fue convidado a su mesa para siempre. Mis hermanos, ¡imagínese el temor de Mefi-boset! O imagínese el temor de cualquier persona que era llamado por su rey. ¡Imagínese el temor de Ester al entrar a la presencia del rey Asuero sin ser llamada!

Los sacerdotes entraban en presencia de Dios, que no sólo es Dios, sino Rey de reyes y Señor de señores, Soberano de los reyes de la tierra (1Ti. 6:15), Dios Omnisciente y Omnipresente que examina los corazones (Sal. 11:4; 139:1, 23), que ve los pensamientos e intenciones del hombre (Sal. 26:2; Heb. 4:12; Ap. 2:22-23); Dios Santísimo, que con Su sola presencia podía consumir al pueblo pecador (Ex. 33:5). A la presencia de esta Persona entraban sin cuidado. No conocían al Señor ni Su santidad, ni Su soberanía sobre los reyes a los que ellos temían. Temían a los que podían matar el cuerpo, pero el alma no podían tocar; en vez de temer al que puede matar el cuerpo y el alma echar al fuego eterno (Mt. 10:28).

No obstante, ellos pensaban que no era para tanto. Olvidaron o quizá ni si quiera sabían que Dios advirtió a aquellos que oficiaban el sacerdocio en Su presencia, mostrándoles lo arriesgado que era estar delante del Santo. Les voy a leer algunos pasajes desde la versión Reina-Valera de 1960 para que veamos la seriedad del sacerdocio y cómo Dios les advirtió.

Éxodo 19:21-22, dice:

21 Y Jehová dijo a Moisés: Desciende, ordena al pueblo que no traspase los límites para ver a Jehová, porque caerá multitud de ellos. 22 Y también que se santifiquen los sacerdotes que se acercan a Jehová, para que Jehová no haga en ellos estrago.

Éxodo 28:33-35, nos dice:

33 Y en sus orlas harás granadas de azul, púrpura y carmesí alrededor, y entre ellas campanillas de oro alrededor. 34 Una campanilla de oro y una granada, otra campanilla de oro y otra granada, en toda la orla del manto alrededor. 35 Y estará sobre Aarón cuando ministre; y se oirá su sonido cuando él entre en el santuario delante de Jehová y cuando salga, para que no muera.

Levítico 16:2, dice:

Y Jehová dijo a Moisés: Di a Aarón tu hermano, que no en todo tiempo entre en el santuario detrás del velo, delante del propiciatorio que está sobre el arca, para que no muera; porque yo apareceré en la nube sobre el propiciatorio.”

Mis hermanos, hay muchos otros pasajes. Pero lo que quiero mostrarles es el temor que debía tenerse al entrar a la presencia del Gran Rey. Pues, por el sólo hecho de ser nosotros pecadores y Él Santo, se corría el riesgo de morir. Sin embargo, los sacerdotes a los que se dirige la profecía del libro que llamamos “Malaquías”, estaban sirviendo irreverentemente, como si estuvieran en la presencia de cualquier persona. Temían más a los hombres, a sus príncipes, que a Dios que pone aquellos príncipes. Estaban jugando con fuego y se les estaba advirtiendo la inminente quemadura de muerte que podían tener. Olvidaron lo que pasó Nadab y Abiú, hijos de Aarón (Lv. 10:1; Nm. 3:4; 26:60-61), que murieron por ofrecer fuego extraño. O lo que ocurrió con los sacerdotes Ofni y Finees, hijos de Elí (1S. 2:12-36), los cuales pecaron fornicando con mujeres, pero además, llevando al pueblo a menospreciar las ofrendas a YHWH; estos murieron en un mismo día, pues eran “hombres impíos, y no tenían conocimiento de Jehová” (1 S. 2:12), tal como los sacerdotes del tiempo de la profecía del Malakí[3].

 De alguna manera Dios les estaba recordando todas estas cosas, les estaba advirtiendo, pues Dios es misericordioso y les otorgaba la posibilidad de que se arrepintieran. Pues mis hermanos, en esto se manifiesta la misericordia de Dios: en esperar y dar posibilidades de arrepentimiento. Dios no se hace el ciego ante el pecado y la maldad, sino que da oportunidades para justificar a quienes se consideren dignos de castigo y busquen en Él justificación.

