III. LA VERDAD DEL EVANGELIO – LA CENTRALIDAD DEL SEÑOR JESÚS (Texto).

Amados hermanos, antes de comenzar con esta tercera parte, vamos a orar unos segundos.

Amado Padre, en el nombre del Señor Jesús, te alabamos por tu Palabra, porque nos has abierto los ojos y podemos entrar a tus profundidades, para entenderte y conocerte paulatinamente. Porque has abierto un Camino nuevo y vivo para salvación, pero también para conocerte. Nos abriste la Puerta del cielo, nos enviaste Pastor para encaminarnos a delicados pastos. Jesús es Su nombre, y es tu Hijo, Dios Eterno y también el Cristo. Gracias Padre, por tu Hijo. Gracias Padre, por Jesucristo nuestro Señor. En Su nombre abrimos las Escrituras, amén.

Mis hermanos, en las dos partes anteriores estuvimos observando algunas cosas importantes. En la primera parte, estuvimos realizando una introducción, donde hablamos respecto a la herejía y al error, y veíamos que estos se originaron en Satanás, quien desde la soberbia, la codicia y el engaño apartó de la verdad a un tercio de los ángeles y luego, en el Edén, al ser humano.

En la segunda parte, estuvimos viendo la centralidad de Dios en todas las cosas, y podríamos decir que Dios ha de ser el centro de la historia, de la filosofía, de la ciencia, de la lectura bíblica, de las doctrinas, de los dogmas, de la hermenéutica, etcétera. Dios es el tema central y el tema esencial de todas las cosas. El Teocentrismo bíblico es evidente y no sólo en las Escrituras, sino también en la creación misma, porque “de él, y por él, y para él, son todas las cosas” (Ro. 11:36).

Y bueno, en esta tercera parte, continuaremos con estos temas, para seguir avanzando y considerar, adicionalmente, que la centralidad Dios la mantiene en Su Evangelio y en cada una de las doctrinas que le son esenciales y para nosotros fundamentales. Para esto, hermanos, vamos a comenzar leyendo dos pasajes del Nuevo Testamento, el primero se encuentra en Romanos 1:1-4 y, luego, Hebreos 1:1-3.

Vamos a partir entonces con Romanos 1:1-4, que dice:

1 Pablo, siervo de Jesucristo, llamado a ser apóstol, apartado para el evangelio de Dios, 2 que él había prometido antes por sus profetas en las santas Escrituras, 3 acerca de su Hijo, nuestro Señor Jesucristo, que era del linaje de David según la carne, 4 que fue declarado Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por la resurrección de entre los muertos” (RV 1960).

Ahora continuamos con Hebreos 1:1-3, dice:

1 Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, 2 en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo, a quien constituyó heredero de todo, y por quien asimismo hizo el universo; 3 el cual, siendo el resplandor de su gloria, y la imagen misma de su sustancia, y quien sustenta todas las cosas con la palabra de su poder, habiendo efectuado la purificación de nuestros pecados por medio de sí mismo, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas” (RV 1960).

Como ustedes pueden ver, tanto Romanos como Hebreos centran al Evangelio y el mensaje de Dios en la Persona del Señor Jesucristo. Para nosotros, que hemos entendido y creído la doctrina de la inspiración de las Escrituras, es claro que la Persona que centra el Evangelio en el Hijo, el Señor Jesús, es Dios el Espíritu Santo. En cuanto a los textos, es el Espíritu Santo el que centra la atención en el Hijo, pero también el Padre lo hace y en cinco pasajes del Nuevo Testamento (Mt. 3:17; 17:5; Mr. 9:7; Lc. 9:35; 2 P. 1:17), se recordó el testimonio de Dios el Padre, en público, diciendo que el Señor Jesús es Su Hijo amado en el que tiene complacencia y, también, el Hijo amado al que hay que oír. Si ustedes leen el Nuevo Testamento, considerando el orden tradicional de los libros, comenzando en Mateo y finalizando en Apocalipsis, se va a dar cuenta que el Señor Jesús, el Cristo e Hijo de Dios, es el tema central y trascendental de todo contenido neotestamentario. Se nos presenta y anuncia la centralidad del Hijo en la Buena Noticia y se nos dice que el Hijo es el Evangelio, porque Él es la Buena Noticia de Dios. Él es Dios Hijo que vino en carne. ¿Se dan cuenta?

