II. LA VERDAD DEL EVANGELIO – LA CENTRALIDAD DE DIOS (Texto).

Amados hermanos, antes de abrir las Escrituras, estemos orando nuevamente.

Amado Padre, en el nombre del Señor Jesús, le damos gracias primeramente por Su Hijo. Sabemos y entendemos que en Él está absolutamente satisfecho y complacido. Él es todo lo que has querido decirnos para darte a conocer a nosotros, los seres humanos. Lo que hemos visto en Él, es maravilloso, es hermoso; al mirarlo a Él, todas las mentiras del diablo quedan expuestas. Así que Señor, abre nuestros ojos para ver a Tu Hijo, para contemplarlo a través de Tu Palabra. Amén.

En esta segunda parte, quisiera estar recordando con ustedes algunas cosas importantes respecto a las Escrituras, para luego dirigirnos a un tema importantísimo. Para esto, vamos a leer Romanos 11:36, que en la versión Reina-Valera 1960, nos dice así:

Porque de él, y por él, y para él, son todas las cosas. A él sea la gloria por los siglos. Amén. 

Este es uno de los pasajes que encuentro tan absolutos respecto a la centralidad de Dios, que se podría relacionar a cualquier tema. He querido leerlo con ustedes para recordarles la centralidad de Dios en todas las cosas, especialmente en las Santas Escrituras.

Mis hermanos, en las Santas Escrituras hay muchos temas que podemos estudiar y enseñar, sin embargo, hay un tema central, trascendental, que atraviesa cada uno de esos temas y se encuentra relacionado a cada uno de ellos. Este tema, esta doctrina, es Dios. Lo que los hombres llamamos Teología en su sentido etimológico (tratado acerca de Dios) es lo central y más importante que podríamos como seres humanos considerar. Esto tiene relación al hecho de conocer y entender al Señor, lo cual Jeremías 9:24 nos presenta como voluntad de Dios, es decir, como algo que Dios quiere. Voy a recordarle la parte “a” de aquel versículo:

Mas alábese en esto el que se hubiere de alabar: en entenderme y conocerme…” (RV 1960).

Si hay algo que Dios considera digno de “alabanza” en algún hombre y/o mujer, es que este entienda y conozca a Dios. Esto es central mis hermanos, central para la lectura de la historia bíblica, central para la lectura de las leyes bíblicas, central para la lectura de la poesía bíblica, central para la lectura de los proverbios bíblicos, central para la lectura de las profecías bíblicas, central para las tipologías, para las parábolas, central para la lectura y estudio de cualquiera de las doctrinas bíblicas, etcétera. Esto nos ha permitido entender que la lectura de las Escrituras ha de ser teniendo en cuenta la intención principal por la que Dios ha inspirado estos textos, y es que le entendamos y conozcamos. Todo lo que leemos y cada uno de los estudios que realizamos debe tener como “lentes de lectura” el entendimiento y conocimiento de Dios. “Porque de él, y por él, y para él, son todas las cosas”. ¿Me explico?

Desde el principio hasta el fin de los textos bíblicos, el tema trascendental es Dios. Dios creando todas las cosas, Dios revelando Sus atributos, Dios revelando Su moral, Dios revelando Su esencia, Dios revelándose como Tres Personas, Dios relacionándose con los hombres, Dios encarnándose en la historia, Dios redimiendo al hombre pecador, Dios atrayendo todo a sí mismo, Dios siendo el Soberano de todo, etcétera. Dios es el centro de todas las cosas, la gloria de Dios, la centralidad de Dios está dispuesta y advertida hasta en la galaxia en la que vivimos; pues todo fue creado mirando una Realidad, no al azar, sino mirando al Modelo. Por ejemplo, vemos en la galaxia nuestra la centralidad del astro solar, una estrella luminosa que con su gran masa y peso atrae todo hacia sí mismo, y por lo tanto, cada planeta sigue una órbita a su alrededor. La gloria del sol es su masa, su tamaño, su peso y su fuerza, aquello hace que todo gire a su alrededor. Esto fue hecho de aquella manera, para mostrarnos la centralidad de Dios, el verdadero Sol de justicia (Mal. 4:2).