EL MENOSPRECIO.

Pero estos sacerdotes lo estaban menospreciando, y no temían y no lo honraban. Entonces el Señor siguió con Sus descargos y les dijo:

Y decís: ¿En qué hemos menospreciado tu nombre? 7 En que ofrecéis sobre mi altar pan inmundo. Y dijisteis: ¿En qué te hemos deshonrado? En que pensáis que la mesa de Jehová es despreciable. 8 Y cuando ofrecéis el animal ciego para el sacrificio, ¿no es malo? Asimismo cuando ofrecéis el cojo o el enfermo, ¿no es malo? Preséntalo, pues, a tu príncipe; ¿acaso se agradará de ti, o le serás acepto? dice Jehová de los ejércitos.” (RV 1960).

Aquí el Señor les muestra cómo lo han menospreciado, de qué forma lo han hecho. Ellos se habían acercado a la mesa del Señor, que probablemente era la mesa de los panes de la proposición (Ex. 25:30; 35:13; 39:36), con un pan inmundo.  Todo aquello que no proviene de las indicaciones de Dios por Su Palabra, para Dios es inmundo. Estas cosas dejaban en evidencia la religión liviana y muerta que estos hombres tenían. El parecer de Dios en las formas del culto no importaba,  por lo tanto, eran formas livianas. Dios no estaba en esas formas, por ende, estaban muertas. Se hacía lo que ellos querían y no lo que Dios deseaba. Se hacía conforme a la voluntad humana y no conforme a la santa voluntad de Dios. Los sacerdotes habían menospreciado a Dios haciendo como creían y querían ellos, y no conforme a las instrucciones de Dios en Su Palabra. Lo vieron como cosa de poca importancia. ¡Qué desubicados estaban!

Dios ya había advertido al pueblo sobre el menosprecio, mire, vamos a leer Levítico 26:14-16, que dice:

14 Pero si no me oyereis, ni hiciereis todos estos mis mandamientos, 15 y si desdeñareis mis decretos, y vuestra alma menospreciare mis estatutos, no ejecutando todos mis mandamientos, e invalidando mi pacto, 16 yo también haré con vosotros esto: enviaré sobre vosotros terror, extenuación y calentura, que consuman los ojos y atormenten el alma; y sembraréis en vano vuestra semilla, porque vuestros enemigos la comerán.” (RV 1960).

Mis hermanos, qué serio este asunto. No podemos menospreciar la Palabra de Dios, tenerla en poco. Es responsabilidad de cada sacerdote conocerla. Si usted o yo no la atendemos entonces estamos menospreciando a Dios. Y si estamos sirviendo en algo, o queremos servir en algo y la Palabra no atendemos ni conocemos, entonces estamos teniendo en poco a Dios y exponiéndonos a pecar contra Él. Si queremos servir, pero sin atender Su Palabra, estamos menospreciando a Dios tal como estos sacerdotes, queriendo hacer como nos parece, exponiéndonos a Su reprensión. El servicio sacerdotal no es conforme a lo que nosotros queremos hacer, o como nosotros pensamos que se debe hacer, sino conforme a lo que Dios nos indica y enseña en Su Palabra.

Los sacerdotes traían a la mesa de los panes de la proposición, cualquier pan, les daba lo mismo. El pan de la proposición representaba estar a la mesa de Dios en comunión constante. Mis hermanos, a veces nosotros hacemos lo mismo, y llamamos comunión a cualquier cosa. Nos juntamos a ver un partido de fútbol y decimos que estamos en comunión. Nos juntamos para ver una película y decimos que estamos en comunión. Nos  juntamos para un cumpleaños y decimos que estamos en comunión. Llamamos comunión a cualquier cosa. Pero la comunión verdadera que Dios ama, es sólo aquella que se tiene cuando Dios y Su Palabra son lo central; y luego que esto es así, nosotros en virtud del conocimiento de Dios y Cristo, por Su Palabra, nos relacionamos unos con otros[4].