Hemos dicho que nada ni nadie ha de ocupar el lugar central que sólo le pertenece a Dios, quien desde el Génesis se ha revelado como el Suficiente, el Todo Suficiente, el Todo Poderoso, ‘El-Shadday; pero ahora, esto es más claro aún, y Dios no sólo es central, no sólo es esencial, ahora Dios es cercano, Dios interviene en la historia humana, y “fue manifestado en carne” (1 Tim. 3:16). Y esta es, con mayúsculas, La Verdad.

Mis queridos hermanos, la verdad del Evangelio no es relativa. Lo mencioné en la primera parte, y señalé que nosotros no somos posmodernistas ni relativistas. Esas corrientes plantean que no existe una verdad o realidad absoluta, pues depende del sujeto que dice conocer esa verdad. Pero contrario a estos pensamientos, nosotros creemos en una Verdad Absoluta en cuanto al Evangelio, debido a que esta Verdad no depende de nuestra capacidad intelectual, sino a que esta Verdad se reveló a Sí misma. La Verdad se dio a conocer a los hombres, pues en el Evangelio, la Verdad es una Persona. Leemos en Juan 14:6, lo siguiente:

Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí” (RV 1960).

Aquel que tiene la centralidad en el Evangelio, que es el Evangelio, de quien se trata el Evangelio, es también la Verdad del Evangelio. Lo digo como sustantivo propio, con mayúscula, la Verdad. Ahora bien, noten lo siguiente, el Señor dice que es “la verdad”, no “una verdad”, sino “la verdad”. El Señor Jesús es absoluto en Su declaración al decir que es “la verdad”. ¿Se da cuenta lo que eso significa? Quiere decir que cualquier otra cosa que se quiera presentar como verdad, separada de Cristo en el Evangelio, es una mentira, es una falacia. Ya hemos mostrado la centralidad de Dios en todas las cosas, pero ahora, se nos muestra la centralidad de Cristo en el Evangelio. Esto no quiere decir que el Señor Jesucristo no es Dios, sino que ahora se nos está enfocando hacia Su humanidad. Antes de la encarnación, el Hijo ya estaba con el Padre (Jn. 1:1), porque es Dios Eterno; pero desde la encarnación, aquella Persona Divina, Dios Hijo (Jn. 1:18), la que se nos ha revelado como el Hijo Eterno del Padre Eterno, fue hecho carne y habitó entre los hombres (Jn. 1:14). Desde aquel momento, no solo como Dios es el centro del Evangelio, ahora como hombre tiene esa centralidad. Y hay que entenderla y atenderla, pues esto es la Roca sobre la cual se edifica la fe cristiana y se da origen a la Iglesia (Mt. 16:13-20).

La declaración que hace sobre Sí mismo el Señor Jesucristo, es absoluta. No es una declaración ambigua, es clara. Nos plantea que la única verdad y realidad es Él. Él es la verdad del Evangelio, Él es la verdad de la Teología, Él es la verdad de la historia, Él es la verdad de la filosofía, Él es la verdad de escatología, Él es la verdad de la antropología, Él es la verdad del Antiguo Testamento, Él es la verdad del Nuevo Testamento, Él es la verdad de la salvación, Él es la verdad de la justificación, Él es la verdad de la redención, Él es la verdad de la santificación, Él es la verdad de la comunión, Él es la verdad de las Escrituras, es la verdad de Dios para el hombre, es absolutamente la verdad, en todo sentido. Es la verdad que debemos buscar en cualquier doctrina, es la verdad absoluta de Dios, toda doctrina fundamental del Evangelio tiene al Señor Jesucristo como verdad absoluta y no sólo como verdad absoluta, sino como verdad necesaria, como verdad suficiente y como verdad esencial. Cristo es absoluto en el Evangelio.

Como ustedes pueden ver, el Señor Jesús no se presenta como una verdad más, tampoco como una parte de la verdad, sino como la verdad misma. Por lo tanto, el Señor Jesús no es una opción para la búsqueda de la verdad, ni tampoco un complemento de la verdad, Él es la Verdad y punto. Si no tiene relación con Él, ni está centrado en Él, o le resta importancia a Él, entonces es una mentira.