Porque de él, y por él, y para él, son todas las cosas”, nada fue hecho sin este principio de centralidad de Dios, absolutamente nada. Y cuando digo “nada”, me refiero incluso a la forma de leer las Escrituras, al desarrollo de las doctrinas fundamentales que creemos y al contenido de la fe que se nos ha dado para guardar. Nada de lo creemos, de lo que sostenemos como doctrina, debería centrarse en otro asunto más que este. Me refiero con esto, por ejemplo, a que si estudiamos antropología (la doctrina sobre el hombre) no deberíamos entender nada separado de la doctrina de Dios, ni centrar nada en el hombre. El hombre es un ser con capacidad de juzgar, porque Dios es justo y le ha comunicado limitadamente aquel atributo. El hombre en sí mismo es simplemente polvo; y la alabanza de este hombre es que siendo polvo puede entender y conocer al Dios de la gloria. Y la gloria del hombre es que Dios (Hijo) se hizo carne y hoy está sentado a la diestra de Dios (Padre) en las alturas. Todo deberíamos llevarlo a esa centralidad, la de Dios y la de Su Hijo. Y si hay algo que le quita la centralidad a Dios y pone como centro cualquier cosa que no sea Dios, el Dios Trino revelado en las Escrituras, en Sus palabras y en Sus hechos, entonces debemos examinarlo bien, porque es sospechoso. Nada, absolutamente nada, puede ocupar el lugar central que le pertenece sólo a Dios, “Porque de él, y por él, y para él, son todas las cosas”.

Permítanme mostrarles mediante la lectura de un versículo bíblico, algo que nos ayudará en entender mejor lo que vengo diciendo, junto con ayudarnos con nuestra hermenéutica, es decir, con la forma en la que interpretaremos la Biblia al momento de leer. Leamos Génesis capítulo 1, versículo 1. Dice así:

En el principio creó Dios los cielos y la tierra.” (RV 1960).

Este versículo lo utilizamos para explicar que los cielos y la tierra fueron creados a partir de la nada. Y esto es verdad. El tiempo, el espacio y la materia, fueron creado a partir de la nada; sin embargo, la centralidad de este versículo no se encuentra en los cielos y la tierra, ni que antes de estos no había tiempo, ni espacio, ni materia; sino que la centralidad de este versículo se haya en el Sujeto de la oración, el cual, es Dios. Elohim. Miren, este sólo versículo y su comprensión creacionista, nos permite entender y maravillarnos con este Ser, que es antes del tiempo, y antes del espacio, y antes de la materia. Este Ser, por lo tanto, no está sujeto al tiempo, los años en Él no pasan ni tienen efecto, siempre ha sido y será el mismo. Tampoco está limitado al espacio. El espacio no es más grande que Él, y sin embargo, Él puede estar presente en el espacio, puede estar aquí y allá, y también ser testigo de todas las cosas. Y por último, como no está sujeto a la materia, ninguna de las leyes que afectan a la materia, como el tiempo, el espacio, los cambios, etcétera, le son limitantes.

Podríamos haber centrado nuestra atención en los cielos y la tierra, y haber perdido de vista al Sujeto de la oración del versículo 1. De la misma manera, Dios (el Padre, y el Hijo, y el Espíritu Santo) es el Sujeto de toda la Biblia, es el Sujeto de cada doctrina, es el Sujeto de la historia, etcétera. ¡Oh, mis hermanos, esto es muy importante! Incluso en los tiempos que estamos viviendo, cuando vemos un virus que ha matado personas en el mundo entero, el Sujeto de esta historia sigue siendo Dios; Dios llamando al hombre, gritándole al oído, mostrándole que su vida humana es temporal, pero que Sus juicios son verdaderos. Dios llamando al hombre a reconciliarse con Él, a volverse a Él. La centralidad sigue teniéndola Dios. ¿Se dan cuenta mis hermanos?