Mis hermanos, esto nos enseña que como sacerdotes del Nuevo Pacto hecho en Cristo necesitamos aprender a tener verdadera comunión; primero con el Padre y con Su Hijo mediante la Palabra, y luego con los hermanos. Y, aparte de esto, también debemos aprender a traer para los hermanos de comer. Debemos aprender a traer alimento espiritual, resultante de nuestra comunión con el Señor y Su Palabra. No traer cualquier cosa. Pablo en 1 Corintios 14:26 dice:

¿Qué hay, pues, hermanos? Cuando os reunís, cada uno de vosotros tiene salmo, tiene doctrina, tiene lengua, tiene revelación, tiene interpretación. Hágase todo para edificación.” (RV 1960).

Por decirlo de algún modo, cada uno de nosotros debería traer del “maná” que durante el día tomó de Cristo. Sean cánticos, enseñanza, lenguas, profecía, interpretación de lenguas, cualquier cosa que edifique el cuerpo y sea de Dios debemos traer cuando nos reunimos con nuestros hermanos como iglesia. Si traemos otra cosa estamos menospreciando al Señor, pues Él por Su Palabra nos está diciendo qué traer. Si queremos hablar cosas livianas o sin importancia, para eso, podemos hacer otro tipo de reunión; pero si hablamos de comunión, debemos traer lo de Cristo.

DESHONRANDO A DIOS.

Luego de esto, el Señor les muestra cómo lo han deshonrado, diciendo:

En que pensáis que la mesa de Jehová es despreciable.” (RV 1960).

Decir esto equivale a pensar que la comunión con Dios es algo despreciable, que no necesitamos tenerla, ni queremos hacerlo. Es pensar que no importa que Él esté y que la comunión con Él no sirve de nada. Se deshonra al Señor cuando se tiene en poco Su parecer, Su deseo, Su comunión. Deshonrarlo es desestimarlo, tenerlo por vil, por liviano. El despreciar, el desestimar Su Palabra, es deshonrarlo a Él mismo. El Señor Jesús les dijo a los oyentes en Lucas 6:46 lo siguiente:

¿Por qué me llamáis, Señor, Señor, y no hacéis lo que yo digo?” (RV 1960).

Así se le deshonra al Señor, no atendiendo Su Palabra, no prestándole atención y no tomándosela en serio. Si no lo tenemos en cuenta en Su Palabra, no lo tendremos en Su voluntad, entonces le desestimamos, no pesa en nuestro corazón. Le llamamos Señor pero no obedecemos.

Los sacerdotes se habían ensoberbecido en su narcisismo. Mis hermanos, y según la Palabra de Dios, la deshonra viene con la soberbia. Proverbios 11:2 nos lo dice:

Cuando viene la soberbia, viene también la deshonra; Mas con los humildes está la sabiduría.” (RV 1960).

La deshonra busca avergonzar a Dios, esto es muy serio.

LO DEFECTUOSO.

Mis hermanos, el menosprecio era tal, la desconsideración de los sacerdotes era tal, que les daba lo mismo la forma en que servían a Dios. El Señor, aparte de mostrarles el menosprecio y la deshonra, les muestra la vergüenza de sus ofrendas:

8 Y cuando ofrecéis el animal ciego para el sacrificio, ¿no es malo? Asimismo cuando ofrecéis el cojo o el enfermo, ¿no es malo? Preséntalo, pues, a tu príncipe; ¿acaso se agradará de ti, o le serás acepto? dice Jehová de los ejércitos.” (RV 1960).

En la desconsideración de Su Palabra trajeron a Dios el animal defectuoso que por la ley estaba prohibido (Lv. 22). Lo hicieron sin temor, sin consideración delante de Quién estaban. Trajeron a Dios lo defectuoso, las sobras. Dios sabe que aquello no lo harían delante de sus reyes, pues no tendrían de ellos agrado ni aceptación; pero se atrevían a realizar esto con YHWH Sebaot[5], o como dice la Reina-Valera: “Jehová de los ejércitos”. Cuando Dios finaliza Su pregunta diciendo de Sí mismo que es el Señor de los ejércitos, significa que la cosa aquí se está poniendo muy seria. Dios, que usa los ejércitos para juzgar las naciones, estaba siendo ofendido. Dios les está mostrando Quién es y delante de Quién presentaban esas vergonzosas y prohibidas ofrendas. Mis hermanos, presten atención a los principios que nos enseña la Palabra de Dios. Si nosotros estamos sirviendo al Señor no puede ser como nos parezca, sino conforme a Su Palabra y sabiendo delante de Quién estamos. La desgracia de las iglesias, muchas veces, es que sus líderes son hombres que no conocen a Dios y operan mediante esfuerzos humanos. De igual manera, la desgracia de las iglesias es que sus miembros no asumen el sacerdocio corporativo y se comportan neciamente, menospreciando las Escrituras y haciendo como bien les parece.