Y esto no es todo, pues sumando a esto de ser la Verdad, el Señor Jesús se presenta a Sí mismo como el Camino. Noten, al igual que con la verdad, el Señor no se presenta como un camino adicional o paralelo, Él se presenta como el único camino. Hay personas que dicen que “todos los camino llevan a Dios”, esa es una falacia, una mentira, no proviene de quien es la Verdad, pues Él ha dado a conocer que no hay muchos caminos hacia el Padre, sino sólo uno, y es Él mismo. Esto es absoluto también, el Señor Jesús es el Camino y no una parte del camino, sino el Camino, todo el camino, desde el principio hasta el fin. No hay otro camino, no hay caminos de acercamiento, no tiene fin el camino ni sólo es llega hasta una parte, sino que es el Camino absoluto y completo hacia Dios. Otra cosa u otra persona que quiera presentarse como camino hacia Dios, es un desvío, no un camino.

Y no sólo es el Camino y la Verdad, sino que también es la Vida. Y al igual que con el camino y la verdad, nos muestra que no hay otra vida eterna, no hay otra vida para con Dios más que Él mismo. El mismo apóstol Juan entendió esto y en 1 Juan 1:1-2, escribió:

1 Les anunciamos al que existe desde el principio, a quien hemos visto y oído. Lo vimos con nuestros propios ojos y lo tocamos con nuestras propias manos. Él es la Palabra de vida. 2 Él, quien es la vida misma, nos fue revelado, y nosotros lo vimos; y ahora testificamos y anunciamos a ustedes que él es la vida eterna. Estaba con el Padre, y luego nos fue revelado” (Nueva Traducción Viviente).

Si se dan cuenta, Juan nos presenta al Señor Jesús como “la vida misma”, y esto no es un sobrenombre, ni un alias, sino que es la verdad del Hijo de Dios, Él es la vida misma. No hay otra forma de vivir eternamente con Dios ni delante de Dios, más que la Vida misma, el Señor Jesús.

Entonces, todo lo que es el Señor Jesús es absoluto y central, esencial y fundamental, nada ni nadie puede ser el centro aparte del Señor Jesús, es más, en Juan 12:32, Él dijo:

Y yo, si fuere levantado de la tierra, a todos atraeré a mí mismo.” (RV 1960).

¿Se dan cuenta? ¡Y claro que así ha sido! Como Dios, es el centro de todas las cosas, pero ahora, además, como hombre, habiendo resucitado de los muertos y ascendido hasta la gloria, a todos atrae a Sí mismo. ¡Jesucristo es el centro del Evangelio! Él es el tema del Evangelio, es la primera letra (alfa) y la última (omega) de estos textos santos que recibimos para que creyéramos en Él, pues “éstas se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo, tengáis vida en su nombre” (Jn. 20:31, RV 1960). No hay nada, absolutamente nada más importante y central que el Señor Jesús; no hay nada que pueda ponerse como un adicional, pues Él, no solo es importante y central, sino que también es absoluto y suficiente. “A todos atraeré a mí mismo”. No olvidemos estas palabras. No olvidemos esto que es fundamental.

Ahora bien, mis hermanos, como ya vimos en la primera parte, las herejías provienen de Satanás que, mediante la soberbia, la codicia y el engaño, quiere apartar de la verdad, incluso, a los escogidos. El objetivo de la herejía es apartarnos de Aquel que es la Verdad; apartarnos de Aquel que es el Camino; y apartarnos de Aquel que es la Vida. Ya vimos que ninguno de nosotros puede pensar que está libre de extraviarse, en 1 Corintios 10:12, se nos advierte:

Así que, el que piensa estar firme, mire que no caiga.” (RV 1960).

Y la forma en la que el diablo busca hacernos caer, es con astucia, usando de engaños, tergiversando la verdad, presentándonos otro camino como alternativa de la vida eterna. Si usted lee Génesis 3:4-5, se dará cuenta cómo presenta esto, mire:

4 Entonces la serpiente dijo a la mujer: No moriréis; 5 sino que sabe Dios que el día que comáis de él, serán abiertos vuestros ojos, y seréis como Dios, sabiendo el bien y el mal.” (RV 1960).

¿Lo ven? Primero, al decir “no moriréis”, está diciendo que Dios miente, y por lo tanto, hay otra verdad. También, con “no moriréis”, les está diciendo que hay un camino alternativo para obtener una  vida paralela a la que Dios ofrece en el árbol de la vida. Todo esto, es un engaño, por eso Pablo escribe 2 Corintios 11:3 diciendo:

Pero temo que como la serpiente con su astucia engañó a Eva, vuestros sentidos sean de alguna manera extraviados de la sincera fidelidad a Cristo.” (RV 1960).

La palabra “engaño” significa falsas esperanzas. Poner la vista en algo fuera de Cristo, de Su suficiencia, de Su importancia esencial, es una falsa esperanza, es extraviarse de la Verdad, del Camino y de la Vida.