Dicho esto, llegamos al Evangelio. Cuando se observan las doctrinas de la redención, de la justificación, de la regeneración, de la santificación, nunca deberíamos estudiarlas sin entender la centralidad de Dios. Mis hermanos, cualquier idea que se centre fuera de lo que Dios es, fuera de la comprensión de Dios, de lo que Dios nos ha dado y revelado, y por lo tanto, le de importancia divina a algo que no sea Dios, entonces es sospechoso y es muy probable que esté mal. Cualquiera que quiera atraer nuestra atención fuera de Dios y Su Hijo, que los limite en alguna cosa, que les quite gloria y que los desacredite, es sospechoso. Cualquier enseñanza que distorsione la imagen revelada de Dios y nos quiera presentar otra imagen, es sospechosa. ¿Por qué simplemente digo “sospechoso”? Porque también debemos estar advertidos, que una enseñanza errada puede provenir de la ignorancia y el error de algún hermano honesto, pues somos falibles. En este caso, debemos corregirnos en la fe y en el conocimiento del Hijo de Dios, en amor y también con firmeza. Ahora, también tenemos claro, que los errores pueden venir de las malas intenciones diabólicas de doctrinas falsas dadas por el espíritu de error (1 Jn. 4:6), y en este caso, debemos rechazarlas firmemente. Son sospechosas, debido a que debemos identificar el origen. Si es un hermano honesto cometiendo un error, o es alguien con malas intenciones y con espíritu de error.

Amados hermanos, respecto al Evangelio las Escrituras nos muestran la centralidad del Hijo, quien es Dios, bendito por los siglos. En Romanos 1:1-4, nos dice lo siguiente:

1 Pablo, siervo de Jesucristo, llamado a ser apóstol, apartado para el evangelio de Dios, 2 que él había prometido antes por sus profetas en las santas Escrituras, 3 acerca de su Hijo, nuestro Señor Jesucristo, que era del linaje de David según la carne, 4 que fue declarado Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por la resurrección de entre los muertos” (RV 1960).

Estos versículos del capítulo 1 de Romanos, nos muestran que Dios había prometido el Evangelio, la Buena Noticia. Y esta promesa fue realizada mediante profecías registradas en las Santas Escrituras, las que entendemos corresponden al Antiguo Testamento. Y aquellas profecías se centraban en Su Hijo, el cual es la Buena Noticia, el Evangelio de Dios. Pablo nos dice que este Hijo es Jesús, el que era del linaje de David según la carne y que, por la histórica resurrección de entre los muertos, en carne y hueso, ha sido declarado públicamente como el verdadero Cristo y el unigénito Hijo de Dios. Y al levantarle de los muertos, hecho extraordinario de la historia, ha puesto a disposición de todo aquel que crea en Él, la fe que salva (Hch. 17:30-31).

Es por lo tanto el Hijo de Dios, Jesucristo-Hombre, el Pago de la redención, el Cordero de la justificación, la Razón de la regeneración, y el Objetivo de la santificación. Él es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo; y también es Aquel que es levantado en alto, como la serpiente en el desierto fue levantada, para que todo aquel que ponga la mirada en Él, que crea en Él, reciba la vida. Él es la Causa del favor de Dios para los creyentes, y también, la Causa de la ira de Dios sobre los impíos. Él es la Realidad de las sombras y figuras de los sacrificios y holocaustos del Antiguo Testamento. Él es el Corazón de la tipología. Es la Palabra de los profetas. Es la Centralidad de las profecías. Es el Modelo de todo lo creado y hecho. Es la Satisfacción de la justicia de Dios. Es la Justicia de Dios manifestada. Es la Sabiduría de Dios. Es el Hombre en el que Dios desató Su ira. Es el Hombre en el que Dios cargó los pecados y culpas de muchos. Es el Salvador y al mismo tiempo es la Salvación. Él es la Vida Eterna que necesitamos y la Luz para nuestra oscuridad. Él es todo y absoluto, porque es Dios. Jesucristo, el Hijo de Dios, es lo central y fundamental del Evangelio. Jesucristo, el Hijo de Dios, Dios manifestado en carne, es Suficiente.