Hace poco me enteré de un movimiento anglicano que quiso atraer personas a la fe mediante un “culto” que se realizó a una cantante secular[6]. Los medios que usan son mundanos y quieren obtener resultados espirituales. Se hace como el mundo quiere, como desean los hombres, pero no se sientan a pensar y buscar lo que Dios quiere, y los medios que Dios tiene. Eso es traer a Dios lo defectuoso.

Todo lo deberíamos hacer para el Señor con excelencia espiritual. Si el Señor nos ha llamado al ministerio de la Palabra, deberíamos esforzarnos en leer y escudriñar las Escrituras; ocuparnos de aprender, de meditar, de orar, buscando saber qué es lo que debemos anunciar y enseñar; teniendo cuidado de hablar cualquier cosa que se nos ocurra. Pero si nos paramos a hablar cualquier cosa, sin cuidado ni examen,  sin buscar en el Señor y sin trabajo alguno, entonces no sabemos a Quién estamos sirviendo.

Lo que debía haber en medio de los sacerdotes era conciencia de Aquel que estaba en medio de ellos; pero no la había, o simplemente, se menospreciaba. Y es probable que hasta se hicieran de un lenguaje aparentemente espiritual para justificar sus actos, como hoy en día se oye: “Da lo mismo cómo sirvas, hazlo como quieras, Dios entenderá”, o “da lo mismo lo que des al Señor, lo importante es que estás dando” ¡No, mis hermanos! Si usted quiere practicar un buen sacerdocio a Dios debe esforzarse en la gracia que le ha sido dada. Si tiene un don, prepararse para el buen uso de este. Si por el Espíritu hablas en lenguas y las interpretas, entonces deberías leer las Escrituras y orar frecuentemente, para que puedas examinar las palabras que vas a interpretar. Si eres un diácono, entonces necesitas leer las Escrituras y ser frecuente en la oración, rogando del Espíritu asistencia en el servicio. No podemos conducirnos como queramos, debe ser como Dios quiere, tenerle en cuenta, presente, que nos importe Su parecer, que pese en nuestro corazón. Porque esto es bueno. Pablo quería que Timoteo, un joven obrero del Señor, sirviera bien. Entonces le escribió:

14 Esto te escribo, aunque tengo la esperanza de ir pronto a verte, 15 para que si tardo, sepas cómo debes conducirte en la casa de Dios, que es la iglesia del Dios viviente, columna y baluarte de la verdad.” (1Ti.  3:14-16, RV 1960).

¿Le dijo que se condujera como bien le pareciera? No, sino que debía saber cómo conducirse en la casa de Dios. Mis hermanos, daremos cuenta por esto al Señor. Debemos servir conforme a Su voluntad, a Sus planos, no como queramos. Que el Señor siga hablando a nuestro corazón. Vamos a parar aquí.

 


 

[1] Como traduce la Nueva Biblia Jerusalén.

[2] Vine, W.E. (1999). VINE Diccionario Expositivo de Palabras del Antiguo y del Nuevo Testamento Exhaustivo.  Antiguo Testamento. Nashville: Editorial Caribe.

[3] Véase Introducción (I) de este estudio.

[4] Véase el orden de Hechos 2:42. También 1 Juan 1:3.

[5] Biblia Textual, III Edición.

[6] Catedral anglicana hará “culto a Beyoncé” para atraer “desiglesiados”. (2018). Revisado el 5 de junio del 2020, en https://www.noticiacristiana.com/iglesia/2018/04/catedral-anglicana-culto-beyonce.html