Mis hermanos, de esto debemos estar apercibidos, pues no es algo que ocurre desde afuera de la fe, sino que es algo que puede ocurrir desde adentro. Con esto me refiero que puede ocurrir de entre los que nos decimos ser creyentes. El ataque fundamental, será apartarnos de la verdadera teología, de la verdadera cristología, de la verdadera doctrina de la salvación, de la verdadera doctrina de la justificación, de la verdadera doctrina de la santificación, todas las cuales se centran en el Señor Jesucristo, siendo este absoluto y completo para Dios, y por lo tanto, para nosotros.

El Nuevo Testamento no sólo nos advierte de los falsos profetas, es decir, aquellos que dicen cosas que no ocurren, o que son lisonjeros para obtener algo para sí mismos (Ro. 16:17-19), o que profetizan lo que los oídos quieren oír para sus propios beneficios, y que incluso hacen milagros para engañar a muchos (Mt. 24:24), negando la encarnación del Verbo (1Jn. 4:1-3). Sino que el Nuevo Testamento también nos advierte de falsos maestros. En 2 Pedro 2:1 dice:

Pero hubo también falsos profetas entre el pueblo, como habrá entre vosotros falsos maestros, que introducirán encubiertamente herejías destructoras, y aun negarán al Señor que los rescató, atrayendo sobre sí mismos destrucción repentina.” (RV 1960).

Y Pablo, a los ancianos de Éfeso en su despedida, les dijo:

29 Porque yo sé que después de mi partida entrarán en medio de vosotros lobos rapaces, que no perdonarán al rebaño. 30 Y de vosotros mismos se levantarán hombres que hablen cosas perversas para arrastrar tras sí a los discípulos.” (Hch. 20:29-30, RV 1960).

Qué fuerte esa declaración, “y de vosotros mismos”, que el Señor nos libre y nos ayude serle fiel y no llevar hacia nosotros a las personas, sino al Señor Jesucristo. Que nos libre de llevarlos a otras pseudo-verdades, pseudo-caminos y pseudo-vidas. Mis hermanos, por favor, no nos olvidemos de esto: El Señor Jesucristo es el tema central, esencial y fundamental del Evangelio. El Señor Jesús es el Evangelio. El Señor Jesús es el Camino, no hay otro; es la Verdad, no hay otra; y es la Vida, no hay otra. Es por esto, que nosotros debemos saber y tener bien claro, en lo absoluto, la centralidad y exclusividad del Señor Jesucristo en cada una de las doctrinas que tienen que ver con la salvación, la redención, la justificación y la santificación. Ninguna de estas cosas son antropocentristas, ni humanistas, sino que todas, en lo absoluto, son cristocéntricas.

Entre 2 Corintios 11:3, 2 Pedro 2:1 y Hechos 20:29-30 nos damos cuenta de dos cosas respecto al engaño del diablo y sus herejías, es separarnos de Cristo y llevarnos en pos de él, con la mentira, de que nosotros seremos como dioses y la gente nos seguirá, como dijimos en la primera parte, usando de la soberbia, la codicia y el engaño. Separarnos de Cristo y llevarnos en pos de él.

Ahora bien, las Escrituras se han encargado de mostrarnos las mentiras dichas en la operación del espíritu de la apostasía y del error, a través de las experiencias de las iglesias registradas en el Nuevo Testamento. Por ejemplo, la epístola a los Gálatas es un documento importantísimo que nos muestra una de las herejías preferidas del diablo y es la de llevar a las iglesias al judaísmo. En esta carta Pablo menciona dos veces esa palabra, “judaísmo” (Ga. 1:13-14), y la menciona como un sistema en el cual él participaba, siendo más aventajado y celoso que muchos de sus contemporáneos.

Respecto al judaísmo, debemos saber que existen varias escuelas, sin embargo, hay dos corrientes importantísimas para diferenciar. Una de ellas es la que podríamos llamar judaísmo ortodoxo, que no tiene relación alguna con el Señor Jesús como Mesías de Israel; la otra, es el judaísmo mesiánico, el que dice creer en el Señor Jesús como el Mesías que venía a Israel. En el texto bíblico, en casi todas las epístolas de Pablo y también de los otros escritores, se muestra el continuo conflicto con ambas corrientes del judaísmo; unos perseguían al Señor Jesús, rechazándolo (a este pertenecía Pablo, Hch. 9:3-5), encarcelando y asolando a las iglesias. Mientras que la otra corriente, era una corriente mezclada, que arrastra a los que para los israelitas según la carne son creyentes gentiles, para que participen de sus rituales, tradiciones, cultura y luego creer en el Mesías. Con estos, se partió teniendo problemas en Jerusalén.