¡Oh, mis amados hermanos! Jesucristo es Central y Suficiente. ¿Saben qué significa que Él sea suficiente? Quisiera que leyéramos un pasaje de las Escrituras, Marcos 10:17-22. Allí dice lo siguiente:

17 Al salir él para seguir su camino, vino uno corriendo, e hincando la rodilla delante de él, le preguntó: Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?18 Jesús le dijo: ¿Por qué me llamas bueno? Ninguno hay bueno, sino sólo uno, Dios. 19 Los mandamientos sabes: No adulteres. No mates. No hurtes. No digas falso testimonio. No defraudes. Honra a tu padre y a tu madre. 20 El entonces, respondiendo, le dijo: Maestro, todo esto lo he guardado desde mi juventud. 21 Entonces Jesús, mirándole, le amó, y le dijo: Una cosa te falta: anda, vende todo lo que tienes, y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven, sígueme, tomando tu cruz. 22 Pero él, afligido por esta palabra, se fue triste, porque tenía muchas posesiones.” (RV 1960).

En este pasaje de las Escrituras vemos a un hombre que había guardado todas las cosas de la ley que el Señor Jesús le señaló. Sin embargo, el Señor, amándole, lo miró y le dijo: “Una cosa te falta”. ¿Saben lo que significa esto? “Eso no es suficiente”. El Señor sabía que aquel hombre amaba más sus posesiones que a Dios. Pero además, el Señor mostró que no hay nada que sea suficiente en el hombre caído como para conseguir por sus propios medios, la vida eterna y la satisfacción de la justicia de Dios.

Esto es muy lógico. Los estándares de Dios, en cuánto a Su justicia y santidad son infinitos, incalculables. Todo lo de Dios es en grados infinitos. Cuando hablamos de Su amor, es en grados infinitos, cuando hablamos de Su generosidad, es en grados infinitos. De igual manera, cuando hablamos de Su justicia y santidad, es en grados infinitos; lo mismo cuando hablamos de Su indignación. Dios no es pusilánime, Él es de “sí” o de “no”, pero nunca de “tal vez”; Dios es de frío o caliente, pero no de tibiezas. O Dios está infinitamente complacido o infinitamente indignado. Es por esto que en Santiago 2:10, se nos dice:

Porque cualquiera que guardare toda la ley, pero ofendiere en un punto, se hace culpable de todos” (RV 1960).

Esto significa que puedes haber cumplido con el 99% de la ley, pero si  fallaste en un solo mandamiento, ya te hiciste culpable en todo; pues no es la ley la que estás ofendiendo, sino la justicia de Dios que refleja esa ley. Esa ley, ha venido a mostrarnos cómo es la justicia y santidad de Dios. Y cualquier hombre engendrado por varón (digo esto por razones cristológicas obvias) queda expuesto como un pecador que nunca podrá satisfacer esas medidas, porque es insuficiente. El mismo apóstol Pedro, al oír a unos fariseos que habían creído en el Señor Jesús, decir que los gentiles debían circuncidarse y guardar la ley de Moisés (Hch. 15:5), les dijo:

10 Ahora, pues, ¿por qué tentáis a Dios, poniendo sobre la cerviz de los discípulos un yugo que ni nuestros padres ni nosotros hemos podido llevar?  11 Antes creemos que por la gracia del Señor Jesús seremos salvos, de igual modo que ellos.” (Hch. 15:10-11, RV 1960).

¿Se dan cuenta? Mientras esos hombres querían centrar la salvación en Moisés y en la ley (Hch. 15:1), el apóstol Pedro la centra en el Señor Jesús, en el favor inmerecido de Dios que tenemos en Él; porque es a través del Hijo de Dios, que Dios ha puesto a disposición de todos los hombres el que podamos ser salvos por gracia a través de la fe en Jesucristo. Esto es algo digno de considerar. Permítanme hacerles pensar un poco más en esto.