En el capítulo 15 de Hechos, se registra el primer concilio cristiano realizado en la historia, el que llamamos Concilio de Jerusalén. En aquel concilio se definiría qué sucedería y qué se enseñaría a las iglesias gentiles que estaban convirtiéndose a Cristo. Este concilio se dio debido a que algunos de los judíos, según el versículo 5, “de la secta de los fariseos, que habían creído” se levantaron diciendo que “es necesario circuncidarlos, y mandarles que guarden la ley de Moisés”. Mis hermanos, miren que lo que estaba ocurriendo, el Señor Jesús ya había sido levantado, y ahora, todos debemos mirar a Él; sin embargo, tenemos un grupo de creyentes llamados “fariseos” que estaban llamando a poner la mirada en la circuncisión y en la ley de Moisés. No obstante, tenemos una intervención de Pedro que es muy importante, pues el recuerda lo ocurrido en casa de Cornelio (Hch. 10). En aquella oportunidad Pedro comenzó a predicarles el Evangelio con una introducción poco convencional. Para él era una complicación entrar a la casa de los gentiles, pero debido a una visión que el Señor le dio, entró a la casa pues entendió que esa era la orden del Señor.

El versículo 45 de Hechos 10, dice que Pedro todavía estaba hablando cuando “el Espíritu Santo cayó sobre todos los que oían el discurso”. No estaban circuncidados, no se habían purificado según los rituales israelitas, no vestían ni hablaban en hebreo, ni arameo, eran gentiles. Pero debido a que “oían el discurso”, Dios, validando la fe de ellos, les dio testimonio junto con Pedro, dándoles el Espíritu Santo (Hch. 15:8). Pedro entendió que Dios no hizo ninguna discriminación entre gentiles y judíos al momento de creer exclusivamente en el Señor Jesús (Hch. 15:9), entonces concluyó centrando todas las cosas en el Señor Jesucristo, diciendo:

10 Ahora, pues, ¿por qué tentáis a Dios, poniendo sobre la cerviz de los discípulos un yugo que ni nuestros padres ni nosotros hemos podido llevar? 11 Antes creemos que por la gracia del Señor Jesús seremos salvos, de igual modo que ellos.” (Hch. 15:10-11, RV 1960).

Ellos querían llevarlos a centrar la atención y sus pensamientos en la circuncisión y en la ley de Moisés. Que se hicieran judíos. Pero el Espíritu Santo movió a Pedro a centrar las cosas en el Señor Jesús. Ellos habían recibido la validación de Dios mismo, quien les dio el Espíritu Santo. Dios no miró si eran israelitas, hijos de Abraham, ni nada de la carne, pues lo que miró, fue la fe de ellos en Jesucristo al oír el discurso de Pedro.

El versículo 1 de Hecho 15, señala que los judíos decían que si ellos no se circuncidaban conforme a la ley mosaica, entonces no podían ser salvos. Si ustedes se dan cuenta, esto tiene relación a lo que conocemos como el aspecto jurídico de la salvación, lo que tiene relación a la doctrina de la redención y justificación. Ellos les dicen “no pueden ser salvos”. Pero gracias al Señor, el Espíritu Santo condujo a Lucas a registrar todo lo acontecido, y nos mostró lo fundamental para entender, que la sola fe en el Señor Jesús salvó a Cornelio y los que oían; pero aparte de esto, la sola fe en el Señor Jesucristo hizo que Dios les diera el Espíritu Santo, y sabemos, que al recibirle recibieron la regeneración, pues el verso 9 de Hechos 15 finaliza diciendo que Dios purificó el corazón de ellos. Eso, no es sólo redención y justificación, eso es regeneración, el cual es el camino hacia la santificación progresiva del creyente, lo que corresponde a la salvación orgánica y progresiva.

Mis hermanos, el recibir al Espíritu Santo es garantía de haber recibido la salvación integral, completa del Señor, que se va concretando paulatinamente, hasta Su regreso (Ro. 8:23). En cuanto a lo jurídico delante de Dios, está consumado (Jn. 19:30), se ha cumplido toda justicia como pretendía el Señor (Mt. 3:15). Respecto a la santificación del cristiano, es progresivo (Fil. 1:6), y está íntimamente relacionado con las Escrituras (2Ti. 3:16-17) y la operación del Espíritu Santo en la vida del creyente (Stg. 4:4-5). Esto es glorioso, sin embargo, no debemos olvidar que nunca recibiríamos al Espíritu Santo si no hubiéramos mirado hacia el que Dios levantó en alto, al Señor Jesús. Respecto a esto, los judaizantes luego de la salvación, se metieron con la recepción del Espíritu Santo y comenzaron a llamar a los creyentes a poner su atención en cosas paralelas a Cristo para recibir el Espíritu, entonces Pablo escribió Gálatas. Y en Gálatas 3:2 hizo una pregunta fundamental:

Esto solo quiero saber de vosotros: ¿Recibisteis el Espíritu por las obras de la ley, o por el oír con fe?” (RV 1960).

El versículo 1 de Gálatas 3 ya mostraba por qué recibieron el Espíritu, debido que Jesucristo fue presentado como crucificado a ellos y habían creído.

Mis hermanos, Dios ha centrado todo en Su Hijo, nuestro Señor Jesucristo, pero el diablo usando la soberbia, la codicia y los engaños de los hombres, intentará extraviar de la confianza absoluta y exclusiva en el Señor Jesús tal como lo ha hecho desde el principio, intentando dejar de mentiroso a Dios y mostrar un pseudo-camino paralelo.

Pablo se lamenta que los gálatas terminaran preocupados de guardar los días, los meses, los tiempos y los años, temiendo haber trabajado en vano entre ellos (Ga. 3:10-11), lo cual era abandonar la fe en el Señor Jesús, para poner la vista en otras cosas. Esto ya lo hemos visto, es el modus operandi de Satanás, apartar del camino y de la verdad, para finalmente apartar de la vida; pero Dios ha señalado a uno sólo, a Su Hijo, para que todos lo miremos a Él y, Él, nos sea suficiente, absoluto y único. Es por esto que Pablo escribió a los colosenses y les dijo:

13 Y a vosotros, estando muertos en pecados y en la incircuncisión de vuestra carne, os dio vida juntamente con él, perdonándoos todos los pecados, 14 anulando el acta de los decretos que había contra nosotros, que nos era contraria, quitándola de en medio y clavándola en la cruz, 15 y despojando a los principados y a las potestades, los exhibió públicamente, triunfando sobre ellos en la cruz. 16 Por tanto, nadie os juzgue en comida o en bebida, o en cuanto a días de fiesta, luna nueva o días de reposo, 17 todo lo cual es sombra de lo que ha de venir; pero el cuerpo es de Cristo.” (Col. 2:13-17,  RV 1960).

Pablo presenta aquí su hermenéutica, la forma que el Espíritu Santo le reveló que debía entender todas esas cosas de la ley. Y lo que entendió y presentó aquí, fue que estos eran una sombra de un cuerpo. La mejor explicación de esto la podemos obtener haciendo una ilustración: En una habitación cuadrada, sin ventanas y con una sola puerta, una persona se encuentra sentada en la pared Sur del lugar; en la pared Este (Oriente) se encuentra la puerta de acceso. La puerta está abierta y el sol alumbra con mucha fuerza, entrando luz por aquel único acceso. De pronto en la pared Oeste (Poniente, frente a la puerta) la persona observa que se proyecta desde la puerta la sombra de un hombre, por lo que entendió que alguien se acercaba. Pasado unos segundos, por fin entró el cuerpo completo de la persona.

En esta ilustración se aprecia lo que estaba diciendo Pablo, la sombra en la pared Oeste, es la ley, sus rituales, sus fiestas, etcétera; todos estos anunciaban la venida de un cuerpo, de la realidad, el cual, es Cristo. Por lo tanto, el Antiguo Testamento anunciaba la venida de la Realidad, la cual se concretó cuando apareció Jesucristo el Señor; por ende, la mirada debe estar puesta en el Señalado no en las señales que lo anunciaban. Estas eran sombra, figura y tipos de Jesucristo, quien es absoluto para Dios, suficiente, y la Verdad; y por ende, ha de serlo para nosotros. Cualquier enseñanza que quiera apartarnos de la sincera fidelidad y confianza en el Señor Jesús, no proviene de la verdad, pues la Verdad se ha revelado y es Jesucristo el Señor. La Verdad del Evangelio.

Vamos a parar aquí. Que el Señor nos de inteligencia y discernimiento. Amén.