¿Por qué Dios nos otorgó la gracia de poder ser salvos mediante la fe? En las Escrituras se nos enseña que “Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes” (1 P. 5:5; St. 4:6). Les pregunto lo siguiente, ¿fue usted una persona humilde delante de Dios como para que Él le otorgara la gracia de ser salvo mediante la fe en Cristo Jesús? De ninguna manera. En Romanos 3:9-18, se nos dice:

9 ¿Qué, pues? ¿Somos nosotros mejores que ellos? En ninguna manera; pues ya hemos acusado a judíos y a gentiles, que todos están bajo pecado.10 Como está escrito:  

 No hay justo, ni aun uno;
11 No hay quien entienda,
No hay quien busque a Dios.
12 Todos se desviaron, a una se hicieron inútiles;
No hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno.
13 Sepulcro abierto es su garganta;
Con su lengua engañan.
Veneno de áspides hay debajo de sus labios;
14 Su boca está llena de maldición y de amargura.
15 Sus pies se apresuran para derramar sangre;
16 Quebranto y desventura hay en sus caminos;
17 Y no conocieron camino de paz.
18 No hay temor de Dios delante de sus ojos.” (RV 1960).

Todo esto es la descripción de la soberbia nuestra delante de Dios. Todos nosotros nos extraviamos, dimos la espalda a Dios, y vivíamos soberbiamente, como si fuéramos el centro del universo. Rebeldes, pecadores y malvados. Ninguno de nosotros podría decir que era muy humilde y por eso Dios le ha dado esta gracia para ser salvo. Es más, si el Señor Jesús no hubiese venido en carne, nunca se nos hubiese concedido esta gracia. Es por esto que Juan en el capítulo 1, versículo 17 de su Evangelio, nos dice que “la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo”. Esto quiere decir que la razón por la que Dios ha dispuesto la gracia para cualquier hombre que quiera ser salvo mediante la fe en el Señor Jesús, es debido a que aquel hombre Jesús, es de valor incalculable delante de Dios; aquel hombre, que es Dios manifestado en carne, se humilló a Sí mismo, y el valor de esa humillación es tal y tan suficiente que ha alcanzado para que Dios ponga a disposición de todos los hombres Su gracia salvadora. Pues aquel hombre, antes de encarnarse, “6… siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, 7 sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres;  8 y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (Fil. 2:6-8).

Esa humillación, la humillación de ese hombre de valor incalculable, nos muestra la suficiencia del Hijo de Dios. Mientras los fariseos conversos, los fariseos mesiánicos de aquel entonces querían que los cristianos gentiles se circuncidaran y guardaran la ley, Pedro les estaba diciendo que Cristo es Suficiente. Que Cristo es Central. Y saben,  lo es para Dios y, por lo tanto, debe serlo para los hombres. Si se dan cuenta, la centralidad de Dios en el Evangelio es absoluta, nada ni nadie fuera de Dios (el Padre, y el Hijo, y el Espíritu Santo) deben ocupar ese lugar central, ni en la doctrina, ni en los hechos que observamos. El tema central del Evangelio es Dios, nada más. Dios el Padre que nos ha dado a Su Hijo; Dios el Hijo que se ha dado a Sí mismo como Cordero para el sacrifico; y Dios el Espíritu Santo que ha venido como Testimonio, como Evidencia de la resurrección que ha sido realizada por Dios, y que nos demuestra la aceptación del sacrificio del Hijo delante de Dios. La centralidad la tiene Dios, nada ni nadie más. Cualquier que quiera atraer nuestra mirada a otra cosa, o a otro, es sospechoso. Vamos a parar aquí.

Dios mediante, espero estar mañana compartiendo otras cosas relacionadas a la doctrina del Evangelio.

La gracia y la paz del Señor Jesús, sean con todos ustedes.